Xtories

Laura y sus amigos se van de excursión 2 de 3

Laura siempre creyó que la amistad tenía límites, pero esa noche en la tienda, la oscuridad borró las reglas. Con Arturo y Juanjo, la frontera entre cariño y lujuria se desdibuja hasta que sus manos ya no saben dónde termina el amigo y empieza el amante.

vsop8.6K vistas9.7· 15 votos

Salí de la tienda dejando a mis amigos dormidos. Había dormido mal y estaba de mal humor. Saqué un zumo de la mochila y lo bebí mientras buscaba mis pantalones. Refunfuñé al no encontrarlos, pero tenía otros. Vacié la mochila sin éxito. Serán capullos, pensé. Se van a enterar cuando se levanten. Estaba terminando el segundo zumo cuando mis labios se curvaron en una sonrisa y me reí bajito. Cuando volví a pensar que mis amigos eran unos capullos ya no había inquina sino una sensación entrañable de diversión.

Arturo y Juanjo salieron juntos de la tienda con aspecto demasiado inocente para ser creíble. Ignoré la situación y actué como si no pasara nada.

—¿Qué tal habéis dormido?

—Genial — dijo Arturo evitando mirarme.

—Me costó un poco pero luego he dormido profundamente — contestó Juanjo con naturalidad — ¿y tú?

—Igual — hice un gesto con la mano —. ¿Os parece si esta mañana exploramos los alrededores?

A los tres nos pareció bien y después de terminar el desayuno nos pusimos en marcha después de dejar las mochilas dentro de la tienda. Sería un recorrido corto y no las necesitaríamos. No me corté por ir en braguitas y los chicos no hicieron mención del tema, y al poco rato empecé a disfrutar de la naturaleza y de la compañía.

Subimos un par de lomas y nos recreamos con el paisaje. Recorrimos varias densas agrupaciones de abedules, pinos y encinas. Cuando regresamos a la hora de comer al campamento estábamos agradablemente cansados. Me hice la remolona hasta que los chicos prepararon la comida, luego me senté a comer con ellos.

—¿De qué te ríes? — me preguntó Arturo.

—De nada. Oye, esto está bueno — en realidad me reía de mí misma. Solo al sentarme recordé que llevaba toda la mañana sin pantalones. Había estado tan a gusto que lo había olvidado.

Después de comer nos sentamos a la sombra como acostumbrábamos. Esta vez me reclamó Arturo y me senté entre sus piernas. La mañana había sido estupenda, la temperatura era perfecta y me sentía relajada y satisfecha. Giré la cara cuando mi amigo me lo pidió y recibí con una sonrisa un beso en la mejilla. Me recosté en su pecho y suspiré de felicidad.

Cerré los ojos y acepté los besos que repartió por mi cara.

—Qué bien — murmuré.

Mi amigo debió animarse ante mi agrado porque siguió marcando un camino de besos por mi piel bajando por mi cuello. Apartó con delicadeza uno de los tirantes de mi camiseta y siguió por mi hombro. La sensación era tan buena que ignoré lo poco apropiados que se estaban volviendo los besos. Esto era típico del comportamiento atrevido de Juanjo, no del tímido de Arturo, y eso me sorprendió tanto que, junto con lo bien que se sentían sus labios, le permití bajarme el otro tirante y que siguiera besando mi otro hombro.

No veía acoso ni nada raro en su comportamiento y por eso suspiré de deleite cuando acarició mis brazos con suavidad. Entre los besos y las caricias me sentía muy querida y mimada. Suspiré de nuevo cuando metió las manos bajo mi camiseta y me acarició en círculos la tripa, todo esto sin dejar de repartir besitos por mi cuello y hombros.

Al ir hoy solo con bragas me había puesto camiseta para ir un poco más tapada. Lo malo es que no me puse sujetador y las manos de mi amigo rozaron la parte baja de mis pechos haciéndome estremecer. Abrí los ojos y me sorprendí al ver mi camiseta. Al bajarme Arturo los tirantes había caído hasta la altura justa para cubrirme los pezones y mi amigo, detrás de mí, tenía una vista privilegiada de mis pechos.

Por un momento no supe reaccionar, tuvo que volver a rozar mis tetas esta vez más intensamente para que me decidiera a pararle. Estaba disfrutando mucho de sus atenciones pero no me parecía correcto por lo que sujeté sus manos y las saqué. Luego me subí la camiseta y volví a coger sus manos para que me rodeara la cintura. Arturo comprendió mi intención y me dio un último beso en el cuello antes de abrazarme.

Igual que había disfrutado de sus besos y caricias disfruté de su abrazo mientras nos adormilábamos.

—Bueno, chicos, ¿un bañito? — la voz de Juanjo me sacó de la modorra. Estaba tan a gusto que gruñí en respuesta —. Venga, venga, no vamos a tirarnos toda la tarde durmiendo.

