Historia de una mujer fácil - Completa (15)
Clara necesita dinero rápido para no quedar fuera de la 'crema' social. Cuando tres desconocidos en un bar ven su oportunidad, ella no huye; negocia. Lo que empieza como un intercambio simple de euros por placer se transforma en una noche de humillación en el asiento trasero de un coche, donde el límite entre la transacción y la violencia se desvanece.
SETECIENTOS EUROS
La semana siguiente empezó aburrida, pero se fue animando según iba trascurriendo. A un éxito concreto en el trabajo, se añadieron causas personales felices que hacían olvidar a Clara los sinsabores del sábado en la casona y los malos momentos con Ramiro. De su fijación por los tres hombres mientras se masturbaba al lado de su novio no quería ni pensar, sintiendo tanto asco y odio hacia ellos como hacia sí misma.
De todas formas, dice el refrán que no dura mucho la alegría en la casa del pobre. Y Clara iba a comprobar que la sabiduría popular se equivoca muy pocas veces.
El asunto personal más feliz tenía relación con Elena, la amiga de Laura, que se casaría en pocas semanas. Carlos invitó a Clara a las sesiones de prueba del vestido con el modisto. Elena y ella conectaron maravillosamente. Ambas eran de la misma edad y habían estudiado en colegios próximos —Clara en un instituto público y Elena en un colegio privado—. Estaban seguras de haber coincidido durante la adolescencia en alguna de aquellas fiestas locas a las que, o las invitaban sus hermanos mayores, o se colaban con descaro y un carnet falso.
Tan fuerte fue la conexión que Clara llegó a notar ciertos celos en las expresiones faciales de Laura. Se alegró por ello doblemente. Hacer sufrir a la tramposa amante de su prometido era para ella todo un privilegio.
La relación recién emprendida llego a su clímax cuando Elena le ofreció unirse al grupo de damas de honor que la acompañarían al altar. El grupo lo componían hasta ese momento Laura y otras dos amigas íntimas de la novia. Si aceptaba unirse, sumarían cuatro. Respondió que sí, naturalmente, y se fundieron en un abrazo de amistad eterna.
Una sombra con la que no había contado Clara empañaba, sin embargo, la alegría de pertenecer a su nuevo círculo de amistades. Un círculo de amigas muy bien relacionadas con la crema de la crema barcelonesa. Ese ambiente en el que se moría por entrar y que solo ahora parecía abrirse para ella.
Esa sombra se la expuso Laura, con una sonrisa glacial, cuando Elena se despidió de ellas y las dos primas se quedaron a solas. Al principio solo sintió un picor nervioso en el estómago. Más tarde, una sensación de miedo fue creciendo en su interior hasta convertirse en puro pánico. En esos momentos no llegaba a entender la real magnitud del asunto. Un asunto que iba a precipitar su vida en pocos días.
*
El viernes, Pierre, el amigo de Carlos y modisto de Elena, tenía que volver a Niza. Carlos se ofreció a llevarle en el todoterreno. Aprovecharía para asistir a una reunión de trabajo que se llevaría a cabo el sábado por la mañana en el hotel Belmont de Cannes. Andrés también estaría presente en la reunión y el novio de Clara no quería perdérsela por nada del mundo.
Así que Carlos se despidió de Clara en la oficina y salió de viaje.
A las siete de la tarde, alguien de la oficina propuso tomar unas copas y, aunque al principio Clara declinó el ofrecimiento, luego lo reconsideró. No tenía otra cosa que hacer sin Carlos a su alrededor. Eran las copas con los compañeros o una maratón de Netflix.
Al final se inclinó por las copas.
Paula se presentó en el bar acompañada de su novio y de Lines, que no se perdía una salida como aquella ni muerta. Casada y con dos hijos, quedadas como la de aquel día le daban la vida. Y los compañeros, que lo sabían, la acechaban por ver si se le escapaba algún favor tras la tercera o cuarta copa.
