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Historia de una mujer fácil - Completa (17)

Clara sabe que su futuro depende de los hombres de su familia, pero cuando el dinero se acaba, las reglas del juego cambian. Mientras su novio empieza a sospechar de los encuentros secretos en la cocina, ella debe decidir si seguir jugando o perderlo todo.

Abel Santos3.7K vistas9.0· 12 votos
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EL ESTALLIDO DE LA TORMENTA

Aquella mañana, Clara y Rafa revisaban un PowerPoint que el chico había preparado y que Clara tendría que presentar en la reunión mensual de la dirección. Se habían sentado en la mesa redonda del despacho de la joven que utilizaba para las pequeñas reuniones.

Había puntos que a Clara no terminaban de convencerla y el becario se esforzaba por resaltar que la imagen que daba de su trabajo en la presentación era el adecuado para un foro tan selecto. Al cabo de hablar sin recibir respuesta, Rafa exclamó:

—¡Clara…!

—¿¡Qué…!? —respondió ella con un bote sobre la silla.

—¿No me estabas escuchando, verdad?

—No, lo siento… —respondió haciéndole una caricia en el brazo.

Y cierto era que no le atendía. Mientras el chico estaba hablando, ella hacía cuentas del dinero que había ahorrado con su nuevo «trabajo» y se preguntaba cuál sería su próximo movimiento. Necesitaba aún mucho más para salir del lío con las damas de honor de Elena.

Atacar a Santiago o Richard a corto plazo no parecía lo más prudente. Les había sacado una pasta y a menos que en su casa nadie vigilara las cuentas del banco, debería dejarles un par de semanas antes de volver a ofrecerse.

Había puesto en el punto de mira a tres nuevos candidatos y en sus ensoñaciones se planteaba cómo debería entrarle a cada uno de ellos. El que más le preocupaba era un tal Iker, un tipo de ciento cincuenta kilos en canal. Tener a semejante mastodonte sobre ella podía romperle todos los huesos, tendría que buscar en Internet cuales eran las mejores posturas para follar con un gordo.

—¿Te importa si seguimos después de comer? —le propuso—. Ahora no estoy concentrada. Me duele un poco la cabeza.

—De acuerdo —respondió él. Tampoco podía responder otra cosa, pensó, al fin y al cabo la jefa era ella.

—Pero, para empezar, vete cambiando de color esos rótulos de los que hemos hablado —le recordó Clara antes de que abandonara su despacho.

Miró su reloj y pensó en llamar a Paula para tomar un té con ella. Un rato de charla insustancial era lo que el cuerpo la estaba pidiendo.

Tomó el iPhone pero, antes de marcar el número de su amiga el pitido de entrada de un mensaje la hizo reaccionar. Abrió wasap y lo leyó.

JUAN: Esta tarde a las 19:00 en mi casa! Sin falta!

¿¡Qué!? Se levantó de la silla enfadada. ¿Cómo se atrevía aquel hijo de su madre a exigirle que se pasara por su casa así por las buenas. ¿Se había vuelto loco? Estaba equivocada con él. Lo había comparado con Ramón, pero era mil veces peor.

A punto estaba de responder que se fuera a la mierda, cuando nuevos mensajes hicieron sonar la alarma del aparato.

ANDRÉS: Dónde?

ROCÍO: En nuestra casa de la Diagonal.

CARLOS: Qué pasa?

JUAN: Esta tarde lo sabrás, no faltes.

Y entonces comprendió que había estado a punto de liarla. Juan no estaba escribiendo desde su chat personal, sino desde el del grupo de primos. Si los mensajes del resto se hubieran retrasado solo diez segundos, su respuesta la habría puesto en un aprieto que no quería ni imaginar.

Prefirió no escribir nada. Mejor llamar a su prometido.

—Dime, cariño…

—Hola, mi amor… —Clara siempre guardaba unas formas cariñosas con su novio, aunque estuviesen enfadados entre ellos. Nuca se sabía si unos malos modos a destiempo podrían echar a perder los planes que tenía al casarse con él—. He visto los mensajes de Juan y Rocío, ¿sabes lo que pasa?