—Por mí bien — me traicionó Arturo.

—Sois malvados — protesté desperezándome.

Al menos Juanjo me tendió la mano para ayudarme a levantar.

Los chicos se desnudaron tranquilamente y se metieron en calzoncillos. Yo solo me quité las botas. Si me ponía el sujetador no estaría seco para mañana, así que me metí con la camiseta. Intentaría estar agachada en el agua para no dar un espectáculo.

Entré quejándome de las piedras que se clavaban en mis pies hasta reunirme con ellos. ¡Cómo no! Me salpicaron hasta que la camiseta se me transparentó, además de adherirse a mí como una segunda piel.

—No me había dado cuenta Laura, pero me gusta mucho tu camiseta — me dijo Juanjo salpicando otra vez.

—Calla, idiota — me sumergí hasta el cuello.

Me avergonzaba exhibirme delante de mis amigos, pero sentí un pequeño ramalazo de orgullo al percibir las miradas que me habían echado. Ambos se veían fascinados por mis tetas y no me perdían de vista por si podían ver más. Reitero que no quería enseñar más de la cuenta, pero era muy halagador.

Todavía estuvimos un rato jugueteando y quizá alguna vez me incorporé sin necesidad. Cada vez me gustaba más ese brillo ávido en sus ojos. Arturo finalmente descansó sentándose en nuestra piedra y Juanjo se sentó a su lado.

—Ven, Laura. Hoy te cojo yo — me dijo haciéndome señas con la mano.

Inocentemente me senté en sus piernas. Y digo inocente porque cuando le apetecía las levantaba de forma que mis pechos energías del agua. Yo le había rodeado el cuello con un brazo e ignoré lo que pasaba.

—Cariño, tenías razón — me dijo en un momento en que me tenía arriba.

—¿En qué?

—Sí que te han crecido, de hecho están bastante bien.

Por si fuera poco con sus palabras para avergonzarme me jaló de la camiseta, al soltarla volvió a pegarse a mi piel.

—Preciosas — añadió Arturo tímidamente.

—Gracias, chicos, pero dejad de mirarme. Creo que no ha sido buena idea bañarme con la camiseta.

—¡Qué dices! — exclamó Juanjo haciendo aspavientos —. Ha sido una idea magnífica.

Me reí sin poderlo evitar. Toda la situación era un poco contradictoria. A la sensación de estar haciendo algo incorrecto se le enfrentaba el placer de ser admirada por mis amigos. Me gustaba ser la receptora de sus miradas ardientes.

—Calla, tonto — achuché a Juanjo sin saber muy bien cómo reaccionar.

—No, Laura, es verdad — me dijo con seriedad mirándome a los ojos —. Creo que Arturo y yo estamos de acuerdo en que tienes un cuerpazo increíble. Deberías estar orgullosa.

—Mi trabajo me cuesta en el gimnasio — alegué cohibida.

—Lo que sea. El caso es que estás buenísima — prosiguió —. Mira que yo, sin ser modesto, he estado con bastantes mujeres. Ninguna se puede comparar contigo.

—Basta ya, me estás avergonzado — dije ocultando la cara en su hombro.

—Lo dejo, amiga, pero que conste que decía todo en serio. ¿Tú que piensas, Arturo?

—Yo… eh… estoy de acuerdo. Aunque tampoco es que haya tenido muchas chicas para comparar — se rio contagiándonos a los demás.

La conversación y admiración de mis amigos me había dejado un poso de calidez que eliminó todos mis reparos. Cuando Juanjo levantaba las piernas y mis tetas aparecían sobre la superficie del agua inspiraba profundamente para resaltarlas. Hasta me agradó cuando bajó la mano de mi cintura para acariciar mi trasero. En vez de regañarle le di un besazo en la mejilla. Él me dedicó una gran sonrisa y un apretón en el culo. No dejó de tocarlo hasta que salimos del agua.

Fuera ya del agua, al ponerme ropa seca, no les dije que se volvieran. Les di la espalda y me cambié la camiseta y las bragas. Al volverme ellos hicieron lo mismo y pude ver sus culos blancos. Me reí entre dientes.

Cenamos y miramos tumbados las estrellas. Era uno de los mejores momentos del día.

—Creo que no quiero irme de aquí — dije.

—Tendremos que empezar a cazar — dijo Juanjo.

—O pescar — añadió Arturo.

—Qué bien me tratáis — tontamente se me humedecieron los ojos. No había amigos mejores.

—Solo lo que te mereces — me dijo Arturo cogiendo mi mano. Me la llevé a los labios y la di un beso. Luego la dejé descansar en mi regazo. Juanjo me cogió la otra y repetí el gesto. Eché de menos esta felicidad en otras facetas de mi vida.

