Xtories

Unos meses después, nos volvemos a encontrar

El calor del verano y la presencia de sus familias crean una jaula de cristal alrededor de Pedro y Elena. Entre risas en la piscina y miradas furtivas bajo la mesa, la tensión se vuelve insoportable. Cuando la oportunidad surge, el riesgo de ser descubiertos no los detiene, sino que los empuja al límite.

Chigron11K vistas

UNOS MESES DESPUÉS, NOS VOLVEMOS A ENCONTRAR

Quizás haya quienes recuerden mi anterior relato (Ver “La magia del Carnaval”). Agradecido a todos por ello, y especialmente a las personas que lo votaron.

Podríamos decir que esto es una continuación de aquel texto.

El caso es que después de aquella noche de locura carnavalera, las cuestiones de trabajo, algún positivo de coronavirus, y diferentes eventos familiares hicieron que Elena y yo no coincidiéramos mucho (por no decir nada) en las semanas siguientes, y que las veces que lo hicimos estuviéramos en abundante compañía. Alguna vez hablábamos por mensajes de texto, pero poco más. Ambos teníamos claro que lo que pasó en aquella noche se quedaba en el Carnaval, aunque a mi, tengo que admitir, que las imágenes, tactos y sabores de lo acontecido entre el bar y los bajos del edificio de Elena me rondaban de manera habitual, especialmente durante la sesiones de masturbación con las que desahogaba la habitual abstinencia sexual a la que me sometía en unas ocasiones la rutina diaria, y en otras mi mujer, la cual cada vez parecía tener menos interés en mantener sexo conmigo. Y esto último no era una cuestión asociada a aquellos sucesos del día de los disfraces, ya que lo veníamos arrastrando desde hacía meses antes de que abrieran los bares. Ni siquiera mis intentos por mantenerme en buena forma para ella parecía capaz de detener aquella debacle en la nuestra intensidad sexual. Eran entonces las imágenes de los bravos pezones de Elena erizados frente a mi cara las que desataban mi lívido hasta corridas inesperadamente rápidas, o sentir el persistente sabor que aún era capaz a notar en mi boca de sus jugos vaginales… esos jugos que aquel día me empaparon de una lujuria sin sentido; era también el tacto de su piel, que si bien conocía desde años atrás, aún era capaz de sentir en las puntas de mis dedos y en las palmas de mis manos. Cada vez que me encontraba en una situación sexual, mi mente volaba hacia aquel días. Y cuando en la soledad de la noche, cuando el resto de mi familia dormía, y yo saboreaba un vaso de whisky o una cerveza, inevitablemente acababa recordando a Elena entre mis brazos.

Con todo y con eso, entre rutina y recuerdos, el caso es que fueron pasando los fines de semana de la primavera, y cuando esta entró en su fase final, hace unas pocas semanas, el frio y la humedad de su primera parte fue dejando paso rápido al calor que anunciaba el verano. Los días ya daban algunas jornadas de un calor intenso,de los que exigen playeros para los pies y dejar las cazadoras en los armarios para dejar a la vista las camisetas, algunas de las cuales que incluso llevaban desde el final del anterior verano sin ver la luz del sol, bajo las prendas de invierno, o metidas en el fondo de algún mueble esperando el relevo en el armario.

En mi gimnasio también se notaba la llegada del buen tiempo: las bicicletas estáticas y las cintas se quedaban “tristes y solas”, como cantaba la tuna, a medida que la mayoría de sus usuarios las abandonaban a la búsqueda del aire libre en pistas y carreteras, y salvo unos pocos fieles necesitados de reducir nuestras barrigas pero manteniendo las rutinas de pesas para aumentar y definir músculo. También se notaba el cambio de tiempo en el abandono de gran parte de los que llegaron tras las navidades, quizás porque daban por amortizado lo hecho de cara al verano, o quizás por no ver cumplidas sus expectativas y lo dejaban para otro año. Por otro lado, una parte de la asistencia masculina, primando el sector más joven, que se iba decantando hacia ejercicios que desarrollan el volumen muscular, en una clara intención de convertirse en los próximos aspirantes a chulillos de piscina para el verano en ciernes. Mientras que los veteranos que intentamos mantener el cuerpo sin más expectativas ni ambiciones, nos quedaba la sonrisa silenciosa de quienes saben que sólo los constantes prevalecen.

Bien, una vez más, mi intención de no irme por las ramas parece haberse evaporado con el calor que me envuelve mientras estoy escribiendo, y que sin duda nubla mi buen juicio a la hora de enmascarar determinados hechos que pudieran dar pistas a quien nos conozca.

