Xtories

Infieles

Llevaban años ignorándose mutuamente, pero el silencio de un matrimonio roto por la fe y la presencia de un viejo amigo fueron suficientes para encender la mecha. Ahora, entre el olor a pintura y el riesgo de ser descubiertos en el baño de un restaurante, la culpa se mezcla con un placer que no saben cómo detener.

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Joel y Marcos se conocieron en la preparatoria, en segundo año, cuando un profesor los sentó juntos en el laboratorio de química. Al principio fue solo complicidad de clase: Marcos, el más aplicado y serio, le pasaba las respuestas a Joel, que era más relajado y carismático. En menos de un mes ya eran inseparables. Salían juntos los fines de semana, se contaban todo, se cubrían las espaldas.

Eran esos amigos que se sienten como hermanos.

Cuando entraron a la universidad, Marcos ya estaba saliendo con Estefanía. La presentó a Joel en una tarde cualquiera, en la cafetería del campus. Ella llegó con una sonrisa tímida, cabello negro largo y liso, piel morena cálida, ojos grandes color aceituna que parecían guardar secretos. Era delgada, de estatura media, pero sus pechos DD naturales destacaban incluso bajo la blusa sencilla que llevaba puesta. Joel sintió el impacto de inmediato: un cosquilleo en el estómago, una mirada que se quedó un segundo de más en el escote antes de subir a esos ojos. Pero era la novia de su mejor amigo. Así que sonrió, la saludó con un “mucho gusto” y enterró esa atracción tan profundo como pudo.

Estefanía, por su parte, también lo sintió. Joel era más alto que Marcos, con cabello ondulado que caía un poco sobre la frente, un físico que rozaba lo atlético sin esfuerzo (de esos que se ven bien con camiseta y jeans), y una seguridad tranquila que contrastaba con la timidez religiosa que Marcos empezaba a mostrar. Además, Joel ya tenía dinero: familia acomodada, planes claros. Ella sintió un pinchazo extraño de curiosidad, casi de envidia sana. Pero era el mejor amigo de su novio. Así que lo ignoró igual que él.

Los años de universidad pasaron. Joel estudió derecho, Marcos administración. Se graduaron, y poco después Joel se fue a España a hacer un máster en derecho internacional. El contacto se volvió esporádico: mensajes de cumpleaños, fotos de viajes, llamadas de vez en cuando. Mientras tanto, en México, Marcos y Estefanía se casaron.

En el 2018, Gilberto, el hermano menor de Marcos, murió en un accidente de tránsito. El golpe fue devastador. Marcos cayó en una depresión profunda: insomnio, llanto constante, incapacidad para levantarse de la cama. Los medicamentos ayudaron un poco, pero fue el psiquiatra quien le sugirió probar algo más: “Acércate a tu lado espiritual. Hay una congregación que yo asisto, podría ayudarte”. Marcos fue. Y funcionó. Encontró consuelo, estructura, propósito. Durante el primer año Estefanía lo apoyó con todo el corazón: veía a su marido resurgir, sonreír de nuevo, tener energía. Iban juntos a los servicios, oraban antes de comer, leían la Biblia en pareja.

Pero lo que empezó como salvación se convirtió en obsesión.

Marcos empezó a citar al pastor para todo: qué ropa usar, qué películas ver, qué música escuchar. Las salidas con amigos se volvieron “tentaciones mundanas”. El sexo, que nunca había sido apasionado pero al menos existía, desapareció por completo. “El cuerpo es templo del Espíritu Santo”, repetía Marcos. “No debemos caer en la lujuria”. Estefanía lo toleró al principio. Luego lo soportó. Finalmente, lo odió. Llevaba casi un año sin ser tocada. Se sentía invisible, frustrada, atrapada. Empezó a pensar en el divorcio en serio, pero había demasiado en juego: el negocio, la casa, los carros… Y aunado a todo eso, el miedo al “qué dirán” de su familia. Estaba paralizaba.

Fue en medio de ese torbellino de pensamientos y zozobra cuando Joel regresó de España.

