Veinte años no es nada 3
Acaba de descubrir que su marido murió con otra mujer, embarazada de él. El dolor es insoportable, pero Paride está allí, esperándola en la habitación del hotel. Él no ofrece palabras vacías; ofrece control, fuerza y un placer salvaje que la hace olvidar todo lo demás. Esta noche, ella no es la esposa engañada, es la mujer que será poseída.
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3. A MIL EN MENOS DE UN MINUTO.
— Tengo que irme — le dije a Paride cuando colgué.
Todavía temblaba y me sentía como si no tuviera fuerzas. Mi marido estaba al borde de la muerte a 500 km de allí y yo acababa de follar con mi amante.
— ¿Dónde?
Paride se acercó a mí, tratando de abrazarme. Se había dado cuenta de que no estaba bien.
— Tranquilízate — me aconsejó.
— Mi marido está grave, ha tenido un accidente y está... creo que es probable que se muera. Tengo que ir a verle.
— Está bien. ¿Quieres que te acompañe a tu casa? — me preguntó.
— Sí, creo que sí, que será lo mejor.
— Bien, pues vamos.
Le di las llaves de mi coche y como había hecho el día anterior, él condujo, esta vez hasta mi casa. Mientras iba hacía allí, llamé primero a mi hija y después a mi hijo, para contarles lo de su padre.
— Mamá ¿tienes que ir? — me preguntó mi hija cuando llegué a casa.
— Sí, creo que sí, hija, papá está grave, muy grave según tu tio.
— ¿Y nosotros que haremos, no quedamos aquí solos?
— No, vendrá la abuela. No creo que tarde.
Metí el último vestido en mi maleta, el neceser y la cerré. Paride me esperaba en el coche para llevarme al aeropuerto.
— Me voy, hija. Te llamaré en cuanto llegue allí.
— Mami, te quiero. Dile a Papi que le quiero.
Mi hija me acompañó hasta la puerta y al abrir me peguntó:
— ¿Quién es ese que está en tu coche?
Suspiré, tenía muchas cosas que contarle, pero aquel no era el momento, pensé.
— Uno de mis alumnos — respondí — Se ha ofrecido a traerme cuando ha visto el estado de nervios en el que estaba.
Nos despedimos y subí al coche, tras poner la maleta en el maletero.
Cuando llegamos al aeropuerto, estaba dispuesta a despedirme de Paride y dejarle el coche, pero cuando nos dirigíamos hacía el mostrador de embarque me sorprendió diciendo:
— Voy contigo a Madrid.
— ¿Qué? No, no hace falta. No puedes, allí estaré en casa de mi cuñado, porque seguro que insisten en que me quede allí, tú no puedes venir.
— No te preocupes, cogeré una habitación en un hotel y no te molestaré, sólo lo imprescindible, pero creo que no debo dejarte sola, sé que es un momento difícil para ti y necesitarás apoyo emocional.
Me gustó que fuera tan considerado y que pensará en mí más que en sí mismo. Que se preocupara, y decidiera que tenía que cuidarme. Por eso, no dije nada más y dejé que me acompañara.
Llegamos a Madrid, y desde el aeropuerto me fui directamente al hospital, mientras Paride buscaba un hotel cercano a la casa de mis cuñados.
Cuando llegué al hospital estaba muy nerviosa, no sabía que iba a encontrarme. Tras preguntar en la recepción, me dijeron que Antonio estaba en la UCI, así que subí hasta la planta correspondiente, y allí me encontré a mi cuñado Antonio.
— Por fin has llegado.
Saludé a mi cuñado, y tras él apareció mi cuñada, su mujer. Ambos tenían un semblante de preocupación. Había algo que me hizo sospechar.
— ¿Qué pasa? — le pregunté.
— Ven, vamos a sentarnos.
Sin duda la situación era grave, por lo que sentí como mi corazón se ponía cien por hora y como las piernas me flojearon.
— Antonio ha muerto ¿verdad? — fue lo único en que pude pensar, porque estaba segura de que eso era así.
— Sí, sí — afirmó mi cuñado — pero hay algo más. Él, no iba solo en el coche — empezó a explicarme Juan, mientras yo sentía como si mi alma se cayera al suelo.
— Iba con su amante ¿verdad? — le pregunté. Juan y Marta me miraron con sorpresa — lo descubrí ayer, que Antonio tenía una amante desde hace ya un año.
— Sí, ella también está muy grave, pero... — Juan parecía no saber cómo seguir contándome lo que pasaba. Por lo que Marta tomó la palabra entonces:
— Antonio y Mia iban a tener un bebé.
— ¡¿Qué?! No, no puede ser — gemí empezando a quebrarme.
