Xtories

Doble vida. Final

Oliver no la mató; la condenó a vivir. Ahora, Melisa debe soportar la vista de su amante con otro hombre y la pérdida de todo lo que fue, mientras él le recuerda, noche tras noche, el precio de su traición.

Peter289.5K vistas9.3· 38 votos

Capítulo final

Melisa abrió los ojos con dificultad.

Lo primero que percibió fue un pitido constante, rítmico, ajeno. Después, una luz blanca demasiado intensa. Parpadeó varias veces hasta que las formas comenzaron a definirse: el techo impoluto, los rieles metálicos de una cama hospitalaria, una bolsa de suero colgando a su lado. Un olor limpio, clínico, que le raspó la garganta.

Intentó hablar, pero solo salió un hilo de aire.

—Tranquila… —dijo una voz femenina, suave, profesional—. No intente incorporarse. Aún está muy débil.

Melisa giró apenas la cabeza. Una enfermera ajustaba el gotero con movimientos precisos, casi mecánicos.

—¿Dónde…? —susurró.

—Hospital Memorial. Ha perdido mucha sangre. Le hemos administrado dos litros y un sedante suave. Ahora debe descansar.

La palabra sangre activó un recuerdo confuso, fragmentado: el suelo frío, el metal brillando, el nombre de Oliver escapándosele de los labios como una súplica.

—¿Quién… quién me trajo? —preguntó con esfuerzo.

La enfermera dudó un segundo.

—Creo que… su marido.

El corazón le dio un salto violento.

Las cámaras.

La casa.

El sistema de seguridad.

No había sido una casualidad.

Había sido Oliver.

Una oleada contradictoria le atravesó el pecho: alivio, vergüenza, una esperanza tímida que se abrió paso a pesar de todo.

No me dejó morir, pensó.

La noche pasó lenta. Demasiado. Nadie vino. Nadie preguntó por ella. Solo la enfermera que regresaba cada cierto tiempo, ajustaba la medicación y le sonreía con una amabilidad distante. En algún momento, el sedante la arrastró a un sueño pesado, sin sueños.

Cuando despertó de nuevo, el estómago le gruñó con fuerza.

—Eso es buena señal —dijo una voz masculina.

Un médico de mediana edad estaba apoyado contra la pared, revisando una tableta. Tenía el gesto relajado, casi cordial.

—Su cuerpo vuelve a reclamar lo básico. Le traeremos algo ligero. Pero despacio, ¿de acuerdo? Lleva dos días sin comer.

—¿Dos días…? —repitió ella, incrédula.

—Dos días aquí —confirmó—. Y le adelanto algo: físicamente se va a recuperar. Lo demás… ya no depende de nosotros.

Después de comer, la ansiedad volvió. No podía quedarse quieta. Miraba la puerta, el reloj, el reflejo de la ventana. Marcus no cruzó su mente. Tampoco Noah. Era como si esa parte de su vida se hubiera apagado de golpe, dejando solo una figura posible.

Oliver.

El cansancio la vencía cuando escuchó pasos en el pasillo. No eran apresurados. Eran firmes. Medidos. Los murmullos alrededor parecieron apagarse, como si el aire mismo se hubiera tensado.

La puerta se abrió.

Oliver entró.

Vestía un traje oscuro perfectamente entallado. Zapatos impecables. El porte erguido de alguien acostumbrado a que le obedezcan. No había rastro del hombre afable de antes, del esposo atento, del padre cariñoso. El que cruzaba ahora la habitación era otra cosa.

Poder puro.

Melisa sintió un escalofrío.

—Oliver… —intentó decir—. Yo…

No terminó la frase.

Él no la miró. Caminó hasta la ventana y observó la ciudad desde el tercer piso, como si ella no existiera.

—Gracias por salvarme —dijo ella al fin, con la voz quebrada—. Sé que no lo merezco.

Oliver habló sin girarse.

—No me agradezcas. No lo hice por amor. Morirte habría sido la salida fácil. Y no te voy a conceder ese alivio.

