Xtories

La cena del idiota. Perdido

Dani solo quería irse a casa, pero la noche tenía otros planes. Mientras Alba desaparecía con el grupo, él quedó atrapado en un laberinto de excusas y alcohol. Ahora, con la novia dormida en su cama y el recuerdo de un hombre que la codicia flotando en el aire, la promesa de una noche de pasión se ha convertido en un campo minado de dudas.

aSeneka13K vistas9.5· 39 votos

Perdido

—Venga, va. Solo una y nos vamos. Si todavía es pronto —rogaba una Alba colgada de su cuello.

—No, Alba, no es pronto. Y en casa todavía nos quedan por hacer… cosas.

El resto del grupo esperaba en corro a la pareja. Habían comido el tarro a Alba para que se quedasen un poco más y ella trataba de convencer a Dani para que cediera. Ya no sabía cómo negarse a una Alba que no pillaba las indirectas.

—Ya me he encargado yo de deshacer las maletas y si falta algo, lo termino mañana. Venga, si solo va a ser un rato. Para una vez que salimos de fiesta…

—Venga, Dani —acompañó Marcos—, solo una. Y va a ser aquí mismo. Es un sitio muy tranquilo con música suave. Ya verás cómo te va a gustar.

Todos asentían y lo arengaban a quedarse. Se sentía como el malo de la película. Resoplaba y negaba con la cabeza porque temía quedarse sin su cubana. Sin embargo, al final claudicó y terminó cediendo.

En la plaza casi no quedaba gente en las terrazas, pero seguía notando que lo miraban por sus pintas y por el sonido del clap-clap de sus chancletas mientras caminaba camuflado entre Marcos y Gonzalo. Cuando entraron al local vio que no tenía mala pinta. Era diáfano, correctamente iluminado y con zonas de butacas algo apartadas que le daban un halo de intimidad. Lo malo es que casi toda la gente de la zona estaba reunida allí. No cabía un alfiler.

—Vaya, apenas hay un millón de personas. Hemos debido tener suerte —dijo Dani levantando las cejas de asombro.

—Vamos hasta el fondo, que siempre hay más sitio ahí —se rió Marcos dando una palmada en su hombro.

Se acomodaron al final de la barra, junto a la pared. Con él se quedaron Marcos, Gonzalo y León, que no paraba de hacer sus gracietas. El resto se metió hasta la zona de butacas. Con suerte quedaría alguna libre en cualquier momento y aprovecharían para ocuparla.

—Venga —dijo Gonzalo—, vamos a brindar por este cabrón que se nos casa.

Marcos se encargó de sacar las bebidas. A Dani le pusieron un combinado en la mano. Lo miró con detenimiento, lo acercó a la nariz y puso cara de extrañeza.

—Esto no es el kas de limón que he pedido.

—Pero tiene limón, he visto con mis propios ojos cómo le ponía una rodaja —dijo Marcos.

—Lo siento, tíos pero yo… prefiero no beber alcohol. Es un tema de poco aguante. Y es que además… no me va nada.

Marcos y Gonzalo intercambiaron una mirada.

—Ya, sí, lo típico. Anda, toma y no seas moñas, que un día es un día. Y relájate, que estás de vacaciones —azuzó Gonzalo.

Hubo un largo debate pero al final, levantó las cejas y se acercó el vaso a la boca. «Bueno, total, un día es un día —se dijo—, y estoy de vacaciones».

Cuando casi no había llegado a la mitad del vaso, los demás ya estaban terminando el segundo y las conversaciones empezaban a derivar hacia temas turbulentos. Se empezaron a felicitar por la suerte que tenía cada uno por salir con quien salía; o por tener tal o cual cuñada; o por haber dormido en casa de tal suegra…

León continuaba una y otra vez con sus gracietas. Y siempre a su costa.

—Dani, no mires, pero creo que a la camarera le gustas —Se acercó para hacer una confidencia secreta—. No le quita ojo a tus pantalones.