Clara miró al grupo y comprobó que, aparte del club de las tres —Paula, Lines y ella misma—, había entre ellos otro par de chicas, el novio de Paula y tres chicos más. Los compañeros eran muy graciosos y descocados y no hacían más que lanzar alusiones picantes para ver si alguna de ellas recogía el guante. Uno de ellos, en especial, se había aislado del grupo con Lines, y le estaba tirando los trastos junto a la barra.
El resto se mantenía en las mesas altas del bar de moda en el que habían quedado, donde sonaba música a un volumen tolerable. Bebían, picaban algo y, sobre todo, charlaban. Y, de vez en cuando, echaban un baile solos o acompañados sobre la pista central.
*
A pocos metros del grupo, tres amigos, abogados de profesión y en la treintena, tomaban copas y observaban a la concurrencia a la búsqueda de un ligue ocasional.
—¿Habéis visto a esa buenorra? —decía Fran.
—¿Quién, la morena de pelo corto? —preguntaba Lucas.
—No, esa no, la de la melena castaña y piernas largas.
—Joder, es cierto, está como un tren —admitía Sergio.
Y abundaban en sus comentarios, bebiendo sin parar para animarse.
—Pues yo diría que está pidiendo guerra —aseguró Lucas.
—Ni de coña, tío, esa tiene pinta de no querer líos —desestimó Sergio—. ¿Pero no veis que está con sus colegas del curro y ni siquiera mira a los tíos de su grupo? Se ha refugiado entre esas dos que la rodean y solo habla con ellas. Fijo que tiene novio y que está a punto de llegar.
—Pues yo creo que tiene ojos de hambre —insistió Fran—. A esa no la han echado un buen polvo en meses. Os lo digo yo que soy experto en postureo. ¿No veis como se cruza de piernas? Con esa falda tan corta seguro que se le ven las bragas si te pones de frente. Yo os digo que a esa tía solo hay que entrarla. El que tenga huevos para acercarse primero, ese se la folla.
—¿Pues por qué no te animas tú que eres el más peleón, Francito? —bromeó Lucas—. Eso sí, luego queremos detalles.
Los tres rieron a carcajadas, mientras Fran se lo pensaba seriamente, sorbiendo el alcohol de su copa para cargarse de valor.
*
Cuando Clara se acercó a la barra para conseguir una nueva cerveza, alguien se le pegó por la izquierda. Se extrañó no haber visto llegar al extraño, un chico de no más de treinta y cinco y atractivo a su manera.
—Hola, guapa, ¿estás sola?
—Joder, tío, qué arte tienes —respondió Clara con sorna—. ¿Así es como ligas tú?
Fran no pudo evitar sonrojarse. Clara rió por el corte que acababa de dar a aquel don juan de pacotilla. A punto estaba de girarse para hacerle ghosting, cuando se le ocurrió una idea traviesa.
—Te diré si estoy sola o no si me invitas a la cerveza que acabo de pedir —le dijo mirándole fijamente a los ojos.
Fran no se creyó la suerte que tenía. Aquella tía era un pibonazo. Y ahora que la veía de cerca se daba cuenta de que si conseguía darle un solo achuchón en la pista de baile, sería suficiente para marcarse un triunfo ante sus amigos.
—Eso ni se pregunta, pídete dos si quieres…
Clara rió y le tendió la mano.
—Soy Sara —mintió.
—Yo… Fran… —las palabras se le atragantaban al hombre.
Los amigos de Fran, mientras tanto, miraban a la pareja desde su posición, haciendo señas y jaleando al amigo, que parecía haber ligado.
—Ya te lo dije —aseveró Lucas—. Esa folla sí o sí.
Tras diez minutos de hablar en la barra, sin embargo, la chica dejó plantado a Fran y éste se acercó hacia ellos con expresión avinagrada.
—¿Qué pasa, tío? No se te ve muy feliz —le recibió Sergio.
