Hakin, el argelino 2
Gema le ha dado trabajo, pero Ivette le ha dado el cuerpo. Entre escaleras, bragas pequeñas y un marido dormido, Hakin descubre que el placer tiene un precio demasiado alto: el tráfico de drogas y el silencio cómplice de una familia rota.
Hakin el argelino
Cap. 2
Estuve arreglando ese enchufe y luego una lámpara de otra habitación, Ivette me estaba mirando, casi sin quitarme ojo, y cuando estaba terminando este último arreglo, ella me preguntó:
—Hakin ¿Me ayudas a bajar esos globos de la lámpara para lavarlos un poco?, Y cuando yo iba a subirme a la escalera, Ivette me dijo:
—No, Hakin, espera, yo me subo, no quiero que te dé un mareo y te caigas de la escalera, yo me subo y tú sujétame la escalera, por favor.
E Ivette se subió a la escalera y cuando estaba en lo alto, desde mi posición podía verla unos muslos preciosos, y que llevaba unas bragas muy pequeñas que se metían por entre los labios de su vulva.
Yo no lo pensé y metí mis brazos, cogiéndola de sus muslos, abrazándoselos con mis manos. Ivette se quedó inmóvil unos segundos, pero no hizo nada, solo bajó su vista y me sonrió, mientras yo iniciaba mis caricias recorriéndole esos muslos tan preciosos… Vi como Gema nos contemplaba mis maniobras sonriendo maliciosamente, y entonces subí mi mano hasta adentrarme por el interior de esos muslos hasta llegar a sus bragas, y allí uno de mis dedos hurgó para abrirme paso.
Vi como Ivette se estremecía, y al poco la sentí vibrar y llegó un momento en que me parecía que le faltaban las fuerzas; entonces la cogí en brazos, y bajé su cuerpo pegado al mío y la besé con deseo. Ella me correspondió al instante, pidiéndome paso con su lengua para adentrarse en mi boca, mientras nos abrazábamos.
Vamos, Hakin, a qué esperas, follatela, la tienes a punto de caramelo.
Ambos hicimos oídos sordos a lo que nos decía Gema, pero yo tiré de la bata de Ivette para arriba, y ella me dejó hacerlo, quedándose con tan solo esas braguitas tan pequeñas. Y ella me ayudó a quitarme mi ropa, y al quitarme mi calzoncillo, apareció mi estaca dura y desafiante ante sus ojos y los de Gema.
—¡Joder!... ¿As visto Ivette que pedazo de polla tiene este chico? ¿A qué te gusta?
No la contestamos ninguno de los dos, pero en el acto los dos nos tumbamos en la cama, e Ivette se me ofreció guiándome a ponerme encima de ella, y me abrió sus muslos al sentir como mi polla buscaba su gruta del placer.
Al instante yo sentí como entraba en ella, hundiéndome hasta el fondo de su vagina, haciendo que Ivette exhalara un gemido de placer.
—Ooohh, Hakin, que buenoo.
—Qué coño tienes, Ivette, que buenoo, joderr, que buenooo.
Decía yo mientras me movía dentro de ella, al principio de forma suave y lenta, pero arreciando en mis movimientos poco a poco.
—Follame, amor, follamelo.
—Bienn, dale polla, chico, quiero veros follar a los dos.
Y empecé a moverme más rápido entrando y saliendo del coño de esta belleza, y ella se movía llena de pasión al sentir mis pullazos penetrándola una y otra vez, y no tardamos en sentir cómo nos llegaba nuestro orgasmo, pero ella al darse cuenta me pidió que me saliera.
—Salte fuera; por favor, no te corras dentro.
Y yo lo hice descargando mi orgasmo, encima de su vientre.
—Niña, te voy a llevar para que te pongan un diú; esa lechecita tiene que llenarte tu coño, porque eso yo sé que da mucho gusto sentirlo.
—Sii, tengo que ir a un ginecólogo y que me pongan eso, Gema.
Luego de terminar ambos, yo me senté en la cama e Ivette me limpió y me lavó con una esponja y me secó con una toallita, y me secó y me lavó hasta incluso mis testículos; luego nos besamos infinidad de veces y cuando nos íbamos Gema y yo camino de la casa de Gema, oí como Ivette le daba las gracias.