Una nueva ola de risas estallaba. Dani suspiraba resignado y mostraba una sonrisa de medio lado detrás de un trago.

«Angelito», pensó.

—Lo de venir en chancletas ha sido porque las zapatillas no pegaban con la camiseta subversiva, ¿no?

Y vuelta a beber.

Hasta que por fin la tomó con Marcos y con que no se casara; y que soltero se follaba más. Gonzalo salió al rescate.

—De eso nada. Yo llevo todo el año con Gloria a fuego. Y si os cuento cómo está últimamente ni os lo creéis. Hacedme caso y casaos si queréis follar a saco.

—¿A saco? A ver si va a ser eso lo que voy a tener que hacer con Lidia, porque llevo una temporada… —dijo León sin parar de echar motas de saliva con aquellos labios que parecían gajos de mandarina. —¿Y tú qué, Dani? ¿Cómo te va a ti?

Dani, ladeó la mano como diciendo: “así asá”. Marcos y Gonzalo volvieron a intercambiar una mirada.

—Nah, que me dejáis solo, cabrones —insistía León—. Poco a poco vais cayendo todos. Tú, casado desde hace un año y éste, en ciernes. Siempre se van los mejores.

—Casarse es la mejor decisión que podéis tomar —insistió Gonzalo—. No pasa un solo día sin que Gloria y yo… —hizo un gesto similar al de un esquiador—. Y hasta dos veces.

León se quedó pensativo mientras bebía un largo trago. Lo paladeó mientras continuaba meditando.

—¿Qué opinas, Dani, nos casamos tú y yo también?

Dani dejó su vaso a medio camino de su boca.

—Será que con el alcohol te he desidealizado porque ahora me doy cuenta de que ya no te encuentro tan atractivo.

—Entre nosotros no, idiota. Con las chicas.

Marcos y Gonzalo empezaron a reír tanto que a uno de ellos le salió líquido por la nariz. León no entendió la gracia y se marchó con la excusa de ir al baño. Para ser tan bromista le sorprendió ver lo aprensivo que era y lo mal que se había tomado el sarcasmo. Empezaba a parecerle un tipo un poco extraño. Recordó el mote que se le había ocurrido en la cena, «Morroputa», y volvió a pensar en las collejas que hubiera recidido de estudiar en su colegio por “gracioso”. Gonzalo también se fue, pero en su caso sí que se estaba meando de verdad.

Alguien lo abrazó desde atrás. —Hola, guapo. ¿Nos movemos a otro bar? —Era Alba.

Tanto él como Marcos tenían las bebidas a medio empezar. El novio de su prima le mostró su copa. —Id vosotras que os seguimos enseguida. En cuanto acabemos con esto.

La idea de separarse de ella no le hacía gracia. No obstante, la compañía de Marcos lo tranquilizaba bastante.

—¿Es que queréis quedaros solos para contaros cosas de chicos? ¿O nos vais a poner a parir? —interrumpió Martina que acababa de colocarse junto a su novio.

Los cuatro formaban un semicírculo con ellas dos en el medio y ellos sentados junto a la barra. Se fijó en ella por primera vez en toda la noche. Estaba preciosa. Era como una mini Alba. Algo más joven, algo más delgada en todos los aspectos y algo menos Alba.

Martina arrastraba algo las palabras, señal de que había bebido con más sed de la cuenta. Aun así, su trato con él fue jovial y muy alegre, quedando patente que el bochornoso incidente de la playa estaba más que olvidado. Casi parecía un lejano recuerdo que le hubiera tocado las tetas a manos llenas.

Había. Tocado. Sus tetas.

El recuerdo hizo que le sobreviniera un calambrazo en su entrepierna. Sabía que iba a rememorarlo cuando estuviera con Alba. Lo sentía por Marcos pero ese recuerdo iba a dar para muchas pajas y fantasías. Por otra parte, tampoco hay nada de malo en fantasear con una mujer si su novio no lo sabe. ¿Verdad?