—Joder, la muy hija de puta me ha sacado una cerveza, me ha dado algo de rollo, que si de dónde eres, que dónde trabajas, bla, bla, bla…
—¿Y qué más…? —apremió Lucas.
—Pues al final la guarra me suelta que tiene novio, me enseña el anillo y me dice que se casa en unos meses. Que mucho gusto en conocerme. Y hasta luego, cocodrilo… ¡Será calientapollas!
—Joder, tío, al menos te habrá dado su número, ¿no?
—Qué va, me ha dado un beso en la mejilla, y gracias…
*
De vuelta a su mesa, Clara ya no sonreía. El rato agradable que había pasado junto a aquel pardillo la había hecho olvidar el lío en que se había metido un par de días antes. Pero en cuanto había despachado al pimpollo, los recuerdos habían vuelto a ocupar el cien por cien de sus pensamientos y no tenía forma de espantarlos.
Se había sentido como Cenicienta en el baile cuando Elena le había propuesto unirse a sus damas de honor. Pero lo que no le había dicho era que la feliz proposición tenía una cara B, la cara amarga de pretender pertenecer a una clase que le quedaba grande. Tal vez aún pudiera echarse atrás y desdecirse, pero eso sería aún peor. Y a saber cómo se lo tomaría Carlos y su pomposa familia.
Además, hacerlo cortaría su recién iniciada relación con lo que ella llamaba «la realeza», y eso no lo podía admitir sin al menos luchar. Si quería llegar tan alto como ambicionaba, tenía que rodearse de la crema de la jet. Y el grupo de tres chicas al que se había unido para acompañar a la novia en su día más feliz eran parte de esa crema.
La sombra que le había desvelado su prima Laura con sonrisa diabólica tenía relación con los costes de pertenecer al selecto grupo de damas de honor. En primer lugar, el regalo de bodas. Habían acordado regalarles entre todas el viaje de novios. Unos novios normales habrían elegido Mallorca o Tenerife, como todo el mundo. Pero Elena y su prometido no eran novios normales, precisamente.
Iban a viajar a las Seychelles los muy asquerosos y eso les saldría a una fortuna por cabeza. Luego estaban los vestidos de las damas hechos a medida. Otro dineral. Y, para finalizar, los trapitos que necesitaba para verse con sus nuevas amigas cuando quedaran para hacer planes. Ni por lo más remoto se le ocurriría aparecer con vestido, zapatos y demás complementos repetidos. Sus nuevas amigas nunca lo harían, así que ella tenía que aguantar el tipo. Había pensado ir trampeando con la ropa que le prestaran Paula y Lines. Ellas se la habían ofrecido de corazón cuando les pidió ayuda, pero sus compañeras tampoco tenían un vestuario infinito.
El último recurso sería pedirle el dinero a Carlos, pero ya sabía que su prometido andaba siempre «corto de efectivo», como solía decir. Hasta que no se liberaran los bienes que su tío pensaba donar a sus cuatro descendientes, ese camino era una vía sin salida. Tendía que apañárselas por sí misma, no le cabía la menor duda.
*
En eso andaban sus pensamientos, cuando se fijó en el tal Fran, el trajeado que le había entrado hacía un rato. Él también la vigilaba a ella por el rabillo del ojo, aunque intentaba disimularlo. Oía parlotear a sus amigas como de lejos, pero no les hacía ni caso. Porque al mirar al treintañero, una idea germinaba en su cabeza. Y, al menos en pensamiento, no sonaba tan mal.
Observó que el tal Fran no se encontraba solo, sino que bebía cerveza con otros dos amigos idénticos a él. Misma edad, mismo traje. Parecían trillizos. Pero eso no era un problema, se dijo. Quizá los amigos le sirvieran de apoyo si él se encontraba, como Carlos, corto de efectivo.
Aprovechó que los tres hombres hablaban, reían y seguramente soltaban frases groseras sobre ella, para escrutar los ojos de Fran. El trajeado debió de notarlo al instante porque se removió incómodo en su taburete y soltó una frase a sus amigos con la mirada huidiza. En la frase la palabra «Sara» se le había leído en los labios claramente.
