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Sanatorio militar (2)

La abstinencia de dos años ha convertido al capitán en una bomba de deseo insostenible. Cuando la enfermera decide que su deber incluye el placer físico, la disciplina militar se derrumba ante la urgencia carnal.

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La visita del médico se prolongó durante más de una hora, haciéndome pasar al interior de la habitación para explicarme los pormenores de las lesiones del capitán, provocadas por quemaduras de queroseno.

Al retirarle los vendajes para supervisar sus heridas pude comprobar que el capitán era bellísimo a pesar de la fea cicatriz que aún tenía en la mitad izquierda de su rostro. El cruzar nuestras miradas al tiempo que pensaba en su miembro escupiendo semen sobre mi pecho y manos me hizo casi desmayar, aunque él debió interpretar que me encontraba incómoda por ver su bello rostro desfigurado por la lesión.

El médico, tras la cura, me hizo salir de la habitación y me puso al día:

- Fraulein Luise, el capitán está bastante peor de ánimo que de sus heridas, de hecho la de la cara le va a mejorar mucho, sólo le quedará una cicatriz en la zona más castigada. Las manos están bien, lo que está por determinar es el grado de afección nerviosa que le vaya a quedar en ellas, que es lo que le trae a mal traer, pues puede que no vuelva a volar si no mejora.

Por mi parte mantenga los vendajes limpios, las heridas saneadas y desinfectadas y supervise sus cuidados, sobre todo los anímicos.

- Así lo haré señor, no se preocupe por ese aspecto.

Ese día ya no hubo tiempo para más, ya que la salida del médico coincidió con la llegada de Sor Ágnes para relevarme.

Al día siguiente relevé a Sor María de su turno de noche y el capitán dormía sosegadamente. Me retiré al pasillo y estuve leyendo hasta la hora del desayuno, momento en el que entré con la bandeja en la habitación, abrí las ventanas y saludé al capitán, que inmediatamente se levantó de la cama y, firme como un ciprés, me dijo:

- Fraulein Von Bock, mi conducta de ayer fue indecorosa e inaceptable, impropia ni de un caballero ni de un oficial del ejército del Káiser. Sepa usted que a lo largo de la semana, en cuanto venga a visitarme mi ordenanza, le dictaré una carta dirigida a su señor padre, informándole de mi execrable acto y poniéndome a su disposición para lavar la afrenta con mi sangre en cuanto me sea posible.

Aquel hombre era absurdo, con el paso de los años descubrí que no mucho más que el común de ellos, pero yo tenía 18 años, él era un caballeroso adonis y mi vientre y mi cara ardían de pensar en su bellísimo pene soltando semen sobre mí el día anterior. Como pude me recompuse y respondí:

- Herr capitán, mentiría si le dijese que lo ocurrido ayer no me turbó profundamente, pero soy una enfermera responsable, sólo cumplía con mi deber, y además doy por hecho que su acto fue reflejo e incontrolable. Lo último que desearía es tener que ofrecer a mi señor padre y hermanos detalles sobre lo ocurrido ayer, creo que serían ellos los que se ofrecerían a darle un baño, pero de sangre, y a mí me pondrían a las órdenes de alguna Sor Cunegunda, pero en un convento de clausura. No pude evitar comenzar a reírme, risa que se contagió al atribulado capitán.

- Discúlpeme, fraulein Von Bock, pero lo de lavar mi afrenta con sangre lo soportaría con toda lógica, mas lo de verla condenada a vida de clausura siendo tan bella y joven sería imperdonable.

Vaya vaya.. parecía que el capitán iba recuperando su buen ánimo.

Durante el desayuno y las posteriores curas me explicó que la idea de no poder volver a combatir lo sumía en la desesperación. Debido a su estatura y peso tuvo que resignarse a pilotar bombarderos en lugar de cazas, pero la posibilidad de no volver a combatir era inasumible para él.

Mientras contemplaba sus ojos de un azul metálico y le curaba la cara le dije:

- De todas formas, herr capitán, ustedes viven por y para la guerra, su bello rostro, si no tuviera esta cicatriz por una acción de guerra seguramente habría quedado marcado por una schmiss durante algunas de las sesiones de mensur en sus bárbaras asociaciones de estudiantes duelistas.

