Xtories

El almacén

Llevan años entendiéndose con la mirada, pero esta vez la complicidad se vuelve insoportable. En el silencio del almacén, el beso rompe años de amistad y desata una pasión que ninguna de las dos partes podía prever.

Akhanta5.2K vistas8.4· 5 votos

Por fin me habían autorizado el cambio de unidad. Abriríamos el ala nueva en breve, y para que estuviera operativo quedaba aún trabajo que hacer. Nuestra coordinadora nos había adjudicado a unos cuantos la labor de poner la unidad en marcha, limpiando, colocando material, etc; y coincidiría de nuevo con mi amigo, antiguo colega y compañero de toda la vida. Por delante de mí veía tardes geniales, con cafés tranquilos y tiempo y disposición para escaparme a ayudar a otras compañeras si yo no tenía clientes. Las dos semanas de prueba, con apenas un ordenador y una papelera, habían sido maravillosas, y ojalá fuera así por más tiempo.

Nuestra coordinadora nos encargó que el fin de semana, que no habría obreros ni nadie ajeno a la unidad, en lugar de cerrar y quedar de ayuda nos dedicáramos a repasar el almacén, a colocar material, comprobar fechas de entrega, distribución… El sábado pasamos toda la tarde con ello, riéndonos constantemente al intentar cada uno organizar nuestra parte del almacén a nuestra manera y chocando todo el rato. Es éste un cuarto más o menos pequeño, con estanterías metálicas verticales hasta arriba de cosas; sacamos todo, limpiamos y empezamos a colocar de nuevo con algo más de criterio. Con música de fondo, durante un rato estuvimos en silencio y pensé de nuevo lo cómoda que me sentía trabajando con él. Era de fácil conversación, trabajaba de lujo y nos entendíamos con la mirada perfectamente. Hacía tiempo que no habíamos coincidido, por lo que nos habíamos pasado días intercambiando historias de nuestras respectivas plantas previas. Durante los momentos que estuvimos callados, cada uno a lo nuestro, me sentí feliz. En esto apareció nuestro ordenanza a traer más cajas. Era un chico nuevo, y como casi todos nuestros recaderos, fuerte y dado a flirtear con quien se encontrara… Empezó a hablar conmigo, a preguntarme sobre los horarios de la planta, si estaba contenta, si llevaba mucho tiempo trabajando… Mientras hablaba me sonreía y se iba acercando más. La verdad es que estaba buenísimo y tenía unos ojazos verdes alucinantes, aunque nunca me han gustado los gymbros. Noté que mi compañero le miraba con cara seria, y supe que estaba deseando que se largara. Nunca había tenido paciencia para los ligoteos de los ordenanzas, eso era cierto. Despaché al chaval y seguimos trabajando.

Esa noche soñé con él. Apenas recordaba los detalles, pero había sido un sueño erótico y me desperté agitada. Me sorprendí tanto por haberle tenido a él como protagonista como por lo caliente que me había puesto. Mi marido dormía, tranquilo, al lado mía. Me di la vuelta y seguí durmiendo. No volví a soñar.

El domingo volvimos al almacén, pero esta vez fue distinto. Le miré de otra forma. Era un poco más alto que yo, moreno, con buenos brazos y me fijé en sus labios, llenos y de repente tentadores. Nunca me había fijado en su boca. Me sentía cohibida teniéndole tan cerca, cosa que días previos (y años) nunca me había pasado. Olía su after-shave, y la cercanía de su cuerpo me ponía tensa y un poco excitada. Pero me parecía impensable hacer algo al respecto, primero porque estaba casada y segundo porque era mi amigo. Me comentó algo que no entendí por tener la cabeza en otra parte, y al ver que no respondía se rió de mí y me dio un suave empujón. Le seguí la corriente como pude, pero estaba muy turbada. Me imaginaba ese empujoncillo en otro contexto, y deseé que ocurriera. Se me quedó mirando fijamente… mi estómago empezó a moverse.

-¿Qué te pasa hoy? ¿Te encuentras bien?

No respondí. Se me secaba la boca. Era estúpido, sentirme así por un sueño que apenas recordaba… Se acercó más a mí, desconcertado.

-¡Natalia! Me estás asustan..

No le dejé terminar. Mi cabeza se cruzó y supe que sólo algo podía darme la paz. De forma impulsiva me acerqué a su rostro y le besé en los labios. Me retiré casi en el mismo segundo que lo hice; él no se apartó, pero se quedó congelado mirándome.

-¿Y esto?

No supe qué contestar.

-Lo siento, yo..

Noté que su mirada alternaba mis ojos y mis labios, y en ese instante supe que él también quería. Me acerqué un centímetro de nuevo a él, dudando, y él cerró la distancia devolviéndome el beso. Notaba su piel cálida junto a la mía, sus labios suaves saboreando los míos, las respiraciones uniéndose y acelerándose a la vez. Sabía tan bien… Me pregunté si el resto de él sabría igual. Casi sin darme cuenta noté que mi espalda estaba contra la estantería, y él se había pegado a mí; sus manos sujetaban mi rostro, mientras su boca me exploraba, suave pero firme, dejándome completamente rendida. No sabía que era lo que quería hasta que pasó. Pero lo quería. Quería ser suya, al menos ese día. La mezcla de sensaciones, su olor, su sabor, su pasión, me inundó; entendí de pronto la mirada de pocos amigos que le había echado al ordenanza el día anterior, entendí un millón de pequeños gestos y complicidades a lo largo de los años. Pasé las manos por su espalda, atrayéndole más aún hacia mí, acariciándole. Él se retiró unos centímetros, que aprovechamos para recuperar el aliento, y me susurró:

-Estás casada….

