Las grandes tecnologías ya obsoletas. (parte I)
El chat se convierte en su habitación más íntima. Ella sigue sus órdenes escritas, sintiendo cómo sus palabras se transforman en caricias invisibles. Él, a kilómetros de distancia, la guía hacia el clímax con una precisión que ningún hombre real le había ofrecido. Esta noche, la pantalla no es una barrera, sino el espejo de sus deseos más ocultos.
Las grandes tecnologías ya obsoletas. (parte I)
No hace tanto, pero parece un mundo completamente distinto. Es fascinante cómo el paso del tiempo transforma nuestros recuerdos en pequeños tesoros, cada uno envuelto en una capa de nostalgia, una mezcla embriagadora de dulzura y picardía. Aquellos que vivimos esos años sabemos que, de alguna manera, todo tenía un encanto especial, una magia que no se puede encontrar en ninguna aplicación moderna.
En ese entonces, antes de que la tecnología se adueñara de cada aspecto de nuestra vida, la simplicidad reinaba. Nos contentábamos con quedar el día anterior, a una hora precisa, confiando en que todos cumplirían con la cita sin la necesidad de constantes mensajes de confirmación. Recuerdo cómo nuestros padres se quejaban si pasábamos demasiado tiempo pegados al "fijo", ese teléfono de casa que era compartido por toda la familia, y a veces, hasta por el vecindario. Era todo lo que teníamos, y de alguna manera, esa limitación nos hacía valorar más cada conversación.
Las tardes se nos iban en juegos callejeros, corriendo por el barrio con la única preocupación de no llegar tarde a casa. El verano transformaba la calle en nuestro paraíso personal, un lugar donde las risas y los gritos de júbilo eran el pan de cada día. Todo era un misterio, nadie sabía qué nos depararía el mañana, y esa incertidumbre era intoxicante, casi adictiva.
La adolescencia nos alcanzó como una ola, arrastrándonos a nuevos territorios. De repente, la calle ya no era suficiente; necesitábamos más. Fue entonces cuando los recreativos se convirtieron en nuestro santuario, un universo paralelo lleno de luces parpadeantes y sonidos hipnóticos. Allí, entre partidas de arcade y charlas sin fin, comenzaron los primeros coqueteos, esos juegos inocentes que nos hacían sentir como si estuviéramos explorando un territorio prohibido. Recuerdo la emoción de las primeras citas en esos lugares mágicos. Pero no todo era color de rosa; con el tiempo, las máquinas recreativas dieron paso a las videoconsolas caseras, y el avance de la tecnología comenzó a colarse en nuestras vidas de formas que nunca habríamos imaginado. El MSN, el Hotmail, ¡qué época la de los primeros correos electrónicos! Tener una cuenta de esas te hacía sentir al día con la tecnología, como si fueras parte de un selecto grupo de iniciados en un nuevo mundo digital. Y luego vinieron los primeros móviles, esos ladrillos que todos codiciábamos. Ahorrábamos durante meses para poder sostener en nuestras manos ese trozo de tecnología que parecía tener el poder de cambiarlo todo.
Fue con uno de esos ladrillos, un Nokia robusto, cuando experimenté por primera vez el "deseo" o quizá el morbo de lo desconocido. Una llamada cruzada me conectó con un chico de Cádiz, y en cuestión de minutos, una chispa se encendió entre nosotros. Esos breves minutos al día en los que podíamos hablar antes de que se nos acabara el saldo se convirtieron en mi momento favorito. Cada conversación, cada mensaje, era una mezcla de expectativas y emociones, un preludio de lo que estaba por venir. Recuerdo especialmente una noche en la que, al aire, me dedicó una canción desde la radio local donde trabajaba. Era "He visto una luz" de M-Clan. Aún puedo sentir cómo mi corazón se aceleraba al escuchar las primeras notas, sabiendo que esas palabras eran para mí. Fue un gesto simple, pero cargado de significado. Nunca llegamos a conocernos en persona, pero la conexión que creamos en esas breves interacciones quedó grabada en mi memoria como uno de esos recuerdos que nunca se desvanecen.
Luego, llegaron las novedades y la revolución de Internet, y con ello, todo cambió. El mundo se abrió ante nosotros de formas que no podíamos haber imaginado. Recuerdo la emoción de las primeras videollamadas, la sensación de poder ver y hablar con amigos que estaban a kilómetros de distancia como si estuvieran en la misma habitación. Y qué decir de los primeros chats gratuitos... ¡Madre mía! Aquello era una revolución. Esos chats eran como una especie de selva digital donde podías ser quien quisieras, y conocer a quien quisieras, aunque no siempre sabías si la persona al otro lado era quien decía ser. Recuerdo mi fascinación por esos primeros encuentros virtuales, la curiosidad que me llevó a explorar lugares que hasta entonces eran desconocidos para mí.