—Gracias, Gema, te debo una.
—Me vas a deber muchas más, porque te voy a traer a este mozo muchos días para ver cómo te folla, que eso también me da mucha alegría verlo.
Y cuando ya estábamos en la puerta apareció Germán.
—Hale, Germán, me llevo a Hakin que ya le ha arreglado a tu mujer todo.
Pues muchas gracias a los dos, ¿qué te debo, Hakin?
—Nada, Germán, me doy por pagado habiéndoos servido en algo.
—Pues no sé qué decirte… ¿Qué tal si te vienes a comer con nosotros? Ivette guisa muy bien.
—Pues me parece muy bien, cuando a vosotros os venga bien.
—Pues mañana mismo si te parece.
—Vale, quedamos en eso entonces; me dais un toque a la hora que os parezca bien y me acerco.
—Coño, qué suerte tienes, bribón, dijo Gema, —mañana mismo te la puedes tirar delante de su marido, si tienes la maña suficiente para engañarle.
—No sé cómo podría hacerlo, pero la idea me gusta muchísimo.
Al día siguiente vino Ivette llamando a la puerta de Gema para avisarme de que la mesa estaba dispuesta y su marido me esperaba. Allí mismo delante de Gema, ella y yo nos besamos y nos abrazamos, y mis manos entraron por debajo de su falda para apretarle su culo precioso entre mis dedos. Luego me fijé que en su lado izquierdo de su cara se le apreciaba un moratón, y entonces la pregunté.
—¿Qué te ha pasado en la cara?
—¿Dónde, Hakin? No me he visto nada.
—Pues se te nota muchísimo que te han dado un golpe.
Y a Ivette se le borró de pronto su sonrisa.
—Es que Germán es una bestia y le habrá pegado una torta como las suele dar él, ¿a que sí Ivette? Dijo Gema.
—Si, Hakin, es que Germán tiene la mano muy ligera; anoche me pegó una bofetada, solo porque me estaba probando un tanga muy pequeñito que yo había pensado ponerme para que tú me vieras.
—¿Y suele pegarte muchas veces?
Ivette se calló avergonzada; no quería darme más explicaciones de lo que le pasaba con Germán.
—Si Hakin, Germán la pega, ya te he dicho que es una bestia, y cuando lo hace la deja marcas como la que estás viendo ahora. Dijo Gema.
—Pues si alguna vez le pillo pegándote, te aseguro que yo le mato.
—Venga, venga, chicos, ir a ponerle los cuernos a Germán allí en tu casa, que os está esperando.
Y cuando salíamos, Gema nos dijo en voz alta:
—Hakin, follatela bien follada, delante de su marido si puedes, y después me lo cuentas… ¿Vale?
—Vale, jajaja, lo intentaré, Gema.
—Esta Gema está más salida que un macho cabrío. Me dijo Ivette.
—Siii, es muy morbosa y le gusta vernos, cuando tú y yo lo estamos haciendo.
—Pero es un ángel de mujer, y no lo digo solo por que sea mi tía, pero yo no sabría vivir sin estar ella a mi lado.
Cuando entramos en la casa, Germán se mostró muy hospitalario, se puso muy amable conmigo, y yo le correspondí empleando mi mejor educación.
Durante la comida, con el mayor disimulo que pude, hice que mis manos viajaran frecuentemente debajo de la mesa para acariciar los muslos de Ivette, y ella hizo lo mismo palpando mi dureza una y otra vez. Mientras lo hacíamos, en cada una de esas maniobras morbosas, ella me miraba a los ojos con una sonrisa muy picara.
Cuando terminamos de comer, nos sentamos en el sofá para ver la tele y Ivette, se puso entre Germán y yo. Apenas hablábamos, Germán dijo que ponían una película que estaba muy bien, y le apetecía verla, pero…
No tuvieron que pasar más de 20 minutos, para que los dos empezáramos a ver cómo al marido de Ivette, parecía que de vez en cuando se le cerraban los ojos. Ivette entonces con una sonrisa malévola en sus labios me dijo al oído:
—Le he puesto un par de pastillas para dormir, en la comida.
