La esposa y el mulato
Escribía sus fantasías para esconderlas, pero el vecino sabía leer entre líneas. Lo que empezó como un juego de miradas en la acera terminó en un rincón de cemento, donde la esposa descubrió que la realidad podía ser mucho más brutal que cualquier ficción.
PRIMERA PARTE (Mala madre 3)
— ¡¡¡UN MULATO!!! ¡Pero qué sabes de él! ¿Quién es? ¿Cómo se llama? ¿Qué tiene él que no tenga yo?
Al oír a mi esposo me eché a reír como una histérica.
— Estoy segura de que no te gustaría saberlo…
Respiré hondo. La tarde anterior había discutido con mi mujer, pero ahora la casa estaba silenciosa y oscura. La única fuente de luz era mi ordenador. Encontré por tanto el ambiente adecuado para leer con calma el último relato de mi esposa, rodeado de penumbras. Apenas leí el título, quedé totalmente inmerso en la historia. No podía dar crédito, acaso era ese odioso vecino el responsable de que mi esposa hubiera comenzado a escribir relatos eróticos. ¿De verdad se había acostado con él o todo era una siniestra fantasía? ¿Qué demonios tenía ese cretino?, me pregunté. Pronto lo descubriría.
5. Sometida por el enemigo
Después de todo, el rival de mi esposo consiguió lo que tanto anhelaba. Siempre me dije, y así lo hice constar en mis anteriores relatos, que nunca me entregaría a alguien que no desease. Yo decido con quien me acuesto, cuándo empieza una relación y en qué momento acaba. Pero a veces la vida te da sorpresas, y eso fue precisamente lo que me pasó anteayer.
Ya les hablé antes de Alberto. Es un mulato que vive a escasos metros de mi casa, un hombre ciertamente apuesto. Casi demasiado apuesto para ser un esposo, como se dice por aquí.
El día que le conocimos, estrechó con firmeza la mano de mi marido, aunque la soltó con extraordinaria rapidez. No iba mejor ni peor vestido que Alfonso y, sin embargo, tenía cierto estilo en su simplicidad. Su chaqueta limpia y bien planchada le dotaba de cierto rigor y, además, llevaba una brillante corbata de seda natural. Sus zapatos también eran de calidad, cómodos, en buen estado y con los calcetines apropiados. En su muñeca izquierda lucía un elegante reloj de marca que miraba a menudo y con naturalidad, como si el tiempo fuera algo muy importante para él.
El afeitado de nuestro enigmático vecino era tan apurado que daba la impresión de ser lampiño. Su cara parecía esculpida en un bloque de chocolate cremoso y oscuro, y en su prominente boca movía expertamente un pequeño caramelo de menta, cuyo aroma lo envolvía con una fragancia fresca y agradable.
Alberto era un hombre joven y delgado que hablaba y se movía de forma deliberadamente lenta. Tanto con el gesto como con la palabra daba la impresión de ser humilde y contenido. Pero aunque lo observases cuando estaba quieto y callado, todo en él transmitía una extraordinaria agilidad y seguridad en sí mismo.
Mi problema era que tenía que pasar por la puerta de su casa cuando volvía de dejar a los niños en el colegio y, casualmente, Alberto solía pasear a su pequeño perrito en ese momento. Al principio el mulato me saludaba amablemente, muy cortés y educado. Sin embargo, poco después aquel astuto vecino empezó a hacerme comentarios en apariencia intrascendentes, mostrándose simpático conmigo a pesar de saber que era una mujer casada.
Obviamente, yo respondía a esos saludos aduladores de forma escueta, sin apenas detenerme e intentando no sonreír. Trataba de ocultar la cálida e íntima inquietud que se apoderaba de mi cuerpo a medida que me aproximaba a su puerta; disimular la satisfacción de presentir la mirada de mi apuesto y joven vecino siguiéndome en ese preciso momento; negándome a mí misma la certeza de que, más tarde, al llegar a casa, encontraría mi braguita adherida a mi desvergonzado coñito.
No obstante, de un tiempo a esta parte, Alberto se fue volviendo más audaz e indiscreto en sus zalamerías. Mostrando una falta de respeto hacia mi esposo que yo encontraba de lo más viril, al decirme cosas como: “No hay en toda la urbanización una mujer que camine con la gracia que tú”; “Mírala, una diosa caída del paraíso”; “Esa flor la quiero yo para mi jardín”; “Vecina, hoy brillas más que el sol”; “Si la belleza fuera pecado, no tendrías perdón de Dios…”.
