Xtories

Chantaje a una Esposa y su Amante

Él creía que la noche era solo para ellos, pero la sombra en la puerta del dormitorio tenía otros planes. Cuando el esposo regresa con el video de su traición, el placer se convierte en una trampa mortal: arrodillarse o perderlo todo.

Mila Nagisa22K vistas9.0· 24 votos

En el patio delantero de la casa de los Vélez Méndez, un auto ajeno ocupaba el carril de estacionamiento. Había un griterío en el interior, pero las voces no pertenecían a ningún adulto. Dos niños chillaban de hambre; bebés en realidad, porque ambos eran menores de tres años. De noche y sin cena; no se les podía culpar de ser bulliciosos, aunque los que sí comían estaban en el segundo piso. Entre sí lo hacían. No cual caníbales. No, por supuesto que no.

Se trataba de la mujer del hogar y de su amante.

La cama se mecía como gelatina. Arriba de la piel extraconyugal yacía Rosita Méndez, con sus tetas de mamá rebotando de arriba abajo. Su piel canela brillaba de sudor. El aire acondicionado no estaba prendido, y los olores del coito potenciaban la lujuria de los dos adúlteros. Así lo había querido ella. Su marido estaba en un viaje de negocios, y no iba a regresar hasta después de dos semanas. Y apenas era el primer día que la pasaba sola. Primer día, y ya andaba de puta con el jefe de su esposo.

—Dos semanas… —suspiró el cuerno—. Dos semanas lo mandé lejos a ese pendejo para estar contigo.

Cabello lleno de canas, barbudo y con un cuerpo de soldado recién graduado. Se parecía a aquel millonario excéntrico de Italia que hacía videos ridículos en Instagram. Michael García, en esencia, era lo que jamás sería el pobre marido de Rosita. Y García lo odiaba, pues además de ser un inepto en la corporación, tenía la dicha de tener a una mujer muy agraciada. Una hembra que ya le había dado hijos, y que, cuya maternidad, no hizo más que ponerla más buena (en las tetas y en el culo).

Rosita no era como la esposa de García. No era un chancho que se quedó chancho tras parir. Rosita era una mujer que se cuidaba; alguien que, quizás, prestaba mucha atención a su apariencia física. Demasiado vanidosa. Una fémina que en las fiestas de la corporación se quejaba con su marido al ver que los vestidos de las otras esposas eran mejores que el suyo. Y para desgracia del cornudo, la vanidad se consideraba pecado, y si ya el cuerpo de su dama pecaba con la belleza, ¿qué le impedía pecar ante la infidelidad?

Lo único que García tuvo que hacer para llevarla a la cama, fue ofrecerle un vestido por semana. Y los días empezaron. El primer vestido vino de Alemania, el segundo de Francia, el tercero de Japón; todo venía de afuera, hasta que las semanas se dejaron de contar, y el sexo entre ambos se volvió algo alejado de los regalos. Era lujuria, placer y amor.

Lujuria, porque García, a diferencia de su esposo, no era un enclenque de pito corto. Placer, porque sus momentos a solas no eran rutinarios. Amor, porque incluso si los infieles decían que en una aventura no existía el romance, Rosita había aprendido a amarlo.

¿Y cómo no?

Su esposo no era nada parecido a García.

Así que siguió saltando. Acercó sus senos relucientes al hombre para que pudiera mamárselos, y pronto el sudor se mezcló con la saliva. Los pezones oscuros y amplios de Rosita llenaron la boca de García, y de sus labios sobresalieron cascadas de leche materna. Ella no estaba embarazada. Lo estuvo, eso sí.

Su pantomima fue espléndida.

Un aborto clínico que disfrazó de aborto espontáneo. Si el bebé era de su esposo o de su amante, jamás le importó. Suficiente tenía con dos mocosos; uno tras otro. Al segundo se lo quiso sacar una vez que llegaron los síntomas de la gestación, mas no concretó nada. En aquel entonces todavía no se encontraba preparada para llevar a cabo tal cosa, y en consecuencia, por segunda vez pasó por dolores de parto. Su secreto; el secreto inmoral que compartía con García, la inhibió de los temores más comunes.

Y su alma, que ya había caído ante la vanidad y el adulterio, no tardó en caer ante el asesinato. Porque si el cornudo supiera la verdad, eso es lo que sería para él.

García, quien mantenía los pezones de Rosita en su boca, amasó aquellos pechos que tanto amaba como ubres de vaca. Grandes tetas de color caramelo, y una voz femenina en el fondo de la faena que insultaba su vida, mientras que al mismo tiempo, daba gracias a Dios por haber hallado tan buen semental. Rebote y rebote. Las nalgas de Rosita impactaban con la entrepierna de García. El pene del viejo poseía un largo de actor porno, y el grosor no se quedaba atrás. La vagina sin afeitar de Rosita estaba llena de carne. Una carne que le calentaba las paredes de su intimidad con un roce incesante.

