La Regla de Martina 13: La escupidera humana
La Señora no solo domina el cuerpo de su esclavo, sino que ha moldeado el alma de su hija para que suplique la degradación. Cuando las amigas llegan a la casa, Martina no es la dueña, sino el recipiente de su propia vergüenza. ¿Hasta dónde está dispuesta a bajar para merecer el toque frío de su madre?
Las semanas siguientes establecieron la jerarquía definitiva: La Señora en la cima, B como su esclavo carnal y doméstico, y A como la criada personal y sumisa de toda la casa. La Señora abusaba de su nuevo poder sobre B con una crueldad indiferente. Él era su desahogo, su trofeo sexual, y ella se deleitaba en profanarlo.
Martina, ahora A, observaba esta dinámica con una mezcla punzante de celos y una fascinación ardiente. Su deseo por B había muerto. Ahora, su deseo se había transferido completamente a La Señora. Quería el poder de su madre; quería su indiferencia, su toque frío. Quería ser la cosa de La Señora.
Una noche, B y La Señora estaban en el dormitorio principal. A estaba de rodillas junto a la puerta, esperando órdenes. Los sonidos de la habitación no eran de placer, sino de control y degradación, con La Señora ordenando a B que se humillara en el coito.
La Señora: (Voz autoritaria) "Ahora te pones en cuatro, B. Y te olvidas de tu placer. Solo existe el mío. Y quiero que A escuche lo que vales."
B: (Jadeando) "Sí, Señora. Soy un juguete para su desprecio. Por favor, úseme."
A sentía el ardor de los celos. La Señora y B compartían una intimidad de sumisión que a A se le había negado.
La Señora: (Gritando) "¡A! ¡Entra! ¡Mira a tu compañero! Ahora somos dos los que mandamos sobre él. B, te autorizo a escupir a A. Mándala a fregar el suelo si no te gusta cómo te mira. Eres mi esclavo principal."
B, intoxicado por el poder concedido, se giró hacia A y le escupió en la cara. A no se inmutó. La humillación de B no le importaba. Solo miraba a La Señora.
A: "Disculpe, Señora. Fregaré el suelo. Y le recuerdo que A también está lista para ser su esclava de lecho, si B la aburre."
La Señora solo sonrió, un gesto que decía: la ambición de mi hija me divierte.
La Súplica de B y el Deseo por el Dedo Desconocido
El placer de B se había distorsionado. La sensación del dedo de Martina en su ano, aunque vergonzosa, había marcado un nuevo territorio de gozo. Ahora, quería más. Quería la vergüenza máxima.
Una mañana, B se arrodilló ante La Señora mientras ella tomaba su café.
B: "Señora. Soy un esclavo profanado. Y necesito más. La obediencia y el placer no son suficientes. Necesito la vergüenza absoluta."
La Señora: "¿Y qué me propones, B? ¿Que te azote en la plaza del pueblo?"
B: "No, Señora. Que me humille de la forma más íntima y menos personal. El dedo gordo de mi dueña fue mi primera rendición. Ahora quiero que elija a un desconocido, alguien al azar, alguien que no me deba nada, y que me penetre con su dedo gordo. En la intimidad de su suite. Que yo me arrastre y le agradezca la suciedad."
La Señora elevó su ceja, analizando la petición con interés. "Eres un pervertido maravilloso, B. Me gusta esa idea. Una rendición a la indiferencia total. Te lo concederé. Pero tienes que ganártelo."
La Escupidera Humana y el Precio del Deseo de A
A, al enterarse de la inminente humillación sexual de B por un desconocido, supo que el precio para acercarse a La Señora era mucho más alto.
Una tarde, La Señora convocó una "merienda" con Lara y Sofía, las antiguas amigas de Martina. Era la prueba final para A.
Cuando las amigas llegaron, La Señora les entregó a cada una un pequeño bol de porcelana lleno de almendras saladas y pistachos.
La Señora: "Chicas, A ha pasado por una transformación. Ha renunciado a su vida y ahora es mi esclava. Y hoy, ella será vuestra esclava de la boca. Vuestra escupidera humana."
Las amigas se miraron, sorprendidas, pero la autoridad de La Señora era magnética.
La Señora: "A. Te arrodillarás. Y les suplicarás que te utilicen. Te limpiarás con tu lengua los restos de comida, la saliva y la suciedad. Y me agradecerás la oportunidad."
A, con el rostro pálido y los ojos ardiendo, se arrodilló frente a Lara. Las humillaciones anteriores se habían centrado en su madre o su pareja. Esta era la humillación pública definitiva. La vergüenza que le había aterrorizado de niña.
A: (Su voz temblando) "Lara. Sofía. Por favor. Soy vuestra escupidera. Vuestra basura. Usadme. Dejadme limpiar vuestros desperdicios. Solo así mereceré estar en la presencia de La Señora."
Lara, primero incómoda, se rindió a la malicia. Comió un puñado de almendras y, con un sonido húmedo y despectivo, escupió los restos de cáscara y saliva directamente en el rostro y la boca de A.
A se obligó a tragar, a lamer la suciedad. Sintió el asco y la excitación de la vergüenza. Sofía siguió, limpiando su garganta de flemas y escupiendo.
La Señora observaba, bebiendo té, imperturbable. Cuando A hubo terminado, con la cara empapada y la boca llena de vergüenza, La Señora le dio su recompensa.
La Señora: "Lo has hecho perfectamente, A. Has superado tu ego y tu vergüenza. Ahora eres una esclava útil."
Miró a sus amigas, luego a A. "Ahora, B te limpiará el rostro con el paño más delicado de la casa. Y a ti, B, te recuerdo que tu premio por la obediencia es el dedo gordo de un desconocido. Mañana."
A sintió un éxtasis indescriptible. Había pagado el precio. Había aniquilado la última parte de Martina. Su deseo ardiente por La Señora era ahora una certeza total. Había perdido toda dignidad, y a cambio, había ganado la esperanza de un encuentro con su dueña. La degradación era el único camino hacia el amor en su nueva vida.
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