Sin embargo, los piropos de mi vecino se acabaron tornando demasiado explícitos y tuve que retirarle el saludo. Entonces, cada vez que pasaba cerca de él, fingía que no oía las barbaridades que me decía. Hubiera podido cambiar de acera, o incluso dar un pequeño rodeo en el camino de vuelta, pero no lo hice. Descubrí que me había vuelto adicta a su voz. Masculina. Grave. Firme. Enérgica, y con un acento inidentificable que lo llenaba todo.
De a poco, viendo que yo no replicaba, el mulato se fue tomando mayores licencias en sus arrebatos poéticos: “Tú con esas curvas, y yo sin frenos”; “Preciosa, acabas de alegrarme el día”; “Monumento, me pones de cemento”; “Cuando quieras puedes quedarte a comer, que tengo embutido para vegetarianas”, y otras tonterías por el estilo, sin maldad, con la única intención de provocar una risa que yo trataba de contener por todos los medios.
Se entabló entre nosotros un juego prohibido, secreto, emocionante. Durante esos fugaces segundos en que yo caminaba frente a él, teníamos una intimidad única y, lo que es a mí, nunca me ha gustado pasar desapercibida. Más bien todo lo contrario, me encanta que todos me miren, ser el centro de atención y la protagonista allá donde vaya y, por supuesto, me priva que los hombres se formen ilusiones para que sean simpáticos y atentos conmigo.
En otra época de mi vida Alberto hubiera supuesto una distracción, un entretenimiento con el que hacer frente al aburrimiento y salir de la rutina. No voy a negarlo, me fascinaba su tez morena y exótica, y también su corpulencia. Pero sobre todo me gustaba que ese joven, a todas luces un triunfador al que nada se le resistía, se transformase en mi juguete durante unos segundos, convertido en un exclusivo capricho para una mujer madura como yo.
Ambos sabíamos que aquello era sólo un juego, una diversión inocente fruto de la complicidad surgida de la evidente diferencia de edad. Aunque fingiese ruborizarme, lo cierto era que pasaba todos los días frente a su casa para disfrutar de su torpe galanteo. Supuse que Alberto, al ser un joven culto y perspicaz, además de grande como un armario, comprendería que a una mujer esposada en matrimonio no le interesa que la jodan sin más, el sexo gratuito, el amor sin contrato, sin regular, externo a la sociedad conyugal. Pero estaba equivocada.
— Buenas tardes —dijo de repente alguien que yo aún no había visto y a quien, no obstante, contesté automáticamente: “Buenas tardes”.
Al mirar hacia ese lado, mi vecino me tomó del brazo y me atrajo hacia un rincón estrecho entre el seto y su todoterreno. Un joven intrépido, pero con voz, semblante y temperamento de hombre. Me envolvieron unos hombros rotundos, me contempló un rostro con carácter, y la voz cálida y espesa me volvió a hablar.
— Espero no haberte asustado…
Hice ademán de contestar, pero no logré separar mis ojos de aquella mirada oscura, de aquella sonrisa, de aquellos labios. Tomándome de una mano, el mulato me hizo girar sobre mí misma, evaluando mis curvas desde todos los ángulos. Posé en órbita frente a él sin atreverme a decir nada, aguardando su aprobación hasta que mi vecino esbozó una maravillosa sonrisa en señal de conformidad.
Atisbé su rostro de reojo, girando y con mi respiración agitada. Cerré la boca, me mordí los labios y tragué saliva con dificultad. ¿Qué me estaba pasando? Se había alejado todo, ensordecido todo. Y una vuelta más, y volver a contemplar su rostro, que ahora sonreía.
— Siempre estás preciosa.
Tuve una náusea. Un espasmo. Escuché la voz de mi conciencia, lejísimos: Te sientes rara. Te encuentras mal. Te estás mareando…
— ¿Ocurre algo? —preguntó el joven, preocupado.
Su rostro estaba de pronto sobre el mío. Unos brazos fuertes me sostenían por los hombros y la cintura, como en El Beso, la pintura de Klint. Y su gesto angustiado.
