Xtories

Mecánico!! Timaste a mi marido!

Laura no fue al taller a buscar justicia, sino venganza carnal. El mecánico le prometió dinero, pero ella solo quería sentir su verga. Ahora, el marido ingenuo no solo paga las facturas, sino que mira cómo su esposa lleva el hijo de su amante.

Dolores3817K vistas7.2· 12 votos

Era una tarde calurosa en la ciudad, y Laura, la mamá de la familia, estaba furiosa. Su marido, Roberto, había sido estafado por un mecánico deshonesto llamado Carlos, que le había cobrado una fortuna por reparar el auto viejo y al final lo dejó peor que antes. Roberto, un tipo ingenuo y trabajador, se había tragado el cuento del mecánico y ahora el coche estaba en el taller otra vez, acumulando deudas. Laura, una mujer de 38 años con curvas generosas, tetas grandes que siempre atraían miradas y un culo redondo que hacía girar cabezas, decidió tomar el asunto en sus manos. "Ese hijo de puta no se va a salir con la suya", murmuró mientras se ponía un vestido ajustado que marcaba su figura, sin sostén debajo para que sus pezones se notaran un poco, y salía rumbo al taller.

Al llegar, el taller estaba casi vacío. Carlos, un hombre fornido de unos 40 años, con músculos marcados por el trabajo manual, barba desaliñada y una sonrisa cínica, la recibió con una mirada lasciva. "Hola, señora. ¿Viene por el auto de su marido? Ya le dije que necesita más piezas caras". Laura lo miró fijo, cruzando los brazos bajo sus tetas para realzarlas. "No, vengo por la estafa que le hiciste a mi esposo, pedazo de mierda. Me vas a devolver el dinero o te denuncio a la policía". Carlos se rio, limpiándose las manos en un trapo sucio. "Mire, linda, su maridito firmó el presupuesto. No hay estafa". Pero sus ojos bajaron a las tetas de Laura, y ella notó cómo se le endurecía la pija en los pantalones grasientos.

Laura, que no era tonta, decidió jugar su carta. "Bueno, si no hay plata, quizás podamos arreglarlo de otra forma. Mi marido es un idiota, pero yo sé lo que valgo". Se acercó, rozando su cuerpo contra el de él, y le puso una mano en el pecho. Carlos tragó saliva, su verga ya tiesa como una barra de hierro. "Qué propone, señora?". Laura sonrió maliciosa. "Te voy a chupar la pija hasta que me des lo que quiero, y si no, te arruino la vida". Sin esperar respuesta, se arrodilló en el piso sucio del taller, le bajó el cierre del pantalón y sacó esa verga gruesa, venosa, que olía a sudor y aceite. "Mirá qué pedazo tenés, hijo de puta. Esto va a ser divertido".

Abrió la boca y se metió la verga entera, chupando con fuerza, la lengua girando alrededor de la cabeza hinchada. Carlos gimió, agarrándole el pelo. "Puta madre, qué bien la chupás". Laura lo miró desde abajo, con los ojos llenos de lujuria y venganza. Succcionaba con ruido, saliva cayendo por su barbilla, mientras sus manos le masajeaban las bolas peludas. "Dale, cogeme la boca como si fuera mi concha", dijo ella entre chupadas, y Carlos empezó a bombear, metiéndosela hasta la garganta. Laura se atragantaba pero no paraba, sus tetas rebotando con cada embestida.

Después de unos minutos, Carlos la levantó, la puso contra la pared del taller y le levantó el vestido. "No tenés bragas, zorra. Venías preparada". Laura rio. "Para estafadores como vos, sí". Él le metió dos dedos en la concha húmeda, moviéndolos rápido, sintiendo cómo se mojaba más. "Estás chorreando, puta. Te gusta la verga de un mecánico sucio?". Laura jadeó. "Cállate y cógeme ya, o te corto las bolas". Carlos sacó los dedos, se posicionó y le clavó la verga de un solo empujón, llenándola por completo. Laura gritó de placer, sus uñas clavándose en la espalda de él. "Sí, así, dame fuerte con esa pija gorda".

