Veinte años no es nada 2
Descubrió que su marido la engañaba desde hacía años, pero el dolor se transformó en fuego cuando Paride la tomó contra la mesa de su despacho. Él le advirtió que no se moviera, que él decidía cuándo y cómo. Mientras el mundo se derrumbaba a su alrededor, ella solo buscaba sentirse viva, hasta que el teléfono rompió la fantasía con una noticia devastadora.
Si quieres saber de donde viene esta historia, debes leer el primer capitulo aquí:
https://www.todorelatos.com/relato/218260/
2. SOLO QUIERO HACERTE MIA
— Mamá ¿dónde estás? — preguntó mi hija — Llevo más de media hora llamándote.
Tenía unas 10 llamadas perdidas de mi hija y un par de mi hijo. Su padre en cambio no había dado señales de vida.
— Lo siento cariño, he ido a comer con Marta y se me ha estropeado el coche y encima el móvil se me ha quedado sin batería y no podía llamaros — mentí.
Paride, aún acostado en la cama, se reía como si aquello le pareciera gracioso.
— ¿Puedes venir a buscarme, mami? Estoy en casa de Isabela.
— Y tú hermano, ¿dónde está, por qué no puede pasar a buscarte él? — le pregunté, pues generalmente, era él quien iba a buscar a su hermana.
— Está con Miriam y está muy ocupado al parecer — dijo mi hija con cierto retintín.
Suspiré, resignándome, porque estaba claro que tendría que ir.
— Está bien, ya voy, en media hora estoy ahí.
Colgué. Paride me miró divertido.
— ¿Te vas ya?
— Sí, los hijos, ya se sabe. Aunque sean mayores, aún me necesitan de vez en cuando.
Me senté sobre la cama, para ponerme las braguitas. Paride se acercó a mí, y me besó suavemente en el nacimiento de la espalda.
— ¡Qué pena que tengas que irte!
— Ya.
Deslizó su mano por mi entrepierna acariciando suavemente mi clítoris, logrando que gimiera excitada.
— Paride, por favor, no lo hagas más difícil. De verdad que tengo que irme.
— Pero volveremos a vernos, ¿verdad? Volveremos a repetir esto — musitó acercándose más a mí y besando suavemente mi hombro.
— No lo sé, porque en realidad esto no debía de haber pasado — dije levantándome de la cama y cogiendo mi vestido que estaba sobre la única silla que había en la habitación.
— ¿Por qué no? Tú me gustas y yo te gusto, nos lo hemos pasado bien, ¿qué hay de malo en pasárselo bien?
Me puse el vestido y luego busqué mis zapatos.
— Nada, pero ya te lo he dicho, soy una mujer casada, y tengo 2 hijos. Tengo una vida lejos de ti y de mí, y no puedo olvidarlo.
Me puse los zapatos, cogí mi bolso y tras darle un suave beso en los labios salí de aquella casa.
Veinte minutos más tarde estaba en frente de casa de Isabella, vi a mi hija salir y como se acercaba al coche. Subió.
— Hola hija.
— Hola mami.
— Oye, ¿a ti te ha llamado papá? — le pregunté.
— No, ¿no te ha llamado a ti?
— No, y me extraña, por eso te lo pregunto. Y tampoco me ha puesto ningún mensaje, no sé, es raro ¿no?
Llegamos a casa y aparqué justo enfrente.
— ¿Por qué no le llamas tú? — me sugirió mientras bajábamos del coche.
— Sí, será lo mejor.
Cogí mi móvil que llevaba en la mano y llamé a Antonio, no tardó mucho en contestar.
— Hola ¿qué pasa? — preguntó molesto.
— Nada, pero es que como no has llamado ni me has puesto ningún mensaje para decir que habías llegado bien, pues he llamado para saber si estabas bien.
— ¡Ah, sí, estoy bien, he llegado bien! Lo siento, se me ha pasado. Es que hay bastante lio por aquí. Pero está todo bien, nos vemos. Hasta pronto. — Respondió rápidamente, colgando inmediatamente y sin darme tiempo a despedirme yo.
— ¿Está bien? — me preguntó mi hija.
— Sí, está bien, hija, ocupado, pero bien.
— Y tu mama, ¿estás bien? — me preguntó mi hija.
— Sí, claro, ¿por qué no iba a estarlo?
— Porque papá cada vez está más distanciado ¿no? Y pasa más tiempo en Madrid que aquí, casi.
Mi hija tenía razón, su padre cada vez parecía estar más distanciado de nosotros, y pasaba más tiempo en Madrid que en Barcelona con nosotros, a veces, incluso se quedaba el fin de semana, cosa que antes nunca hubiera hecho.
— No sé hija, lo que pasa es que cada vez tiene más trabajo allí.
