Xtories

La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 11)

El cinturón de seguridad marca la separación de sus pechos mientras ella acaricia su entrepierna a través de la tela. No es solo un juego de manos; es la puerta abierta a una confesión que quema. Cuando el coche se detiene, la carretera se convierte en el escenario de un pecado que ambos sabían que no debían cometer.

Tanatos127.3K vistas9.4· 14 votos

CAPÍTULO 11

Yo esperaba su comentario. Sentía que era inminente. Pero sabía que no habría desaprobación, sino más bien complicidad. Y mientras ella se resistía a hablar, yo me dejaba acariciar. Y ella movía su mano sobre mi bañador, en recorridos largos, dibujando un trazo prolongado, por todo mi miembro, el cual deseaba que no hubiera tela por medio.

Tragué saliva. Mi miembro vibró. Fingía que me centraba en la carretera.

—Y… ¿esto? —preguntó Ana finalmente, con una mezcla de sorna y connivencia.

—Ya ves —respondí.

Y ella continuó, con aquel frote extraño, como un sobeteo exagerado, recreándose en la longitud; lo hacía con su mano izquierda, mientras ella también miraba al frente. Mi miembro casi se adhería a mi muslo, y luchaba por alzarse, pero no podía pues la pernera de mi bañador se lo impedía. Y yo ansiaba que ella colara la mano y me aliviase, no solo para añadir más fricción y para sentir su mano de verdad, sino para que colocase aquello hacia arriba.

—¿Y tú? —susurró entonces.

—Yo qué.

—Si tú has… pensado estos años… en alguien… en algún… momento de soledad —dijo, de forma un tanto extraña.

—Supongo… No sé. Claro.

—¿En Belén? —preguntó.

—¿Belén? No, no… —sonreí—. En Belén no.

—¿En quién entonces?

—No sé… ¿Y tú? ¿Alguien más? ¿Luís?

—¿Luís? ¿Mi compañero? Estás fatal… —respondía y seguía con aquel recorrido con sus dedos, que cuanto más sutil era más me mataba.

—¿Por qué no? No es feo el chaval.

—Hombre… No sé… —respondía ella, y yo notaba que el interior de mi muslo derecho se humedecía como consecuencia de alguna gota viscosa y caliente que brotaba de la punta de mi miembro. Y miré un instante hacia abajo y vi que se marcaba, y que se podía ver con suficiente nitidez a partir de qué punto exacto comenzaba el abultamiento diferente de mi glande, y cómo de ahí hacia atrás vibraba el resto del tronco… aun a través del bañador se notaba el cambio de relieve. Pero ella seguía sin decidirse a aliviarme del todo.

Y, de golpe, otro respingo, mínimo, pero que se llevó, hacia arriba, no solo mi bañador, sino su mano. Como si la empujase, como si la alzase.

—Madre mía… Sergio… cómo estás… —se sorprendía ella en una frase que comenzaba a ser común—. Creía que… con lo que habías echado ayer… te relajarías.

—Estoy relajado —contesté, y miré un instante hacia ella, y vi sus pechos espléndidos, creando una figura, una curvatura tremendamente atrayente, casi obscena. Nunca había reparado en que el cinturón de seguridad, encajado entre sus pechos, fomentaba una mayor separación, un mayor tamaño y un impacto visual tan erótico como hipnótico. Y miré de nuevo a la carretera, pero no lo pude evitar, y alargué mi mano derecha, de manera errante, algo a tientas, hasta que llegué a su pecho, que sobé sobre su camisa, y sentí una mezcla entre suavidad de tela y contundencia de teta, en un tacto que hizo que mi miembro rebotara y de nuevo moviese mi bañador y su mano.

—Cuidado… —se preocupó ella porque descuidase la conducción, pero no apartó mi mano, que seguía acariciando su camisa con una suavidad similar a la de sus sobeteos sobre mi bañador; y yo recordaba que hacía años que no nos tocábamos así, de manera improvisada, en el coche, y llegué a recordar una vez concreta, mucho tiempo atrás, que no nos habían faltado ganas, después de una cena, pero que Javi dormía en los asientos de atrás, y finalmente habíamos detenido el atrevimiento casi antes de empezar.

—Voy a parar ahí —dije entonces, viendo anunciada un área de descanso en la autovía.

—No, venga, Sergio. ¿Para qué? Que ya vamos justos de tiempo —decía mi mujer, pero ni ella detenía sus sutiles caricias ni lo hacía yo.