Empezaron a coger como animales, el taller resonando con los golpes de carne contra carne. Carlos la embestía salvaje, sus manos apretando las tetas de Laura, pellizcando los pezones duros. "Te voy a llenar la concha de leche, perra". Ella lo empujaba contra sí, montándolo al revés ahora, su culo rebotando contra su pelvis. "No tan rápido, hijo de puta. Primero dame el dinero". Pero el placer los dominaba. Laura se corrió primero, su concha contrayéndose alrededor de la verga, chorros de jugo salpicando el piso. "Me vengo, carajo, me vengo en tu pija!".

Carlos no aguantó más y explotó dentro de ella, chorros calientes de semen llenando su interior. Se quedaron jadeando, sudorosos. Laura se apartó, el semen goteando por sus piernas. "Ahora, dame la plata que le robaste a mi marido, o le cuento a todo el barrio cómo te cogí y te dejé seco". Carlos, exhausto, sacó un fajo de billetes de un cajón. "Tomá, puta. Pero valió la pena". Laura sonrió, guardó el dinero y se fue, sintiendo la verga de él aún palpitando en su memoria.

Pero la historia no terminó ahí. Días después, Laura no podía olvidar esa cogida salvaje. Su marido era un flojo en la cama, con una pija chica que apenas la satisfacía. Carlos, en cambio, era un bestia. Así que volvió al taller, fingiendo otro problema con el auto. "Necesito que me revises algo", dijo con una sonrisa. Carlos la miró, sabiendo lo que venía. "Subite al capó, zorra". La puso boca arriba sobre el auto, le abrió las piernas y le lamió la concha con fruición, la lengua metiéndose en cada pliegue, chupando el clítoris hinchado. Laura gemía alto. "Sí, comeme la concha, lame todo ese jugo".

Después, él se subió y la penetró de una, cogiéndola con embestidas profundas, el auto meciéndose con cada golpe. "Te encanta mi verga, ¿no? Mejor que la de tu maridito". Laura asentía, sus tetas saltando. "Cógeme más fuerte, rompe mi concha con esa pija enorme". Cambiaron posiciones: ella de perrito, él agarrándole el culo, metiéndosela hasta el fondo. "Te voy a dar por el orto también, puta". Laura dudó un segundo, pero el deseo ganó. "Dale, metémela por el culo, pero despacio al principio".

Carlos escupió en su ano y empujó despacio, la verga estirando ese agujero apretado. Laura gritó de dolor y placer. "Duele, carajo, pero no pares". Pronto estaba cogiéndola por el culo con ritmo, sus bolas golpeando la concha mojada. Laura se masturbaba el clítoris mientras, corriéndose otra vez. "Me vengo por el culo, hijo de puta!". Carlos eyaculó dentro, llenándola de semen caliente.

Desde entonces, se volvieron amantes secretos. Cada semana, Laura inventaba una excusa para ir al taller. Una vez, lo hicieron en el asiento trasero del auto de Roberto, riendo de la ironía. Carlos la cogía de pie, contra la puerta, mientras ella le chupaba las bolas. "Sos una puta adicta a mi verga", le decía él. Ella respondía: "Y vos un estafador que me hace venir como nadie".

Una noche, Roberto salió de viaje por trabajo. Laura invitó a Carlos a casa. "Vení, vamos a cogernos en la cama de mi marido". Carlos llegó con una botella de vino barato y herramientas sucias. La desnudó en la sala, lamiéndole las tetas, mordisqueando los pezones. "Estas tetas son mías ahora". Bajó a la concha, comiéndosela hasta que ella squirteó en su cara. "Mirá cómo me mojás, zorra".

La llevó al dormitorio, la puso en cuatro y la cogió por la concha, luego por el culo, alternando. Laura gritaba: "Rompeme los dos agujeros, dame con esa verga dura". Él la azotaba el culo, dejando marcas rojas. "Te voy a marcar como mi puta". Se corrieron juntos, el semen salpicando las sábanas.