Traté de zanjar la conversación, entramos en casa y yo subí a mi habitación para cambiarme. No quería oír hablar del distanciamiento de Antonio y de que cada vez parecía que nos necesitaba menos. De hecho, hacía meses que no hacíamos el amor como hacíamos antes. Me daba pena que mis hijos se hubieran dado cuenta de aquel distanciamiento de su padre, y de que pensaran que no nos prestaba tanta atención como antes. Tenía serías sospechas de que quizás tuviera algún lio en Madrid y por eso pasaba más tiempo allí que con nosotros. Decidí entrar en su despacho, allí lo tenía todo, o casi todo. Generalmente yo no entraba mucho allí, aquel era territorio exclusivo de Antonio, pero hay veces en las que una mujer debe explorar ese territorio. Me dirigí a la mesa, y sobre ella vi algunas facturas. Y una de ellas me llamó especialmente la atención, era de una joyería. Según la factura se trataba de una pulsera de oro y diamantes, y estaba fechada hacía más de un mes. Seguí buscando, y encontré algunas facturas más, concretamente del alquiler de un piso en Madrid. Antonio cuando iba a Madrid generalmente se quedaba en casa de su hermano Juan, que vivía allí con su mujer y sus tres hijos, y tenían un chalet bastante grande en las afueras, precisamente él ocupaba una pequeña casita que tenían junto a la piscina.
Vi que a un lado Antonio había dejado su agenda, o por lo menos una de las que generalmente usaba, ya que tenía una allí en casa y otra en el trabajo. La abrí y hojeé. En la parte de los teléfonos, escrito en letras rojas ponía “mi princesa” y un número de teléfono, que por supuesto no era el mío. Sentí como si me hubieran clavado un cuchillo en el estómago, seguí hojeando y en otra página vi que había puesto “aniversario, 1 año con mi princesa” la fecha era del día en que estábamos, y entonces me di cuenta, por eso cuando lo llamé me contestó de esa manera, seguro que estaba con ella, con “su princesa” celebrando su primer aniversario. “Joder, lleva un año poniéndome los cuernos” pensé y yo me había sentido culpable por un desliz que había tenido con un alumno, cuando él llevaba un año con alguien. Me giré hacía la estantería que tenía detrás, porque sabía que allí tenía sus agendas viejas, cogí la del año anterior. La hojeé, en esta no aparecía ninguna “princesa” pero sí hablaba de una tal “mi niña” con la que había estado unos cuatro meses. En la agenda anterior a esa, hablaba de otra, “princesa” así que estaba claro que llevaba años poniéndome los cuernos con unas y con otras. En esa última agenda que había estado ojeando también vi que había habido un embarazo y un aborto. El muy cabrón había dejado preñada a su amante y ¿le había hecho abortar? Aquello aún me dolió más. ¿Por qué, a pesar de todas aquellas amantes no me había pedido el divorcio, por qué se había quedado conmigo? ¿Acaso de algún modo aún me amaba, o lo había hecho por sus hijos? Si lo había hecho por ellos, me parecía una razón muy pobre. Estaba a punto de llorar, porque me sentía traicionada por el hombre al que amaba, con el que me había casado y con el que había creado aquel hogar.
— ¡Mamá! — oí que me llamaba mi hijo.
Me levanté, dejando la agenda sobre la mesa y salí del despacho de Antonio.
— Estoy aquí, ¿qué pasa?
— Que me voy, no vendré a cenar, Miriam y yo nos vamos a cenar con unos amigos, hasta luego.
— Pero hijo, si acabas de llegar ¿no?
— Sí, mamá, pero ya te lo he dicho, he quedado. Hasta luego.
— Adiós hijo, ten cuidado y no vuelvas tarde — le dije.
Y entonces, liberando toda la tensión acumulada, lloré, lloré por mi marido que me ponía los cuernos, lloré porque mi familia se estaba derrumbando y lloré porque me sentía idiota por no haberme dado cuenta antes, y porque me había sentido muy mal al ponerle los cuernos, cuando él llevaba años haciéndolo.
Tenía que hablar con alguien, necesitaba hablar con alguien. Así que llamé a Roberto. Roberto se había convertido en un buen amigo mío, aunque nuestro inicio como pareja no fue muy bien, pero, aun así, con el tiempo, habíamos aprendido a ser buenos amigos, igual que con Amelia, que ahora era la mujer de Roberto. Se casaron justo un mes más tarde que nosotros, y habían tenido dos preciosas niñas, gemelas, que además se parecían un montón a su padre.
Aquella noche, Roberto y Amelia vinieron a cenar a casa y así pude hablar con ellos, le enseñé a Roberto las pruebas y tanto él como Amelia, me dieron su apoyo, y me dijeron que me ayudarían en lo que pudieran, pero todos teníamos claro, que aquello tenía que acabar. Tenía que hablar con Antonio y o bien él dejaba a su amante o bien yo le dejaba a él. Pero sin duda, mi futuro estaba en manos de mi marido.
Al día siguiente me levanté más animada, aunque no podía dejar de sentirme estúpida y traicionada por la persona a la que más quería.
Tras el desayuno, me despedí de mis hijos y me fui a la universidad. Allí el día fue tranquilo, a media mañana tuve clase con mis alumnos del primer curso del Master, y por supuesto, me encontré con Paride. Traté de ignorarlo, en realidad, no estaba yo para mucho aquel día, y creo que él lo notó, porque justo antes de ir a comer apareció por mi despacho.
