Tras las cortinas I
Las cortinas se cierran y la identidad se oculta. María cree estar con su esposo, pero la oscuridad esconde a otro hombre. En la noche del palacete, la línea entre el engaño y el deseo se difumina, y la historia de la casa cobra vida.
La historia que voy a relatar es una transcripción de la versión que una amiga me contó de un viaje que realizó con su pareja. Una visión femenina de una infidelidad, ya que no somos solo los hombres los que caemos en la tentación de la carne.
Mi nombre es María y tengo 39 años. Siempre he sido una chica corriente, de estatura media, pero un pecho bastante voluptuoso y por tanto cae ligeramente por su peso.
Mi trasero siempre ha girado varias cabezas para quedarse mirándolo pero es la joya de la corona o así lo llama mi esposo Juan.
Mis ojos son color miel, bastante grandes y unos labios bien torneados, que a mi esposo le gusta morder. Soy de pelo castaño y largo.
Siempre he sido muy fogosa y aunque siempre pensé que con la edad me iría volviendo menos activa, la verdad es que con los años he ido abriendo mi mente a nuevas posibilidad y en mi mente han ido apareciendo ideas que jamás pensé que me llamaran la atención, hasta el punto de mojarme toda solo de pensar en algunas de esas cosas. Muchas veces acabo alivíandome con mi esposo, otras yo sola, ya que creo que aun casada debemos seguir manteniendo nuestra fogosidad e intimidad. Algunas de esas experiencias se las he contado a mi esposo para encenderlo y luego acostarnos juntos, y otras tantas las he guardado para mí, por ser bastante picantes y prohibidas. No todo hay que contarlo.
Juan mi esposo, tiene un cuerpo atlético y es alto, aunque ya tiene algo de barriga cuarentona. Aún así me encantan sus brazos y sus manos grandes y fuertes. Su pelo es corto y negro azabache, de ojos marrónes y moreno de piel.
Juan siempre ha sido muy bueno en la cama y nos hemos guardado durante 15 años fidelidad. Tiene un miembro normal, a mí me encanta ya que no me gustan las exageraciones, pero creanme que no es el tamaño, que para mí es perfecto, sino el cómo la usa, y cómo usa las demás habilidades que tiene. Eso no quita que ambos nos demos el lujo de obserbar a otras personas y admirar la belleza. A fin de cuentas siempre queda la idea de como sería sentir a otra persona. Incluso dejar volar nuestras mentes y bien en compañía o en solitario, disfrutar de esos encuentros ficticios. En malas palabras, sentirme puta. Tanto es así, que siempre hemos tenído muchas fantasías que no dejan de ser eso, pensamientos morbosos que nos encienden mucho pero nunca fuimos capaces de llevár más allá del mundo de los sueños.
A mi marido siempre se le ha caído la baba, con su compañera de trabajo Carmen, pero eso no me ha molestado nunca ya que la chica es verdaderamente preciosa. Una pena que no me gusten las mujeres, aunque de haber probado con una, posiblemente habría sido con ella. No es el caso, así que lo siento mucho por Juan.
Otra cosa es su esposo, Aarón. Tiene algunos años más que mi esposo, quizas 5 más, y casi 7 más que yo, pero tiene un cierto aire elegante, pelo caniento y sexy. Un cuerpazo de infarto y una mirada que siempre me ha cautivado, profunda y que esconde algo, pero aún no sé que es.
Aarón heredó hacía poco una hacienda o palacete, ya que sus abuelos tenían algún título noviliario o algo así, por lo que vestía muy elegante, pero seguía manteniendo su humildad.
Ya presentados todos, os preguntaréis por qué detallo tanto a los implicados y es porque la vida a veces nos da oportunidades y otras sorpresas. Y fué exactamente eso lo que me pasó. Aún pienso como ocurrió todo, pero de algo estoy segura. No me arrepiento y aunque me da apuro pensar que fué lo que hice, tengo claro que tenía que pasar por ello, ya que son ocasiones que no suelen darse y así lo relato:
Era lunes, Juan vino del trabajo bastante cansado y como yo había descansado ese día, tras darse una ducha, se sentó en el sillón del salón donde yo veía mi serie favorita. Me besó y se recostó sobre el sillón de tres plazas, colocando sus pies sobre mis muslos.
Me dió tanta pena que viniera tan reventado que mientras veía la serie me ofrecí a darle un masaje en sus pies. Él solía hacérmelo a mí también cuando me veía reventada del trabajo.
