Historia de una mujer fácil - Completa (13)
La puerta se abre sola antes de que toques el timbre. Sabe que está sola con el hombre que ha manipulado a su familia, y que esta noche no hay vuelta atrás. El alcohol, la música y la promesa de un placer prohibido la arrastran hacia una buhardilla donde las reglas morales se desmoronan.
LA TARDE EN LA BUHARDILLA
Clara
A las ocho y cuarto de la tarde del sábado, un Uber me dejaba a las puertas de la casona. Una vibración me indicó que la puerta de entrada de peatones había sido abierta electrónicamente antes de que yo llegara a pulsar el timbre del videoportero. Señal de que Ramón esperaba mi llegada con expectación.
Mientras caminaba hacia la puerta del antiguo edificio, pensé en cómo Carlos había sido manipulado para ausentarse de Barcelona durante el fin de semana. Tío Ramón había cumplido su palabra. Había pedido a Laura que le convenciese para viajar con ella y con su amiga Elena, a punto de casarse, para visitar a un modisto en el sur de Francia íntimo amigo de mi prometido.
El pretexto era elegir y encargar el vestido de boda de Elena. La perfecta excusa para un narcisista como mi novio. Carlos, por supuesto, había aceptado de buen grado. Hacer los honores a Laura y a su amiga era un orgullo para él, teniendo en cuenta su baja autoestima dentro del entorno familiar. El plan era salir por la mañana del sábado y volver el domingo por la tarde. Temí que Laura aprovechara para acostarse con su primo político durante la noche que pasarían en un hotel de Niza.
Esta sospecha no era suficiente justificación para lo que podría ocurrir entre tío Ramón y yo, pero me servía de apoyo. De todas formas, no tenía muy claro que llegara a aceptar su propuesta, por lo que en ese aspecto aún no me sentía culpable. Cuando subía las escaleras hasta la buhardilla mi decisión se encontraba con un sesenta por ciento de probabilidades en contra.
Ramón me abrió la puerta y me recibió en su atuendo favorito: pantalón Adidas, polo Ralph Lauren y zapatillas caseras Brownie. Una música suave llenaba el ambiente y un mueble bar con ruedas había sido estratégicamente situado junto a los sillones de la zona de estar.
—¿Qué quieres beber? —me preguntó el viejo donjuán a modo de saludo.
—No quiero nada —respondí veloz—. No voy a quedarme mucho tiempo.
—¿Qué te pasa, querida? —odiaba cuando me llamaba «querida» y quizá por ello lo hacía constantemente—. ¿Acaso no te quedó claro nuestro acuerdo?
—Sí… bueno… —titubeé—. «Tú» acuerdo… lo entendí perfectamente. Pero no sé si puedo hacer lo que me pides. Ya te he dicho que no soy de esas…
Me sirvió una copa de Baileys con mucho hielo y me la puso entre las manos a pesar de mi negativa. Me quitó el bolso del hombro y lo dejó sobre el escritorio.
—Está bien… —dijo con dulzura—. Si no quieres quedarte, puedes irte cuando quieras. Pero no vas a negarle a este anciano un único baile.
Sin esperar mi respuesta, me tomó por la cintura y me apretó contra él. Sentí por primera vez el bulto entre sus piernas rozando mi cadera. Con la holgura del pantalón deportivo apenas se le notaba, quizá se lo había puesto justo para no espantarme antes de comenzar su tonteo.
Bailamos tres canciones románticas, elegidas a propósito con toda seguridad. Cuando comenzó a sonar Je t’aime, mois non plus —la misma canción que se escuchaba la tarde en que Carlos y Laura se afanaban en procrear sobre nuestro sofá— comprendí que aquella familia estaba sincronizada en todo. Y en ese momento supe que la misma Laura había sido follada en aquel escenario por el mismo viejo que me manoseaba las nalgas sin disimulo. Y con el mismo tema musical de fondo.
—Espera… —le dije separándome de él—. Necesito respirar.
Me alejé de él cuanto pude. Bebí un trago del dulce licor y me sentí mejor. Era la falsa seguridad que proporciona el alcohol. Me senté y cerré las piernas al ver que me miraba por debajo de la falda sin pudor. Sentía que el mal estaba hecho. Que me iba a ser muy difícil escapar de aquella encerrona. ¿Cómo había podido ser tan estúpida para enfrentarme a un vividor de libro? Con solo unos magreos y un poco de música me había puesto cachonda como una perra.
Miré con sospechas al vaso que me había servido. Improbable que hubiera echado alguna droga dentro. Había visto salir el cremoso licor de una botella que abrió delante de mí y con un dosificador imposible de reponer si hubiera sido extraído con anterioridad.
—No es el Baileys, querida —se pavoneó al observar cómo miraba el vaso—. No hay nada en su interior. Es tu cuerpo que pide que sea acariciado. Estás caliente porque eres así. Y porque estás deseando que este viejo te meta la polla que tanto te gustó la última vez que nos vimos aquí. Pero no te preocupes, soy un caballero, y voy a follarte con tal dedicación que vas a alegrarte de haber venido.
Sus groseras palabras en otro momento podrían haberme causado asco y repulsa. Ahora, muy al contrario, me excitaban asquerosamente. No podía entenderlo. Hasta no hacía mucho yo no era así. Por mi mente circularon los últimos acontecimientos.
El demencial orgasmo con Ramiro en los lavabos del restaurante, el polvo de Carlos a Laura, la mamada a Andrés, la encerrona de Juan en el baño de mi cuarto un piso más abajo de la buhardilla. Todo aquello me hubiera producido ganas de vomitar no mucho tiempo atrás. Ahora, sin embargo, lo único que me producía recordarlo era una fuerte subida de temperatura, un palpitar del corazón desbocado y una humedad en mis bragas que me impelían a ir más allá. A seguir explorando.
Y esos sentimientos los estaba leyendo Ramón en mis ojos con su sonrisa de viejo taimado, que sin saber por qué estaba deseando probar para descubrir su sabor.
Aprovechó mi desconcierto para intentar abrazarme, pero me zafé de él poniéndome en pie. Empecé a pasearme alrededor de la sala mirando y acariciando los lomos de los libros que se apilaban sin orden en las estanterías. Llevaba conmigo el vaso de licor y lo bebía de vez en cuando para infundirme valor.
Ramón se había cruzado de piernas y me miraba recostado en el respaldo del sofá.
