Júlia V
Ramon no aceptó una disculpa, impuso un castigo. Y ese castigo no fue un simple reproche, sino una noche donde el dolor y la humillación se mezclaron con el placer prohibido. Ahora, Julia debe vivir con las consecuencias de su entrega total.
CAPÍTULO 5: LA ESCLAVA
Dormir contigo es estar solo dos veces
Es la soledad al cuadrado
Todos los sábados son martes y trece
Todo el año llueve sobre mojado
Fito Páez & Joaquín Sabina
Semana Siguiente, Julia.
Peor imposible. Aquella noche todo se había torcido sin que pudiera hacer nada para arreglarlo. Busqué a Ramon por todos lados, hasta aceptar que se había marchado y me había dejado sola, cosa que por otro lado tampoco me extrañaba demasiado porque no me había portado muy bien con él esa noche.
Tuve que pedir un Uber con la esperanza de al menos poder arreglar las cosas con Cristina que presentía también estaría enfadada conmigo; pero al llegar a casa pude comprobar que ella no había llegado todavía. Me quedé en el comedor acurrucada en un sillón, esperando su vuelta y poder disculparme, pero al poco rato me venció el cansancio y me quedé dormida.
A la mañana siguiente amanecí con una manta tapándome que me hizo sonreír. Eso quería decir que Cristina no podía estar demasiado enfadada conmigo. Fui hasta su habitación y sin hacer el menor ruido, la vi yaciendo de espaldas cubierta solo con unas minúsculas braguitas blancas. No pude resistirme, me desnudé y me metí en su cama acoplándome a su espalda, le aparté el pelo y empecé a besar su cuello, junto a su oreja. Sabía que ésa era una de las zonas erógenas de Cristina y que esa mañana me iba a tener que esmerar para evitar males mayores.
Unos gemidos de placer me hicieron saber que mi compañera ya estaba despierta, pero no cejé en mi empeño. Todo lo contario, pasé una mano por encima de su cadera hasta alcanzar su rajita. Cristina despertó de repente al sentir como mis dedos empezaban a jugar por aquella zona y se dio la vuelta para quedar de cara a mí.
― Buenos días, dormilona. La verdad es que no te oí llegar anoche.
Cristina seguía mirándome fijamente, evaluando posiblemente sus pasos posteriores, hasta que se lanzó a mis labios y los besó con suavidad como esperando mi respuesta que no se hizo esperar. Abrí mi boca y mi lengua se introdujo en la suya y empezaron a jugar. Mi mano se había apropiado de uno de sus géneros senos y mis dedos empezaron a estimular su pezón que reaccionó rápidamente, entonces me puse sobre ella y empecé a lamer su cuello, hasta llegar a sus pezones a los que dediqué un tratamiento especial, notando con agrado como se habían puesto duros como piedras. Cristina gemía abandonada al placer que le estaba proporcionando.
― Sigue, por favor ― consiguió pronunciar entre gemidos.
Esa fue mi señal para lanzar mi ofensiva, fui bajando acariciando su cuerpo hasta llegar a sus labios vaginales y empecé a pasear mi lengua por ellos, entre ellos hasta notar como una creciente humedad los iba invadiendo. Hacia allá se dirigió mi mano derecha, introduciendo mi dedo índice su gruta del placer, recogiendo sus flujos del interior de su vagina y repartiéndolos por todo el exterior.
Los gemidos se confundían ahora con una respiración entrecortada que me informaba del placer que le estaba suministrando. Era el momento, mi boca se posó en su botoncito y mi lengua empezó a jugar con él, rodeándolo, con lengüetazos rítmicos y cuando supe que ya estaba preparada lo empecé a sorber como si me estuviera bebiendo un refresco con pajita.
Cristina no pudo aguantar más, me cogió con fuerza la cabeza por ambos lados mientras empezaba a gritar cuando empezó a sentir los estertores del orgasmo.
― Dame un par de minutos para reponerme y me pongo contigo.
― Es igual, preferiría aclararte todo lo que pasó ayer. La verdad es que creo que me excedí un poco con todo el mundo y se me fue la pinza.
Cristina se incorporó extrañada y se sentó en la cama frente a mí.
― Cuando te pones así, me das miedo.
― Ante todo quiero que sepas dos cosas: primero que todo lo hice con buena intención y que anoche iba bastante perjudicada y quizás se me fue algo la mano.