Martina se sujetaba al cuello de su novio con un brazo lo que hizo que el tirante del hombro contrario cayera y mostrase algo más de lo deseable. Dani siguió con la mirada el recorrido de la tira. Al levantar la vista se encontró con la de Alba que lo observaba taciturna.

Cagada.

—Venga, los dejamos solos, Martina —dijo Alba con sequedad—. Que todavía tienen mucho de qué hablar. Estamos en el Plaza. Os vemos allí.

Martina salió tras su prima mayor dejándolos a solas de nuevo. Marcos se quedó mirándolas mientras desaparecían.

—Ay, Danielín, eres un tío con suerte. —Dani levantó una ceja inquisitoria pidiendo que fuera más específico—. Posiblemente Alba sea la chica más codiciada de este pueblo y alrededores.

—Supongo que no he sido el único con suerte. Una chica como Alba habrá tenido más de un noviete aquí, ¿no? O lo que fuera —tanteó.

—Hombre, sí. Ten en cuenta que a Alba pretendientes nunca le han faltado. Y tampoco es que ella sea de piedra, precisamente. Ha tenido su etapa loca, como todo el mundo. —Dio un trago a su bebida—. Pero como te dije, mucho idiota.

—Oye y, cambiando de tema. El Aníbal ese… he coincidido antes con él en el baño y, parece majo, ¿no?

Marcos le contó que Aníbal y él se conocieron por casualidad, chateando a través de un juego online. Viviendo en el mismo pueblo no tardaron en quedar para verse y enseguida estrecharon lazos. Con el tiempo, Aníbal terminaría formando parte de su grupo de amigos.

Casualmente por aquel entonces Alba salía con su novio Rafa, por lo que raramente quedaba con ellos. Así que Aníbal y ella apenas coincidieron en alguna ocasión. Y por lo visto a Rafa tampoco le gustaba que Alba se separara mucho de él.

A Dani se le atragantó la rodaja del limón cuando oyó el nombre de su ex. En el tiempo que Marcos narraba su historia había acabado con la bebida al completo y había comenzado con otra que, sin saber cómo, había acabado en su mano.

—¿No se llevaban bien con vosotros?

—No es eso. Digamos que… a Rafa no le gustaba la fama que arrastraba Aníbal.

Dani arrugó la frente y Marcos se vio en la obligación de explicarse mejor.

No es solo que el tío se las lleve de calle. Ya has visto la planta que tiene —aclaró—. Es que además, con el tema de las tías Aníbal es un cabrón. Para él, follarse a casadas o con pareja es una obsesión. —Echó un trago a su bebida—. Y te digo una cosa. Hay que ser muy hijo puta para conseguir a alguna de las tías con las que ha estado. —Bajó el tono y se acercó hasta olerle el aliento—. Solo con ser guapo no se consigue que una chica le ponga los cuernos a su pareja.

—¿En serio?

—Es broma, “so bobo” —se carcajeó Marcos viendo la cara que acababa de poner Dani—. Aníbal es un buen tío, y respeta a las novias de sus amigos. El problema era de Rafa que era un celoso y un controlador y la quería solo para él.

Eso Dani ya lo sabía. Asintió con la cabeza lentamente. —Y Rafa era… quiero decir… ¿Cómo os llevabais con él?

—Simplemente, no nos llevábamos. —Levantó los hombros—. Además, cuando cortaron dejamos de verlo.

Dani vio su oportunidad. —¿Y no intentaron volver?

—¿Con Rafa? Nah.

—¿Nunca intentó nada con ella? — «¿Por tres veces?», quiso preguntar.

—Todo lo que hubo entre ellos murió cuando Rafa la lió y quedó enterrado el día que Alba salió por última vez de aquí. —Bebió de su copa.

Abrió la boca y la volvió a cerrar, pensativo.

«Rafa la lió».