Las palabras le cayeron como una losa.

—¿Qué… qué quieres de mí? —preguntó.

Oliver se giró despacio. Sus ojos eran fríos, calculadores.

—Que vivas. Que pagues. Que experimentes lo que yo viví mientras tú llevabas siete años traicionándome.

—Mi vida ya no tiene sentido —sollozó ella—. No queda nada.

—No tiene sentido porque tu amante tiene otra —respondió él, implacable.

—¡No! —negó—. Ya no importa. Nada importa si tú no estás en ella.

Oliver la observó unos segundos, como evaluando una pieza defectuosa.

—Recupérate —dijo finalmente—. Cuando te den el alta, hablaremos.

—Pero…

—Adiós, Melisa.

Se fue sin mirarla de nuevo.

Tres días después, a las dos de la tarde, le dieron el alta. Salió del hospital con la ropa que llevaba puesta el día que todo terminó. No tenía bolso. Ni cartera. Ni teléfono.

Se sentó en un banco frente a la entrada. Esperó. Una hora. Dos.

Pensó en irse caminando.

Entonces un coche oscuro, de líneas elegantes, se detuvo frente a ella.

—Señora Melisa —dijo un hombre desde el asiento delantero—. Soy el chofer del señor Oliver.

Chofer.

El interior del coche era amplio, silencioso. Cuero oscuro, olor a limpio, a lujo contenido.

—¿Desde cuándo Oliver tiene chofer? —preguntó, incapaz de contener la curiosidad.

—Desde Navidad —respondió el hombre.

—¿8 meses…?

—El señor prefería mantener un perfil discreto ante usted.

Melisa no preguntó más.

El trayecto duró casi una hora. Salieron del centro, atravesaron zonas nuevas, en construcción. Dos edificios destacaban al fondo, uno terminado, otro aún cubierto de andamios.

—Es aquí.

Oliver la esperaba en la entrada.

—Sígueme —ordenó.

Subieron en silencio. El apartamento era un estudio, moderno, funcional. Muebles nuevos. La nevera llena. En el dormitorio, su ropa, perfectamente doblada.

—Aquí vivirás a partir de ahora —dijo Oliver—. Mañana empezarás a trabajar en un supermercado cercano. Media jornada. La mitad del sueldo irá directamente a mí como alquiler.

—¿Y si no quiero? —preguntó ella, casi sin voz.

Oliver se volvió. Su expresión se endureció.

—Te haré la vida tan miserable que me suplicarás morir. Y no te dejaré hacerlo.

Melisa bajó la mirada.

—Haré lo que me pidas.

Una sombra de sonrisa cruzó el rostro de Oliver.

—Así está mejor.

Le tendió un móvil.

—Toma.

—Gracias… —susurró ella.

—Abre la aplicación del banco.

Como un autómata, obedeció.

—Transfiere tus ahorros.

—Oliver…

Él levantó la mano.

—cuanto tienes.

— noventa y ocho mil.

—Transfiere noventa y siete.

Las lágrimas le nublaron la vista, pero lo hizo.

Oliver observó la pantalla y asintió.

—Bienvenida a tu nueva vida, Melisa.

La puerta se cerró tras él con un sonido seco.

Ella se quedó de pie en medio del apartamento, temblando. No estaba muerta.

Pero tampoco estaba viva.

Y comprendió, demasiado tarde, que aquella no era una segunda oportunidad.

Era una condena.

Melisa seguía viva.

No era una afirmación heroica ni luminosa, era un hecho desnudo. Respiraba. Caminaba. Dormía. Y, sobre todo, esperaba. Se mantenía en pie sostenida por una única ilusión: que, con el paso de los años, su hija pudiera perdonarla. No ahora. No pronto. Algún día. Esa idea, frágil como un hilo, era lo único que la empujaba cada mañana a levantarse.

Lo peor no era el trabajo ni el dinero.

Era el silencio.