― Todavía me estás dando más miedo. ¿No habrás cometido algún delito, no?
―No, no que va. Bueno, creo que no; aunque…
― Me estas diciendo que no recuerdas si has cometido un delito?¿Júlia, qué hiciste anoche?
― Verás te voy a contar todo desde el principio. Yo quería que conocieses a Ramon, que pudiéramos hablar un poco los tres para que te dieras cuenta que no es un mal tío. Cuando supe que ibas a ir a la fiesta, simulé un encuentro fortuito…
― Hasta ahí, tengo claro lo que pasó. Pero por muy hijaputa que fueras, no veo por ningún lado el delito.
― El problema es que perdí un poco el oremus y quise marcharme, pero Ramon no quería y entonces le dije que me iba a follar por ahí.
― Supongo que era un farol, no?
― Pues, al principio, sí. Tan solo quería asustarlo un poco; así que me fui hacia los aseos con la idea de hacerlo esperar un rato. El caso es que en aquel pasillo, me encontré con un compañero de clase…
― Álex seguro, ya sabía yo que lo tenías entre ceja y ceja o tal vez, Quique. Nena que Quique tiene novia y va con nosotras a clase, que si se entera te va a matar.
― No, no. No es ninguno de los dos. La verdad es que no me acuerdo como se llama. ¿Sabes ese chico que dijiste que era tan majo que se sienta siempre al fondo de la clase?
― ¿El tontito? ― preguntó incrédula ― ¿No me digas que te pegaste un buen morreo con él? No me lo puedo creer. Si la última vez que intenté hablar con él, le puse las tetas en la cara y lo único que me dijo es si me podía apartar que no podía ver la pizarra.
Cristina empezaba a descojonarse y yo empezaba a sudar, intentando buscar una forma que no fuera tan ridícula para explicar lo que pasó allí.
― Bueno, no. No nos morreamos.
― Buf, está vez si que habías conseguido preocuparme.
―Me lo tiré.
― ¿Qué dices?
― Lo cogí del brazo, lo metí en uno de los aseos, le bajé los pantalones, se la puse dura y me la metí. ¡Hala ya lo he dicho!
Cristina no podía parar de reír.
― ¿Y qué tal, lo pasaste bien? Venga, dame detalles. Si lo llego a saber me quedo contigo, no me lo hubiera perdido por nada del mundo. ¿Te gustó? ¿Piensas repetir?
― Estás de broma, ni de coña y además que no se te ocurra contárselo a nadie o te prometo que dejamos de ser amigas. La verdad es que ni me enteré, entre el colocón que llevaba y que apenas duró cinco minutos; cuando me quise dar cuenta ya me estaba vistiendo.
― Y si él se empeña en repetirlo, y si el lunes te viene con un ramo de flores y te pide salir o que seas su novia.
―Joder, Cristina, no me jodas. Pues le diré que no me acuerdo de nada y que seguro que lo ha soñado y tú por cierto me ayudarás, estuviste a mi lado y no nos separamos en toda la noche.
― Yo ahí veo indicios de delito, mira que si te pone una denuncia por abuso sexual. ― dijo mientras continuaba riéndose de mí
― No, si ya sabía yo que no tenía que haberte contado nada; pero lo hecho, hecho está. Ahora lo que vamos a hacer las dos es olvidarnos de eso, como si nunca hubiera pasado y no volveremos a hablar de esto durante el resto de nuestra vida.
El sábado por la tarde le puse un WhatsApp a Ramon disculpándome por mi conducta del viernes. Aquella noche salimos Cristina y yo de caza y volvimos con dos magníficos ejemplares que compartimos como buenas amigas. Por supuesto, ninguno de los dos tuvo queja alguna. A eso de las 4 de la mañana los despachamos para su casita y estuvimos durmiendo hasta la hora de comer que tuve que ir como todos los domingos a casa de mis padres. Mi madre se pasó toda la comida, mirándome con mala cara, buscando quizás confirmar lo que ya intuía, pero yo resistí el asedio psicológico y pude volver al apartamento por la tarde sin confirmar sus sospechas.
Decidimos tener un domingo tranquilo y estuvimos viendo tranquilamente una serie en casa, estiradas las dos en el sofá. Por la noche, volví a mandarle un mensaje a Ramon excusándome de nuevo y diciéndole que lo había echado de menos este fin de semana. Pero, aunque leyó los mensajes, por el doble check azul, la verdad es que no se dignó contestarme.