Tras un rato, escuchando sus gemidos de placer, me dijo:
- ¿Sabes que Carmen se va a vivir al norte?
- ¿Al norte? Dije sorprendida.
- ¡Sí!, sabes que su marido heredó un palacete, va a dejar el trabajo para trasladarse allí definitivamente. Ya no necesita trabajar, y quieren montar un hostal rural o una especie de estancia u hotel para dedicarse a regentarlo en la vivienda ya que es muy grande.
-¡Ah mira! Pues es muy buena idea, dije sorprendida.
- Sí, Aarón su marido ya lleva allí un mes preparando todo y en mes y medio o así, ya se trasladan.
- Oye, ¿ya podrían invitarnos un día? Dije de broma.
- Pues me ha dicho que para la inaguración iban a hacer algo y que tenían pensado invitar a algunos amigos un fin de semana, antes de ponerlo en funcionamiento y así celebrar el cumpleaños de Aarón.
- Me leyó el pensamiento dije, con una sonrisa de satisfacción por la oferta.
Por supuesto aceptamos la oferta cuando llegó el momento y junto con otras parejas de amigos nos desplazamos equipaje en mano al lugar donde se celebraría el cumpleaños. Serían las 12.00 horas de la mañana.
Un palacete de película, en medio de una gran finca vallada y con arboleda alrededor. De esos que tienen muchas ventanas acristaladas, enormes y una entrada alucinante con escalinantas en el exterior e interior, la típica fuente en frente haciendo de glorieta o rotonda y con una distribución de sueño.
Abajo recibidor, biblioteca, salón comedor gigante con una mesa grande como para 20 o 30 comenzales, cocina, aseo... todo con un decorado de época, antiguo y muy elegante. Subiendo las escaleras, infinidad de dormitorios, más salas de estar o lectura, aseos varios y terrazas, y en un tercer piso buardillas y a saber que más cosas ya que no llegamos a visitar. Unas vistas impresionantes en todas las direcciones. Huertos y grandes zonas abiertas donde hacer celebraciones o terrazas donde tomar el té (en su época).
Al llegar a la habitación que nos asignaron nos quedamos con la boca abierta. Salvo que los colchones eran nuevos, y la ropa de cama, el resto era todo antiguo pero muy elegante. La habitación tenía una terraza propia, baño completo con bañera de patas y lo que más me resultó curioso es que la cama tenía un armazón alto del que colgaban unas cortinas rojas y con encajes dorados. Quizás algo recargadas para mi gusto.
Carmen y Aarón, nos dejaron un tiempo para acomodarnos y siguieron acompañando al resto de invitados en sus habitaciones, quedando todos a la hora del almuerzo.
Juan y yó, alucinábamos y corrimos por la habitación como niños pequeños jugando y comentando que eran tan grande como toda nuestra casa. Si de algo estábamos seguros es que como hotel iba a triunfar y tenía un toque de intriga que aunque no lo pensamos bien, de noche sería extraño pasear por la casa o dormir en un espacio tan grande.
Supuse que las cortinas de la cama eran para compensar la luz que darían aquellos ventanales por la mañana, ya que tenían grandes cortinas pero apuntaba que era demasiada superficie.
Mientras nos desvestiamos para ponernos otra ropa más cómoda, Juan empezó a jugar conmigo y me perseguía y hacía cosquillas o me tocaba para luego salir corriendo y que yo le persiguiera. No tardamos mucho en acabar calientes y caer sobre la cama donde empezamos a besarnos. Boca arriba, Juan empezó a quitarme la ropa interior y besar mis pechos ya duros como piedras y poco a poco bajó a mi barriga donde me hizo recogerme de las cosquillas que me hacía con el pelo de su barba que estaba empezando a salirle.
-Tienes que afeitarte para el almuerzo, dije entre gemidos.
- ¿No te gusta mi pelo rozando tu piél?, dijo Juan besándome.
-¡Mmmnnn! Sí, pero no ahí... dije entre risas.
Juan aprovechó y bajo a besarme sobre mi tanga.
- ¿Y aquí?¿mejor así? Dijo sin parar de besarme.
- Ahí me encanta, estoy mojada, no seas cruel, tenemos que cambiarnos, no podemos llegar tarde. Añadí aunque me moría de ganas de que me follara en ese mismo instante.
Él apartó mi tanga suavemente acompañado de besos y caricias, hasta que sentí sus labios calientes en mis labios vaginales.
