Xtories

Encuentro con su ex

Ana creyó haber cerrado el capítulo con Jorge. Pero un simple encuentro en la calle y un par de esposas sobre la mesa son suficientes para demostrarle que su libertad era una ilusión. Esta vez, no hay escapatoria.

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Ana era una estudiante de diecinueve años cuando conoció a Jorge y el flechazo fue instantáneo. Era todo lo que había soñado que debía tener un chico: guapo, alegre, divertido..., de hecho, pensaba que había tenido mucha suerte porque Jorge se hubiese enamorado también de ella entre todas las chicas que lo rondaban.

Sin embargo, su noviazgo reveló algo de ambos que Ana desconocía: que Jorge era una persona bastante egoísta y manipuladora y que ella tenía un carácter muy débil que Jorge supo aprovechar para manejarla a su antojo y convertirla en una novia sumisa que era incapaz de oponerse a cuánto él le pidiese.

Jorge comenzó controlando su manera de vestir, prohibiéndole salir a la calle con ropas demasiado provocativas; nada de mini faldas, escotes, tacones o camisetas ajustadas, tampoco podía maquillarse ni pintarse los labios. Ana cedió curiosamente sin protestar.

También fue controlando a sus amistades y en tres meses juntos Ana había dejado de relacionarse sobre todo con amigos; a las amigas seguía viéndolas, pero ya no salían a divertirse juntas, eso quedaba reservado a Jorge y ella exclusivamente.

En su vida privada, Jorge también fue moldeando a Ana según sus deseos. Cuando estaban a solas, le pedía que entonces sí que se vistiera de manera sexi, cuanto más sexi mejor, con lencería provocativa y maquillaje, medias, tacones, ligueros...

Y en el tema del sexo, Jorge reveló unos gustos peculiares y de nuevo Ana hacía todo lo posible por complacerlo. A Jorge le gustaba azotarla, atarla y cualquier práctica que supusiera una sumisión de ella. No hacían nunca el amor de una manera más o menos convencional, siempre se inventaba juegos o prácticas donde ella era la víctima. Ana disfrutaba de todo ello, es cierto, pero hubiera sido lo mismo si no le hubiera gustado, el único que decidía era él.

Estuvieron así cerca de dos años hasta que un día Jorge la dejó. Había conocido a otra mujer y no se pensó dos veces. A pesar de los ruegos de Ana, la relación se terminó.

Ana necesitó un año para superar la separación. Se había habituado tanto a sus órdenes que las primeras semanas estaba perdida. Afortunadamente, sus mejores amigas no la dejaron de lado y con su apoyo, fue recuperando una vida como la que tenía antes de Jorge. Sin embargo, la influencia de ese hombre, la manera tan fuerte cómo la había moldeado hacían que Ana siguiera echándolo de menos y, a pesar de que sus amigas le mostraban lo perjudicial de su relación con él, ella estaba tan enamorada de él que aceptaba todo con tal de hacerlo feliz y no acabada de comprender lo peligroso de su sumisión.

Pasaron los años y Ana empezó a trabajar en un estudio de arquitectura y también conoció a Carlos, con el que empezó una relación que ya estaba cerca de cumplir un año. Su vida parecía tranquila y segura y Jorge alguien del pasado que había logrado dejar atrás.

Pero un día, yendo al trabajo, se tropezó con él. Hacía más de cinco años que no se veían y Ana sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho.

¡Ana!, caramba, cuánto tiempo.

Mucho sí.

Estás preciosa, mírate. Caramba. ¿Trabajas por aquí?

Sí, ahí cerca.

Vaya, qué casualidad, yo también trabajo a la vuelta de la esquina. Fantástico. Tenemos que quedar y ponernos al día.

Claro – dijo Ana sin mucho entusiasmo y todavía muy nerviosa por la tremenda sorpresa.

Hum, esta tarde, a las seis. En aquella cafetería. Ciao.

Y se fue sin dejarle tiempo de confirmar o no la cita.

