Historia de una mujer fácil - Completa (16)
Clara no necesita un prostíbulo; lo tiene en la planta cinco. Con la discreción de los maridos infieles como su mejor aliado, cada encuentro en el lavabos o el almacén es una transacción calculada. El riesgo es alto, pero la recompensa, y la complicidad del silencio, son adictivas.
LA ESTRATEGIA DE CLARA
A la mañana siguiente, Clara hacía cuentas en la cocina. Se había pertrechado de papel, lápiz y calculadora, y trazaba un plan para poder mantener su imagen ante las damas de honor de Elena.
Calculaba que necesitaría unos diez mil euros para cubrir las necesidades de cara a la boda. Nueve mil trescientos, en realidad, si descontaba lo obtenido con la sesión de sexo de los tres chicos del bar. Era una suerte que al menos uno de ellos hubiera aceptado pagar una cantidad tan exorbitada por poder gozar de sus encantos.
No estaba nada mal, se decía al verse desnuda en el espejo, pero se daba cuenta de que se le había ido la olla al pedirles quinientos euros por un polvo. Esa cantidad era exagerada. Había revisado en Internet multitud de páginas de escorts y por la mitad podían conseguirse modelos de veinte años. Chicas expertas en actuar como compañeras de alto nivel cultural y hablando varios idiomas, además de proporcionar sesiones de sexo de lo más variado, anal incluido. ¿Anal? Por dios, se decía, ¿se podía vender el sexo por detrás a tan bajo precio? Qué poco sabía del negocio, tenía que reconocerse.
Cobrando la exigua tarifa que descubría en las páginas de contactos, sin embargo, tendría que abrirse mucho de piernas para llegar a la cantidad que necesitaba. Y no era ése su objetivo. Por ella misma, pero también por Carlos. ¿Cómo iba a torear a su novio para escaparse a follar con tan alto número de tíos? No tenía imaginación suficiente para inventar tantas excusas y al final terminaría descubriéndola.
La conclusión era evidente: o conseguía quinientos euros por polvo o se podía ir olvidando de la boda. «A ver —se decía— tengo que pensar en un entorno donde a los puteros no les importe pagar más si el producto es exclusivo».
La solución a su enigma le vino de repente mientras se preparaba una frugal comida —tenía que bajar al menos dos kilos antes de la ceremonia y se había autoimpuesto un severo régimen—. Y esa solución era tan evidente que la dejó con la boca abierta: los clientes tenía que buscarlos entre sus compañeros de trabajo.
Estaba claro. Si se acostaba con sus colegas, estos no pagarían por tirarse a una escort cualquiera. En realidad, estarían pagando por follarse a la novia del director financiero, nada menos. Y, más aún, a la prima política del presidente. Dentro de las cuatro paredes de su empresa, ella se convertía en un artículo de superlujo.
Se sentía eufórica. A quinientos euros por sesión —o más si se terciaba—, solo tendría que follar unas cuantas veces. Y, no menos importante, no tendría que andar bajándose las bragas dentro de un coche y en descampados solitarios como la noche anterior. Podría hacerlo en salas de reuniones, lavabos y sitios más saludables que un vulgar parking de supermercado.
No tenía intención de convertirse en puta a tiempo completo. Y mucho menos en puta callejera. Solo sería puta mientras lo necesitase. En cuanto completase los diez mil euros se acabaría su incursión en la profesión más antigua del mundo. Más aún, en cuanto tío Ramón soltase la pasta, ya no volvería a necesitar abrazar la prostitución nunca más. Era algo temporal, se decía. Y eso la animaba a continuar con el plan.
No obstante, aquella misma tarde, mientras se acicalaba para la reunión de los sábados con las damas de honor, su euforia se desplomó como la bolsa en tiempos económicos delicados. ¿Cómo se las iba a apañar para tirarse a compañeros de la oficina sin que todo el mundo se enterase? Y en «todo el mundo» incluía a Carlos. Tendría que volver a darle una vuelta a su plan, las piezas debían encajar de una manera o de otra.