— No es nada, de verdad —aseguró una voz cercana, la mía.
No estaba a solas con él, pero estaba sola con él. Tuve la impresión de que me derretía, literalmente. Supe que mi tanga no lograría absorber, que la falda no ocultaría la inquietud de mis piernas, que mi pie derecho enseguida taconearía a 1000 revoluciones por minuto. Avergonzada, cerré los ojos, y justo en ese instante tuve la certeza de que acababa de suceder algo, algo importante, trascendental.
¿Cómo puede saberse algo tan claramente? Con una certeza tan animal, básica, previa a todo razonamiento, opuesta a cualquier razonamiento... Contemplé sus ojos. Los miré como quien pide piedad. El tiempo se detuvo, y entonces suspiré de frustración, decepcionada, contrariada porque él no fuera mi esposo
— ¿No estarás embarazada?
Yo, pendiente de aquellos ojos, me esforcé en negar con la cabeza.
— Brava —elogió su voz, y su mano rozó por primera vez mi mejilla— ¿Estás mejor?
Sin darme cuenta, llevé mis dedos hacia el lugar exacto que él había rozado, mientras Alberto ya se incorporaba. Avergonzada por lo pueril de mi conducta, retiré la mano de mi rostro.
— Sí.
Mi hombre —porque así lo nombré en ese preciso momento— Mi hombre. Su sonrisa era la más luminosa y seductora que yo hubiera visto nunca: se contagiaba, irradiaba felicidad. Tras ella, una dentadura blanca y sólida. ¿Me morderá los pezones?, me pregunté. Seguro. Pero, ¿me hará daño?
Dejé de posar para él para volverle a mirar. Mi mulato estaba de pie, con las piernas separadas y porte masculino, con una mano apoyada en el todoterreno y la otra sosteniendo el teléfono para hacerme una foto. Entonces saqué la lengua a la cámara fotográfica, traviesa y jovial como hacía años que no me sentía. Pero luego me aproximé lentamente y por fin hice lo que tenía que hacer. Le chupé el cuello. Me deleité con su sabor y finalmente llegué a su boca. Adoré su boca. Devoré su boca y oí un gemido salir entre sus labios.
— Me encantan tus ojos —murmuré.
— Yo los odio.
Me hace gracia su comentario. Alberto posee unos carismáticos ojos negros que estoy segura causan furor allá donde vaya. Cada segundo que pasa me siento más alterada, acerco intencionadamente mi pecho hacia él, pero cuando me va a tocar, me retiro. Me escurro entre sus piernas sin dejar de mirarlo a los ojos y, con cuidado, meto la mano por la abertura del pantalón, agarro su miembro, sus testículos, y saco todo ello al exterior.
¡Oh, Dios! —me digo impresionada.
El poderoso latido de su miembro viril hace que tiemble de impaciencia. Le miro con la boca abierta, consternada, pero cuando introduzco su glande entre mis labios noto que también él tiembla. Mi sedosa lengua pasea por su pollón en tanto reparte docenas de dulces besos cargados de erotismo. Juego mimosa hasta que sus jadeos me impulsan a mirarlo y veo que tiene la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Su mandíbula abierta de par en par jadea de gozo.
— ¿Te gusta? —pregunto con malicia.
— Sí, mucho —consigue decir mientras enreda sus dedos en mi pelo— Lo haces genial.
Noto sus caderas moverse mientras mi boca se acomoda a su miembro, y eso me da fuerzas para continuar mientras siento cómo todo él se tensa de placer. Con delicadeza, mordisqueo alrededor del capullo y me detengo en la base. Mi lengua frota bajo su glande consiguiendo que Alberto se agite y resople.
Lo chupo como si de un helado se tratara, degustándolo. Me recreo y rumio que otro día será él quien me coma. Alberto jadea, muerto de placer.
Con mi mano libre le agarro los testículos y se los toco. Alberto tiene un espasmo, después otro y sonrío al oírlo resoplar, preocupado de que le tenga cogido por los huevos.
Anhelante, regreso a su polla. La meto con dificultad en mi boca, está tan enorme que apenas cabe. Me doy cuenta de que le enloquece que me esfuerce, que gima de forma apurada, así que lo hago una y otra vez hasta lograr que sus jadeos sean más continuos y fuertes. Sus caderas me imitan, sus dedos se tensan en mi pelo y mi vecino embiste imperiosamente.
