Xtories

4 hombres para Blanca - completo (cap. 10)

La puerta entreabierta reveló una escena que ningún novio debería imaginar: su novia, entregada y sumisa, bajo las órdenes de un desconocido. Alex no podía huir; las órdenes eran claras y su cuerpo, traidor, obedecía a la tensión del momento.

Abel Santos4.9K vistas9.6· 18 votos

—¿Qué haces? —pregunté al despertar de la siesta y verla trastear en su armario.

—Estoy buscando ropa cómoda para la prueba… —respondió sin mirarme—. No quiero que por no estar a gusto la cosa salga mal.

Me alucinó la inocencia de Blanca. O la estupidez. ¿De verdad se creía que aquella «prueba» la iba a realizar vestida? En cualquier caso, si el tipo no pensaba desnudarla completamente —fetichistas los hay para todos los gustos—, lo más probable era que la ropa no la estuviese eligiendo ella, sino que le hubiese sido dictada.

Tras vestirse, Blanca me dio un piquito y salió de la habitación. El beso de Judas, gimoteé en silencio.

—Espera la llamada de Hugo —dijo antes de cerrar la puerta.

Mientras yo me quedaba solo y lamentaba su marcha, no vi a mi novia muy preocupada por lo que fuera a pasar. Y eso que por la mañana se había mostrado muy enfadada por las borderías del «puto medicucho», según sus propias palabras. Borderías que la habían degradado al nivel de una puta arrastrada y que la habían llenado de saliva y de semen la cara y la boca.

Si me hubieran dicho una semana atrás que vería semejante transformación en ella, me habría partido de la risa. Pero estaba ocurriendo, y lo hacía ante mis narices.

Y, sin poder evitarlo, comencé a imaginar las más horribles escenas de sexo que se me ocurrían. En mi ayuda acudían las imágenes que había curioseado en las revistas porno que los tres miserables hojeaban y que iban dejando olvidadas por todas partes.

Aquella estrategia de regalar revistas a los machos del grupo para incitarles hacia la hembra se me antojaba un acierto por parte de los malditos EXTA-SIS. Su director de Marketing se merecía un premio, pues había conseguido su objetivo a más del cien por cien.

Tras media hora martirizándome, pensando en si Blanca estaría atada a la cama o si la estarían escupiendo o fustigando con un látigo de púas, el mensaje de Hugo llegó a mi móvil. Lo había estado esperando, pero con más miedo que expectación.

HUGO: Es el momento que te ha comentado Blanca, te necesitamos. Vente enseguida, por favor.

Me acordé de todos los antepasados del médico y salí con la intención de alejarme lo más posible de la zona de habitaciones. Iba a buscar un rincón alejado y sombrío de la primera planta y que le dieran a él, a Blanca y a su puta madre. Pero que conmigo no contaran para degradar a la mujer a la que más había querido en el mundo. Y que quizá aún quisiera, a pesar de mi deseo de no hacerlo.

Corrí hacia la pista central y me senté en un hueco tras la barra, entre dos cámaras frigoríficas. Allí no había forma de encontrarme, o al menos así lo creía.

Pero el móvil seguía encendido y la wifi de la casa tendió sus tentáculos sobre él. El pitido me llegó nítido, casi estridente en el silencio reinante, y no fui capaz de no leer el mensaje. En esta ocasión era Blanca la que me escribía.

BLANCA: Ven, por favor.

Y entonces claudiqué.

ALEX: Está bien, ya voy.

Y sollocé en mi escondite. Justo un minuto antes de dirigirme hacia la habitación del mayor cerdo que había bajo el techo de la discoteca.

*

Al llegar al cuarto de Hugo, la puerta estaba entornada, invitándome a entrar.

—Pasa y cierra —dijo el médico al verme llegar.

Hice lo que me pedía y me quedé paralizado observando la escena.

Blanca se hallaba sentada en el lado izquierdo de la cama, vista desde mi posición. Su espalda se apoyaba en el cabecero. La falda la tenía recogida en las caderas y la camiseta le había desaparecido por completo, dejando sus pechos al aire, enhiestos y con los pezones hinchados como canicas. Las piernas las tenía completamente abiertas y dobladas un poco por las rodillas, dejando acceso a su entrepierna por ambos lados.

