Bajo el Sol de la Traición - Capítulo 4
La puerta se abrió y el aire cambió. No era su esposa quien entraba, sino una desconocida con ojos que prometían más de lo que el hotel permitía. En la intimidad de la suite, el masaje profesional se torció hacia lo prohibito, y cuando ella regresó, la verdad ya no cabía en la habitación.
CAPÍTULO 4
La noche en el hotel estuvo cargado de un silencio incómodo. Ambos estábamos sumidos en nuestros pensamientos, tratando de no abordar lo evidente: algo estaba cambiando entre nosotros, y ninguno parecía dispuesto a ceder.
Al llegar a nuestra suite, dejé caer mi mochila en el suelo y me senté en el borde de la cama, exhausto. Esperanza, por su parte, se dirigió al baño para lavarse las manos y quitarse los restos de arena. Cuando volvió al dormitorio, me miró de forma inquisitiva.
—¿Qué vamos a hacer esta noche? —preguntó, secándose las manos con una toalla.
Suspiré, sin apartar la vista del suelo.
—Pensaba ir al casino. Quiero relajarme un poco, jugar unas manos y despejarme.
Ella alzó una ceja, claramente sorprendida.
—¿Al casino? ¿Y qué pasa conmigo?
—Pues... no tienes que quedarte aquí —respondí, tratando de mantener un tono neutral—. ¿Qué quieres hacer?
—Me gustaría ir a la discoteca del hotel. Quiero bailar, desestresarme... Pero si tú vas al casino, ¿con quién voy? —su voz tenía un tono de reproche apenas disimulado.
—Puedo hacer un esfuerzo acompañándote, pero no estaré bien, no quiero quedarme en un sitio bullicioso por eso sugerí el casino —dije, encogiéndome de hombros.
Esperanza cruzó los brazos, visiblemente molesta.
—¿Así de simple? ¿Y si cada uno va por su lado? Samuel, me gustaría pensar que sería un viaje juntos. Pero si me lo pones así…
—Lo sé... no estamos exactamente en sintonía, ¿verdad? Tal vez un poco de espacio no nos venga mal —respondí, tratando de evitar un conflicto mayor.
—¿Un poco de espacio? —repitió, su tono subiendo ligeramente.
—¿Eso es lo que quieres? Porque para mí, este viaje era una oportunidad para reconectar —dije con rapidez—. No para que cada uno hiciera lo suyo. Esperanza, estoy cansado.
—Ya…
—Ha sido un día largo —la corté con frustración—. Y sinceramente, creo que los dos necesitamos un respiro. No quiero discutir.
Ella negó con la cabeza, claramente decepcionada.
—Siempre es lo mismo contigo, Samuel. Cuando las cosas se complican, prefieres huir o distraerte en lugar de enfrentarlas.
Me levanté de la cama, sintiendo cómo mi paciencia se agotaba.
—¿Y tú qué, Esperanza? ¿No es eso lo que estás haciendo también? Ir a bailar sola, atraer miradas... ¿Qué esperas que piense?
Ella me miró con incredulidad. Puso sus manos en la cintura para continuar.
—¿De verdad me estás diciendo eso después de cómo te comportaste hoy con esas mujeres? ¡Por favor, Samuel!
Ambos guardamos silencio, la tensión llenando el aire. Finalmente, ella soltó un suspiro pesado y se dirigió a la puerta.
—Voy al salón de belleza —dijo, sin mirarme.
—¿Al salón de belleza? ¿A estas horas? —pregunté, confundido.
—Sí, necesito un tiempo para mí, igual que tú dices necesitarlo. Tal vez así podamos pensar mejor las cosas —respondió antes de salir de la habitación, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.
Me quedé solo en la suite, sintiendo una mezcla de alivio y culpa. Tal vez necesitábamos ese espacio, pero también sabía que cada segundo que pasábamos alejándonos era una oportunidad perdida para arreglar lo que estábamos rompiendo.
Mientras la noche avanzaba, me senté junto a la ventana, mirando las luces de Cancún reflejarse en el océano. Por primera vez, me pregunté si nuestras heridas eran demasiado profundas como para sanarlas en este viaje.
La puerta de la suite resonó con un par de golpes suaves mientras estaba recostado en el sillón, sumido en mis pensamientos, después de la discusión con Esperanza. Me levanté y caminé hacia la puerta. Al abrirla, una mujer vestida con el uniforme del hotel estaba frente a mí, sosteniendo un carrito de limpieza.