—Sí, ellos, ella, se hicieron una prueba de paternidad hace unos meses y desde entonces decidieron que criarían al bebé juntos, yo le había dicho que tenía que contártelo, pero él, no era capaz. Anoche, antes de que ellos salieran a cenar, él me dijo que cuando volviera a Barcelona te lo diría. Ella estaba muy ilusionada. Pero...
Respiré hondo, tratando de prepararme para lo que me iban a contar, porque más o menos ya sabía por dónde iban.
— Ella no tiene familia.
— No quiero oírlo, no voy a hacerlo, yo no quiero a ese bebé, no es mío, no es mi familia. Quiero ver a Antonio.
Finalmente pude entrar para reconocer el cadáver de Antonio. Al salir, junto a mis cuñados estaba su abogado, el cual me informó de la situación. Al parecer, mi marido había reconocido al hijo como suyo y había hecho una especie de testamento en el que decía que, si le pasaba algo, su familia debía hacerse cargo de ese bebé, pues ella no tenía familia, era huérfana y estaba sola.
— Nosotros nos haremos cargo del bebé — dijo Marta.
— Sí, mi madre será su tutora legal, es lo que Antonio quería, lo dejó escrito en un acta notarial. Pero también quiere que tus hijos la conozcan y.… sé que es duro para ti — declaró Juan.
Suspiré. Sentía como si un enorme peso estuviera cayendo sobre mí.
— ¿Duro? Hace sólo un día que me enteré de que mi marido tenía una amante, y que ha tenido varias en los últimos años, y ahora me entero de que además iba a tener un hijo con su amante, iba a dejarme y...
Empecé a llorar desconsolada, aquello dolía, dolía mucho. Descubrir que él se había muerto sin poder decirme porque, qué había pasado, cuando había dejado de quererme, dolía mucho.
— Mis hijos aún no saben nada de esto — grité. — No puedo, no, dejadme, necesito...
Salí de allí, bajé al vestíbulo y salí del hospital, necesitaba pensar, necesitaba aclarar todo lo sucedido, necesitaba hablar con mis hijos. Cogí mi móvil y llamé por teléfono a mis hijos para contarles lo sucedido. Ambos se lo tomaron mal, tan mal como yo. Creo que ellos sintieron lo mismo que yo, que su padre era un desconocido para nosotros, y que durante años nos había estado mintiendo. Les prometí que cuando volviera hablaríamos de todo. Después de hablar con ellos, llamé a Paride.
— Cariño, ¿cómo estás? — me preguntó.
Llorando le respondí:
— Mal. Él, tenía otra y está preñada. Va a tener un bebé, que él quiere que crie su familia.
— ¿Dónde estás? Voy a por tí y hablamos — me dijo.
— En el hospital, frente al hospital.
Un cuarto de hora más tarde Paride apareció, subido en una moto de gran cilindrada que al parecer había alquilado por unos días. Cuando le ví quitarse el casco al llegar junto a mí, sólo pude pensar que le sentaba muy bien, estaba muy atractivo encima de aquella moto.
— ¿Y esto? — le pregunté señalando la moto.
— Pensé que estaría bien alquilar una moto para poder movernos por esta ciudad. Anda sube, tengo un casco para ti también.
Sonreí, cogí el casco y me lo puse, luego subí a la moto detrás de él. Paride era increíble, no dejaba de sorprenderme, pensaba en todo y, sobre todo, se preocupaba por mí. Algo que en los últimos tiempos mi marido no había hecho.
Paride me llevó al hotel, subimos a la habitación. La habitación era de matrimonio, bastante grande y espaciosa, con una terraza muy bonita.
Paride me hizo sentar en una de las sillas que había en la habitación y poniéndose frente a mí me preguntó:
— Cuéntame, ¿qué ha pasado?
— Me he sentido tan mal, engañada, estafada. Creía que mi marido me amaba, y que yo y los niños éramos lo más importante para él, y hoy he descubierto que no, que tenía otra familia, que estaba empezando otra familia aquí y que no fue capaz ni de contarmeloooo — rompí a llorar otra vez.
— Imagino lo frustrante que debe ser eso — trató de consolarme.
— Se lo he tenido que contar a mis hijos, y.… ellos tampoco lo entienden. Se ha muerto y no ha sido capaz ni de contármelo mirándome a los ojos.
— Quizás te lo hubiera contado hoy, o al volver a Barcelona — justificó Paride, apretándome contra él.
— Llevaba un año con ella, y hacía meses que sabía que iba a tener ese niño. Y sabía que ese niño era suyo, se hizo una prueba de paternidad ¿sabes? Había firmado un papel ante notario en que decía que el niño era suyo y que si le pasaba algo quería que su familia se hiciera cargo de ese niño. ¡Y no fue capaz de contármelo! ¡Le odio!