El caso es que, con los días estirados casi al máximo, volvían las ganas de tomar el aire, de los paseos por la montaña, de las tarde-noches de terraceo, y por supuesto de las comidas al aire libre… esas infinitas comidas con juegos, bien regadas con bebidas de todo tipo; el paraíso de cualquier grupo de amigos. Salvo del nuestro.

Si unos meses antes, en Carnaval, la asistencia a nuestra tradicional cena de amigos fue escasa, en esta, ya superada la pandemia y entrando el buen tiempo, debía presuponerse que las ganas de pasarlo bien superaran a las de achicarse… pero una vez más, las circunstancias para unos, las excusas para otras, y vayan ustedes a saber el porque de gente que ni siquiera contestó a la propuesta de reunión. Bien es cierto que llegada una edad, parece que si no preparas los planes con bastante antelación es difícil enganchar a suficiente gente, por las mil y una razones que os podéis imaginar.

El plan era bien bueno, por lo cual a día de hoy sigue sorprendiéndome que fuese un fracaso, aunque no lo fuera para mi personalmente. Veréis, los padres de Eduardo, el marido de Elena, tienen una finca a poco más de una hora de nuestra comarca, una de esas fincas apartadas, a la salida del pequeño pueblo donde se crió el padre de Eduardo, una antigua tierra de labranza con su cobertizo, su toma de agua, árboles frutales… y que con el paso de los años, y convenientemente reconvertida poco a poco, tras el abandono de las actividades agrícolas, se convirtió en un excelente lugar de reposo y recreo para sus hijos y nietos. El antiguo cobertizo fue transformado, no era precisamente un chalet, pero lo pintaron, le añadieron alguna habitación, y le pusieron un salón cocina bastante amplio, ya que cuando años atrás se juntaban hermanos, sobrinos y demás parentela, el espacio más abundante parecía quedarse pequeño. Pero con los años, los hijos mayores ya preferían otras actividades, y los padres y tíos de Eduardo ya andaban más tocados de salud para pasarse tantos fines de semana en “la finca” como coloquialmente la llamaban entre los miembros de la familia.

No era la primera vez que nos juntábamos en “la finca” el grupo de amigos, incluso en alguna ocasión que el padre de Eduardo había estado convaleciente por alguna cuestión de salud, habíamos usado la excusa de ayudarlo con el desbroce veraniego, para juntarnos los hombres del grupo y después de dejarlo hecho todo, disfrutar de un fin de semana de amigotes. Quizás no era el colmo del lujo y la comodidad, pero para quienes no renegamos de nuestras raíces de pueblo, estaba cerca de ser un pequeño paraíso a las puertas de la naturaleza, pero accesible y que permitía la libertad suficiente para sentirse como en casa.

Llegado el día, resultó que a Elena y Eduardo con sus dos pequeños, y que ya llevaban un par de días allí aprovechando unos descansos que tenían pendientes de disfrutar, tan sólo me uniría yo con el mayor de mis hijos. Los amigos que estaban dudosos se fueron echando atrás en las últimas horas por diferentes cuestiones que no vienen al caso, y a mi mujer la llamaron para cubrir uno de los turnos en su trabajo, por el accidente de una compañera, y al tener un contrato eventual no podía negarse, y mi hijo pequeño se quedó con su abuela, ya que aún es demasiado chico como para pasarse un día entero por ahí, y menos con el calor que ya nos devoraba suavemente en esos días.

Así que ahí me teníais a mi a volante del vehículo familiar, mientras el mayor de mis dos tesoros dormitaba en el asiento de atrás, y un disco de folk sonaba en el reproductor. Y mientras atendía a la carretera, mi mente volaba en el espacio y el tiempo, viajaba a esa noche de carnaval en la que Elena estaba sentada en mis piernas mientras sus pezones durísimos se perdían entre mis labios y peleaban con mi lengua por el espacio existente en la boca que los succionaba. Desde aquella noche como os comentaba antes, apenas nos habíamos visto, salvo en alguna ocasión contada, en la que fue imposible hablar de aquello, y tan solo unas pocas y tímidas conversaciones mediante mensajes. Elena sospecha desde hace tiempo que su marido le revisa el móvil, y no queríamos correr riesgos innecesarios. Así que para mi el encuentro tenía el aliciente de poder hablar con mi vieja amiga en algún momento sin nadie que nos molestase.

El día amaneció según lo esperado, despejado, y tan sólo alguna nube dispersa por el cielo, y con una temperatura bastante alta, aunque según me acercaba al pueblo, la brisa de los bosques y montañas cercanas refrescaba el ambiente ligeramente, haciéndolo mucho más agradable. Sin duda quienes más lo iban a agradecer eran los peques: juguetes, bicis, carreras… y una pequeña piscina plegable que harían sus delicias.

