Xtories

Sanatorio militar (3)

El último baño juntos. Él ya no puede empuñar armas, pero su deseo está más vivo que nunca. Con el reloj corriendo hacia su partida, ella decide que esta noche no habrá más límites ni promesas vacías, solo la verdad ardiente de sus cuerpos.

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Ni que decir tiene que mi terapia con el capitán hizo maravillas, más en su estado de ánimo que en sus manos, las cuales mejoraron bastante, igual que la herida de su rostro, pero los médicos estuvieron todos de acuerdo en que la mejoría le permitiría llevar una vida más o menos sedentaria, pero no empuñar armas, y mucho menos los mandos de un bombardero.

Mi alegría fue enorme, pues estaba enamorada como una colegiala del capitán Max Himmeld y por nada del mundo deseaba verle volver al frente, sabedora de la alta probabilidad que había de ser derribado y morir; pero el capitán se lo tomó mucho peor, hasta 3 semanas después de conocer el veredicto médico ni mis placenteras manipulaciones durante el baño le motivaban.

Pero pasadas dos semanas más algo cambió, Max se dió cuenta de que era absurdo luchar contra la realidad: tenía órdenes de reincorporarse en un mes a unas dependencias del Ejército del Aire directamente subordinadas al Estado Mayor, un puesto de responsabilidad para el que debería estar dispuesto al 110%. Su familia le había hecho comprender que se podía luchar por el Reich también desde un despacho. Por otra parte, sabedor de que le darían el alta en breve, se replanteó su situación conmigo, pues tenía claro que no era sólo su enfermera, nuestra relación sentimental había avanzado muchísimo en esas semanas.

Todo esto me lo contó mientras le levantaba los vendajes de las manos que se las cubrirían por última vez (el del rostro desapareció 2 semanas atrás y seguía estando guapísimo incluso con la cicatriz, que le daba un aire de militar canalla que me derretía el vientre sólo con mirarlo).

- No sabes cuánto me alegro de que estés a punto de marcharte a casa, Max, tu familia se volverá loca de alegría cuando aparezcas.

- Fraulein Luise Von Bock, deseo que pida usted unos días de permiso.

- ¿Para?

- Me gustaría.. no, no me gustaría, es lo que más deseo en el mundo: que me acompañe en el viaje y presentarla como mi prometida a mi familia y a la suya, todo ello si el coronel Von Bock así lo estimase y me hiciera merecedor de tal honor.

Me colgué de su cuello y le besé como una colegiala, llené de besos suaves como alas de mariposa todo el recorrido de la cicatriz de su cara, dejé que su lengua penetrara en mi boca y jugase con la mía, que la chupase como si mi boca y yo misma fuésemos una extensión de su cuerpo.

Noté que su poderoso miembro hacía presión sobre mi vientre. No sé si él era consciente de que mis pezones, que me dolían de lo duro y puntiagudos, trataban de traspasar mi uniforme y su pijama, clavándose en su fornido pecho.

- Luise, deseo que me bañes por última vez, ya que pronto abandonaremos el hospital y no volveré. Para mí es muy erótico todo lo que rodea al baño junto a ti, mi sanación empezó contigo en ese baño y me gustaría disfrutar de ese placer una vez más.

Nos volvimos a enredar en una locura de besos, abrazos, caricias cada vez más audaces, sobre todo por su parte, ahora que sus manos ya no estaban vendadas, pero tuve que deshacerme de él para poner la bañera a llenar y asegurar el pestillo de la puerta, pues no quería ser sorprendida in fraganti mientras atendía los deseos de mi apuesto capitán. Mentalmente me hice el propósito de robar unas bragas del almacén de lencería, pues las que llevaba puestas estaban aún más enzorradas que las que llevaba puestas aquel día del cálido verano en que monté a pelo a mi querida yegua Driss.

Era una delicia acariciar sin esponja, sólo con mi mano, toda la anatomía de mi ya prometido, enjabonar lentamente su pecho, axilas, demorarme en sus musculosos brazos de acero, recorrer pícara las líneas de su abdomen de estatua de héroe clásico, saltar a sus potentes muslos, hacerle girarse y recorrer toda su ancha espalda hasta introducirme descarada entre sus nalgas, recorriendo todo su trasero, sin rastro de pudor, demorándome en dar esplendor a su orificio trasero y llegando por su escroto hasta la redonda pelota de sus magníficos testículos, hinchadísimos y preparados para homenajearme en cuanto me decidiera.