Marcos lo invitó a cenar para celebrar su regreso tan pronto aterrizara. Fue la primera vez que se vieron en persona después de años. Joel llegó con una botella de vino (que Marcos rechazó diciendo que “el alcohol nubla el espíritu”), pero el ambiente fue cálido. Estefanía y Joel se saludaron con un abrazo corto. Ella notó que él seguía igual de atractivo, quizás más: la madurez le había sentado bien, el acento español sutil en algunas palabras, la seguridad de quien ha vivido lejos. Él notó que ella seguía preciosa… y que sus pechos seguían siendo imposibles de ignorar, aunque ahora los cubría con blusas más discretas, casi como si quisiera esconderse.

Esa noche intercambiaron números le dijo Joel mientras se despedía, de la manera más inofensiva posible. Ese “algo” retumbó en la mente de Estefanía toda la noche.

Al día siguiente, por la noche, el celular de Estefanía vibró con un mensaje.

-Oye, si alguna vez quieres desahogarte con lo que pasa con Marcos, aquí estoy. Sé que ambos están pasando por mucho.

Estefanía respondió casi de inmediato. Al principio solo hablaban de él: cómo había cambiado, cómo la hacía sentir sola, cómo extrañaba al Marcos de antes. Pero Joel, con tacto, empezó a preguntar por ella. ¿Qué le gustaba hacer cuando tenía tiempo libre? ¿Qué música escuchaba a escondidas? ¿Qué serie la tenía enganchada? Las conversaciones pasaron de una vez por semana a todos los días. Audios de voz a las once de la noche. Risas compartidas. Confesiones pequeñas que se volvían grandes.

Una noche, Estefanía le escribió:

-A veces siento que vivo con un extraño. No me toca, no me mira, solo ora y predica.

-Lo siento mucho. Mereces sentirte deseada, Estefanía. Eres increíble.

Ella leyó ese mensaje tres veces. Su corazón latió fuerte. No respondió de inmediato, pero al día siguiente siguieron hablando como si nada… aunque ambos sabían que algo había cambiado.

Cierto día Marcos llamó a Joel:

—Hermano, necesito que me ayudes a pintar y a poner los nuevos anaqueles. Estefanía va a estar ahí también. ¿Puedes venir mañana en la noche?

Joel aceptó sin dudar.

Al día siguiente, a las 8 de la noche, Marcos recibió una llamada urgente del pastor y sin dar explicación alguna mas allá de “una emergencia en la iglesia”, se fue corriendo, prometiendo volver en cuanto pudiera. Los dejó solos.

Ambos se miraron un segundo tan pronto Marcos cerró la puerta tras él. Fue un vistazo breve, casi casual, pero sintieron el cambio en el aire: aquel local ya no era un espacio vigilado. Solo ellos dos, latas de pintura, rodillos, música suave desde el celular de Joel (una playlist de R&B que Estefanía había pedido porque “Marcos nunca deja que ponga nada que no sea alabanza”).

Trabajaron en silencio al principio. Estefanía subía y bajaba la escalera pequeña para pintar la parte alta de la pared principal del local. Joel se encargaba de las zonas bajas y de mover los anaqueles vacíos para que ella pudiera llegar mejor. Cada tanto se cruzaban: él le pasaba un rodillo limpio, ella le alcanzaba una botella de agua. Roce de dedos. Miradas que duraban un segundo más de lo necesario.

A las once y media ya estaban sudando. La ventilación del local era mala y el calor de la ciudad entraba por la puerta entreabierta. Joel se quitó la camiseta y quedó en una playera sin mangas negra que se pegaba a su torso. Estefanía lo vio de reojo mientras mojaba el rodillo: los hombros anchos, los brazos definidos, el sudor brillando en la clavícula. Tragó saliva y siguió pintando.

Él también la observaba. Cada vez que ella se estiraba, la blusa se subía un poco y dejaba ver la curva de la cintura morena. Cuando se agachaba a cargar pintura, los pechos se inclinaban pesadamente dentro del sostén negro que se transparentaba un poco por el sudor. Joel se obligaba a mirar la pared, pero su mente repetía: “Es la esposa de Marcos. Es la esposa de Marcos.”