Llegamos a la finca sobre las doce del mediodía. Nada más oír el coche los dos pequeños salieron a la verja a recibirnos, con el consiguiente alboroto que se armó entre mi hijo y ellos gritando a pleno pulmón como muestra de alegría y felicidad, y que tanto nos molesta cuando llegamos a adultos.

Quizás este es un buen momento para hacer una breve descripción de los adultos que estábamos ese día presentes, antes de continuar con mi historia, ya que es probable que la mayoría no hayan leído el texto precedente, y que si lo han hecho, que no recuerden el aspecto que tenemos las personas que fuimos protagonistas de aquellos hechos.

Elena, 37 años (ah, si en el anterior eran 36, pero durante estos meses cumplió con otra vuelta al Sol), la más joven de nuestro pequeño grupo de amistades. Delgada, dueña de unas piernas suaves y firmes y un culito precioso, a pesar de las dos criaturas que trajo al mundo por parto natural. Los pechos son más bien pequeños, pero apetecibles, y bien firmes. Su pelo corto moreno enmarca una cara bonita, pero sobre todo con una fuente de morbo y picardía en sus ojos que atraen las miradas y los pensamientos impuros tanto de hombres como de alguna mujer. Y su voz… envuelve como el terciopelo, de manera suave, y como un vicio se enrosca en los oídos de quien la escucha, y perturba el buen juicio de cualquiera.

Eduardo, marido de Elena, con 42 años de edad, delgado, deportista de esos locos por salir a correr, de pelo indeterminado (más bien inexistente desde hace años) y con cara de vivir en un eterno despiste. Aunque no tengo un criterio para determinar si es guapo, a mi no me lo parece, aunque supongo que en su momento a Elena la enamoraron esos ojos verdes que puede que sean su mayor atractivo

Y para acabar con los presentes, yo me llamo Pedro, 43 años, alto, en buena forma gracias a los ratos que puedo echar en el gimnasio, y con casi todo el pelo en su sitio, aunque ya hace años que el gris y las canas hicieron su aparición de manera generalizada en mi cabeza. De cara supongo que normal, nunca destaqué por ligón, y aunque hay alguna que dice que soy atractivo mi falta de labia a la hora de entablar conversación con desconocidas y mi terrible timidez siempre jugaron en contra de mis posibilidades de éxito entre el género femenino.

Volviendo al día que recoge esta narración, y sin ánimo de sumergirme en la descripción de hechos que a veces parecen intrascendentes al lector, voy a continuar con esta historia describiendo los prolegómenos al día que nos esperaba. Empezando por la vestimenta, que tampoco es que fuera gran cosa, estábamos entre amigos, en un día campestre, y la elegancia no era ninguna prioridad… todos vestíamos camisetas y pantalones cortos, con playeros o sandalias abiertos. Pero claro, incluso con estas sencillas prendas cada cual intenta ponerse atractivo en la medida de sus posibilidades. Eduardo, con su aire despistado, era el más insulso de los tres (excluyo, claro, a los tres pequeñajos que se afanaban por descubrir quien era el mejor de ellos en gritar de manera estridente mientras jugaban) camiseta holgada, unas bermudas aún más holgadas por debajo de las rodillas, y chanclas playeras. Yo tampoco iba muy allá, pero sin embargo llevaba una camiseta más apretada, sin mangas, que resaltaba mi musculatura, y de paso me permitiría poner mi piel algo morena tras el largo invierno, y de paso lucir el tatuaje que me había hecho hacía dos inviernos en mi brazo izquierdo, y que debido a restricciones varias por la pandemia aún no había tenido muchas oportunidades de lucirlo.

Pero la que si se lucía su figura con destreza ese día era Elena. Enfundada en unos shorts de tela fina, semi cubiertos por un pareo, que dejaba ver esas piernas de las que tan orgullosa está, pero sin ser excesivamente provocativa. Por encima llevaba una camiseta holgada, lo común para una quedada como la que llevábamos a cabo en el campo, aunque mi mente fantaseaba con lo que debajo se escondía y yo de cerca ya conocía.

Tras los saludos iniciales comenzamos con la preparación de la comida, sacar la carne para prepararla, encender el fuego, poner aperitivos en la mesa, ir sacando platos, vasos, bebidas… todo un despliegue de medios y detalles que cuando surge la idea de un día entre amigos te parecen menores, pero cuando estás metido en la preparación y ejecución te acaba quitando un montón de tiempo y energías. Pero con buen tiempo, risas, y un ambiente relajado, los trabajos y los problemas se llevan mejor. Los niños se entretenían ellos solos con los numerosos juguetes y árboles que se repartían por la finca, así que los adúltos podíamos charlar tranquila y despreocupadamente sobre cualquier tema que fuese surgiendo.

