Xtories

Historia de una mujer fácil - Completa (14)

Clara nunca tomó la iniciativa, pero esta noche el calor en su entrepierna es insoportable. Su novio la rechaza, y en la oscuridad del dormitorio, las imágenes de otros hombres la dominan. ¿Qué hará cuando el deseo supere a la vergüenza?

Abel Santos6.4K vistas8.8· 10 votos

UNA PAJA DESESPERADA

Habían pasado unos días desde el encuentro con los cerdos de Ramón y Juan, y Clara no entendía lo que le pasaba por dentro. Acababan de acostarse Carlos y ella tras ver en Netflix una comedia romántica francesa, insulsa pero repleta de escenas picantes. Algunas de ellas con sexo casi explícito.

Clara no comprendía el calor que le había nacido en la entrepierna y que trepaba por su vientre. ¿Habría sido provocado por la insustancial película? Recordaba la noche en la casona con padre e hijo. Al acostarse ya casi de madrugada, Carlos le había pedido sexo con insistencia.

Ella se lo había negado aduciendo la típica excusa femenina del dolor de cabeza. En realidad, había sentido náuseas con solo notar acercarse a su novio y pasarle el brazo por el escote buscándole las tetas. No era para menos, teniendo en cuenta los polvos que le habían echado esa misma tarde los cerdos de su tío y primo políticos.

Tras ese rechazo, Carlos no la había vuelto a solicitar y llevaban varios días sin practicar sexo. Tal vez, se decía, su novio se sentía satisfecho por haber vuelto a las andadas con su prima Laura. ¿Lo habrían dejado alguna vez, en realidad?, se preguntaba.

No obstante, Clara no lo había echado de menos. Ahora, sin embargo, tal vez encendida por las escenas de la película, notaba un intenso calor en la vulva y una humedad creciente en las bragas.

Tras unos minutos de intentar dormirse sin conseguirlo, se acercó hacia su prometido y se pegó a él por la espalda. Carlos se hallaba girado hacia su lado de la cama y respiraba pesadamente. Clara no pudo evitar estirar una mano e introducirla dentro de los pantalones del pijama del hombre.

Se sentía rara, en el tiempo que llevaban juntos jamás había tomado ella la iniciativa. El sexo siempre empezaba por una petición, de palabra o de obra, de él. No podía decirse que su novio fuera un hombre super apasionado, pero era habitual que le pidiese acción dos o tres veces por semana.

La rareza se convirtió en vergüenza y se imaginó la sorpresa de Carlos cuando notara como le agarraba con avidez la polla bajo el pijama. Una polla que notó flácida, aunque de un tamaño aceptable. Apretó el miembro de su novio y lo masajeó moviendo la piel de arriba abajo, sin olvidarse de amasar los huevos blandos pero calientes.

Como viera que Carlos no reaccionaba, acercó su boca a la oreja de él y le susurró respirando entrecortadamente:

—Carlos… —se detuvo un instante y prosiguió—. ¿Estás despierto…?

—Mmmm… —fue la única respuesta por parte del hombre.

—¿Por qué no te giras y me echas uno rapidito? Estoy supercaliente…

Le jadeó en la oreja para demostrarle que hablaba en serio sobre su calentura.

—Ay, cari… estaba dormido… ¿por qué me despiertas…? —se quejó Carlos.

Se subió un poco más sobre él y pasó una pierna sobre su cadera, al tiempo que le apretaba con más fuerza la polla.

—Es que… no me puedo aguantar… necesito un polvo… aunque sea pequeñín… ¿De quién es esta pollita…?

Carlos se impacientó y se desembarazó de Clara con un movimiento de desagrado.

—Lo siento, de verdad, amor… Pero mañana tengo que levantarme muy pronto. Recuerda que tengo que coger el AVE a las ocho.

La frase había sido más que cortante, no dando opción a ningún tipo de jugueteo o negociación. Clara se sintió fatal. Quizá era culpa suya por no ser lo suficientemente atractiva para él. Quizá ya no la deseaba como al principio. Y, sin decir nada, se volvió hacia su lado de la cama y se quedó mirando al techo desconsolada.

Lo que ella no sabía era que Carlos, después de ver la película picante, se había masturbado en la ducha antes de acostarse. Y, con los huevos vacíos —raro era que su prometido rellenara las pelotas en menos de cinco o seis horas—, prefería dormir a tener que trabajar para contentar a su amada.

*

Carlos empezó a roncar bajito, y a ella la calentura no se le pasaba. Primero le venían las imágenes de la película. Dos actores hermosos y desnudos follando sobre una playa mientras varios mirones se tocaban entre las piernas viéndoles «actuar». El sexo del actor —erecto y duro con imagen explícita— penetraba la vagina de la actriz de forma real, aunque en el cine todo podía parecer creíble aun siendo falso.

Enseguida, y por sorpresa, el rostro del actor se transformaba en su mente en el de Ramiro y pudo sentir el olor y el sabor de aquella polla grande, aunque no enorme, que había chupado en la noche de la cena de directivos. A la mamada, le seguían flases de la cabeza de él agachada sobre su coño lamiéndolo con una lengua caliente y húmeda.

Extrañada e incluso molesta por estas imágenes, no pudo evitar sin embargo que sus manos levantaran el camisón y se dirigieran a su entrepierna como si tuvieran vida propia.

«Ese puto cabrón…», pensó para sí. No entendía como la imagen de Ramiro elevaba tantos grados su calentura. Las manos parecían volar libres y ya se encontraban bajo sus bragas. Una de ellas abriendo los labios para dar acceso a la otra, que masajeaba el clítoris trazando círculos con rapidez.

