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Las chicas de la FP (extracto 4)

Le pidieron que fuera a buscar un pareo olvidado. No imaginaba que al cruzar el jardín descubriría a su amigo follando a una alumna, ni que la esposa grabaría cada segundo. Lo que empezó como un recado se convirtió en un espejo roto de traiciones.

Abel Santos5.3K vistas7.4· 7 votos

El lunes pasó de largo sin mayores novedades.

Lo único reseñable fue que Ari y Eva entregaron sus exámenes en blanco sin ningún pudor. Blasfemando por lo bajo, rellené cuanto pude para justificar la nota prometida. Unos exámenes sin respuestas y con un notable alto podrían llamar la atención de cualquiera que los revisara.

Por la noche Paula seguía sin ganas de sexo. En el baño, mientras me duchaba, cayó la segunda paja del día pensando en Ari y en su coñito caliente. La tercera en realidad, si contábamos la que me había hecho por la mañana durante el recreo en un baño del colegio. Aunque esta se la había dedicado a otra de las amigas de las dos chicas, mintiéndome a mí mismo.

A la mañana siguiente, Paula me sorprendió durante el desayuno.

—El domingo me dejé el pareo en casa de Nacho y de Laura.

—¿Qué?

—Pues eso, hijo, que estás en la inopia —me había pillado pensando en Ari mientras desayunábamos—. Mi pareo, ese que me regaló mi madre y que le costó un ojo de la cara. Lo llevé el domingo para el día de piscina. Así que tenemos que recuperarlo antes de que vayamos a casa de mis padres con un pareo diferente y mi madre se dé cuenta.

—Bueno, no pasa nada, se lo pido a Nacho y que me lo traiga al colegio.

—Nacho está de vacaciones… —dijo mirándome como si fuera tonto—. Se ha cogido unos días que le debían y no vuelve hasta el lunes. Me lo ha dicho Laura. ¿No lo sabías?

—Ni idea…

—Los tíos siempre igual… Todo el día juntos y no os enteráis de nada.

—Oye… —me defendí—. Que yo no estoy todo el día con Nacho. Bastante tengo con aguantar a mis alumnos como para tener que estar detrás de él… Y vale, si está de vacaciones, pues esperamos al lunes y ya está…

—Ni de coña, no me arriesgo a que se pierda. En esa casa entran jardineros y todo tipo de operarios sin control… Ni de coña dejo yo el pareo para que me lo roben.

—Joder, ¿y qué quieres que haga? —dije y comprobé que ya tenía prevista mi pregunta.

Al parecer, como buena fémina, lo había preparado todo, de modo que yo solo tenía que seguir sus órdenes.

—Es fácil —explicó con tono autoritario—. Lo he hablado con Laura y lo tiene localizado. El día que vayas a ir, por si tienen que salir, lo deja en una tumbona de la piscina. Tu solo tienes que entrar al jardín y cogerlo. No necesitas ni llamar.

—¿Y cómo entro al jardín? —aquello sonaba raro.

—Pues empujando la puerta de fuera. Nacho y Laura solo la cierran por la noche. Durante el día la tienen abierta para que entren y salgan los operarios del jardín, la piscina y todo ese rollo de nuevos ricos.

—Ah, vaya… —tuve que admitir que lo tenían todo pensado. Aun así, no quise darle la razón, necesitaba objetar algo, y así lo hice—. Pues yo hoy no puedo y mañana casi que tampoco…

—Pues el jueves… Ya hablo yo con Laura para que no saque el pareo ni hoy ni mañana…

Y no admitió contrarréplica.

*

El jueves por la tarde salí puntual tras sonar el timbre de final del día. Ari había pasado toda la clase distraída. Despreocupada por no tener problemas para aprobar, no se molestaba en disimular que emitía un directo de Tiktok mientras yo me desgañitaba con el resto de alumnos de ambos sexos.

Lo de Eva había sido incluso más descarado. Aquella tarde ni apareció por el aula. Y no era la primera vez. La muy idiota me lo iba a poner difícil para darle un notable a poco que el claustro de profesores notara sus ausencias durante mis clases. Pedazo de boba, de qué le valía ser la mayor de mis alumnos con sus veintidós añazos. De seguir así la iba a cagar y me iba a arrastrar con ella.