- Le parece bello mi rostro, Fraulein Luise?

Le miré con franqueza y le respondí:

- Es usted un caballero muy bello, y cuando acabemos de curarle esa herida volverá a serlo sin duda, es más, le dará un cierto carácter, seguro que tendrá mucho éxito entre las féminas.

Nuevamente su rostro se ensombreció.

- Fraulein Luise, como le debo explicaciones por lo ocurrido ayer, debe usted saber que mi prometida rompió conmigo, en no demasiados buenos términos, durante mi último año de academia militar. El disgusto y la depresión hicieron que me abstuviese de cualquier contacto femenino desde aquel día hasta.. ayer: dos años casi.

No sé qué tenía aquel hombre, pero me provocaba al unísono sensaciones de colegiala enamorada, de adolescente alborotada y.. de diablesa en celo.

- Herr capitán, siento mucho que aquella señorita le causase esa herida en el corazón, pero yo debo preocuparme de su cuerpo, el cual vamos a proceder a lavar de nuevo.

- Oh, no.. por favor.. deje que me bañe esta tarde con la monja, no podría volver a soportar una vergüenza como la de ayer!!

Ignoré su pataleta de niño grande y me limité a preparar el baño con abundante agua caliente y jabón. Introduje al capitán en el baño y le desvestí. Su cuerpo desnudo me hacía palpitar las sienes y agitar mi corazón, sabedora de que en unos minutos estaría frotando su cuerpo de dios griego.

Tras unos minutos relajantes sumergido hasta el cuello en la bañera le informé de que era hora de lavarle concienzudamente. Nuevamente froté con esmero todo su cuerpo, esta vez con él tumbado. Me demoré en su pecho y abdomen de mármol, en sus axilas, sus poderosos muslos y bíceps.. hasta que sumergí la mano hacia su entrepierna y tropecé contra un mástil férreo y erecto oculto por la capa de espuma de la superficie. Mis ojos y boca se abrieron desmesuradamente ante aquel obstáculo.

- Discúlpeme fraulein Luise, no he podido evitarlo.

- Pero su abstinencia se interrumpió ayer, no entiendo..

- Es.. es por usted, Fraulein, su belleza me tiene muy confundido y.. atolondrado.

Yo seguía enjabonando su vientre y mirándole fijamente, no sé si más ingenua que pícara o viceversa.

- Le provoco confusión, herr capitán.. y reacciona así cuando se encuentra.. confundido?

- Se lo ruego, Fraulein Luise, no se burle de mí, me atrae usted muchísimo, pero está situación es improcedente, comprenda que verme así desnudo ante usted.. es tan hermosa.. no puedo resistirme.

Afortunadamente mi lado de diablesa había echado el pestillo de la habitación para evitar intrusiones inesperadas, y a continuación mi lado de enfermera me autosugestionó con la inocente idea de que debía centrarme en la curación emocional del capitán por encima de cualquier otra consideración, por lo que, desvergonzadamente agarré el erecto mástil y comencé a manipularlo arriba y abajo ante la sorpresa del joven militar, que no daba crédito a la nueva paja que estaba disfrutando en dos días.

Rápidamente quité el tapón de la bañera, lo que hizo bajar el nivel del agua y dejar al descubierto los gordos testículos y el inmenso miembro del capitán, que había adquirido un grosor tal que me dificultaba el rodearlo por completo con la mano.

En ningún momento aceleré la masturbación, quería que hoy el capitán la disfrutase a base de bien, sin prisas ni emergencias, estaba segura de que con sus eyaculaciones se irían evacuando también muchas de las preocupaciones que atormentaban aquel espíritu, esa era también mi misión, aunque para ser sincera nadie me había indicado que acariciase las hinchadísimas y húmedas pelotas de mi paciente, ni que me recrease en hacer movimientos circulares sobre su prepucio cada vez que mi mano subía.

