La caída de Marta 2
Pedro la esperaba en la oscuridad del salón, con los ojos rojos de ira y una mirada que lo delataba todo. No hubo tiempo para mentiras; la violencia y el sexo se mezclaron en una noche que destruyó su vida tal como la conocía. Ahora, un video grabado a sus espaldas le recuerda que su libertad ya no le pertenece.
Apresuradamente, antes de vestirme intenté acceder al baño para lavarme mis partes íntimas, pero Alex se interpuso en mi camino; el muy cabrón no me dejó utilizar tan siquiera el bidé, me vacilaba continuamente por lo que desistí y sirviéndome de unos kleenex que llevaba en el bolso conseguí eliminar los restos más visibles de su lefa. Sujetándome del brazo, con displicencia, me susurró al oído:
-- “Quiero que conserves mi esencia dentro de ti, que me recuerdes permanentemente y que no te sientas culpable. Has sido una buena zorra y no puedes dejar de serlo sin más”, dijo esbozando una sonrisa que delataba su enrevesado carácter, nada que ver con el cariñoso y sensible Alex de la cena.
--¡Valiente hijo de puta! pensé, pero no podía permanecer por más tiempo en su casa así que cogí el móvil, mi bolso y por alguna razón que quizás un buen psicoanalista podría explicar, el plug anal, ese regalo envenenado que me dejó en la mesilla. Naturalmente di por perdido el tanga por lo que no tendría otro remedio que volver sin él. No dije ni adiós, pero di un estruendoso portazo que seguro alarmó y despertó a algún vecino dadas las intempestivas horas que eran.
Esperando el ascensor, durante un lapso que me pareció eterno, Alex entreabrió la puerta de su casa totalmente desnudo, la flacidez de su miembro no lo afeaba, al contrario, lo hacía igual de tentador; nos cruzamos unas miradas retadoras, interminables; en cualquier caso, mi determinación para acabar cuanto antes con este affaire era absoluta, así que una vez llegó el ascensor me introduje en él tratando de reafirmar mi indiferencia.
Al bajar la tensión sexual afortunadamente comienza a funcionar tu lado racional, tu actitud pasa a ser natural y no la de una mujer subyugada a un macho alfa cualquiera así que me cuestioné si tenía la suficiente entereza para soportar este oprobio. Debía ser firme y desconectarme como fuera de esa súbita adicción de la que era objeto.
Mi cabeza era un auténtico torbellino, sufría una jaqueca insoportable tanto a consecuencia del alcohol como a la delicada situación en la que me había metido; anduve callejeando por los alrededores durante unos minutos, pensando en una coartada creíble, ya encontraría un taxi más tarde, total ¿Qué importaba 1/2 hora más o menos? Posiblemente me estaban confundiendo con una furcia en busca de clientes.
Tras madurar dos o tres excusas diferentes me decanté por la que consideraba más convincente, menos comprometedora, así que al pasar un taxi por las inmediaciones le di el alto conminando al conductor a llevarme a casa rápidamente. En el vehículo aproveché para leer y contestar los innumerables WhatsApp's que me había mandado mi marido:
__ “Pedro, lo siento, no he visto tus llamadas, es imperdonable que no te haya contestado, se nos ha hecho tardísimo voy hacia casa, trataré de explicarte.”.
Durante el trayecto hurgué en el fondo del bolso en busca de un sencillo kit de maquillaje que llevo para emergencias, aunque, a todas luces insuficiente para recomponer dignamente mi aspecto, al menos, conseguí minimizar los efectos de una noche loca y depravada. Volví a repasar como pude todo lo sucedido, tratando de urdir un plan medianamente creíble y no se trataba solo de cómo podía armar este diabólico puzzle, sino algo mucho más complejo: ¿Cómo podría fingir tantas mentiras ante la supuesta y retadora mirada de Pedro? A mi cabeza acudían los innumerables momentos de felicidad que habíamos vivido juntos, el nacimiento de nuestro hijo, esos idílicos viajes, hacer el amor en lugares increíbles…
6:45’ Llegada a casa
Mis pulsaciones estaban totalmente descontroladas. El taxi me dejó en mi portal y al entrar al patio, inspiré profundamente para, acto seguido, expirar fuertemente, tratando de acompasar el ritmo siguiendo las técnicas de relajación que he ido aprendiendo en mis clases de yoga. Amanecía y la calle comenzaba a tomar vida, esto también era para mí un elemento que no contribuía a disminuir la tensión, sino todo lo contrario. El viaje en el ascensor hacia el ático fue aterrador, anhelaba no llegar a esa última planta, pero finalmente, como si fueran los momentos previos a la comunicación de una grave sentencia, el ascensor se detuvo en seco. Había llegado el momento, pero… ¿Realmente me veía capaz de recomponer esto?