Efectivamente. Yo vi con sorpresa cómo Germán, a los cinco minutos, empezaba a roncar, entonces mi mano se metió entre los muslos de Ivette y ella me abría sus piernas para facilitarme mis caricias, y mientras ella las sentía, cerraba sus ojos, y yo percibía cómo se estremecía de vez en cuando. Entonces comenzamos a besarnos e Ivette me pedía paso con su lengua en mi boca, mientras mi mano la exploraba por la cara interna de sus muslos.
De pronto vi que Ivette se puso de pie y con un movimiento rápido, se quitaba sus bragas, luego me bajaba los pantalones y mi calzoncillo hasta dejarlos en mis pies, y acto seguido se sentaba encima de mí y dirigiendo mi barrote con sus manos, bajó su culo haciendo que mi duro miembro le entrara en su hambriento coño, hasta tenerlo todo dentro de ella. Y ya Ivette no paró de subir y bajar su culo, haciéndolo deslizar a lo largo de mi duro tronco. Yo la oía gemir continuamente en mi oído, hasta que de eso enseguida pasó a dejar escapar grititos de placer, cuando ella misma se ensartaba con fuerza.
Yo ya estaba casi en el final de mi éxtasis, cuando de pronto la oí dar un grito que me dejó asustado, temiendo que Germán, se despertara al instante, como así fue, pero ella, muy astuta, se volvió a él para besarle y taparle los ojos con su cara, y Germán no se enteró de nada, ni se movió de su asiento.
Yo aún no me había corrido y aún seguía dentro de Ivette, y ella, en vez de continuar, se levantó sacándose mi miembro de su interior.
—Ivette, necesito que sigamos, yo no me he corrido aún, y quiero metértela otra vez.
—Si amor, tranquilo, que no te voy a dejar sin que te desahogues.
—Pero ahora quiero follarte yo.
—Vamos a mi cama, yo también quiero más, amor mío.
Y arriesgándonos al máximo, nos fuimos al dormitorio de matrimonio y allí Ivette me dijo que no me sacara los pantalones, por si Germán se despertaba; luego se tumbó en la cama, abriéndome sus piernas con la falda por encima de su vientre, y me abrió sus brazos para recibirme entre ellos.
Me tumbé encima de su cuerpo, e Ivette al instante me guió mi barrote para que yo entrara en ella, y con toda suavidad volví a entrar en su interior hasta el fondo, y ya me la follé dándole pollazos llenos ambos de pasión y deseo; los pollazos que la daba, la hacían dar pequeños gritos que ella trataba de contener apretando su boca contra mi clavícula, y lo hacía la muy cabrona mordiéndome llevada por su excitación. Hasta que sentí que ya me llegaba mi orgasmo, Ivette se dio cuenta de que ya estaba a punto de darme y esta vez me dijo:
—Córrete dentro, amor, córrete dentro, quiero sentir como me llenas.
Y yo sentí las contracciones del interior de su coño mientras yo iba llenándola de mi esperma. Luego nos llenamos de besos y cuando hubimos reposado, Ivette me llevó al cuarto de baño, y dándome besos ella me mimaba, lavándome con una esponja, y luego secándome todo con una toalla, dándome mucho cariño.
—Ivette, deseo tenerte desnuda en la cama, y tenerte toda una noche para mí.
—En el primer viaje que tenga que hacer Germán a África, podremos hacerlo así mi vida, te lo prometo.
Cuando Germán se despertó, yo ya no estaba en la casa y estaba contándole a Gema mi aventura con Ivette, y Gema me pedía que le explicara bien los pormenores de nuestra aventura.
—Qué cabroncete estás hecho, Hakin, me habría gustado ver otra vez, como te follabas a mi sobrina.
Pues no te lo imagines, si quieres te lo cuento mientras te lo hago a ti ahora, para que sepas bien cómo lo he hecho y que lo entiendas mejor.
Aaaahhh, vale, granuja, sabes que si me gusta mucho esa picha brava que tú tienes, ¿pero puedes con otro polvo tan seguido?