—Es que tengo que mear. Te lo juro. Con las prisas no meé al levantarme —le dije, y no era mentira en absoluto.

Detuve entonces el recorrido de mis dedos sobre su pecho, pues me vi obligado a usar esa mano para reducir marchas, y ella también me abandonó, y se ajustó un poco la camisa. La tensión era evidente. Y era todo extraño, a pesar de ser ella, a pesar de ser marido y mujer desde hacía años.

Cogí el desvío y detuve el coche en una explanada, custodiada por árboles en los extremos, y a unos treinta metros de donde pasaban coches, muy de vez en cuando, y a bastante velocidad.

Me bajé del vehículo y mi erección se hizo notar, hasta el punto de saber que me costaría orinar en aquel estado.

Le dije que volvería en seguida, me alejé unos metros, crucé el aparcamiento hasta bordear una mesa de hormigón, rodeada por hierba y que pretendía hacer función de merendero; y me alejé aún más, disfrutando de una forma casi onírica de la temperatura agradable y del aire ligero que golpeaba mi rostro.

En un campo, y entre árboles, cerré los ojos y comencé a orinar. Y sentí un tremendo alivio y me sentí aún más en un sueño. Y me preguntaba si me había molestado lo que me había confesado mi mujer. Y no tenía respuesta.

Una vez terminé, me di la vuelta y comencé a caminar hacia el coche. Se me hacía raro estar allí, en una zona boscosa, pero en el medio de la nada, a aquellas horas de la mañana, bajo aquella luminosidad crepuscular.

Para mi sorpresa Ana me esperaba fuera del coche, de pie, apoyada contra su puerta. Y me miraba. Algo ansiosa. Pero yo no aceleraba el ritmo de mi caminar. Estaba imponente, con aquel pantalón gris, con aquellos zapatos de tacón, la camisa azul delineando su pecho, sus labios algo pintados, su melena densa, oscura y llamativa, compitiendo en salvajismo y rebeldía con sus ojos.

—Venga, va… —dijo, y resopló, cuando llegué hasta ella.

—Qué… —protesté, encogiéndome de hombros, mientras ella miraba su reloj y yo me daba cuenta de que allí había un botón desabrochado de más, seguramente como consecuencia de mis recientes caricias en su pecho.

—Eso, que… venga… Mira ya qué hora es —me quiso atosigar.

—Estás muy mandona, ¿no? —dije, pegándome a ella, colocando incluso mis manos contra el coche, cercándola.

—Mandona no, pero vamos tarde —decía, pero se dejaba rodear.

Y yo me pegué más. Algo me impulsaba. Y casi pegaba mi pecho y mi pelvis contra su cuerpo.

—Sí… Muy mandona… Muy… germánica… —sonreí, y ella hizo una especie de mueca, que me confirmaba que había entendido mi broma, que conllevaba una propuesta a volver al tema de su confesión.

—No sé seguro si era alemán, ya te dije. Creo que sí.

—Al final no me has dicho si… en momentos de soledad… como tú lo llamas… pensaste en él.

—Puede ser… —respondió, y yo bajé mis manos, y se las cogí, cada mano con la suya, y me aparté un poco, y nos miramos, y aquello que hacían nuestros cuerpos era hasta ñoño, mimoso, pero nuestras miradas no.

—¿Puede ser? Venga… ¿qué pensaste? —instigué, deseando que confesase de una vez su fantasía con él, sus tocamientos pensando él; y, sin soltarnos las manos, me acerqué, mucho, tanto que mi pelvis topó con la suya, y mi pecho con su pecho, y nuestras mejillas entraron en contacto, y sentí su cara fría, pero ella parecía irradiar calor. Y besé su mejilla, en un beso sonoro, tierno, casi de salida de clase, de tarde de primavera, de primer amor. Y la olí, y era ella, pero no lo era; no lo era por lo que tenía que confesar.

—Está bien… —susurró, en mi oído, cara con cara, y me apretó las manos, con más fuerza y complicidad.

Me separé un poco, sin soltarnos. Y la miraba a los ojos. Y vi un poso de deseo, mezclado con rubor.

—Pues pensé que… Bueno, imaginé…

—¿Dónde? —la interrumpí.

—¿Dónde qué?

—Que dónde te… diste el festín… en soledad —le pregunté, pues quería visualizarla.

—Ah, pues… en casa, claro. En nuestra cama.

—Ah, muy bien —respondí irónico, como si aquello supusiera una traición más flagrante.