Me quité los zapatos y anduve hasta la puerta tratando de ser sigilosa utilizando las llaves; a Dios gracias comenzaba a liberarme poco a poco de los devastadores efectos de la bebida. Abrí la puerta y ahí estaba Pedro, de pie, impertérrito, semblante grave. El recibimiento que me dio fue verbalmente violento:
— ¿Se puede saber dónde has estado hasta estas horas? ¿te has mirado en el espejo? ¿A cuántos te has follado esta noche? Confío en que puedas convencerme, pero doy muy pocas posibilidades a que esto suceda. ¡Me has decepcionado! ¿Cómo pude confiar en ti? ¡Zorra!
Paradójicamente, sus invectivas no me ofendían ya que era perfectamente consciente del daño que le había ocasionado, en cualquier caso, fingí cierto grado de ofensa sin saber si era una estrategia válida o "la estaba cagando sin más"
Trague saliva, volví a respirar profundamente y le dije que era intolerable ese trato soez de su parte, no debía consentir que me insultase, que me humillara, debía decir algo y tratar de contrarrestar su ira.
Tras una breve pausa pasé a narrarle lo sucedido tratando de no incurrir en contradicciones. Había comenzado mi interpretación:
— “Lo siento Pedro, tras una velada muy agradable hablando de nuestra etapa en la "Uni", bebimos bastante vino; nos hemos encontrado con unas amigas de Carmen y hemos ido al Taboo donde hemos tomado varias copas, ni me acuerdo de cuantas, el alcohol me ha provocado unos efectos terribles y he llegado a vomitar varias veces, no quería llegar en esas condiciones a casa, me daba pánico que me encontraras así, por lo que Carmen me ha llevado en un taxi a su casa, donde, tras dos horas interminables, he podido ir recuperándome hasta poder contestar a tus WhatsApp
—¡Lo lamento tanto cariño! Sé que es imperdonable mi comportamiento. Esto no volverá a repetirse enfaticé, no sé si con mucha o poca convicción. Me veía ridícula escenificando una situación irreal, basada en patrañas, ¡en qué tipo de persona me había transformado, mi vida había cambiado en tan solo unas horas!
Pedro me cogió del brazo y me condujo hasta el sofá del salón donde me obligó a sentarme, él se colocó en un sillón anexo justo enfrente de mí. Su inquisitorial mirada, el dominio de la situación, pese a ser la víctima, lo hacía como nadie, su experiencia, su madurez y clase fueron siempre gran parte de su atractivo, lo que me llevó a enamorarme perdidamente de él. Me costaba sostenerle la mirada, pero hice un esfuerzo ímprobo para no desmoronarme. Me estaba jugando toda una vida en unos minutos. Además, me encontraba muy incómoda en el sofá sin ropa interior, atemorizada por si lo descubría. Con una separación no sólo me jugaba el amor y la compañía de mi marido, también un quebranto económico de consecuencias desconocidas. Nuestro status me permitía no trabajar y aunque teníamos algunos bienes en común, como el piso, mi futuro se volvía incierto.
Continuamos hablando y parecía serenarse la situación cuando, de repente, Pedro me levantó con furia, me atrajo hacia él con una mano utilizando la otra para "magrear" con deleite mi trasero. Percibió al instante que no llevaba bragas, por lo que me levantó con violencia el vestido y me espetó a la cara:
— Pensaba que eras puta pero no de este nivel. ¿Vas sin bragas a las 6 de la mañana por alguna razón o es que tenías calor y simplemente te las has quitado? ¿donde las tienes?
Se me acababan las excusas, mis ojos se pusieron vidriosos por el dolor que le estaba ocasionando, pero debía seguir con mi actuación:
— Pedro, mi estado era tan deplorable que se me descontroló el pis y tuve que tirar el tanga a un contenedor, no me preguntes cuándo ni dónde, pero debes creerme cariño. No te puedes imaginar lo mal que lo he pasado.
Tras unos segundos eternos, inesperadamente, se acercó para comerme la boca con desatada lascivia. También volvió a sobar mi culo, esta vez con ambas manos y con un descaro inhabitual en él, seguidamente me aventó con fuerza sobre el sofá. Se había transformado en un animal, me hacía daño en los brazos, en mis nalgas, también en el cuello; palpó mi ya sobado clítoris con brusquedad. Deseaba que su lengua no invadiese mi zona íntima donde podían quedar restos de la corrida de Alex, pero mis deseos no se cumplieron, separó mis piernas levantándolas y sujetándolas con sus manos, aproximó su boca hacia mi coño reaccionando enseguida:
— ¿Qué es esto? ¡Sabe raro! No es el sabor de tu coño. ¿Qué hay aquí? Dijo, sacando un hilo viscoso de flujo de su boca, posiblemente mezclado con restos de la corrida de Alex. ¿Trataba de ponerme una trampa para provocar mi confesión?; Como me la jugaba al todo o nada me vi obligada a restarle importancia atribuyéndolo a las pérdidas de orina que sufrí en mis andanzas nocturnas y afortunadamente, me dejó ir al baño donde pude lavarme a conciencia y deshacerme de aquellos restos que pudieran delatarme. Al salir, volví al sofá donde, sin preámbulos, comenzó a hacerme un cunnilingus perfecto, dibujando círculos por mi vulva e incidiendo en el clítoris, lo hacía con maestría, como siempre, a la vez a que yo iba reponiéndome del susto.