Al día aún le quedaban horas… y aunque todo aparentaba ser una convivencia normal, había detalles que presagiaban el devenir de la jornada. Ya poco antes de la comida, y a pesar de disponer de una zona a la sombra para comer, lo cierto es que el sol y se alzaba pegando de plano, y a Elena se le ocurrió que ya era hora de volver a ponerles crema solar a los pequeños. Tras sus inútiles protestas, los tres fueron convenientemente embadurnados de la lechosa loción, para evitarles una noche de dolores de piel a ellos, y de cabeza a sus padres. Y como el Pisuerga pasa por Valladolid, los mayores también aprovechamos para ser cuidadosos con nuestras respectivas epidermis, al ser uno de los primeros días que nos exponíamos al astro rey tras la temporada invernal.

Elena simplemente se echó un poco por su cara por proteger, y luego esparció algo por la piel de las piernas, que aunque ella las tiene de color de la canela más fina, siempre está bien un poco de crema para evitar su deterioro. Esa maniobra, la de Elena echándose crema por las piernas, fue observada por mis ojos, intentando ser muy disimulado, y aunque no fue para nada una insinuación erótica, sirvió para elevar un punto mi lívido. Poco después Elena se acercó a Eduardo en la parrilla, y le puso crema en brazos y espalda, mientras hablaban acerca de la cantidad de comida a preparar y para que hora estaría listo. Y a continuación ella dejando a su marido ocupado entre brasas y costillas, con el bote de crema en la mano, se acercó a mi, que me afanaba en preparar unos aperitivos con paté, aceitunas, y poner la mesa, con una leve sonrisa me preguntó si quería que me echara crema en la espalda. “Si, gracias” le contesté, me di la vuelta y me levanté la camiseta de tirantes mientras oía como la única mujer en aquel encuentro apretaba el recipiente para echarse la crema en su mano.

Cuando puso la mano sobre mi espalda la noté fresca por la loción que llevaba en ella, aunque pronto esa sensación dio paso a la de notar su piel en contacto con la mía, haciendo que un escalofrío me recorriese hasta la nuca, mientras Elena se afanaba por cubrir toda la superficie con la crema del 20, me preguntaba por mis padres a los que hacía tiempo que no veía. Yo contestaba mecánicamente, casi con monosílabos, mientras disfrutaba de las caricias de sus manos, ya que a su mano derecha había unido la izquierda cuando juzgó que ya tenía suficiente crema puesta para cubrir toda mi anatomía trasera, y con ambas manos hizo una especie de masaje que se extendía desde mis clavículas a la parte de la espalda que se sumergía bajo la goma de mi pantalón corto. Elena usó un pequeño excedente de crema para echarlo por los costados del tronco, y mientras proseguíamos con nuestra banal conversación, ella se afanaba en esparcer la protección… quizás con un poco más de dedicación de la que se suponía, y recreándose en los músculos de la espalda, pero que se acabó más rápidamente de lo que a mi me apetecía, ya que estaba disfrutando de aquel contacto después de llevar estos últimas semanas recordando sus manos y su piel.

Llegó la hora de comer, y tras convencer a los mocosos de que dejaran algún juego para la tarde, nos comimos una apetitosa parrillada, acompañada de tortilla y otros manjares, que sibien no están reconocidas en los altos templos de la cocina, son un manjar para las personas normales.

No me perderé en comentar la comida, postre, la consiguiente sobremesa con café de pota (por si no se entiende, hecho de manera artesanal, sin cafetera moderna), tan solo para decir que todo fue abundante y sabroso, y que tanto Elena como Eduardo bebieron con alegría y despreocupación, al menos bastante más que yo que debía de retornar en coche al final de la jornada, además llevando a mi hijo, con lo cual la losa de la responsabilidad contuvo mis impulsos con la bebida, e hizo que me mantuviera en un estado de alegría, pero sin llegar siquiera a estar mareado durante todo el día.

Tras la comida, y mientras los mayores disfrutábamos de una relajante sobremesa y una distendida charla, nuestros pequeños continuaron con sus juegos, sobre todo los dos más pequeños, que parecían una fuente de inagotable energía. Por supuesto, la piscina estaba preparada, y hubo que evitar por todos los medios que se metieran dentro antes de hacer la digestión, ese terrible mito que deploramos durante nuestra juventud, y pasamos a aplicar de manera igualmente inflexible en el momento que somos padres.