—Sí… bueno… pensé que… imaginé… que en la cola para pagar… mientras me tocaba en la cintura, estando él detrás… se me pegaba.

—Y sentías su polla en tu culo…

—Hala… qué bruto…

—Qué.

—No, sí, no sé… No recuerdo, vamos, no creo que haya imaginado eso, pero sí… su tacto, su presencia, detrás de mí… y lo que me decía… lo que me susurraba…

—¿El qué…? —pregunté, y solté sus manos, y sus brazos caían inertes, y no nos tocábamos a pesar de estar cerquísima.

—Pues… me susurraba que… fuéramos a su casa… En mi imaginación él vivía en el portal de al lado —sonrió.

—Para qué complicarse… —sonreí yo también.

—Claro… —respondía, amena, jovial, pero la tensión era palpable.

Y se hizo entonces un silencio. No decía nada más. Parecía no atreverse. Y yo tenía la impresión de que era todo cierto y de que se acordaba perfectamente de qué había fantaseado.

Miré su rostro. Sus labios carnosos. Su cuello. Su clavícula algo marcada. Su escote acentuado por aquel botón desabrochado. El atisbo de un sujetador azul, como la camisa. Y más silencio. Y más tensión. Y mi miembro palpitó. Y entonces mis manos fueron con dulzura hacia ella: una a su cuello, otra a una teta. Y la besé. Y ella torció el rostro, ladeó la cabeza, y se dejó besar. Y abrió la boca… y sacó la lengua, y sentí su firmeza y su humedad, su aliento fresco que se fundía con el mío, y su labio inferior, que era un regalo siempre, en cada beso, y ronroneó, de nuevo en una mezcla entre ternura conocida y lujuria inexplorada; y el beso se encendió más y después permitió que apretara su teta, si bien ella no usaba sus manos, no me tocaba, se dejaba tocar, se dejaba besar… y parecía que se dejaba desabotonar… pero al segundo botón de su camisa que solté, cortó el beso sutilmente y susurró en mi oído:

—Qué… haces… Estás loco…

Y yo me aparté, un poco. Y la miré. Y no me pude contener: y uno, y dos botones más, y su camisa, metida por dentro de su pantalón, pero casi abierta por completo. Y ella quieta. Mirándome. Clavándome la mirada. Apoyando su culo y su espalda contra el coche. Con sus ojos oscuros. Acusándome, pero sin cubrirse. Y yo aparté entonces más su camisa, con calma. Cada parte a un lado, acomodando la camisa hasta casi sus axilas, y la prenda quedó apartada, más allá de las copas de su sujetador. Y vi y sentí el impacto de su torso, de sus pechos colmando con imponencia aquellas copas, aquel encaje que retenía, cumplidor, sus tetas contundentes. Y ella no se cubría. Y un coche venía, se escuchaba, acercándose a toda velocidad, por la autovía cercana. Y ella miró un instante en esa dirección, si bien en lo que había tardado en girar el cuello el coche ya había pasado.

—Sigue… —dije.

Y ella miró entonces hacia abajo, a mi entrepierna. Y yo deduje que allí se marcaba, mucho. Pero no miré. Llevé una mano a su cara. Y la acaricié, de forma que ella agradeciera la caricia y buscando que me mirara.

—Pues… subíamos a su casa… y… —decía ella, mirándome, e intentando buscar las palabras precisas— y… me… me lo hacía en el salón… y después en su cama…

—¿Y que tal lo hacía? —pregunté y detuve las caricias en su cara, cambiándolas por caricias en su escote, que palpitaba.

—Pues… Imagínate…

—¿Te follaba bien…? —preguntaba yo, que ya sobaba el encaje de las copas de su sujetador.

—Sí… —respondía, en un gimoteo casi infantil, y yo tuve la tentación de bajar aquellas copas… de ver sus pechos de una vez.

Y me pegué más a ella. Y Ana puso las manos en mi cintura. Y no pude más. La besé en la mejilla y llevé mis manos a esas copas azules, y tiré, despacio, con cuidado, hacia abajo.

—Qué… haces… —decía ella, en mi oído, y llevaba sus manos a mi cabeza, a mi pelo.

Pero yo seguí. Cerré los ojos. Bajé la cara, me incliné, y besé en su cuello, y después mordí allí un poco, y tiré más de aquel sujetador, y sobé carne, y acariciaba sus pechos, que salían, parcialmente liberados, por encima de aquel sujetador que era vilipendiado.

