Perra cobarde 4
El tatuaje en la piel era solo el comienzo. Ahora, desnudas y con el sabor del cuero sucio en la boca, Mónica descubre que la verdadera libertad está en perder el control por completo. Y yo, por primera vez, disfruto viendo cómo ella se rompe.
Pertenecemos a nuestro amo. O dueño, porque aún no tengo demasiado claro los términos. No éramos más que simples esclavas sin derechos. Por eso andábamos por la calle sucias y apestando a sexo. Mónica no dejaba de toquetearse el pelo. El semen que se le había derramado por encima del cabello ya se había secado formando una especie de masa pegajosa asquerosa.
— No deberías ir haciendo eso. Estás llamando mucho la atención.
— Eso no me lo puede decir la chica que va vestida como una putilla.
Me callé porque tenía toda la razón. Desde luego yo por mi forma de vestir y ella por ir mirándose el pelo íbamos dando el cante por ahí.
— ¿A dónde vamos?
— Tenemos que comprar ciertas cosas y visitar cierto sitio.
Una de las cosas más importantes que mi amo me dejó en claro es que pensaba hacer conmigo lo que hacía con sus personajes en los relatos que escribe.
Lo primero sería marcarme como su esclava.
Y yo acepté.
Era suya, completamente suya, y de nadie más. No os podéis imaginar la cara del tatuador cuando nos vio a mi amiga y a mí entrar en su tienda y escuchar nuestra petición.
“Completamente entregada a los deseos de mi amo y señor”
Sí, el mismo lema y en el mismo sitio que la protagonista de la joven viuda. Al igual que ella, si me cambiaba el peinado o me retiraba el pelo, el tatuaje sería perfectamente visible.
— Solo acepto dinero, nada de sexo. Aunque si me ofrecéis un trío puedo haceros un descuento.
— Tengo dinero, no se preocupe por eso. Solo necesito saber si hará el trabajo.
— Necesitó ver tu carnet y preguntarte si estás segura de todo esto.
— Lo estoy. Nunca he estado más segura de nada en mi vida.
No solo eso, también me tenía que tatuar en la mano la marca de mi amo y señor. Es bonita y elegante, pero igualmente me marca como su propiedad, como su objeto, como su esclava.
Como os podéis imaginar, este fue un paso extremadamente importante en mi vida.
Punzada a punzada fui notando como mi cuerpo cambiaba para adecuarse a los gustos de mi amo y señor.
La marca es un círculo con triángulos invertidos con leyendas escritas en varios idiomas que deja bien claro que soy una esclava sexual para cualquiera que sepa leerlo. Está escrito en chino, árabe y ruso.
— ¿Cómo… cómo te sientes?
— Liberada.
Y era cierto. Por cada acción, por cada acto de sumisión por mi parte hacía mi amo me iba quitando un peso tras otro de encima.
Entonces pasó algo que no me esperaba.
— Quiero hacerlo también.
Me quedé sin habla. Simplemente me quedé quieta viendo como mi mejor amiga pasaba por lo mismo que yo había pasado. Como se sentaba en la silla, como se retiraba el pelo, como se dejaba tatuar la nuca y como ponía su mano en la mesa para que la tatuaran la marca del amo también.
— ¿Cómo te sientes?
— Rara.
Mónica no quitaba el ojo de su mano mientras que yo pagaba los tatuajes de ambas.
— Es bonito — mencionó mientras caminábamos de nuevo por la calle.
— ¿Te das cuenta de que ahora no podemos entrar a ningún chino sin guantes?
Ella me cogió de la mano.
— De lo único que me doy cuenta es que ahora vamos a estar juntas para siempre.
Y yo pensando que era la más loca de las dos.
— Pueden venderte a cualquiera.
— ¿En serio?
— Vendernos, alquilarnos. Ahora somos simples cosas.
Durante un buen rato Mónica no dijo nada de nada. Estaba segura de que por primera vez estaba interiorizando el lío en el que se estaba metiendo solo por seguirme. Mientras tanto, me encaminé al segundo sitio de la lista donde debía ir, a un super.
Tenía que comprar plátanos y una lata de comida para perros. No para ningún perro, pues no lo tengo. Era para mí.
Solo el hecho de buscarla, echarla al carro, pagarla sabiendo que luego me la tendría que comer resultaba doloroso.
Pero amo esa sensación.
Lo único que hacía todo esto era reafirmar mi condición de sadomasoquista entregada a mi amo y señor.
Mónica miró la lata entre sorprendida, asqueada y horrorizada.
— Es lo que hay — aseguré yo.
Ella simplemente asintió y no dijo nada más.
Era ya tarde, casi noche, cuando regresamos a nuestra casa.
Sí, nuestra, porque Mónica había decidido quedarse a vivir conmigo.
Tal y como le había prometido lo primero nada más llegar a casa fue quitarle el felpudo que tenía entre las piernas.
Nunca en mi vida pensé que iba a terminar haciendo esto a mi mejor amiga.
Una vez terminado, preparé todo lo necesario para nuestra sesión.