Aunque era virgen y no había tenido novio tampoco era una ignorante en temas sexuales, pues me había criado en la mansión familiar en el campo, rodeada de caballos, perros y toda clase de animales a los que había visto copular en infinidad de ocasiones, incluso en no pocas ocasiones había espiado a mis hermanos y primos masturbándose como monos sin percatarse de mi presencia, lo que me hacía conocedora de bastantes aspectos del sexo. Igualmente leí a hurtadillas cuanto pude de la nutrida biblioteca erótica de mi severo padre, siendo las "Memorias de una cantante alemana", de Wilhelmine Schröeder-Devrient mi libro de cabecera en lo que a erotismo y sexo se refería, una obra maestra.

Decidí dar un paso más en mi perdición y en la satisfacción de mi paciente, así que reduje al mínimo el ritmo de mi mano marturbándole y le pregunté:

- Herr capitán, noto vuestro miembro un poco seco y temo dañar una piel tan delicada y blanca, veríais adecuado que os lubricara con un poco de saliva?

- Có.. cómo!?

Tomé su sorpresa como un sí, retiré mi mano de su mástil, la aproximé a mi cara mientras le miraba con cara mezcla de virgen inocente y perversa, aspiré el olor de su hombría en mi mano, deposité una generosa cantidad de saliva en la palma y nuevamente retomé la labor de masturbarle, esta vez más deprisa y castigando su prepucio, tal y como alguna vez había visto hacer a mi hermano menor en las caballerizas, cuando pensaba estar sólo.

- Os satisface más así, herr capitán?

- Mein gott, Fraulein Luise, hasta ir al infierno junto a vos me satisfaría, ardo de amor y deseo por vos, no sé qué me pasa, me estoy condenando por hacer esto con una señorita como vos, pero no me importa, sólo quiero que esto dure para siempre.

- Pero Herr capitán, no seáis cruel, necesito que os derraméis ya, mi brazo no puede atender eternamente un miembro tan bello y vigoroso como el vuestro, me arde la mano, tenéis un sable de acero candente entre las piernas, necesito ver vuestro semen ya.

El capitán no pudo resistir más ni una sola puñeta de mi delicada mano, empezó a eyacular mientras suspiraba como un cristo agonizante. Su primera emisión de leche espesa y abundante salió disparada vertiginosamente hasta mi cara, la segunda fue, como el día anterior a la pechera de mi uniforme, mientras que el resto empezaron a caer a la bañera, entre sus piernas, hasta que perdió algo de vigor y siguió derramándose en mi mano, que no dejaba de acompasar el diapasón eyaculador. Su semen me llegaba ya hasta el antebrazo, pero yo seguía sacándoselo sin remilgos, como más de una vez se lo vi hacer al caballerizo de mi padre. Aquel semental aviador podría preñar a un regimiento de alemanas con aquellas copiosasísimas eyaculaciones, no dejaba de soltar leche en mi mano a pesar de que había pasado un minuto desde que lanzó el primer chorro sobre mi cara, el cual sospecho que es el que lo mantenía aún caliente y soltando semen. Debía ser muy morboso ver a una jovencita pajeándote mientras su cara goteaba de tu propio semen, sin que ella protestase ni hiciera remilgos.

- Herr capitán, sois el mismo demonio eyaculando, no vais a parar de derramaros sobre mí? Me estáis preocupando, temo que os desvanezcáis por mi culpa.

- Noooo.. por favor, seguid, seguid un poco más, me estáis matando de placer, pero aún me queda leche en los testículos, os ruego que la saquéis toda.. síiiiiii.. asíiiiii.. os amo, Fraulein Luise, no os imagináis cuánto os amo, estáis adorable mancillada con mi semen, bellísima.. oooooogghhhh!!

Aquello ya no daba más de sí, su miembro perdía la erección y ya no salía ni una gota más, por lo que, sin limpiarme la cara, le ayudé a levantarse y lo sequé concienzudamente, lo vestí con el pijama y le rogué que me disculpase unos minutos para asearme en el baño.

En cuanto entré y cerré la puerta, me puse frente al espejo, metí una mano en mi peludo y virginal coño y, mientras con la otra recogía la corrida del capitán de mi pecho y cara y la olía y saboreaba como una yegua en celo, me masturbé frenéticamente, corriéndome en cuestión de segundos.

Fue una delicia realizar el resto del turno con mis fosas nasales impregnadas del olor a semen y a macho de mi apuesto paciente.

¿Qué me depararía el futuro con mi hermosísimo y varonil capitan