Durante todo el día, Ana no se sacó a Jorge de la cabeza. Por un lado, ahora tenía una vida tranquila y era feliz con Carlos, pero notaba que ese hombre aún le gustaba. Al verlo, sintió algo y no era simplemente sorpresa. No sabía qué hacer. Lo mejor sería no acudir a la cita, pero iba a encontrárselo a menudo si trabajaba cerca y no podría esconderse ni evitarlo siempre. Iría al café. Charlarían y ahí terminaría todo. Ya no era tan ingenua como antes. Había madurado. Tenía su trabajo y a Carlos.

A las seis, fue al encuentro de su ex pero, antes, se arregló en su oficina: soltó el pelo que llevaba recogido, se pintó los labios y se desabrochó un botón más de la blusa. Al mirarse en el espejo se veía guapa, muy guapa.

Sin embargo, camino de la cafetería, se dio cuenta de lo que estaba haciendo, estaba poniéndose guapa para Jorge. Al fin entró en razón y se abrochó la blusa y borró el carmín con un pañuelo. El pelo no podía arreglarlo ya, pero al menos ya no estaría tan guapa.

Jorge la esperaba.

Vaya, te sienta muy bien el pelo así. ¿Lo has hecho por mí?

Qué cabrón - pensó - se ha dado cuenta.

Ella lo negó, claro, pero sabía que no lo había engañado, Jorge la conocía demasiado bien.

¿Y qué es de tu vida?

Ana le contó por encima, sin entrar en muchos detalles, sobre su trabajo y su relación con Carlos.

Me alegro, veo que las cosas te han ido bien. Me quitas un peso de encima. Cuando te dejé, y te pido perdón porque no me porté bien, tenía miedo por ti, por tu futuro. Hice mal al dejarte. Lo siento.

Y Jorge cogió la mano de Ana y la estrechó entre la suya. Ana volvió a sentir lo mismo que esa mañana, tenía miedo de haberse puesto colorada y que Jorge se diera cuenta de su turbación. Y, en efecto, Jorge percibió enseguida el nerviosismo de Ana. Supo en ese instante que iba a recuperarla. Pero no pretendía reanudar la relación como la había dejado, su idea era más perversa. Jorge tenía mujer y un hijo pequeño, pero le faltaba algo en su vida y ese algo era Ana, una persona a la que dominar, alguien que le hiciera sentirse fuerte. Había pensado a menudo en Ana durante estos años y, al encontrarla esa mañana, había decidido volver a someterla. Y se dio cuenta de que iba por buen camino.

Vamos a tomar una copa.

No, no puedo.

Claro que sí. Después de tantos años... tenemos aún mucho de qué hablar, ¿verdad, Ana?

Jorge seguía apretando la mano de Ana y notaba su nerviosismo. Tenía que aprovechar la ocasión antes de que ella pudiera recomponerse.

Se levantó de la mesa y se llevó a Ana de la mano sin darle oportunidad de seguir protestando.

¿A dónde vamos? - preguntó Ana torpemente.

Le estaba diciendo a su ex que había aceptado ir con él. Estaba enseñando sus debilidades y alguien como Jorge no dejaba pasar detalles así.

Ana aún pensaba que tenía todo bajo control, a pesar de haber acudido a la cafetería y dejarse llevar ahora a un bar de copas. Seguía confiando en que era más madura y más segura de sí misma y estaba resuelta a no volver a tener una cita con Jorge después de ese día.

Entraron en un local muy oscuro, se parecía más a uno de esos sitios a los que acude la gente para darse el lote a gusto que a tomar algo tranquilamente. Ana estaba incómoda. Se sentaron en una mesa en un rincón, apartada y oscura.

¿Qué te apetece tomar?

Nada, gracias.

Te traeré lo mismo que yo.

Ana intentó recogerse el pelo y fue así como la encontró Jorge al regresar con las bebidas.

Dime una cosa Ana, pero sé sincera: ¿te soltaste el pelo para mí?

El silencio incómodo de Ana era una confesión.

¿Y algo más?, ¿hiciste algo más?