A la una de la madrugada el cansancio ya era evidente. Habían terminado la pared principal y estaban con los detalles: bordes, retoques alrededor de las ventanas. Estefanía se subió otra vez a la escalera para pintar el marco superior. Joel la sostuvo por abajo, una mano en la escalera y la otra –sin pensarlo demasiado– en la parte trasera de su muslo para darle estabilidad.

—Tienes que estirarte más… espera, te sostengo mejor —dijo él.

Su palma quedó apoyada en la parte baja de su glúteo izquierdo. No fue intencional. O sí. Estefanía sintió el calor de la mano a través de la tela delgada de los leggings. No se movió. Siguió pintando, pero su respiración cambió: más corta, más profunda.

Cuando bajó, sus cuerpos quedaron a menos de treinta centímetros. Ella tenía pintura blanca en la mejilla izquierda, una raya irregular que le llegaba casi hasta la comisura de la boca. Joel la vio y, sin pedir permiso, levantó el pulgar y la limpió despacio. El gesto fue suave, casi tierno. El dedo se quedó ahí un segundo de más, rozando la piel suave bajo la pintura.

Estefanía no retrocedió.

—Tienes… aquí también —murmuró él, y con el mismo pulgar limpió una salpicadura diminuta en la comisura de su labio inferior.

El aire se volvió espeso.

—Joel… —susurró ella. No era reproche. Era advertencia. Era súplica.

Él bajó la mano, pero no se alejó.

—No debería estar tocándote —dijo con voz ronca—. Pero llevo meses imaginando cómo sería.

Estefanía cerró los ojos un instante. El corazón le latía en la garganta.

—Marcos no me toca desde hace once meses y medio. Once meses y medio, Joel. Ni un beso. Ni una caricia. Nada.

Joel tragó saliva. Sintió que la erección que llevaba conteniendo toda la noche se ponía dolorosamente dura contra el pantalón.

—No es justo para ti —dijo—. Mereces… sentirte deseada.

Ella abrió los ojos. Esos ojos aceituna lo miraron directo.

—¿Y tú? ¿Cuánto tiempo llevas deseándome a mí?

Joel soltó el aire que tenía atrapado.

—Desde el día que Marcos te presentó en la cafetería. Tus ojos. Tu risa… Pero eras su novia. Luego su esposa. Siempre supe que no debía.

Estefanía dio medio paso adelante. Sus pechos rozaron el pecho de él.

—Entonces por qué sigues aquí… ayudándome a pintar hasta la una de la mañana.

—Porque no puedo dejar de venir cuando me llamas. Porque cada mensaje tuyo me pone como loco. Porque quiero saber cómo sabes. Cómo gimes. Cómo te corres.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Fue Estefanía quien lo besó primero.

Un beso lento al principio, casi probatorio. Labios contra labios. Luego más profundo. Lenguas que se encontraron con hambre contenida durante años. Joel gruñó contra su boca y la levantó por las nalgas, sentándola en la mesa de trabajo que habían usado para mezclar pintura. Las latas se tambalearon, pero ninguno se detuvo.

Sus manos subieron por debajo de la blusa empapada. Desabrochó los botones restantes con dedos temblorosos y sacó los pechos del sostén. Eran pesados, cálidos, los pezones oscuros ya duros como piedras. Los tomó con ambas manos, los amasó con fuerza, los pellizcó suavemente mientras bajaba la boca y chupaba uno con desesperación.

Estefanía echó la cabeza hacia atrás y gimió alto.

—Dios… sí… chúpamelos… hace tanto que nadie…

Joel alternaba: lamía un pezón, lo succionaba con fuerza, mordía apenas, luego pasaba al otro. Sus manos bajaron a la cintura de los leggings y los bajó junto con las bragas de un tirón. Ella levantó las caderas para ayudarlo. Quedó expuesta: coño moreno, labios hinchados, clítoris protuberante, brillante de humedad.

Joel se arrodilló entre sus piernas abiertas.

—Mírate… estás empapada —susurró contra su muslo interno—. Tan mojada por mí.