El lunes me levanté e los nervios, imaginando posibles escenarios con los que me podría encontrar y buscando las respuestas adecuadas esencialmente para escurrir el bulto. Al final me encontré en una situación que no había previsto, porque no realizó el más mínimo signo de que recordara nada y me mostró una total indiferencia como si no me conociera, de tal manera, que hasta hubo momentos en que me planteé si no lo habría soñado.
El martes todo siguió igual, daba la sensación que el incendio estaba totalmente extinguido a excepción de Ramon que seguía sin responder a mis mensajes por lo que no tuve más remedio que cambiar de táctica y decidí llamarle directamente al móvil; pero las tres veces que lo hice, me rechazó la llamada.
El miércoles al entrar en clase, me llevé un susto de muerte. Cristina había salido muy temprano porque tenía que realizar unas gestiones para su padre y habíamos quedado en que ya nos veríamos en la universidad. Lo que no me podía imaginar era que al entrar en clase la vería sentada junto al tontito y encima claramente coqueteando con él. Lo único que se salvaba de la situación es que él no parecía hacerle mucho caso. A la siguiente hora, Cristina volvió a sentarse a mi lado.
― Pues es guapo, Marc ― me dijo al oído en voz baja para que nadie pudiera oírla.
― ¿Marc? ¿guapo? ¿Se puede saber a que estás jugando?
― Nada, solo quería pedirle los apuntes de estadística
― ¿Y te los ha dejado?
― Pues eso es lo más curioso, dice que no toma apuntes. Pero he conseguido que se ofrezca para explicarme los problemas esos que no sé cómo se hacen.
― Ni hablar, pídeselo a quien quieras, menos a él o es que ya no te acuerdas de lo que pasó.
― Pues eso es lo que quería, intentar sonsacarle algo, pero es como si no recordara nada de ese día, o se estuviera haciendo el tonto.
El miércoles por la noche estuve llamando insistentemente a Ramon hasta que me lo cogió.
― ¿Qué quieres, Júlia?
― Quería disculparme, lo que hice el viernes es imperdonable. Solo puedo decirte que aquella no era yo, la coca me sacó de mis casillas y no sabía lo que hacía.
― Muy bien, estás disculpada. ¿Quieres algo más?
―Sí quiero que me perdones de verdad, por favor.
― Mira Júlia, el otro día me di cuenta que sigues siendo una niñata caprichosa y prefiero que no tengamos más contacto.
― Por favor, llevo toda la semana sintiéndome mal. Haré lo que tu quieras, te compensaré; pero quiero que nos volvamos a ver.
Ramón permaneció en silencio unos segundos que me parecieron eternos. Estaba casi segura que ese era el final de nuestra breve relación y la verdad es que me había sabido a poco.
― Está bien te voy a dar una oportunidad, pero te voy a poner un castigo por portarte mal y además quiero ponerte una condición.
― Hum un castigo ¡Qué bien suena eso! ¿Y cómo me vas a castigar?
― Eso lo sabrás en su momento, pero primero tendrás que cumplir la condición
― ¿Y cuál es la condición si se puede saber?
―Quiero que hagamos un trío, con tu amiga, con la de las tetas grandes. Ya sabes la que se escapó el viernes.
Se me cayó el mundo encima, sabía que Cristina no quería saber nada con Ramon, me lo había dejado claro. Intenté convencerle por todos los medios, le ofrecí alternativas, pero se mantuvo inflexible. Era eso o nada; o convencía a mi amiga o me podía olvidar completamente de él.
Por supuesto cuando se lo conté, se negó en redondo, no quiso saber nada. Ramon era cosa mía y ella no quería tener nada que ver.
El jueves se lo volví a pedir, se lo supliqué más bien; intenté convencerla por todos los medios, intenté ofrecerle todo lo que se me ocurrió; pero Cristina no dio su brazo a torcer. Finalmente, desesperada ya e incapaz de ver más alternativas, decidí repetir la táctica con la que conseguí doblegar a Ramon.
― Haré lo que tu quieras. Si quieres haré todas las tareas de la casa durante la semana que viene, pero por favor ven conmigo. Es muy importante para mí.
Quedó pensativa, valorando la oferta; pero al final volvió a dar resultado.
― Esta bien, pero te pongo una condición. No tendré sexo con él, solo contigo y además tiene un precio.
