Xtories

La Adicción Prohibida de Raquel

Raquel tiene todo lo que una chica debería desear: un novio perfecto y una carrera brillante. Pero en el fondo, su cuerpo pide algo más oscuro, más sucio y más doloroso. Cuando un mensaje de su pasado llega a su teléfono, la línea entre la lealtad y la adicción se desvanece.

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“¿Qué me pasa, por qué soy así?”

Capítulo 1

Raquel tenía 23 años y una vida que, desde fuera, parecía perfecta. Estudiaba Medicina, sacaba notas brillantes y ya estaba haciendo prácticas en un hospital importante donde la valoraban por su inteligencia y su dedicación. Su novio Pablo, con quien llevaba casi tres años, era el pilar de su día a día: un chico estable, cariñoso y fiel hasta la médula. La quería de verdad. La escuchaba cuando llegaba agotada de clase y le contaba sus frustraciones con los turnos, la apoyaba en todo, le preparaba la cena cuando ella se quedaba hasta tarde en el hospital y nunca le ponía pegas por nada. Con él se sentía segura, querida, respetada. Pablo era su refugio. Pero, en el fondo más oscuro y secreto de Raquel, había algo que Pablo no podía darle: esa sensación brutal de ser deseada hasta el límite, de ser abierta, partida en dos y follada como si fuera una puta. Su polla era normal, del tamaño estándar que la mayoría de chicas aceptarían sin quejarse. Entraba bien, la hacía correrse de vez en cuando con paciencia y cariño, pero nunca la había llenado de verdad. Nunca la había hecho gritar, llorar de placer ni sentir que se le rompía el coño. Y Raquel, aunque lo quería con todo su corazón, necesitaba eso de vez en cuando. Lo necesitaba como el aire.

Le encantaba gustar. Le encantaba que los chicos la miraran, que la desearan, que se la comieran con los ojos. Era su droga secreta, esa descarga de poder y calor que le recorría el cuerpo cada vez que notaba una mirada hambrienta sobre sus tetas grandes o su culo redondo. Por eso, aquella noche de viernes, cuando sus amigas de Medicina la llamaron para salir de fiesta, Raquel decidió arreglarse como pocas veces lo hacía.

Se miró en el espejo del baño mientras se maquillaba con cuidado. Llevaba el top negro de malla transparente con lunares que tanto provocaba a Pablo: la tela era tan fina que se le marcaban perfectamente las tetas grandes y firmes, y el sujetador negro de encaje se veía clarísimo debajo, casi como si estuviera desnuda de cintura para arriba. Se había puesto unos pantalones blancos ajustados que le marcaban el culo redondo y jugoso de una forma casi obscena, pegándose a cada curva y dejando poco a la imaginación. El pelo castaño oscuro lo llevaba suelto, con ondas naturales cayéndole por los hombros y algunos rizos rebeldes rozándole la cara. Las gafas finas de montura delgada le daban ese toque de chica lista y sexy al mismo tiempo. Se pintó los labios con un gloss rojo brillante, se echó un último vistazo y sonrió con picardía, sintiendo ya un cosquilleo traicionero entre las piernas.

Pablo apareció en la puerta del baño y se quedó clavado, con los ojos recorriéndole el cuerpo de arriba abajo sin ningún disimulo. Tragó saliva.

—Hostia, Raquel… —murmuró, con la voz más ronca de lo normal—. Estás… joder, estás que te cagas. Ese top… se te ven las tetas enteras, nena. Y esos pantalones… ese culo tuyo va a volver loco a medio local.

Raquel se giró despacio, coqueta, y se acercó a él contoneando las caderas. Le rodeó el cuello con los brazos y le dio un beso largo, húmedo, metiéndole la lengua con ganas. Pablo le puso las manos en el culo y lo apretó con fuerza, pegándola contra su cuerpo.

—¿Te gusta de verdad? —preguntó ella contra sus labios, rozándole la entrepierna con el muslo.

—Me encanta, joder —respondió él, respirando más rápido—. Vas a ser la más buena de toda la discoteca. Me pone cachondo solo imaginar cómo te van a mirar. Pero… no hagas locuras, ¿eh? Vuelve a casa cuando quieras. Te quiero mucho, cielo. Eres mi chica.

Raquel sonrió y le mordió suavemente el labio inferior.

—Tranquilo, Pablo. Solo voy a bailar con las chicas y a pasármelo bien. Te quiero —le susurró, dándole un último beso profundo antes de separarse.

Pablo la miró una vez más de arriba abajo, claramente empalmado, y suspiró.

—Estás demasiado buena… Ten cuidado, ¿vale?

Raquel se rio, cogió el bolso y salió de casa sintiéndose poderosa, con el corazón latiéndole fuerte y un calorcito traicionero ya instalándose entre sus piernas. Sabía que esa noche iba a llamar la atención. Y eso era exactamente lo que quería.