Bajó la cabeza y lamió una sola vez, larga y lenta, desde el perineo hasta el clítoris. Estefanía se arqueó y gritó su nombre. Él separó los labios con los dedos y hundió la lengua dentro, follándola con ella mientras el pulgar frotaba círculos rápidos en el clítoris. Ella agarró su cabello y empujó su cara contra su sexo.

—Así… no pares… me voy a correr… ¡me voy a correr!

Se corrió en menos de tres minutos: contracciones violentas, chorros calientes que Joel bebió sin apartarse, gimiendo contra su coño.

Cuando ella dejó de temblar, lo jaló hacia arriba y lo besó, saboreándose a sí misma en su lengua.

—Quiero tu verga dentro de mí. Ahora.

Joel se bajó los pantalones y el bóxer. La polla saltó. Gruesa, venosa. Estefanía la tomó con ambas manos y la masturbó despacio, sintiendo cómo latía.

—Qué rica…

Se inclinó y la chupó: lamió la cabeza, rodeó el glande con la lengua, luego lo tragó hasta donde pudo. Joel gruñó, sujetándole la nuca.

—No… si sigues así me corro en tu boca… y quiero hacerlo dentro.

La levantó, la giró y la inclinó sobre la mesa. Ella apoyó los codos, el culo en pompa. Joel separó sus nalgas y colocó la cabeza en la entrada.

—Última oportunidad de parar —dijo con voz temblorosa.

Estefanía miró por encima del hombro pero no le contestó.

Él empujó despacio al principio. Centímetro a centímetro. Estefanía sintió cómo la abría después de tanto tiempo: el estiramiento delicioso y casi doloroso, el calor de esa verga gruesa llenándola hasta el fondo.

—Joder… estás tan apretada… tan caliente… —gruñó él cuando estuvo completamente dentro.

Empezó a moverse: salidas lentas, entradas profundas. Cada golpe llegaba al cervix. Ella gemía con cada embestida, empujando hacia atrás para que entrara más fuerte.

—Más duro… más duro…

Joel aceleró. Agarró sus caderas y la folló con fuerza: sonidos húmedos, piel contra piel, sus bolas golpeando el clítoris. Estefanía se corrió otra vez, contrayéndose alrededor de la polla, gritando su nombre.

Él la giró, la sentó en el borde de la mesa, le levantó las piernas sobre sus hombros y volvió a entrar. Cara a cara. Se besaban con desesperación mientras él la penetraba profundo y rápido. Los pechos de ella saltaban con cada golpe. Joel los chupaba, los mordía.

—Voy a correrme… —avisó con voz ronca.

—No te salgas…

Joel se hundió hasta el fondo y eyaculó con un rugido: chorros espesos y calientes disparándose contra su útero. Estefanía sintió cada pulsación, cada chorro, y se corrió con él, ordeñándolo con contracciones violentas.

Quedaron abrazados sobre la mesa, sudorosos, cubiertos de pintura y fluidos, respiraciones entrecortadas.

—Dios, ¿qué hicimos? —dijo Joel al fin, casi susurrando, todavía dentro de ella. Estefanía lo besó suave en los labios aun con la respiración agitada.

Los días posteriores al encuentro en el local fueron un infierno silencioso para Estefanía.

La culpa la golpeaba en oleadas. Sobre todo esa mañana, cuando Marcos se arrodilló junto a la cama para orar por “pureza y protección contra la carne”, ella sentía el semen seco de Joel entre sus muslos de la noche anterior (se había masturbado pensando en él después de que su esposo se durmiera). Cada vez que Marcos le daba un beso casto en la frente y decía “Dios te bendiga, amor”, ella recordaba la boca de Joel devorando sus pezones, sus manos grandes apretando sus caderas mientras la llenaba hasta el fondo. La culpa era asfixiante, pero no era más fuerte que el hambre que Joel le había despertado. El deseo ganaba terreno cada hora.

Se masturbaba en la ducha con furia, imaginando la polla gruesa de Joel abriéndola otra vez. Se corría en silencio, mordiéndose el labio hasta sangrar, pero inmediatamente después lloraba. “Soy una mala persona. ¿Qué clase de esposa soy?” Y sin embargo, cuando Marcos le preguntaba por qué estaba tan callada, ella respondía con una sonrisa falsa: “Solo cansada, amor”.