—Dime, tío Ramón… —le dije para romper el paréntesis que se había creado entre los dos—. ¿Siempre has sido así?
Me temblaba la voz por la excitación, pero me controlaba como podía.
—¿Así, cómo…?
—Pues así… como eres… un donjuán empedernido, un buscavidas… un asalta mujeres… Ya sabes a lo que me refiero…
—¿Quieres conocer mi vida…?
—¿Tan raro te parece…? —me volví y la falda revoloteó sobre mis muslos haciendo que sus pupilas brillaran—. Al fin y al cabo, se supone que voy a acostarme contigo. Además, será la primera vez que le ponga los cuernos a tu sobrino —mentí—. ¿No merezco saber más sobre el hombre que va a hacerme gozar…? ¿Por qué cumplirás tu promesa de hacerme gozar, no?
—Por supuesto, querida… Te aseguro que no tendrás queja… —replicó—. Pero, dime, ¿por dónde quieres que empiece?
—No sé… puedes comenzar por contarme las chicas de esta familia con las que te has acostado… Si es que no lo has hecho con todas… A ver… déjame pensar… Con Aurora lo hiciste en su momento, si no, no habrías tenido hijos…
Ramón me miraba pasmado. Ya no debía de parecerle tan mojigata como al principio. Eso le gustaba, estaba segura, iba a disfrutar más del doble de lo que había imaginado llevándome a la cama.
—Pero, sigamos… —continué—. A Sofía te la has follado bien porque ella me lo ha confesado… ¿Sabes que está encoñada contigo…? Bueno, seguro que sí, tú eres el que la maneja a su antojo. Después está… Rocío… Otra víctima más. Esta se ha abierto de piernas ante ti hasta hace poco… Sí, no me mires con esa cara… lo sé porque Sofía me lo ha confesado… Ella cree que han sido solo un par de polvos, pero yo adivino que te la has follado a lo grande, durante mucho tiempo… ¿me equivoco?
Ramón se descruzó de piernas y apoyó los codos en sus rodillas.
—Dime, querida… ¿te pone cachonda pensar en las mujeres que me he follado? —sonrió malévolo—. Pues ahora déjame adivinar a mí… Seguro que te gusta masturbarte pensando en sus caras de placer mientras se corren bajo mis embestidas, ¿me equivoco? ¿Será quizá para imaginar la cara que pondrás tú misma cuando te la meta hasta el fondo? Por cierto, ¿quieres que te pegue en el culo mientras te follo? ¿Y en las tetas? A una de tus primas le gusta que le abofetee la cara mientras se corre… ¿adivinas quién es…?
—A ver… pensemos… —seguía en movimiento, no me atrevía a detenerme ni un segundo. Temía que si lo hacía saltaría sobre mí y la realidad me aplastaría, junto con su peso, sobre el sofá—. Yo creo que debe de ser Laura. La muy pendón parece una mosquita muerta, pero me juego lo que quieras a que se ha cepillado a todos los hombres de la casa, al igual que tú has hecho con todas las chicas… Menos yo, claro…
—Menos tú, de momento… —sonrió burlón—. Esta noche dormiré sabiendo que he batido mi propio record… que tú ya no eres una oveja negra…
Me atraganté al oír sus palabras… Porque me temía que lo iba a conseguir. Noté una gota de flujo recorrerme una pierna, pero la ignoré porque me hubiera avergonzado limpiármela ante él. Permitirle comprobar que me conocía mejor que yo misma y que mi calentura le facilitaría las cosas era, además de bochornoso, humillante hasta decir basta.
—Pero no hablemos de mí, querido tío… —le interrumpí—. Hablemos de otras chicas que ya no están en la familia. Por ejemplo, la exmujer de tu sobrino Carlos. ¿Cómo se llamaba…?
—¿África…?
—Eso, África… ¿También te la follabas?
El viejo se echó a reír excitado.
—¿Qué si me la follaba…? —replicó—. No, querida, no… África era la más puta de la casona… Era ella quien se me follaba a mí. Sabes que aparte de que su nombre suena a ébano, su piel era tostada y maravillosa, no?
—Sí, querido, Carlos me ha contado que África era mulata.
—Pues entonces te lo puedes imaginar. ¿Has conocido a alguna mulata a la que no le guste que la follen duro? Tu pobre novio no daba la talla y ella venía a verme por las noches y a veces me la follaba a ella y a la de turno. La de tríos que hemos montado en aquella época… Fue la mejor, sin duda alguna…
—Vale, creo que lo he entendido… Pero ahora me gustaría hablar de tu pobre hermano y de su mujer…
El viejo pareció turbarse.
—¿Qué coños quieres saber de ellos?
—Mira, hasta ahora solo era una sospecha, pero creo que con esa cara de mosqueo que has puesto me lo has dejado claro. Te follabas a la mujer de tu hermano igual que al resto, ¿me equivoco?
La cara de enfado de Ramón iba in crescendo.
—Incluso diría que alguno de tus sobrinos, a los que con tanto amor acogiste al morir sus progenitores, no es hijo de su presunto padre, sino tuyo…
Ramón tragaba saliva y yo me sentía cada vez mejor. Joder al viejo era un deporte de riesgo, pero al mismo tiempo hacía correr ríos de adrenalina por mis venas.
—Dime… ¿Cuál de los dos es hijo tuyo…? ¿Carlos…? No, espera, ya lo sé…
Ramón me enseñó los dientes. Su expresión decía a las claras: no sigas por ahí…
—Ya lo sé… —repetí—. ¡Es Sofía…!
Me eché las manos a la cara y el cerró los ojos para evitar que leyera en ellos la verdad que ya no podía negar.
—¡No me jodas! —exclamé—. ¿¡Te estás follando a tu propia hija!?
—Hostia puta… —se quejó—. Vale, está bien, lo confieso… Me he estado follando a Sofía sin saber que era mi hija… Me acabo de enterar… Tú crees que soy un monstruo, pero no es así… Si lo hubiera sabido antes, jamás se me habría ocurrido hacerlo.
—¡Y una mierda! —le solté cabreada—. Si no fueras un monstruo, no estarías intentando follarte a la mujer de tu sobrino…
—Aún no estáis casados… —se defendió.