Max ronroneaba como un gatito y se dejaba hacer, sólo me interrumpía de vez en cuando para darme tórridos besos de enamorado delirante de deseo sexual.

- Luise

- Dime amor.

- Deseo que tu cuerpo sea lo primero que acaricien mis manos, por favor desnúdate para mí.

Allí estaba yo, de rodillas, con las bragas mojadas como si me hubiera metido en la bañera con ellas puestas, mi coño ardiendo en llamas, las tetas doliéndome de la erección de pezones que sufría desde hacía media hora.. y mi galán me solicitaba dar un paso más en aquella espiral. Yo debía estar aún más loca que él, pero en un último rasgo de cordura le dije:

- Capitán Von Bock, juráis por vuestro honor que sí me desnudo aquí y ahora para vos no atentaréis contra mi doncellez de ningún modo?

Me miró serio, respirando hondo, sopesando la situación, pero finalmente comprendió que yo era una diablesa, su diablesa, pero que era la hija del coronel Von Bock y su prometida:

- Sí, juro por mi honor.

Sin decir palabra, pero con la boca entreabierta por el deseo y la calentura, sin apartar mi mirada de la suya, me deshice rápidamente de mi uniforme y de mi ropa interior. Toda la ropa la colgué de la percha, excepto las bragas, que avergonzada las arrojé a un rincón para que no advirtiese que estaban chorreando de flujo por su causa, que tenía en aquel baño a una potra en celo ávida de tener sexo con su semental.

- Mein gott, qué bella eres, Luise. Tienes un cuerpo de diosa forjada por un díablo. Tendré que pedirle un permiso especial al Estado Mayor cuando nos casemos, sólo con el período normal no tendré tiempo para hacer todas las locuras que deseo hacer con tu cuerpo.

En ese momento, si me lo hubiese pedido, me habría metido en la bañera y yo misma me hubiera empalado en su enhiesto miembro, cuya cabeza asomaba fuera del agua, pero me arrodillé junto a él y empecé a besarlo mientras me acariciaba por primera vez con sus manos desnudas. Mientras bebía de mi lengua se apoderó de mis pechos y martirizó mis pezones con ardientes caricias, se apoderó de mis nalgas y las amasó, pasó sus dedos por toda la canal entre ellas, entreteniéndose en acariciar mi escondido orificio, lo cual no me importó a pesar de saber que estaba un poco sudado y húmedo por el trajín sexual de la mañana, pero yo era suya, mi amo y señor podía tocarme y disponer de mí como desease. Yo no le tocaba por el momento, sólo le besaba y me dejaba acariciar entre gemidos ahogados para no ser oída desde el pasillo.

De pronto su mano abandonó mi culo y la dirigió hacia su cara, aspirando fuertemente el aroma que mis jugos corporales habían dejado en sus dedos juguetones, yo creí derretirme de deseo, pero me sobrepuse:

- Ten cuidado amor, no debes pasar tu dedo por la cicatriz de la cara, no está completamente curada y podría infectarse con mis impurezas.

- Sería la más bella muerte, ya que no podrá ser en combate en el campo de batalla, que sea en el del amor, y si es de amor por ti aún mejor, moriría gustoso y satisfecho.

En mi fuero interno deseaba que mi capitán faltase a su palabra de honor y me partiera en dos con su miembro allí mismo, ver mi virginidad rota y sangrante derramándose sobre su precioso tallo de blanca piel y violácea punta. Cómo deseaba sentir aquella espesa leche, que mi capitán derramaba cada día sobre mi mano, pero ahora en lo más profundo de mi vientre, que ardía de deseo, pero parece que me había enamorado de un hombre de honor, porque se limitó a chupar mis tetas como si fuese un recién nacido, hasta hacer que los pezones casi me sangraran de la erección provocada. Deseé en lo más profundo de mi ser que estuvieran llenos de leche y las succiones de aquel loco enamorado me aliviaran la hinchazón que sentía.

- Luise, ponte de pie.

Obedecí inmediatamente a mi amante.

- Toma ese banquito, acércalo a la bañera y gírate. Ahora apóyate con tus manos en el banco dándome la espalda. Así.