Pero el deseo escalaba. Carlos trajo juguetes: un vibrador que metió en su concha mientras la cogía por el culo. Laura se volvía loca. "Sí, vibrame la concha mientras me das por el orto". Otra vez, la ató a la cama con correas del taller, y la torturó con lamidas eternas antes de penetrarla. "Suplicame que te coja, perra". Ella suplicaba: "Por favor, meteme tu pija, necesito que me llenes".

Laura le contaba a Carlos cómo Roberto la aburría, y él se excitaba más. "Voy a cogerte hasta que olvides a ese cornudo". Una vez, lo hicieron en la cocina: ella sentada en la mesada, piernas abiertas, él embistiéndola mientras cocinaba. El olor a comida mezclándose con el de sexo.

Meses después, Roberto descubrió facturas sospechosas del taller, pero Laura lo distrajo con mentiras. En secreto, planeaba dejarlo por Carlos, pero mientras, seguían cogiendo como posesos. En el taller, en casa, en moteles baratos. Siempre explícito, sucio, con palabras que los encendían: "Chupame la verga", "Cómete mi concha", "Llename de leche".

Una tarde, en el taller cerrado, Carlos la puso sobre una mesa de herramientas. Le metió un destornillador enfundado en condón en la concha, vibrándolo manualmente. Laura reía y gemía. "Sos un pervertido, pero me encanta". Luego, la verga real entró, cogiéndola hasta el agotamiento.

Su relación era puro sexo: mamadas en el auto, cogidas en público arriesgadas, semen en la cara, en las tetas, en la concha. Laura se volvió experta en tragarse su leche, lamiendo cada gota. "Dame toda tu lechita, amor".

Pero el título original cobraba vida: la mamá y el mecánico que estafó al papá. La estafa inicial fue el catalizador, pero ahora era una historia de lujuria interminable. Roberto seguía ignorante, trabajando para pagar deudas, mientras Laura se entregaba a orgasmos múltiples con Carlos.

En una orgía de pasión, una noche entera: empezaron con 69, ella chupando su verga mientras él le comía la concha. Luego, cogida misionera, con piernas en alto. Después, ella cabalgándolo, rebotando en su pija. Por el culo de nuevo, gritando. Terminaron con una paja mutua, corriéndose en las manos del otro.

Laura susurraba: "Te amo por cómo me cogés, hijo de puta". Carlos respondía: "Y yo por tu concha apretada". Su aventura continuaba, explícita, soez, sin fin.

Otra vez en el taller: Laura llegó vestida de puta, con lencería roja debajo. Carlos la desvistió rápido, lamiéndole el ano antes de metérsela. "Te voy a cogerte el culo hasta que pidas piedad". Ella gemía: "Dale, rompelo". Embistidas fuertes, sudor volando. Se corrió dentro, luego le hizo chupar la verga sucia. "Limpiala, zorra".

En casa: Roberto durmiendo al lado, pero no, esperaron a que saliera. En la ducha: agua cayendo, cogiendo de pie, resbalosos. "Tu pija se siente más grande con el agua". Él la levantó, penetrándola contra la pared.

En un parque de noche: riesgo alto, mamada detrás de un árbol, luego cogida rápida. Semen en su boca.

Vacaciones falsas: motel, toda la noche. Posiciones del Kamasutra adaptadas: loto, cucharita con anal. Vibradores, dedos en todos lados.

Laura experimentó squirt múltiple: Carlos frotando su punto G mientras la cogía. "Mirá cómo squirteo, carajo!".

Pero.. tiempo despues….

Laura se miró en el espejo del baño de su casa, con las manos temblando un poco mientras sostenía la prueba de embarazo. Dos rayitas rojas, claras como el día. El corazón le latía fuerte, no de miedo exactamente, sino de una mezcla jodida de excitación y culpa que la ponía más caliente que nunca. Habían pasado meses desde que empezó todo con Carlos: las cogidas salvajes en el taller, que la dejaba marcada y temblando, el semen de él dentro de ella una y otra vez sin protección porque “la puta quiere sentirlo todo crudo”. Roberto, su marido, seguía siendo el mismo cornudo ingenuo, cogiéndola de vez en cuando con su pija flaca y floja, terminando en dos minutos y durmiéndose como si hubiera hecho algo heroico.