Ufff, ya estaba chorreando y me retorcia de placer, cuando quise reaccionar, note su lengua húmeda y caliente, apartando mis labios y abriéndose hueco por mi coñó. Llevé mis manos a su cabello, y lo sujeté con fuerza. Él abrió mis piernas y llevó sus manos a mis caderas, sujetándolas con fuerza. Quería que me metiera la lengua en el coño, notaba su barbita y su lengua jugar conmigo y los pezones me latían de lo duros que estaban.
Un fuerte ruido nos interrumpió. Alguien llamaba a la puerta de madera dando unos fuertes golpes de nudillo.
- Ya es la hora de ir bajando, sonó una voz masculina afuera.
Juan brincó de los nervios y yo me incorporé rápido temiendo a que entraran sin permiso. Nos reímos del nerviosismo como una pareja joven que se escondía de una travesura.
- En 10 minutos, todos nos reuniremos en el salón principal, repitió la voz.
- Perfecto, dijo Juan en voz alta.
Se escucharon los pasos alejándose por el pasillo.
Mi esposo y yo nos miramos y nos volvilos a reir, teníamos que vestirnos, aunque me quedé con las ganas, chorreando y palpitándome. Me tiré boca arriba sobre la cama y me quedé mirando al techo. Juan, como buen hombre fue al baño, se labó la cara y en cuestión de segundos ya estaba vestido.
- Juan, ni loca me va a dar tiempo de bajar ya. Baja tú y yo me vestiré lo más rápido que pueda.
El me dió un beso en la frente y salió del cuarto.
Fui al baño y al irme a lavar me quedé rabiando de que aún me palpitaba el clítoris. Me negaba a quedarme con las ganas. En un gesto de rabia, me apoyé sobre una silla o vestidor que había y llevando mis manos a mi coño desnudo, me acaricié un rato. Mientras, con la mano izquierda pellizcaba mis pezones duros, y tiraba de ellos. No me costó mucho llegar al orgasmo, y al aumentar la intensidad de masaje de mis dedos, mi cuerpo empezó a retorcerse. El placer fue tanto que se me escapó la saliva por la comisura de mis labios.
Me recompuse como pude, me asee, me vestí y me maquillé para bajar al salón.
Llegué siete u ocho minutos tarde, en el salón habían montado un recibimientos con cócteles y canapés.
- ¡Por fin nos honras con tu presencia! Dijo Aarón levantando una copa de cava.
- Lo siento, dije bastante cortada.
- Es broma, las personas importantes siempre deben hacerse rogar, y el tiempo que necesiten es bien merecido.
Pasamos al comedor, un gran banquete precidía mesa, había todo tipo alimentos.
El almuerzo transcurrió muy bien. Nos reímos mucho, y tras la comida, pasamos a la terraza a disfrutar del postre y la ronda de cafés y copas. En la gran terraza sonaba la música, habían camas libanesas pero con un toque antiguo que no rompían la estética de la vivienda. Allí pasamos parte de la tarde hasta que con un toque cucharilla y copa a modo de campana, Carmen pidió decir unas palabras.
- Mis queridos invitados, quería en primer lugar agradecerles que hayan aceptado la invitación a la fiesta de cumpleaños de Aarón, y la inaguración de nuestro nuevo negocio. Es por eso que aprovecho para informarles que al regresar a sus aposentos, van a encontrar sobre sus camas una sorpresa. Esta noche, habrá una cena baile en honor a mi querido esposo. Ruego usen la vestimenta ya que será una temática correspondiente a la época de esta casa. Un fuerte aplauso.
Todos nos miramos y entre miradas nerviosas y cómplices, aplaudimos y brindamos por Aarón.
Llegó la noche, subimos a la habitación y al ver la ropa nos reimos muchísimo. Sobre ella un abanico. La ropa era como relató Carmen, un vestido de época, quizás algo modificada por el escote que tenía pero muy ceñida de arriba, con mucho encage y volantes y una gran falta que volaba hasta los tobillos.
La de juan era un patalón de vestir, una camiseta, tirantes y un sombrero. La verdad que estabamos muy guapos.
Al bajar al salón, esta vez fuimos de los primeros en llegar. Fue muy divertido verlos llegar a todos, sonrojados y nerviosos por su vestimenta, pero al vernos iguales, pronto dejamos la vergüenza atrás.
Pasamos a la cena, y al finalizarla, acudimos todos al salón de baile. Allí tomamos copas y bailamos.