Se arrodilló en la bañera y, como se había saciado con mis pechos, hizo con mis nalgas de blancura inmaculada. Las amasaba, besaba, incluso se le escapaba algún mordisco que me hacía reprimir grititos roncos de puro placer, pues mi coño ardía de deseo y mis muslos brillaban de flujo casi hasta las rodillas. Cuando trató de abrirme las nalgas reacioné:

- Por favor amor, tú estás limpio, pero yo no, no hagas eso.

Sin apartar su boca de mis nalgas me respondió:

- No hay nada en ti que me produzca aversión o pudor, eres mi amor, me has cuidado, limpiado, incluso has soportado tener que asistirme cuando realizaba mis necesidades fisiológicas durante semanas, ¿crees que un loco enamorado como yo podría sentir asco o repulsión de algún rincón de una mujer como tú?

Sé que nadie creería morir de amor a una desvergonzada desnuda que le ofrecía las nalgas a su amante, pero yo estaba aún más loca de amor que de deseo por aquel hombre que acababa de abrir mis nalgas en dos como una naranja madura y hozaba en el surco más secreto de mi anatomía como un abyecto jabalí de los bosques de Silesia, creí derretirme de placer cuando su lengua empezó a lamer mi ojete, las piernas apenas me sostenían, a pesar de que mis manos estaban crispadas por el placer y se aferraban al banquito para evitar que cayera al suelo muerta de gusto y ardor.

Cuando la lengua de aquel demonio pasó de mi puerta trasera hacia mi ardiente y virginal coño creí morir de placer, simplemente me abrí de piernas, dejé que su lengua apartase a ambos lados mi pelambrera castaña y en pocas pasadas de su lengua sentí un calor que subía desde el interior de mis entrañas a mis pechos y a mi cabeza, me abandoné y algo en mi interior se desencadenó: empecé a temblar, el placer me invadió en oleadas interminables y algo similar pero distinto a orinarme, con un líquido viscoso y transparente, se desató en el interior de mi coño, derramándome sobre la boca de mi amante, al que no sólo no pareció importarle, sino que le sirvió de acicate, pues redobló sus besos y lamidas, mientras que mis orgasmos se encadenaban, hasta que no pude resistir más y creo que me desvanecí unos instantes.

Recobré mi presencia de ánimo en los brazos de mi capitán, que no dejaba de besarme y hacerme arrumacos, aunque su miembro estaba tan duro y enhiesto como una pica de alabardero, recordándome que el baño no había tenido el final acostumbrado.. pero hoy tenía que ser distinto, hoy ya éramos el uno del otro y le debía algo más a mi amado.

Le hice ponerse de pie y salir de la bañera sobre una toalla en la que yo también me arrodillé. Me debatí entre los sabios consejos de mi amada madre, que cuando abandoné la mansión familiar para servir como enfermera me advirtió: "Hija, eres una belleza, los hombres te acosarán para conquistarte, pero no olvides que eres una dama y una Von Bock, hasta que no pases por el altar limítate a pasarle la mano por su miembro y aplacar y templar sus apetitos con tus manipulaciones, muchas veces has visto al caballerizo de tu padre manipular a los sementales y un hombre no se diferencia demasiado en esas lides de un garañón en celo, no cedas jamás a sus pretensiones o serás una desgraciada", pero mis lecturas sobre mi heroína Wilhelmine Schröeder-Devrient, aparte de mi calentura, me hicieron quedar en un punto medio entre los consejos maternos y las jodiendas de astuta zorra de la cantante, por lo que ante la sorpresa de mi amante, le dediqué una húmeda pasada de lengua desde el escroto, pasando por sus gordísimas pelotas y todo el tallo de su miembro, hasta llegar al capuchón amoratado e hinchadísimo.

- Oooooooohhhh.. qué haces, Luise!?

- Darte todo el amor que me está permitido.

Introduje algo menos de la mitad de su larguísimo pene en mi boquita golosa y comencé a chuparlo torpemente pero con mucho ardor y deseo. A él no parecía importarle mi inexperiencia, pues en no más de 3 minutos su miembro, tan blanco y perfecto se puso aún más tieso y gordo, era la perfección, se me iba a hacer larga la espera para tener aquella maravilla destrozándome el virgo, me lo imaginaba lleno de mi sangre y me ponía aún más caliente, lo que me hacía chupar con más vehemencia, hasta hacerme saltar las lágrimas por llegarme a la campanilla, pero no podía dejar de devorar aquella columna de alabastro que me torturaba dulcemente la mandíbula y la garganta.