Y cuando ya me veía haciendo el baño y limpiando la casa, no dejó de sorprenderme.
― El próximo fin de semana invitaremos a Marc a cenar.
― Estás loca ¿sabes que es lo que pensará, no? ¿Y si quiere enrollarse?
― Muy bien, mismo trato. Tú no estás obligada, yo lo haré. La verdad es que tengo curiosidad.
Por supuesto, no me hacía la menor gracia nuestro acuerdo; pero tampoco tenía ninguna otra opción y a regañadientes tuve que aceptar.
Me pasé dos días rumiando la negociación a la que me había comprometido. La verdad es que me parecieron dos acuerdos de mierda, que tenían muchas posibilidades de acabar mal, pero ya no había marcha atrás. Tenía que demostrarle a ese capullo que no soy una niñata y a Cristina que no me iba a poner celosa, que fuera lo que fuera lo que se traía entre manos, yo no iba a entrar en su juego y que no se iba a salir con la suya; aunque la verdad es que no tenía ni la más remota idea de lo que pretendía.
El sábado dedicamos la tarde a arreglarnos para la noche. Ya sabéis pack completo: baño, cremas, pelo, depilación. Nos lo hacíamos la una a la otra, mientras reíamos sin parar. Decidimos que cada una escogería la ropa que llevaría la otra.
A Cristina le escogí un tanga minúsculo de hilo y unos leggins que le sentaban como una segunda piel, marcándole completamente su cuerpo casi como si fuera desnuda: La parte superior la tapaba, si así puede llamarse, un body blanco que moldeaba perfectamente sus senos libres de sujetador y marcaba claramente sus pezones. Cuando la viera Ramon lo iba a tener que sujetar o se iba a lanzar a degüello.
Mi amiga, volvió con un conjunto de ropa interior transparente, un tanga brasileño y un sujetador que enseñaba más de lo que ocultaba.
― Has tenido suerte, si no saliéramos con Ramon, te hubiera hecho salir sin ropa interior y te hubiera estado tocando toda la noche, me gustaría que los demás vieran como te corrías cuando te tocaba, levantar tu falda para que vieran tu coñito completamente depilado y que supieran que esta noche iba a ser la única que se lo comiera.
Finalmente, Me hizo poner una minifalda con volantes y una blusa que transparentaba y que dejaba ver perfectamente el sujetador.
A las nueve en punto nos llamó y nos hizo saber que nos esperaba en el coche. Antes de salir, acorralé a Cristina y le di un morreo de esos de lengua hasta la campanilla y le susurré con mi voz más excitante.
― Si eres buena, el próximo fin de semana saldré sin ropa interior y me dejaré hacer lo que tu quieras, podrás disfrutar de mí y haré todo aquello que tú me digas.
Fuimos a cenar a un restaurante céntrico que se había puesto de moda ese mismo año a raíz de conseguir una segunda estrella Michelin. Ramon había hecho la reserva tirando de sus contactos, puesto que como el mismo nos informó, las reservas se hacían de un año para otro. La verdad es que todo transcurrió muy apaciblemente; aunque si que es verdad que nuestro trío llamaba considerablemente la atención y podía ver muchas miradas tratando de analizar qué relación teníamos entre los tres.
Ramon se sentó delante de Cristina y yo lo hice entre ellos. Quizás no fue una gran idea esa distribución porque se pasó la cena babeando por las tetas de Cristina, a la cual extrañamente no parecía molestar. Todo lo contrario, parecía dispuesta a calentarlo todo lo que hiciera falta. Yo, que hacía años que la conocía, sabía que detrás de aquellas sonrisas, de aquellos comentarios picantes, se encontraba mi amiga más que dispuesta a hacer subir la temperatura del entorno.
Al acabar, fuimos a uno de esos pubs que cuentan con un par de pistas de baile y sillones semicirculares alrededor de las pistas. Ramon nos dejo sentadas y fue hasta la barra para pedir nuestras consumiciones, unos gintonics de Hendrick’s para empezar a entonarnos. Al sentarse con nosotras, nos ofreció su cajita dorada donde guardaba el polvo blanco. Cristina me sorprendió porque rápidamente cogió la cajita y nos fuimos al lavabo. No es que ella no consuma, pero es mucho más sensata que yo y controla mucho lo que se mete. La coca nos sentó genial y al cabo de unos minutos estábamos eufóricas, pletóricas de energía.