La noche fue pasando y a medida que nos agotábamos fuimos yendo todos hacia el salón de reunión, donde habían sofás y sillones.
Allí todos hablaban y estaban pendiente a las historias que Aarón contaba de la vivienda. Como se había enterado de la herencia, la historia del lugar y el legado que había recibido. Habló de su construcción y las obras que adornaban sus paredes.
- ¿Les ha gustado? Dijo lanzando al aire la pregunta.
Todos nos asentimos y alabamos las maravillas del lugar.
- A mí en particular, me gustaría hacerte una pregunta ya que has hablado de la historia del lugar. Dije muy decidida.
- Claro María, pregunta lo que quieras, dijo galantemente Aarón.
- Quizás es una pregunta absurda, dada la historia de esta casa, pero fue lo que me sorprendió al llegar a mi habitación. Añadí nerviosa.
- No hay pregunta absurda, María. No tengas miedo dispara.
- La casa es maravillosa, pero me chocó ver esas camas, con esos armazones y sobre todo esas cortinas rojas tan tupidas y largas que rodean la cama. ¿Por qué son así y no había un material menos obstentoso? Dije.
Todos rieron a carcajadas.
Aarón pidió silencio y añadió:
- Agradezco tu pregunta, pero más tu discreción. Quizás la palabra exacta no es obstentoso, sino ortera y feo. Sonrió.
Todos volvieron a reir.
-Gracias, si me disculpáis, lo explicaré gustósamente. La cuestión es que en esta casa, tan señorial, se vivieron momentos muy morbosos. Era una época donde la reputación era muy importante, dado el apellido que la regentaba. Eso no quita que el deseo sexual era muy fuerte entre la dueña de la casa, y era una época en la que las hablidurías podían acabar con tu reputación.
Esas cortinas tenían un doble efecto. Por un lado evitar la lúz del sol por las mañana, dado que los ventanales eran enormes y por otro, permitía a la señora. Mi tatarabuela, era muy fogosa, pero no estaba bien visto que una señora pudiera mantener relaciones sexuales libremente estando casada. No rindiéndose, decidió colgar en todas las camas las cortinas, de tal forma que cuando quería recibir a un hombre en su alcoba, pondría su abanico tapando su cara y bajándolo ligeramente, le guiñaria un ojo y se retiraría.
Pasados unos instantes, el señor subiría y al llegar a la habitación ella tras la cortina de su cama, y a cuatro patas, dejaría su sexo a la vista para que sin verla él la follara hasta correrse. Luego el abandonaría el cuarto y no podría decir por ahí que había mantenido relacion alguna ya que no veía ninguna parte de su cuerpo.
Hay que entender que era una época diferente y si decias donde tenía un lunar o alguna prueba de haber estado en pecado, perdía su honra.
Todos nos quedamos atentos a su historia y como conclusión se decía que la señora era muy adelantada a su época.
- Tu tatarabuela me cae bien, dije riendo. ¡Cómo se las montaba! añadí. Mira que tiene esta casa historias, si las paredes hablaran.
- Aarón volvió a tomar la palabra, y añadió, y tanto que hablan, que dicen que existen pasadizos entre los muebles y pasillos, puertas secretas que llevaban de una alcoba a otra, a invitados que pasaban la noche aquí. Así podían llevar a cabo sus fechorías sin ser descubiertos. El personal de la época, no lo veía y sin testigos no había crimen.
- ¿Y has descubierto alguno de esos pasadizos secretos?, dijo otro de los invitados.
- Pues... no es un tema que....
De repente y sin dejarlo terminar, la luz se apagó, y por el pasillo entró Carmen con una tarta llena de velas encendidas y cantando el cumpleaños feliz.
Todos seguimos la escena y nos unimos a ella. Brindamos, de nuevo y mientras algunos regresaron al salón de baile, otros nos quedamos sentados hablando.
Carmen se sentó, a mi lado. Tras varias copas, me preguntó si me había gustado la casa y sus historias.
Se le notaba ya pasada de copas, y cuando le pregunté por el regalo que le había hecho a Aarón por su cumpleaños, me contestó que simplemente quería realizar su sueño y seguir los pasos de su familia, cuidar de la casa y mantener la memoria del lugar. Una respuesta que no llegué a entender del todo en aquel momento pero que intuía que se refería a esa nueva etapa de hosteleros y regentando aquel lugar encantador.
