La Viuda del Sena
Ana llegó a París buscando la verdad sobre muertes inexplicables, pero encontró un deseo que la consumía. Entre las sombras del Sena y los placeres prohibidos de una sociedad secreta, cada orgasmo era un paso más cerca de la muerte... o de la libertad.
En las calles empedradas de París, bajo la luz grisácea de un otoño que ya anunciaba el invierno, Ana López, una periodista argentina de treinta y dos años originaria de Rosario, llegó a la ciudad con una misión clara y peligrosa: investigar para su revista de Buenos Aires la serie de muertes inexplicables que tenían en vilo a la policía francesa y a la prensa internacional.
Cuatro hombres poderosos —un banquero suizo, un diplomático francés, un magnate del lujo italiano y un empresario español— habían aparecido sin vida en sus suites de hoteles de cinco estrellas o en apartamentos exclusivos del Marais. Todos presentaban el mismo patrón: cuerpos desnudos, la verga aún semierecta, restos de semen seco en el vientre y en las sábanas, como si hubieran cogido con una intensidad brutal hasta el último aliento. Las autopsias coincidían en un paro cardíaco por agotamiento extremo y sobredosis de adrenalina, pero nadie lograba explicar las profundas huellas de uñas en la espalda, los mordiscos en el cuello ni el fuerte olor a concha mojada y excitada que impregnaba las habitaciones.
Ana era una mujer imponente: alta, con tetas firmes y grandes que llenaban cualquier blusa que se pusiera, cintura marcada, caderas anchas y un culo redondo y provocador que atraía miradas en cualquier ciudad. Había dejado atrás en Rosario un matrimonio que se apagaba lentamente y un deseo sexual que la quemaba por dentro desde hacía meses.
Esa primera noche, instalada en un pequeño pero elegante hotel cerca de la Place des Vosges, mientras revisaba los expedientes en su laptop con una copa de vino tinto, recibió un mensaje anónimo en su teléfono:
—El secreto está en la sombra del puente. Vení sola esta noche. No confíes en nadie que no te muestre la marca de la viuda.
Al día siguiente, al atardecer, cruzó el Pont Neuf con el corazón latiéndole fuerte. El Sena reflejaba las luces de la ciudad como un espejo negro y traicionero. Allí, apoyado contra la baranda, la esperaba un hombre alto, de unos cuarenta años, vestido con un traje impecable gris oscuro. Sus ojos verdes parecían leerle el alma. Se presentó como Pierre Duval, inspector de la Brigade Criminelle, pero su forma de hablar tenía un matiz que no era del todo francés, como si hubiera vivido tiempo en Latinoamérica.
—Señorita López —dijo con voz grave y profunda—, sé que está investigando los casos. Yo también lo hago desde hace semanas. Pero esto no es un simple asesinato en serie. Es un ritual sexual. Una mujer los seduce, los lleva al borde del placer más salvaje y, cuando se corren con toda su fuerza, algo dentro de ellos se rompe para siempre.
Ana sintió un cosquilleo inmediato entre las piernas. El inspector la miró con descaro, deteniéndose en el escote donde asomaban sus tetas generosas.
—Vení conmigo —agregó—. Hay un lugar seguro donde podemos hablar sin que nos escuchen las paredes.
La llevó a un departamento antiguo y lujoso en la Île Saint-Louis, con vistas al río. Apenas cerró la puerta detrás de ellos, Pierre la empujó contra la pared con fuerza controlada y la besó con una furia que Ana no esperaba. Ella no se resistió. Hacía demasiado tiempo que no sentía una pija dura presionando contra su cuerpo. Le bajó el cierre del pantalón con manos ansiosas y sacó la verga gruesa y venosa, ya completamente tiesa y palpitante.
—Cogeme —le susurró ella al oído, abriendo las piernas y levantando una para facilitarle el acceso—. Meteme esa verga ahora mismo, no esperes.
Pierre le subió la falda hasta la cintura, le arrancó las bragas de un tirón y la penetró de un solo empujón profundo. La concha de Ana estaba empapada, caliente y resbaladiza. La cogió contra la pared con embestidas largas y fuertes, agarrándole las tetas por encima de la blusa y mordiéndole el cuello con saña. Ella gemía sin ninguna vergüenza, moviendo las caderas para que la verga le llegara lo más adentro posible.
—Así, más fuerte —jadeaba Ana—. Llename la concha con esa pija gruesa. Haceme sentir que me estás rompiendo.
Pierre aceleró el ritmo, cogiéndola como un animal. El sonido húmedo de la concha de Ana llenaba la habitación. Ella se corrió primero con un grito ahogado, apretando la verga con las paredes de su concha palpitante. Pierre no aguantó más y se corrió adentro, inundándola de leche caliente y espesa que empezó a chorrear por sus muslos.