De nuevo, no hacía falta que Ana respondiera.

Bien, ahora me gustaría que hicieras otra cosa por mí. Dame un beso, cariño.

No, no.

¿Por qué no?, solo un beso, por los buenos tiempos.

No, por favor, no insistas.

Ana, di mí nombre. Dime “No, Jorge”

Ana había evitado pronunciar su nombre durante todo el tiempo y Jorge lo había notado. Era una señal más de su debilidad y quería explotarla al máximo. Había olido sangre y nada parecía poder detenerlo.

Vamos, dilo.

Ana ya no aguantó más la presión y salió corriendo del local. Jorge dejó que se marchara. No había prisa. En esa sola tarde había descubierto que Ana seguía siendo la misma de antes y, lo más importante, seguía enamorada de él.

Ana había estado al borde del abismo. Ahora, con la cabeza fría, se daba cuenta de que seguía unida a Jorge por algún extraño vínculo. Pero no quería volver al pasado. Estaba contenta con su vida actual. Debía evitar a su ex. No ceder a otra invitación, limitarse a saludarlo si se lo cruzaba por la calle. Nada más. Ana tomó esa determinación y estaba convencida de que lo haría.

Jorge se tomó su tiempo. Por un lado, sabía que pronto sería suya de nuevo y además sabía que el tiempo jugaba a su favor; cuando Ana viera que él no volvía a aparecer, iría poco a poco haciéndose preguntas, impacientándose, pensado si había interpretado bien o no lo ocurrido en la cita. Cuando volviera a verla, sería más fácil de manipular.

Después de más de un mes sin tener noticias de Jorge, Ana empezaba a tranquilizarse. Volvía a ser la de siempre y creía que Jorge al fin había desistido de intentar seducirla o lo que hubiera pretendido.

Por eso, cuando se lo encontró esperándola al salir del trabajo, Ana estaba más tranquila que la última vez. Pensaba que había recuperado el control de su vida y ahora Jorge ya no le daba miedo.

Te he traído algo.

¿El qué?

No, no puedo dártelo en la calle.

¿Por qué no?

Uf, sería un poco escandaloso.

Ana sentía curiosidad y cuando Jorge la cogió de la mano, no intentó liberarse y lo siguió dócil. Sin embargo, le avisó:

Nada de besos ni tonterías, ¿vale? Si no, me vuelvo a ir.

Sigues sin decir mi nombre.

Idiota.

Ana se daba cuenta que otra vez Jorge estaba consiguiendo ponerla nerviosa. Su sangre fría se evaporaba y notaba cómo la estaba acorralando y no era capaz de evitarlo.

Entremos aquí.

Era un local parecido al anterior, también con poca luz y a esas horas no había nadie salvo el camarero.

Jorge la llevó a la última mesa, la más alejada de la entrada y de la barra.

Bien, ábrelo - y le dio un paquete pequeño.

El nerviosismo de Ana iba en aumento, pero la curiosidad era demasiado grande y quería ver lo que le había traído su ex.

Nada más abrir el envoltorio, Ana reconoció las esposas con las que Jorge la esposaba a la cama para follarla. Sintió que toda ella se agitaba, una ola de calor se apoderó de Ana y notaba su rostro ardiendo. Aquellas esposas le trajeron de golpe muchos momentos placenteros. Recordó lo maravilloso que era el sexo con Jorge, cómo sabía excitarla como nadie y se dio cuenta de que nunca había vuelto a disfrutar del sexo desde entonces de la misma manera.

Jorge era consciente de todo lo que pasaba por su cabeza. Se acercó a ella y puso su mano en su rodilla, notando como temblaba nerviosa al contacto con su mano. Fue subiéndola por el muslo muy lentamente, dejando que Ana disfrutara de cada segundo. Sabía que no podría escapar, ya no.

Para, por favor. No sigas. Tengo novio.

Y no tiene por qué enterarse. Ana, no quiero cambiar tu vida, solo quiero follarte otra vez.