—Vete a tomar por culo…
Aún paseé unos segundos más alrededor de la estancia. Luego, tras darle el último trago a mi copa, me acerqué a él para que me la rellenara. Me sentía flotar, y eso me abstraía de la realidad, que era lo que necesitaba en ese momento. Tenía que emborracharme antes de entregarme al puto viejo a cambio de una riqueza que no valía ni la mitad que mi angustia.
—Ven… —dijo él tras servirme la copa y dejarme tiempo para que la apurara y así dejar de sentir.
Le obedecí como un corderito y volví a sentarme como unos minutos antes.
Ramón se acercó hacia mí y me rodeó con un brazo sobre el hombro. La mano libre la puso sobre mis rodillas, apretadas como si estuvieran cosidas entre sí.
—Abre las piernas, querida —me dijo—. Se acabaron los juegos. Quiero tocarte ese coñito con el que he soñado en las últimas semanas.
—No… —repliqué sujetando el vaso con las dos manos y apretándolo con tal fuerza que pensé que iba a estallar en pedazos.
—No… ¿qué? —insistió.
—No quiero que me toques… ahí abajo… No me importa si desheredas a tu sobrino…
Mentía con palabras cada vez menos seguras. Y eso no podía estar pasando desapercibido al viejo conquistador.
Acercó su boca a mi cuello y, separando el pelo con la mano comenzó a besarme con unos toques de ala de mariposa. Sabía besar el viejo cabrón. Los escalofríos que me subían por el vientre me hicieron bajar la guardia y mis rodillas se separaron. La mano de abajo entró hasta mi vulva y la agarró con un suspiro de triunfo.
Arqueé la cabeza hacia atrás y abrí los muslos para permitirle el paso. Acababa de claudicar.
—Así, putita, así… —susurró sin dejar de besarme.
En pocos instantes mi cuerpo ya no era mío y mi boca dejó de ser mi boca en cuanto su lengua se apoderó de ella. Un jadeo que nunca hubiera querido soltar salió de mi garganta y me abandoné a su voluntad. Cerré los ojos y me dejé llevar por el placer de ser tocada por un viejo que olía a decrepitud disimulada con Esencia de Loewe.
Cuando me quitó las bragas le oí gruñir con satisfacción. Dos dedos, tres tal vez, se hundieron en mi interior y se movieron como alas de colibrí a una velocidad endiablada. Sentía dolor mezclado con placer, pero no me atreví a quejarme.
Sus dedos encharcados entraron en mi boca y supe que la sustancia espesa que me daba a probar era mi propia humedad.
—Lámela y dime si no es asquerosamente deliciosa. Es tu calor, putita, y es la prueba de que me deseas. Y yo solo quiero lo que tú quieres. Voy a hacerte disfrutar. Te lo he prometido y siempre cumplo mis promesas.
La lamí con la lengua y la bebí como si me fuera la vida en ello. Mantenía los ojos cerrados, entregada a él.
Instantes después, cuando tiraba de mi pelo para que bajara la cabeza, supe lo que vendría y abrí la boca para que su hinchada verga entrara en ella. Volvieron a mí los olores de la primera vez. Orines mezclados con lefa preseminal y un toque de mi propia humedad. Olor a macho maduro, en definitiva. Si ya me encontraba encendida, aquel olor y el sabor salado de la verga en mi garganta amenazaron con consumirme por entero.
—Puta asquerosa… —dijo el viejo cerdo—. Ya no te resistes, ¿eh? Eres como todas, pedazo de guarra… Al principio dicen que no al viejo verde, pero luego se dan cuenta de que es el que tiene la polla más gorda y el que las folla mejor. Te juro por lo más sagrado que esta noche vas a saber lo que es que te follen de verdad… por primera vez en tu puta vida… Será como sentirte desvirgada de nuevo…
Yo gruñía sin poder respirar.
—A ver, dímelo… ¿Quieres que te folle?
Tiró de mi pelo y me liberó de su verga.
—Sí… —articulé casi inconsciente.
—Sí, ¿qué? Pedazo de puta…
—Sí, tío Ramón…
—¿Qué más?
Me soltó un cachete para que le dijera lo que quería oír.
—Sí, tío Ramón, quiero que me folles…
Me sentí liberada. Porque ya no tenía que decidir si quería hacer aquello o no. Lo que iba a ocurrir lo haría con mi consentimiento o sin él. Yo solo debía dejarme llevar. Abrí los ojos por un momento y escruté los suyos. Una sonrisa burlona brillaba en sus pupilas. Aparté mi mirada y seguí chupando aquella polla, ansiando sentirla dentro de mi cuerpo.
Entonces se escuchó el sonido metálico del portón de la casona.
*
Clara
Al principio no lo oímos ninguno de los dos. Ramón no jadeaba, pero respiraba fuerte mientras le succionaba el glande. Quizá por eso nos pasó desapercibido en un primer momento. Fui yo la primera en oír el chirrido de la puerta y el ruido del motor que la traspasaba.
De un salto me escabullí y corrí hacia la ventana. Me disponía a observar quien llegaba retirando dos centímetros el visillo que la cubría, cuando Ramón me asaltó por detrás y se apoderó de mis pechos y de mi vulva por debajo de la falda.
—No te preocupes, sea quien sea no subirá hasta aquí —decía en mi oído mientras me sobaba excitado—. Nadie sabe de nuestra presencia porque no he venido en coche. Además, nadie tiene llave de la puerta de la buhardilla más que yo.
Recordé las veces que habíamos estado en la buhardilla en su ausencia y comprendí que mentía. O que se mentía a sí mismo creyendo que aquel espacio era solo suyo. Quizá por eso o por lo que observé a continuación, preferí no creer nunca más ninguna de sus estupideces.
Y supe que tenía razón al desconfiar cuando vi que el vehículo que entraba en la casona era el todo terreno de Carlos y que él lo conducía en solitario. Ni Laura ni Elena, con quien se suponía que debería estar en Francia, se hallaban con él.
—Es tu sobrino —exclamé asustada mirándole a la cara—. Viene a por mí. Alguien le ha ido con el cuento. ¿No habrás sido tú? ¡Serás cabrón…!
—¡Me cago en la leche! —blasfemó—. ¿Por qué iba a pedirle que nos jodiera la fiesta? ¡Por supuesto que no he sido yo…!