No dejaba de preguntarse qué sería eso de lo que Alba se lamentó por teléfono con su prima. Echó un buen trago a su bebida hasta apurarla sin dejar de mirar a Marcos con ojos risueños… y algo vidriosos. Fue entonces cuando notó que debía ir al aseo con urgencia. Había estado aguantando y tenía la vejiga a reventar. Se levantó del taburete, pero tuvo que volver a posar el culo un momento. Los efectos del alcohol se notaban doblemente.

Llegó como pudo hasta los baños. Alcanzó un urinario e intentó sacarse la polla. No fue sencillo con la borrachera y deseó por enésima vez tener un rabo como el de Rafa aunque solo fuera para poder sacarla con facilidad.

La conversación le había dejado sensaciones agridulces. Por un lado, no le había quedado del todo claro si Aníbal era un tío legal o todo lo contrario. Por otro, estaba el misterio con Rafa. Se lavó las manos y se mojó la cara. En cuanto viera a Alba, se volverían a casa sin más excusas. Ya se había hecho demasiado tarde y empezaba a ver peligrar su premio.

Al volver vio a Gonzalo con Marcos. Hasta entonces no se había percatado de su ausencia. Había llegado de la calle y estaba de pie junto a él.

—Bueno chicos, yo me voy a ir a casa que estoy roto —dijo Gonzalo cuando Dani llegó a su altura—. He dejado a estos que querían ir al Mega y no tengo el cuerpo para seguir la noche.

—¿El Mega? —preguntó Dani.

—Cosas de Aníbal, que siempre le gusta acabar en esa puñetera discoteca.

—¿Está Aníbal con vosotros?

—Acaba de llegar. Por eso me voy yo. Está intentando convencer a todos para alargar la fiesta, pero es que yo… buff. —dijo mostrando su estado calamitoso.

—¿Y Gloria? —Por no decir “Alba”.

—Mi mujer se queda con ellos. Alguno la traerá de vuelta. Yo la espero en casa, dormido. Total, ya hemos hecho lo que había que hacer antes de venir.

Guiñó un ojo a Marcos que le devolvió una sonrisa cómplice. Hubo algo extraño en aquella sonrisa. «A saco», recordó Dani.

—¿Tomamos la última? —preguntó Marcos—. Y nos vamos juntos. Martina se va a quedar en casa de sus abuelos, que son de aquí. Así que tampoco tengo que esperarla.

Gonzalo asintió después de pensarlo unos segundos. Después miró a Dani esperando que se uniera.

—Lo siento pero estoy hecho polvo. He pasado todo el día en coche y tengo unas ganas locas de pillar la cama —dijo intranquilo. Ya se había alargado demasiado la noche para él y empezaba a ponerse nervioso—. Mejor voy a buscar a Alba. ¿Dónde están?

—Los he dejado en el Plaza. Está aquí mismo. Dos calles más abajo. Si no están allí, ya habrán ido al Mega. Tienes que seguir esa misma calle hasta el final. No hay pérdida.

—Vale. Dos calles abajo. Si no, seguir la calle hasta el final. Entendido.

—Si cambias de opinión, estaremos aquí un rato más —dijo Marcos.

—No lo creo. Yo me vuelvo a casa, chicos. Nos vemos.

Se despidió de ellos y empezó a caminar. El clap-clap de sus chancletas de playa resonaba con más fuerza debido al silencio de la noche. Se sentía muy ridículo con aquellas pintas pero, por fin, la jornada empezaba a tocar su fin. Sintió un escalofrío; empezaba a refrescar. Por la calle no se veía ni un alma. Encontró el bar la Plaza dos calles más abajo, tal y como dijo Gonzalo.

Estaba cerrado a cal y canto.

Frotó sus brazos desnudos notando el vello erizado y enfiló la calle a paso ligero sin perder más tiempo. Caminó durante un buen rato. Debía ir muy tocado porque no terminaba de encontrar el lugar. Por suerte encontró a unos chavales a los que les pudo preguntar y le ayudaron a rectificar el rumbo en la dirección correcta. Un poco después, allí estaba, MEGADANCET. Por fin.

*

—Te digo que no puedes entrar.