Después, mientras recuperaban el aliento sentados en el sofá, Pierre le contó más detalles del misterio. Los muertos pertenecían todos a una sociedad secreta llamada “Les Ombres du Plaisir”, un círculo exclusivo de hombres poderosos que organizaban fiestas privadas de alto nivel donde el sexo sin límites era la norma. En el centro de esas fiestas aparecía siempre una mujer misteriosa, conocida solo como La Veuve Noire. Ella elegía a sus víctimas, los seducía con una habilidad diabólica y los cogía hasta dejarlos exhaustos. En el preciso momento del orgasmo final, les administraba un veneno indetectable que activaba el colapso cardíaco.
Ana, con la concha todavía chorreando semen, sintió que el misterio la excitaba más que cualquier historia que hubiera cubierto antes. Esa misma noche volvieron a coger. Pierre la puso a cuatro patas sobre la cama king size y le metió la verga en el culo sin piedad, después de lubricarla con su propia saliva y los jugos de la concha de Ana. Ella gritaba de placer mezclado con un dolor delicioso.
—Metémela toda en el culo, carajo —gemía Ana, empujando hacia atrás—. Desgarrame el orto con esa verga. No pares.
Pierre le agarraba las nalgas con fuerza, abriéndolas, y la penetraba con saña profunda mientras le metía dos dedos en la concha al mismo tiempo. Ana se corrió dos veces seguidas, temblando, antes de que él le llenara el culo de semen caliente.
Los días siguientes fueron una mezcla de investigación y sexo desenfrenado. Ana visitó las escenas de los crímenes, entrevistó a testigos y revisó archivos policiales con la ayuda de Pierre. Cada noche terminaban en el departamento de la isla, cogiendo como si el mundo se fuera a acabar. Pierre la cogía en la ducha, contra la ventana con vistas al Sena, sobre la mesa de la cocina. Ana le chupaba la verga con ganas, tragándosela hasta la garganta, babeando y gimiendo mientras él le agarraba el pelo.
—Chupame la pija así, puta —le decía Pierre—. Sos una máquina de mamar verga.
Ana respondía tragando más profundo y apretándole los huevos hasta que él se corría en su boca y ella tragaba todo.
Decidida a avanzar, Ana usó sus contactos en la embajada argentina para conseguir una invitación a una de las fiestas privadas de la sociedad. La entrada era estricta: solo parejas o personas solas con referencias impecables. Ella fue sola, vestida con un elegante vestido negro ceñido que apenas contenía sus tetas y marcaba la curva perfecta de su culo. El evento se realizaba en un palacete histórico cerca del Louvre, con salones iluminados tenuemente y aire cargado de perfume caro y deseo puro.
En el salón principal, hombres y mujeres se tocaban abiertamente. Algunas parejas cogían en los rincones, otras observaban. Ana se acercó a la barra y pidió un vino. Un hombre de unos cincuenta años, calvo, con mirada hambrienta y acento porteño, se le pegó de inmediato.
—Sos nueva por acá —dijo él—. Me llamo Roberto, empresario de Buenos Aires. ¿Querés que te muestre el lugar como corresponde?
Ana aceptó. Roberto la llevó a una sala contigua donde varias parejas cogían sin ningún disimulo. Una mujer rubia estaba arrodillada chupándole la verga a un tipo mientras otro la cogía por atrás con fuerza. Roberto le metió la mano bajo el vestido y encontró su concha depilada y ya mojada.
—Estás chorreando, che —murmuró con voz ronca—. Vení, sentate en mi cara.
La sentó sobre una otomana de terciopelo, le levantó el vestido y hundió la lengua en su concha con avidez. Ana le agarró la cabeza con ambas manos y se frotó contra su boca, moviendo las caderas con ritmo.
—Chupame el clítoris más fuerte —ordenaba ella—. Meteme la lengua bien adentro de la concha.
Roberto obedeció con ganas, succionando el botón hinchado y lamiendo los labios mojados hasta que Ana se corrió en su boca, inundándole la cara de jugos calientes. Después se arrodilló ella, le bajó el pantalón y le sacó la pija gruesa y venosa. Se la metió toda en la garganta, babeando abundantemente mientras él le cogía la boca con movimientos de cadera.
—Tragátela toda, puta —gruñía Roberto—. Sos una excelente chupadora de verga.
Ana lo mamaba con furia, apretándole los huevos y mirándolo a los ojos, hasta que él se corrió con un gemido y ella tragó todo el semen sin desperdiciar una gota.
Pero el verdadero contacto llegó poco después. Una mujer alta, de pelo negro azabache y ojos verdes penetrantes, se acercó con una sonrisa que prometía placer y peligro. Era La Veuve Noire. Se presentó simplemente como Isabelle.
—Vení conmigo —le dijo en voz baja y seductora—. Tengo información que te interesa sobre esos muertos que tanto te obsesionan.