La calentura de Ana creció de repente con esas palabras. Estaba perdida, lo sabía. El placer de sentir a Jorge acariciándola, el recuerdo que habían despertado esas esposas, el local sucio y oscuro... estaba más caliente de lo que se había sentido en cinco años y su cuerpo no iba a obedecerla.

No, no es posible. Ya no.

Dilo, Ana. Vamos.

No, no quiero.

Jorge se acercó a ella hasta que sus caras casi se rozaban. Su mano estaba ya en la cara interna del muslo, muy cerca de las bragas. Sin poder evitarlo, Ana abrió sus piernas para facilitarle el trabajo a su ex. Mientras subía la mano y alcanzaba al fin las bragas, él insistió:

Di mi nombre, zorra.

Y Ana ya no pudo más.

¡Jorge!

Y comenzó a besarla mientras su mano había entrado ya en su vagina y comenzaba a acariciarle el clítoris. Se le escapó un gemido que llamó la atención del camarero, que intentaba acostumbrar sus ojos a la oscuridad del rincón para no perderse nada.

Ana estaba cachondísima, su cuerpo se agitaba tremendamente receptivo a las caricias de Jorge, como si hubiera sido una planta que hubiera estado privada de agua y de luz durante demasiado tiempo. Nunca imaginó que deseara tanto el sexo con su ex.

Ábrete la blusa, puta.

Y Ana obedecía al instante, deseando que ese hombre tomara de nuevo posesión de su cuerpo.

Los besos de Jorge en sus tetas y las caricias de sus dedos dentro de ella la hicieron estallar en un orgasmo maravilloso que hacía años que no había tenido. Respiraba con dificultad y notaba su vagina encharcada. Se sentía sucia y eso le encantaba.

Bien, vayamos a un hotel.

La cara del camarero cuando salíamos era un poema. Ana estaba segura de que estaba empalmado, muy empalmado.

El hotel, Jorge le pidió que le prestara las esposas. Ana se estremeció de gusto. Atada a la cabecera de la cama, Jorge se dedicó a torturarla, amagando con lamerla entera, con morderle los pezones, con azotarla... pero no terminaba de hacerlo. Quería que ella le suplicara, tenía que vencerla, volver a saber que sería suya sin ninguna reserva. Jorge no pretendía que dejara a su novio ni él iba a dejar a su mujer. Quería convertirla en su amante, en su puta, hacer con ella lo que por respeto no hacía con su esposa. Y hasta que estuviera seguro de lograrlo, estaba dispuesto a llevar el juego hasta donde fuera necesario.

Pero Ana ya se había rendido hacía tiempo, no solo era algo de esa tarde. De hecho, nunca se había liberado del poder de Jorge, ni después de cinco años ni después de conocer a su novio. Jorge la había marcado a fuego, era suya de por vida y Ana lo descubrió ya en la primera cita, aunque echara muchas capas de disculpas y mentiras encima para no reconocer la verdad.

Jorge, por favor, fóllame ya, dame lo que necesito.

Esta es mi chica.

Y entonces empezó a azotarla con fuerza. Ana gemía dolorida, pero sobre todo estaba disfrutando de nuevo del placer de ser golpeada. Luego vinieron los mordiscos, los tirones de pelo, las bofetadas... Ana se corrió simplemente con todo ello, no hizo falta más.

Entonces Jorge empezó a follarla por la boca, con empujones secos que entraban hasta el fondo. Ana apretaba los labios buscando excitarlo más, deseaba que se corriera en su boca, echaba de menos el sabor de su hombre, su cara de satisfacción cuando ella se bebía hasta la última gota de su semen.

Cuando se separaron, Ana se llevó las esposas con ella. De camino a casa empezó a sentirse mal por haber engañado a su novio. Era algo que no se merecía. En cambio, el haberse rendido otra vez a Jorge no era lo que peor llevaba. En realidad, sabía que no había podido hacer mucho más. Podía sonar extraño, pero la verdad era que ella le pertenecía. No le importaba ser su amante, o su puta, solo sabía que lo necesitaba, que quería estar junto a él.