Llegó a la discoteca sobre la una y media. El local ya estaba a tope: luces estroboscópicas, música electrónica atronadora y un calor húmedo que se pegaba a la piel. Sus amigas la recibieron con gritos y abrazos. Pidieron la primera ronda de chupitos, luego copas, y Raquel empezó a beber sin control. El alcohol le subió rápido, soltándole el cuerpo y nublándole un poco la cabeza de la mejor manera. Se metió en la pista y comenzó a bailar.

Movía las caderas con lentitud provocadora, girando el cuerpo al ritmo de la música, levantando los brazos por encima de la cabeza para que sus tetas se movieran dentro de la malla transparente. Cuando se daba la vuelta, el culo se le notaba redondo y firme dentro de los pantalones blancos, balanceándose de forma hipnótica, casi invitando a que alguien se pegara. Sabía que la estaban mirando. Lo sentía en la piel. Docenas de ojos clavados en su cuerpo: en el escote profundo, en la curva de sus caderas, en cómo se le pegaba la tela al coño cuando se agachaba un poco. Algunos tíos ni siquiera disimulaban. Se quedaban parados con la copa en la mano, comiéndosela con la mirada, algunos incluso tocándose disimuladamente el paquete. Raquel se mordía el labio y seguía bailando, cada vez más mojada por la atención, sintiendo cómo el tanga se le pegaba al clítoris hinchado.

Una canción más lenta y sensual empezó a sonar. Raquel cerró los ojos y se dejó llevar, moviendo el culo en círculos lentos y profundos, rozando sus propios muslos. De pronto, un chico alto y moreno se acercó por detrás. Le puso una mano firme en la cintura y se pegó a ella, bailando pegado. Raquel sintió inmediatamente cómo se le notaba dura: el bulto caliente y rígido de su polla se apretaba contra su culo a través de los pantalones blancos, empujando con cada movimiento.

Raquel abrió los ojos de golpe, volvió a la realidad y se giró con una sonrisa educada pero fría. Le quitó la mano de su cintura con delicadeza.

—Gracias, pero estoy bien sola —dijo con voz firme.

El chico insistió un segundo, sonriendo con arrogancia y aún con la erección marcadísima en los pantalones:

—Venga, solo un baile… se te nota que lo estás disfrutando.

Raquel negó con la cabeza, esta vez más seria.

—He dicho que no. Estoy con mis amigas. Gracias.

El chico se encogió de hombros y se fue, claramente decepcionado y aún empalmado.

Raquel siguió bailando sola unos minutos más, pero el recuerdo de esa polla dura latiendo contra su culo no se le iba de la cabeza. El alcohol y el calor la tenían cada vez más encendida. De pronto, el mismo chico alto y moreno volvió a acercarse, esta vez con una sonrisa más segura y la mirada clavada en su cuerpo.

—¿Y ahora? ¿Sigues bien sola o me dejas intentarlo otra vez? —le preguntó al oído, pegándose un poco sin tocarla todavía.

Raquel lo miró por encima del hombro. El corazón le latía fuerte. Dudó solo un segundo… y esta vez, sin decir nada, aceptó. Se giró ligeramente hacia él, dejó que sus caderas siguieran el ritmo y permitió que se pegara a ella por detrás. El chico no perdió tiempo: colocó la mano en su cintura y apretó su polla dura contra su culo. Raquel sintió la erección gruesa y caliente clavándose entre sus nalgas a través de los pantalones blancos, latiendo con cada movimiento. Se dejó llevar. Movió el culo en círculos lentos y profundos, apretándolo deliberadamente contra aquella polla que se ponía cada vez más dura. El chico gruñó bajito de satisfacción y empezó a rozarse con ella al ritmo de la música, empujando con más intención. Raquel notaba cada pulso, cada latido de esa erección contra su carne. Le subió un calor húmedo brutal entre las piernas. Estaba empapada. Por unos minutos se dejó llevar completamente, bailando pegada a él, sintiendo cómo la polla del desconocido se restregaba contra su culo mientras las luces parpadeaban y la música los envolvía.

Pero nada más. No se giró del todo, no le besó, no le dejó tocarla más allá de esa mano en la cintura. Solo bailó, disfrutando en silencio de esa presión caliente y prohibida.

Cuando la canción terminó, Raquel respiró hondo, se separó con una sonrisa educada pero firme y le quitó la mano de su cintura con delicadeza.

—Gracias por el baile —dijo con voz clara—, pero estoy bien sola.

El chico insistió un segundo más, sonriendo con arrogancia y aún con la erección marcadísima en los pantalones, pero Raquel ya había dado un paso atrás.