Oliver se había llevado su móvil. No podía llamar a nadie. Ni a su madre, ni a su padre, ni a sus hermanos. No podía fingir normalidad ni pedir auxilio. Estaba aislada del mundo que había conocido, reducida a un espacio mínimo donde cada día se parecía demasiado al anterior.

Aquella mujer que viajaba en primera clase, que entraba en hoteles con gastos pagados y agendas llenas, había desaparecido. Ahora era una reponedora en un supermercado de pueblo, ganando apenas dos mil dólares al mes, cuando antes eso lo obtenía en menos de una semana sin pensarlo.

Los días eran mecánicos.

Trabajaba de martes a sábado, de ocho y media de la mañana a ocho y media de la noche. Reponía mercancía, limpiaba pasillos, ordenaba estanterías. Los domingos limpiaba el pequeño estudio, veía la televisión sin prestar atención y leía algún libro prestado que releía una y otra vez.

El supermercado era un microcosmos extraño. La dueña, una mujer de carácter fuerte y pocas sonrisas, se encargaba de la charcutería. Su marido atendía la caja. La hija, abiertamente lesbiana, trabajaba en frutas y verduras junto a su pareja. Nadie preguntaba demasiado. Nadie juzgaba. Y eso, de alguna forma, le daba un respiro.

Habían pasado veintitrés días sin noticias de Oliver cuando abrió la puerta del apartamento y lo vio allí, sentado en el sofá, como si nunca se hubiera ido.

—Hola —dijo ella, tímidamente.

Oliver no respondió. Le tendió el móvil.

—Llama a tu familia. Están preocupados. Piensan que te pasó algo.

El corazón de Melisa se aceleró.

—¿Qué… qué les digo?

—Que estás bien. Que necesitas estar lejos.

Llamó a su madre. La voz le tembló, pero se contuvo. Dijo que estaba bien, que necesitaba tiempo, que no se preocuparan. Al otro lado, el alivio fue inmediato. Nadie sospechó nada. Nadie imaginó la verdad.

Cuando colgó, Oliver tomó el móvil y se lo guardó sin decir palabra. Luego se marchó.

No preguntó cómo estaba. No habló del trabajo. No mostró interés alguno.

Eso dolió más que cualquier reproche.

Un sábado, después de cerrar, Melisa se quedó limpiando sola. El marido de la señora, la hija y la pareja de esta, se habían ido antes. Las luces blancas del local vacío amplificaban el silencio. De pronto, las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera evitarlo.

—Cuéntamelo —dijo la dueña desde la charcutería.

Melisa dudó, pero habló. De todo. Sin detalles innecesarios, pero sin mentiras.

—¿De verdad intentaste acabar con tu vida? —preguntó la mujer, seria.

—Sí.

El gesto de su jefa cambió. Se suavizó.

Al llegar al portal de su edificio le dijo —Mañana te espero aquí a las nueve.

—¿mañana trabajamos? —respondió Melisa, confundida.

—Mañana vamos a trabajar el alma —dijo la mujer antes de irse.

El domingo, a las nueve en punto, Melisa esperaba en el portal, nerviosa. La dueña llegó acompañada de su marido, ambos vestidos de forma formal.

Sube.

No preguntó. El coche avanzó hacia las afueras del pueblo. Cuando se detuvo frente a una iglesia evangélica, Melisa sintió un nudo en el estómago.

Dentro, el ambiente era intenso. Cantos, palmas, voces elevadas. La invitaron a hablar, a presentarse. Luego a cantar. A moverse. Al principio se sintió fuera de lugar, incómoda, casi ridícula. Pero poco a poco algo se aflojó dentro de ella. Aquella gente no la conocía. No la juzgaba. La acogían tal como estaba.

Al salir, una mujer mayor se le acercó. Le habló despacio.

—Búscate a ti —le dijo—. Y encontrarás a Dios. Solo así podrás estar en paz.

Le regaló una Biblia.

Melisa la aceptó. Desde entonces, cada día leía unas páginas. No por fe inmediata, sino por necesidad. Reflexionaba. Pedía perdón. Rogaba, sin saber muy bien a quién, por un milagro.