Pasó la tarde con sus nuevas amigas —Laura con cara de acelga por haberse convertido Clara en la preferida de la novia— hablando de la boda y de otras cosas. El tema preferido, fuera del principal, era la moda. Cada una hablaba de los trapitos que estrenaban aquella semana, todos de super marca, por supuesto. Clara presumió de sus zapatos Manolo, que acababa de comprar esa misma mañana. La sonrisa se le agrió cuando le preguntaron el precio y ella confesó la verdad: setecientos euros.
—Uy, hija… —dijo una de las damas—. ¿Tan baratos? ¿Estás segura de que son Manolos auténticos?
Volvió a casa destrozada. El plan que por la mañana le había parecido tan brillante, ahora le parecía basura. Y, por si esto fuera poco, se daba cuenta de que sus cálculos habían sido demasiado optimistas. Los diez mil euros no daban ni para empezar. Necesitaba, como mínimo, el doble.
Sintió un pinchazo doloroso en la entrepierna, como si ésta se quejara por lo que se le venía encima.
*
El domingo comió en casa de sus padres. Se había reunido toda la familia, como solían hacer una vez al mes. Sus dos hermanos, como buenos machirulos, aprovechaban ese día para intercambiar chistes picantes y reír hablando de mujeres. Ella les miraba con ternura. Les quería de verdad y aquel intercambio de chismes solo lo veía como una vía de escape para sus aburridas vidas.
Antonio, el mayor, acababa de divorciarse y no tenía hijos. Julián, el pequeño de los tres, estaba casado con una chica muy poco agraciada pero que le quería con pasión. Tenían dos hijos. Clara era la mediana y se sentía afortunada por haberse evadido de aquella vida mediocre de clase trabajadora. Sus ansias por sobresalir la habían empujado a viajar y a buscarse un futuro por su cuenta y en la actualidad se sentía a cien años luz de todos los componentes de su familia.
Miró a su hermano menor y observó que estaba cada vez más calvo. Julián había sido siempre muy ligón y no se había redimido a pesar de llevar cinco años casado. Su mujer era tirando a sosa en la cama y él, para desfogar las necesidades que en casa no le cubrían, mantenía constantes aventuras con mujeres del hospital donde trabajaba como enfermero. Su esposa, o bien era tonta y no se enteraba, o bien conocía y toleraba sus infidelidades con tal de no perderle. «Las tonterías que hacemos las mujeres por amor», se decía Clara abrazando a su cuñada, a la que adoraba.
Antonio no había mantenido ninguna relación después de su divorcio. Había vuelto a casa de los padres y, apenas, iba y volvía del trabajo —una carnicería que regentaba con un socio—, leía literatura erótica y veía series en Netflix. Estaba segura de que hacía años que no había echado un polvo.
El hermano menor aprovechaba las reuniones mensuales con la familia para fardar ante Antonio con las conquistas de las últimas semanas. Aquel día no iba a ser menos. Y Clara, que nunca se había interesado por escuchar las historias de su hermano, ese día pensó en espiarles para ver de qué hablaban.
Los dos hombres se habían reunido en el baño para echar un cigarro después de comer. La casa de sus padres carecía de terraza y su madre prohibía el humo alrededor de sus nietos, niño y niña. Clara se hizo la tonta y se acercó a hurtadillas a la puerta del baño. Arrimó el oído y empezó a escuchar tras ella.
—Qué suerte la tuya, al trabajar en el hospital hay muchas mujeres alrededor, así liga cualquiera —decía Antonio.
—Bah, no es cuestión del sitio —replicaba Julián—. El que tiene ganas de ligar, liga. Ya te aseguro que si yo trabajara en un cementerio, me enrollaría hasta con la mujer del difunto.
Los dos hermanos rieron.
—¿Y con Irene qué tal? —preguntaba entonces Antonio—. ¿Has vuelto a verla?