Era el momento de actuar. Sin quitar la mirada del trajeado, se bajó de la banqueta y, tras comentar a sus amigas que se iba a los lavabos, echó a andar.
Por el rabillo del ojo vio como los amigos de Fran le instaban a empujones a que la siguiera. Clara se hizo la remolona hasta ver que el joven se animaba y entonces se apoyó en una columna cerca de la pista de baile. Con las piernas seguía el ritmo de la música.
*
Lucas y Sergio observaban cómo Fran y la chica —Sara había comentado que se llamaba— charlaban acercando sus bocas a la oreja del otro. La música en aquel punto era estridente.
No habían pasado ni cinco minutos cuando su amigo se volvió con el rabo entre las piernas.
—Pero, Fran, coño… ¿qué pasa ahora? —espetó Lucas—. Si te lo ha puesto a huevo, colega...
Fran miraba a sus amigos con ojos de alucinado.
—Joder, tíos… —intentaba hablar pero no le salían las palabras—. Que me ha pedido dinero por dejarse follar…
—¡No jodas…! —exclamó Sergio—. ¿Es una puta?
—No sé… ella dice que no… Me ha dicho que lo hace porque necesita dinero para una operación de su padre y no sé qué historias, pero que soy muy guapo y que estaría encantada de follar conmigo…
—Hostia puta… ¿Y cuánto te ha pedido?
—Quinientos por un polvo o trescientos por una mamada.
—¡Jo-der! —no pudo evitar Lucas la exclamación—. Encima de puta, cara, aunque la verdad es que está para mojar pan, la muy guarra…
—¿Y no te ha dicho nada más? —se interesó Sergio.
—Sí… que acepta bizum…
Los tres amigos se miraron y, tras dudarlo un instante, lanzaron una carcajada al unísono.
La tal Sara seguía apoyada en la columna en la que la había dejado Fran. De vez en cuando miraba hacia ellos con gesto impaciente.
Se enzarzaron en una discusión acalorada. Lucas y Sergio se empeñaban en hacer una colecta y prestar a Fran el dinero que necesitaba. Fran se mantenía en los trece de que él no era de pagar por putas. Ellos le respondían que Sara no era una puta, sino una pobre chica necesitada. Después de unos minutos de frases entrecruzadas, Lucas sentenció.
—Pues tú haz lo que quieras, pero yo me la voy a follar…
—Hostia, Lucas, que el ligue es de Fran, no jodas…—le recriminó Sergio—. A un amigo no se le hace eso.
—Coño, Sergio, ¿pero no ves a éste? Si está como atontado. Y piensa en la pobre chica… Que será de su padre sin mi ayuda…
Entonces intervino Fran para cerrar la discusión.
—No pasa nada, Sergio. Yo estoy de acuerdo. Si Lucas se la quiere follar, que se la folle. Toda para él…
—Ya, claro… —se quejó Sergio—. Como el cabrón ha pillado el bonus por el proyecto de Valencia, el nene tiene pasta y se puede follar a la guarra, mientras nosotros a dos velas.
—Joder, que no… —contratacó Lucas—. Que si es por eso, no hay problema…
—¿No hay problema? —apuntó Sergio—. ¿Qué pasa? ¿Nos vas a prestar quinientos por cabeza para que nos la follemos los tres?
—Joder, no, tío… Que mi mujer me va a pedir esa pasta y sisarle quinientos ya me va a costar…
—¿Entonces?
—Entonces le voy a pedir que os deje mirar mientras me la follo…
Estuvieron de acuerdo con esa solución Salomónica y Lucas se fue a por la chica. Habían acordado que se lo haría en los lavabos, en uno de los cubículos más espaciosos que hubiera para que entraran los cuatro.
*
Tras otros cinco minutos de charla, Lucas volvió con cara de pasmo.