Pero ahora había un problema… o una oportunidad. El hijo no era de Roberto. Era de Carlos. Lo sabía con certeza porque hacía más de un año que no dejaba que su marido la llenara sin condón, siempre con excusas de “estoy en los días” o “me duele la cabeza”. Con Carlos, en cambio, se entregaba entera: “Llename la concha de leche, amor, haceme un hijo con esa verga gorda”. Y él lo hacía, eyaculando profundo, apretándole el cuello mientras ella se corría gritando.

Esa misma tarde, Laura decidió contárselo. Primero a Carlos, claro. Llegó al taller con un vestido corto, sin nada debajo, el embarazo apenas empezando a notarse en una leve hinchazón del vientre. Carlos la recibió con esa sonrisa de hijo de puta que tanto la ponía. “¿Qué pasa, zorra? Venís a que te ate y te coja el culo otra vez?”.

Laura se acercó, le tomó la mano y la puso sobre su panza. “El hijo es tuyo, mi toro inseminador”. Carlos se quedó quieto un segundo, procesando. Luego soltó una carcajada ronca, le agarró la cara y la besó con fuerza, metiéndole la lengua hasta la garganta. “Puta madre, ¿en serio? ¿Ese cornudo va a criar a mi hijo?”. Laura asintió, mordiéndose el labio. “Sí, y mientras, vos vas a seguir cogiéndome como el animal que sos”.

No esperaron ni un minuto más. Carlos cerró la puerta del taller con llave, la empujó contra la mesa de herramientas y le levantó el vestido. “Mirá cómo se te hincha la concha de embarazada, zorra. Te voy a coger hasta que te duela”. Le metió tres dedos de una, sintiendo lo mojada que estaba. Laura gimió alto: “Sí, meteme todo, amor, usame como tu puta preñada”. Él sacó la verga, ya dura como piedra, y se la clavó en la concha de un empujón brutal. El vientre apenas abultado rebotaba con cada embestida. “Te voy a llenar otra vez, aunque ya estés llena de mi semilla”.

La cogió de pie primero, luego la puso en cuatro sobre el banco grasiento, azotándole el culo con la mano abierta mientras la penetraba. “Decime que este hijo va a saber que su verdadero papá es el que le rompe la concha a su mamá”. Laura jadeaba: “Sí, carajo, él va a saber que su papá es el que me ata, me azota y me llena de leche todos los días”. Carlos le tiró del pelo, la obligó a arquear la espalda y le metió un dedo en el ano mientras seguía cogiéndola por delante. “Y cuando nazca, voy a seguir cogiéndote en esta misma mesa, con las tetas llenas de leche”.

Luego la bajó, la puso boca arriba en el banco, piernas abiertas. Le metió un vibrador en la concha, lo encendió al máximo y se subió a cogerle la boca. “Chupame la verga mientras vibrás, puta embarazada”. Laura succionaba con desesperación, saliva cayendo por su barbilla, el vibrador haciendo que su cuerpo se convulsionara. Se corrió dos veces seguidas, squirteando alrededor del juguete, mientras Carlos le cogía la garganta hasta que las lágrimas le rodaban por las mejillas.

Cuando ya no aguantó más, sacó el vibrador, se posicionó y le clavó la verga en el culo. “Tu concha está reservada para criar a mi hijo, pero el orto es mío para romperlo”. La penetró anal despacio al principio, luego con fuerza, una mano en su cuello controlando la respiración, la otra pellizcando las pinzas de los pezones. Laura gritaba entrecortado: “Me vengo por el culo otra vez, perro, llename el orto de leche”. Carlos explotó dentro, chorros calientes inundando su ano, goteando cuando salió.

Después de eso, le acarició el rostro rojo, la sentó en su regazo y le acarició la panza. “Vas a tener que contárselo al cornudo, zorra. Quiero verlo sufrir”. Laura sonrió maliciosa. “Lo haré esta noche. Y vos vas a estar escondido, mirando cómo le digo que va a criar al hijo del mecánico que me coge mejor que él”.