Unos minutos después, los señores salieron a la terraza. Ya el sueño me invadía, pero más la incomodidad de aquella vestimenta. Me acerqué a Juan para decirle de irnos a dormir, pero lo ví tan entusiasmado que le dije que yo me retiraba ya a dormir que disfrutara con ellos un rato más. Él me dió un beso y al despedirme, recordé el relato de Aarón, abrí mi abanico y bajándolo ligeramente piqué el ojo a Juan. Quizás así subiese a darme las buenas noches, pero con lo ciego que iba ya no creo que se diera cuenta.
Me alejé riendo y subí a la habitación. Fui al baño y oriné. No aguantaba más. Me quité la blusa, los zapatos, y me liberé del sujetador y las bragas, quedándome solo con la falda. La luz de la fiesta iluminaba el cuarto, asi que qué mejor que echar las cortinas. Pero eran poco tupidas y dejaban pasar la luz.
Llegué a la cama y corrí las cortinas. Quité los cojines y para no darle la vuelta a la gran cama me recliné sobre el colchón para llegar a la almohada de Juan que se había rodado.
De repente, noté que las cortinas de mi lado se cerraron de un tirón, rápidamente me subieron la falda por detrás.
Pensé, por fín Juan se dió cuenta de mi indirecta.
- No pudiste resistirte cariño. Al final va a ser cierto que la casa desprende mucho morbo. Dije con voz cachonda.
- ¡Schh!, dijo.
Mi falda se levantó y note la mano caliente que acariciaba mis nalgas, yo seguí recostada sobre el colchón con los codos apoyados, mirando a la cortina cerrada y a oscuras. Verdaderamente las cortinas eran tupidas.
Sentí luego la mano húmeda, de saliva, que acariciaron y lubricaron mi coño. Luego noté la polla palpitante rozarme el trasero y bajar hasta la entrada de mi coño, quedándo un instante apoyada sin entrar.
- ¡Fóllame!, visitante extraño, dije con voz de perra. Jadeando y cachónda metíendome en el papel.
No recibí respuesta. Pero sin darme cuenta, la polla se introdujo lentamente dentro de mí.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Me arqueé dentro de la cama y apoyé mis manos ya estiradas en la cama. Lanzando un fuerte suspiro.
- ¡Jode, cariño!, si que estás cachondo, tienes la polla durísima y la siento más profunda. Sosollé.
- ¡Schh! Volví a oir.
Algo que me ponía muy cachonda. Viviendo lo que en otras épocas había relatado Aarón.
La verdad es que Juan me sujetaba fuerte por las caderas, tenía las manos sujetas y me envestía cada vez más fuerte, lo que hacía que mis pechos chocaran entre sí sonando como un aplauso.
Nunca me había podido correr en esa postura, pero sentía su polla tan adentro que el gusto me volvía loca.
Escuchaba sus bufidos tras la cortina, y como se iban acelerando con cada una de ellas.
- Amor, no sé como lo estás haciendo, pero me voy a correr ya. Dije entre gemidos.
De pronto, empecé a correrme como una perra y a gritar de placer. Jamás me había corrido en esa postura pero la situación me había hecho mojarme como una perra.
No había terminado cuando él paró, sacó su polla y empezó a lanzar su semen en mis nalgas. Notaba como su leche caliente caí sobre ellas y chorreaban hacia los muslos y los pies. Su mano agitaba su polla y rozaban con mi culo, me golpeaba con la polla y suspiraba.
Luego bajó mi falda, y bajó la cortina dejándome dentro por completo de la cama.
Cogí fuerzas de donde pude, y me giré la cortina. El cuarto estaba a oscuras, había una luz tenue, y observé la figura junto a la puerta.
-¿Juan a donde vas? Dije algo confundida.
La puerta se abrió y al girarse, me quedé petrificada. La luz del pasillo dejó la silueta de Aarón a la vista.
Sonrió y cerró la puerta.
No supe reaccionar. Ni siquiera podía comprender que había pasado.
Fui al baño a lavarme, aunque enfadada por el engaño, tenía que reconocer que me había gustado y mucho. Era todo contradictorio. ¿Qué había sucedido?
Pero, ¿por qué no me sentía culpable?
Aun me temblaban los pies del orgasmo que había tenido.
Me fui a la cama y me tapé. Mi cabeza empezó a atar cabos, la historia, las palabras de Carmen de su regalo, la broma con Juan con el abanico y que seguramente vió Aarón, y preguntas cómo sabía él que me había sentido atraída por él...
Acabé agotada y me dormí antes de que llegara Juan a la cama. La verdad ni sé a la hora que regresó.
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