Dos meses después, Oliver volvió.

—Ponte esto —dijo, dejándole un vestido diminuto sobre la cama.

Melisa lo miró. Era demasiado corto, demasiado ajustado para alguien que ya no quería ser vista.

—Oliver… —murmuró—. Apenas puedo caminar sin que se me vea todo. Y esos tacones…

Él le entregó unos zapatos altos.

—Póntelos.

Ella obedeció. Al mirarse en el espejo, apenas se reconoció. No era sensualidad lo que veía, sino exposición. Vulnerabilidad.

—por favor, Oliver —dijo en voz baja—. Se me ve todo.

Oliver la observó con detenimiento.

—Exactamente.

Melisa bajó la mirada. Comprendió entonces que el castigo no había terminado. Que lo que venía no sería físico, sino algo más profundo: la anulación progresiva de quien había sido.

Pero también entendió algo más.

Seguía viva.

Y mientras respirara, aunque fuera en ese infierno silencioso, aún existía la posibilidad —mínima, lejana— de reconstruirse desde las ruinas.

No sabía cómo.

No sabía cuándo.

Pero, por primera vez desde hacía meses, no deseó desaparecer.

Sube al coche —dijo Oliver.

No levantó la voz. No hizo falta. Melisa obedeció como había aprendido a hacerlo en las últimas semanas, con el cuerpo por delante y la mente un paso atrás, como si así pudiera amortiguar lo que viniera.

El trayecto duró cerca de media hora. Abandonaron la ciudad y se internaron en una zona industrial casi desierta. Naves bajas, calles mal iluminadas, muros de hormigón marcados por el óxido y el abandono. El coche se detuvo en una calle sin salida, estrecha, escondida entre dos almacenes cerrados. No había tráfico. Apenas ruido. Solo el zumbido lejano de maquinaria y el viento colándose por los huecos.

Oliver apagó el motor.

—Aquí —dijo.

Melisa miró alrededor. Entendió antes de que él lo explicara. El estómago se le encogió.

—Te bajas —continuó— y esperas. Si alguien se te acerca, le pides una cantidad por acompañarlo unos minutos en el callejón. El dinero me lo entregarán a mí.

El silencio cayó pesado dentro del coche.

—No —respondió Melisa al fin, con la voz firme pero quebrada—. Eso no lo voy a hacer.

Oliver giró lentamente la cabeza hacia ella. Su expresión no era de rabia. Era de absoluta frialdad.

—Lo harás.

—No puedes obligarme a eso.

—Puedo —replicó—. Te saco del apartamento. Hoy mismo. Te quedas en la calle. Sin dinero. Sin teléfono. Sin nadie. Y entonces verás qué rápido se te acaban las opciones.

Melisa sintió que le faltaba el aire.

—Esto no es justicia —susurró—. Es crueldad.

—No —corrigió él—. Es consecuencia.

Ella negó con la cabeza, las lágrimas acumulándose sin llegar a caer.

—No soy eso.

Oliver la observó unos segundos, evaluándola como quien mide la resistencia de un material antes de romperlo.

—Hoy lo serás —dijo—. O aprenderás lo que significa no tener elección.

Abrió la puerta del coche del lado de ella.

El aire frío de la noche le golpeó el rostro. Melisa permaneció sentada, inmóvil, aferrada al asiento como si el coche fuera el último refugio posible.

—Baja —ordenó Oliver—. O no volverás a dormir bajo techo.

El corazón le latía con violencia. Pensó en su hija. En su madre. En la promesa que se había hecho de sobrevivir. Pensó en el hambre, en el frío, en la soledad absoluta.

Con movimientos lentos, casi mecánicos, bajó del coche.

La puerta se cerró tras ella con un sonido seco.

Oliver bajó la ventanilla.

—No te alejes de aquí —advirtió—. Volveré en una hora.

El coche arrancó y desapareció al final de la calle.