—Disculpe, señor —dijo con un acento melódico y claro, que inmediatamente delataba su origen extranjero—. Soy del servicio de limpieza. Creo que olvidé algo dentro de su habitación cuando hice el lavado más temprano. ¿Podría permitirme pasar para buscarlo?
La miré un momento, notando sus facciones atractivas: piel morena, ojos grandes y claros, y una sonrisa cálida que le daba un aire amigable. Podría tener unos treinta años, quizás menos.
—Claro, pase —respondí, haciéndome a un lado para que entrara.
Ella entró con movimientos ágiles y seguros, escaneando la habitación con la mirada.
—Gracias, señor. A veces, entre tanto trabajo, se me quedan cosas. Este turno es pesado, pero hay que hacerlo —dijo con una sonrisa mientras se acercaba al baño.
—No hay problema, entiendo cómo debe ser —respondí, tratando de ser cortés.
—Me llamo Marisol, por cierto —dijo, volviendo a salir del baño y mirándome directamente. —Soy de Venezuela. Usted también es turista, ¿verdad?
—Sí, Samuel —le respondí mientras ella continuaba buscando algo en su carrito— ¿venezolana? ¿Hace mucho que estás aquí?
Ella suspiró mientras sacaba una pequeña botella de limpiador de debajo de la cama.
—Unos tres años. Vine con mi hermana. La situación allá es complicada, y queríamos buscar un futuro mejor.
—Debe ser difícil dejar tu país —dije con sinceridad.
Marisol asintió mientras se incorporaba, sacudiendo la botella como si fuera un trofeo.
—Lo es, pero aquí vamos, trabajando duro. Aparte de esto, también hago masajes a turistas. Es un ingreso extra, porque ya sabe, la vida aquí no es barata.
—¿Masajes? —pregunté, intentando mostrar interés mientras me cruzaba de brazos—. Pues después del día que he tenido, tal vez debería considerar uno. Ha sido complicado, por decir lo menos.
Ella soltó una risita ligera.
—Pues justo hoy tiene suerte, porque también hago masajes en las habitaciones. Claro, hay que ser discretos, porque eso no está permitido oficialmente en el hotel —dijo con un guiño—. A usted, porque me cayó bien se lo dejo a 20 dólares.
Su propuesta me tomó por sorpresa, y por un instante, me quedé sin palabras.
—Bueno, eso suena... interesante —dije con una sonrisa incómoda, tratando de no parecer demasiado afectado.
—Si quiere, podemos hacer algo rápido. Yo tengo todo lo necesario en el carrito —dijo, señalándolo con una inclinación de cabeza—. Le prometo que saldrá como nuevo, mi rey.
—¿Rey? —pregunté, alzando una ceja con curiosidad.
Ella rio suavemente.
—Así decimos en mi país, papi. No se lo tome mal.
No pude evitar reír también.
—Bueno, Marisol, creo que me convenciste. Vamos a intentarlo.
Ella sacó un pequeño set de aceites y una toalla del carrito mientras yo apartaba una silla para que tuviera más espacio.
—Quítese la camisa y acuéstese boca abajo en la cama —dijo, ya vertiendo aceite en sus manos.
Mientras trabajaba sus manos en mi espalda, el aroma relajante del aceite llenó la habitación. Comenzamos a conversar.
—¿Qué hizo hoy? —preguntó, con tono casual.
—Fui a los cenotes con mi esposa —respondí, sintiéndome un poco tenso al mencionar a Esperanza.
—¡Ay, siempre he querido ir a los cenotes! —exclamó, deteniéndose un momento para observarme—. Dicen que son hermosos. Pero entre el trabajo y la falta de tiempo, nunca he podido.
—Es una experiencia única, aunque... no siempre es tan relajante —dije con una risa seca, pensando en los eventos del día.
Marisol notó el cambio en mi tono y decidió cambiar el tema.
—¿Y qué tal el masaje, mi rey? ¿Le gusta?
—No está mal. Tienes talento para esto —admití, relajándome un poco más con cada movimiento.
Marisol, al notar mi tensión acumulada, se esmeró aún más, dedicando tiempo extra a los nudos de mi espalda y hombros. Sus movimientos eran firmes, pero al mismo tiempo tenían una delicadeza que me hacía sentir completamente relajado.
—Aquí tiene mucho estrés acumulado —dijo con un tono casi maternal mientras bajaba las manos en dirección a mis muslos—. Pero no se preocupe, yo me encargo.