—Pues te la doy hasta donde aguante.
—Mejor lo dejamos hasta esta noche, para cuando duermas conmigo, jajaja, y así te dejo reponerte.
Y después de cenar estuvimos viendo un poco los programas de la tele, y después ella me dijo:
—Vamos a mi cama, quiero que estemos cómodos, jajajaja.
Hizo que me pusiera encima de ella, y esa noche ella me hizo de todo, y yo disfruté de su cuerpo en la forma en que sé hacerlo; no fue tan bueno como cuando lo hacemos Ivette y yo, pero Marga era un putòn que sabía moverse y sacarle placer a cualquier hombre. Al final acabé rendido y sudado. Después de hacerlo con Ivette; me había quedado leche como para llenarle el depósito a Marga, y ella quedó contenta con mi servicio. Y yo feliz de haberme cepillado a dos hembras con tan solo unas pocas horas de diferencia.
—Has tenido suerte cayendo en las manos de mi sobrina y en las mías, bribón, porque te estamos arreglando la vida.
—Si es verdad, Gema, he tenido suerte cayendo en vuestras manos; las dos me habéis cuidado tanto, que nunca olvidaré lo que habéis hecho por mí.
—Pues más adelante podemos darte trabajo y así tendrás trabajo y sexo asegurado para que te alegres mejor la vida, me dijo Gema antes de dormirnos.
—¿Y qué trabajo me vais a dar?
—Mi sobrino Germán, que es mi sobrino por estar casado con Ivette, es traficante, tiene muchos empleados a su servicio, y si se lo pedimos nosotras, podemos conseguir que te pueda dar algún trabajo, eso sí, tienes que demostrar que eres prudente, y que sabes guardar silencio cumpliendo bien con el trabajo, y por supuesto con lo que él te pida. Yo solo te pido que tengas a mi sobrina satisfecha, y no nos causes problemas ni a ella ni a mí.
—Yo necesito ganar dinero, Marga, necesito dinero para así poder viajar a Argelia y buscar a mi hermano.
—Pues ya hablaré con Germán, tú sé listo y procura ganarte su confianza.
— Espero no tener la mala suerte de verle pegarle a Ivette, porque si le veo lo estropearé todo dándole una paliza.
—Tú no seas tan impulsivo, hay que tener la cabeza fría y actuar con inteligencia, siempre hay un momento adecuado a lo que debemos de hacer.
—Bueno, yo espero tener esa cabeza fría que tú dices.
Al día siguiente, cuando estaba yo arreglando un grifo en la casa de Gema, entró Ivette y nada más vernos, nos lanzamos uno en brazos de otro, nos besamos con un beso de esos de tornillo, mientras Gema nos miraba con una sonrisa de oreja a oreja.
Pero yo no esperé mucho; tiré de su bata, sacándosela por su cabeza, dejándola con tan solo un minúsculo tanga, que Ivette me enseñó toda morbosa para que yo admirara lo erótica que ella estaba con ese tanga. Se dio un par de vueltas y me hizo unas cuantas poses, mientras que yo admiraba como ese tanga se metía entre los globos de su culo y al moverse sus pechos oscilaban. Yo al ver ese cuerpo de hembra tan bello, así tan poco vestida y tan eróticamente tapada, sentí que mi miembro se endurecía al instante.
Pero ese tanga se lo quité en unos segundos, y ella me ayudó a desnudarme a mí, y cogiéndola en brazos la llevé a mi dormitorio y en mi cama la penetré, haciéndonos el amor frenéticamente hasta que ambos quedamos saciados de sexo. Mientras fóllabamos, Gema nos estuvo mirando y vimos cómo ella se consolaba con su mano entre las piernas.
En esto llegó Germán, que llamó a la puerta de Gema; cuando esta le abrió, Germán le preguntó:
—¿Oye Gema, está aquí Ivette?
Si espera, es que está en mi habitación probándose un vestido.
—¿Bueno, puedo pasar, Gema?
—Aaahhh si… Si claro, pasa, Germán.
Y Gema nos dio una voz avisándonos:
—Ivette, está aquí tu marido que viene buscándote.