—¿Qué pasa? —preguntó Fran—. ¿Te ha subido el precio?
—No joder, no es eso… —replicó Lucas—. A ver, varias cosas. La primera que de mirar nada, o en caso de que os la queráis cascar a su costa que cien euros por barba.
—¡Su puta madre! —dijo Fran.
—Por mí de acuerdo… —replicó Sergio.
—La segunda: que de follar en los lavabos tampoco, que a una amiga la pillaron en uno y se armó la marimorena con su marido.
—Ah, ¿pero no era novio?
—No, el suyo sí es novio, que no te enteras… Lo del marido era por la amiga de la marimorena....
—¿Y entonces, dónde quiere follar?
—En un coche…
—¿En su coche…?
—No, ella no tiene coche… —Lucas agarró el brazo de su amigo—. En tu coche.
—¡No jodas! —protestó Sergio—. En mi coche ni de coña, que luego queda olor y mi mujer tiene un olfato de la hostia.
—Tranqui, Sergio —insistió Lucas—. Que si queda olor yo te pago la limpieza. Pero lo siento tío, el único carro en el que cabemos para follar a gusto es en tu monovolumen. Y yo me la tengo que follar o me van a reventar los huevos…
*
Unos minutos más tarde, Clara anunció a sus amigas que se iba para casa. Paula y Lines intentaron convencerla de que se quedara un rato más, pero les puso una excusa y se dirigió hacia la calle. En lo que sus amigas no se fijaron fue en los trajeados con pinta de abogados treintañeros que salían tras ella.
La tarde había avanzado y a aquella hora ya era de noche cerrada. Se subieron en el monovolumen de Sergio y se dirigieron a un parking cercano. Se trataba del aparcamiento de un supermercado que por lo avanzado de la hora se hallaba cerrado. El gran espacio para los coches se hallaba vacío, aunque algún vehículo quedaba salpicado por aquí y por allá. Se acoplaron en el rincón más discreto que encontraron y comenzaron la transacción.
Clara parecía segura de sí misma. Pero eso era solo por fuera. Por dentro se la comían los nervios. A cada minuto se preguntaba si sería capaz de llegar hasta el final. Practicar sexo con un conocido en un lugar habitual era una cosa. Pero hacerlo con tres desconocidos en un coche era harina de otro costal. Trataba de darse ánimos pensando que aquello no podía ser peor que lo que le habían hecho Ramón y Juan el sábado anterior. Y, sobre todo, pensaba en el dinero. O, mejor dicho, en la falta del dinero que necesitaba para poder escalar peldaños en la escala social.
Cuando el motor dejó de rugir, Clara volvió a la realidad.
—Lo primero, los condones… —pidió cuando el silencio se adueñó del vehículo. Tenía que mostrarse retadora, casi agresiva, si quería mantenerlos a raya. Y su primera frase la convenció de que lo podía conseguir.
Lucas mostró en una mano los condones que había adquirido en la máquina autoservicio de los lavabos del bar y Clara se mostró conforme.
—Lo segundo, los bizum… —prosiguió—. Tú quinientos y tus amigos cien cada uno.
Los tres hicieron las transferencias y Clara vigiló que eran correctas en su móvil.
—Ahora —concluyó—, tú y yo nos quedamos en el asiento de atrás y tus amigos a cascársela a la calle.
Los amigos protestaron, pero no hubo manera de convencerla.
Unos minutos más tarde, la escena que allí se desarrollaba era, no por obvia, menos alucinante.
Clara se había quitado las bragas y recogido la falda. Igualmente, por petición de Lucas, se había abierto la blusa para que pudiera manosearle las tetas mientras la follaba. Gentileza de la casa, porque al principio se había negado en redondo, al igual que lo había hecho con el asunto de los besos. En el segundo caso la chica no se había bajado del burro, y no había consentido dejarse morrear como él pretendía para ir calentándose.