Su cuerpo se tensó. Se apartó un poco más hacia el extremo de la cama para evitar que un movimiento involuntario de sus piernas rozara a su novio y que este la sorprendiera tocándose. En el tiempo que llevaba con él no había necesitado hacerlo nunca, a excepción de una vez. Aunque esa vez había sido en la ducha con el agua de la alcachofa y para ella no contaba.

Lo pensó un instante. Nunca había necesitado demasiado el sexo, ni con Carlos ni en solitario, porque siempre había sido una mujer más bien fría. Entonces… ¿por qué lo necesitaba ahora? ¿Y por qué de una manera tan apremiante? ¿Qué había cambiado en ella?

A su mente acudían ahora las imágenes de Ramón y Juan follándola de forma salvaje, cada uno por un orificio, y tratándola como un objeto. Un fogonazo de placer recorrió su vagina y unas gotas de humedad brotaron de su interior. ¿Era aquello posible? ¿El haber sido vejada y humillada por tres hombres en los últimos días la habían cambiado tanto como para volverse loca de deseo?

No supo responderse a esa pregunta pero, cuando introdujo su primer dedo entre sus labios, la polla de Juan se dibujó ante su vista entrando y saliendo de su interior, provocándole un espasmo de placer que nunca había sentido estando a solas.

Placer y dolor. Era lo que recordaba. Dos hombres casi violándola y hablando de ella como si no estuviera delante, y ella muriendo de deseo si se detenían a hablar y a burlarse en lugar de seguir con sus embestidas. Un segundo dedo entró sin dificultad en el interior de su coño y a su boca y nariz vinieron el olor y el sabor de la gran polla de Ramón. El mayor rabo que hubiera visto nunca, a pesar de que en toda su vida solo había visto los rabos de media docena de hombres. Si descartaba las pollas de los chicos de las películas porno, claro, aunque estas tampoco contaban a tenor de los trucos que sabía que se utilizaban en el cine.

Estaba a punto de reventar. La explosión del orgasmo, tan necesitada en ese momento, parecía llegar a ella con facilidad. En cuanto pasara, sabía que todas las imágenes desaparecerían trayendo con ello un gran alivio. Sin embargo, en lugar de acelerar para dejarlo estallar, se detuvo y respiró profundamente.

De pronto deseaba que aquella sensación que la mataba de gusto entre las piernas se mantuviera unos minutos más. Necesitaba disfrutar de un momento en solitario que hasta entonces no había conocido. Así que cambió de estrategia y de postura. Se volvió en la cama y se puso de lado, de espaldas a su novio. Se introdujo una mano bajo el camisón hasta aprisionar uno de sus pechos y con la otra se metió en el coño un solo dedo para pajearse más despacio.

«Menudo pedazo de chocho tiene la muy puta…». Las soeces palabras de Juan resonaron como un eco en su memoria y un nuevo escalofrío la recorrió por entero. A continuación, mientras se tocaba suave para alargar el placer, una imagen en movimiento se le mostró de forma inconsciente. En ella, los tres hombres —Ramón, Juan y Ramiro— la follaban al unísono, cada uno de ellos por un orificio. Mientras le introducían sus pollas hablaban de ella con palabras obscenas y se reían de las expresiones de placer de su rostro. Ella se corría y pedía que siguieran, que no pararan, que necesitaba de aquellas pollas para poder calmar su sed.

Una vez más detuvo sus dedos cuando el orgasmo a punto estaba de detonar. Esta vez lo hizo por miedo. Se temía que de sus labios brotaran gemidos en voz demasiado alta y que su novio se despertara y la descubriera en tan vergonzosa actitud. Se moriría si eso ocurriera.

De modo que no se lo pensó y saltó de la cama con sigilo, dirigiéndose al baño de puntillas. Cerró la puerta y, tras bajarse las bragas hasta los tobillos, se sentó en el inodoro. Miró a su alrededor y encontró lo que buscaba: una esponja de ducha que se introdujo en la boca para ahogar los gritos. A continuación volvió a meterse dos dedos en la vagina, que ésta recibió con alborozo. La mano libre masajeaba el clítoris con un frenesí que Clara no había utilizado jamás.

Cuando el orgasmo estalló, la joven comenzó a dar botes sobre el inodoro, sintiendo su cuerpo libre y sin control. Las piernas se estiraban y se aflojaban y las rodillas se golpeaban entre sí cuando los muslos se cerraban de forma refleja. No pudo contar la duración de aquel clímax en solitario, pero supo sin duda alguna que había sido espectacular.

Tras una ducha corta de medio cuerpo para limpiar los jugos derramados, se volvió a la cama y, rendida, se quedó dormida en un instante.

Una hora más tarde, sin embargo, se despertó y volvió a jugar con su cuerpo ardiente, esta vez de forma más sosegada y sin grandes aspavientos. Las imágenes de los tres hombres a los que odiaba sobrevolaban sus fantasías de nuevo. Y no pudo quitárselos de la cabeza follando su cuerpo con menosprecio mientras se corría no una, sino dos veces con la diferencia de pocos minutos.

«¿Lo ves, zorra…? ¿Ves cómo te corres? ¿No te lo dije?», las palabras de Juan no dejaron de repetirse en su cabeza mientras perdía la noción del tiempo durante los espasmos que la mataban de gusto cada una de las veces.

Continuará...

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