—Bueno… a ésa ya casi no la veo… Después de la que me montó no me apetece mucho, la verdad…
—¿Pero no decías que es la que está más buena y la que te la chupa mejor? Vamos, no jodas, sé coherente, tío… Yo no me la hubiera dejado de follar ni loco…
—Joder, Antonio, que no te enteras… —protestaba el más joven—. Irene está que se parte de rica, pero está soltera… No veas lo pesada que se puso con que dejara a mi mujer y que me fuera con ella… ¡Ni de coña, tío! Si hago algo así a mamá la mato del disgusto… Fíjate la que se armaría si Monse no la dejara ver a los niños… O que se los dejara ver de Pascuas a Ramos… Quita, quita…
—¿Entonces, cómo te las apañas ahora?
Julián le dio una calada al cigarro y tosió unos segundos. Después prosiguió.
—Pues ahora a la que me estoy follando de fijo es a una golfilla que es mayor que yo… Irina, se llama. Es medio iraní, pero ha nacido en España y es una morenaza de aquí te espero.
—¿Cuánto mayor?
—Unos seis o siete años… —respondió Julián.
—Jajaja… No te entiendo, tío, dejas a la joven buenorra y te enrollas con una ancianita… ¿De qué vas?
No podía parar de reír mientras abroncaba a su hermano menor.
—Pues mira, te lo voy a explicar… Irina es vaca vieja, ¿vale? Folla peor que la otra, eso ya te lo digo yo… Pero tiene una ventaja de la hostia: está casada y tiene tres hijos.
—¡No jodas…!
—Pues claro, chaval, y ese es el puntito que tiene… La tía solo me quiere para que la llene el coño de leche de vez en cuando… No tiene intereses idiotas como la otra… Está casada y no tiene intención de separarse de su marido. ¿Lo pillas? Es un caso perfecto, a ninguno de los dos nos interesa que la historia se destape. ¿Qué mejor secreto que aquel que no interesa a nadie que se sepa?
A Clara se le encendió una bombilla sobre la cabeza al oír aquellas palabras de su hermano.
Y la bombilla podría haber iluminado toda Barcelona durante un año. ¡Eureka!, se dijo entusiasmada. La solución para su dilema había estado ahí todo el tiempo y solo gracias al «pequeñajo» la había podido ver: ¡tenía que tirarse solo a compañeros casados y con hijos! Si a ella no le interesaba que su nombre estuviera en boca de todos, a ellos les interesaría menos aún. ¡Era la idea perfecta!
Se alejó del baño y volvió a la salita de estar. Ya no necesitaba seguir escuchando. Abrazó a su cuñada y le propinó dos besos que la dejaron alucinada.
—Vaya, Clara… —le dijo ella—. Parece que te haya tocado la lotería.
Clara le sonrió y le propinó dos besos más.
*
Dos semanas después había puesto en práctica su plan y éste había funcionado a las mil maravillas. Al menos de momento. Para el experimento había seleccionado a dos de los compañeros que más se ajustaban al perfil de lo comentado por Julián.
El primero, Santiago.
Santiago era un tipo de unos cuarenta, casado y con cuatro hijos. Todas las chicas de la oficina le conocían por lo salido que iba siempre. Piropeaba a todas, guapas o feas, jóvenes o viejas, y a veces conseguía que alguna le aceptara unas copas. Sin embargo, él siempre había mantenido en secreto el resultado de sus ligues.
Unos achacaban su silencio a que no había conseguido nada con ninguna de ellas. Otros a su proverbial discreción. Era un tipo al que merecía por lo menos echarle el anzuelo.
Para captarle, aprovechó que Santiago se movía mucho por el departamento de Marketing, con el que tenía gran relación por ejercer como mando intermedio en Ventas. Un día que pasaba por la puerta de su despacho, lo invitó a entrar.
Tras hablar de cosas sin mucha importancia, Clara se puso a tiro y consiguió que el tipo la invitara a tomar unas copas. Seguirían discutiendo de forma relajada un tema de trabajo en el que podían colaborar. La joven no aceptó de primeras, por supuesto, podría haber resultado sospechoso.
Al día siguiente le llamó y le preguntó si seguía en pie su invitación. Necesitaba cuadrar los números de su propuesta y, con una cerveza en la mano, seguro que se pondrían de acuerdo con mayor facilidad.