― ¿Por qué no salís a bailar? Así podré admirar a mis gatitas.
Así lo hicimos. Nos pusimos una enfrente de la otra y empezamos a mover nuestros cuerpos. Bailábamos sensualmente buscando el contacto entre nuestros cuerpos, juntando nuestros labios y mirando provocativamente a toda la sala, mientras nos dedicábamos sutiles caricias. Sabíamos lo que hacíamos, no era la primera que vez que habíamos montado una performance de estas características y éramos conscientes de que hacíamos subir la temperatura de la sala. Cuando entramos en la pista, apenas había unas diez personas y ahora apenas podíamos movernos, nos había rodeado una manada de lobos hambrientos. Me fijé que Ramon nos miraba también extasiado, relamiéndose por adelantado de los placeres que trajera la noche. Al cabo de unos minutos tuvimos que volver a la mesa, demasiada gente y algún caradura aprovechaba la densidad para tocarnos descaradamente. Nos esperaban dos nuevos gintonics para saciar nuestra sed y Cristina volvió a pedir la cajita dorada antes de dirigirnos de nuevo a los lavabos.
― ¿No estarás consumiendo mucho? Además, estamos mezclando con alcohol y ya sabes que no es bueno.
Al volver, intentamos reanudar nuestro baile, pero fue imposible. El ambiente estaba demasiado caldeado y las manos acababan acariciando nuestros cuerpos sin el menor pudor, por lo que decidimos que ya habíamos bailado bastante aquella noche y habíamos repartido suficiente felicidad entre el público masculino.
Ramon sugirió que fuéramos a un lugar más tranquilo y las dos aceptamos de inmediato, quizás lo que no previmos es que ese sitio más tranquilo iba a ser su casa. Una vez allí, se apresuró por servirnos un par de copas más; aunque ambas éramos conscientes de que sobraban totalmente. Nuestro cuerpo no aceptaba más alcohol. Nos sentamos las dos juntas en un sofá de piel y Ramon lo hizo en un sillón de esos ergonómicos justo delante nuestro.
― ¿Bueno y qué hacemos ahora? ― pregunté con la voz más inocente que pude poner vistas las circunstancias.
― Eso, Ramón, ¿qué te gustaría hacer? ― preguntó Cristina con voz sugerente.
― Bueno yo ya estoy bien, aquí; pero me gustaría ver como os lo montáis cuando estáis las dos solas.
Ese comentario hizo daño, la mirada que me dirigió Cristina me hizo saber que se sentía traicionada, que no tenía derecho a compartir esos momentos con otras personas. Yo temiendo que se nos fuera de las manos hice lo primero que se me ocurrió que no fue otra cosa que tirarme a por Cristina, tapar su boca con mis labios y no dejar que dijera lo que estaba pensando.
Mientras nos besamos, nuestras manos empezaron a recorrer nuestros cuerpos. Me fijé que los pezones de Cristina pugnaban por romper el top y quise liberarlos. Le quité el top y los besé, los chupé mientras ella se dejaba llevar, mientras se abandonaba a mis caricias.
― ¿Chicas, por qué no vamos al dormitorio que estaremos más cómodos?
A disgusto seguimos a Ramon que abrió una puerta para dejarnos caer sobre la cama. Cristina había tomado la iniciativa ahora y en escasos segundos me dejó solo con mi tanga.
Ese fue el momento que eligió Roberto para interrumpirnos y crear un palpable malestar de nuestra parte.
― Espera un momento cielo, tengo un regalo para ti. ― dijo mientras me ofrecía un estuche de terciopelo.
Al abrirlo vi una pequeña cadena de oro entrecruzado con una chapa donde se veía su nombre.
― ¿Y esto que se supone que es? ― Pregunté un tanto molesta de como se estaba girando la noche.
―Explícaselo tú, Cristina que vienes de familia de joyeros.
― Es una esclava. En la India el marido la hace con ramas y se la regala a su esposa que se compromete a llevarla de por vida. No puede quitársela nunca aunque su esposo muera deberá llevarla hasta el final de los días. En Europa es un símbolo de sumisión, de que la mujer acepta someterse a los deseos de su pareja.
― Pues vaya mierda, si te crees que me voy a poner esa gilipollez es que todavía no me conoces. ― Me levanté y me dirigí hacia la puerta recogiendo la ropa desparramada por el suelo― Venga, vámonos, Cristina.