Por su parte, Lucas se había quitado los pantalones y los bóxer y se había quedado en calcetines. No era muy sexy lo de los calcetines, pero la noche era algo fresca y no se prestaba a muchas alegrías.
En el exterior, Fran y Sergio apretaban las narices contra el cristal de la puerta trasera del coche. Se habían bajado la delantera de los pantalones y se pajeaban mientras miraban a su amigo situarse para entrar a matar.
Las caras de los dos hombres eran un poema. No llevaban suficiente ropa como para estar en la calle a esas horas. Y menos con la picha al aire. Así que se les veía tiritar. Lucas se apiadó de ellos y suplicó clemencia ante la chica.
—Ni hablar… —dijo ella tajante.
—Pero Sara, por dios, ¿no ves que se les va a congelar la polla a los pobres? —protestó Lucas—. Además, si alguien los ve de esa manera, se va a dar cuenta de lo que estamos haciendo y van a acercarse a mirar también.
Este argumento convenció a Clara y, finalmente, dejó a los amigos de su «cliente» que se subieran al coche en la parte delantera. Por otro lado, pidió que arrancaran el motor y pusieran la calefacción. El frescor que anunciara Lucas también la estaba enfriando a ella la zona baja del cuerpo.
En esas estaban cuando Clara hizo un repaso de la situación. Los amigos de su cliente estaban de rodillas en los asientos delanteros mirando hacia atrás. Sus pollas semi rígidas se movían al son de sus manos, que bajaban y subían la piel a medio ritmo para que entraran en calor.
Ella se había tumbado sobre el asiento trasero, se había remangado la falda y abría las piernas. En la cabeza se había puesto un cojín que encontró por allí para estar más cómoda. Lucas, de rodillas delante de ella, se masajeaba la polla igualmente para intentar endurecerla.
Y, de nuevo, pensaba en el dinero que acababa de ingresar. Setecientos euros no era una cantidad para tirar cohetes, pero para un par de trapitos ya le daban. Había quedado con las damas de honor para el sábado siguiente, y algo se podría comprar con esa cantidad.
Una frase la sacó de su ensoñación. Provenía de Lucas.
—¿Cómo quieres que empecemos?
Clara miró la verga del hombre, que se hallaba a media asta, y prefirió hacerle esperar un poco. Si no conseguía follarla por no ponérsele dura, tal vez le pidiera su dinero de vuelta y eso supondría un problema para su cuenta bancaria.
—Lo primero es chuparme el chocho, querido, ¿no querrás metérmela sin que esté lubricado? Con lo gorda que la tienes me harías daño.
La sonrisa de Lucas se ensanchó. Clara había conseguido su objetivo: alimentar su ego. En realidad, la polla del hombre no era para tanto. De hecho, dudaba de que llegara a la media nacional. Pero, con el piropo, al menos se le había endurecido un poco dando cabezazos hacia arriba.
Lucas comenzó a lamerle el coño y ella se lanzó a gemir como una loca. Lo había visto en las películas porno y se daba cuenta de que daba resultado. Sus grititos habían engordado varios milímetros las pollas de los tres amigos y los de los asientos de delante se pajeaban ahora con fervor.
Decidió seguir con los gemidos sin parar, así la faena acabaría antes y podría irse a su casa a dormir, que era lo que le pedía el cuerpo.
Tras un par de minutos de chupada, que no le supo a nada, Clara levantó la cabeza de Lucas tirándole del pelo.
—Venga, ya está… Ahora a follar… —dijo ella con una amplia sonrisa fingida—. Dámelo todo, machote.
Lucas se incorporó y cogió un condón del bolsillo de la camisa. Intentó ponérselo haciendo un esfuerzo y no había manera. La verga del tipo no estaba aún lo suficientemente dura. Finalmente, el hombre desechó la goma y miró a Clara desesperado.
—¿Qué pasa…? —preguntó ella.