Las bragas, por su parte, aún se mantenían en su sitio. Una mano del médico se encontraba dentro de ellas y se notaba como la manipulaba el interior con los dedos.

Blanca sonrió al verme, pero Hugo no le dio tregua y le movió la cara hacia él para comerle la boca. Mi novia abrió los labios y recibió su lengua con total entrega.

Podría haber muerto de asco en ese instante. Recordaba los dientes sucios y oscuros del ginecólogo y su aliento podrido. ¿Cómo coño Blanca se dejaba someter por una boca tan miserable?

Hugo no me dio tiempo a actuar como espectador, que era lo que sospechaba que pretendía. Al contrario, me pidió que me sentara a la izquierda de Blanca, de modo que podíamos atacar a mi novia cada uno por un lado. ¿Quería que formásemos un trío, el muy enfermo?

—Quítate las bragas, cariño… —le susurró el médico y un mazazo rebotó en mi estómago. ¿«Cariño»? Me juré que aquel tipejo algún día me las pagaría todas juntas.

—No, déjamelas puestas, mejor así… —protestó Blanca. Quizá le había entrado un ataque de pudor, aunque bien parecía que esos ataques solo le daban en mi presencia.

—No, cielo, no… —le urgió—. Si no te las quitas tu novio no puede observar mis indicaciones.

Blanca aceptó y, despacio, se bajó las bellas bragas de encaje —sabía que las había elegido aposta para aquel encuentro y eso me humilló aún más— y se las quitó por los pies en un gesto femenino. Luego esperó la siguiente orden del calvorota. Sin embargo, la orden del tipejo fue para mí.

—Mira, Alex… —dijo en tono amistoso—. Observa cómo le manipulo los labios y el clítoris a tu chica. Aprende lo que hago, porque vas a ser tú quien se lo va a hacer a continuación. Y luego lo repetirás cada noche antes de iros a dormir.

Noté que el ginecólogo se había imbuido de su papel de doctor e impartía un tratamiento como si se tratase de un analgésico. Aun así, me di cuenta de que aquella frase me había hecho sentir bien. Y seguramente él lo sabía. Me intentaba manipular de nuevo, no me cupo la menor duda.

A pesar de todo, me enorgullecí al sentirme partícipe de algo tan íntimo con mi novia. Nadie más podría hacer aquello cada noche con Blanca, porque era conmigo con quien dormía.

Y no pude evitar prestar toda la atención del mundo.

—Mira… —explicaba Hugo lentamente actuando al mismo tiempo sobre el cuerpo de mi amada—. Tienes que colocar los dedos de esta manera. Dos sobre el clítoris y uno en la piel entre los labios. Y ahora masajeas así… —Y movía los dedos en sentido circular o longitudinal, según correspondiera. Blanca gemía bajito mordiéndose el labio y entrecerrando los ojos.

»Con la otra mano, le introduces dos dedos en la vagina, mientras le chupas con suavidad el pezón del pecho más cercano.

El médico sabía manejar las palabras. Y usaba términos «suaves» —vagina, pechos— en lugar de palabras soeces —tetas, coño—. Eso solo confirmaba su capacidad de manipulación, retorciendo las palabras en la manera en que le convenía.

—Una vez dentro los dedos —continuaba—. Debes buscar en la zona superior de la vagina una zona rugosa, como acolchada. Rózala suavemente durante otros pocos segundos.

El médico ejecutaba lo que iba diciendo y Blanca daba un respingo de placer cuando el calvorota le tocaba en el punto indicado.

—¿Eso es el punto G? —preguntaba extasiada—. Me da mucho gusto cuando me tocas ahí.

—No… bueno… quizá sí… —respondía el médico—. Quiero decir que el punto G es solo una leyenda, pero que algunos lo atribuyen a esa zona de la vagina. Tal vez lo sea, pero para nuestro caso, es lo mismo como se llame.

Miraba a los dos y, aunque por un lado hubiera querido matarlos a ambos, por otro iba entrando en el juego a medida que mi erección subía de nivel.

—El siguiente paso consiste en que ella acaricie tu miembro. A ver, Blanca, bájale los pantalones a Alex.