Saqué de un tirón los dedos que removía en mi interior. No entendía como el muy cabronazo seguía con el juego. No se había cortado ni siquiera al ver a Carlos salir a la carrera del coche y mirar hacia arriba durante un segundo. Me agaché tan rápido como pude y vi saludar a Ramón levantando una mano. Desde abajo, mi prometido se habría detenido para saludarle y su tío le había correspondido desde detrás de la ventana.
Entonces si pareció inquietarse.
—Apresúrate —me dijo—. Coge tus cosas y enciérrate en el trastero que hay al final del corredor. Tiene seguro interior, pásalo y no salgas de ahí hasta que te avise.
Recogí el bolso y las bragas y salí a la carrera. Con la oreja pegada a la puerta del trastero escuché los pasos de Carlos en la escalera. Después oí voces de hombres discutiendo y me eché a temblar. Me temí que mi relación con mi novio estaba a punto de terminar.
Cuando las voces se suavizaron comprendí que tío Ramón había conseguido tranquilizar a su sobrino. Me atreví a salir del trastero y me acerqué a la puerta de la sala para escuchar lo que hablaban.
—¿Entonces qué debo hacer? —oí preguntar a Carlos.
—Nada —respondió Ramón—. No tienes que hacer nada en absoluto.
—Pero ella…
—Ella, nada… Tú eres tú y es lo único que debe preocuparte. Sigue tu vida como siempre. Todo estará bien, te lo aseguro.
No entendía a qué se referían tío y sobrino, aunque era claro que hablaban de mí. Ramón debía de haberle convencido de que no me encontraba en la casa y lo había calmado. Por otro lado, no entendía por qué Carlos se encontraba allí y no en Francia con Laura y su amiga.
El silencio que se había producido entre los dos tampoco parecía que fuera a revelarme mucho más, así que me resigné a no saber nada. Quizá era lo mejor.
Me volví al trastero y esperé a que Carlos se fuera.
*
Clara
Mi prometido salió de la buhardilla a toda velocidad y por poco no me descubrió espiando. Cuando oí que el motor se perdía tras el portón de entrada de vehículos, suspiré aliviada. Lo pensé un instante y decidí que tenía que marcharme. Aquella monstruosidad podía todavía no ocurrir. Empecé a bajar las escaleras. No quería permanecer en aquella casa ni un segundo más.
Ramón, sin embargo, intuyó lo que ocurría y me detuvo con su voz.
—¿Te vas?
—Sí, me voy —dije girando en redondo—. Lo siento, pero no puedo seguir con esto.
—Está bien —dijo comprensivo—. Haz lo que tengas que hacer. Yo haré lo mismo.
Y sin más palabras se volvió a su recinto privado.
Según llegaba al salón me detuve a pensar. Todo mi mundo se podía venir abajo. Si me iba, ¿qué conseguiría?, me preguntaba. Salvar mi orgullo y nada más, me respondía a mí misma. ¿Y de qué me serviría el orgullo sin un céntimo? De nada. La voz de mi conciencia —su lado canalla— me martilleaba sin piedad.
Miré hacia la escalera. Unos peldaños más arriba me esperaba una puerta muy especial. No era la puerta de una simple buhardilla. Era la puerta hacia la gloria. La puerta hacia la riqueza, hacia un estilo de vida por el que había luchado. Si soportaba el peso de Carlos, un hombre al que no quería, sobre mí casi cada noche, ¿qué más daba si me dejaba arrastrar por Ramón, un tipo al que odiaba y deseaba al mismo tiempo?
Entré en la cocina y bebí un vaso de agua a tragos largos. Luego, sin permitirme pensarlo, dejé el vaso sobre la encimera y salí a buen paso hacia la buhardilla.
Ramón me recibió con una sonrisa socarrona. El muy cabrón sabía que iba a volver. Por eso estaba viendo porno en su ordenador. Quería evitar que su erección decayese en el caso de que mi ausencia hubiera sido más larga de lo que esperaba.
Cerró la tapa del PC y se abalanzó sobre mí. Se deshizo de mi falda y de mis bragas mientras yo me abría la blusa y me quitaba el sujetador.
—No te quites la blusa ni los zapatos, querida —dijo con un jadeo—. Me gusta follar con algo de ropa.
A continuación me empujó contra la ventana y empezó a follarme por la espalda, mientras me estrujaba las tetas con las manos como si quisiera reventarlas.
*
Clara
El cerdo de Ramón me golpeaba por detrás, metiendo y sacando su sexo de mi coño, y yo me apoyaba en el cristal y me agarraba a la manilla de la ventana para no traspasarlo. Los «clon, clon» de mi cabeza contra el vidrio sonaban rítmicos, y yo me temía que pudieran ser escuchados desde la calle. Afortunadamente no había nadie en los alrededores. El mismo Carlos había desaparecido hacía ya rato.
Cuando me penetró por primera vez, pensé que su enorme polla me destrozaría por dentro. Y de hecho dolió bastante; mucho, a decir verdad. Pero él era hombre de mundo y, al ver que no conseguía entrarme hasta el fondo, se acuclilló y me lubricó por entero con su lengua ensalivada. Después probó de nuevo y, en tres intentos, el monstruo de carne se hizo hueco entre las paredes de mi vagina, que lo abrazaron como un guante abriéndose para él.
El dolor del principio se convirtió en placer y me dejé follar intentando no romper el cristal de la ventana por su ímpetu. Recuerdo que los jadeos incontrolados de mi boca teñían de vaho el vidrio y mi mejilla se escurría contra él. Le miré por unos instantes volviendo la cabeza. Estaba como ido, embistiéndome con un deseo con el que no había visto a ningún hombre, ni conmigo, ni con otras. El tiempo que le había hecho esperar hasta entregarme le había embrutecido.
Volví a concentrarme en mí misma. El placer que me proporcionaba el sexo de Ramón me estaba matando. El orgasmo me rondaba desde los primeros instantes. El precalentamiento anterior a la llegada de Carlos le había funcionado al viejo a la perfección. Porque todos mis pensamientos y prejuicios anteriores habían quedado relegados en algún rincón de la mente donde ya no molestaban.
Aquel asqueroso viejo me había calentado como una cerda. Eso era lo único que me importaba. Todo lo demás era secundario; sentir su polla rozar las paredes de mi vagina y golpear el útero con el glande era mi único horizonte. Ya tendría tiempo de lamentarme después, si es que me quedaba algun remilgo tras el orgasmo que presentía sería único y diferente a todo lo que conocía.