—¿Por las chancletas?

El portero que custodiaba la entrada de la discoteca lo miró de arriba abajo, incluyendo camiseta y bermudas. Como única respuesta, tomó aire y lo expulsó lentamente mientras movía la cabeza como si no pudiese creerse lo que veía. Era el típico hombretón rudo, ancho de hombros y de cabeza rapada. Ese tipo de cabezón que deja pliegues de piel en la zona de la nuca. El tipo era grande como una torre y en su cuerpo no cabían más músculos, pero lo más destacable eran sus Ray-Ban de cristales oscuros. Dani nunca entendió por qué los tipos duros utilizaban ese tipo de gafas en plena noche. Lo único que podría hacer con ellas era tropezar con algún objeto inmóvil. Sería mejor usar unas de visión nocturna. Si quería parecer duro le bastaba con su cuerpo y sus tatuajes de gusto indefinido.

Detrás, tres escalones daban acceso a la puerta de entrada a la discoteca. Sin consultar con el portero, una chica los subió uno por uno hasta alcanzarla y pasó por ella como si cruzara por allí todos los días. Ray-Ban ni se inmutó. Apenas un leve movimiento de la mano donde sujetaba el contador de aforo. Sonó un clic metálico. Dani se quedó mirando a la chica unos segundos.

—Oye, mira. Sé que no me vas a creer, pero mi novia está ahí dentro con un grupo de amigos del que me he separado. No soy de aquí y no conozco a nadie. Solo quiero entrar para buscarla e irnos a casa. Te juro que ni en un millón de años se me ocurriría colarme en un garito de estos y menos disfrazado así, con estas pintas.

—El portero levantó una ceja.

Le contó que era de fuera; que estaba de vacaciones con su novia y la historia de la desafortunada decisión de su atuendo; le habló del mal rato que pasó en aquel restaurante llamado La Playa e incluso llegó a pronunciar el nombre de Aníbal como causante de la separación aquella noche de su chica y sus amigos.

El portero levantó sus gafas para asomar los ojos por debajo de ellas, arrugando la frente.

—¿Aníbal?

—Sí, ¿lo conoces?

—Eh..., no, no. Que va. Solo que… que me ha parecido peculiar el nombre.

Dani siguió insistiendo con más vehemencia pero sin querer resultar pesado. El portero lo escuchaba en silencio, intranquilo. Con la última súplica de Dani se movió nervioso. Parecía como si estuviera cavilando. Después, miró a cada lado inquieto y acercó la cara a la suya.

—Si te ven mis jefes ahí dentro de esa guisa me buscas un problema. Me pagan para que impida el paso a gente como tú —confesó—. Entras, la encuentras y sales pitando.

—Entrar y salir —dijo Dani solemne—. Quirúrgico.

—Eso, quirúrgico —repitió el portero.

Entró a la discoteca dispuesto a no volver sin Alba aunque le costara convencerla toda la noche. Salió al cabo de quince minutos.

Solo.

*

Fue a coger el móvil para llamarla y se dio cuenta de que el problema se acababa de hacer mucho mayor. No lo llevaba encima. Se golpeó la frente con la palma de la mano. Recordaba habérselo dado para que se lo guardara en su bolso mientras cenaban porque le molestaba llevarlo en aquellos bolsillos minúsculos.

Resopló. Solo podía hacer una cosa y era volver con Marcos y Gonzalo. Se despidió del portero y desanduvo todo el camino con el sempiterno clap-clap que empezaba a sacarlo de los nervios. Cuando llegó al pub vino la siguiente sorpresa. Estaba cerrado.

—¿Qué? ¿Pero qué coño…?

La persiana estaba a medio bajar. Se coló dentro y vio a la camarera barriendo el suelo. No quedaba nadie, solo había sillas subidas encima de la barra y restos de suciedad por todo el suelo. No tardó en escuchar su voz cansada recitando una frase mil veces repetida.

—Está cerrado. Ya no servimos.