Pero finalmente llegó la hora y pudimos darnos un chapuzón en la pequeña piscina, una de esas redondas desmontables de lona cuyo borde se levantaba un metro y algo sobre la superficie del terreno y de unos2m de circunferencia. Desde luego no vale para nadar, pero si para refrescarse y jugar con los niños.

Durante un buen rato jugamos, nos salpicamos, charlamos entre nosotros, y seguimos bebiendo alguna cerveza que situamos en una mesa al lado de la piscina… Yo, abusando un poco de mi altura y mi fuerza fui arrojando a los críos a la piscina cuando salían provocando que salieran un más para provocarme y conseguir un chapuzón desde una altura considerable. Y cuando la alegría es contagiosa, pues una cosa lleva a otra. Cuando Eduardo volvía de la nevera de traer agua fría y una nueva ronda de cervezas, también fue víctima de mi físico, yéndose de cabeza al agua en un lanzamiento limpio que ni siquiera tocó los laterales del recipiente lúdico, el pobre, con su cuerpo flaco no fue rival para levantarlo. Y después de él, le tocó el turno a Elena, que salió dispuesta a liar un cigarrillo, y volvió rápidamente al agua, cortesía de mis brazos. Aunque con ella, como tuve que transportarla unos metros más, mis manos acabaron haciéndole un firme masaje por aquellas partes por donde la llevaba sujeta, principalmente por sus nalgas, que fue la zona más apetecible a la que pude acercar la mano.

Pero a Elena aquello no le debió parecer suficiente, ya que cuando yo estaba de nuevo jugando con nuestros rapaces, aprovechó para salirse de nuevo, y esta vez, antes de echarle mano al tabaco, con un desenfadado “a tomar por el culo” se quitó la parte de arriba del bikini, que ya no volvería ese día a su indumentaria, para sorpresa evidente de Eduardo, que abrió unos ojos cómo platos pero, como era habitual en él, se mordió la lengua, y la dejó hacer.

Yo por mi parte, tan sorprendido como Eduardo, me hice el desentendido, y seguí con los juegos de niños, mientras de reojo me recreaba en esas perillas tan apetecibles de mi amiga y de los duros pezones que se gastaba por la acción, supongo, de la temperatura del agua de la piscina. Pero como hay oportunidades que no se pueden desaprovechar, cuando a la preciosa morena que enseñaba los pechos y casi no le quedaba cigarrillo que fumar, salí de la piscina cogiéndola por sorpresa por la espalda y cargándola en brazos mientras me deshacía de la colilla que llevaba en sus dedos, la llevé como una suave alfombra de piel hasta el borde para arrojarla sin miramientos, entre las risas generales, incluida la de ella a la que posiblemente le gustó como los dedos de mi mano izquierda envolvieron su pezón mientras la cargaba en mi cuerpo. Desde luego, si le molestó el magreo, hizo todo lo contrario de lo que debería, ya que al poco una vez más volvió a salir a consultar su móvil, sin necesidad de que yo quedara mal saliendo, ya que era animado por los pequeños que se mataban de risa al ver comportarse a sus mayores como si fueran otros infantes, pero de mayor estatura. Y otra vez la morena de pelo corto que turbaba mis deseos se vio de nuevo sobre mis brazos y entre mis dedos mientras repasaba la anatomía esta vez del pecho derecho.

Pero tanto juego, comida y piscina empezó a pasar factura a los niños, y mientras los pequeños, muertos de frio, hubo que dejarles ir a ver un rato los dibujos en la tele que tenía la finca familiar envueltos en sus toallas, el mayor que había pasado mala noche, reclamó una siesta. Si los dioses existen, en ese momento, como el del carnaval, me favorecieron, y Eduardo cedió a los deseos de su primogénito y fue a echarse con él a una de las camas que se repartían por la antigua chabola.

Y así nos quedamos Elena y yo, servidor como era normal con bañador y unas chanclas, y Elena con la braga del bikini y unas alpargatas de esparto de las de toda la vida sentados a la mesa con unos cafés (para, supuestamente, despejar) y una botella de vino blanco de la que yo era el menor consumidor, ya que no olvidaba que debía de conducir sin falta de vuelta a casa.