Subí a mi coche y me dirigí hacia la casa de Nacho y Laura. Me había hecho el sueco los dos días anteriores, pero ya no podía dar más largas a mi mujer. Entré en la urbanización del «super chalet» y aparqué en la acera a unos cien metros de la casa.

Me planté ante la puerta del jardín, que se hallaba entornada, y la empujé sin problemas. El vaticinio de mi mujer había sido correcto. La puerta de entrada al recinto estaba abierta y el pareo se veía sobre la espaldera de una de las hamacas junto a la piscina.

Me acerqué hacia ella y cogí la prenda. Mientras lo hacía miré hacia la casa. Imaginaba que no habría nadie en ella, pero descubrí una señal que me hizo pensar lo contrario. El viento había tirado de uno de los visillos y lo había hecho volar por fuera del ventanal del salón, así que estaba claro que se hallaba abierto.

De hecho, me había parecido ver a alguien moverse en el interior, a pesar de que el sol de la tarde convertía al ventanal en un espejo. En efecto, me dije, si la puerta del salón está abierta, por fuerza tiene que haber alguien en casa.

Así que me decidí a saludar.

Soñaba con tomarme un buen copazo del ron añejo de mi amigo Nacho. Ese sería el mejor relajante tras un largo día con los cabeza-dura de mis alumnos, ya fueran chicos o chicas.

*

Según cruzaba el jardín hacia la casa, una sombra volvió a moverse por el fondo del salón. Esta vez, sin embargo, creí apreciar a quien pertenecía.

Y me quedé helado.

No podía creer a mis propios ojos. Y me temía que no iba a poder entrar de buenas a primeras a saludar sin meterme en un nuevo lío. Tenía que acercarme con sigilo.

Cuando estuve tras la pared, al borde del ventanal, asomé un ojo y comprobé que no me había equivocado: Una Eva con el uniforme del colegio, la camisa suelta y las tetas al aire, bailaba una danza delante del sillón donde se veía a un hombre que la miraba de frente, de espaldas a mí.

Ese hombre no podía ser otro que… ¡Joder, por supuesto que era Nacho!

El muy cerdo bebía de un vaso de licor con hielo y fumaba un habano mientras miraba al bellezón de Eva, quien se metió las manos bajo la falda y, con femenino vaivén, se despojó de las bragas y se las tiró a mi amigo, acertándole de lleno en la cara.

Nacho lanzó una risotada y, atrapándolas con una mano, las olió con lujuria antes de meterlas en el bolsillo de la camisa. Estaba claro que Eva le estaba haciendo un striptease al muy cerdo… Sin duda había seguido atacando desde la escena del domingo por la tarde en el cuarto de su hija. Y al final se había salido con la suya. Se iba a tirar a Eva, a pesar de mi incredulidad.

Tenía que reconocer que me había quedado obnubilado. La belleza de Ari era la leche, en todos los sentidos. Pero la sensual belleza de la morena, con su piel tostada y sus formas más hechas, de más mujer, me estaban poniendo cachondo perdido. Joder con el puñetero Nacho, se veía que no había perdido sus habilidades de ligón de nuestra juventud.

Debía de haberse envalentonado al considerar que Eva no era tan inaccesible como él se pensaba. Se había tragado que me la estaba follando y, tras mi trola, se había lanzado hacia ella con toda la caballería. La chica, por lo que podía ver, había entrado al trapo del muy zorro sin cortarse ni un pelo. La muy «digna» de Eva no era más que otro putón desorejado.

Sabía que estaban hablando, oía sus voces. Pero no podía entender y ver al mismo tiempo. O asomaba un ojo o una oreja, pero no ambas cosas a la vez. Así que decidí poner el oído a ver que se decía allí dentro.

—¡Así me gusta mi guarrilla! —decía Nacho y reía a carcajadas—. La putilla de papi se desmelena… jajaja.

—¿Te gusta así, papi? —replicaba ella jugando con la camisa y la falda a un «te lo enseño, me lo tapo»—. ¿Qué te gusta más, mis tetitas con los pezones hinchaditos o mi chochito rasurado?