Sus manos se movían con precisión, y el calor del aceite combinado con la presión exacta sobre mis músculos me hizo sentir como si flotara. Poco a poco, mis pensamientos comenzaron a desvanecerse. Pronto llegó hasta mi entrepierna casi rozando mis testículos. Esa zona estaba bastante sensible y mi erección empezó a surgir.
—Casi me quedo dormido —murmuré, tratando de disimular lo que sentía, apenas consciente de mi propia voz.
—Eso es bueno, papi. Significa que lo estoy haciendo bien —respondió con una risita suave, continuando con el masaje mientras tarareaba una melodía ligera.
En algún momento, mis párpados se cerraron por completo, tratando de contener los movimientos de mis nervios que aumentaron cuando ella tocó directamente mis testículos, solo fue un instante, pero para mí parecieron minutos en los que perdí la noción del tiempo. Solo cuando Marisol habló de nuevo que me desperté de mi estado de somnolencia.
—Listo, rey. Ahora sí quedó como nuevo —dijo mientras me daba unas palmaditas ligeras en los glúteos.
De repente, dejó caer algo al suelo. Mientras se agachaba para recogerlo, su postura dejó expuesta una vista que no pasó desapercibida. Su trasero se mostraba imponente, y en esa pose me dejaba en todo su esplendor, por un momento imaginé cómo me regodearía con esas nalgas si estuviesen a mi disposición. Al regresar a su posición, noté un cambio en su tono.
—Si quiere algo más... personalizado, podemos hablar —dijo en voz baja, con una sonrisa que dejaba poco a la imaginación.
—Aprecio el ofrecimiento, Marisol, pero estoy casado —respondí con firmeza, aunque mi tono fue educado.
Ella se enderezó y levantó las manos en un gesto conciliador.
—No se preocupe, Samuel. Solo quería darle opciones —dijo con una risa suave—. Igual, espero que haya disfrutado el masaje.
Asentí, agradecido de que no insistiera más. Cuando terminó, recogió sus cosas y me dedicó una última sonrisa antes de salir de la habitación.
—Cualquier cosa, aquí estoy, papi. Que pase buena noche —dijo, abriendo la puerta.
Mientras me decía esas palabras de despedida, pensé en lo surrealista de la interacción. Entre el masaje y la conversación con Marisol, había algo que no podía ignorar: la fragilidad de mi propio autocontrol, especialmente en medio del caos emocional que estaba viviendo con Esperanza.
Marisol apenas había cruzado el umbral de la puerta cuando Esperanza apareció en el pasillo, regresando del salón de belleza. Llevaba un vestido ajustado y su cabello estaba perfectamente arreglado, luciendo radiante, pero con un ceño levemente fruncido al ver a la mujer saliendo de nuestra habitación.
—¿Y esta quién es? —preguntó Esperanza con un tono cortante, cruzándose de brazos mientras miraba a Marisol de arriba abajo.
Marisol, con una sonrisa despreocupada, respondió con naturalidad.
—Soy del servicio de limpieza, señora. Vine a recoger algo que había olvidado en la habitación.
Esperanza arqueó una ceja, claramente escéptica.
—¿Y por qué te tardaste tanto?
Marisol, acostumbrada a estas situaciones, mantuvo la compostura.
—También aproveché para ayudar al señor con un masaje. Estoy capacitada para eso, y como tenía algo de tensión, pensé que no le vendría mal.
Esperanza giró la cabeza hacia mí con una mirada inquisitiva. En ese instante maldije mi mala suerte.
—¿Un masaje? ¿En la habitación? ¿Por qué no me dijiste nada?
Me aclaré la garganta, intentando calmar la situación antes de que escalara.
—Fue algo improvisado, Esperanza. Marisol mencionó que también hacía masajes y, después del día que tuvimos, pensé que sería una buena idea.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué tan "relajado" quedaste? —replicó con sarcasmo, mirándome fijamente antes de volver su atención a Marisol.
Marisol intentó suavizar la tensión. Seguramente sabría que no podría ocultar el hecho de que aún tenía aceite en mi piel y eso traería malentendidos.
—Señora, no tiene nada de qué preocuparse. Mi trabajo es profesional. Solo quise ayudar al señor a sentirse mejor después de un día estresante.
Esperanza no parecía convencida, pero su tono cambió a uno más cortante.
—Bueno, gracias por "ayudar". Ahora que terminaste, puedes retirarte.
Marisol asintió con una sonrisa educada.
—Por supuesto. Que tengan una buena noche —dijo antes de desaparecer por el pasillo.
Cuando cerré la puerta, Esperanza se giró hacia mí, claramente molesta.
—¿Un masaje, Samuel? ¿De verdad? ¿Con una mujer como ella?