Raquel se quedó quieta en medio de la pista, con el corazón latiéndole tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. Todavía sentía en el culo el calor y la presión de aquella polla dura y desconocida, latiendo contra ella a través de la tela fina de los pantalones blancos. El tanga estaba completamente empapado; notaba cómo la humedad se le escurría por el interior de los muslos con cada pequeño movimiento. Tenía las mejillas ardiendo, los pezones duros como piedras bajo la malla transparente y un calor líquido y traicionero instalándose en la parte baja de su vientre.

«¿Qué coño acabo de hacer?», pensó, mordiéndose el labio inferior con fuerza. Había rechazado al chico la primera vez… y la segunda, simplemente se había dejado llevar. Solo un baile. Nada más. Pero ese “nada más” le había puesto el cuerpo al límite. Se sentía sucia, cachonda y culpable al mismo tiempo. Pablo estaba en casa, confiando en ella, y ella acababa de restregar el culo contra la polla de un desconocido como una cualquiera.

Sacudió la cabeza intentando aclararse y volvió con sus amigas, que bailaban y reían ajenas a todo. Se unió al grupo forzando una sonrisa, pero ya no era la misma. Sus caderas se movían más lentas, más mecánicas. Cada vez que cerraba los ojos un segundo, volvía a sentir esa erección gruesa clavándose entre sus nalgas. El alcohol no ayudaba; solo hacía que todo fuera más intenso, más confuso, más peligroso.

De pronto, el teléfono vibró en su bolsillo trasero. Lo sacó con la mano temblorosa.

Era Álex.

Álex: Joder, Raquel… acabo de ver tu historia bailando. Ese top de puta que llevas me tiene la polla dura desde hace diez minutos. ¿Sigues siendo tan guarra como cuando te follaba yo o ya te has vuelto una niña buena con Pablo?

Raquel sintió un latigazo directo en el clítoris. Se apartó un poco del grupo y se apoyó contra una columna, con las piernas temblando. Leyó el mensaje dos veces. El corazón se le aceleró aún más.

Raquel: Álex, para. Tengo novio. No me escribas.

Álex: ¿Novio? ¿Ese tal Pablo que te folla con una polla normalita y te deja a medias? Yo te metía 22 cm gruesos hasta el fondo y te hacía gritar. Recuerdo perfectamente cómo te dolía al principio… cómo te quejabas “Álex, es demasiado grande, me partes”… y dos minutos después me agarrabas del culo y me suplicabas que te la metiera más fuerte. ¿Pablo te hace gritar así o solo te da besitos y te dice que eres guapa?

Raquel apretó los muslos con fuerza. El coño le palpitaba. Se acordaba de todo: la polla de Álex era un monstruo. Gruesa, venosa, con una cabeza hinchada que la abría de verdad. Comparada con la de Pablo —normal, correcta, pero claramente más pequeña—, la de Álex era otra liga. Solo de pensarlo se le hizo la boca agua.

Raquel: Para ya, Álex. Estoy feliz con él. No quiero esto.

Álex: ¿Feliz? ¿Feliz follando con una polla que apenas te llena? Mírate ahora, bailando como una guarra para que te miren las tetas y el culo. Seguro que ya estás mojada solo de leer esto. Recuerdo cómo te ponías a cuatro patas y me pedías que te follara duro, que te hiciera daño, que te abriera el coño hasta que no pudieras caminar al día siguiente. ¿Pablo te hace eso? ¿O te conformas con que te coma el coño un rato y te corras una vez?

Raquel respiró hondo. El tanga ya no solo estaba mojado; estaba chorreando. La culpa la golpeaba con fuerza, pero el deseo era mucho más fuerte. Se imaginaba a Álex metiéndosela brutalmente, abriéndola, haciéndole daño y al mismo tiempo dándole un placer que Pablo jamás podría ofrecerle.

Álex: Sé que estás apretando los muslos ahora mismo. Sé que estás pensando en mi polla grande. Mándame una foto de cómo se te marcan las tetas con ese top de puta y te digo exactamente cómo te voy a follar cuando vengas.

Raquel miró a su alrededor, nerviosa. Sus amigas seguían bailando. Nadie la veía. Se metió rápidamente en el baño de chicas, cerró la puerta de un cubículo y se sacó una foto en el espejo: top transparente, tetas casi fuera, labios entreabiertos, mirada vidriosa de cachonda. Se la mandó sin pensarlo dos veces.

Álex: Joder… sigues siendo mi puta favorita. Mira cómo se te marcan los pezones. Ven a mi casa. Te voy a poner a cuatro patas, te voy a abrir ese coño estrecho con mi polla grande y te voy a follar tan duro que te va a doler… pero sé que te va a encantar. Como siempre.

Raquel: No puedo… tengo novio.