La sensación me embriaga. Estoy a su merced, siendo poseída de forma autoritaria, sin contemplaciones. Y aunque me gusta, pongo una de mis manos sobre sus marcados abdominales y le clavo las uñas. Eso lo hace jadear, aunque sus caderas no paran de moverse.
— ¡Oh, sí! ¡Sí!
Me parece increíble que esté haciéndole una mamada a nuestro vecino en plena calle, pero no quiero ni puedo parar. Me satisface la seguridad que siento en mí capacidad para hacerle eyacular en cuanto desee, y sé que no habrá nada que me disuada de dicho objetivo. Aunque su cuerpo y su personalidad me turban y confunden, necesito que sea mío, dejarle vacio.
Estoy tan concentrada, tan resuelta a arrebatarle su elixir masculino, que me desconcierta el súbito ardor que me crece entre las piernas, asolando todo mi cuerpo, y repentinamente me percato de que me estoy masturbando. La onda de placer llega a mi cabeza y explota, y yo con él. Aunque nada se oiga, me retuerzo, tenso y convulsiono mientras noto que soy yo y no él quien chorrea. Jadeo mi placer como puedo, con la boca llena a más no poder. Pero Alberto se apresura a alcanzarme, poseyendo mi boca frenéticamente.
Gracias a Dios, mi joven amante no tarda en eyacular, y de qué manera… Tras un áspero gruñido, el mulato riega mi garganta. Brama de un modo terriblemente varonil conforme se vacía, arrojando espesos chorros de esperma que yo trago de mil amores, porque ya era hora de que fuese mío, porque me he ganado hasta la última gota, porque no hay un modo mejor de celebrar una victoria que un buen banquete.
El de mi vecino es un caldo selecto, intenso y sabroso que me deja un regusto áspero en la garganta. Aun habiendo sido una corrida en condiciones, generosa, los dos permanecemos en aquella posición mientras le apuro, succionando y escurriendo su verga de forma concienzuda. Nuestros corazones acelerados necesitan regresar a su ritmo normal antes de hablar.
De pronto, siento sus dedos hurgar por debajo de mis bragas, cosa que me desconcierta.
— Ponte de pie —ordena.
Obedezco su voz sin rechistar, como una sierva diligente, segura de que la decisión de mi amo será la que mayor gozo me proporcione. Y no me equivoco ni un poquito. Lo sé en cuanto observo como mi vecino se arrodilla a mis pies.
Lentamente Alberto me quita las bragas y, cuando me las saca, me insta a separar las piernas. Luego posa sus manos en mis caderas y me hace flexionar las rodillas. Mi sexo mojado, mi insolente clítoris, toda yo quedo expuesta ante sus ojos de brujo.
Su hipnótica mirada me sonríe mientras, con el dedo índice, me indica que pose los pringosos labios de mi sexo sobre su boca. Lo hago y jadeo nada más notar el contacto. Mi joven vecino me toma por las caderas y me empieza a devorar de inmediato, sin modales, sin cortesía. Chapotea con premeditación para denunciar mi escandalosa lubricidad, alabando mi calentura de mujer casada, mis ganas de rabo. Utilizando mis propios fluidos para jugar malévolamente en torno al ano.
Normalmente semejante descaro me hubiera soliviantado, ya que nunca permito que los hombres me sodomicen a las primeras de cambio. No señor, mi culo tienen que ganárselo. Pero hoy me siento extrañamente perversa. Me gusta tanto lo que me hace mi vecino que no puedo evitar desear que lo introduzca de una vez.
Alberto está prácticamente sentado en el suelo mientras yo le restriego mi sexo sobre la boca. Me encanta, me enloquece como hurga con la lengua y, sin previo aviso, sufro una réplica del primer orgasmo, aquel que tuve de forma inversa. Con su pollón en mi boca. El siguiente clímax ya se presiente en tanto su lengua trabaja y sus labios chupan y sorben, consiguiendo que un estremecimiento recorra mi columna vertebral.
Soy suya en cuerpo y alma. Me lo hace saber cuando me aprieta con cuidado entre sus labios, cuando noto que tira de mí y enloquezco. Como cabía esperar, la estimulación anal surte efecto, se aúna con la necesidad de mi vagina y se extiende por todo mi cuerpo. Quiero que me folle, lo necesito. Estoy tan desesperada que me corro con sólo imaginarlo.