Salió a la calle notando que empezaba a hacer frío de verdad. Se frotó los brazos y se plantó en mitad de la plaza girando sobre sí mismo. Ya no quedaba nadie. Todas las terrazas estaban cerradas. Como última y desesperada opción volvió hasta su coche pero, como suponía, Alba no estaba allí, y lo peor era que tampoco tenía las llaves para esperarla dentro. No sabía qué hacer.

*

—Me estás vacilando.

El vozarrón de Ray-Ban sonó como un trueno a través de un silenciador.

—Solo va a ser una llamada. Déjamelo. Por favor.

El portero colocó tres dedos en el puente de la nariz. Soltó el aire pesadamente y tras unos segundos de duda alargó el brazo ofreciéndole su móvil. Dani no tardó en cogerlo y empezar a marcar.

No hubo respuesta.

Tampoco la hubo las otras tres veces que lo intentó. Alba había desaparecido en cuerpo y alma y él se encontraba solo, en un lugar que no conocía, con unas pintas ridículas y pasando un frío del copón.

—¿Puedo enviarle un wasap?

—Joder, chaval, eres un puto crack. —Ray-Ban, inmutable, mantenía su postura de trabajo. Erguido, con la barbilla elevada y las manos cogidas bajo su vientre. Hizo un pequeño gesto con la cabeza dando su consentimiento.

Dani introdujo el número de Alba entre los contactos y esperó a que apareciera en el whatsapp su foto de perfil. Ella sonreía en primer plano en un selfie en el que a Dani se le veía por detrás. Se la enseñó al portero para demostrar que no lo estaba engañando. Por segunda vez en la noche volvió a levantar sus gafas oscuras para mirar por debajo de ellas.

—Joder, ahora entiendo —murmuró.

Dani escribió tan rápido como pudo.

ELIAS_2:38

Alba, soy Dani, te escribo desde un móvil q me han dejado. Me he perdido y stoy solo. no sé dnde stais.

Te spero en el coche. No tardes mucho, vale? que no tengo llaves y con este frío m voy a quedar pajarito.

Algo después se sentó en el bordillo, junto a la rueda de su coche, cogiéndose de los brazos e intentando hacerse una bola, rezó para que no tardara más de quince minutos.

Llegó tres horas después.

*

La bronca durante el viaje de vuelta fue muy desagradable. Ella no paró de excusarse y pedirle perdón durante todo el trayecto.

—Te juro que pensaba que te habías ido a casa con el coche. No me acordaba de que tenía las llaves.

—Cómo me voy a ir yo solo, Alba, por favor.

—Me lo dijo Gonzalo y no le di más vueltas. Como llevabas toda la noche insistiendo en irte... Si te envié mensajes y todo para saber si habías llegado bien.

—Pero si tenías mi móvil en tu bolso.

—Ay, amor, que no me acordaba, y como estaba en el bolsillo pequeño ni lo noté. Sí que me parecía raro que no leyeses mis mensajes, pero como estabas con Marcos de tan buen rollito pensé que no te acordabas de mirarlos.

Dani bufaba. Sobre todo porque habían estado todos juntos, el grupo al completo. Menos él, claro.

—Es que no lo entiendo, de verdad. No lo entiendo. Que acabéis hasta las tantas y pico en casa de no-sé-quién. Y encima estuvo hasta Gonzalo, que cuando lo dejé era el primero que se iba a casa.

—Porque le escribió Gloria para que viniera. Y también lo hice yo, aunque no me leíste —se justificó—. Aníbal había llegado con un amigo… no sé… no me acuerdo de su nombre. Se empeñó en que fuéramos a su casa. Que si estaba cerca… que si vivía solo, que si no había vecinos… Y claro, qué más querían oír éstas, con las ganas que tenían de seguir la fiesta. Total que fuimos a tomar la última y bueno, ya sabes, te lías, te lías…

«Aníbal», pensó.

—Que si jiji, que si jaja… —lo miró con carita de niña buena—. Hace años que no nos vemos, Dani. Además iba bebida, no era dueña de mí, y lo estábamos pasando tan bien… Entiéndelo.