No me gustó que le diera órdenes, y quise adelantarme a esta última.

—No te preocupes, ya me los bajo yo…

—No, Alex, espera… —me retuvo el tipejo y dijo algo que me pareció una gilipollez—. No es gratuito esto que digo. Debe ser ella quien te los baje. Vamos, Blanca, haz lo que te digo y saca su miembro al aire. Así… muy bien. Ahora pajéalo suave mientras él te va tocando.

Blanca subía y bajaba la piel de mi verga con parsimonia. Según el médico, no se trataba de darme placer a mí, sino de estimularla a través del tacto.

—Y tú, Alex, acerca tus manos y te cedo a tu chica, empieza a tocarla como te he enseñado.

El nudo en mi estómago no desaparecía, pero el hecho de que retirara sus sucias manos de la piel de mi novia me dio un respiro.

Aunque todavía me quedaba mucho por ver.

Al acariciar la vulva de Blanca, de un vello tan rapado como nunca le había conocido, noté que estaba aceitosa. Aquello me extrañó, pero imaginé que serían ocurrencias del «doctorcito». Así que me limité a mover los dedos en la forma en que me había comentado.

—¿Qué tal, cielo? —le pregunté—. ¿Lo hago bien?

—Genial, cariño —respondió ella con los ojos semicerrados.

—Vale, sigue así… —dijo el ginecólogo—. Ahora viene una parte importante: los besos. Acércate, Blanca, quiero que vea cómo te lo hago.

¿Pretendía enseñarme a besar a mi chica? Aquel tipo era un gilipollas integral, pero no tenía más remedio que seguirle la corriente.

Blanca soltó mi verga y giró la cabeza hacia el médico. El tipejo se acercó hacia ella y mi novia abrió la boca para recibirlo, enajenada. El morreo era morboso y húmedo, casi impúdico. Las lenguas emitían chasquidos llenos de saliva y ponían los pelos de punta. Pero lo que más me sobrecogía era la entrega de Blanca, con los ojos apretados, rodeando el cuello del médico con los brazos.

Viendo aquello, la fuerza de mis músculos desapareció y hasta mi polla comenzó a arrugarse. Y, por supuesto, dejé de pajear a Blanca, lo cual no pasó desapercibido para Hugo.

—Vamos, Alex —dijo liberando la boca de mi novia—, no dejes de hacer lo que te he dicho… ¿A qué esperas para excitar a tu chica?

Y volvió al morreo húmedo y salvaje.

Finalmente, se apartó de ella y le dio nuevas indicaciones.

—Venga, Blanca, gírate hacia tu novio y ábrele la boca para que te la coma como he hecho yo…

Mi chica acató la nueva orden y, cuando se giraba hacia mí, me las apañé para limpiarle los labios y la barbilla de las babas del tipo asqueroso, antes de volcarme sobre ella y comenzar a besarla. Sabía que no podría limpiarle las babas del interior de la boca, pero no me importó. Al menos de esta manera tendría la sensación de que Blanca volvía a ser mía. Y oír sus gemidos en mi boca, a pesar de todo, sabía a gloria.

Mientras nos hallábamos en plena faena, Hugo se excusó.

—Tengo que hacer un inciso —dijo—. Vuelvo en un par de minutos, pero vosotros seguid, no dejéis de hacer lo que os he enseñado.

La salida de escena de Hugo relajó el ambiente. De nuevo éramos los auténticos Blanca y Alex.

—¿Qué es ese líquido aceitoso que llevas en la entrepierna? —le pregunté.

Se tocó con una mano antes de responder.

—Ah, eso… —dijo levantando los ojos hacia el techo en señal de «vaya bobada»—. Es una de las ocurrencias del gilipuertas de Hugo. Un aceite de no sé qué… no te imaginas lo que pica.

Nos permitimos reír a carcajadas un instante, aunque de forma breve. La sombra del médico era alargada.

—¿Qué crees que ha ido a hacer? —preguntó Blanca.

—Espero que no haya ido a buscar a ninguno de los otros dos.

—No creo… —replicó—. Lo más seguro es que le hayan entrado ganas de mear. O de algo peor… —dijo tapándose la nariz con dos dedos.

—¿Quieres que siga con estas bobadas en el coño?

