Seduciendo a la cajera (3)
Bajo la luz de las cámaras y la mirada de sus colegas, el acoso se transforma en un juego de dos. Lo que debía ser una lección de respeto se vuelve una invitación prohibida a repetir la transgresión, donde el miedo se mezcla con el deseo y la víctima ya no quiere ser rescatada.
Luego del episodio del vestuario y encontrar toda la ropa interior de Mariela con mi semén. Hernan despidio a un señor que nos caia mal a todos. Lo denunciaron por acoso y al final si hubo pruebas de eso.
Las cámaras de seguridad del restaurante lo grabaron todo. Ese hijo de puta de 45 años, calvo y con cara de no haber roto un plato, actuaba como si nada… hasta que entraba una mujer.
Su rutina era siempre la misma. Apenas veía una falda corta, un vestido liviano o unas calzas ajustadas, “accidentalmente” se le caía un cubierto al piso. Se agachaba despacio, fingiendo dificultad, pero en realidad se quedaba ahí abajo, con la cara a centímetros de las piernas de las clientas. Las cámaras lo captaron perfecto: inclinaba la cabeza hasta casi tocar el suelo con la nariz y miraba directo hacia arriba. Veía tangas de encaje negro, bombachas de muchos colores que apenas cubrían culos redondos, o la marca clara de los labios de la concha en las calzas finas. En una ocasión se quedó más de diez segundos contemplando los labios hinchados de una chica con vestido veraniego sin medias; se le notaba cómo se le paraba la verga debajo del delantal mientras observaba la tela fina metiéndose entre sus labios.
Pero no se conformaba con mirar. También sacaba el celular disimuladamente y les sacaba fotos desde abajo. Las cámaras del techo registraron cómo giraba el teléfono con habilidad para capturar primeros planos: bragas transparentes que dejaban ver el color del vello púbico, tangas perdidas entre nalgas firmes, y hasta la humedad en la tela cuando alguna venía sudada después de caminar. Tenía una carpeta secreta con cientos de esas imágenes, todas de mujeres que pasaban por el local sin imaginar que un degenerado las estaba archivando para pajearse después.
Y las tetas… las tetas eran su obsesión máxima. Cada vez que una clienta se acercaba a la barra o pasaba cerca de su sector, se quedaba clavado mirándolas como un animal. Las cámaras lo pillaron babeando literalmente: observaba tetas grandes y pesadas que se movían bajo remeras ajustadas, tetas medianas y firmes de universitarias con push-up, o tetas pequeñas y puntiagudas de chicas jóvenes que no usaban sostén y se les marcaban los pezones duros contra la tela. Se lamía los labios sin disimulo, imaginando chuparlos, apretarlos, morderlos. En una grabación se lo ve claramente ajustándose la verga dura por encima del pantalón mientras una morocha de veinte y pico pedía un café; las tetas de ella eran enormes, redondas, y se bamboleaban con cada respiración.
El episodio más grave fue con la pendeja divina. Una rubia de 19 años recién cumplidos: cara de ángel, cuerpo de puta cara, culo en forma de corazón y unas tetas naturales perfectas que apenas entraban en una remerita blanca. Llegó sola, pidió un jugo y se sentó en la mesa del fondo. El mozo se acercó “a limpiar” y, mientras fingía torpeza (“ay, perdón señorita, no sé qué me pasa hoy”), le metió directamente la mano entre las piernas. Primero le acarició el muslo por encima de la calza negra ajustadísima, luego subió despacio y le cubrió toda la concha con la palma abierta. La chica se quedó helada, pero él siguió: le apretó los labios mayores por encima de la tela, frotó el dedo medio justo sobre el clítoris y hasta metió la puntita del dedo entre la rajita, sintiendo el calor y la humedad que empezaba a filtrarse. Todo duró casi veinte segundos antes de que ella reaccionara y se apartara.
Era mucho más que un baboso. Era un pervertido a tiempo completo. A diferencia de mí, que me ocultaba entre las sombras y nadie conocía mi secreto.
Ante la conmoción de este acto y en repudio organizaron charlas de en contra del acoso, seminarios de respeto en el trabajo y muchas cosas mas que me encargue de que se hicieran con ejemplos practicos y en vivo, donde yo iba a actuar de acosador y Jime iba a actuar de acosada. En realidad iba a ser una de las acosadas, pero la que yo personalmente iba a disfrutar
La sala de capacitaciones estaba llena: gerentes, empleados de turno mañana y tarde, hasta algunos de recursos humanos. Luces tenues, un mostrador improvisado como caja registradora en el centro del escenario. Un locutor profesional —contratado especialmente— narraba en tiempo real, con tono neutro y didáctico, como si fuera un documental educativo.