Pero ella se quedó quieta, inmóvil como si no me hubiera escuchado y siguiera esperando. Instrucciones.
Ramon se levantó y me abrió la puerta. Me fijé que en su pantalón se había formado un enorme bulto que no ocultaba precisamente sus intenciones.
― Muy bien, espérate en el comedor mientras yo le doy lo que ha estado pidiendo esta putita toda la noche.
Lo último que vi antes de cerrar la puerta fue a Ramon que con ambas manos le estaba quitando los leggins y metía una de sus manos entre sus piernas.
Al poco de estar sentada, empecé a escuchar los primeros gemidos, prueba palpable de lo que estaba sucediendo dentro. En un par de minutos los gemidos se transformaron en pequeños gritos cuyo ritmo y potencia iba aumentando poco a poco.
No pude aguantar más, me desnudé, coloqué la puta pulsera en mi tobillo izquierdo y abrí la puerta.
Cristina seguía estirada boca abajo sin haber cambiado aparentemente de posición con las piernas juntas desde donde aparecía y desaparecía el inmenso pene de Ramon que permanecía sobre ella con ambos brazos en sus costados y cada la vez que los flexionaba caía sobre ella e introducía su pene entre las nalgas haciéndolo desaparecer y arrancándole un quejido.
― Pasa y siéntate, cielo, cuando acabe con ella me pongo contigo.
Así hice me senté en una silla desde la que gozaba de una excelente visión de lo que acontecía en aquel lecho. Me di cuenta que Ramon había ralentizado sus movimientos, pero no así la profundidad de los mismos. Tenía Cristina al borde del orgasmo, pero la mantenía en ese punto, sin querer liberarla, sabía que ella había llegado a ese punto en el que cualquier atisbo de resistencia no era posible. Estaba totalmente entregada.
― Bueno, putita, ¿qué quieres que te haga? ― y saco su polla y empezó a refregarla arriba y abajo siguiendo la abertura de las nalgas.
― Fóllame ―murmuró bajito, avergonzada tal vez de tener que pedirlo.
― Por favor, tienes que pedir las cosas con educación. ¡Vaya modales!
― ¡Fóllame, por favor! No me puedes dejar así
Ramon giró su cara y me miró a los ojos mientras con una mano sujetaba su pene y golpeaba los labios mojados e hinchados que esperaban ser penetrados
― ¿Qué hacemos, Julia? ¿Acabo la faena o la dejo así por ser una calientapollas? No te toques más, hoy te correrás cuando yo quiera.
Saqué mis dedos de la vagina y asentí para que acabara con Cristina. Ramon lo entendió y de un solo golpe volvió a meterla. Cristina gritó de dolor, de placer o tal vez de ambas cosas pero no se movió, esperó que reanudara sus movimientos y Ramon no se hizo esperar, empezó un rápido y profundo metesaca que acababa con un grito cuando conseguía meterse hasta tocar su perineo. Una y otra vez, sin parar hasta que sintió un escalofrió que recorrió todo su cuerpo y se corrió gritando como una perra, a pesar de que se había prometido no darle esa satisfacción.
― De rodillas y cógete las tetas.
Y Cristina, mi amiga, mi orgullosa amiga se puso de rodillas y con ambas manos le ofreció sus pechos para que descargara en ellos.
Y Manuel, se corrió, como si de una fuente se tratara, descargó semen que cubrió todo su torso, que corría imparable formando surcos hacia el pubis y las piernas.
Y entonces Manuel llevó su pene hasta situarlo junto a su boca y ella obediente, metió su glande en la boca y lamió hasta la última gota de su simiente, entregada por completo a aquel miembro que tanto placer le había proporcionado.
Se hizo el silencio, como si todos temiéramos romper aquel momento. Yo me levanté y fui hasta el lavabo de donde regresé con una toalla con la que empecé a limpiar el cuerpo de mi amiga, mientras ella continuaba paralizada, asumiendo tal vez todo lo que había pasado.
― Bueno, estarás contento, ya has tenido lo que querías, ya me has castigado.
― No, cariño, éste no ha sido tu castigo.
Se dirigió a la mesita y sacó un tubo con un gel dilatador y se lo dio a Cristina.
― Voy a darme una ducha, mientras tanto prepárala y hazlo bien, porque sino, no lo va a pasar muy bien y todos queremos que disfrute, ¿verdad?