Álex: Y yo tengo una polla que te vuelve loca. Pablo nunca te va a dar lo que necesitas. Ven. Ahora. Te espero con la polla dura pensando en cómo te voy a partir en dos.

Raquel se quedó mirando la pantalla con el corazón a mil. El coño le palpitaba con fuerza. La culpa y el deseo peleaban dentro de ella con ferocidad. Pensó en Pablo durmiendo en casa, confiando en ella. Pensó en la polla enorme de Álex, en cómo le dolería al principio, en cómo le encantaría ese dolor.

Y entonces tomó la decisión.

Sacó el teléfono con dedos torpes y escribió:

Raquel: Voy para allá.

Guardó el móvil, se despidió rápidamente de sus amigas diciendo que se encontraba mal y que se iba a casa, y salió de la discoteca. Fuera, llamó a un taxi con el corazón latiéndole en la garganta y las piernas temblando.

El taxi arrancó y Raquel se hundió en el asiento trasero como si el mundo entero pudiera verla a través de las ventanillas tintadas. El corazón le latía con tanta fuerza que le dolía el pecho. Tenía las piernas cruzadas con fuerza, pero eso solo empeoraba las cosas: cada pequeño movimiento del coche le rozaba el clítoris hinchado contra el tanga empapado. Todavía sentía en el culo el calor fantasma de la polla dura de aquel desconocido, pero ahora su mente estaba completamente poseída por algo mucho más oscuro y peligroso.

Sacó el móvil con dedos que apenas obedecían.

Raquel: Ya estoy en el taxi. Voy para allá.

La respuesta de Álex llegó casi al instante, como si estuviera esperando con el teléfono en la mano.

Álex: Buena zorra. Por fin te rindes. ¿Ya estás chorreando como la puta infiel que eres?

Raquel tragó saliva y miró de reojo al taxista. Escribió con vergüenza y excitación mezcladas.

Raquel: Sí… estoy empapada. No puedo creer lo que estoy haciendo, Álex.

Álex: Claro que puedes. Llevas años fingiendo ser la novia perfecta de Pablo mientras sueñas con que te destrocen como la guarra que realmente eres. Dime una cosa, Raquel: ¿cuántas veces has tenido que fingir un orgasmo con su polla de juguete?

Raquel sintió una punzada de culpa tan fuerte que se le humedecieron los ojos. Aun así, contestó.

Raquel: Muchas…

Álex: Muchas. Porque su polla nunca te ha llenado. Nunca te ha partido. Nunca te ha hecho llorar de placer y dolor al mismo tiempo. Yo sí. Y por eso estás en ese taxi como una perra en celo. Mándame una foto ahora mismo. Quiero ver cómo tienes las tetas marcadas en ese top de puta.

Raquel dudó solo un segundo. Se miró en la cámara frontal, se bajó un poco más el escote y sacó la foto: tetas grandes casi saliéndose, pezones duros y visibles, cara enrojecida y mirada rota.

Se la mandó.

Álex: Joder… mira esas tetas. Pablo debe de babear cada vez que te las toca y tú estás aquí, yendo a que otro te use como a una puta barata. Eres patética, Raquel. Una adicta disfrazada de estudiante de Medicina.

Raquel se removió en el asiento, apretando el coño contra la tela del pantalón.

Raquel: No me digas eso… me siento como una mierda.

Álex: Pues siéntete como una mierda. Porque eso es lo que eres ahora mismo: una novia infiel yendo a casa de su ex para que le metan una polla de verdad. ¿Sabes qué te voy a hacer cuando llegues?

Raquel tragó saliva.

Raquel: Dímelo…

Álex: Te voy a empujar contra la pared nada más cerrar la puerta. Te voy a bajar esos pantalones blancos de puta y te voy a meter los 22 cm de una sola vez, sin piedad. Te va a doler como la primera vez. Vas a llorar. Vas a suplicar. Y vas a correrte más fuerte que nunca porque eres una adicta al dolor que te doy.

Raquel: Álex… me siento como una mierda. Pablo está en casa durmiendo y confiando en mí…

Álex: Y tú estás en un taxi yendo a que te follen como una zorra. Eso es lo que eres. Una novia infiel. Una puta adicta. Dime ahora mismo qué eres, Raquel. Quiero leerlo.

Raquel respiraba agitada. Los dedos le temblaban tanto que casi se equivocaba al escribir.

Raquel: Soy una puta adicta a tu polla grande…

Álex: Más.

Raquel: Soy una puta adicta a tu polla grande… y traiciono a Pablo porque necesito que me destrocen.

Álex: Buena chica. Cuando cruces esa puerta vas a dejar de ser la novia de Pablo. Vas a ser mi puta. Cada vez que te llame, vendrás. Cada vez que quiera follarte, te abrirás de piernas. Y cada vez que vuelvas a casa con Pablo, llevarás mi semen dentro y sabrás que ya no le perteneces. Eres mía.