—Lo digo en serio — insistí —. Sois los mejores amigos — sentí una lágrima descender por mi mejilla.

—Laura, ¿estás bien? — Arturo me había visto y me miraba preocupado.

—Sí, es que os quiero mucho.

—¿Hay algo más? — Juanjo me conocía muy bien y siempre había sido muy perceptivo.

—No. Bueno, quizá algo sí. La verdad es que no estoy muy bien con Edu.

—¿Con el musculitos?

—Sí. Desde hace un tiempo no lo llevamos demasiado bien. Me ha hecho falta alejarme de él estos días para darme cuenta — confesé y como si se hubiera abierto un grifo salió todo de golpe —. Está todo el día en el gimnasio, que si una rutina nueva, que si tal grupo muscular, que si aportes de proteínas, parece que cada vez más cada uno va a lo suyo, y encima… — me callé sin estar segura de si debía seguir hablando.

—Y encima ¿qué? — me preguntó Arturo apretándome la mano.

—En fin — me decidí a contárselo. Eran mis amigos —, toma esteroides para aumentar y definir la musculatura, eso hace que a veces esté violento, otras veces se deprime.

—¿Te ha hecho algo? — Juanjo se incorporó y me miró enfadado.

—No, cariño — le acaricié la cara —. Eso no es un problema — se volvió a echar más tranquilo —. También le causa impotencia — dije deprisa y más bajito.

Tardaron unos segundos en reaccionar.

—¿Al musculitos le falta un músculo? — preguntó Arturo.

Me pareció tan poco típico de Arturo que le miré con la boca abierta.

—¡Arturo!

—¿Qué? — ponía cara inocente.

Me giré para mirar a Juanjo que se reía a carcajadas. Todo el tema no era cosa de risa y le di un manotazo en el pecho aunque en realidad no estaba enfadada.

—Arturo — consiguió decir entre risas —, tenemos un músculo que el musculitos no tiene.

No me parecía gracioso pero el regocijo de Juanjo se le pegó a Arturo y después a mí. Estuvimos riéndonos flojamente unos minutos en los que los chicos me besaron con cariño. Creí averiguar el motivo real de mi tristeza. Me di cuenta de que mi relación con mi novio adolecía de lo que me sobraba cuando estaba con Arturo y con Juanjo. Con ellos, al contrario que con Edu, me sentía muy querida. Reflexioné sobre el tema y se me escapó otra lagrimita que les oculté a los chicos. Con ellos no solo me sentía querida, nuestra relación era mucho más profunda que con mi novio. Teníamos más confianza, más aprecio incluso por los defectos de los otros. Éramos cómplices de una forma que ni me planteaba con otras personas. Antes de irnos a la tienda les di un enorme abrazo a cada uno.

Esta noche tampoco me dejó dormir Juanjo.

—¿Otra vez? — le susurré.

—Ya ves.

—Pues ponte, cuanto antes empieces antes podremos dormir.

Según se quitaba los calzoncillos me di cuenta de la naturalidad con que lo aceptaba. No era muy normal que un amigo se masturbara a mi lado, pero no se sentía mal. Quizá por el enorme cariño que nos teníamos. En cuanto escuché el movimiento rítmico me puse de lado y le besé en el hombro. Mi mano disfrutó de la suavidad y calidez de su pecho.

—Eres muy buena, Laura — me dijo bajito.

Seguí acariciándolo y besándolo en el brazo, era el derecho y notaba cómo se contraía con el movimiento. Me pareció que lo hacía más despacio que ayer.

—¿No vas un poco lento? — le pregunté.

—No tengas prisa — me respondió con una risita —. Es una gozada hacerlo contigo a mi lado. Déjame que disfrute.

—Vale — asentí sonriendo. Recordé que se sentiría triste por lo de Rosa y que mi presencia le confortaría. Cada uno encontrábamos alivio a nuestra manera.

Seguí deslizando mi mano por su piel bajando hasta su estómago. Noté cómo contraía los músculos reaccionando a mi toque. De algún modo me hizo sentir bien.

—Sigue bajando, cariño — me dijo. No le veía en la oscuridad, pero se notaba la sonrisa en sus palabras.

—Voy — bajé más la mano pero me salté la parte delicada y acaricié su pierna. Ahora sonreí yo.

—Bruja.

—Ceporro.

Nos reímos bajito los dos. Me asombré de lo natural que se sentía todo a pesar de que estar tocando a mi amigo mientras se pajeaba no era muy razonable que digamos.

—Quítate la camiseta — me pidió.

—Estás loco, si además no se ve nada — respondí escandalizada.

—Da igual, me lo imagino.

Una terrible sospecha creció en mi mente.

—¿Te estás pajeando pensando en mí, so guarro?

—Claro — respondió con desparpajo —. Me imagino tus tetas húmedas en la charca y tu precioso culito con el tanga.