Él apretaba el volante y mantenía la mirada fija en la carretera.

—Venga, vaa. Que no me he olvidado de lo nuestro. En cuanto lleguemos a la cama te lo compenso con creces. —Se acercó a su oído y susurró—. Ya verás como no se te va a olvidar esta noche.

Ese tipo de argumentos solía desarmarlo. Alba había sido siempre en sí misma su punto débil. La misma que le había puesto al límite de su paciencia. La misma que le hacía morderse los labios para no seguir diciendo cosas de las que podría arrepentirse. Estaba en una de esas situaciones en las que sabía que enfadarse, aun teniendo toda la razón, lo dejaba a él como primer perjudicado. Estaban de vacaciones y un mal rollo ahora echaría por tierra unos días que deberían ser para disfrutarlos follando sin parar.

Intentó calmar sus pulsaciones durante el trayecto y que sirviera como tupido velo para retomar eso que ya llegaba con retraso. «Contemporizar, Dani, esa es la clave», pensó. Comenzó a virar el foco de sus pensamientos hacia el interior del dormitorio de la casa y lo que pasaría dentro. Al menos la noche acabaría bien.

Aparcó frente a la entradita de la casa y se giró hacia Alba. Dormía. Su cabeza caía desmayada hacia atrás y por su boca semiabierta resbalaba un hilillo de saliva. La llamó. Dos veces.

Y dormía.

No merecía la pena despertarla. Estaba agotada después de una noche bebiendo y riendo y no iba a poder con su alma. Intentar cualquier cosa en ese estado sería un fracaso. En realidad lo supo desde el primer momento en que tocó su hombro mientras dormitaba en aquel bordillo de la acera.

La cogió en brazos y la llevó hasta la casa. Lo más difícil de transportar a una persona no es su peso sino los obstáculos que hay que sortear sin despertar a todos. Marta había dicho que Cristian también se quedaba allí unos días.

Entró en su cuarto empujando la puerta y dejándola abierta tras de sí. Cuando dejó a Alba sobre la cama le quitó el bolso, la descalzó y se dispuso a desvestirla. Llevaba un fular al cuello que alguien le había prestado para protegerse del frío que hacía a esas horas.

El profundo sueño provocaba su respiración rasposa. Su aliento olía a una mezcla de alcohol y menta. Se la comería a besos y le haría el amor allí mismo si no fuera porque ese tipo de cosas solo las hace un pervertido.

Se deshizo del fular y comenzó a bajarle el vestido. Deslizó los tirantes por los hombros y tiró de él. Las tetas tan maravillosas de su novia aparecieron con aquellos pezones que le parecieron más oscuros y anchos que de costumbre y, como un resorte, su polla le dio un toque de atención. Por un momento sopesó la idea de despertarla para retomar la promesa pendiente. Sin embargo la sonrisa de bobo que se le estaba poniendo desapareció de sopetón cuando cayó en la cuenta de algo muy extraño.

Alba no llevaba sujetador.

Intentó hacer memoria. Lo llevaba puesto cuando se preparó la primera vez, de eso estaba seguro, pero luego se cambió de vestido, quizá entonces decidiera quitárselo e ir sin él. Frunció el ceño y continuó desnudándola. Terminó de sacar los brazos de la prenda y la recogió en la cintura. La levantó de la cadera para poder extraerla por completo y entonces, Alba, semidormida y con síntomas típicos de tanta bebida dio un respingo.

—Ey, joder ¿Qué haces?

—Soy yo, tranquila. Te he traído a la cama. Te estoy quitando el vestido —susurró.

—Ayyy, déjame.

Se giró dándole la espalda, cogió la punta de la manta y se la echó por encima dejando a un resignado Dani con los brazos en jarras. No le dio más vueltas y dejó que durmiera con un gurruño de ropa alrededor de su tripa. Se desvistió y se acostó en su lado de la cama.

Fin capítulo IX