Joel, por su parte, también cargaba culpa, pero la suya era más liviana, más manejable. La traición a Marcos le dolía, sí, pero el recuerdo de Estefanía corriéndose alrededor de su verga, gritando su nombre, lo mantenía despierto y duro cada noche. La culpa era un condimento oscuro que hacía el deseo más intenso, no un freno.

Pero entonces llegó el silencio.

“¿Estás bien? No quiero presionarte, pero necesito saber que no te arrepientes tanto como para borrarme”. Visto. Sin respuesta.

“Sé que estás asustada. Yo también. Pero no puedo dejar de pensar en ti. En cómo te sentiste. En lo que hicimos..”. Visto. Nada aún.

Llamadas que sonaban y saltaban al buzón. Mensajes en azul que se quedaban sin respuesta. Joel empezó a dudar si había sido solo un desahogo de una sola noche para ella. Pero no podía dejar de intentarlo.

Mientras tanto, en casa de Estefanía, la tensión con Marcos explotó.

Era una noche cualquiera. Marcos había llegado tarde de una reunión de la congregación. Estefanía le pidió, casi rogando, que pasaran un rato juntos sin Biblia de por medio. Solo abrazos. Solo caricias. Marcos la miró con tristeza piadosa.

—El Señor nos pide pureza, Estefanía. No podemos caer en la lujuria carnal. Cuando estemos listos, Él nos lo dirá.

Ella sintió que algo se rompía dentro.

—Hace casi un año que no me tocas, Marcos. Un año. ¿Crees que Dios quiere que viva como monja en mi propio matrimonio?

Marcos suspiró, como si ella fuera una niña caprichosa.

—Solo es… tentación, “Fany”. El sexo es para tener hijos, no para divertirse.

Estefanía se levantó de la mesa, temblando de rabia y frustración hirviendo como caldera.

—Ya no puedo con esto, Marcos. No puedo.

Se encerró en el baño llorando de coraje y se lavó la cara. El celular vibró nuevamente en su bolsillo. Era un mensaje de Joel otra vez: “Hablemos. Solo hablemos. Podemos arreglarlo”. Estefania suspiró y se limpió las lágrimas. Nuevamente tuvo esa oleada de calor recorriendo su vientre; ya no lo podía parar. Se masturbó con tres dedos imaginando a Joel follándola contra la pared mientras Marcos oraba en la sala. Se corrió llorando, pero esta vez la culpa fue menor. El deseo había ganado.

A la mañana siguiente le escribió a Joel por primera vez en cinco días:

“¿Puedes venir hoy? Quiero que hablemos”. No explicó más. No hacía falta.

Joel llegó al restaurante a las 2:05. El lugar estaba a reventar: mesas llenas, meseras corriendo con platos, cocineros gritando órdenes, el olor a carne asada y tortillas calientes. Marcos estaba en la caja, cobrando con su sonrisa de pastor, saludando a cada cliente con un “Dios te bendiga”.

Joel entró fingiendo naturalidad. Saludó a Marcos con un abrazo de hermanos.

—Vine a despedirme, hermano. Tengo que irme unos días a Tijuana por un caso.

Marcos le dio una palmada en la espalda.

—Gracias por todo, Joel. Eres un regalo de Dios.

Joel sintió un nudo en el estómago, pero entonces vio a Estefanía saliendo de la cocina con una bandeja. Sus ojos se encontraron. Ella dejó la bandeja en una mesa cercana y, sin decir nada, caminó hacia el pasillo que llevaba a la oficina privada y al baño pequeño que usaban los dueños.

Joel la siguió segundos después, como si fuera a saludar a alguien más.

Cerraron la puerta del baño con llave. Era un espacio diminuto: lavabo, espejo, inodoro. Apenas cabían de pie los dos.

No hubo palabras al principio.

Estefanía se lanzó contra él. Lo besó con desesperación, mordiendo su labio inferior hasta sacarle sangre. Joel gruñó y la empujó contra la pared, levantándole la falda del uniforme del local. Le arrancó las bragas de un tirón (el encaje negro quedó colgando de un tobillo). Ella ya estaba empapada, los labios hinchados y brillantes.