—Eres un idiota.

A pesar del insulto un calor intenso floreció en mi interior. Sin decir nada me incorporé y me senté a su lado. Tardé poco en complacerlo quitándome la camiseta. La pasé por su cara para que supiera que lo había hecho. Me volví a tumbar a su lado, esta vez me pegué a él y mis pechos toparon con su brazo.

—¿Contento? — le dije agradeciendo que no pudiera ver mi rostro sonrojado furiosamente.

—Mucho. Eres genial.

Seguí acariciando su pierna escuchando su rítmico trajinar. Fue por accidente que rozara sin querer sus testículos. Aparté la mano como si me hubiera quemado. ¡Le había tocado las pelotas! Sin pretenderlo mi respiración se aceleró y froté mis muslos entre sí. El ceporro me estaba excitando.

La segunda vez que rocé accidentalmente sus testículos no fue por accidente, ni la tercera. Me dejé llevar por la atracción y casi sin querer me encontré acunándolos con la mano, apreciando su suavidad y tamaño.

—¿Te gustan, amiga? — me preguntó con la voz ronca.

—Calla, idiota, o lo dejo.

Sonreí cuando se calló. Cambié un poco la postura para poder besar su cara. Como no se veía nada besé primero su barbilla, luego atiné con su mejilla y le di un beso largo y húmedo. Mi mano amasaba con cuidado sus pelotas.

—Están calientes — le dije.

—Y peor que se van a poner — me contestó con una risita.

Seguí dándole besitos. Inevitablemente me había puesto cachonda y no podía estarme quieta. Sonreí de nuevo cuando movió la cabeza buscando mis labios con los suyos. Eludí varios de sus intentos hasta que cedí y le dejé darme un piquito. En la situación en que estábamos me resultó muy excitante. Alterné los besos en su cara y en sus labios.

—Estás tardando mucho más que ayer — le dije. En realidad no me importaba, lo estaba disfrutando un montón. Me gustaba darle besos a oscuras, estar casi desnuda a su lado sin que pudiera verme y mi mano ocasionalmente subía más de la cuenta y me dejaba sentir su durísimo y caliente miembro. Me resultaba todo muy morboso.

—Es que esto es mucho mejor, Laura, aunque no me queda mucho. Dame un beso — le di un besazo en la mejilla —. No, uno de verdad.

Me quedé unos instantes pensando si debía o no. Luego bajé la cabeza y atiné con sus labios. Nos besamos varias veces hasta que sentí la punta de su lengua, separé mis labios y me dejé llevar. Nuestras lenguas exploraron y jugaron entre sí. Se me escapó un ronroneo que provocó que Juanjo acelerara el movimiento de su mano. La mía apretó con ternura sus pelotas y sentí que su cuerpo se contraía.

Atrapé sus jadeos en mi boca mientras mi amigo se corría por fin. Gemí yo también en la suya al sentir su cálida semilla escurrir por mi mano, me resultó muy excitante. Esperé a que terminara de vaciarse.

—Ya era hora — le dije porque en realidad no sabía qué decir. Lo que habíamos hecho me había dejado en una situación inédita con Juanjo y estaba descolocada.

—Dame otro beso.

Resoplé, pero me acerqué y estuvimos otro ratito besándonos.

—Voy a la charca a lavarme — le susurré.

—Espera, que te acompaño. Me has puesto perdido.

Me reí mientras salía por su descaro. Encima me hacía responsable de haberse manchado. Le esperé fuera y nos dirigimos juntos hacia el agua. Las estrellas daban algo de iluminación para ver por dónde íbamos. Me arrodillé en la orilla y me lavé las manos y la cara, necesitaba enfriarme. Juanjo directamente se metió para lavarse el miembro, el pecho y la tripa.

—Gracias, Laura, eres una amiga cojonuda — me dijo todavía hablando bajo.

—No hay de qué, pervertido — le respondí divertida y, ahora más en frio, un poco avergonzada.

—¿Yo pervertido? Lo dices como si no te hubiera gustado — me dijo picado.

—Yo solo lo he hecho por ti y para que me dejes dormir.

—Y te lo agradezco un montón, la verdad es que ha sido genial, pero no me digas que a ti no te ha gustado.

—Sí, cabezón, sí que me ha gustado.

—¿Ves? No te preocupes, ya me devolverás el favor — me dijo saliendo del agua.

—¿Pero tú eres idiota o qué?

Con una risita por la desfachatez de Juanjo iba derecha a punzarle el pecho con el dedo y a decirle todo tipo de improperios, pero se me adelantó y me atrapó en un abrazo de oso.

—Reconócelo, Laura. Me quieres. Venga dilo.

—Déjame, aprovechado — me retorcí infructuosamente.

—Dilo, di que me quieres.

—Que no.

—Dilo.