— Hola, ¿puedo pasar? — me preguntó asomando su cabeza por la puerta.
Primero dudé, no sabía si dejarle entrar o no, porque aquel no era un buen momento para mí, pero pensé que hablar con él tampoco me haría ningún mal.
— Adelante — le dije levantándome de la silla.
Él se acercó a mí.
— Hoy te he visto muy triste, distraída incluso, ¿te pasa algo? — me preguntó — ¿Es por nosotros?
— ¡Oh, no! No, en realidad... — no sabía cómo contarlo, ni siquiera estaba segura de si debía contárselo, a fin de cuentas, sólo nos habíamos acostado una vez, y nos habíamos conocido el día anterior — he descubierto que mi marido lleva años poniéndome los cuernos — le confesé finalmente.
— ¡Oh, vaya lo siento! — dijo.
Se acercó a mí y tomándome por la cintura, pegó su cuerpo al mío y me besó. Mientras lo hacía, sentí como su sexo se excitaba, lo que hizo que yo también me excitara. Rompí el beso y apoyando mi frente en la suya le dije:
— Esto no debería haber pasado, pero... me gustas.
— Tu también me gustas a mí, y mucho y sólo quiero hacerte mía — musitó, volviendo a besarme.
Me apoyó contra la mesa, yo me senté sobre ella, y él separó mis piernas.
— Deberíamos cerrar la puerta con llave — le sugerí, viendo que la cosa iba a más.
— Sí, tienes razón.
Se acercó a la puerta, pasó la llave, y volvió a mí. Volvió a besarme y mientras lo hacía introdujo sus manos por debajo de mi camiseta. Yo traté de tomarla por el bajo para quitármela, pero él me detuvo diciendo:
— No, hagámoslo vestidos.
Sonreí pícaramente, y volví a besarlo, devorando su boca, succionando su lengua. Me gustaba la manera en que me besaba, y como sus manos recorrían mi cuerpo. Me tumbó sobre la mesa, y él se quedó de pié frente a mí, acarició mi tórax desde mis hombros pasando despacio hasta mi cintura. Me subió la falda, y sentí sus dedos acariciando mi sexo por encima de las braguitas. Yo empujé hacía su mano, necesitaba más, quería sentir más.
— No, espera — dijo él, bajándome de la mesa y haciéndome poner de espaldas a él. Cogió mis manos y me las hizo apoyar sobre la mesa. — Así será mejor.
Volvió a meter su mano por entre mis bragas, llegando a mi clítoris que acarició suavemente, haciéndome estremecer.
— ¡Joder que mojada estás! — musitó en mi oído.
Besó mi cuello y oí como se desabrochaba el pantalón, sin duda iba a clavármela. Sentí el glande en las puertas de mi sexo y mientras decía:
— No te muevas ahora.
Me la clavó hasta el fondo, y un gemido de placer y sorpresa salió de mi garganta. Se quedó quieto un rato, dejándose caer sobre mi espalda y apoyando sus manos juntos a las mías sobre la mesa.
— Joder, me encanta estar dentro de ti.
Me moví hacía él, empujando, le deseaba, quería más, quería sentirle.
— No, no te muevas o sacaré mi polla de ahí — me amenazó.
Yo obedecí, tratando de estar quieta. Él se movió, colocándose tras de mí, sujetándome por las caderas y entonces se movió dentro y fuera, dentro y fuera durante unos minutos, cada vez más rápido hasta que logró que llegara al borde del orgasmo, entonces se detuvo.
— ¡Oh, no pares ahora! — gemí excitada.
Se apoyó sobre mi espalda, colocando sus manos al lado de las mías.
— Soy yo quien controla, quien decide cuando y como — murmuró en mi oído.
Sentí como se movía, pero sólo para introducirse más en mí. Me estaba matando. Su forma de hacer el amor, de poseerme, me gustaba, pero también me impacientaba.
Lamió mi cuello y dirigió sus manos a mi clítoris acariciándolo suavemente, lo que hizo que el placer volviera a mí, sentí como mi coño estrujaba su polla deseándola, y de nuevo, empezó a empujar, una y otra vez, cada vez más rápido, hasta que dejándose llevar por el placer, hizo que me corriera en un maravilloso orgasmo.
— ¡Oh, joder, me encanta cuando gimes al llegar al orgasmo! — me dijo, haciéndome sonreír.
Paride me hacía sentir viva, me hacía sentir la ilusión que él tenía por la vida, por las cosas nuevas que descubría, haciendo que yo las redescubriera con él.
Salió de mí y me giré hacía él, besándolo impulsivamente en los labios.
Y entonces mi móvil empezó a sonar. Alguien me llamaba. Lo tenía sobre la mesa, en un lado de esta. Lo cogí, y en la pantalla vi que mi cuñado Juan era el que llamaba.
— ¿Diga? — respondí.
— Sabrina, Antonio ha tenido un accidente, está grave, creo que tendrías que venir.
— ¿Qué?
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