Joel se bajó el cierre del pantalón. Su polla saltó dura, venosa, la cabeza morada y húmeda. La giró de espaldas, le separó las nalgas morenas y empujó de un solo golpe profundo.

Estefanía ahogó un grito contra su propio brazo. Sintió cada centímetro abriéndola, estirándola, llenándola hasta el fondo. Hacía días que su coño palpitaba vacío; ahora estaba repleto de él otra vez.

Joel empezó a follarla de pie, por detrás, con embestidas brutales pero controladas para no hacer ruido excesivo. Cada salida casi sacaba la polla completa, cada entrada golpeaba su cervix con un sonido húmedo que se mezclaba con el bullicio del restaurante al otro lado de la puerta. Sus manos grandes apretaban las caderas de ella, dejando marcas rojas. Estefanía empujaba hacia atrás, buscando más profundidad, más fuerza.

El espejo reflejaba todo: su cara de placer absoluto, los pechos saltando dentro de la blusa del uniforme, los muslos temblando. Joel le tapó la boca con una mano mientras con la otra bajaba y frotaba su clítoris en círculos rápidos.

Ella se corrió primero: contracciones violentas alrededor de la polla, jugos chorreando por los muslos de ambos. Joel sintió cómo lo ordeñaba y aceleró, follándola más fuerte, los huevos golpeando su clítoris hinchado.

La giró, la levantó y la sentó en el borde del lavabo. El espejo se empañó con su aliento. Estefanía abrió las piernas al máximo, los tacones apoyados en el borde. Joel volvió a entrar, esta vez cara a cara. Se besaban con mordidas, lenguas enredadas, saliva mezclada. Él la penetraba profundo y lento ahora, saboreando cada centímetro, cada contracción. Sus manos amasaban sus pechos pesados, pellizcando los pezones duros hasta hacerla arquearse.

Estuvieron así quince minutos eternos. El tiempo se estiraba en cada embestida. El ruido del restaurante era un telón de fondo constante: risas, platos chocando, Marcos gritando “¡mesa 7 lista!” a lo lejos. El riesgo los ponía más calientes. Cada gemido ahogado era una victoria.

Joel sintió el orgasmo acercarse.

—Voy a correrme… —susurró contra su cuello.

—Dentro… lléname otra vez… —suplicó ella, clavándole las uñas en la espalda.

Él se hundió hasta el fondo y eyaculó con fuerza: chorros calientes y espesos disparándose contra su útero, llenándola hasta rebosar. Estefanía se corrió con él, contrayéndose violentamente, mordiendo su hombro para no gritar.

Quedaron jadeando, pegados, sudorosos. El semen de Joel empezó a gotear por el muslo de ella cuando se retiró lentamente.

Estefanía lo besó suave.

—Sal primero tú. Despídete de Marcos como si nada. Yo salgo en cinco minutos.

Joel asintió, se arregló la ropa, se lavó la cara rápidamente y salió.

Minutos después se despidió de Marcos con un abrazo fuerte.

—Cuídate, hermano. Gracias por todo.

Marcos sonrió.

—Dios te bendiga, Joel. Vuelve pronto.

Joel salió al estacionamiento, el corazón latiéndole en la garganta, la polla aún sensible dentro del pantalón, el olor a Estefanía en su piel.

Se subió al carro, encendió el motor y sacó el celular.

Un mensaje nuevo de Estefanía.

Era una foto de sus pechos desnudos, recién salidos de la blusa, con los pezones duros y brillantes de sudor. Debajo, el emoji de un beso. Joel sonrió, excitado otra vez, y guardó el celular. Pero entonces vibró de nuevo. Otro mensaje. Reconoció el nombre al instante.

“¿Qué hacías en el baño con Estefania?” Ponía Liliana, la hermana de Marcos.

El corazón de Joel se detuvo por un segundo. El motor rugió pero él se quedó congelado, mirando la pantalla casi conteniendo la respiración, mientras el mundo seguía girando afuera.