Melisa se quedó sola, de pie entre las sombras de las naves industriales. El vestido le pesaba como una acusación. Los tacones se hundían en el asfalto irregular. No había nadie aún. Solo el silencio y una vergüenza que no le pertenecía, pero que la envolvía como una segunda piel.

Se abrazó a sí misma, temblando.

No lloró.

No gritó.

Solo se quedó allí, respirando, sosteniéndose con lo único que aún era suyo: la decisión silenciosa de no dejar que aquello definiera quién era, aunque el mundo pareciera empeñado en demostrarle lo contrario. Fue cuando eligió seguir adelante Oliver no al quería, pero aún tenía una hija, lucharía para ganársela y ejerciendo de puta no era la forma.

Se abrazó a su cartera y caminó hasta la avenida para tomar un taxi a casa de sus padres. También pensó en pedir refugio en la iglesia o donde fuera, pero no se iba a degradar así

Caminaba de prisa, cuando apareció el auto de Oliver detrás

Melisa dijo Oliver con la ventanilla baja

Sube

Déjame en paz, sé que no en quieres, pero tampoco tiene que humillarme así. Entre sollozos interno ir más rápido pero uno de los tacones se dobló, haciéndola caer al suelo. Se levantó con las rodillas raspadas.

Oliver paro y el abrazo, vale, espera

Déjame, grito. Fui una estúpida que se dejó llevar, pero esto… Melisa cayó

Por qué Melisa. Joder dilo

Por la nostalgia

¡Nostalgia! ja ja, me tomas por estúpido. Por deseo, por puta. No me mientas

Ella se dejó caer en la acera derrotada

-Déjame morir por favor

Aquello lo rompió

Oliver la levantó, la condujo al auto y media hora después aparcó frente al apartamento

Tras subir la acostó, quedando, el de pie en la penumbra

Melisa lo miraba de reojo, asustada

Finalmente se sentó en el borde del colchón

Cuéntamelo todo.

Ella respiró profundo

Melisa trago saliva, entre sollozos.

Dime por qué me engallaste con el

Está bien Oliver, te lo diré

Cómo te dije empezó por nostalgia de mi primer amor

Marcus es el hermano menor de Thomas, mi primer novio y con el cual perdí mi virginidad

Ti le llevas 17 años a Marcus

Lo sé, eran 6 hermanos, Thomas era el mayor y Marcus es el menor

Era?

Si. Thomas murió conduciendo en una moto. Para entonces llevábamos 4 años de novios. Fue un tío de el quien se la regaló. Luego se puso a correr en ella, cada vez más. La noche que se mató estaba lloviendo, perdió el control y se salió de la carretera, muriendo en el acto.

Y que tiene que ver con Marcus

Hace 7 años la madre de Thomas me escribió por face, preguntando si tenía un trabajo para Marcus.

Pero tú siempre has vivido en Miami

Exacto, el tema es que los padres de Thomas se separaron y la madre se fue a vivir a Washington y como publiqué que dirigía las oficinas allí. La dichosa señora lo vio.

Así que me ofrecí a ayudarlo, pero el parecido con su hermano me fue acercando.

Poco a poco se me fue metiendo en la cabeza, sus gestos, sus frases y la nostalgia hablando de su hermano, me pudo.

Por qué un hijo?

En las cartas que le enviaba a Thomas le prometí tener un niño con su rasgos, una noche se lo conté a Marcus y me propuso tenerlo con él. Me prometió que el niño sería de él y nunca afectaría mi matrimonio. Me hablo de que sería un recuerdo en su memoria, etc.

Maldita seas Melisa, tantas veces que te pedí tener un niño y siempre te negaste.

Perdóname amor. Fui una idiota, quería reencarnar a Thomas en ese niño.

Cuando nació noah me empezó a chantajear. Quería más días para ellos, que le comprara una casa, que le pagara los gastos, que le diera un coche nuevo.

Me arrepentí muchas veces quise dejarlo muchas otras pero no lo hacía por el niño

Venga ya bastante que lo disfrutabas

Si, me lo pasaba bien, pero te juro que podía dejarlo.