Situados en sillas enfrentadas a menos de un metro de distancia, nuestra conversación fluía a diferentes momentos y situaciones: viajábamos en los recuerdos, en las personas que conocemos, en familia y amigos, algo de filosofía de calle, y muchos chistes de esos que sólo entienden dos buenos amigos. Como no, en un ambiente tan íntimo, entre los diferentes temas, salían de vez en cuando alusiones sexuales más o menos explícitas, que inflamaban un ambiente ya de por sí calurosos, y con la electricidad estática acumulada entre los dos desde hacía tanto tiempo…

Así que no debería de extrañar a ninguno de los lectores que desde aquellas sillas medio atrincheradas tras el murete de la parrilla y unas mesas, pero desde donde se observaban perfectamente las dos puertas del caseto donde adormilaban el resto de los participantes de la jornada, y con ese punto de valor que dan el alcohol y la calentura, yo tomara como excusa el levantarme a abrir una botella y rellenar los vasos, para acercar la cartera con el tabaco a Elena. Ésta, abriendo los diferentes departamentos, sacó un par de condones… “mira… los traigo para nada” me dijo “Eduardo ya casi no mira para mi, estos me caducan”. Viendo senda aún mas abierta me acerqué por detrás, y le masajeé los hombros mientras seguía la conversación con ella, que iba ya algo más afectada por el alcohol que yo… y mis manos bajaron a sus tetas abarcándolas completamente con mis manos, que son grandes y duras, tanto del gimnasio como de mi labor profesional en la que el trabajo con herramientas es muy habitual. Ella suspiró, mientras musitaba un “no… aquí no… pueden vernos”. Pero no fue eso lo que me detuvo, sino un coche que apareció en la puerta de la finca. Si las maldiciones tuvieran algo de sentido, el malnacido que sólo paró en la entrada de la finca para dar la vuelta (porque debió de perderse) hubiera caído fulminado al instante. No fue así, pero fue suficiente para que yo volviera a mi silla con el corazón en un puño, pensando que el hermano de Elena o sus padres acababan de llegar y me habían encontrado con las manos en “las masas”.

Seguimos nuestra conversación, quizás de una manera más apocada, como intentando cohibirnos de la calentura que hervía nuestras respectivas sangres. Pero el diablo ve el pecado y se relame gustoso, y manda fuerzas y energía a quienes lo cometen… Sólo así podría explicar cómo mi pie derecho salió de la chancla para acariciar la pierna izquierda de Elena, y mientras se enraizaban nuestras conversaciones él pasó de acariciar la pantorrilla a hacerlo en el muslo, y como de ahí fue subiendo poco a poco hasta que se acercó peligrosamente a la ingle. Y ahjí mi amiga me miró con esos ojos de tentación a los que casi nunca puedo resistirme, mordiéndose el labio inferior me susurró un “¡Pedro…!” que quizás intentó ser de reproche, pero que salió de su boca como una invitación al vicio. Aunque quizás nunca salió de su garganta, y quizás fueron mis oídos que tan sólo interpretaron lo que mi polla quería oir.

El caso es que a sus palabras siguió un avance de mi pie, llevando el dedo gordo a ponerse encima de la coqueta braguita del bikini que guardaba la caja de Pandora a la que irremisiblemente me acercaba.

Pocas pasadas de mi pie sobre la braga de Elena necesitó mi ánimo para darme el impulso necesario para mandar a los dedos del pie derecho a jugar con la goma lateral de la braga. Pero nunca sabré si hubiera tenido la habilidad suficiente para colarme dentro por mi mismo, ya que fue mi propia amiga la que bajando una de sus manos rindió la plaza apartando sus defensas y dejando a la vista ese pubis prácticamente rasurado, salvo una pequeña tira, para que pudiera pasar a jugetear con toda libertad con esa parte de su anatomía.

Durante unos minutos que me parecieron eternos en emoción e intensidad mi dedo gordo pasó del pubis al clítoris alternativamente, con momentos de frotamiento en la vagina, mientras mi corazón amenazaba con reventar literalmente, ya que si bien mi postura era más discreta, la de Elena no dejaba lugar a dudas: mientras se agarraba con fuerza a los reposabrazos de la silla de camping, su cabeza se iba hacia atrás e intentaba ahogar sus gemidos mordiéndose los labios.

En ese momento no pensaba en hacer otra cosa. La situación era tan sumamente morbosa que no necesitaba más que la imagen de esa ninfa retorciéndose bajo las caricias de mis pies para disfrutar con todos mis sentidos. Jamás había tenido una situación más caliente con ninguna otra hembra, ni siquiera con mi mujer en todos nuestros años de relación, como lo que tenía con Elena, y siendo la que estaba viviendo de un ardor excepcional por las diferentes razones que se apretaban en mi cerebro, compitiendo entre si por acercarme al éxtasis.