—Vale, sí. Te quiero, te quiero mucho, Quasimodo — me reí.

—Ahora dame un abrazo y un beso y te perdono la que me debes.

Me partí de risa, pero lo abracé y besé.

—Oye Laura, quizá deberíamos casarnos. Lo digo porque estar aquí besándonos a la luz de las estrellas es muy romántico, como una pareja enamorada.

—¡Ja! Me pondrías los cuernos.

—¿Yo? ¡No! Bueno, quizá. Entonces podríamos ser novios.

—A ver, tonto del bote — le miré a los ojos sin aflojar el abrazo —, somos amigos, los mejores amigos, y encima te ayudo con las pajas. ¿Qué más quieres?

—Bueno — Juanjo me dio un rápido beso —, viéndolo así, parece que tienes razón.

—Siempre tengo razón, a ver si te vas enterando.

—¡Mujeres! — dijo exasperado.

—Justo. Ahí le has dado. Por cierto, amigo, ¿me vais a devolver los pantalones?

—Claro, cuando nos vayamos, pero para que veas que soy bueno te dejo que me abraces esta noche, pero solo si no te pones la camiseta.

Caí en ese momento en que seguía solo con las braguitas, pero en vez de alterarme me reí resignada entre dientes.

—Vale. Pero tú ponte los calzoncillos.

Ahora se rio él.

Entramos sin hacer ruido en la tienda y nos tumbamos juntitos. Apoyé la cabeza en el hombro de Juanjo y este me rodeó con un brazo.

—Buenas noches, Laura.

—Buenas noches, capullito.

—Buenas noches, chicos, y a ver si ya te estás quietecito, Juanjo — se oyó decir a Arturo.

Nos quedamos de piedra. Tuve que ser yo la que reaccionara.

—Buenas noches, Arturo — mi cara ardía.

—Oye, Laura — Juanjo me susurró directamente en mi oído —, mañana ponte el tanga.

—De eso nada, ceporro.

En algún momento de la noche algo me despertó. Sentí que Arturo tiraba de mí. Me acurruqué con él y me dormí otra vez con una sonrisa.

Me levanté la primera como siempre. No me apetecía bañarme así que me lavé desde la orilla. Luego me vestí. Me puse una de las camisetas que había lavado y dudé a la hora de ponerme las braguitas. La petición de Juanjo estaba fresca en mi memoria. ¿Le hacía caso? Sujeté unas bragas en una mano y el tanga en la otra y las sopesé como si fuera una báscula. Hagámoslo divertido, pensé justo antes de ponerme el tanga.

Estaba de espaldas, y no es que lo hubiera hecho a propósito, para nada, cuando salió Arturo. Aguanté unos momentos y luego me giré. Un prominente bulto destacaba en sus calzoncillos. Contuve una sonrisa y correspondí a su beso de buenos días. Me dedicó una sonrisa enorme y una caricia en el lateral de mi culo.

—Son muy buenos días, Laura.

—Más calor que ayer — respondí tontamente. Aunque no me había molestado en absoluto su caricia pensé que quizá no había sido buena idea lo del tanga.

—Vaya, Laura — dijo Juanjo saliendo también —. Hoy te veo radiante.

Ignoré su sonrisita de suficiencia y decidí definitivamente que había sido una pésima idea.

Tras desayunar acordamos dar un paseo por el entorno.

Inicié el camino con los chicos ligeramente detrás. No se me escapaba el motivo de su retraso. Al rato de andar sola me llamó la atención un ruidito. Tuve que escucharlo varias veces para reconocerlo por lo que era, quizá por lo incongruente que resultaba en medio de la naturaleza. Me di la vuelta como un rayo. Al verme Juanjo escondió algo en su espalda.

—¿Me estás haciendo fotos, caradura? — le acusé indignada.

—¿Quién, yo? — respondió levantando la otra mano. Era muy poco habitual, pero parecía avergonzado.

—Pues claro que tú.

—Eh, bueno, es posible.

—¿Cómo se te ocurre? ¿No te da vergüenza? — estaba que echaba chispas con los brazos en jarras.

—Quería un recuerdo de ese culo tuyo tan bonito, Laura. No es tan grave.

—¿Sin pedir permiso?

—Pensé que así saldría más natural — Juanjo se empezaba a recuperar del bochorno —. Además, Arturo quería que se las mandara y no quería defraudarle.

—¿Es verdad, Arturo? — Su amigo bajó la mirada, pero asintió —. Sois de lo que no hay. ¡Oye!

Juanjo me acababa de sacar otra foto. Esta de frente.

—Es que estás muy graciosa, y ya que tenía el móvil en cámara…

—Anda, venid conmigo, trastos ¿o es que vais a estar todo el día mirándome el culo?

—Yo elijo el culo — dijo Juanjo, aunque rectificó al recibir mi mirada asesina —. Está bien, voy, voy.