No obstante, me negaba a correrme. Y era porque correrme significaba el final, y yo no quería que aquello terminase. Quería que durase lo más posible. Quería aguantar para sentir el rabo de mi tío político entrando y saliendo de mi vagina.
Los jadeos de Ramón iban creciendo con el paso de los segundos. Él también rondaba el final, aunque en ningún momento lo noté parar en sus embestidas para posponerlo. El aliento a alcohol y tabaco en mi nuca alimentaban la sensación de asco que me había invadido desde que un poco antes me lamiera los labios inferiores hasta que nadaron en su saliva. Aseguraba que lo hacía para que su gran polla pudiera hundirse en mí sin causarme dolor.
Sabía follar el puñetero viejo. Me reí de las insinuaciones de Paula sobre la polla de Ramiro. En realidad, la verga de Ramiro al lado de la del sexagenario parecía un juguete para adolescentes. Lo de Ramón si era un buen falo. Y mi vagina lo recibía feliz y amenazaba con estallar, a pesar de mis intentos de retrasar la gran explosión.
Y al final no pude contenerme. De mi garganta salió un «aaaahhhh» que parecía provenir de algún lugar lejano. El clímax se centró en un punto intermedio entre el clítoris y el útero y, cuando la energía estuvo lista para reventar, empecé a correrme.
Los espasmos de mi sexo empezaron a sucederse y con él mi cuerpo entero empezó a temblar. Grité con todas mis fuerzas: «¡joder… la hostia… no pares… noooo… me corro… me corro…!». Y apoyé la mejilla en el cristal, y apreté la manilla de la ventana para no caer. Las piernas me flaqueaban a cada espasmo y amenazaban con no sostenerme. Y grité a Ramón «¡sujétame, por dios!». Y Ramón me apretaba de las caderas para no dejarme caer. No quería caerme porque si lo hacía el monstruo de carne dejaría de entrar y salir de mi coño y el placer se acabaría, y no quería que acabase.
Cuando los espasmos parecían aflojar, el «plas, plas» de sus huevos golpeando mis muslos generaban uno nuevo y mi cabeza volvía a rebotar contra el cristal. Levantaba la cadera para recibir el siguiente embate y lo recibía con la seguridad de que un nuevo calambre me recorrería el vientre. Y Ramón me empotraba con otra embestida y yo creía desmayarme del gusto.
El muy cerdo lo sabía. Sabía que me estaba corriendo como una perra. Y sabía que su pedazo de carne me mataba por dentro. Sabía que si dejaba de embestirme iba a morirme de ganas. Y dejaba de embestir. Y yo le gritaba: «¡folla… no pares… joder…! ¿Qué haces?». Y él se reía y volvía a embestirme, y con su risa socarrona me susurraba: «córrete, preciosa… córrete… quiero que te corras para mí… quiero que te corras hasta que te quedes seca… córrete guarra…».
Y yo le hacía caso y seguía corriéndome. El orgasmo duraba ya minutos, y yo movía el culo hacia atrás y hacia los lados para que no quedara un rincón de mi cuerpo sin su dosis de placer. Y el reía a carcajadas y me golpeaba las nalgas con una rudeza que me parecía desproporcionada.
De cuando en cuando me amasaba las tetas hasta reventármelas. Y aquello dolía. Y me tiraba del pelo y me golpeaba el culo. Y aquello dolía. Y yo gritaba: «duele… cabrón… duele». Y el respondía: «esto te pasa por puta». Y yo callaba y agradecía el dolor, porque el dolor se convertía en placer y en mis más íntimos sentidos quería que me doliera, que aquel cabrón me hiciera daño. Y en ese momento le habría matado si hubiera dejado de hacérmelo.
Cuando la calma nos envolvió, jadeaba por la falta de aire y recuerdo que pensé: «Pero… ¿qué ha pasado aquí? ¿Algo como esto es normal?».
*
La corrida de Ramón según Clara.
Cuando no pude más, las piernas se me doblaron y rodé sobre el suelo. Ramón me dejó caer con su risa estridente y miserable. Yo no me sentía, estaba como ida, a punto del desmayo, y me costaba respirar. Me giré hacia él, poniéndome de rodillas. Y me daba cuenta de que faltaba algo, y entonces le preguntaba: «¿tú no te has corrido?», y el reía de nuevo y se pajeaba acercando su verga a mi cara. Y respondía con mala baba: «no, putita, he guardado la leche para que te la comas…». Y yo quería cabrearme, porque le había dejado claro que la leche la quería en el coño o en un condón, pero que ni se le ocurriera echármela encima.
Pero a él lo que yo dijera le importaba una mierda. Y seguía su pajeo y la polla cada vez estaba más cerca de mi cara. Yo intentaba levantarme. Y él me empujaba hacia abajo y me anclaba al suelo. Y yo le gritaba: «¡joder, Ramón, no…!». Y él lanzaba una carcajada. Yo le pedía clemencia: «no ves que me vas a dejar un olor a lefa que no se me va a quitar en toda la noche». Y el volvía a reír y apretaba los dientes porque el orgasmo se le avecinaba. Yo volvía a rogar: «por dios, Ramón, piensa en mí… he quedado con unas amigas para cenar… no puedo aparecer oliendo a tu leche… todo el mundo se va a dar cuenta…». Y el respondía entrecerrando los ojos: «pues te duchas…». Y yo respondía: «¿y la ropa?... joder… al menos no te corras en la ropa… apunta bien, por dios…». Y el ya no podía más y me gritaba: «ammhhggg… te pones ropa de Rocío… joder… hostia puta… hay ropa de ella en el armario… me cago en todos sus muertos… me corro… me corro…».
El primer chorro de lefa me cruzó la cara desde el mentón hasta el ojo derecho. Y sus disparos solo habían empezado. Se sucedían uno tras otro a una velocidad sorprendente para un hombre de su edad. Conté hasta diez. Eran demasiados hasta para un hombre joven. No entendía como aquel viejo podía tener tanta leche en sus huevos. Los disparos me caían por todas partes, en el pelo, en los labios, en los ojos, en la blusa recién estrenada, en las tetas...