Raquel sintió que se le escapaba un gemido bajito. Las lágrimas le nublaron la vista, pero el coño le palpitaba con tanta fuerza que casi se corría solo con las palabras.

Álex: Dilo. Dime que eres mi puta.

Raquel: Soy tu puta…

El taxi redujo la velocidad. Raquel miró por la ventanilla y vio el edificio de Álex acercándose. El corazón le dio un vuelco brutal.

Álex: Ya estás aquí. Cuando bajes del taxi quiero que sepas una cosa: en cuanto cruces esa puerta ya no hay vuelta atrás. Vas a ser mi puta.

El taxi se detuvo frente al portal.

Raquel pagó con dedos torpes, bajó del coche y se quedó parada en la acera, frente a la puerta del edificio de Álex. El aire frío de la noche le rozó la piel caliente. Tenía las piernas temblando, el coño palpitando y la mente completamente destruida entre la culpa más negra y un deseo adictivo que ya no podía controlar.

Estaba allí. A solo unos metros de traicionar todo.

Y lo deseaba con cada fibra rota de su cuerpo.

Capítulo 2

Raquel levantó la mano y pulsó el timbre. El sonido retumbó en el silencio del pasillo como una sentencia. Durante los tres segundos que tardó en abrirse la puerta, su mente se llenó de imágenes de Pablo: dormido en casa, confiado, respirando tranquilo con el móvil en la mesilla y la foto de los dos de fondo de pantalla. «Perdóname…», pensó. Pero ya era demasiado tarde.

La puerta se abrió de golpe.

Álex no dijo ni una palabra. Solo la miró con esa sonrisa oscura y peligrosa, la agarró del cuello con una mano y la metió de un tirón al interior del piso. Cerró de un portazo y, sin darle tiempo a respirar, la empujó contra la pared del pasillo.

—Así que la novia perfecta de Pablo ha venido a que la follen como una guarra barata —gruñó contra su oído.

Raquel apenas tuvo tiempo de jadear. Álex le bajó los pantalones blancos y el tanga de un solo movimiento brusco, dejando su culo al aire. Sintió la cabeza gruesa y caliente de su polla rozándole el coño empapado… y entonces, sin aviso, se la metió entera de una sola embestida brutal.

El grito de Raquel fue ahogado contra la pared.

—Joder… ¡me duele! —sollozó, pero su coño se contrajo con fuerza alrededor de aquella polla enorme, corriéndose casi al instante mientras las lágrimas empezaban a correrle por las mejillas sin control.

La culpa la golpeó como un puñetazo. «Pablo… perdóname… perdóname, por favor…». Las imágenes de su novio le inundaban la cabeza: su sonrisa cansada cuando llegaba del hospital, la forma en que le preparaba la cena, el beso suave que le daba cada mañana. Y ahora estaba aquí, siendo abierta de golpe por otra polla, corriéndose como una puta mientras lloraba de vergüenza.

Álex no se detuvo. Empezó a follarla con golpes secos y profundos, clavándola contra la pared como si quisiera romperla.

—Mira cómo te abre esta polla de verdad, zorra —le susurró al oído mientras le tiraba del pelo con fuerza—. La de Pablo es una mierda comparada con esto. ¿Sientes cómo te llega al fondo? ¿Sientes cómo te parto mientras tu novio duerme en casa como un idiota confiando en ti?

Mientras la embestía sin piedad, un flashback le golpeó la mente: Pablo sonriéndole esa misma noche, diciéndole «te quiero mucho, cielo» antes de que saliera de casa. Las lágrimas le corrían sin control por las mejillas, mezclándose con los gemidos.

—Soy… una mierda… —sollozó Raquel entre gemidos rotos.

Álex soltó una risa baja y cruel.

—Claro que eres una mierda. Una novia infiel de mierda que viene corriendo a que le metan una polla grande porque la de su novio no le llega ni a la mitad. ¿Cuántas veces has tenido que fingir con él, eh? ¿Cuántas veces te has corrido pensando en esto mientras él te hacía el amor con cariño?

La follaba cada vez más fuerte, casi con rabia. Raquel lloraba con la cara pegada a la pared, el maquillaje corrido, el cuerpo temblando. Otro flashback: Pablo preparándole la cena después de un turno duro en el hospital, mirándola con cariño. Y ahora estaba aquí, siendo usada contra una pared como una cualquiera, corriéndose mientras lloraba de pura vergüenza y asco hacia sí misma.

—Mientras Pablo duerme confiando en ti… yo te estoy destrozando el coño como la guarra barata que eres —gruñó Álex, acelerando el ritmo—. Cada vez que vuelvas a casa con él, llevarás mi semen chorreando y sabrás que acabas de traicionarlo como una puta.