Me pareció mucho mejor que camináramos juntos, aunque tuvo su parte negativa. Aparté una mano una vez, y luego otra. Los chicos parecieron pillar la indirecta y dejaron de intentar meterme mano. Seguí el camino más tranquila, aunque a algo dentro de mí le gustó su atrevimiento.

—Oye, Laura — me dijo Juanjo —. Si pusiera en Internet tus fotos detallando esta ruta, creo que se llenaría de senderistas.

Me detuve de sopetón mirando su cara sonriente. Puse los ojos en blanco y me llevé las manos a la cara. Le lancé inútilmente una colleja y seguí andando.

—Déjame ver las fotos, Juanjo — extendí una mano.

—No, que las borras.

—No las borro, pero quiero verlas — exigí.

—Toma — Juanjo me entregó el móvil —. Recuerda que has dicho que no las borras.

Recorrí la galería viendo las siete u ocho fotos de mi espalda. Sonreí encontrándole la gracia. Con botas y calcetines el tanga resultaba incongruente, pero ciertamente se me veía un culo estupendo.

—Esta la borro, hay una sombra o algo y se me ve el culo gordo — le dije a Juanjo.

—Solo esa, por favor.

—Que sí, pesado. Ya que estamos vamos a hacernos una foto los tres.

Borré la foto y puse la cámara. Nos juntamos e hice varios selfis de los tres. En el último algún descarado me pellizcó en el culo y salí con la boca abierta.

—¿Quién ha sido?

Mis dos amigos demostraron un inusitado interés en examinar detalladamente el entorno y tuve que reírme. Antes de devolver el móvil a Juanjo, envié las fotos a mi móvil y al de Arturo, incluyendo las de mi trasero.

Seguimos la ruta y descubrimos a lo lejos una vieja casa deshabitada con medio tejado hundido y los restos de varios muretes de piedra que debieron ser corrales. Emprendimos el camino de vuelta al campamento cansados y alegres.

—Me voy a dar un baño en cuanto lleguemos, tenías razón, Laura. Sí que hace más calor — dijo Arturo.

—Yo mañana también me pongo tanga — bromeó Juanjo.

—Estarías muy atractivo — me reí.

—Lo sé, cariño, con cualquier cosita que me ponga.

Bromeando llegamos al campamento y nos metimos en el agua. Ellos en calzoncillos, yo solo me quité las botas. Había asumido bañarme en camiseta y empezaban a gustarme las pícaras miradas que me dedicaban. Ni hice amago de ocultarme bajo el agua o taparme con las manos.

—Este sitio es fabuloso. Si te casas conmigo — estábamos en el centro de la charca y Juanjo tenía un brazo pasado por mi cintura —, te haré una cabañita aquí mismo, en la orilla, para que no tengas que dormir en el suelo.

—¿A sí? ¿Con tus manos? — le respondí fingiendo pensarlo.

—Con mis propias manos, y te compraré muchas camisetas para que te bañes — estiró la tela de mi pecho y la volvió a soltar.

—¿Y no sería mejor un bañador?

—Seguro, pero sé que te gusta bañarte con camiseta y tenerme cachondo todo el día.

Me dio la risa a pesar de que su mano bajó de mi cintura a mi trasero.

—Es tentador, amigo.

—Solo tienes que decir que sí. Estoy dispuesto a empezar a recoger madera de los alrededores enseguida — seguía aparentando seriedad aunque el brillo en sus ojos le delataba.

—¿Me lo puedo pensar? — continué la broma.

—Claro, pero no tardes mucho.

—¿Y mientras me lo pienso vas a seguir tocándome el trasero? — su mano no se cortaba en palpar mi culo.

—Tengo que probar la mercancía. Imagínate que luego no somos compatibles o algo.

—Ya. Compatible con mi culo, ¿no?

—Efectivamente — Arturo nos miraba flipando —. Tengo que examinar tu culo, claro que tú también tienes derecho a examinar mi polla.

Cogió una de mis manos y la llevó a su paquete. Cuando me soltó le tenía agarrado apreciando su dureza. No quise apartarme y le recorrí sobre la tela de sus calzoncillos.

—Creo que es un poco pequeña para mí — intenté evitarlo pero mis labios se curvaron hacia arriba —. No sé, no sé, si fuera como la de Arturo…

—¡Qué avariciosa! Pero en fin, si insistes le invitamos a unirse a nuestras noches de sexo y placer, de morbo y lujuria desatada — me dio un fuerte apretón en el culo que me hizo estremecer.

Me reí a carcajadas y me aparté de mi amigo para refugiarme en Arturo. Inocente de mí! Lo primero que hizo fue plantar la mano en mi culo.

—¿Tú también? — le pregunté poniendo los ojos en blanco.

—Es que estás irresistible con el tanga, amiga — se encogió de hombros como si sus palabras justificaran el magreo.