—¡Ay, hijueputa! —vociferó la ama de casa al sentarse por completo en la verga de García, y empezar a mover sus caderas en círculos de manera frenética.

¿Cómo una mujer como Rosita, que había pasado por dos embarazos y un aborto, podía tener una figura atractiva? Bueno, después del primer bebé, se concentró en ir al gimnasio. El ejercicio no le quitó la piel colgante, pero el uso de fajas le bastó para disimular su vergüenza (por vanidad). Al parir el segundo, se hizo una liposucción con la plata de su marido. Y tras el aborto “espontáneo” del tercero, consiguió una abdominoplastia para elevar sus ánimos.

El pobre esposo de Rosita sí que la amaba.

—¡Maldita puta! —gritó García al cansarse de los movimientos egoístas de la infiel.

Agarrándola del cuello, la puso en la cama boca arriba. Elevó sus piernas en el aire, y se puso encima de ella para penetrarla en una prensa de apareamiento.

—¡M-Michael! ¡M-Mi vagina quiere… quiere sentirse muy bien! ¡Párteme! —gimió Rosita—. ¡Lléname bien el chocho!

—Eso es lo que intento hacer, mujer.

La prensa de apareamiento era considerada la posición predilecta de los pornógrafos en el país nipón. La usaban en todo. En el porno con gente real, en la animación y en el manga. El contexto siempre era el mismo. La mayoría de las veces se la empleaba bajo una trama de infidelidad; cuckolding, netorare, y cualquier otro nombre pendejo que sirviera como tag en los buscadores. No había gracia en la postura. Nomás era un mete y saca del montón, pero la cercanía de los cuerpos hacía que la incomodidad valiera la pena.

El pene de García entró finalmente en la vagina de Rosita, y se fue hasta el fondo.

Su glande tocó una pared suave.

—¡Michael! —aulló Rosita— ¡Sácalo, me duele! ¡Así no!

García alejó su pelvis, claro. Había que respetar a la dama. Solo que García sabía diferenciar a una puta de una verdadera mujer de familia, por lo que enseguida hundió su mástil de nuevo.

—¡Hijo de perra! —gritó Rosita.

—¡Tu querías esto! ¡Ahora aguántate!

—P-Pero…

García unió su boca con la de ella. Lamió sus labios carnosos e introdujo después la lengua en su cavidad bucal. Ahogó sus gemidos y gimoteos, bailando con su lengua en un arrebato de pasión. Las manos de Rosita se encontraron en la nuca de su amante, y este, mantuvo las garras en sus sonrojadas mejillas.

La finalidad de la prensa de apareamiento era llegar a la impregnación, pero dado que Rosita se había ligado las trompas, la postura en sí solo quedaba como fetiche.

García en el fondo odiaba eso.

Continuó empujando hasta el fondo. Sus bolas hacían un sonido grotesco al impactarse con la íntima parte inferior de su hembra. La cama estaba mojada, y aunque una gran porción de la humedad provenía del sudor, ahí en el centro dónde yacían ellos, había un charco transparente cerca del culo de Rosita, quien no sabía si se había meado de tanta brutalidad. De lo que sí tenía conocimiento es que le había gustado.

Su marido no tenía el valor para tratarla así.

Como lo que era: una puta disfrazada de dama.

—¡Ah! ¡Sigue así, ya no me importa nada! —exclamó Rosita al ver su boca en libertad.

En ese instante, García amó la expresión de Rosita. Amó sus ojos grises desorbitados, sus párpados húmedos de lágrimas, su nariz respingona que parecía congestionada. Amó su lengua, que había quedado afuera de sus labios como la un cachorro en busca de agua, y amó que los cabellos se le quedaran pegados en la frente.

García amaba a su zorra.

Un último empuje hizo que ella se corriera, y la tembladera de sus paredes vaginales consiguió que el viejo amante eyaculara cual semental.

—¡A-Ayyy! —chilló la mujer, aún con su cuerpo entero temblando de éxtasis.

Treinta segundos de movimientos irregulares. La vista de García se enfocó en el busto de la madre infiel; un par de tetazas que se mecían como cuajo de queso fresco. Sacó su verga al fin, y se acomodó a un costado de ella.

—Ay… que rico me llenaste, papi —dijo Rosita.

—Tranquila, puta, que esto apenas comienza.