LOCUTOR: “La escena recrea un turno normal. La empleada atiende en caja. Lleva el uniforme modificado: falda corta que resalta sus formas, blusa con escote pronunciado. El compañero entra con la excusa de ‘ayudar’.”
Yo entré despacio por detrás, el pulso ya acelerado. Mis ojos se clavaron en su culo redondo tensando la tela, en cómo la falda se arrugaba un poco en la parte de atrás, marcando la línea entre sus glúteos. Me coloqué justo pegado a ella. Tan cerca que podía oler su perfume mezclado con el calor de su piel.
LOCUTOR: “Él se coloca detrás. Apoya deliberadamente su pelvis contra las nalgas de la mujer. Presiona su erección contra ella. Comienza a restregar con movimientos lentos y repetitivos.”
Apoyé la verga —ya dura como piedra— directamente contra su cola. La tela fina de la falda era casi nada. Sentí cómo se hundía en la hendidura entre sus glúteos, cómo su cuerpo se tensaba al instante. Empecé a moverme despacio, un vaivén sutil pero firme, restregándosela de abajo hacia arriba, buscando hundirme más. Cada roce era electricidad pura. Ella no se movió. No gritó. Solo se quedó rígida, las manos temblando ligeramente sobre el mostrador.
LOCUTOR: “La víctima se tensa, pero permanece en su puesto. El acosador aprovecha la inmovilidad para escalar el contacto.”
Bajé la mano derecha por debajo de la falda, como si fuera lo más natural. Los dedos rozaron primero la piel tibia del interior de su muslo, suave, caliente. Subí más. Sentí el encaje de sus bragas, la humedad que ya empezaba a filtrarse —o tal vez era mi imaginación excitada—. Aparté la tela y apreté. Fuerte. Metí los dedos un poco más adentro, sintiendo cómo su sexo se contraía alrededor de la invasión. Ella soltó un jadeo corto, casi inaudible, que se perdió entre el murmullo del público.
Mi verga latía contra su culo mientras seguía restregándola con más ritmo. Veinte segundos. Treinta. El tiempo se estiraba deliciosamente. Podía sentir su respiración acelerada, cómo sus tetas subían y bajaban bajo la blusa abierta. No dijo nada. Solo tragó saliva. Eso me ponía más caliente aún.
LOCUTOR: “El contacto dura casi treinta segundos. Incluye tocamientos directos bajo la ropa. El acosador se retira al oír pasos cercanos, pero no sin un comentario verbal degradante.”
Escuché el carraspeo de alguien en la sala. Me retiré despacio, le di una palmada “amistosa” en la cintura —dejando que mis dedos se deslizaran una última vez por su cadera— y me incliné a su oído:
—Qué rica estás hoy… después seguimos.
Me alejé sonriendo, con la verga todavía dura marcando el pantalón, el sabor de su piel en los dedos. El público aplaudió tímidamente al final de la escena. “Muy realista”, dijeron algunos. “Impactante”, comentaron otros. Jime se quedó quieta un segundo más, arreglando la falda con manos temblorosas, antes de bajar del escenario.
LOCUTOR (cerrando): “Esto no es ficción. Es lo que ocurre en muchos trabajos. El silencio no es consentimiento. El ‘no decir nada’ no es permiso. Gracias por su atención.”
Jime pasó a mi lado rumbo a la salida, la falda todavía arrugada, el escote desacomodado, el rostro enrojecido. Nuestros ojos se cruzaron un instante. No dijo nada. Solo tragó saliva, como aquella tarde en la caja.
Pero esta vez, en lugar de bajar la mirada, se detuvo. Se acercó un paso más de lo necesario. Su voz salió baja, casi un susurro que solo yo pude oír:
—Para la próxima sesión… ¿vas a hacerla más larga?
No esperó respuesta. Siguió caminando hacia la puerta, las caderas moviéndose con esa misma lentitud provocadora que había usado en el escenario.
Me quedé ahí, solo en la sala vacía, con la verga latiendo de nuevo y una sonrisa que no podía borrar. Porque las charlas contra el acoso acababan de convertirse en algo mucho más peligroso… y mucho más adictivo. Y la próxima vez, ya no iba a ser solo una “actuación”.
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