—Ni idea —respondió Carlos.

—No sé qué hacer —confesó—. ¿Crees que debo ir a la cita en casa de Juan?

—Por supuesto —respondió su prometido y ella le amó en ese instante—. Parece que se trata de un tema familiar, y tú eres de la familia como el que más.

—¿No será que le ha pasado algo a tío Ramón o a Aurora?

—No nos caerá esa breva —rió Carlos—. Pero no creo. Si fuera eso no se andarían con tanto misterio.

—Vale, entonces… ¿Me recoges a las seis y media?

—De acuerdo, espérame a la puerta del garaje, como siempre.

—Vale, amor… Te quiero.

—Te quiero, mi niña…

*

Cuando Carlos y Clara llegaron a casa de Juan, el resto de los primos ya estaban allí, a excepción de Sofía que se había excusado con una visita médica imposible de posponer.

«Sí, sí… —pensó Clara—. Una visita médica… Seguro que está follando con el viejo cerdo en la buhardilla. Su propio padre, que asco…».

Juan la desnudó con la mirada y ella se escondió tras su novio para evitar que sus ojos se cruzaran. Aún se sentía avergonzada por lo ocurrido en la buhardilla. Pero no porque él la hubiese poseído a traición. Lo que más lamentaba era haber disfrutado de esa posesión y haberse corrido mirándole a los ojos sumisa como él la exigía.

Carlos la apretaba de la mano y no la dejaba ni a sol ni a sombra. Pobre de su novio, si él supiera lo que se cocía en aquella familia de enfermos… Aunque, ¿hasta qué punto ignoraba lo que ocurría entre ellos? Al fin y al cabo él mismo estaba teniendo una relación incestuosa con Laura.

Cuando todos se hubieron acomodado en sillas o sofás, Juan se lanzó a hablar.

—La versión corta de lo que pasa —dijo mirando a unos y a otros— es que tío Ramón está en la ruina. No tiene ni un puñetero euro… Así que nos ha engañado a todos con sus promesas de donaciones, herencias y toda la parafernalia. El viejo cabrón nos ha estafado.

Todas las mujeres se miraron entre sí. Clara sabía por qué lo hacían.

Los comentarios que comenzaron a cruzarse a continuación alimentaban un clima ensordecedor. Algunos se levantaron de sus asientos y empezaron a gritar. Clara vio en aquellos gritos el brillo de la codicia. La codicia por un patrimonio con el que llevaban años soñando y que se esfumaba en un segundo acompañado de un puñado de palabras. Por mucho que insultaran al viejo, nada podría cambiar la realidad.

Pero, cuando se miró a sí misma, se dio cuenta de que la codicia también la había atrapado a ella. Por esa codicia se había dejado degradar por el puto viejo, sucumbiendo a sus exigencias sexuales. Y, peor aún, el viejo no se había conformado con degradarla él mismo, sino que la había entregado al más putrefacto de entre sus hijos: el canalla de Juan.

«¡Hijo de la gran puta!», fue su último pensamiento antes de salir hacia la cocina a beber un vaso de agua, a riesgo de desmayarse por el golpe que acababa de recibir. Su emputecimiento, que hasta ahora lo consideraba temporal, iba a tener que alargarse en el tiempo porque ya no tendría el sostén de una potencial herencia ni de la posición económicamente desahogada de su inútil prometido, que había resultado tan falsa como su misma familia.

Bebió agua hasta que creyó que si seguía haciéndolo llegaría a vomitar.

Antes de abandonar la cocina, Juan apareció por ella y, entornando la puerta, estuvieron hablando unos instantes. Ninguno de ambos sospechaba que alguien los observaba desde el exterior.

*

Cuando Carlos vio levantarse a su novia, le preguntó dónde iba. Ella le dijo que quería beber agua. Que no necesitaba oír más para hacerse cargo de la situación, y la impresión por la noticia la había provocado algo de agobio. Él se ofreció a acompañarla, pero ella le eximió de la obligación.

—Tranquilo, cariño, quédate a comentar con tus primos por si se plantea algún plan a seguir. Yo estaré bien.