Pero los dioses que antes me favorecieran, ahora me dieron nuevamente la espalda. Un sonido procedente de la casa nos sobresaltó a ambos, jueguetes y voces anunciaban que quienes estaban en la casa habían acabado su descanso y volvían con ganas de actividad. A la salida en tromba de los dos pequeñuelos siguió el mayor, y al poco la de Eduardo, con las meriendas en las manos. Ciertamente con nuestra charla y nuestros juegos se nos había pasado el tiempo volando, y ahora ambos padecíamos un calentón que nos hacía sudar bajo el tórrido calor ambiental.

Para internar distraerme, me puse a jugar con los niños y las pistolas de agua, mientras en mi cabeza aún revoloteaba fresca la visión de los labios vaginales de Elena acariciados y penetrados por los dedos de los pies. Ella mientras tanto seguía dedicándose al vino blanco mientras mantenía una conversación más o menos acalorada con su marido por alguna razón que se me escapaba, pero que yo sospechaba que estaba relacionado con su estado achispado debido al alcohol.

Tras un rato de juegos, dejamos a los niños en lo suyo y Eduardo y yo nos dedicamos a ir recogiendo trastos, botellas, platos, mesas… dejando lo mínimo para seguir pasando la tarde, en ese rato Elena que estaba visiblemente cabreada con su cónyuge por el orgasmo interrumpido (aunque esto no podía echárselo en cara, claro) siguió bebiendo, hasta que en un momento manifestó que iba a tumbarse en la cama. Mientras, nosotros seguimos recogiendo por aquí y por allá… hasta que a mi me dieron ganas de mear, y en vez de irme a uno de los árboles, entré en la casa. Y allí, en uno de los apartados de camino al baño estaba Elena tumbada sobre la cama, completamente dormida y con brazos y piernas en cruz. El corazón se me aceleró, y seguí hacia el baño, donde oriné mientras pensaba si me arriesgaba o no. Cuando salí la decisión estaba tomada, me arrodillé junto a la cama y besé a Elena que me respondió débilmente, supongo que sin tener claro quien profanaba su boca. De sus labios pasé los míos a uno de sus pechos, mientras con una de mis manos masajeaba a su gemelo, provocando que la mujer de Eduardo comenzara a jadear ahogadamente… pero tenía miedo de que mi tardanza levantara alguna sospecha, así que tapé un poco con la manta a Elena, y con un nuevo calentón en mi entrepierna volví a salir a la finca, donde todo continuaba más o menos como lo había dejado. Lo dejamos todo más o menos recogido, y Eduardo y yo estuvimos charlando un rato compartiendo una litrona fresquita, hasta que el mayor de sus hijos se acercó a pedirle que les acercara a por un helado.

La finca, por si no lo había dicho, no estaba perdida y solitaria en el campo, sino a que a cinco minutos en coche hay un pueblo con uno de esos pequeños establecimientos que son a la vez bar, tienda de ultramarinos… y heladería. Como los niños se habían portado muy bien, el premio del helado nos pareció adecuado, así que pasamos el asiento suplementario de mi hijo a su coche, algo más grande y convencí a Eduardo de que se los llevara a los tres, mientras yo limpiaba la parrilla y guardaba las cosas que había llevado en mi coche.

El trabajo de limpieza de la parrilla es asqueroso y cansado, porque la reja pesa bastante, y con poco caudal de agua caliente hay que frotar como si se tuviera que pulir las grandes pirámides. Yo sabía que Eduardo detestaba hacerlo, así que mi oferta que iba acompañada de un billete de 20€ para los helados, convenció a mi delgado amigo para hacerse cargo de los tres niños mientras yo me comía el trabajo más pesado.

¿Es necesario decir que jamás en mi vida froté con tanta rapidez y fuerza una parrilla? Supongo que no.

En apenas 5 minutos tenía listo la parrilla (tampoco la dejé pulcra, pero sabía que no iba haber quejas) y las cosas amontonadas en mi coche y me dirigí al interior de la casa, una vez más en dirección al baño. Pero para mi sorpresa la cama donde hacia un rato estaba dormitando Elena estaba ahora vacía ¿dónde se metía esta chica cuando más la necesitaba? Unas toses secas me señalaron la dirección del baño, donde Elena estaba sentada junto a la taza del váter donde se observaba una copiosa vomitona. Haciendo de tripas corazón y con la líbido ya por el suelo, cumplí como un buen amigo y la llevé a la cama más cercana al baño donde la tumbé y le limpié los brazos con una toalla de algún resto de su vómito. Después, armado con otras toallas y una fregona, limpié el baño lo más posible, con rabia, mientras maldecía mi mala suerte… media tarde planificando como quedarme a solas con Elena, soñando despertarla teniendo un rato para nosotros entre sus brazos, y tenía que pasármelo limpiando.