—No, espera, déjame descansar unos segundos…

—¿De verdad te provocan placer?

Su respuesta me sorprendió.

—El caso es que sí… —replicó sonriente—. No te lo vas a creer, pero cuando antes se detuvo para mandarte el mensaje estaba a punto de correrme. Aunque no se lo he dicho, no creas, no quiero inflarle el ego al muy idiota.

Una vez más me fastidió la manía de insultarle en privado que tenía, mientras que en público le demostraba adoración y obediencia. Era deprimente, aunque ella no debía de darse cuenta.

*

Por fin Hugo regresó y la escena recomenzó.

Y, por supuesto, el muy cerdo tenía que dar la nota.

—Trae tu mano libre —dijo el médico al poco de reiniciar el juego—. Coge mi pene. Pajéalo a la vez que el de tu novio.

No entendí muy bien qué necesidad había de aquello. Si se trataba de una rutina para que yo le hiciera a Blanca por las noches, ¿qué pintaba su polla en la escena? Ella debió de pensar lo mismo, porque emitió una ligera queja.

—Joder, Hugo, me cuesta mucho mantener la postura que me pides, girada hacia Alex y pajeando las dos pollas a la vez. No soy una actriz porno para estar tan flexible.

—Venga, no te distraigas y mueve las manos —ordenó el tipejo—. Y abre bien la boca para que te la llene de babas tu chico.

No puedo asegurarlo, pero creí detectar una sonrisa socarrona del médico. El muy cerdo estaba muy lejos de buscar metodologías que facilitaran alcanzar el orgasmo por parte de Blanca. Lo que pretendía era pasárselo de miedo con mi novia, como todos, al tiempo que humillarme tanto como pudiera. Y me lo demostró con su siguiente movimiento.

Antes de que Blanca y yo nos diéramos cuenta, Hugo se había elevado sobre el colchón, se había sacado la verga todo lo larga que era —hasta el momento solo asomaba una parte por la cinturilla del pantalón— y tiraba del pelo de Blanca para que girara la cabeza hacia él.

Mi sorpresa no pudo ser más evidente porque me quedé parado.

—¡No te quedes quieto, Alex! —me increpó el muy puerco—. ¡Sigue pajeando a tu chica, joder!

Blanca no pudo hacer nada para evitar que la polla del médico se le enterrase hasta la garganta. Y, tras hacerlo, el cerdo comenzó a follarla sin piedad.

Más por inercia que por desear hacerlo, seguía con mi rutina de masturbación. Blanca había dejado de mover la piel de mi verga y simplemente la abrazaba, ahora con una fuerza inusitada, hasta el punto de que dolía.

—Joder, Blanca… —decía el muy cabrón—. Que boquita tienes, pedazo de puta… Cómo arde… chupa bien, coño, así… así… como se la mamabas ayer a Rubén. Venga, guapa, ábrela más, que todavía no me has llegado a los huevos… Joder… como la tragas… vaya tela la zorrita… si ya sabía yo que eras una guarra…

Me quedé parado, con ganas de estrangularlo. Y a punto estaba de saltar sobre él, cuando inesperadamente se dirigió a mí.

—Joder, Alex, no te asustes, hostia… Esto es parte de la estrategia del método. Sigue pajeándola, necesitamos que se corra…

No sé ni por qué lo hice, pero bajé la mirada y me empeñé aún más en trabajar el coño de Blanca.

—Hostia, pedazo de zorra… vas aprendiendo… —seguía con su letanía—. Ahora ya te hago cosquillas en la nariz con los pelos de los huevos. Así… relaja la garganta… Chupa bien y tendrás premio… te vas a mamar un buen número de pollas… y algunas mejores que ésta…

Blanca comenzó a temblar, arrancando por sus muslos y dando golpes de cadera de forma intermitente. Me asusté. ¿Sería el orgasmo, que le nacía por fin o es que se estaba asfixiando con la polla de Hugo?

El médico también se dio cuenta y liberó a Blanca para que respirara. Mi novia tomó aire y abrió de nuevo la boca pidiendo a gritos que se la volviera a meter. Y Hugo no se hizo de rogar. En esta ocasión los huevos del tipejo se apoyaron piel con piel en la barbilla de Blanca.