—No se me pone dura del todo… Joder, Sara, necesito una ayudita…
Clara intuyó a qué tipo de «ayudita» se refería y al principio le pareció una barbaridad. A saber qué clase de enfermedades podía pegarle el tiparraco. Los tres hombres la miraban ansiosos, esperando su veredicto.
Finalmente, encontró la solución.
—A ver, déjame que te meta yo un condón, aunque solo sea un poco. Luego te chuparé el capullo, pero con el condón por medio. No quiero contagios, ¿lo pillas…?
—Pero, cielito, si soy un tío muy sano…
—Con condón o a tomar por culo… —exclamó ella—. Y no me llames «cielito», os he dicho que no soy una puta, ¿vale?
—Joder, vale, tía, no te pongas así…
Clara succionó el glande de Lucas con la protección de la goma y, efectivamente, en unos segundos alcanzó una erección aceptable.
—Venga, ya entra seguro… —sentenció Clara—. La dureza que le falta la conseguirás en cuanto me la metas.
Se tumbó de nuevo y Lucas se posicionó encima de ella. Alzó las piernas para que él entrara y, ante su falta de puntería, Clara metió la mano y se la colocó en el orificio correcto. El hombre empujó la cadera y la polla se incrustó por entero en su vagina.
El «Ufff» que soltó Clara al notarla entrar no fue fingido.
Lucas empezó a embestirla y la estuvo follando durante varios minutos. El tío se veía que era de los que aguantaban, nada de dos minutos como la mayoría.
A Clara no le importó ese detalle porque el tío no lo hacía nada mal. El regusto que la estaba dando aquella polla la hacía arquear la espalda y el cuello de forma refleja. Si el tipo aguantaba poco más, no mucho, creyó poder llegar a correrse. Y desde ese momento deseó hacerlo.
Correrse en esas circunstancias la diferenciaría de una vulgar puta. Las putas nunca se corren, lo había visto en un documental. Y ella no era una de aquellas. Era simplemente una mujer desesperada a la que habían empujado hasta aquel extremo. Y la culpa era de la puñetera vida, que era carísima y sin dinero a raudales no podía ser disfrutada como dios manda.
Y se corrió, vaya si se corrió. Los tres tíos se reían a carcajadas mientras ella se movía sin control, dando botes sobre el asiento y lanzando unos «oooh… aaah… joder… coño… me corro… hijo de puta… muévete…» que partían el alma.
—¡Así, así, dale rabo, compañero! —se venía arriba Sergio.
—¡Mátala de gusto, cabronazo! —exclamaba Fran.
Lucas culeaba a Clara, pero no decía ni media palabra. Solo le buscaba la boca que ella siempre le había rehuido hasta que, perdida la voluntad durante el clímax, la dejó a su merced y él se la comió con ansia. Ella, agradecida, respondía con lengüetazos desesperados que pretendían atrapar la lengua del hombre que la estaba llevando a la gloria. El calor de la boca de Lucas alargaba su orgasmo y Clara se sentía volar.
—Jajaja… mira cómo se corre la guarra… —reía Sergio.
—Joder, yo pensaba que las putas no se corrían, pero ésta se está muriendo de gusto… —replicaba Fran.
Cuando el orgasmo acabó, deseó que el tal Lucas se corriera también para acabar con aquella miserable situación. Tras el estallido de placer, ya no sentía euforia. Ni siquiera por el dinero. Solo contaba el tiempo. Que pasara rápido y que el sexo terminara.
El tipo seguía embistiendo y lanzando gemidos ahogados. Pero no se corría.
Y ella preguntaba:
—¿Te falta mucho?
Y el respondía:
—Ya no mucho, zorrita… Y cállate, que me desconcentras…
Y a ella ya le daba igual si la llamaban zorra, puta o lo que les diera la gana. Lo que quería era que Lucas se corriera para poder irse a casa. Volver a casa, sentirse segura, era su único horizonte a corto plazo.