Esa noche, en casa. Roberto llegó cansado del trabajo, se tiró en el sillón con una cerveza. Laura se sentó enfrente, con una remera ajustada que ya marcaba un poco la panza. “Maridito, tengo que contarte algo”. Roberto la miró confundido. Ella respiró hondo, pero con una chispa de excitación en los ojos. “Estoy embarazada… pero el hijo no es tuyo”.

Roberto se quedó helado, la cerveza temblándole en la mano. “¿Qué mierda decís, Laura?”. Ella se levantó, se acercó y le puso la mano en la entrepierna, sintiendo cómo se le ponía dura a pesar de todo. “El hijo es del mecánico, maridito. De Carlos. El mismo que te estafó con el auto… y que me estafó a mí con su verga gorda durante meses. Me coge como vos nunca pudiste, me ata, me azota, me llena de leche cruda. Y ahora llevo su hijo adentro”.

Roberto intentó hablar, pero solo salió un gemido. Laura se arrodilló entre sus piernas, le bajó el cierre y sacó su pija chica, ya tiesa de la humillación. “Mirá, hasta se te para sabiendo que sos cornudo. Chupátela vos mismo mientras te cuento cómo me preñó”. Le agarró la cabeza y le metió la pija en la boca a él mismo, obligándolo a chuparse mientras ella hablaba: “Me ataba en el taller, me cogía el culo, me hacía squirtear mientras me azotaba. Y cada vez terminaba con su leche adentro. Vos, en cambio, ni me hacés venir”.

Roberto gemía, excitado y destruido. Laura se levantó, se quitó la ropa y se sentó a horcajadas sobre él, pero sin dejar que la penetrara. Le frotaba la concha mojada contra su pija, sin meterla. “No vas a cogerme nunca más sin permiso. Ahora sos el cornudo que cría al hijo de otro. Y si querés seguir viviendo acá, vas a mirar cuando Carlos venga a cogerme en nuestra cama”.

Justo entonces, sonó el timbre. Carlos entró sin esperar invitación, con una sonrisa triunfal. “Hola, maridito. Vine a ver cómo te contabas”. Roberto se quedó paralizado en el sillón, pija afuera. Carlos se acercó a Laura, la besó con lengua delante de él, le metió mano en la concha. “Mirá, cornudo, tu mujer está chorreando por mí otra vez”.

Lo que siguió fue una escena de humillación total. Carlos ató a Roberto a una silla con las mismas cuerdas del taller, obligándolo a mirar. Luego puso a Laura en cuatro en el piso, frente a su marido. Le metió la verga en la concha desde atrás, embistiendo lento para que viera cada centímetro entrando y saliendo. “Mirá cómo la preñé, cornudo. Esta concha es mía”. Laura gemía mirando a los ojos de Roberto: “El hijo es de él, maridito. Y vos vas a cambiar pañales mientras yo me cojo esta verga todas las noches”.

Carlos la azotó el culo, le escupio la cara y siguió cogiéndola, alternando con embestidas anales. Roberto lloraba y atado sin poder masturbarse su pequeño pene latia pletórico de humillación, incapaz de apartar la vista. Cuando Carlos se corrió dentro de la concha de Laura, solto a roberto y le ordenó: “Vení, lame el semen de tu mujer, cornudo”. Roberto obedeció, lengua metida en la concha llena, tragándose la leche de Carlos mientras Laura le acariciaba la cabeza. “Buen chico. Ahora sabés tu lugar”.

Desde esa noche, la dinámica cambió para siempre. Roberto se convirtió en el cornudo sumiso: limpiaba la casa, pagaba las cuentas, cuidaba el vientre de Laura mientras Carlos venía cuando quería a cogérsela. En el taller, en moteles, en casa. Siempre intenso, viril, asombrando a Roberto al reconocer la ingente distancia de hombria entre los dos. Y cuando nació el bebé —un varón con los ojos de Carlos—, Roberto lo crió como suyo, mientras Laura y Carlos seguían su vida de sexo salvaje y dominación.

“El hijo es tuyo, maridito”, le repetía Laura a Roberto cada vez que Carlos la cogía delante de él. Y Roberto, roto y excitado, solo podía asentir y seguir lamiendo.