—Ay, mi amor, de ti me gusta todo… —replicó Nacho enfebrecido—. Pero espera a que me los coma para poder responderte… jajaja.

—¿Y qué más…? —apuró Eva.

—¿Qué más qué…?

—Pues ya sabes… eso…

—Ah, sí… por supuesto, guarrilla… puedes contar con las cuatro entradas para ti y tus amigos en el concierto de esos gilipuertas que tanto te gustan…

—No les llames gilipuertas, papi…

Adivinaba, a pesar de no verlo, el gesto de nena buena de Eva, con el labio inferior hacia afuera. Ahora lo veía claro. La muy zorra se las había dado de estrecha hasta que había aparecido pasta de por medio. O entradas, que para el caso era lo mismo, porque en el colegio se comentaba que estaban totalmente agotadas, y que cada una costaba más de trescientos pavos en la reventa.

—Vale, pues no les llamo gilipuertas, si tú no quieres… Pero que sepas que son unos gilipuertas... Jajaja.

Nacho no se conformaba con tenerla comiendo de su mano, necesitaba humillarla. Y estaba seguro de que los más de mil pavos de las entradas no iban a acabar en un simple despelote de la chica.

—Y… de lo otro… ¿qué? —preguntó ella.

—¿Qué de qué…? —se le veía a Nacho disfrutar del placer del vacile.

—Pues de lo otro… papi… que te haces el despistado…

Nacho lanzó una nueva carcajada.

—Ah, sí, lo de los quinientos pavos para las copas… Bueno, vale, pues también para mi sugarbaby… Pero todo a su tiempo… primero ven aquí y hazme eso que me has prometido…

Lo que me había supuesto se confirmaba. Aquel «papi» por aquí, «papi» por allá, venía a cuento de su contrapartida: la «niña sugar». Se habían juntado el hambre con las ganas de comer. Y tal vez la muy zorrita ya tenía otros «papis» o, al menos, los había tenido hasta llegar a Nacho. Menudo putón verbenero la que parecía una estrecha.

Alejé la oreja para aplicar el ojo, teniendo en cuenta que ya no se les oía hablar. Y me encontré con lo que esperaba. Eva se había arrodillado a los pies de Nacho y se la chupaba con dedicación total. Mi amigo la cogía de la melena y movía la cabeza de la chica adelante y atrás soltando berridos de león lujurioso.

—Augggg… joder cómo me pones, jodía guarra…

Aproveché que estaban ocupados para cambiar de posición. Y ahora podía ver y escuchar a la vez.

—¡Pero que puta eres…! —le gritó entusiasmado Nacho—. Yo loco por ti y tú a tan poca distancia. Si no es por mi buen amigo Carlos, no te habría conseguido follar en la vida. Le debo una a ese gilipollas.

El apelativo que me había dedicado me cabreó de lo lindo. No podía hacer mucho, sin embargo, pero algún día se lo iba a devolver con creces al muy cerdo.

—Slurrrpppp… Slurrrpppp… —se oía absorber a la chica mientras el cerdo de mi amigo le follaba la boca elevando las caderas desde el sillón con una saña que daba repelús.

—Dale, putilla, dale… que vas de puta madre… —le espetó el cerdo de Nacho a la chavala.

—No me llames putilla… —pareció quejarse la chica dejando de chupar.

—Vale… —río Nacho—. Pues no te llamo putilla, querida «putilla».

Remarcó la palabra con objeto de humillar. Y a fe que lo consiguió. Eva se echó hacia atrás y le retó con la mirada.

—Como vuelvas a llamarme putilla me largo…

Pero Eva no sabía con quien se jugaba los cuartos. No lo sentí por ella, que se creía muy «empoderada» y no era más que una engreída insustancial, pero tan poco se merecía lo que ocurrió a continuación.

Nacho le arreó una bofetada y luego la tiró del pelo.

«¡Plas!»

—Joder, ¿qué haces? —dijo casi cayendo de culo por el impacto.