Clara salió y Carlos la vio trastear en la cocina, aunque su posición en el salón solo le permitía ver un pequeño ángulo de la estancia. Comprobó que su novia se sentaba en la mesa de comer y bebía tragos de agua. Clara se había preparado una jarra con la que rellenaba el vaso cada vez que éste se vaciaba.

Cuando la reunión bajó de decibelios, Juan se disculpó y salió del salón con la excusa de ir al baño. Carlos, inquieto, le siguió con la mirada. Al salir al recibidor, Juan descubrió que Clara se hallaba en la cocina y entró en ella. Un nuevo hormigueo recorrió el estómago de Carlos. Y el hormigueo se convirtió en furor cuando su primo entornó la puerta.

Desde su posición no podía verlos, y menos con la puerta semicerrada, por lo que se levantó y, simulando estirar las piernas, se acercó hasta la entrada del salón. Ahora podía ver algo del interior de la cocina por la abertura dejada entre la puerta y el marco. Observó entonces a Clara sentada a la mesa y a su primo gesticular con los brazos al hablar. Estaban discutiendo o, al menos, conversando apasionadamente. Clara hablaba y miraba a Juan, a veces. Otras, escuchaba y bajaba la mirada.

Tentado se vio de entrar en la cocina a machete y detener aquella reunión, fuera lo que fuese de lo que estuvieran hablando. El ataque de celos le estaba consumiendo. A su memoria volvían imágenes del verano en la casona. No quería volver a pasar por aquello de ninguno de los modos.

Cuando a punto estaba de estallar, Juan salió de la cocina y echó a andar por el pasillo hacia las habitaciones. Carlos tuvo el tiempo justo de dar un paso atrás para que no le descubriera. Suspiró aliviado de que el putero de su primo hubiera dejado a Clara sola, aunque tendría que hablar con ella para conseguir respuestas a las preguntas que se le agolpaban.

Pero se equivocaba al bajar la guardia. Juan apareció de nuevo a los pocos segundos con paso firme y volvió a entrar en la cocina. En la mano llevaba un sobre blanco y alargado. Carlos estiró el cuello para divisar lo más posible, pero su primo volvió a entornar la puerta.

En los siguientes instantes, solo pudo ver cómo él hacía por entregarle el sobre a su prometida y a ella negarse a cogerlo. Tras mucho insistir, pareció que Clara aceptaba sumisa e introducía el sobre en su bolso.

Finalmente, Juan volvió a salir de la cocina y a recorrer el pasillo y Carlos, asomando la cabeza, le vio entrar en uno de los baños.

Antes de que pudiera reaccionar, Clara apareció y, tomándole del brazo, le pidió que se fueran. Viendo que la reunión ya no daba más de sí, Carlos se despidió desde el hall y juntos abandonaron la casa.

*

Por el camino, Carlos le hizo a Clara un resumen amplio de la situación.

—Tío Ramón está en la ruina desde hace años. Justo antes de la crisis de 2008 había invertido toda su fortuna —que ya no era tan boyante como la había recibido de su padre— en el mercado inmobiliario. Cuando las acciones del sector se convirtieron en papel mojado, él se agarró a sus últimos ahorros y los fue gastando a sorbos cortos sin abandonar su tren de vida para que nadie notara que se había quedado sin un euro.

—¿Y la casona?

—La casona es el último tablón al que se agarró cuando el naufragio no tenía vuelta atrás. En estos años la ha hipotecado varias veces y ya no tiene salvación. Juan cree que no le queda mucho. Ayer recibió una orden de embargo del banco por error y comprendió lo que estaba pasando. Fue cuando decidió hablar seriamente con su padre. Finalmente, ha hablado con el viejo esta mañana y el muy cabrón ha confesado de plano.

Clara sintió una arcada subirle hasta la garganta. Se esforzó en contenerla para evitar preguntas de su prometido.

—¿Y lo de las donaciones? —dijo con la voz más neutra de la que fue capaz.

—Todo un cuento. Por eso hablaba de «largos plazos» y de recuperar inversiones que tardarían en hacerse líquidas, bla, bla, bla… Quería mantener el estatus el mayor tiempo posible, nadie entiende para qué porque sabía que en unos días la mierda le saldría de debajo de la alfombra y le llegaría hasta el cuello.