Y lloré, lloré desconsoladamente sobre el pecho de Paride y él, a pesar de su juventud, a pesar de que quizás no pudiera entender cómo me sentía, estaba allí, consolándome, apoyándome. Paride dejó que llorara, que me desahogara, nos acostamos juntos en la cama, mientras él simplemente me abrazaba. Y aquel abrazo fue como un bálsamo para mí, me hizo sentir mejor, y, sobre todo, me hizo sentir querida, porque con el simple hecho de estar conmigo en aquel momento Paride me hacía sentir querida.
Al cabo de un rato, no sé cuanto, Paride dijo:
— ¿Qué tal si vamos a cenar? Son casi las 11 de la noche.
Me giré hacía él, pasé mis brazos por su cuello y mirándolo a los ojos le dije:
— ¿Y si nos quedamos aquí? Yo no tengo hambre.
Volví a besarlo. Y al romper de beso me miró respondiendo:
— Bueno, podriamos quedarnos un poco más.
Sus manos recorrieron mi cuerpo por encima de la ropa y pegué mi cuerpo al suyo, sintiendo como crecía su erección entre ambos. Aquello me encendió a mí también.
— Uhmm, me pones a mil en menos de un minuto — musitó.
Yo sonreí, mientras le desabrochaba el pantalón, y se lo bajaba, sacando su sexo que estaba ya erecto y duro. Lo masajeé arriba y abajo, y entonces él cogió mis brazos y me los inmovilizó por encima de mi cabeza.
— ¿Quién controla aquí? — me preguntó excitado.
— Tú — respondí empujando hacía él.
— ¡Por Dios, deja de moverte! O te castigaré y no dejaré que te corras hasta que yo lo decida.
— ¡Oh, por favor! — supliqué.
Y en ese momento sonó mi móvil. Nos quedamos quietos los dos unos segundos.
— Sigue, ahora no tengo ganas de hablar con nadie.
— ¡Oh, joder! — Apartó las braguitas y vi su sexo tan largo e hinchado dirigiéndose a mi sexo.
El móvil volvió a sonar insistentemente. Pero él me penetró y luego musitó:
— Quizás deberías cogerlo, puede ser algo importante.
Suspiré. No quería deshacer el abrazo, además me gustaba tanto estar con él, que me hiciera el amor de aquel modo tan salvaje.
Paride me soltó las manos, cogió mi móvil que estaba sobre la mesita de noche y me lo alcanzó.
Yo lo cogí, miré la pantalla, era mi cuñado Juan quien llamaba.
— ¡Cógelo! Te prometo que me quedaré quieto.
Sonreí, y luego le di un tierno beso en los labios. Finalmente descolgué la llamada.
— Dime.
— ¿Cómo estás? Siento todo lo que ha pasado — se disculpó mi cuñado.
— Ya, no pasa nada, no te preocupes ¿querías algo?
— No, sólo saber cómo estabas.
Me moví, haciendo que el sexo de Paride entrara más en mí y eso hizo que él gimiera, mientras yo trataba de controlar mi placer.
— Bueno, también quería que supieras que mañana tenemos que acabar de prepararlo todo para el traslado de Antonio a Barcelona y para que podamos hacer su funeral allí en cuanto lleguéis.
Entonces fue Paride quien se movió, saliendo un poco de mí y haciéndome gemir.
— Sí, no te preocupes, estaré ahí a primera hora.
Empujó de nuevo hacía dentro con la misma suavidad con que había salido. Y tuve que acallar un gemido.
— Bien, hasta mañana.
— Hasta mañana — me despedí rápidamente cortando la llamada — ¡Qué cabrón eres! — reñí a mi amante.
— Lo he hecho para que olvidaras lo que... ¡oh, joder! Sólo quiero follarte.
Me hizo incorporarme, poniéndonos ambos sentados sobre la cama, él debajo y yo sobre él. Llevó mis brazos a mi espalda, y me los ató con su cinturón. Luego sujetándome por las caderas hizo que me elevara sobre su sexo y que después bajara, mientras él chupaba y mordía mis pezones. La sensación era maravillosa, y yo estaba en un paraíso de placer, sintiéndole dentro de mí, sintiendo su lengua lamiendo mis pezones, sus dientes mordiéndolos y toda una maraña de deseo y placer derramándose entre ambos. De repente, una sensación de vértigo surgió de mi vientre, extendiéndose por todo mi sexo, haciendo que mi vagina convulsionara estremeciéndose alrededor del sexo de mi amante hasta que me corrí en un maravilloso orgasmo. Paride siguió controlando mis movimientos de cabalgadura sobre él, hasta que sentí su polla ponerse rígida, y como se derramaba dentro de mí.
— ¡Oh, por Dios! Follar contigo es maravilloso — exclamé.
Paride me abrazó fuertemente y en mi oído dijo:
— Sí, para mí también es maravilloso.
Y durante unos minutos nos quedamos quietos abrazados.
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