No hubo un solo centímetro de mi piel que quedara intacto. Y yo maldecía a aquel hijo de puta, pero al mismo tiempo sentía que volvía a correrme sin remedio. Callé mordiéndome el labio para que no se diera cuenta, pero a cada disparo de su leche sobre mi cara, mi escote o mi pelo, un espasmo de placer de mi coño le correspondía. Y entonces apreté los ojos y me abandoné. Rogué para que su corrida no parara, así yo me estaría corriendo un tiempo más. Y ya no tenía miedo de la cena con mis amigas. Ya no me importaba si olía a lefa o a colonia, porque solo quería que su leche me embadurnara para sentir un nuevo espasmo en mi vientre.
Con los ojos cerrados, abrí la boca cuando el me sujetó por el pelo y empujó su sucia polla sobre mis labios. «Chupa, zorra…», soltó y me introdujo la verga, ya reblandecida, hasta la garganta. Succioné para extraer sus últimas gotas de leche, de sabor salado, pero al mismo tiempo amargo y dulce, como el sabor del buen vino. Mamaba y lamía, ya con calma, y tragaba todo lo que seguía saliendo de aquel monstruo de carne. Y mantenía los ojos entornados para saborearlo, como se saborea el licor.
Él reía a carcajadas y me llamaba puta, y yo sabía que tenía razón, que allí tirada a sus pies, rendida y sin voluntad, lo único que podía parecer a los ojos de cualquiera era una puta arrastrada.
Por un momento pensé en Carlos y una lágrima resbaló por mi mejilla.
*
La corrida de Ramón según Ramón.
Cuando terminé de correrme, acerqué mi polla a la boca de Clara, ya blanda tras el inmenso orgasmo. La agarré por el pelo por si se resistía y se la metí hasta la garganta. Pero me equivoqué. La muy zorra no solo recibió con placer mi verga en su boca, sino que la relamió y succionó para tragarse los restos de mi semen. Sabía por antiguas amantes que mi leche sabía bien, pero Clara la goloseaba con tantas ganas que comprendí que debía de tratarse de un manjar exquisito.
Aquella putita se había convertido en una auténtica Puta, con mayúscula, ante mis ojos. La que parecía una niña remilgada había sabido gozar conmigo como ninguna otra mujer lo había hecho en mi vida. Y había estado con muchas. Comprendí que la prometida de mi sobrino mayor era de ese tipo de hembras que dicen «no quiero, no quiero…» hasta que prueban al macho adecuado. Y una vez que lo han probado se aferran a él y no quieren soltarlo.
Eso me excitaba más que las zorras que se entregan mucho antes de que las hayas tocado. Tenían razón mis mayores cuando decían que «es mucho más emocionante doblegar la voluntad de una mujer que doblegarle el coño». Y le di un cachete en la cara para sentir mi poder sobre ella.
Cuando vi que mi sobrina política volvía a correrse de rodillas en el suelo mientras saboreaba mi lefa, sus dedos dentro del coño, confirmé que era la puta perfecta para un hombre como yo. Era la hora de reemplazar a Sofía, de la que no estaba seguro de si era hija mía o no.
*
Clara
Salí corriendo hacia el baño y me duché a toda prisa. Necesitaba liberarme de la suciedad de aquel viejo. Lloré como una niña mientras resbalaba el agua sobre mí. Y supe que ya no sería la misma. Después de aquello no podría volver a mirarme a un espejo y sentirme limpia.
Me maquillé con los útiles que encontré en un armarito y salí desnuda a la buhardilla, con la única cobertura de una toalla de baño.
Ramón me miraba sentado en uno de los sillones. Rebusqué en un armario y encontré la ropa de Rocío que me había ofrecido. Me puse una blusa y me la abroché. Luego fui hacia el sillón y recogí las bragas y la falda.
—Espera, ¿dónde vas tan pronto? —me retuvo por un brazo.
—Te he dicho que tengo una cena —le repetí—. He quedado con unas amigas.
—Pero, mujer, si es temprano —puso puchero de niño bueno como un adolescente bonachón—. Quédate solo un rato más. Prometo enseñarte un juego sorpresa que sé que te gustará.
Miré mi reloj de pulsera. Eran las nueve y media. Tenía aún una hora de margen, guardando treinta minutos para llegar en un Uber hasta el restaurante.
—Está bien… —suspiré. Solo me quedaría unos minutos. Nada iba a cambiar por ello—. A ver, ¿de qué juego hablas?
Sacó un pañuelo de seda de algún sitio y lo acercó a mi rostro.
—Ven, déjame que te vende los ojos.
—Joder, no… —dije retirando la cabeza—. ¿Qué eres? ¿Un crío jugando al escondite?
—Venga, querida, si te va a gustar…
Tenía que reconocer que aquello, a pesar de que me parecía una gilipollez, por dentro me removía. Así que le dejé hacer y en un instante ya no veía nada.
Ramón se alejó de mí, hurgó en algún cajón del escritorio, y volvió a mi lado. Me levantó las manos y noté como una cuerda se enroscaba en mis muñecas.
—¿Vas a atarme? —protesté—. ¿Qué es esto? ¿Un juego BDSM?
—Sssshh —dijo y siguió atándome. Tiré de las muñecas y me di cuenta de que no me iba a resultar fácil soltarme si en algún momento me mosqueaba el juego.
Cuando hubo terminado de anudar, se puso ante mí y noté cómo me separaba las piernas. Tiró de mis muslos y me los sujetó mientras notaba su aliento acercarse a mi entrepierna.
Y entonces empezó a chupar. Y yo a retorcerme. Unos minutos antes me había llenado el coño de babas antes de follarme. Pero no había buscado mi placer, sino la lubricación de la entrada a mi vagina.
Ahora, sin embargo, me lamía con una suavidad y una dedicación exquisita. Y mi excitación comenzó a crecer de nuevo. Y empecé a culear sobre su boca buscando su lengua.
Disfruté del experimento un tiempo que se me hizo corto. Pensé en pedirle que siguiera, pero preferí callar y esperar.
Acto seguido, se separó de mí y se alejó unos pasos. Creí adivinar que se estaba despojando de los pantalones y los bóxer, recolocados después de la follada. Tras ello, se agachó de nuevo y volvió a tirar de mis muslos y noté que su polla se restregaba contra mi hendidura. Buscaba la lubricación del miembro antes de hundírmelo en el vientre. Cuando se sintió satisfecho con la operación, apretó el glande entre mis labios y empujó con firmeza.