—Hostia puta… —comenzó a temblar el médico—. Joder, que la puta me va a hacer correr… Coño, Blanca, que no quería correrme, so zorra… pero ahora no pares… no pares, coño… que me corro… joder… joder… me cago en su puta madre…

Y, justo cuando Blanca reventaba y alzaba las caderas sobre la cama en un movimiento que la elevó en el aire y la mantenía allí durante varios segundos, el médico sacó la polla de su boca y comenzó a pintarle la cara de semen.

Blanca y Hugo se corrían a la vez. El sueño de todo enamorado, llegar al orgasmo junto a su chica. Un sueño que a mí siempre se me había negado. Y ahora tenía que presenciarlo ante mis narices. Blanca, mi casi prometida, corriéndose al ritmo que marcaba el rabo de otro.

Mientras, Blanca no paraba de dar botes sobre la cama. Un orgasmo que se me antojó demasiado largo para ser real, aunque de tan rabioso era imposible que fuera simulado. Las piernas se le habían enloquecido y se le abrían y cerraban a golpes secos. El vientre, endurecido, se agitaba como si tuviera vida propia. Los ojos en blanco y sin control tampoco mentían.

Yo no dejaba de tocarla como Hugo me había enseñado. No podía estar seguro, pero quizá al final el puñetero ginecólogo sí que podía dar con la solución a nuestros dos problemas más acuciantes: salir de allí con vida y hacer desaparecer la frigidez de mi novia.

Todo esto, sin embargo, parecía muy lejos de la intención del médico. Éste, sin preocuparse de nada más, con una mano sujetaba la cabeza de Blanca por el pelo y, con la otra, manipulaba su polla para embadurnarla como nadie había hecho antes. «La mujer que vomitaba con solo oler la lefa…», pensé aturdido.

Quizá por no querer manchar la ropa de la cama, o quizá por sadismo, el médico esparcía latigazos de leche por todas partes, pero siempre dentro del óvalo de su cara. Si no era sobre la boca, era sobre la nariz, o el pelo, o los ojos…

Aquella verga asquerosa seguía disparando y Blanca, por cada latigazo de semen caliente, sufría un espasmo añadido al primer orgasmo de su cuerpo en más de una década.

*

Al finalizar el orgasmo mutuo, los tres quedamos exhaustos sobre la cama. Yo era el único que no había terminado, pero tampoco me lamentaba por ello.

¡Blanca se había corrido! Era una noticia genial en medio de tanta impudicia.

El médico reía a carcajadas y Blanca, sin fuerza, sonreía intentando apartarse el pelo de la zona empapada por el pegajoso esperma del tipejo.

—¿Qué tal, cariño? —preguntó el calvo y me dieron ganas de cerrarle la boca de un puñetazo.

—¡Ha sido la hostia! —respondió Blanca tras hacerse una coleta—. Pero estoy pringada… ¿Es que nadie me va a dar unas toallitas para que me limpie?

Llegaron las toallitas de mano de Hugo y, tras limpiarse lo que pudo con ellas, el médico la sacó a bailar y durante unos segundos estuvieron ejecutando un remedo de vals ante mis narices.

Quizá fue porque me vio la cara desencajada, quizá porque se hacía tarde, Blanca decidió dar por terminada la sesión y, liberándose de las manos del calvorota, me hizo un gesto para que la siguiera.

—Hasta mañana, señor doctor —dijo Blanca antes de salir, haciendo una reverencia. La humillación por aquello superaba el asco y la vergüenza de ver a mi novia tener sexo con otros hombres. Definitivamente, era peor su actitud sumisa que el hecho de estar cayendo en la inmundicia sin frenos.

*

Aquella noche me las ingenié para convencer a Blanca de no pasarnos por la cocina, mi sentido de la vergüenza me lo impedía. La acompañé al baño para que se diera la tercera ducha del día y luego me acerqué por allí para recolectar algunas viandas, mientras ella me esperaba en la habitación.

Volví prácticamente a la carrera. A esas alturas ya no me fiaba de que alguien se acercase a ella en el momento que la dejara a solas.

Mientras cenábamos, le hice la pregunta que me quemaba en la boca:

—¿Qué tal, como lo has visto?