Ninguno de los dos se había dado cuenta de que los niños ya no lloraban desde la sala de estar. Tampoco notaron la sombra en la parte inferior de la puerta del cuarto. Obvio, ni siquiera sabían que el hombre de la casa había puesto un día antes del viaje, una cámara escondida con conexión a internet en un rincón de la habitación.

El celular de García sonó en el interior de su pantalón, desechado en el piso cercano a la puerta debido a las ansias del sexo. El viejo salió de la cama con la polla todavía húmeda, y murmuró:

—Espero que no sea la fodonga de mi esposa.

Agarró su teléfono luego de un par de pasos y leyó el nombre del número que le proyectaba la pantalla táctil. Sonrió con sorna, y sin miramientos atendió la llamada; se trataba de su mejor amigo.

—¡Michael! —exclamó la voz detrás de la línea.

—¿Qué pasa, Roberto?

—¡No encuentro a Vélez en ningún sitio!

García frunció el entrecejo. Miró de reojo a Rosita, y se encaminó a la cómoda que se hallaba en el extremo derecho de la cama, de modo que apoyó el codo que sostenía el móvil en la superficie repleta de perfumes.

—¿De que mierda hablas? —preguntó—. Se supone que deben estar cenando en este momento… ¡En el puto hotel!

La llamada no estaba en altavoz, así que Rosita no podía escuchar nada. Sin embargo, no era tonta, y sabía que por el tono de García, algo tenía que estar sucediendo con su esposo. Dejó la cama, tapándose con una sabana medio seca, y abrazó por detrás a su amante.

—Llegamos al hotel a las cuatro de la tarde —dijo Roberto—. Vélez estuvo en su habitación unos cinco minutos. Luego tocó mi puerta para decirme que iba a pasear por la ciudad.

—¿Por qué no fuiste con él?

—Michael… ¡Me estaba desvistiendo para culearme a mi asistente! ¡Incluso le tuve que contestar con un grito para que se fuera!

García pensó por un momento. Se alejó inclusive del apego de Rosita. Cuatro de la tarde. Esa hora se instaló en su cabeza como un virus de computadora. Recordó el itinerario de Vélez y de Roberto. El vuelo de Guayaquil a Quito se había programado para las ocho de la mañana; debían de haber llegado a su destino antes del medio día, y para el almuerzo, la sucursal de la capital tenía que haberles dado la bienvenida a ambos con mucho papeleo. A las tres se daría por terminada la junta con las autoridades locales, y a las cuatro, sería la llegada al hotel.

Cuatro de la tarde.

García tomó asiento en la cama.

—¿Michael? ¿Estás ahí? —preguntó su mejor amigo.

A las cuatro de la tarde, Michael García empezó a desvestirse en la habitación de Rosita para tener sexo. Diez minutos antes había instado a la adultera a dejar a sus hijos en dos andadores viejos que los pequeños ya no usaban porque sabían caminar; los dejaron amarrados con cinta aislante para que no pudieran salirse, y de esa forma evitaron que subieran las escaleras.

Los niños ya no estaban llorando.

García se despegó el celular de la oreja y divisó la hora actual en la pantalla. Siete de la noche. Los mocosos habían estado chillando desde que su mamá se fue con él, y ahora, sin ninguna razón aparente, habían dejado de llorar. Rosita le dedicó una mirada de desconcierto.

—¡Puta madre, Michael! —se quejó Roberto—. ¡El tipo ni siquiera me contesta!

El viejo colgó.

—¿Amor? ¿Pasa algo con mi esposo? —preguntó Rosita.

García observó la figura oculta de Rosita. Le hubiera resultado gracioso tal muestra de pudor en cualquier otro momento, pero en ese instante, un mal presentimiento le recorrió la piel a modo de escalofrío.

—Me tengo que ir —dijo, y se puso de pie para recoger sus cosas.

—¿Q-Qué? ¿Cómo? ¿Así? ¿Tan pronto?

—Sí.

Comenzó a vestirse.

—¡Michael García! —vociferó Rosita, y se plantó frente a su amante—. ¿Qué putas está pasando? ¿Qué fue lo que escuchaste en el teléfono que tienes tanto miedo?

García apenas la miró. Terminó en dos minutos con todas las prendas, y ya con sus mocasines negros, enfrentó la única salida de la habitación. Rosita, por su parte, se había puesto una bata de seda roja para intentar sacarle algo de información en lo que se iba. No lo consiguió, y en el ajetreo ni se dio cuenta de que los andadores dónde estaban sus hijos yacían tirados cerca de la base de las escaleras. Ni ella y ni Michael notaron a las criaturas en el sofá de la sala, acostados en silencio y cada uno con un biberón de leche tibia.