-Entonces porque seguiste,

Noah era mi hijo y dejarlo no era una opción.

¿Y en tu minúsculo cerebro nunca pensaste que tendrías que escoger entre ellos o nosotros?

Muchas, por eso tomaba tantas pastillas y empecé a ir al psicólogo

No sabía que ibas al psicólogo

Te fuiste distanciando

Normal o no.

Oliver, nunca te descuide

Venga ya, hacíamos el amor, pero era mecánico, rutinario.

Tu tampoco colaborabas. La imaginación era la de un mosquito veces salía amaneciendo y legaba la de noche, cenabas y cuando subía estaba durmió

Eso no es excusa. Tenías opciones

Lo sé Oliver. No estoy escudándome solo intento decirte que me en esto ambos fallamos

Otro silencio

Y ahora que vas hacer conmigo

No lo sé. Creo que lo mejor será dejar de vernos para siempre

Melisa emitido un sonido profundo en quejido de dolor

Noooo por favor

Aún me debes algo

Que me vas hacer ahora

Ya verás— ella tembló

Una hora después sonó el portero

Al reto Oliver entró con una mujer morena alta de grandes senos venia desnuda

Siéntete en esta silla Melisa

Por favor no me hagas esto

Yo tuve que ver cómo te revolcabas con tu amante ahora me verás a mí

Hazle el amor pero déjame irme a la sala

No te quedarás allí y verás todo

Oliver y la morena se acostaron

Oliver ayudado por una patilla de Cialis mantuvo la polla erguida todo el rato. Se folló a la mujer por al culo, por el coño, y por último la sentó a la morena en las piernas de Melisa y se le folló hasta córrese en las tetas. Cada vez que ella intentaba cerrar los ojos recibía una reprimenda de Oliver, haciéndola abrirlos.

Por favor, no puedo más, me duele verte con otra.

Dijo ella. Mientras Oliver se daba un morreo desnudos para volver al ataque

Sobre las 3 am pararon

Gracias Dalia, nos vemos en la oficina el lunes.

jefe, si quiere me quedo toda la noche

Hoy no guapa, otro día nos organizamos mejor.

Como quiera. Desnudo se dio un morreo de campeonato con la pasante y luego se fue

Cuando Oliver regresó al cuarto Melisa quitaba las sábanas con furia.

Maldita zorra— gritó — Vete con ella — déjame sola

Oliver endosó una Sonriza

¿Lo estás disfrutando?

Si. Me encanta, quiero que sientas lo que yo sentí

Melisa se dejó caer el colchón desnudo

Oliver se acostó a su lado

Melisa sintió como la abraza y su cuerpo tembló.

Oliver— dijo en un susurro— humillame, maltratame, pero por lo que sé quieras, no me des falsas esperanzas. No podré sobrevivir si luego me dejas.

Oliver le rompió las bragas y le introdujo el pené.

Meli no se negó, en parte por miedo, otra por la esperanza y una muy fuerte por que lo deseaba.

Esa noche la folló por horas, en todas las posiciones, le dio por el culo, le folló la boca, las nalgueo y la reventó a pollasos.

Meli se corrio varias veces, lo amo como nunca, era deseo, era la necesidad de besarlo, de sentirlo. Llegó a lo más intenso que jamás había vivido. Fue como con Marcus, igual de bueno, pero con Oliver ademas de sexo había amor, había pasión, había ternura hasta en los actos más extremos y para ella era el hombre perfecto. Agitada y confundida se durmió en su pecho, más feliz de lo que jamás había sido en su existencia.

El lunes al medio día el sol la despertó, al mirar a su lado estaba sola, era como si de un sueño se tratase

Se convenció que él volvería la salir del trabajo, que dormirían juntos de nuevo. Sin embargo, las semanas pasaron y Oliver no volvió.

Agobiada compró un móvil, lo llamó varias veces, nunca respondió. Un domingo tomó un taxi a su antigua casa, quería verlo, quería saber qué era ella para el.