—¡Para…! —protestó de nuevo, y yo la cubrí un poco, y me separé. Y la miré. Y vi que sus tetas estaban ahora solo parcialmente tapadas, que se veían algo más de la mitad de sus areolas, lo suficiente como para que sus pezones, duros, puntiagudos, fueran visibles, en contacto justo sobre el borde de aquella lencería delicada en las formas y textura, pero contundente en extensión.

Ella me miraba. Sabía que sus pezones se exponían libres. Y me acusaba con una mirada salvaje, pero no se cubría.

—¿Y… cómo te tocabas? En nuestra cama. Cómo te ponías.

—¿En serio…? —preguntó, sorprendida por la pregunta y algo sobrepasada.

—Sí.

Ella apartó entonces la mirada, un instante, como si se visualizara.

—Me… rozo el clítoris con la mano izquierda… —dijo, fingiendo entereza, mirándome de nuevo, pero ahora casi con chulería— y… me meto un poco… casi nada… el dedo… corazón de la mano derecha— confesó y se llevó una mano atrás, para sacarse parte de la melena que se le apelmazaba en el cuello de la camisa; pero seguía, flemática, casi presumida, sin cubrir aquellas tetas que desbordaban y se exponían parcialmente sobre su sujetador.

—Así que…

—Qué —me interrumpió, y miró a izquierda y derecha.

—Así que… te metías el dedo del medio en el coño… mientras imaginabas cómo te follaba…

—Sí.

—Joder… —resoplé, y la miraba, y la imaginaba retorciéndose, sobre nuestra cama, imaginando que aquel hombre la follaba… y sentía celos, y morbo… y unas ganas incontenibles de bajar aquel sujetador del todo y atacarla.

—Joder, qué… —decía ella, aparentemente algo liberada por haber confesado.

—¿Y… te sentías culpable después?

—¿Después de tocarme en la realidad o… después de hacerlo con él en la imaginación?

—Pues… ahora que lo dices, las dos cosas.

—Pues. En la realidad no… Es… mi cuerpo. Y mi imaginación. Y no es nada grave. O no me lo pareció… Y en… la fantasía, digamos… que… después de que me follaba… imaginaba que volvía a casa, contigo y con Javi… y hacía como si nada…

—Qué cabrona… —susurré.

—Ya ves… —dijo, y me sorprendió, pues por fin sí alargaba la mano, hacia mí, y yo me acerqué, y llevé mis labios a los suyos, y la besé, sin cerrar los ojos, y ella usaba una de sus manos para palpar mi miembro, en constante lucha con mi bañador.

—Madre mía, Sergio… cómo estás… —susurraba en mi oído, entre beso y beso — Tienes el bañador empapado… —me decía, en algo que era mitad confidencia, mitad provocación.

—Culpa tuya… —casi jadeé, junto a su mejilla, pegado a ella, sintiendo su cuerpo, sintiendo hasta sus pezones en mi pecho, agijonando mi camiseta.

—¿Y sabes qué fue… lo más fuerte? —provocó, y yo me hice con su mano que me sobaba, y la guié para que la colara por dentro de mi bañador.

—Qué… —respondí, en el preciso momento en el que ella conseguía filtrar su mano, y me la cogía, me la agarraba, con fuerza, y yo besaba en su mejilla, y olía su perfume, y una de mis manos bajaba con fiereza una de las copas de aquel sujetador, y apreté su teta… y sentí toda su potencia, toda su feminidad, toda su sexualidad, en mi mano, y noté su pezón en la palma y ella apretó más mi polla, con rudeza, y nuestras caras se pegaban, y susurró:

—Lo más fuerte fue que… me imaginaba que… en la cama… él me veía el anillo de casada… y… al verlo… me… insultaba…

—¿Qué… te decía? —le jadeaba, mejilla con mejilla, frotándonos, y mi pelvis se movía mínimamente, en movimientos que no eran sino instinto puro, y apretaba su teta… y sentía cómo ella ya no solo me la agarraba, sino que me pajeaba.

—Me… decía que era una cerda… que estaba casada… que era una puta… —susurró Ana en mi oído, y yo no pude más, solté su pecho, me aparté un poco, puse una mano en su mejilla y ella me la quiso besar; no la reconocía así, no nos reconocía… Y le dije:

—Date la vuelta.

—Qué.

—Vamos, date la vuelta —repetí, y miré a mi alrededor.

—¿Para qué? Me… ¿Me vas a follar aquí?

—Sí… te voy a follar aquí.

Continúa en