Me quedé horrorizada mirando aquel tubo, sabedora de cual iba a ser mi castigo; pero no podía echarme atrás, había ido demasiado lejos y no podía dejar que fuera Cristina la única que se había sacrificado esa noche.
― No lo hagas, te va a hacer daño.
Me puse sobre la cama a cuatro patas y separé mis nalgas, invitando a Cristina que dirigiera los preliminares.
― Tú ya lo hiciste este verano y tampoco fue tan horrible.
― Pero no puedes meterte eso, te va a destrozar, te va a hacer mucho daño. Vámonos, por favor.
― La decisión ya está tomada. Ábremelo poco a poco, quiero que seas tú la que entré ahí primero.
Cristina se puso un poco de gel sobre el dedo índice y lo dirigió hasta la entrada de mi ano virgen. Al sentir aquella sensación de frío me encogí y cerré mi esfínter todavía más.
― Tienes que relajarte, no ofrezcas resistencia o no lo vas a poder resistir.
Volvió a introducir su dedo y esta vez noté como traspasaba la primera barrera no sin haberme arrancado un pequeño grito de dolor. Dejó que me acostumbrara y lo empezó a mover haciendo pequeños círculos y después lo sacó para poner más gel sobre dos de sus dedos y repetir la misma operación. Esta vez noté bastante más dolor, quería que parara, pero era consciente que luego sería mucho peor.
A los 10 minutos, se presentó Ramon con una toalla en torno a su cintura, se puso delante de mí y con un movimiento de cadera la dejo caer delante de mí. Era mi turno y ya sabía lo que tenía que hacer. Primero le cogí el pene entre mis dos manos y lo empecé a masturbar. Cuando empezó a tener consistencia, lo introduje en mi boca y empecé a chuparla como ya sabía que le gustaba, llevando mis labios hacia adentro para protegerle de mis dientes. Poco a poco fue ganando consistencia, me esmeraba lo más posible porque estuviera cubierta completamente de mi saliva. Hasta que Ramon cogió mi cabeza y se separó, había llegado el momento. Me puse a cuatro patas sobre la cama, separando con mis manos las nalgas lo más posible y en esa postura tan impúdica, ofreciendo mi último tesoro, esperé hasta que se pusiera un preservativo.
Su mano recorrió mis labios y se impregnó de aquella humedad que luego repartió alrededor de mi ano. Se untó de gel la punta del glande, lo colocó en la entrada de mi gruta secreta y empujó.
El dolor fue terrible, sentí como mis pulmones se vaciaban de aire y como mis manos apretaban con fuerza las sábanas. Grité, sentía un fuego que recorría mi recto como si alguien me hubiese introducido una tea ardiendo. Solo había conseguido pasar el glande y Ramon se quedó quieto esperando que mi esfínter se acostumbrara, aunque yo no tenía claro que eso llegase a pasar algún día. Al cabo de unos segundos reanudó la inserción. Mi recto se iba abriendo, mientras intentaba en vano relajar mi esfínter. Poco a poco, milímetro a milímetro aquella monstruosidad fue abriéndose paso hasta que por fin noté como había entrado toda y permanecía otra vez inmóvil, pero orgullosa de la conquista final. El dolor nublaba mi vista, mis ojos anegados por lágrimas apenas me ofrecían una visión borrosa de lo que estaba pasando, las uñas se habían clavado en la palma de mis manos y me habían producido pequeñas marcas sanguinolentas.
Había perdido la noción dl tiempo, era incapaz de decir si apenas llevaba algunos minutos o un par de horas. Justo en ese momento sus manos agarraron mis caderas y empezó a moverse. La fricción me producía un escozor tremendo, fue como si tuviera una lima entrando y saliendo por aquel agujero. Giré la cabeza, para pedirle que parara, que ya no podía más y descubrí su mirada de éxtasis, su sonrisa de satisfacción y supe que en aquel acto de entrega y posesión había encontrado su placer máximo. Nunca podría volver a recrear un momento como áquel. Busqué a Cristina con la mirada para darme cuenta que había abandonado la habitación. Lo entendía, no había sido capaz de compartir aquella tortura, mi castigo.
Y cuando ya mi mente buscaba esa oscuridad de la inconciencia, noté sus últimos empujones mientras profería un alarido salvaje y empezaba a rellenar el preservativo. Apenas permaneció unos segundos más y por fin me vi libre de aquel suplicio. Mis músculos empezaban a recuperarse pero un dolor agudo me seguía recordando lo que había pasado. Entonces entró Cristina y con un pañuelo secó mis lágrimas y recorrió mi frente llena de perlas de sudor. Me abrazó y me hizo levantar.