La llevó a una habitación privada decorada con espejos en todas las paredes y cortinas de terciopelo rojo. Apenas cerraron la puerta, Isabelle la besó con pasión. Sus tetas generosas se rozaron y Ana sintió que su concha se mojaba otra vez de inmediato. Isabelle le bajó el vestido hasta la cintura y le chupó las tetas con saña, mordiendo los pezones duros y tirando de ellos.
—Tenés unas tetas que dan ganas de cogerlas todo el día —susurró Isabelle—. Abrí bien las piernas para mí.
Ana obedeció, sentándose en el borde de una chaise longue. Isabelle se arrodilló y le devoró la concha con lengua experta, metiendo dos dedos gruesos y moviéndolos rápido mientras le lamía el clítoris hinchado con dedicación.
—Ay, carajo, lameme la concha así —gemía Ana, agarrándole el pelo negro—. Chupame fuerte, puta. No pares.
Isabelle no paraba. Le metió un dedo en el culo al mismo tiempo y Ana se corrió con violencia, apretando la cabeza de la francesa contra su concha chorreante y gritando de placer.
Después cambiaron posiciones. Ana se montó sobre la cara de Isabelle y le frotó la concha mojada contra la boca y la nariz mientras le metía tres dedos en la concha a ella, follándola con fuerza. Las dos mujeres se corrían una y otra vez, insultándose entre gemidos de placer.
—Sos una zorra peligrosa —le decía Ana entre jadeos—. Pero me encanta cómo me comés la concha.
Isabelle se reía y le metía la lengua más profunda.
—Vos también sos una puta argentina bien caliente. Vení, dame ese culo rico.
Ana se puso a cuatro patas. Isabelle le lamió el culo con dedicación, metiendo la lengua mientras le frotaba la concha con la mano. Después sacó un consolador grueso y realista de un cajón oculto y se lo metió en la concha a Ana, cogiéndola con fuerza mientras le daba cachetadas en las nalgas.
—Tomá, cogé esto bien profundo, hija de puta —gruñía Isabelle—. Sentí cómo te abro la concha hasta el fondo.
Ana se corrió gritando, empapando el consolador y las sábanas con sus jugos.
Entre un orgasmo y otro, Isabelle le reveló parte del misterio. Los hombres de la sociedad habían descubierto que ella usaba un veneno derivado de una planta rara de la Amazonia que se activaba precisamente con el torrente masivo de adrenalina y endorfinas del orgasmo intenso. Pero no era solo un asesinato: era un juego de poder y control. La Veuve Noire elegía a aquellos miembros que amenazaban con exponer los secretos de la sociedad o que se habían vuelto demasiado ambiciosos. Y ahora Ana, con su investigación, se había convertido en la siguiente candidata.
En ese preciso momento, Pierre apareció en la puerta de la habitación. Había seguido a Ana hasta el palacete. Al verlas a las dos desnudas, sudadas y con las conchas chorreantes, su verga se endureció visiblemente bajo el pantalón. Sin decir una palabra, se unió a ellas. Cogió a Isabelle por atrás mientras ella seguía lamiendo la concha de Ana. La habitación se llenó de gemidos, sonidos húmedos de conchas siendo penetradas y vergas entrando y saliendo.
—Meteme la pija en el culo —le pedía Isabelle a Pierre con voz entrecortada—. Y vos, Ana, sentate otra vez en mi cara.
La orgía duró más de dos horas. Pierre alternaba entre coger a una y a la otra, metiendo su verga en conchas y culos sin descanso. Ana y Isabelle se besaban profundamente mientras él las penetraba, se chupaban las tetas, se metían los dedos mutuamente y se frotaban las conchas una contra la otra en un tribbing salvaje. Ana se corrió con intensidad cuando Pierre le llenó la concha de leche caliente y, al mismo tiempo, Isabelle le metía dos dedos en el culo. Pierre terminó corriéndose en la boca de Isabelle, quien compartió el semen con Ana en un beso largo y sucio.
Al amanecer, con los cuerpos exhaustos, cubiertos de sudor, jugos y semen, los tres resolvieron el caso juntos. Pierre organizó la redada contra los líderes restantes de la sociedad. Isabelle, La Veuve Noire, logró escapar por los techos del palacete, pero dejó una nota manuscrita para Ana:
—Nos volveremos a ver pronto. Tu concha y la mía todavía tienen muchas cuentas pendientes.
Ana regresó a Buenos Aires semanas después con la historia completa escrita y publicada con gran éxito. Sin embargo, su concha seguía sensible durante días por todo lo que había cogido en París. El misterio del Sena quedó oficialmente cerrado, pero el fuego sexual que se había despertado en ella ardía más fuerte que nunca. En las noches frías de Rosario, cuando se tocaba pensando en Pierre, en Isabelle y en todas las vergas y lenguas que la habían llevado al límite, a veces recibía un mensaje anónimo desde un número desconocido:
—La sombra del Sena te espera otra vez. Vení sola. Tu concha todavía me debe un orgasmo más.
FIN
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