De un par de embestidas consiguió que sus huevos chocaran contra mi vulva. Me sentí en la gloria y lo reconocí con un «ufff» agradecido y un arqueo de espalda y de cuello.
Me estaba follando de nuevo, con el mismo brío y la dureza de la primera vez, y no podía evitar que me supiera a gloria. Ni yo misma creía como podía desear tanto aquello solo unos minutos después de haber tenido el mayor orgasmo de mi vida. No obstante, no entendía por qué le llamaba a eso «un juego sorpresa». ¿No habría sido mejor llamarlo un «segundo polvo»?
Loco de lujuria, tiró de la blusa y la abrió haciendo saltar los botones.
«¡A tomar por culo la blusa! —me dije—. Menos mal que es de Rocío, la muy zorra».
Agarró mis tetas y las aplastó como pelotas de goma. Luego las chupó con jadeos entrecortados. En ningún momento dejó de culearme. Yo ya empezaba a poner los ojos en blanco, a pesar de que la venda no le permitiera verlos.
—Tranquilo, Ramón —suspiré—. No me aprietes tanto las tetas que me haces daño.
Repentinamente, noté algo raro. El hombre que me follaba con ansia olía diferente a Ramón. Su perfume era diferente, su aliento era diferente… y su sudor también. Un grito de alarma se formó en mi garganta, pero no tuve oportunidad de quejarme. Porque una mano tiró de mi pelo provocándome un lagrimeo y una enorme polla se me incrustó en la boca.
*
Clara
Me sentí invadida y expuesta como nunca antes. ¡Me estaban follando entre dos! La polla en la boca era la de Ramón, olía a él y no podía disimularlo. Pero la que entraba en mi vagina no era la suya. Era también de una firmeza atrayente, pero no lo suficientemente grande como para confundirlas. Y solo ahora lo notaba. ¿Cómo no lo habría hecho antes?
—¡Pero… qué coños…! —me revolví y abandoné la polla de mi tío político—. ¡Ramón, haz el favor de quitarme la puta venda de los ojos!
El patriarca me hizo caso y entonces vi al hombre que me follaba con expresión de loco.
—¿¡Juan!?
El cerdo de Juan soltó una carcajada que me produjo un escalofrío. Intenté revolverme para alejarlo de mí, pero él me sujetó de las caderas y siguió embistiéndome de una forma salvaje.
—Te dije que eras una zorrita, ¿recuerdas…? Y ahora vas a demostrármelo… Quiero que te corras y me vas a mirar a los ojos cuando lo hagas… putita… Vas a correrte para nosotros, ¿a qué sí, papá?
Quise decirle que ni en mil años le daría esa satisfacción, pero la verga de Ramón volvió a llenarme la boca y no pude hablar.
Me estuvieron embistiendo por arriba y por abajo hasta que se hartaron. Lo peor de todo era que no podía resistirme. Estaba siendo transportada a la gloria por los dos hombres y, cuanto más violentos se ponían, más placer sentía en todo el cuerpo.
—Joder… —dije en un respiro que Ramón me concedió—. ¿Por qué… sois tan cabrones…?
—Sssshh… tranquila, pequeña… —respondió tío Ramón—. Ya queda poco… te lo prometo.
Pero se trataba de otra de sus mentiras. Porque Juan tenía cuerda para rato y lo demostró durante muchos minutos, acompañando sus embestidas con las palabras soeces de las que hacía gala:
—Pero que chochazo tiene esta tía… Mira, mira… saco la minga y se lo abro y parece un auténtico túnel. Es un chocho de primera.
—Se lo he dejado bien abierto antes, ¿eh? —le seguía la corriente tío Ramón—. ¿Has estado mirando?
—Ya te digo, como que me he pajeado un buen rato mientras la putita chillaba… Joder, en este chocho me cabe la mano… Y mira, mira los labios… Enormes y colorados. Parece una flor abierta. Espera, que me están dando unas ganas de comérmelo que no puedo. Mira mi lengua… si no puedo cubrir todo el chochazo ni sacándola entera de la boca. Menudo pedazo de coño tiene la muy puta… Me lo iba a estar comiendo y follando todo el fin de semana y todavía me quedarían ganas… Me gusta esta putita más que Sofía, tienes que cambiarla. Esta pone mejor cara de gusto que la otra, y opino que se corre mejor y más fuerte… En fin, ahora lo veremos otra vez… Porque esta se corre hoy diez veces por lo menos, o no me llamo Juan… Venga, otra vez la polla dentro… Ufff… qué calorcito… este coño está hirviendo… Va a conseguir que me corra antes de tiempo… Y no me gustaría… jajaja…
—Pues yo también estoy a punto, no te creas… La boca de la zorrita también quema…
Efectivamente, los gruñidos de los hombres empezaban a crecer y Juan se detuvo.
—¿Cambiamos de posición? —le preguntó a su padre.
—¿No quieres llenarle el coño de leche?
Hablaban de mí como si yo no estuviera delante. Me estaban cosificando, me sentía como un simple objeto, una muñeca hinchable a la que le haces lo que quieres y nunca se queja. Pero ya no me importaba, estaba disfrutando del sexo como nunca en mi vida.
—No, prefiero llenarle la cara, esta zorra lo está deseando. Y además se lo prometí…
—No sé, no sé… ya se la pringué yo antes. Igual no le apetece.
—¿Te apetece que te la encharque, zorrita? —me preguntó Juan.
Yo no podía ni hablar, la sesión de sexo me hacía bordear el precipicio y me acercaba al desmayo.
—Mmmmhhh… —repliqué sin fuerzas.
—¿Lo ves? —rió Ramón—. Eso ha sido un noooo… jajaja.
—No importa, acábala tú por el coño, que yo me ocupo de su boca.
Se cambiaron de posición y volvieron a follarme al unísono.
Cuando Ramón comenzó a correrse, se dejó caer sobre mí y sentí que su leche hirviendo me llenaba por dentro. De todas maneras, su eyaculación ya no fue tan cuantiosa como la primera vez. Su edad, que no se notaba en el ímpetu de sus embestidas, se demostraba en aquella falta de semen.
Juan, sin embargo, tiraba de mi pelo y me follaba la boca sin piedad. De nuevo los gruñidos comenzaron y el primer latigazo de lefa me taponó los orificios de la nariz.
Asqueada, traté de defenderme y aparté la cara. Pero Juan no estaba dispuesto a dejarme escapar. Me tiró del pelo y empujó la polla sobre mis labios, que yo apretaba desesperada.