Durante todo el tiempo, Clara se mostró cercana. Le tocaba un brazo, una rodilla… y le guiñaba un ojo de tanto en tanto. Cuando él se excusó para ir al baño, Clara pudo observar que iba empalmado como un adolescente en su primera cita. Temió que el muy bobo se la cascara a solas y echara por tierra su plan.
No fue así y Clara suspiró aliviada. Santiago había vuelto con el mismo bulto en la entrepierna, así supo que todavía era un posible objetivo. Prosiguió su acoso con la mayor sutileza de la que fue capaz y el tipo al final se decidió a entrarla.
Clara puso cara de sorpresa cuando él le pidió que fueran a un hotel. Se trataba de un lugar donde se alquilaban habitaciones por horas y le aseguró que era totalmente refinado y muy discreto. Lo que allí pasara nadie iba a saberlo nunca.
Ella se hizo la despistada y le dijo que tal vez podría acompañarle, pero que para hacerlo necesitaba prepararse. Tendría que comprarse antes un perfume y ropa interior adecuada… En fin, que no podía llegar allí con la ropa sudada de todo el día en la oficina y oliendo al pollo asado de la cantina de la empresa.
—Ese tipo de cosas que necesitamos las chicas para no avergonzarnos ante un hombre la primera vez. Será poca cosa, seguro que con quinientos euros puedo apañarme.
A Santiago se le atragantó el gin tonic y le hizo la cobra. Prometió que lo pensaría y que ya le diría algo. Clara estuvo segura de que había comprendido que la cosa no iba de perfumes o de ropa interior, pero no le importó. Lo que si le preocupaba era que no hubiera aceptado a la primera. Si no conseguía que entrara por el aro, Santiago no se sentiría temeroso de que su esposa se enterara de algo que no había hecho y podía irse de la lengua con los colegas de la oficina.
Así que al día siguiente fue ella la que acudió a su despacho. Se acercó mucho a él por la espalda para mirar en la pantalla del ordenador la hoja de cálculo con el presupuesto que negociaban. Le respiró en el oído y en el cuello. Le acarició la nuca con su melena y, en un alarde de atrevimiento, dejó caer un bolígrafo y se agachó a recogerlo con la falda algo subida y las piernas abiertas.
El tipo aceptó al instante con perlas de sudor en las sienes. Y aquella tarde follaron en los lavabos de la quinta planta como si no hubiera un mañana. Fue un poco rudo el tipo, seguramente por lo cachondo que ella lo había puesto. Clara las pasó canutas mientras la culeaba.
Guardó silencio y fingió un orgasmo que estuvo muy lejos de sentir. Al terminar, Santiago pareció avergonzarse y huyó a la carrera. Clara reía feliz mirando en la pantalla la cifra recién recibida por bizum y que la acercaba a su objetivo. Al mismo tiempo, se tocaba entre las piernas la zona dolorida.
*
El segundo objetivo se llamaba Richard y era un inglés que llevaba en España seis años, sin conseguir todavía hablar un correcto español. El tipo era bastante tímido y retraído, posiblemente por sus problemas con el idioma.
Había llegado Richard a Barcelona desde Manchester para una estancia de seis meses como apoyo a un proyecto de ingeniería con una técnica que en España aún no se dominaba. Joven y mujeriego, al principio había intentado acostarse con todas las chicas de la oficina, sin mirar a quien apuntaba.
Había conseguido llevarse a la cama a un par o tres de ellas —según él mismo— y entonces conoció a Shasa. Era ésta una mujer de armas tomar —Shasa era el apodo que se daba a sí misma, siendo su verdadero nombre Carmen López— que se encaprichó del inglés. Se acostó con él, por supuesto, pero se quedó preñada al primer mes de comenzar a verse. La boda entre ellos se celebró a los tres meses de su primer polvo.
Seis años después, ya iban por el tercer hijo, Shasa había dejado el trabajo para dedicarse a criarlos y Richard trabajaba como un descosido para poder pagar las facturas.