Jadeo… Jadeo… Jadeo e intento cerrar las piernas, pero mi vecino no me lo permite.
Sus dientes mordisquean ahora uno de mis protuberantes labios internos y me creo morir. Me arqueo, gimo de vicio y apoyo un pie en la rueda de su coche. Su juego me gusta y me excita. Deseo más y él me lo da. Finalmente introduce algo en mi sexo. Es duro, contundente, uno de sus dedos. Lo introduce con cuidado, lo gira, lo saca y vuelve a repetir.
— Alberto… No puedo más.
Chorreo, literalmente. Mis flujos han formado una mancha oscura en el suelo de cemento. Pero mis caderas se agitan en busca de más. Desvarío. Cedo. Suplico.
— Fóllame, por favor.
Pero su boca succiona mi clítoris mientras hunde aquel maravilloso dedo dentro de mí una y otra vez. Le pertenezco. Soy el manantial del que bebe. No quiero que pare, pero extrae su dedo de mi sexo para volverme loca. Sus manos pasean por mi suave trasero. Me coge de las nalgas, las aprieta. Luego su dedo tienta mi orificio anal. Sólo la punta, pero yo le pido más. Y entonces…
¡¡¡PLASH!!!
— Suficiente por hoy, vecina —sentencia tras atizarme una sonora nalgada.
Más tarde, al entrar en casa, saludé dando una voz y fui directa a mi habitación. Saqué el dildo del cajón y entré a toda prisa en el baño.
Buen rato después todavía escuchaba el eco de su voz como se escucha la música, que no dice sino lo que cada una desea oír. Yo no deseaba oír nada concreto, sólo escuchar su voz, la densidad compacta de aquella voz que me había hablado, que me había preguntado si estaba preñada. Un acontecimiento vital, existencial para toda mujer. Más tarde sonreiría mientras Alfonso me sobaba torpemente los pechos en el sofá, besándome. Preñada, me dije. Devolviendo con pasión cada beso de mi esposo, regocijándome del fuerte regusto a esperma que, de tanto en tanto, aún me subía por la garganta.
CONTINUARÁ, y finalizará, el próximo sábado.
Referencias:
— “Todos se follan a mi mujer 5”, de Gabriel B.
— “La pasión turca”, de Antonio Gala.
— “Las normas de la casa de la sidra”, de John Irving.
— “Pídeme lo que quieras”, de Megan Maxwell.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Mi esposa con un compañero de trabajo
Ella sabía que su esposo la observaba con deseo mientras se preparaba para la cita. No era una traición cualquiera, sino un juego pactado donde el…
Comparte:Infidelidad consentidaCuckoldExhibicionismo buscado
- Hetero: Infidelidad
Mi fantasía loca III - Sofi
Silvia siempre soñó con ver a su marido follando con otra, pero nunca imaginó que el juego virtual la dejaría a ella en el rincón, siendo solo el…
Comparte:Infidelidad consentidaCuckoldBdsm suave
- Hetero: Infidelidad
Mi esposa argentina 6 parte 1
Él tiene el control total en la consulta, pero en la oscuridad de su escritorio, su verdadera naturaleza se revela.
Comparte:CuckoldBdsm suaveInfidelidad consentida
- Hetero: Infidelidad
D.Ignacio, el presidente del Banco de mi marido.
La cena era solo el preludio. D.Ignacio no busca solo talento, busca sumisión. Y cuando el poder se cruza con el deseo, la línea entre la esposa…
Comparte:Infidelidad consentidaCuckoldBdsm suave
- Hetero: Infidelidad
Prostituto 7: Bob, un marido cornudo y mirón
Bob no quiere solo que te acuestes con su esposa; quiere verte hacerlo. Y lo más peligroso no es el riesgo de ser descubierto, sino que el marido…
Comparte:Infidelidad consentidaCuckoldBdsm suave
- Hetero: Infidelidad
Cornudo (3).
Descubrir que tu esposa lee tus fantasías más sucias con otro hombre debería ser el fin, pero para David es solo el comienzo.
Comparte:Infidelidad consentidaCuckoldExhibicionismo buscado