Y nosotros nos separamos apresuradamente; Ivette se puso la bata por encima a toda prisa y sin siquiera ponerse las bragas, se miró un segundo al espejo para arreglarse el pelo, y al instante salió de la habitación; yo me escondí detrás de la puerta, desnudo y con mi barrote todavía chorreando, y guardé silencio mientras ellos hablaban en la sala.
—¿Qué hacías aquí, Ivette?, le preguntó su marido.
—Nada es que he venido a hablar un ratito con Gema, pero solo he estado con ella unos minutos.
—Ivette aprovecha muy bien el tiempo, Germán, no la riñas porque haya venido a verme. Ella mueve mucho su cuerpo, haciendo lo que deba hacer en cada momento.
—Vale, vale, si yo no me enfado porque ella venga a verte, Gema, solo es que hoy no tengo mucho tiempo y por eso tenemos que comer más pronto, para luego yo poder irme cuanto antes.
—Bueno, pero quédate a tomar un café, Germán, aún tenéis tiempo.
—Noo, no tengo tanto tiempo, Gema, otro día me lo tomo.
—Vale, pues otro día te invito.
—Bueno, me voy para casa, pero no tardes, Ivette, porque tenemos que comer ya mismo. Tengo que irme a Ceuta y tengo prisa.
Nada más salir Germán de la casa, nos miramos todos a los ojos mientras Gema soltaba una carcajada.
—Jajajaja, casi os pilla tortolitos… pufff que poco ha faltado.
—Joderr, Hakin, si me pilla follando contigo nos mata, dijo Ivette.
— Siii, joderr, que morbo ha tenido la situación, jajajaja. Dije yo.
Gema e Ivette le hablaron de mí a Germán y le pidieron que me diera trabajo; este se mostraba reacio al principio, por el peligro y las precauciones que hay que tomar para mercadear con la droga. Pero al final las mujeres consiguieron que me dejara entrar en su plantilla, dándome un fácil y poco arriesgado trabajo.
Me dijo que yo simplemente debía de esperar por la noche escondido entre las rocas junto a otros hombres, cuando llegara la lancha a la playa, debíamos de descargar los fardos de droga en unos segundos y llevarlos rápidamente a un punto que él nos indicaría. Esperamos cerca de tres horas y se me hicieron eternas, hasta que la lancha llegó, y en cuanto llegó y paró en la playa, corrimos todos para descargar los fardos y llevarlos al punto donde nos indicaron.
Cuando lo hicimos así, vi que, en ese sitio, había una furgoneta en un lugar donde no llegaba ni la luz de la luna, y metimos dentro de la furgoneta todos los paquetes con la máxima rapidez. Luego vi que le daban una mochila a Germán que debía de estar llena de dinero, y todos salimos corriendo, cada uno en una dirección distinta. Esa noche, nada más vernos en su casa, él me dio un paquete de dinero, sin explicarme cuanto era, y yo me fui a la casa de Gema. Al llegar conté el dinero y vi que me había dado 1800 euros en billetes de 20 y de 50; me quedé asombrado con esa cantidad de dinero en mis manos. Era mucho más de lo que yo había ganado en toda mi vida. Y solo había “trabajado”, si se podía llamar trabajo a lo que había hecho, tan solo un poco más de dos horas de espera en la playa.
Y ese “trabajo” se repitió todas las semanas, el mismo día de la semana y a las mismas horas. En tan solo tres meses, me encontré con una fortuna en mis manos, que me era imposible poder creérmelo, si no fuera porque ese dinero lo tenía en mis manos para poder contarlo cuando yo quería creérmelo, y muchas veces quise comprobar que era cierto que yo tenía esa cantidad de dinero, y yo cuando acababa de contarlo otra vez, alucinaba.
Y el trabajo no podía ser más sencillo: El día de antes Germán venía a casa de Gema a verme, y me preguntaba si iba a estar esa noche disponible para hacer el “trabajo,” yo le decía que sí, y él me decía la hora y el sitio de la playa. Una noche que estábamos esperando la llegada de la lancha, vimos que la lancha de la guardia civil pasaba vigilando esa zona, y al llegar la que esperábamos con el cargamento, les avisamos, y cuando estábamos llevándonos los últimos fardos apareció la guardia civil, y nuestra lancha tuvo que emprender la huida, y nosotros igualmente para cargar la furgoneta apresuradamente. Vimos como la lancha de la guardia civil la perseguía y las dos se perdían en el horizonte.