- Luise, debes parar y seguir con la mano, estoy llegando..

Saqué su polla de mi garganta y seguí pajeándole muy lentamente mientras me la refregaba por mis labios y toda la cara, aspirando su aroma a macho en celo.

- Max Himmeld, quién eres para mí?

- Soy.. soy.. buuuuufffff.. tu amor

- ¿Qué más has prometido ser?

- Oooooooohhhh.. mein gott.. tu esposo.. no puedo más..

Paré de masturbarle, porque estaba próximo a derramarse, pero no aparté un ápice mi cara de sus gordísimos y rosados testículos de toro.

- Mi prometido, yo soy tuya por hoy y para siempre hasta que decidas que deje de serlo. Puedes disponer de mí a tu antojo. Si ahora mismo quisieras arrebatarme la virginidad te la entregaría, si quisieras tomar mi culo y derramarte en él sería tuyo al instante y con la mayor alegría por mi parte.

- Mi honor me lo impide.

- Calla. Como no deseas faltar a mi palabra lo respetaré, pero mi prometido, al menos hoy, no se derramará en mi mano como estas semanas atrás, así que da rienda suelta a tu deseo y deja que sea tu esclava para tu disfrute, igual que tú lo has sido mío hace un rato, sin importarte que tu amada se derramase en tu boca.

Dejé mi discursito de loba enamorada y en celo y comencé a chuparle el miembro como si fuese una de esas terneras recién nacidas de nuestra hacienda que se unen a su madre tras nacer, y vive Dios que mi capitán me ofrendó sus espesos calostros que nada tenían que envidiar a los de la vaca más ubérrima: comenzó a eyacular en mi garganta un semen espeso, abundantísimo, que yo no dudaba en tragar mientras le refregaba los pechos contra sus muslos, él emitía roncos gruñidos de placer y seguía derramándose en mi boca.

- Soy un cerdo, esto no está bien, mi amor.

Pero mi cerdito de blanca piel no sacaba su polla de mi garganta, ni apartaba sus cada vez más desinflados testículos de mi manita que los acariciaba y ordeñaba para deslecharlo completamente, que no quedase ni un ápice de su simiente que no fuera a mi boca tragona. La verdad es que, para ser mi primera felación no estuvo nada mal, el sabor de su semen me encantaba, como todo en él, aunque es cierto que se me agarraba un poco a la garganta al pasar, pero chupar aquel pene de piel tan blanca y tersa era todo un placer, así que seguí chupando con suavidad hasta que Max se retiró un poco, ya que no le quedaba ni gota de leche y empezaba a lastimarle un poco la mamada.

Tomé su miembro a media asta y le relamí el prepucio hasta quedar limpio y reluciente, igual tratamiento le prodigué a sus algo desinfladas pelotas, que seguían siendo hermosísimas y dignas de ser lamidas hasta la extenuación.

Cuando le dejé limpio me incorporé y trate de acercarme al lavabo para enjuagarne la boca, pero Max me abrazó impidiéndomelo, me dió la vuelta y me besó, entrelazando su lengua con la mía, saboreando los restos de su eyaculación en mi boca de golosa y desvergonzada felatriz. Éramos dos cerdos felices, a los que nada del otro causaba rechazo, éramos uno de ahí en adelante.

- Herr capitán, debo encomendarle una misión mientras aseo un poco mi encharcadísimo coño: no puedo presentarme ante Sor Cunegunda apestando a sexo, con la boca llena de leche de mi prometido y sin bragas. Le ruego que se acerque como un zorro de las trincheras a la sección de lencería y robe unas bragas para mí, supongo que no le costará trabajo adivinar mi talla, ya que ha pasado usted su lengua y manos por toda mi anatomía.

Sonrió, me besó una vez más, saboreando su leche en mi boca y contestó mientras se daba la vuelta:

- A la orden.

- No olvides ponerte el pijama, eso que te cuelga en las piernas es sólo para mí, no quiero que se le antoje a ninguna monja o enfermera buscona.

- A la orden.

Mein gott.. iba a ser difícil obedecer las enseñanzas de madre y no entregarle mi coño a aquel dios nórdico hasta pasar por el altar

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