Mis sensaciones eran contradictorias, por un lado, estaba algo inhibida por todo lo sucedido esa noche, pero también volvía a mojarme poco a poco, derramando flujo por mis piernas. En mi cabeza se fundían las imágenes de Alex y Pedro e independientemente de mi mayor o menor excitación, me veía obligada a someterme a éste en previsión de peores consecuencias. En un momento dado, desde su posición, irguió su cabeza dirigiendo sus enrojecidos ojos a los míos. Estaba aterrada, no concebía esa actitud en la persona con la que he estado casi toda mi vida y a quien he amado con locura. Sin contemplaciones, se levantó y de la mano me arrastró al dormitorio donde, al igual que en el sofá, me arrojó violentamente hacia la cama iniciando un lamentable ultraje en forma de insultos: “Ramera, puta”,.. como si estuviese poseído por el demonio. Estaba conmovida, y desbordada, no sabía qué hacer.
Aun aturdida mi grado de excitación iba “in crescendo”, lo que era manifiesto por lo que me volteó y me puso a cuatro patas lamiendo desaforadamente mi coño. Mi posición era incómoda, pero activaba un nuevo deseo de que introdujese su polla en mi cueva cuanto antes, como así sucedió. Volvió a girarme, no hubo "intro" ni delicadeza en la penetración iniciando una follada convencional pero efectiva, sus embestidas fueron rítmicas y contundentes generando el peculiar ruido que sechocar ambas pelvis. Instantes después terminó corriéndose dentro desfalleciendo de forma simultánea encima de mí. No fue sólo un polvo rápido, era algo insólito en Pedro. Traté de deshacerme como pude de él, delicadamente me eché hacia un lado y me levanté para ir al baño mientras el permanecía inmóvil en la cama en posición fetal, triste, apenado.
Serio, con voz grave me comentó:
— Hoy salgo de viaje a Sevilla. Estaré fuera tres días creo que serán suficientes para valorar el futuro de nuestra relación. Debemos pensarlo y tomar una decisión que puede ser dolorosa para ambos. Te doy tiempo para que recapacites y me cuentes la verdad. No sé si podré perdonarte si me has engañado con otro, pero seguro que no lo haré si me sigues mintiendo.
— ¡¡Pedro!! yo ya tengo la decisión tomada eres el hombre de mi vida no puedo vivir sin ti, ni un solo día, lo de hoy ha sido un accidente y no ha sucedido nada, créeme. Traté de ser escueta porque cuanto más hablaba más insegura me sentía.
Tras esta conversación poscoital tratamos de conciliar el sueño, pero en mi caso fue imposible, tanto por la hora, más adecuada para levantarse y desayunar que para echarse a dormir. Pedro no tardó en levantarse, recoger sus cosas y marcharse, no me dio el cariñoso y habitual beso de las mañanas, aunque se trataba de un día especial, sin dormir y con una losa emocional aplastándome.
A la impresionante resaca que tenía se acumulaban desórdenes en mi cabeza que la agravaban. Opté por ir al gym, haría algo de cardio y luego trataría de ir al spa a relajarme, no tenía apetito por lo que haría una comida frugal y trataría de echar una pequeña siesta. No deseaba ver a Alex, pero ya se encargó él de encontrarme. Le dije que lo nuestro había terminado, que mi matrimonio se estaba tambaleando por un calentón y no estaba dispuesta a que esto ocurriese por lo que le exigí que me dejase en paz, que borrase mi teléfono de su agenda y tratase de buscarse otra mujer que lo consolase.
— Te veo afectada Marta, ¿no te lo pasaste bien? Creo que no estás siendo justa conmigo, ayer te veía muy feliz. Dejaré que te lo pienses. Te espero esta tarde a las 8 en el Calgary, está justo debajo de mi casa. Recuerda que te llevaste algo el otro día y me gustaría que te lo pusieses.
Mi reacción fue visceral, contundente:
—¡Vete a la mierda! ¡Cerdo! ¡Olvídate de mí para siempre!
Poco después se marchó esbozando una leve y cínica sonrisa diciendo, ¡En el Calgary a las 8!
A los 10’ recibí un WhatsApp suyo recordándome la cita además de agregar un fragmento de vídeo de la noche anterior donde se apreciaba con claridad mi figura arrodillada hacia él, sujetando su polla e implorándole que me follara. El muy hijo de puta me había grabado, acababa de secuestrar mi voluntad.
Continuará
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