—Desde luego no tenéis remedio — suspiré —. ¿Qué tenemos hoy de comer?

Cambié de tema sin rechazar los avances de Arturo. En el fondo me estaba gustando mucho. En mis años trabajando en el gimnasio no solo apoyaba a la gente con mis sesiones de fitness, también yo me cuidaba y en lo que más me había centrado era en mi trasero. Sabía que lo tenía muy bien y no me importaba que les gustara a mis amigos, de hecho me encantaba. Si con la nueva confianza que habíamos adquirido estos días les daba por meterme mano, en fin, no podía decir que no me gustara.

—Me parece, Laura, que también le pones cachondo a Arturo — Juanjo se acercó.

—Es que sois unos salidos, de verdad que parecéis críos.

—Ya, pues lo de Arturo no me parece de críos.

Me vi tentada y extendí la mano. Si ellos podían tocarme supongo que no yo a ellos también. Abrí la boca al alcanzarlo. Bajo el calzoncillo lo había visto enorme, pero en mi mano se sentía gigantesco. Lo recorrí estupefacta.

—¿Qué? ¿Qué opinas? — insistió Juanjo.

Miré a Arturo que me devolvió la mirada con preocupación. Intuí que tenía algún complejo, quizá por exceso de tamaño. Le acaricié otro poquito.

—Me parece genial, cariño — le dije —. Seguro que vas a hacer muy feliz a alguien.

El alivio que reflejó su cara confirmó mis sospechas. Le di un apretón cariñoso en el miembro y fui a salir, pero Juanjo se interpuso.

—¿Hoy no te sientas en mi regazo?

—Me parece que no — le dije al ver su pícara expresión.

—Bueno, pero después de comer te sientas conmigo.

—Vale — el día anterior lo hice con Arturo —. Pero nada de toquetearme.

—¿Yo? ¡Qué cosas tienes! — dijo levantando las manos.

Me reí de su desfachatez saliendo del agua. Fui a ponerme ropa seca pero me detuvo la voz de los chicos.

—No te cambies que estás preciosa así — me pidió Juanjo.

—Con el calor que hace te viene bien estar mojada un rato — le apoyó Arturo.

Ya tenía otra camiseta en la mano y la volví a guardar. Me apeteció complacerlos.

Estaba sentada entre las piernas de Juanjo y recostada en su pecho después de comer. Me rodeaba con los brazos y de vez en cuando me besaba el hombro o la mejilla. Arturo, pegado a nuestro lado, me acariciaba la pierna con suavidad. Era genial.

—Oye, Laura. ¿Tú no necesitas masturbarte? Desde que empezamos la excursión no te he visto hacer nada. Y no es que te controle, ¿eh?

—Puedo aguantar unos días sin problema — me reí —. No como otros que son como adolescentes.

—Eso es verdad. Yo necesito acción a menudo, no lo puedo evitar — se rio Juanjo conmigo.

—No es que seas un viejo, pero a tu edad ya deberías controlarte un poquito.

—¿Para qué? Con Rosa no tenía problemas, follábamos todos los días una o dos veces y si no le apetecía me la chupaba o me masturbaba.

—¿Dos veces diarias? — le pregunté. No estaba escandalizada, más bien asombrada.

—Claro, aunque recuerdo un día de tres. ¿Te lo cuento? — me achuchó.

—No, gracias.

—¿Y tú con Edu?

—Igual. Una o dos veces. Al mes — confesé.

—¿No jodas? — se inclinó para verme la cara.

—Precisamente es lo que no hacíamos — me daba apuro contar esas cosas pero estaba entre amigos.

—Pobrecita — se volvió a recostar.

—Sí — suspiré —. Sabéis que no he tenido muchas relaciones aunque indudablemente con Edu es con quien menos sexo he tenido. Al principio nos llevábamos genial, no es que folláramos mucho, pero teníamos mucha complicidad y nos queríamos. Luego, quizá por monotonía, hemos ido perdiendo la chispa.

—Pero seguís queriéndoos.

—Ya no estoy segura. Creo que nos estamos dejando llevar, es cómodo trabajar los dos en el mismo sitio y tiene sus ventajas.

—Me parece triste — intervino Arturo.

—Sí — respondí —. Creo que voy a aprovechar estos días para pensarlo.

—Oye, no te pongas triste — Juanjo me dio un beso en el cuello y me achuchó con fuerza.

—Para nada. Estoy muy contenta de compartir estos días con vosotros. Es como cuando éramos peques y pasábamos las vacaciones todo el día juntos.

—Es verdad, yo también estoy muy feliz — dijo Juanjo y lo ratificó Arturo.

—Os quiero mucho, chicos.

—Lo sé, cariño, aunque ya no seas tan peque —. Juanjo puso las manos sobre mis pechos.