Tras finalizar las labores de limpieza, me dirigí de nuevo a Elena, limpiándole la cara con una toalla con agua fresca. Incluso en ese estado me parecía preciosa, la muy jodida. En ese momento reparé en que tras llevarla a la cama se había quitado las bragas, y que su conejito rasurado, con esa fina línea de vello moreno que mostraba recién arreglada para ese día, estaba húmedo y brillante.

Yo no necesitaba más, fui acariciando su cuerpo, besando sus tetas y la barriga, jugueteando con la lengua en el ombligo perfecto, mientras mis manos ya llegaban a sus caderas, preparando el camino para mi cabeza, que al poco llegó a su objetivo, comiéndome el precioso coño de Elena, que empezó a moverse, y a gemir, para satisfacción de mis oídos. Mi boca jugaba con los labios, los apresaba y los estiraba, succionaba atrapaba el clítoris como si mi miserable vida dependiera de ello en ese momento, la lengua se enroscaba en los pliegues de la anatomía vaginal, se introducía en la cueva de Elena como Teseo en el laberinto del Minotauro, y daba largos paseos hasta jugar con con su entrada anal. A esa entrada trasera de Elena, convenientemente lubricado por mi saliva y sus jugos se dirigió mi dedo índice que jugueteó durante unos instantes en sus alrededores antes de ingresar lentamente en su interior, a la vez que la boca acrecentaba sus maniobras sobre el coñito moreno, y la otra mano trabajaba uno de los pezones de mi buena amiga. Ella se retorcía, y a pesar de su estado etílico debía de estar disfrutando, a juzgar por los abundantes jugos que destilaba su sexo, como yo ya sabía de muestra anterior aventura, con un sabor que se me antojaba realmente maravilloso, la mejor de las ambrosías que podía existir sobre la tierra.

Tras el que pienso que fue el segundo de los orgasmos de la morena que me abrazaba la cabeza con sus muslos, y cuando ya estaba pensando en ponerme encima de ella, a mis orejas llegó el sonido de un motor… y un estruendoso “¡¡mierda!!” resonó en mi cabeza. Desde luego el tiempo pasó más rápido de lo que yo llevaba controlado, y Eduardo y los niños estaban de vuelta. Así que sin pensármelo mucho coloqué a mi amiga en una postura de dormida, cosa que no fue difícil, ya que tras sus orgasmos tampoco es que tuviera muchas fuerzas para más, y la tapé con la manta. Yo ppor mi parte entré al baño a lavarme yh a enjuagarme la boca, y salía hacia la cocina, donde simulé estar tomando un café con el que salí a recibir a la excursión de los helados.

Siendo como era ya tarde le comenté a Eduardo que había encontrado a su esposa vomitando en el servicio y que la había metido en la cama y limpiado todo (hasta zonas que el no se imaginaba). El pobre me agradeció la dedicación que había demostrado y despotricó un buen rato de su esposa y su afición por beber. Lo dejé decir, mientras asentía con la cabeza, reafirmando sus opiniones mientras por dentro me mordía la lengua para aguantarme la risa… En fin, mi amiga es ella, y el solo un apegado al grupo por el que siento un afecto relativo.

Tras despedirme él, y pedirle que cuidara bien de Elena, tocaron las despedidas de los niños muy efusivas con votos de verse pronto. Cogí el coche y cargué en el a mi hijo con muestras evidentes de cansancio, y con unos pitidos del claxon, salimos de la finca mientras el sol empezaba a enrojecer su cara entre la bruma del atardecer.

Durante el viaje de vuelta, mientra el pequeño dormía desnucado en el asiento de atrás, yo escuchaba un disco de rock macarrilla, que en ese momento me hacía sentir muy bien,y olía los dedos que habían estado en el interior de Elena, intentando grabar en mi memoria cada instante de aquella tarde absolutamente demencial. Me iba a casa con un calentón importantísimo que esperaba que mi esposa pudiera solucionar, y con las ganas de haberme follado otra vez a Elena, pero con la satisfacción de que nuevamente la había tenido para disfrutar del vicio que me provocaba, y con la seguridad de que su promesa de que “en otra ocasión será entre sábanas y con perfume” aún seguía en pie”.

----------------------------------------------------------------------

Gracias por leer este relato. Hay partes ciertas, partes falsas, y cosas inventadas porque mis recuerdos también son confusos. Pero espero que lo hayan disfrutado, y que como día aquel gran ilusionista: “Recuerden, que todo es producto de su imaginación”.