Suspiré, intentando mantener la calma.
—No fue nada, Esperanza. Solo un masaje. Estaba cansado, y ella se ofreció a ayudar.
—¿Se ofreció? —repitió con incredulidad—. ¿Y tú aceptaste, así como así?
—¿Qué querías que hiciera? ¿Decirle que no? —respondí, empezando a sentirme a la defensiva.
—Sí, Samuel. Eso es exactamente es lo que deberías haber hecho —dijo, con su tono subiendo ligeramente—. ¿O es que ahora aceptas "ayuda" de cualquier mujer bonita que toque la puerta?
—No es lo que estás pensando —dije, levantando las manos en señal de rendición—. Fue algo completamente inocente.
Esperanza me miró fijamente, como si estuviera evaluando mis palabras. Finalmente, soltó un suspiro frustrado.
—Mira, no quiero pelear, pero después del día que tuvimos, esto no ayuda. La próxima vez, por lo menos, avísame —dijo antes de dirigirse al baño, dejando un aire tenso en la habitación.
Me quedé de pie por un momento, reflexionando sobre cómo manejar la situación para evitar más conflictos, sabiendo que la noche aún no había terminado.
La tensión en el ambiente era palpable, pero después de todo lo ocurrido durante el día, ambos necesitábamos un momento de calma. Esperanza salió del baño con un vestido ajustado y su maquillaje impecable, lista para salir. Su perfume llenaba la habitación, y su expresión era decidida.
—Voy a la discoteca del hotel, Samuel —dijo mientras se ponía sus tacones.
Fruncí el ceño, sorprendido.
—¿Estás segura? Pensé que tal vez querrías descansar después de todo... esto.
—No, necesito salir y distraerme un rato —respondió, cruzándose de brazos—. Ya estoy cambiada, y después de lo que pasó con esa Marisol, creo que me lo merezco.
—Esperanza, no es el mejor momento para esto —intenté razonar, aunque sabía que su decisión estaba tomada—. Podemos pasar la noche juntos, hablar, aclarar las cosas.
Ella negó con la cabeza.
—Samuel, he pasado todo el día lidiando con emociones, preguntas y miradas que no quería. Ahora solo quiero bailar, sentirme libre por un rato. Además, tú también necesitas un poco de espacio después de... lo que sea que haya sido esa conversación con la mucama.
No pude evitar sentirme culpable. Sabía que tenía razón; había dejado que los eventos del día nos afectaran demasiado. Pero esta vez no iba a dejarla ir sola. Algo dentro de mí me decía que debía acompañarla, que era mejor estar juntos esa noche.
—Está bien, pero voy contigo —le dije finalmente, levantándome de la cama.
Esperanza me miró, claramente sorprendida.
—¿En serio? Pensé que querías descansar.
—Cambié de opinión. Si salir a bailar te hará sentir mejor, entonces quiero estar ahí contigo —respondí con sinceridad—. Además, no puedo quedarme tranquilo sabiendo que estarás sola.
Ella suspiró, pero una leve sonrisa apareció en sus labios.
—De acuerdo, pero prométeme que no vas a estar todo el tiempo pegado a mí con esa cara de preocupación. Quiero disfrutar, Samuel.
—Lo prometo —dije, aunque sabía que mi mente estaría en alerta toda la noche.
Nos dirigimos juntos a la discoteca del hotel. El lugar estaba lleno de turistas bailando al ritmo de la música, luces de colores que cruzaban el aire, y una energía vibrante que se sentía en cada rincón. Esperanza rápidamente se sumergió en el ambiente, moviéndose con gracia en la pista de baile.
Yo la observaba desde un lado, admirando cómo parecía tan libre y feliz. Después de unos minutos, ella se acercó y me tomó de la mano.
—Vamos, Samuel. No viniste aquí solo para mirar —dijo con una sonrisa juguetona.
Aunque no era muy fanático de bailar, no podía negarme a ella en ese momento. La seguí a la pista y traté de dejarme llevar por la música. Por un momento, parecía que éramos solo nosotros dos, como si nada más importara.
—¿Ves? No es tan difícil —dijo ella mientras reía.
—Tienes razón, pero creo que nunca seré tan bueno como tú —respondí, sintiéndome un poco torpe, pero disfrutando de su risa contagiosa.
La noche avanzó, y aunque la inquietud aún rondaba en mi mente, decidí enfocarme en disfrutar el momento con mi esposa. Tal vez, después de todo, este viaje todavía podría ser una oportunidad para reconectar y sanar.
Continuará...
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