—Yo te llamaré putilla y lo que se me ponga en las pelotas, ¿te enteras? —le increpó mientras ella se ponía la mano en la cara magullada—. Si no te gusta te vas con tu puta madre. Y de paso le preguntas si eres mi hija, que no me extrañaría. Porque a todas las zorras de esta urbanización me las he ido tirando una por una. A tu madre la primera.

La expresión de estupor no le desaparecía de la cara a Eva. Pero cuando el cerdo de Nacho le tiró del pelo, la chica agachó la mirada y volvió a chupar sumisa y resignada.

«Chavala domada —me dije—. Puto Nacho de los cojones. Por mi padre que te los cortaba por hijo de puta…».

La escena se demoró unos instantes. Justo hasta que Nacho estuvo a punto de correrse. En ese momento le tiró de nuevo del pelo y se la quitó de encima.

—Espera, espera, guarrilla… —le espetó Nacho—. Deja de mamar que todavía no quiero pintarte la cara de blanco. Chupas que te cagas, pero cada cosa a su tiempo.

A continuación la puso a cuatro patas y, sin quitarle la falda, se la levantó por encima de las caderas y se escupió en las manos.

Se ensalivó la polla que, aun siendo corta en longitud, era gruesa como la de un caballo. Aquello tenía que doler, me dije. Luego ensalivó la entrepierna de Eva y, sin más dilación, le clavó la dura carne de una forma tan brutal que Eva se quejó de dolor.

—Ayyyy…. Joderrr…

—A callar, zorra, mira que te quedas sin concierto… —le replicó Nacho y le arreó un azote en el culo que resonó por toda la casa.

—Jo-der… cabrón…

La tomó de la melena y comenzó a cabalgarla sin piedad, con una rudeza y malas maneras que hacían temblar al alma más fuerte.

—Jajaja… toma, putilla… Esto te pasa por zorrón… A ver si aprendes de mi Ari, que solo folla con su novio, no como tú que tienes el coño como la boca del metro. Toma, toma, toma… jódete, puta…

Nacho cabalgaba aquel cuerpo de diosa y la chica se dejaba hacer apretando los dientes. Se había vendido al diablo y lo estaba pagando con creces. De pronto, Nacho elevó la cabeza y miró a un punto frente a él, al tiempo que hacía un comentario que me extrañó.

—¿Qué tal salgo así? —dijo como si fuera un vaquero sobre un potrillo salvaje—. ¿Quedo guapo?

Una voz queda me llegó de fondo.

—De puta madre… Menudo putón la niña… Y tú estás que te sales… Dale fuerte que esta tiene aguante aunque lo disimule…

¡No me jodas! Aquella voz me había resultado conocida. Rodé sobre la hierba y me coloqué en mejor posición. Enseguida descubrí a quien pertenecía la voz y no me había equivocado. Era de Laura, la mujer de Nacho.

Me quedé tan alucinado que apenas podía moverme. Porque Laura no solo había hablado, sino que tenía algo en sus manos que enseguida reconocí. La muy zorra manejaba una cámara de video y grababa todo lo que su marido hacía con la boba de Eva.

¡Estaba filmando la escena! Y disfrutaban tanto el uno como el otro: la mujer grabando y el marido humillando a la jovencita a cambio de un puñado de euros.

La escena me estaba revolviendo el estómago, pero me mantuve inmóvil, más porque no me descubrieran que por ver como acababa la escenita entre los tres.

Cuando el cerdo de Nacho le sacó la polla a la chica y se la acercó a la cara, mientras Laura aproximaba la cámara para tomar un primer plano de la corrida, decidí que era un buen momento para escabullirme sin ser descubierto. La iba a poner fina a la pobre, con aquel instrumento que se gastaba mi amigo, y no me apetecía para nada quedarme a verlo.

Unos segundos más tarde huía del lugar en mi coche a toda pastilla, el pareo de mi mujer tirado por el suelo del asiento delantero.

Aquello había sido demasiado. Una escena que había visto más de una vez en vídeos porno, en directo me había revuelto el estómago. Un regusto amargo me daba vueltas en la boca y amenazaba con hacerme vomitar.

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Extracto de mi nueva novela "LAS CHICAS DE LA FP", publicada en Amazon, y GRATIS para los Kindle Unlimited. No te la pierdas!!!

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