—Abre la boca, guarra… joder… me corro… zorra…
Su corrida proseguía y su lefa colgaba de mi mentón como estalactitas, pero no le concedía el placer de dejarle eyacular dentro de mi boca. Cabreado, apuntó a mi pelo y el resto lo expulsó sobre él, restregando el glande sobre mi frente.
Aun así, no podía creer lo que me pasaba. Justo cuando comenzaba la corrida de Juan, un orgasmo me asaltó de improviso y empecé a mover las piernas y las caderas sin control. En paralelo, luchaba para no dejarme manchar la boca y temblaba con las sacudidas del clímax inesperado.
Juan se echó a reír y comenzó a gritarme.
—Jajaja… ¿Lo ves, zorra…? ¿Ves cómo te corres? ¿No te lo dije?
No supe por qué, pero asentí con la cabeza, obediente.
—Abre los ojos y mírame… putita… mírame mientras te corres.
Abrí los ojos como me pedía y le miré a la cara. Mis córneas se hallaban en blanco. Su expresión de placer al correrse sobre mi cara provocaba nuevos espasmos en mi vientre y era una sensación deliciosa.
Me dio un último tirón del pelo y me gritó:
—¿¡Qué se dice, guarra…!?
No pude resistir su ímpetu y le respondí:
—Gracias… Juan…
Y lanzó una carcajada triunfal. Su profecía se había cumplido.
*
Me dejaron adormilada sobre el sillón. No supe cuánto tiempo estuve en ese estado, tal vez diez minutos, pero podía haber sido media hora o más. Solo sé que me sentí fatal al despertar. Me notaba sucia por fuera, pero también por dentro. Al abrir los ojos los vi hablar en la puerta de la estancia. Ramón se hallaba vestido de calle, pero Juan solo llevaba puesto un bañador. Mis manos, por fortuna, ya no estaban atadas. Que amabilidad la de aquellos hombres, me burlé de mí misma.
—¿Entonces te quedas? —preguntó Ramón.
—Sí, me quedo un rato más, no sé cuánto… depende de cómo se me dé con Clara.
—Cuidado, que ésta no es perra dócil y te puede morder. Una vez satisfecha no creo que se deje hacer mucho más...
—No pasa nada, ya la domesticaré. Me voy a quedar con ella y la voy a follar hasta que me duelan los huevos. Luego que se vaya a dormir con su noviete…
Las palabras de Ramón sonaron proféticas. Había tenido la sesión de sexo más alucinante de mi vida, era cierto. Pero me había corrido varias veces en las dos últimas horas y mi libido se había saciado lo suficiente por aquel día. Ahora ya no sentía deseo, sino un profundo asco, vergüenza y odio. Tanto hacia los dos hombres como hacia mí misma. Me sentía como un trapo sucio y usado, la cara, el pelo y la ropa pringados de semen por segunda vez. Me olía a mí misma con desagrado y eso alimentaba en mi interior una profunda necesidad de escapar de allí lo antes posible.
Al fin y al cabo el contrato lo había pactado con Ramón y con nadie más. A Ramón ya le había pagado, me dije, y a Juan no le debía nada.
Me vestí en silencio mientras hablaban. El patriarca salió por fin de la buhardilla y desapareció escaleras abajo. Por su parte, Juan se introdujo en el baño y, mientras lo oía orinar en el retrete, terminé de vestirme y me dispuse a salir. Caminaba descalza por la estancia para que no me oyera.
Me fijé en una silla y tuve una idea. La empujé contra la puerta y la encajé bajo la manilla. Cuando estuve satisfecha con la encerrona salí a la carrera escaleras abajo.
Oí los golpes en la puerta del baño cuando ya estaba en el salón.
—¿¡Qué coños haces, zorra…!? —Le oí gritar—. ¡¡Déjate de juegos!! ¡¡Ábreme ahora mismo!!
Sus gritos sonaban desesperados. Se encontraba en el baño de una casa por la que no pasaría nadie tal vez en días. Y el móvil lo había dejado sobre el escritorio de Ramón. Las iba a pasar canutas durante un tiempo. Me sentí feliz de haberle jodido.
Me paré un instante, miré hacia arriba de la escalera y le respondí con rabia:
—¡Te vas a volver a follar a tu puta madre…!
Luego corrí hacia el exterior, limpiándome la cara con pañuelos de papel que iba arrojando por la casa y el jardín como prueba del delito.
*
Clara
Anduve hasta la plaza del pueblo y allí compré toallitas húmedas con aroma a limón. La mirada de la chica que me atendió expresaba una mezcla de asco y estupor. Era obvio que reconocía lo que causaba el olor que llevaba encima. Con las toallitas me limpié lo mejor que pude, antes de atreverme a pedir un Uber.
Por el camino decidí cancelar la cena con mis amigas de la facultad y les envié un wasap disculpándome. Sonreí cuando empezaron a llamarme de todo en el grupo de la red social, especialmente cuando me tachaban de «guarra» por dejarlas plantadas.
Al llegar a casa, algo antes de las doce, observé la luz en el salón y corrí hacia el baño. Me duché y luego me presenté ante Carlos. Por suerte, mi novio dormía profundamente sobre el sofá y era probable que ya lo hiciera desde antes de mi llegada.
Suspiré y le di unos toques en la cara. Antes de que despertara, ensayé una expresión de asombro.
—¿Pero qué haces aquí, cariño? —le dije cuando abrió un ojo— ¿Tú no tenías que estar en Francia?
Me explicó que el plan se había ido al garete. El modisto había cancelado la reunión por un motivo familiar y habían pospuesto la visita para la semana siguiente. Incluso, sería el mismo modisto el que acudiría a Barcelona en lugar de al revés.
Tras una charla somera, nos fuimos a la cama. Carlos me pidió sexo y tuve que hacer verdaderos esfuerzos para que aceptara mi dolor de cabeza. No sabía él que en esos momentos aborrecía el maldito sexo. Que de solo pensar en él sentía ganas de vomitar. Y lo aborrecería por bastante tiempo.
«Si él supiera…», pensé, antes de sumirme rendida en un sueño inquieto.
Continuará...
Este relato será publicado completamente en todorelatos.com, a razón de 1 o 2 capítulos por semana. También podréis leerlo de un tirón en Amazon los que queráis (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
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