Raquel se corrió por tercera vez, gritando entre sollozos, las piernas temblándole sin control. La culpa y el placer se mezclaban de forma enfermiza. Álex la sacó de golpe, la giró y la tiró sobre el sofá. La puso a cuatro patas, le abrió las nalgas y volvió a metérsela de una sola vez, aún más profundo.

—Llora todo lo que quieras —se burló, tirándole del pelo hacia atrás mientras la embestía sin descanso—. Llora mientras te corres con la polla de otro. Eso es lo que eres, Raquel. Una zorra llorona que prefiere que le duela a follar con su novio.

Cada golpe era más fuerte que el anterior. Raquel ya no podía contener los sollozos; lloraba con la cara hundida en el sofá, el maquillaje corrido, el cuerpo convulsionando de placer y de culpa al mismo tiempo. «Lo estoy destrozando todo… por una polla… soy lo peor… soy una traidora…». Las lágrimas no paraban.

Álex le susurró al oído, casi con desprecio:

—Esto es lo que mereces. Ser follada como una puta mientras tu novio te espera en casa como un imbécil.

Raquel se corrió por cuarta vez, gritando su nombre entre lágrimas, el cuerpo convulsionando. Álex soltó un gruñido animal y se enterró hasta el fondo, corriéndose dentro de ella con chorros calientes y abundantes. Raquel sintió cómo la llenaba, cómo le desbordaba el coño, y se derrumbó sobre el sofá, temblando, llorando sin parar y completamente destruida.

Álex se quedó dentro unos segundos más, respirando agitado sobre su espalda.

—Bienvenida de nuevo, zorra —murmuró, dándole un último azote en el culo enrojecido.

Raquel cerró los ojos, con el semen de Álex chorreándole por los muslos y las lágrimas aún cayendo por sus mejillas.

La culpa la estaba devorando viva.

Y aun así… no quería que terminara.

Raquel seguía tumbada boca abajo en el sofá, el coño rojo, hinchado y chorreando semen de Álex. Tenía la respiración entrecortada y el cuerpo temblando, pero en cuanto él se apartó un poco, ella giró la cabeza y lo miró con los ojos vidriosos de pura necesidad.

—No… no pares… —suplicó con voz ronca, sin rastro de culpa—. Quiero más… por favor… no he tenido suficiente.

Álex soltó una risa baja y oscura.

—Joder, mírate… ya ni siquiera finges. Estás rota, ¿verdad?

Raquel no contestó con palabras. Solo se puso a cuatro patas ella misma, levantó el culo y separó las piernas.

—Fóllame otra vez —pidió casi desesperada—. Métemela más fuerte… quiero que me duela… quiero más.

Álex no se hizo de rogar. La agarró de las caderas y se la metió de una sola vez hasta el fondo. Raquel soltó un gemido largo y gutural.

—¡Sí! ¡Así! ¡Más duro! —suplicó mientras empujaba hacia atrás contra él—. Rómpeme… no pares… quiero sentirte entero.

Álex empezó a follarla con fuerza, cada embestida más profunda y salvaje que la anterior. Raquel no paraba de suplicar.

—Más… más rápido… quiero que me destroces el coño… por favor…

Él la agarró del pelo y tiró hacia atrás, follándola como un animal. Raquel gemía sin control, el placer era tan intenso que apenas podía hablar, pero seguía pidiendo.

—No pares… quiero más… métemela más profundo… quiero que me partas…

Después de varios minutos brutales, Álex la sacó y la tiró de espaldas en la cama. Raquel abrió las piernas al instante, agarrándose los muslos ella misma.

—Otra vez… por favor… no me dejes así… fóllame más fuerte —suplicó, con los ojos brillantes de adicción pura.

Álex se colocó encima y se la metió de nuevo, esta vez en misionero salvaje, con las piernas de ella casi tocándole los hombros. Cada embestida hacía que las tetas de Raquel rebotaran y que ella gritara.

—¡Sí! ¡Así! ¡Quiero que me llenes otra vez! ¡Más! ¡Quiero más!

Estuvo follándola sin descanso durante casi media hora. Raquel se corrió dos veces más, pero cada orgasmo solo parecía aumentar su hambre. Cuando Álex ralentizó un poco, ella le clavó las uñas en la espalda y le rogó al oído:

—No pares… todavía no… quiero que me folles más… quiero que me uses hasta que no pueda caminar… por favor…

Álex sonrió con crueldad y la puso de nuevo a cuatro patas. La folló con tanta fuerza que el cabecero de la cama golpeaba contra la pared. Raquel ya no hablaba, solo gemía y suplicaba entre dientes:

—Más… más… no pares… quiero más polla… rómpeme…

Cuando Álex por fin se corrió dentro de ella por segunda vez, Raquel estaba completamente empapada en sudor y semen, temblando. Pero en vez de derrumbarse, se quedó de rodillas, respirando agitada, y miró hacia atrás con los ojos brillantes de adicción.