-Sí…

-¿Seguro que es lo que quieres?

-...sí… por favor… por favor, sigue….

Volvió a besarme, de forma lenta pero apasionada, disfrutando el uno del otro ya sin censura. Quería alargar esos instantes al infinito. Necesitaba tocarle, que me tocara, necesitaba sentirle, duro, junto a mí. Y desde luego que lo sentí, duro, cuando apretó su cuerpo contra el mío. Desabrochó los botones de mi uniforme, acariciando mi pecho por encima del sujetador. Separó de nuevo su boca de la mía, sólo para posarla sobre mi cuello; su aliento y su lengua me provocaban escalofríos de placer, lo que hizo que los pezones se me pusieran aún más duros. Él sacó mis pechos por encima del sujetador, para masajearlos ya libres de ropa. Yo le atraía hacia mí, quería su cadera cerca, y movía la mía para ajustarme a él. Con un movimiento de su pie separó los míos, dejando mis piernas abiertas y su pelvis pegada a la mía. Notaba su entrepierna, dura como una piedra, y me moví para sentirla mejor. No me podía creer que esto estuviera pasando, pero desde luego estaba pasando, y yo pensaba disfrutarlo al máximo. Me llevé una de sus manos a la boca y lamí sus dedos, como si fueran su polla, provocando que se excitara aún más. Me preguntó al oído si de verdad estaba dispuesta a llegar hasta el final; metí la mano dentro de sus pantalones, acariciándole, por toda respuesta. Gimió un poco y volvió a besarme el cuello, junto al nacimiento del cabello, mientras me bajaba los pantalones del uniforme. Cuando los noté en los tobillos los sacudí de una patada, quedándome sólo con la ropa interior y la camisa abierta, los pechos por fuera y las bragas completamente mojadas a la altura de las caderas. Él me sujetó las nalgas, y de un pequeño impulso me sentó en uno de los estantes. Estaba frío, era metal, pero yo estaba ardiendo, por lo que no me importó. Teníamos la planta vacía, había diez habitaciones con sus sofás y sillones disponibles, pero nosotros en nuestro pequeño mundo no lo pensamos; nos pareció perfectamente natural tenerme acorralada contra una estantería metálica en un almacén estrecho. Se agachó un poco, terminó de quitarme las bragas y mientras volvía a besarme yo abrí y empecé a retirarle el uniforme. Mis manos, inquietas, dejaron caer la camisa y acariciaron su cuerpo, cálido y firme, receptivo a mí. Quería lamer cada centímetro de ese cuerpo, explorarlo, pero no podía renunciar a sus besos; esa lengua había nacido para saborear la mía. Él se colocó entre mis piernas, acercando mi trasero al borde de la estantería, y sacó su miembro de los boxers. Por última vez volvió a separarse levemente de mi rostro, me miró a los ojos, pero no llegó a formular la pregunta.

-Por favor – le rogué jadeando, ansiosa -, por favor, te necesito…

El cuerpo me dolía de ganas de que me hiciera el amor, no podía más de deseo; quería sentirle dentro. Entrelacé los dedos entre su pelo, negro, denso y suave, y, tras acercarse más a mí, me penetró, despacio, sin trabas porque yo estaba más que lubricada. Sólo había tenido sexo con mi marido, no tenía otras experiencias con las que comparar, por lo que no sabía qué esperar cuando noté su polla dentro de mí; era algo más gruesa, y me sentí completa. Entre gemidos y respiraciones agitadas salió un poco y volvió a entrar, cada vez más profundo, cada vez provocándome más placer con sus caricias; jadeaba mientras me saboreaba, y yo jadeaba con él. Disfrutamos de cada centímetro que él llenaba, apenas notando que a nuestro lado caían botes de plástico de los estantes al suelo con cada embestida. Jamás había estado tan caliente ni había disfrutado tanto con mi marido, ni cuando éramos novios, pero no quise plantearme nada más allá, no en ese momento, cuando todo mi ser pedía sólo ser follada por mi compañero hasta la extenuación. Y él cumplía, como si quisiera atravesarme, empujando con toda la fuerza de su pelvis, sujetando una de mis piernas contra su cadera y deslizando la otra mano por mi nuca. Estábamos sedientos el uno del otro, y aunque esa pasión nos pedía acelerar nos tomamos nuestro tiempo para saborear el momento. Ver su cuerpo sudoroso, oir sus gemidos, sentir su lengua… me ponía a mil. Prolongamos el placer todo lo que pudimos, hasta que sentí que mi vagina empezaba a palpitar y un calor poco conocido me llenaba. No estaba acostumbrada a correrme con la penetración, mi marido me provocaba los orgasmos desde el clítoris, y esta nueva sensación me arrasó cuando me llegó el orgasmo; todo mi cuerpo se tensó, abrazada a él, y apenas minutos después él me avisó de que también iba a correrse. No teníamos protección, pero no me importó, le quería dentro hasta el final. Con un último empujón con el que prácticamente me empaló en la estantería estalló dentro de mí, quedando agotado, su cuerpo sobre el mío, los dos sudorosos y satisfechos. Me llenó la cara de besos, y yo a él. No había nada que decir.

Sólo una hora después, vestidos de nuevo y con sonrisa cómplice, al retomar el trabajo, me di cuenta de que me sentía libre. Podía volver a casa con una tensión resuelta, y continuar con mi vida con un recuerdo maravilloso en ella. Él aceptó que había sido una ocasión única, no quería ser el tercero en nada, y ahí se quedó todo. Hemos seguido siendo compañeros y amigos, nos seguimos entendiendo perfectamente y no hemos repetido experiencia. Pero a día de hoy no puedo evitar sonreír cada vez que paso junto al almacén.