― Ven conmigo, tenemos que limpiar esto y desinfectarlo.
En ese momento fui consciente que ese liquido caliente que caía por mis muslos era mi propia sangre y entendí la magnitud de mi entrega esa noche. Mis ojos cayeron hasta las sabanas, manchadas por una mezcolanza de sangre, heces y semen. Antes de que saliéramos, Ramon sacó un tubo con pomada y se lo entregó a Cristina. Era un antiinflamatorio con un antibiótico como sabría después para evitar la infección. Cristina estuvo toda la semana aplicándomelo hasta que empecé a recuperarme.
Me llevó hasta la ducha y empezó a limpiarme con delicadeza, pasando con cuidado una esponja por mis partes intimas y después procedió a desinfectarlo. Yo apenas podía permanecer de pie, todos mis esfuerzos se centraban en intentan no caerme y bloquear las oleadas de dolor que de cuando en cuando invadían mi cerebro.
― Lo tienes que dejar, no lo vuelvas a ver. Este tipo te arruinará la vida, nunca podrás ser feliz con alguien así a tu lado. Prométemelo.
Pero yo era incapaz de hablar, apenas entender lo que pasaba; aunque aquellas palabras quedaron grabadas en mi mente, quizás porque las sentí premonitorias de un futuro que había de venir.
Las semanas siguientes transcurrieron tranquilas, aunque estuve cinco días sin poderme sentar y la semana siguiente seguí teniendo molestias. Cristina y yo no volvimos a hablar de lo que pasó aquella noche, tampoco es que lo decidiéramos así, fue una especie de pacto tácito que ambas habíamos de respetar de por vida. Curiosamente nunca me reclamó su parte del trato. Marc nunca pisó aquella casa, para alivio mío todo hay que decir. “Tal vez algún día me lo cobre” me amenazó una noche que se lo recordé y así quedó todo. Poco a poco parecía que volvía la tranquilidad.
Aquella mañana del viernes había sentido náuseas durante el desayuno. Cristina incluso había bromeado sobre un posible embarazo. No podía ser, sin embargo, no me había bajado la regla y ya llevaba unos días de retraso cuando la verdad es que solía ser muy regular. Para quedarme tranquila, al acabar las clases me pasé por la farmacia y compré un test de embarazo. Nada más llegar a casa, lo desempaqueté y lancé un chorro de orina sobre el papel reactivo. Nada más salir del lavabo, llamé a Ramon.
― Ramon me tienes que ayudar.
― ¿Qué pasa princesa, ya quieres repetir? Sabía que te iba a gustar,
― Ramon, estoy embarazada.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Un solo día para cambiar una vida
Tras sobrevivir a un atraco, Carmen siente que su vida está muerta. En la comisaría, una mirada y una mano en la oscuridad de una furgoneta encienden…
Comparte:Infidelidad ocultaTrio mfmDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
La vida sexual de un ciego.
Nunca imaginó que perder la vista sería la mejor cosa que le podía pasar. Pero cuando la luz regresa, la belleza de su esposa se desvanece a sus…
Comparte:Bdsm plenoInfidelidad ocultaDominacion masculina
- Hetero: General
Un final inesperado
Descubrir que tu sumisión era solo un juego para él y sus amigos no es el final de la historia, sino el comienzo de tu liberación.
Comparte:Bdsm plenoDominacion masculinaTrio mfm
- Hetero: Infidelidad
No quería ser infiel, pero lo necesitaba
Magda creía tener el control total sobre su nuevo subordinado, pero no sabía que su jefe y su esposa esperaban esa reacción.
Comparte:Dominacion masculinaTrio mfmDespertar y descubrimiento
- Hetero: Infidelidad
La cena del idiota. La excursión
Dani cree que su relación es sólida, pero la noche en el albergue de montaña prueba lo contrario.
Comparte:Infidelidad ocultaTrio mfmDespertar y descubrimiento
- Hetero: Infidelidad
En la conciencia de una infiel XXIII. Libro 2
La puerta de la habitación 2309 está cerrada, pero detrás de ella se esconde la prueba de todo lo que temía.
Comparte:Infidelidad ocultaConexion inesperadaDespertar y descubrimiento