Antes de que García pudiera tocar el pomo de la puerta de entrada, una voz conocida lo detuvo.

—Yo no me iría si fuera usted.

No había ira en su rostro, y decepción tampoco. Parado al costado de una lámpara alta, se hallaba el hombre de la casa; el esposo de Rosita, peinado como si no hubiera volado de emergencia, y con un traje que carecía de dobleces. Piel blanca, alto y cabello castaño. La única mujer presente se quedó quieta cual zarigüeya en peligro mortal.

—Vélez… Christian Vélez… —susurró el viejo canoso, y de inmediato alzó la voz, añadiendo—: ¿Qué está hacie…

—¿En serio esa es su pregunta?

—Mi amor, yo… —dijo Rosita—. Esto no es lo que…

Christian alzó la mano, parándola de terminar la clásica frase de los infieles.

—Tengo un vídeo de los dos cogiendo.

—¿Qué dijiste? —siseó su jefe.

—En mi teléfono. Puse una cámara escondida en mi habitación porque sabía que algo andaba mal con Rosita. No me esperaba que fuera usted.

—Bórralo, Vélez. —Dio un paso adelante García—. Grabar un acto intimo sin consentimiento previo es considerado delito… ¿O querrás que te quite ese teléfono yo mismo?

Christian sonrió, y dijo:

—Gracias por el tuteo. Ahora ya puedo ahorrarme las formalidades.

Rosita, temerosa, intervino:

—Mi amor, por favor, hazle caso a tu jefe. Su familia es poderosa. Una demanda por la difusión de ese video nos llevaría a la ruina.

Christian posó la vista en sus hijos.

—¿Ahora te preocupa que nuestra familia se arruine? ¿Sabes cómo encontré a mis hijos al pasar la puerta?

—Mi amor…

—Si me sigues llamando así, dejaré la caballerosidad de lado —dijo Christian, viéndola con intensidad—. Los encontré atados, hambrientos. Uno de ellos estaba orinado. No encontré pañales cerca, así que solo lo limpié.

—Vélez, no hagas una estupidez —advirtió García.

—La idea es que no haga nada.

Christian mostró la pantalla de su celular a ambos. La aplicación del correo electrónico estaba abierta, con una pulsación de distancia para enviar el vídeo a una dirección que no era de respaldo.

—Verás, Rosita, Michael García por sí solo no es nadie. La familia a la que temes viene de lado de su mujer. De la pobre Estefanía. —Guardó el móvil—. La jerarquía en la empresa es la siguiente: el jefe de jefes es el suegro de este idiota, a quien llamas amor a escondidas. Claro, luego sigue él, y después Roberto y después yo.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó García con hartazgo.

—Despide a tu amigo, y dame su puesto de vicepresidente corporativo.

—¿Qué? ¿Acaso eres pendejo? ¿Crees que por un vídeo haré lo que tú digas?

—Creo que por este video te pondrás de rodillas.

—¡Cabrón hijo de puta! —gritó el amante de Rosita, y dio otro paso hacia Christian. No siguió el trayecto por un movimiento de manos que hizo el padre de familia.

Christian lo ignoró con la vista en el teléfono. Su dedo pulgar yacía a un centímetro de la mica de cristal.

—Tu suegro te odia, y tú esposa ya no te soporta. Todos saben que eres un asco de persona. Mal padre, mal esposo, mala gente. Este es el clavo de tu ataúd. Si alguien de tu familia ve esto, acabarás con el culo en la calle, y sí, capaz yo enfrente alguna condena, pero a estas alturas solo me toca arriesgar.

García respiró hondo. Su subordinado finalmente lo miró.

—Todavía no te veo de rodillas.

—¡Chris, ya basta! —vociferó Rosita.

El hombre más joven se mantuvo mirando al viejo.

—Me divorciaré de ti, Rosita.

—¡No te divorciarás de nadie!

—Lo haré, Rosita. —Chasqueó la lengua—. Te daré la mitad de mis bienes y te irás a vivir con tus padres. Dirás que la relación no iba a más. Te acogerán con amor, y no te juzgarán por lo que hiciste. Tampoco tendrás que pelear por nuestros hijos; serás libre de ellos. Ya te libraste de uno, así que… ¿Por qué no hacerte este último favor?

Silencio.

En ese instante, Rosita se dio cuenta de que su esposo no era un tonto despistado.

—Pero si te niegas a darme mi espacio… Bueno… No querrás ver a tu amado en apuros, ¿verdad?

—Vélez… —masculló García.

—De rodillas, jefe.

Y el sujeto obedeció. Vio de reojo a Rosita, avergonzado. Christian suspiró satisfecho.

—Esto será divertido —dijo.