Tocó una, dos, tres veces, hasta que finalmente una chica jovencita, vestida con solo una camisa de hombre, abrió

Cuando preguntó por Oliver la nena le dijo que aún estaba descansando. Y enfatizó descansando de nuestra noche.

Melisa se regresó en autobús, su economía no daba para más

Esa misma tarde habló con la señora de Super. Renunció.

Tras darle el finiquito, hizo la maleta y con lo poco que tenía ahorrado, se fue.

Era hora de buscar el camino. Uno que la llevara a estar en paz

Empezaba anochecer cuando Melisa hacía en la fila para abordar el autobús rumbo a california. En su cartera apenas habían 2000 dólares. A su lado una maleta mediana era file testigo de su ruina

Saco de su cartera una foto antigua de su familia. Era del cumpleaños número 11 de su hija — Nos veíamos tan felices. Dijo

Melisa le dejó la maleta al ayudante del conductor para que la metiera en el depósito. Avanzó lentamente. Justo cuando alzo el pie para subir una voz la detuvo

No te he perdonado, pero si te quedas podría intentarlo.

Melisa se voltio. Era su hija acompañada de Oliver.

No preguntó, la abrazó con todas sus fuerzas como si tuviera miedo que se la arrebataran

Perdóname cielo, fui una estúpida.

No te perdono, pero te tolero.

Epílogo

Melisa regresó a la ciudad

Buscó trabajo en su área y aunque le costó, finalmente la llamaron de una empresa de congelados

Allí gestionaba la administración, controlaba los inventarios, hacía las nóminas. El sueldo algo mejor que el de súper, aún estaba lejos de lo que en antaño ganaba.

Poco a poco su hija le fue hablando y su aunque no era amiga, por lo mensos le habla.

Con Oliver la cosa no va mejor, se veía de vez en cuando, por lo general en el modesto apartamento que ella rentaba. Por su parte Oliver jamás la invitó a la que fue su casa. Si la noche los sorprendía lejos, terminaban en un hotel.

Así llegó la noche en que Melisa cumplió 45, esta vez estaba sola. No los culpó, el recuerdo de sus cagadas tardaría mucho en borrase. Dos días después Oliver le ytafieroo el dinero de vuelta más 2000 de los intereses. Esa noche tras estar juntos Melisa volvió a ver la mirada de amor en sus ojos. Conmovida lo besó, prometiéndole que mientras siguiera viéndola sería solo suya en cuerpo y alma. Pero la vida tiene extraños caminos, exactamente tres meses después Melisa se despareció

Oliver la busco por todas partes, cansado contrato al investigador para que la encontrara. Apareció en california.

7 semanas habían pasado cuando a lo lejos la vio agacharse.

Melisa recogió unas llaves del suelo y al incorporase se acarició la barriga

Estabas ligeramente abultada

Oliver quedó en blanco

Corrió a su encuentro

Melisa

Oliver que hace aquí

-por qué desapareciste

-Vete

-¿Estás embarazada?

-No te preocupes, lo criaré sola

¿Es mío?

Indignada le dio una bofetada, pero sin fuera.

Oliver no se molestó, al contrario, la tomó de las piernas, alzándola al peso

!Oliver! bájame, ten cuidado, estoy embarazada—- decía Melisa.

La regresar vendió la casa, no podía volver con ella, sabiendo sus vecinos que lo hizo cornudo

Se compraron un penthouse en el centro de Miami, al mes se fueron a vivir juntos. Melisa se mantenía en reposo debido al embarazo en su edad. Era muy feliz. Sin embargo, en medio de esa felicidad, Oliver puso una condición. El mantendría su doble vida por 7 años más, tal como lo hizo ella. Durante ese tiempo se acostaría con chicas jóvenes en un apartamento que alquila, al norte de la ciudad.

Melisa lo aceptó sin dudarlo. Cuando has cometido tantos pecados no puedes exigir pureza.

Fin