Tras años de retiro en lo que a ligar se refería, Richard había sido interceptado pagando por chicas en los reservados de algún disco bar frecuentado por los colegas de la oficina. Parecía claro que el inglés había perdido la pasión por Shasa y volvía a las andadas.
Sin tener muy claro como entrarle, a Clara se le ocurrió la idea de repetir la aventura que Rafa y Paula habían tenido en el almacenillo de la quinta.
Una tarde fuera de horas —Richard no abandonaba la oficina antes de las nueve— fue a verle y le pidió que le entregara unos documentos que ella sabía que se hallaban almacenados en aquel tétrico lugar. Aprovechaba que el inglés era el responsable de documentación de la empresa. Él se excusó diciendo que sus colaboradores ya se habían ido a casa y que a él le podría llevar un buen rato encontrarlos. Y le ofreció que los tendría al día siguiente a media mañana.
—Los necesito ahora —le dijo muy seria—. Andrés los quiere tener encima de su mesa antes de irse a cenar. Si hace falta, te acompaño y los buscamos entre los dos.
El pobre tipo no sabía dónde meterse y al final accedió. Seguramente la mención a Andrés fue el detalle que necesitaba para que dejara de ponerle pegas.
Una vez en el almacenillo, Clara comenzó a mostrarse muy cercana al hombre. Se aproximó a él rozándole «sin querer», se agachó de las maneras más eróticas que supo para mostrarle el trasero, y se acuclilló con las piernas más abiertas de lo que correspondía a una mujer decente.
Cuando Richard encendido la tomó por las caderas y la empujó sobre la mesa, ella se dejó besar un minuto y lanzó su ataque.
—Me has roto el vestido, animal —le dijo—. Y este vestido cuesta una pasta…
Lo pensó un instante y decidió tirarse a la piscina.
—Seiscientos pavos…
—Lo… siento… —dijo el pobre Richard—. Tranquila… yo… pago...
Y el muy pardillo echó mano a la cartera y sacó seis billetes de cien sin pestañear.
Clara, con los ojos fuera de las órbitas, cogió el dinero y tiró de la cremallera posterior del vestido. Este cayó a sus pies y ella se lo envió hacia él de una patada.
—Cógelo, ahora es tuyo… —y se relamió los labios como había visto hacer a las actrices porno.
Richard perdió el control y se lanzó sobre ella. La folló contra la mesa, primero desde delante y después desde atrás. Apenas se había corrido la primera vez, quiso montarla una segunda y ella le pidió trescientos euros de suplemento, a lo que el inglés volvió a aflojar la cartera.
En esta ocasión, el polvo fue más lento y Clara aprovechó para gozarlo. Sentada al borde de la mesa y abrazándole por el cuello, cerraba los ojos y jugueteaba con su lengua contra la lengua de él. Cuando se iba a correr, utilizó el truco que había aprendido de Juan en la buhardilla y le miró a los ojos mientras el orgasmo la mataba por dentro. Richard no sonrió ni por un momento, pero se corrió dentro de ella por segunda vez, gruñendo con suavidad y sin los aspavientos del primer polvo.
Cuando acabó, el inglés se disculpó.
—Perdona… yo correr dentro… ¿tú… usas… anticonceptivos…?
—Sí, tranquilo —le dijo mientras se colocaba las bragas y el sujetador—. Tomo la píldora.
Chorretones de lefa corrían por sus muslos y Clara se los limpió con unas toallitas de papel.
—Gracias… —replicó el inglés y se largó a paso rápido.
Clara se quedó aún un rato más en el almacén. Olía los billetes y los besaba con una sonrisa de triunfo. Había conseguido mil cuatrocientos euros en su corta carrera de escort de empresa, y la cosa tenía visos de funcionar a la perfección.
Y aún mejor: Richard, el inglés tímido, iba a convertirse en un cliente habitual. Que, además, pagaba en efectivo, mucho mejor que el bizum, dónde iba a parar. «El perfil de cliente ideal para una putilla aficionada como yo», se dijo con una risa lasciva.
Continuará...
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...
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