Pero Lucas seguía como si nada, gruñendo pero retrasando el orgasmo. Y los que sí estaban a punto de correrse eran sus amigos. Ambos apretaban los ojos y Clara notaba que no les faltaba mucho para comenzar a disparar leche.
—Sergio, me voy a correr pero ya… —decía uno.
—Joder, Fran, yo también… —respondía el otro.
—Vamos a poner a esta zorra llena de lefa.
—Pues que se joda por puta… Nuestra pasta nos ha costado…
Clara se alarmó por estas palabras.
—De correrse encima de mí, ni de coña, ¿me oís?
—¿Por qué no? —espetó Fran.
—¡Pues porque lo digo yo…!
Lucas empezaba a jadear a mayor ritmo. Comenzaba a sufrir los estertores del orgasmo. Por mucho que quisiera escapar de su prisión, Clara sabía que no podría moverle ni un milímetro, tan pegado lo tenía y con la polla metida hasta los huevos. Así que si los dos mirones se corrían, iba a tener el mismo problema que el sábado en la casona.
—Nos has costado una pasta, te vamos a poner de leche hasta las cejas y te vas a joder, guarra… Que no nos hemos creído lo de la operación de tu padre.
Lucas ya se corría dentro de ella, pero Clara no le hacía caso. Cuando terminó de moverse, la chica levantó una mano hacia los pajilleros.
—¡Esperad! —dijo a la desesperada—. Os propongo algo mejor.
—A ver, ¿qué propones? —peguntó Sergio.
—Me la trago entera, primero la leche de uno y luego la del otro.
Los dos amigos se miraron y estuvieron de acuerdo. Salieron del coche, echaron a empujones a Lucas y ocuparon su lugar, uno por delante de Clara y el otro por detrás.
El primer pajillero se puso a horcajadas sobre ella. Sergio le sujetó la cabeza desde atrás y Fran le introdujo la polla en la boca. Se pajeó un instante y enseguida comenzó a correrse gruñendo. La leche se le escapaba a Clara por las comisuras de los labios y Sergio se la limpiaba con la mano para que no cayera sobre el asiento.
Tras acabar Fran, cambiaron de posición y la jugada se repitió. Con la diferencia de que Sergio disparaba más cantidad que su amigo. Y sabía peor. ¿Pero qué coños ha comido éste hoy?, protestaba Clara para sus adentros. Sabía que el semen humano tomaba sabores según los alimentos ingeridos. También lo había visto en un documental.
Cuando los hombres se quedaron satisfechos, salieron del coche para ajustarse la ropa. Clara se la arregló dentro del vehículo después de escupir por una ventanilla toda la lefa que no había tragado. Los tres hombres reían a carcajadas cada vez que daba una arcada.
«¿Y si me cago en vuestra puta madre?», pensaba Clara, pero callaba por prudencia. Eran tres contra una, mejor no tirar de la goma.
Cuando los hombres se disponían a alejarse en el monovolumen, la ofrecieron llevarla a algún sitio. Ella declinó la oferta. Ya no se sentía a salvo subida al coche con los tres tipejos. De hecho, no entendía como había podido controlarles al principio. Se decía que tal vez lo había conseguido por el calentón que les esclavizaba.
Posteriormente, la fina línea que separa el respeto del abuso se había roto y al menos dos de los hombres la habían, si no agredido, al menos violentado. Eran gajes del oficio, no le cabía la menor duda. Se había convertido en una puta profesional en aquella madrugada. Y a las putas no les queda más que tirar para adelante y callarse como tales, se lamentó.
Echó a andar hacia la avenida, dolida en la entrepierna y masticando un chicle de menta para el mal sabor de boca. Mientras buscaba un taxi con la vista, se repetía una palabra todo el tiempo. Era la única palabra que la abstraía del sentimiento de degradación que la embargaba: Setecientos, setecientos, setecientos…
Continuará...
Este relato será publicado completamente en todorelatos.com, a razón de 1 o 2 capítulos por semana. También podréis leerlo de un tirón en Amazon los que queráis (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
...
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