Al día siguiente una patrulla de la guardia civil, estuvo llamando puerta a puerta en todas las casas. Venían buscando a un traficante, cuando llamaron a la casa de Gema yo me oculté en mi dormitorio, y desde allí los oía que decían que buscaban a un traficante, y le daban a Gema una descripción de cómo era esa persona, pero la descripción que decían yo vi que no correspondía en nada con Germán.
Yo empecé a visitar el pueblo de vez en cuando, y así fui conociendo a las gentes de ese lugar y haciendo alguna clase de amistad con alguno que otro. Gema ya me hacía encargos de comprar algo de vez en cuando, alguna cosa para la comida o el aseo de la casa. Y ya me conocían ellos a mí mejor que yo a ellos, que me llamaban el náufrago.
Un día, por fin, decidí que tenía que volver a Argel para buscar a mi hermano. Se lo dije a Ivette y hablamos sobre la forma en la que yo podía hacer el viaje; ella me dijo que un antiguo novio suyo que se llama Antonio, tiene una lancha porque antes también se dedicaba al mercadeo de la droga, pero que ahora ya se había retirado. Me propuso que ella me pondría en contacto con este Antonio, pidiéndole ella antes que me ayudara.
A los pocos días vino a verme el tal Antonio; le explicamos que es lo que yo necesitaba. Ivette ya le había contado que yo era un superviviente del naufragio de una patera, y que por ese motivo deseaba volver a Argel para intentar buscar a mi hermano. Y mientras hablábamos vi que Antonio miraba mucho a Ivette; me di cuenta de que, a él, ella le seguía gustando, y delante de mí empezó a tirarle los tejos, expresión que en nuestro argot significa cortejar a una mujer, pero ella no le permitió que la besara. Cuando Antonio se dio cuenta de que no tenía nada que hacer con ella, cambió de conversación, interesándose por la cantidad de dinero que él podía ganar ayudándome.
Ivette me ayudó en el regateo con Antonio para que él nos hiciera el “trabajo”. Acordamos un precio y unas fechas, pues este hombre tenía que hacer dos viajes, uno para dejarme allí en mí tierra, y otro para volver a buscarme.
El día que acordamos, emprender el viaje, yo, después de despedirme de Ivette y de Gema, estuve esperándole a Antonio casi hora y media, y cuando llegó, yo ya empezaba a pensar que me había dejado en la estacada faltando a su palabra, pero apareció con su lancha, embarqué y pusimos rumbo a Argel a toda velocidad.
Tardamos casi siete horas en llegar, pero cuando desembarqué en Argel con mi macuto, sentí que me latía el corazón desbocadamente. Quedé con Antonio para el lunes de la siguiente semana, en el mismo punto donde me dejaba, para recogerme al amanecer de ese día. Todo emocionado, me puse en camino para llegar cuanto antes a la zona donde habíamos estado viviendo, la última vez que nos vimos mi hermano y yo.
Cuando llegué a la plantación donde habíamos estado trabajando, pregunté por el patrón, y me llevaron hasta él, el hombre ya estaba muy viejito; en estos seis años pasados el hombre había enfermado, pero se acordaba de mí muy bien, ¡cómo no se iba a acordar de mí!, si estuve junto con mi hermano dos años trabajando para él. Pero me dijo que mi hermano ya hacía tres años que le había dejado, porque tuvo que despedirle a él y a otros muchos, porque él enfermó y no pudo continuar con la labor de los cultivos.
Pero me dio una pista para buscarle, porque me dijo que mi hermano se había contratado al servicio de otra plantación cercana a sus tierras. Me despedí de él con un abrazo, y me puse en camino de esa otra plantación. Después de caminar casi dos horas, llegué al sitio y pregunté por el patrón. Me indicaron donde verle y me planté delante de él en menos de una hora. Le hablé de mi hermano y, después de explicarle muy bien cómo era mi hermano, y de donde había llegado para trabajar con él, supo por fin de quién le estaba hablando, pero me dio otra mala noticia.
