La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 10)
Ana confiesa que un desconocido le insinuó sexo en un supermercado. La historia no termina ahí: de vuelta en el coche, la confesión se convierte en una invitación prohibida.
CAPÍTULO 10
Ana soltaba aquello y yo sentí un hormigueo que entrañaba una suerte de alerta, como si de golpe me viera en peligro, pero no tuve tiempo de sentir mucho más, pues ella prosiguió:
—A ver, un día… tarde, de noche ya, el año pasado, después del trabajo… fui a comprar algo de cena… y vi a un hombre…
—¿En el veinticuatro horas ese? —pregunté algo nervioso.
—Sí, claro, allí, al lado de la oficina. Y… bueno, el caso es que vi a un hombre, alemán, o sueco, no sé, que me sonaba de que había ido a la inmobiliaria meses antes… para algo de un chalet… que lo quería para comprar y revender… o algo así. Y entonces me lo encontré de frente… como en un pasillo, entre los estantes… y le iba a saludar… y entonces él me miró… y… ¿sabes ese momento que te mira de frente… y es el momento en el que de golpe dudas si es o no es?
—Sí… pasa a veces, sí —respondía y conducía, escuchándola y mirando a la carretera.
—Bueno, el caso es que como dudé, no llegué a saludarle, por si acaso, pero sí había como… dado la sensación, o él… Yo sabía que él se había quedado con la sensación de que yo le iba a decir algo.
—Vale… ¿Y? Pero… ¿De qué edad?
—¿Él? No sé. Cuarenta y largos… cincuenta. Y… nada. Después, en la cola de la caja… yo sabía que lo tenía detrás… Lo típico que miras de reojo… Y como que sentía… que me estaba observando. No sé, y me sentía… como muy expuesta. Algo raro. Incómoda. Y entonces me giré… no sé por qué, porque sabía que no le iba a saludar… porque no estaba segura.
Yo miré un instante a mi derecha: Ana, sonrojada por el calor, recordaba pensativa, y después se soltaba el pelo, especialmente metida en su narración, como si lo reviviera.
—Vale. Te giraste y qué.
—Pues… no sé. Que… nos miramos… Y él… no me sonrió, ni nada. Pero fue su mirada… Como de… Es que no sé explicarlo.
—Pero… ¿Te miró… con lascivia? —pregunté, intentando buscarle sentido a aquello.
—No… fue… como de seguridad, ¿sabes? Algo como. A ver, el hombre era atractivo… No sé. Su mirada fue de… Es que me da hasta corte decirlo.
—A ver, dilo. No pasa nada —me inquieté.
—Pues fue… Como si me dijera con la mirada… “Si… si quiero… si quiero te… follo”. ¿Sabes? —sonrió nerviosa e incómoda por haber pronunciado aquella última palabra.
—¿Cómo? ¿Qué mirada es esa? —pregunté nerviosísimo, pero a la vez gracioso, intentando aliviar la tensión.
—Sí… Como que… Él sabe que está bueno. Cree que yo le voy a decir algo… absurdo… para iniciar conversación… Por lo que… Él sabe que… está a una frase suya de…
—Vale, ¿y?
—Y… Nada. Aquí viene un poco lo fuerte —dijo, y me alarmé exageradamente, tragué saliva, pero me mantuve en silencio— y es que… yo volví a mirar hacia adelante, hacia la caja… y él… me… o sea, puso su mano en mi cadera… Pero… casi, no sé, como muy muy sutil…
—¿Pero te tocó el culo? —pregunté tenso.
—No, no para nada. Es que no… No era nada de eso, ¿sabes? Era como algo… entre los dos… pero muy sutil… de hecho el roce era… casi nada… y tocó, pues no sé, medio camisa, medio pantalón, pero culo para nada. Cintura. Y yo creí que me diría algo… Pensé que me diría algo… Te juro… que pensaba que me soltaba algo… en plan… “ven, vamos a mi casa”. O sea, parece de locos, pero en el momento lo veía hasta casi obvio, ¿sabes?
—Joder, ¿y qué te dijo?
—Nada.
—¿Nada?
—Nada, apartó su mano en seguida… Y después pagué… Y me fui. Y no miré… o sea, al irme, no miré si él me miraba ni nada.
—¿Y ya está? —pregunté.
—No, el tema es ese. El tema es que al día siguiente… no tenía realmente nada que comprar, pero volví.
—¿Qué? —pregunté tan sorprendido que no sentía ni enfado. Y la miré.
Y ella me miraba. Su chaqueta la incomodaba, aplastada por el cinturón de seguridad.
—Sí. Volví. Y obviamente no lo vi. Pero el caso es que volví.
—¿Y lo volviste a ver otra vez?
—No.
Escuché aquello y no sabía si sentía realmente dolor o solo era estupefacción. Tal era mi sorpresa que miraba hacia adelante y de golpe escuché un pitido en el coche, que me indicaba que Ana se había quitado el cinturón de seguridad un instante, para quitarse la chaqueta y posarla en los asientos de atrás.
—¿Y para qué volviste? —pregunté finalmente, intentando que la pregunta no entrañara acusación.
—No lo sé. A ver… que no iba a hacer nada. Obviamente. Ni iba a hablar con él… No sé, pero volví… —decía ella y se arremangaba los puños de la camisa azul.
Y yo la miraba, con el cinturón encajado entre sus pechos, que salían con potencia, como dos turgencias simétricas, hacia adelante… y, de reojo, quizás más por imaginación o deseo que por realidad, me pareció ver que sus pezones atravesaban sujetador y camisa… y marcaban dos cúspides que sí la incriminarían.
—¿Y si hubiera aparecido y te hubiera hablado él?
—¿Hablado él? —preguntó Ana.
—Sí… si… te hubiera propuesto alg…
—Que no, Sergio —me interrumpió—. Que ni de coña. Es que… no sé.
—¿Entonces para qué volviste?
—Pues no lo sé. Es que no sé explicarlo —susurró.
—¿Y has… fantaseado con él? —pregunté, y mi miembro dio un respingo, marcando mi bañador, y me di cuenta de que su confesión me había tensado, pero en más de una vertiente.
Se hizo un silencio. Ana tardaba en responder. Y mi miembro palpitó de nuevo. Hasta el punto de que si ella mirase vería mi bañador marcado por aquel componente grueso y alargado.
—Dime… —resoplé.
—No… Yo creo que no…
—¿Crees? —pregunté, y miré para abajo, y efectivamente vi que mi miembro golpeaba mi bañador, rebotando, libre.
Y sentí que ella me miraba, y mi visión hacia abajo supuso una pista involuntaria… Y volví mi mirada hacia la carretera, y le escuché decir:
—Creo que no. No sé. Quizás alguna vez.
Y sentí un roce. Una caricia. Sobre el bañador.
Ana había alargado su mano… y me acariciaba la polla… sobre la tela.
Ella se había descubierto… Y yo también.
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