—Aún no… —susurró con voz rota—. Quiero más…

Se puso ella misma a cuatro patas, separó las nalgas con las manos y le suplicó directamente, sin vergüenza:

—Fóllame el culo… métemela por el culo… quiero sentir cómo me abres también ahí… por favor… quiero que me lo destroces todo esta noche.

Álex se colocó detrás, escupió sobre su agujero y empezó a presionar la cabeza gruesa de su polla contra el ano de Raquel.

Ella soltó un gemido largo y desesperado cuando sintió cómo empezaba a entrar.

—Más… métemela toda… quiero sentirte entero… por favor…

Raquel estaba completamente rota.

Ya no quedaba nada de la chica brillante que estudiaba Medicina, de la novia cariñosa que besaba a Pablo por las mañanas. Solo quedaba una puta adicta, desesperada por que la destrozaran.

Se puso ella misma a cuatro patas sobre la cama, separó sus nalgas con ambas manos y miró hacia atrás con los ojos vidriosos, la voz temblorosa de pura necesidad:

—Fóllame el culo… por favor… métemela toda… quiero que me partas.

Álex sonrió con placer sádico. Le encantaba verla así: destruida, suplicante, convertida en su juguete personal.

—Joder… mira cómo has caído —dijo mientras escupía sobre su ano abierto—. Hace unas semanas eras la novia perfecta. Ahora solo eres una guarra que pide que le destrocen el culo.

Empujó la cabeza gruesa de su polla contra el agujero. Raquel soltó un gemido largo y gutural cuando empezó a entrar.

—Más… —suplicó, empujando ella misma hacia atrás—. Métemela entera… no seas suave… quiero que me duela… quiero que me abras.

Álex agarró sus caderas con fuerza y se hundió hasta el fondo de un solo golpe. Raquel gritó de placer, el cuerpo entero temblando.

—¡Sí! ¡Así! ¡Rómpeme el culo! —gimió, ya sin ninguna vergüenza—. Quiero que me partas… quiero sentirte hasta el fondo… fóllame como a una puta barata…

Álex empezó a embestirla con fuerza, disfrutando cada segundo. Le encantaba cómo ella se entregaba, cómo suplicaba, cómo su ano apretaba su polla.

—Esto es lo que eres ahora —gruñó mientras la follaba sin piedad—. Una puta rota que ya no quiere a su novio. Solo quieres que te usen.

Raquel gemía más fuerte, el placer borrando cualquier resto de pensamiento coherente.

—Más… métemela toda… quiero que me llenes el culo… no me importa nada más… solo quiero que me uses…

En ese preciso momento, el móvil de Raquel vibró sobre la mesilla.

Era un mensaje de Pablo.

Pablo: Cielo, ¿todo bien? Ya es muy tarde y me estoy preocupando. Te quiero ❤️

Raquel vio la notificación iluminar la pantalla… pero ni siquiera la miró dos veces. Solo siguió empujando el culo hacia atrás, buscando más profundidad, más dolor, más placer.

—No pares… —suplicó con voz rota—. Fóllame más fuerte… quiero que me destroces… por favor…

Álex soltó una carcajada oscura y aceleró el ritmo, follándola anal con embestidas brutales.

—Tu novio preocupado y tú aquí suplicando que te parta el culo —se burló, tirándole del pelo—. Eres patética… y me encanta.

Raquel se corrió con fuerza, gritando, el cuerpo convulsionando, el ano apretando la polla de Álex como si no quisiera soltarla nunca. Cuando Álex por fin se enterró hasta el fondo y empezó a correrse dentro de su culo con chorros calientes y abundantes, ella tuvo un orgasmo tan intenso que casi perdió el aliento.

Aun así, con la voz quebrada y temblorosa, mientras sentía cómo la llenaba, susurró entre gemidos:

—Gracias… gracias por partirme… gracias por follarme así…

Álex se quedó dentro unos segundos más, respirando agitado sobre su espalda, disfrutando de la victoria total.

Raquel, exhausta, temblando y llena de semen, solo pudo repetir en un susurro roto:

—Gracias…

Raquel se levantó de la cama con las piernas temblando. El culo le ardía, abierto y lleno de semen de Álex. Cada paso le provocaba un latigazo de dolor y placer residual. Se vistió en silencio, todavía con la respiración agitada y la mente completamente nublada por la adicción.

Álex la observaba desde la cama, con una sonrisa satisfecha.

—Vístete y vete —le dijo—. Pero no te limpies. Quiero que vuelvas a casa con mi semen chorreando de tu culo.