Las cogí para apartarlo, pero me sentía tan a gusto que finalmente no quise. En lugar de eso las apreté contra mí. Se sentía bien. Estuve un rato presionándolas contra mis pechos y luego llevé las manos a mi regazo. Juanjo no dudó en seguir tocándome, pero ciertamente no como esperaba.

Con exquisita suavidad me acarició y sopesó mis pechos. Pasaba las manos por ellos levemente, con una presión tan tenue que era como la caricia de una pluma. Me gustó tanto que cerré los ojos y suspiré.

—Eres increíble, amiga.

Me subió la camiseta muy despacio dándome tiempo a negarme y continuó acariciando directamente mi piel. Ronroneé de gusto. Siguió agasajándome con toques tan ligeros que me derretí en sus manos. Sus dedos rodearon mis pezones y los frotó con suavidad. Reaccionaron endureciéndose.

—¿Te gusta, cariño? Si quieres paro.

—No, sigue — murmuré —. Me gusta mucho.

Di un apretón a la mano de Arturo que acariciaba mi pierna y apoyé las manos en los muslos de Juanjo. Él seguía acariciando mis pechos con parsimonia y mucha sutileza.

—Están duritas, Laura. Son geniales.

Las apretó entre sus manos haciéndome estremecer. Al parecer se había terminado la suavidad. Siguió tocándome, pero ahora era más un magreo, las estrujaba entre sus dedos y me pellizcaba los pezones.

—Aaaahhh — gemí bajito ante el placer que me daba la habilidad de mi amigo.

—¿Sigo así? — me preguntó.

—Sí, sigue — no era el momento de hablar, aunque me gustó que me preguntara, que se preocupara por mí.

Amasaba tan perfectamente mis tetas y me hacía sentir tan bien que no reaccioné cuando deslizó una mano por mi cuerpo hasta llegar bajo mi tanga. Sus dedos jugaron con el poco vello que tenía y luego se adentraron en mi intimidad. Separé las piernas lo que pude ansiosa por sus caricias.

—Estás mojada, amiga — se rio entre dientes.

—Llevas un rato tocándome las tetas, ¿cómo quieres que esté? Aaaaaahhhhh — gemí al recibir un fuerte apretón en uno de mis pezones.

Sus dedos exploraron mis labios vaginales, intentó adentrarse en mi agujerito pero nuestra posición no era buena. A cambio, me compensó frotando mi clítoris en círculos.

—Aaahhhhh — arqueé el cuerpo al sentir la exquisita estimulación.

—Creo que te iba haciendo falta, cariño. Dame un beso.

Levanté e incliné la cara para encontrarme con sus labios. Me estaba haciendo sentir tan bien que le hubiera dado cualquier cosa. El beso fue feroz. Me comió la boca con intensidad y pasión. Su lengua exploró el interior de mi boca y peleó con la mía. Cuando terminamos siguió besando mi cuello y mi hombro. Sus dedos atacaban mis zonas erógenas sin piedad y poco a poco me llevó al borde del orgasmo. Juanjo demostró la experiencia que tenía porque lo supo perfectamente.

—Córrete, amiga — me ordenó.

Pellizcó mi clítoris y me estrujó un pecho al tiempo que me mordía el hombro. Estallé.

—Me corrooooooo… Juanjo… aaaaahhhhhh…

Sujetó mi cuerpo arqueado sin dejar de estimular mi clítoris. El placer que sentí fue inconmensurable y me estremecí una vez tras otra gimiendo como una gatita. Adivinando mi estado mi amigo me siguió acariciando prolongando mi clímax hasta detenerse.

—Me parece que lo necesitabas, amor — me dijo con una risita y sacando la mano de mi tanga.

—Cállate, idiota — jadeé.

—A ver a qué sabes.

Me quedé pasmada cuando se metió los dedos en la boca y degustó mis fluidos. Tengo que reconocer que fue muy erótico.

—Me encanta — dijo con una sonrisa inclinándose para ver mi cara —. Sabes muy bien. Prueba.

Llevó los dedos a mi boca y me vi impelida a abrirla. Probé el sabor de mi placer lamiendo sus dedos. Nunca lo había hecho, pero quería complacer a mi amigo.

—Buena chica. Te iba a preguntar si has disfrutado pero creo que no hace falta.

Su risita engreída no me molestó. Sin embargo sí que sentí vergüenza una vez terminado todo y bajé la mirada. Si mi rostro no estaba ya encendido ahora desde luego estaría como un tomate. Afortunadamente Juanjo me bajó la camiseta y me abrazó dándome un fuerte beso en la mejilla.

—Descansa un rato, Laura.

No dijimos nada más. Nos fuimos adormilando mientras pensaba en lo contradictorio que era mi amigo. Fanfarrón y presumido, me había tratado con una sensibilidad insospechada.