Entre las cosas que mi amo me ordenó que tuviera encima de la mesa había pinzas de madera, los tacones que habíamos llevado todo el día puestos, zapatillas de andar por casa, una vara de madera, tijeras, maquinilla de afeitar, pintalabios, la escobilla de limpiar el retrete y nosotras dos desnudas y dispuestas a servir a nuestro amo y señor.
“Bien perra. Ahora vas a coger vuestros tacones, esos con los que habéis estado caminando todo el día y te vas a marturbar con ellos. Tú no, Mónica, que eres virgen y quiero desvirgarte yo mismo. Tú lo que harás serás lamer el zapato de tu amiga”
Me desnude, me abrí las piernas, cogí uno de mis sucios tacones y comencé a frotarme el coño con él.
Estaba tan cachonda que con el simple roce del cuero en mis partes íntimas ya estaba chorreando.
Acerqué el zapato a la boca de Mónica y ella lo lamió. Mientras la veía pasar su lengua por todas las partes rebozadas por mis jugos pensé que en realidad no éramos tan distintas.
A continuación, bajé el tacón a mi húmedo y chorreante coño y me lo metí. Tal y como he contado, era la primera vez en mi vida que me metía algo distinto a pollas y dedos.
Fue una sensación extraña y a la vez tremendamente excitante sentir un objeto raro y sucio dentro de mi.
Me lo saqué y volví a acercarlo a la boca de mi amiga para que lo chupará de nuevo. No solo eso, en un momento dado se arrodilló delante de mí y le metí el pie sudado de todo el día en la boca.
No podía creer lo que estaba haciendo.
Se tumbó delante de mí, se agarró con ambas manos a las patas de la mesa y abrió las piernas en forma de M.
Agarré la vara de madera y la azoté.
Mi amo me había asegurado que Mónica se había ofrecido a mí, que era mía. Y que no hay mejor manera de sentir que es tuya que cuando la provocas dolor.
Una sadomasoquista como yo azotando en lugar de ser azotada.
Una sadomasoquista como yo infringiendo dolor en lugar de recibirlo.
Mónica se contrajo por el dolor repentino que sintió, pero no se soltó ni se quejó.
Volví a golpearla.
Una y otra vez.
En su coño, en su pecho, en la cara interna de su muslos.
El cuerpo de mi amiga comenzó a llenarse de señales rojizas aquí y allá sin que ella emitiera nada más que gemidos de dolor.
Cuando creí que no podía más, me levanté y apoyé mi coño en su boca.
Y comencé a mear.
Me oriné en su boca, en cara, en su pelo.
Agarré el zapato de tacón y se lo clavé.
Y me sentí culpable porque la había desvirgado contradiciendo las órdenes de mi amo.
“Lo siento, aceptaré cualquier castigo”
“Ya te lo he dicho, ella se ha entregado a ti. Es tuya”
“Gracias amo”
Era la primera vez que exploraba mi lado sádico en el cuerpo de otra persona, y joder, lo estaba disfrutando de lo lindo.
Cogí las pinzas de la ropa y se las coloqué en los pezones.
Agarré el pintalabios y comencé a escribir en su vientre “Perra peluda” y “Cerda” y “Saco de semen” en su piernas.
La ayudé a levantarle y la conduje hasta el cuarto de baño.
Allí, delante del espejo, la peine con la escobilla del retrete.
Mónica miraba el espejo sin poder creer lo que veía en él.
— Estamos locas.
Y yo la bese.
— Estamos completamente locas.
Y la volví a besar.
Continúa en
- Relato #213451— title-regex: contiguous parts (3 -> 4)
Relatos similares
- Dominación
La Senda de un esclavo (parte 3)
Sheila no bromea cuando dice que va a domarlo. Lo que comienza como una visita entre amigos se convierte rápidamente en una lección de sumisión donde…
Comparte:Bdsm plenoDominacion femeninaSumision consentida
- Dominación
Las horas pasan dentro de la celda
Nunca imaginó que la celda más peligrosa no era la de reclusos, sino la que compartía con su propia sumisión.
Comparte:Bdsm plenoDominacion femeninaSumision consentida
- Dominación
Gitana (2)
Ella no pide permiso, ella ordena. Y él, temblando bajo sus tacones, sabe que la única forma de sobrevivir es entregarse por completo a su crueldad.
Comparte:Bdsm plenoDominacion femeninaSumision consentida
- Dominación
La Regla de Martina 13: La escupidera humana
La Señora no solo domina el cuerpo de su esclavo, sino que ha moldeado el alma de su hija para que suplique la degradación.
Comparte:Bdsm plenoDominacion femeninaSumision consentida
- Dominación
La Orquídea y el Escorpión (2)
Luciana siempre fue brillante, pero un día Loana la redujo a polvo. Ahora, arrodillada a sus pies, Luciana no siente vergüenza, sino éxtasis.
Comparte:Bdsm plenoDominacion femeninaSumision consentida
- Dominación
Cafetería PARAISO, cap. 1
Matías lleva años buscando la sumisión que perdió con su esposa, pero ninguna profesional le satisface.
Comparte:Bdsm plenoDominacion femeninaSumision consentida