—Bien… —respondió sin mucho énfasis.

—¿Solo bien? —me extrañó su falta de entusiasmo—. Pero, Blanca, ha sido tu primer orgasmo desde hace… ¿cuánto?, ¿diez años?

—Más posiblemente.

—¿Y solo dices «bien» y te quedas tan a gusto…?

—Pues sí, ha sido la hostia, ya lo he dicho antes… ¿Qué más quieres que diga?

—No sé —repliqué—, podrías decirme si ha sido como lo recordabas, por ejemplo. Quizá hayas sentido cosas nuevas, o tal vez lo que has sentido hoy es diferente a lo que sentías en otro tiempo.

—En realidad no sabría decirlo, ha sido una explosión tan grande que… A ver, cómo te lo explico… en cuanto el orgasmo ha estallado, era como si ya no fuera yo… como si una fuerza exterior tirara de mí, como si el cuerpo se moviese por voluntad propia. Pero al final…

Le costaba explicarse, y su última frase auguraba tormenta.

—Al final, ¿qué?

—Pues que al final me lo ha jodido ese puto gilipollas de Hugo… ¡Joder! ¿Por qué ha tenido que llenarme la cara de lefa? ¡Mira que le dije que no quería saber nada de esas marranadas!

Vaya, parecía que las conversaciones a mis espaldas entre el médico y Blanca eran bastante íntimas. Y si ella le había dicho que esas guarradas no le iban, pero él se había aprovechado del momento de debilidad de Blanca para hacérselas, la conclusión era clara: se había corrido en su cara para humillarla, para que supiera quién era el que mandaba.

—Sin contar con la corrida de Rubén que le obligó a echarte encima.

—Joder, ya lo creo… Será hijo de…

A pesar de sus quejas —que ya había oído más veces en los siete años que llevábamos juntos—, había algo incierto en lo que decía. Y me atreví a apuntarlo.

—Vale, cielo, ya sé que el esperma y tú no os lleváis bien… —dije despacio para no ofenderla—. Pero yo he visto tus espasmos cada vez que un latigazo de semen te cruzaba la cara…

Me miró con expresión de desagrado.

—A ver, no niego que esos latigazos me hayan puesto muy perra… —dijo, y mi angustia creció—. Pero son cosas diferentes: quizá mi cuerpo goza con esas mierdas, pero mi mente, mi yo real, las detesta, ya lo sabes. Y te juro que pienso hablarlo con él. A la próxima que me haga le voy a dar dos hostias para que se entere de una vez…

Suspiré desalentado. Dudaba de que fuera a cumplir aquellas amenazas que soltaba aquí y allá, para luego quedar en nada. El cerdo de Hugo la tenía bien agarrada por el cuello. Y me dolía sobre todo porque no sabía la razón que la había llevado a aquel estado de dependencia, de sumisión.

No podía dejar de pensar en si la estaría drogando. No podía descartarlo. Aunque era muy difícil imaginar cómo conseguiría hacerlo. Solo podía hacer una cosa: abrir bien los ojos y vigilar por si notaba algo extraño. En ese caso, dudaba de que pudiera resistir la tentación de abrirle la cabeza al puñetero calvo.

Llegada la hora de apagar la luz, le comenté a Blanca si quería que comenzara con la rutina del medicucho, ya que había resultado ser tan eficaz. Mi ofrecimiento llevaba escondida una petición: yo necesitaba descargar, pues me había quedado a medias.

Pero Blanca se negó en redondo, aduciendo un tremendo cansancio, producto de la tremebunda experiencia por la que había pasado aquella tarde. «Tremebunda» era su palabra favorita cuando quería describir algo cuyo tamaño no era capaz de abarcar.

—Empezamos mañana, cari, ¿te importa?

—No, claro…

Y, ante su desplante, aquella noche fue la primera del encierro en que tuve que masturbarme para poder dormir, tan caliente me hallaba por la tormentosa escena que me había tocado vivir contra mi voluntad.

No sería la última, para mi desgracia.

Continuará......

Esta novela será publicada al completo en todorelatos.com, a razón de 1 capítulo semanal. También podréis leerlo de un tirón en Amazon, donde se ha publicado con el título CUATRO HOMBRES PARA BLANCA (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!

...