Mi hermano había dejado de trabajar con él para irse a otro trabajo, porque un día pasaron en un camión, pidiendo obreros ofreciéndoles mejor salario para trabajar en una industria, y él y otros compañeros que también trabajaban en esa plantación, se subieron a ese camión, y ya no volvió a saber nada más de mi hermano.
Por más que le expliqué desde donde venía buscándole y pedirle que, por favor, intentara recordar el nombre de esa industria, el hombre no conseguía recordarlo. Así que me puse otra vez en marcha, pero ya para conseguir alojamiento en un hotel, porque ya estaba anocheciendo. A la mañana siguiente me levanté con las primeras luces del día, y me puse en camino.
Pregunté por todos los sitios que pasaba, por las industrias que había en esa zona, y estuve visitando tres fábricas; en la primera, me dijeron que no le conocían, porque no habían tenido a nadie con su nombre trabajando para ellos. En la segunda tuve el mismo resultado y mis ánimos empezaron a flaquear, pensando con pesimismo que podía ocurrir que nunca encontrara a Ismail, mi hermano.
Pero la tercera industria que visité era una fábrica pequeña, donde no tenían más de treinta empleados; miraron en sus listas y vieron que efectivamente mi hermano había estado trabajando para ellos hacía menos de seis meses, para mí desgracia, me contaron que había habido un despido de trabajadores, debido a que la empresa había tenido una mala racha de pocos pedidos. Por lo tanto, mi hermano se había quedado sin trabajo.
Pedí permiso para hablar con los trabajadores que fueron compañeros de mi hermano por si alguno me podía dar algún dato que me ayudara. El capataz les explicó delante de mí que yo necesitaba saber de mi hermano porque venía desde España buscándole. Y uno de ellos me pidió hablar a solas conmigo; mi corazón se incendió de esperanza, y ese hombre me dijo que hacía ya más de una semana, desde la última vez que había visto a mi hermano.
Pero me dijo que mi hermano estaba pidiendo limosna para poder vivir, porque no encontraba trabajo. Y eso me dejó muy extrañado; ¿cómo podía ser eso si mi hermano tenía experiencia habiendo trabajado en aquellas tierras de cultivo? Si no encontraba trabajo en la industria, por lógica, siempre podía volver a esas tierras para que le volvieran a emplear.
Entonces me despedí de ese hombre agradeciéndole su ayuda, y empecé a buscar a mi hermano, por los lugares por donde me había indicado este hombre que le había visto mendigando. Pero por más calles que visité, por más lugares donde busqué, por donde los mendigos solían pedir limosna, no le pude encontrar. Y ya cansado busqué un centro benéfico como última oportunidad antes de irme a un hotel a dormir.
Y allí le encontré. Mi hermano había tenido una enfermedad en las manos. Una enfermera me explicó lo que le pasaba, una alergia le había llenado las manos de pupas, las tenía llenas de una clase de heridas muy dolorosas, y no podía hacer ningún trabajo con ellas.
Cuando me presenté delante de él y me vio, se levantó como si un muelle le hubiera impulsado desde el culo, y ambos nos abrazamos con desesperación, los dos lloramos como magdalenas, pero ambos llorábamos de la alegría por vernos después de tantos años y tantos sufrimientos pasados. Le estuve contando todo desde mi travesía en el mar, donde vivía, en que trabajaba y como podía haber ahorrado para tener el suficiente dinero para volver a buscarle, y le dije que en el paraíso donde pensaba que tendríamos de todo, era muy difícil ser un inmigrante con papeles, pero le aseguré que una vez los dos allí, lo intentaríamos juntos.
Le dije que se venía conmigo a España, nos fuimos a un hotel y allí pasamos los tres días que faltaban para ir al punto de encuentro con Antonio con su lancha, yo esperaba con ansiedad que no faltara a su palabra y nos llevara otra vez de regreso a España, el paraíso soñado por mi hermano y por mí.
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