Raquel no protestó. Solo asintió, se puso el top de malla transparente y los pantalones blancos, sintiendo cómo el semen se le escapaba y le mojaba la tela interior. Antes de salir, Álex le dio un último azote fuerte en el culo.

—Buena puta. La próxima vez te voy a follar aún más duro.

Raquel bajó en el ascensor y salió a la calle. Llamó a un taxi. Durante todo el trayecto se removía en el asiento, sintiendo cómo el semen de Álex seguía saliendo de su ano y su coño. El móvil vibró varias veces. Eran mensajes de Álex enviándole capturas de los vídeos que había grabado. Ella los abrió y los miró con una sonrisa enferma de placer, sin ninguna culpa ya.

Llegó a casa casi a las siete de la mañana. La luz del salón estaba encendida. Pablo estaba despierto, sentado en el sofá con cara de preocupación.

—Cielo… ¿qué tal? Empezaba a preocuparme —dijo levantándose para abrazarla—. ¿Estás bien? Tienes mala cara.

Raquel forzó una sonrisa. Le dolía todo al caminar. Sentía el semen de Álex aún dentro, chorreando lentamente. El culo le palpitaba con cada paso.

—Estoy bien… solo cansada —mintió, dejando que Pablo la abrazara—. La noche se nos fue de las manos con las chicas. Voy a ducharme rápido y me acuesto.

Se metió directamente en el baño, cerró la puerta y abrió el agua caliente. Se miró en el espejo: el pelo revuelto, el maquillaje corrido, marcas rojas en las caderas y el culo. El semen de Álex le bajaba por los muslos en hilos claros. Se metió bajo el agua y se lavó con prisa, pero no se limpió del todo por dentro. Quería seguir sintiéndolo.

Salió de la ducha, se secó con cuidado y se puso una camiseta holgada blanca y un tanga limpio. Cuando entró en la habitación, Pablo ya estaba en la cama esperándola.

Se metió bajo las sábanas. Pablo la abrazó por detrás con ternura y empezó a besarle el cuello. Su mano bajó lentamente por su cintura, acariciándole la cadera y deslizándose hacia su coño.

—Te he echado de menos… —murmuró contra su piel, apretándola suavemente contra él. Raquel sintió cómo se le ponía dura contra su muslo.

Ella se tensó. El simple roce le dolía. Todo su cuerpo estaba marcado y usado por Álex. Pero no quería rechazarlo del todo; se sentía culpable y, al mismo tiempo, aún tenía el calor de la noche metido en la piel.

—Pablo… estoy muy cansada… —susurró, pero no apartó su mano.

Pablo interpretó eso como una pequeña señal y siguió. Le besó el hombro y deslizó la mano hacia delante, rozándole suavemente el coño hinchado. Raquel dio un pequeño respingo de dolor, pero se mordió el labio y no dijo nada.

—Solo un poco… —murmuró Pablo con voz suave.

Raquel cerró los ojos con fuerza. Le dolía, pero decidió darle algo. Se giró hacia él, bajó la cabeza y se metió su polla en la boca. Pablo soltó un gemido de sorpresa y placer. Ella lo chupó despacio, con movimientos suaves y profundos, sintiendo cómo él se ponía aún más duro contra su lengua. Pablo le acariciaba el pelo con ternura mientras ella subía y bajaba la cabeza.

—Joder, Raquel… qué buena boca tienes… —gimió él.

Raquel aceleró un poco, apretando los labios y usando la lengua. No tardó mucho. Pablo empezó a respirar más rápido, agarrándola del pelo con suavidad. En menos de un minuto se corrió en su boca con un gemido bajo y largo. Raquel tragó todo sin apartarse, limpiándolo con la lengua hasta el final.

Pablo se quedó jadeando, satisfecho.

—Te quiero tanto… —murmuró, besándola en la frente antes de quedarse medio dormido.

Raquel se limpió los labios discretamente y se quedó mirando el techo. El cuerpo le dolía, el culo y el coño le palpitaban, y todavía sentía el semen de Álex saliendo lentamente de ella. Pablo dormía plácidamente a su lado, satisfecho y confiado.

Ella, en cambio, seguía excitada. El vídeo de Álex seguía en su móvil.

Y aunque intentaba no pensarlo… ya estaba contando las horas para que Álex la volviera a llamar.

Nota del autor/a: Gracias por leer el relato. Espero que lo hayas disfrutado y tu mente te haya llevado a vivir la experiencia. Si tienes algún comentario, sensaciones que quieras compartir, cosas en las que crees que puedo mejorar, sugerencias de por dónde te gustaría que continuase, o simplemente que hay algo que te guste mucho, por favor, no dudes en dejar un comentario y una valoración, lo apreciaré mucho. ¡Nos leemos!