Clara se echó a temblar. Quizá los hombres no entendieran por qué quería mantener su imagen, pero ella lo tenía claro, al igual que todas las mujeres de la familia, a las que presionaba para acostarse con él a cambio de futuro. Y también entendía por qué la acosó para que se bajara las bragas lo antes posible: necesitaba follarla antes que se destapara el pastel. Y por un margen de pocos días lo había conseguido. La había degradado en la buhardilla y la había compartido con Juan como a una vulgar ramera.

Sintió ganas de gritar, pero se obligó a mantener la compostura. Mostrar sus cartas habría sido un error. Tenía que seguir su juego sin retroceder ni un paso. Al menos, no debía tomar decisiones antes de haber pensado muy bien lo que quería hacer.

De momento, y sin excusa, se veía obligada a seguir follando por dinero para reunir los veinte mil euros que necesitaba antes de la boda de Elena. Después de la charla de aquella tarde con Juan, su economía había mejorado algo, pero aún le faltaba un buen pico para cancelar sus deudas.

*

Al llegar a casa, Carlos le preguntó por la cena. Él iba a prepararse algo y le ofrecía cocinar para los dos.

—Puedo abrir una botella de vino, si te apetece.

—¿Para qué? —le sonrió triste—. ¿Para celebrarlo?

Carlos se mordió la lengua y le dio la razón.

—Creo que me voy a dar una ducha y me acostaré pronto… —anunció Clara.

—Vale, cariño —replicó Carlos—. Por cierto, una cosa…

Clara se estaba acopiando de toallas y ropa íntima en su armario y le respondió sin mirarle.

—Dime…

—Antes, en casa de Juan, os vi hablando en la cocina. ¿Alguna cosa interesante?

—¿Interesante? ¿Con Juan el pirado? —le respondió ella haciéndose la despistada.

—Sí, bueno… Creí ver que te entregaba algo, no sé… un papel o algo así…

Clara se quedó bloqueada. Se alegró de estar de espaldas a su novio. Su expresión debía de ser un poema, se dijo. Intentó responder lo más rápido posible para que no notara que dudaba.

—Ah, sí… Bueno, no era nada. Es que le pedí a Rocío el teléfono de una clínica de depilación láser que al parecer es muy buena, según ella. El socio fundador fue compañero de colegio de Juan y tu primo me consiguió su número. Me lo apuntó en el papel que debiste ver.

—Vaya… —bromeó Carlos—. En plena era de Internet pasándose números de teléfono apuntados en papel. Bienvenidos a la tecnología…

Y se echó a reír. A Clara no le hizo maldita gracia el chiste de su prometido, cuando Carlos quería podía ser muy intenso.

—Ya… —replicó intentando ser convincente—. Pero el número que me ha pasado Juan no es el que sale en su página, sino el del jefe. Ya sabes, enchufes y esas cosas…

Carlos no respondió, dándose por vencido, al menos de momento.

—Bueno, me voy a la ducha mientras cenas —se despidió Clara—. Te espero en la cama despierta, si quieres.

—Sí, cielo, no te duermas hasta que llegue —le respondió él.

En cuanto Clara cerró la puerta del baño, Carlos salió a la carrera y cogió el bolso de su novia. Salió con él de la habitación y, ya en el salón, buscó como desquiciado el sobre de Juan. Lo encontró tras abrir y cerrar no menos de cinco cremalleras. Aquel bolso parecía una caja de seguridad.

Al abrir el sobre, observó que contenía billetes de cien y doscientos euros. Contó el monto total y se trataba de una cantidad respetable: tres mil euros.

Con la mirada perdida, Carlos se preguntó el concepto por el que su primo Juan le había entregado aquella cantidad a su prometida.

—El puto adicto al sexo… Pedazo de cabrón… —se dijo en susurros—. Como le hayas puesto la mano encima a Clara, por dios te juro que te voy a estrangular…

Guardó el sobre en el compartimento del bolso donde lo había encontrado y se sirvió una copa del licor más fuerte que encontró en el mini bar.

Continuará...

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