Fue en uno de esos chats donde me topé con un territorio completamente nuevo: lo que ahora llamamos cibersexo, que en aquel entonces no se percibía como tal. Era un chat de sexo, y yo, curiosa de mí, decidí fisgonear y descubrir qué tipo de personas se reunían allí, qué buscaban, qué los excitaba…
Las primeras conversaciones fueron, debo admitirlo, bastante decepcionantes. Muchos ni siquiera sabían escribir correctamente, y esa superficialidad me resultaba aburrida. Entre el tedio y la falta de interés, empecé a perder las ganas de seguir explorando. Sin embargo, por aquel entonces, también comenzó a surgir algo inesperado: un tonteo con un compañero de trabajo. Bueno, quizá el que realmente empezó a tontear conmigo fue él.
El “compañero” en cuestión era Julián, alto, desgarbado, moreno, con barba y un aire alternativo que me volvía loca. No sabía que tenía novia, o quizá él se encargó de que yo no lo supiera. Me encantaba la forma en que me miraba, esa chispa de picardía en sus ojos cada vez que coincidíamos en los descansos. Me hacía sentir viva, deseada, aunque ahora, mirando atrás, veo con claridad todas esas "red flags" que en su momento ignoré.
Todo empezó y terminó en un concierto de verano, uno de esos que solían ser gratuitos y donde nos reuníamos para disfrutar de buena música y compañía. Nuestro grupo de amigos tenía todo preparado, llevábamos meses esperando este momento. Llegamos pronto, con nuestra cena de picnic (o sobaquillo cómo llamamos aquí), botellón para un regimiento, y por supuesto, la parte de las drogas, a la que, por suerte, yo era ajena. Debo confesar que alguna vez me gustaban unas caladas de maría cuando iba un poco "perjudicada", pero nada más. Tampoco era de las que perdían el sentido bebiendo; no me encantaba el alcohol. Así que, con un par de vasos de calimocho, unas caladas y un par de colas o agua, ya tenía todo lo que necesitaba para disfrutar de mis mejores noches de fiesta.
Recuerdo que aquella noche estaba llena de expectativas, mi grupo de amigos estaba más que listo para pasarlo en grande. La emoción era palpable, pero lo que no sabía era que esa noche, Julián tenía planes que yo, ingenua, ni siquiera sospechaba.
A día de hoy, todavía no sé de dónde sacó Julián mi número de teléfono. Solo sé que un SMS llegó a mi "ladrillo" de última generación, dejándome anonadada. Julián me hacía saber dónde se había situado con sus amigos, por si quería pasarme a saludarlo, terminando con un “me gustaría verte”. Así que, en cuanto pude, y a sabiendas de que mi grupo no se movería de allí, me fui a “dar una vuelta”. ¿A quién quería engañar? Me iba a buscarlo, siguiendo el rastro que él había marcado de forma tan intencionada.
Cuando estaba cerca de la zona indicada, no me hizo falta buscar demasiado. Él acudió en mi búsqueda, como si estuviera atento, esperando verme aparecer. En cuanto nos encontramos, recibí un abrazo, un gesto de cercanía que nunca antes había ocurrido entre nosotros. Se le veía ansioso. Me cogió por la cintura y me guió hasta la barra para invitarme a lo que quisiera. Yo no puse pegas, me dejé llevar... qué ingenua fui.
Durante un rato, me trató como si yo fuera especial. Sus palabras, tan cuidadosamente escogidas, dulces y sexys, provocaban en mí sensaciones que nunca antes había experimentado. Sí, había estado con otros chicos, algunos de ellos, encuentros puntuales que no fueron demasiado agradables. Parecían seguir el patrón de la famosa frase: “promete y promete hasta que la mete; una vez metido, se jodió lo prometido”. Después conocí a un chico con el que estuve tres años y medio. Todo comenzó de forma casual. Era amigo de una amiga, y aunque al principio no me atraía, acepté sus invitaciones al cine y a ver películas, simplemente para no pasar los domingos aburrida mientras mis amigas disfrutaban de tiempo y sexo con sus novios.
Así empecé con mi ex. Era un chico de piel morena, bajito, bueno, de mi altura. Se cuidaba bastante, aunque no tenía un físico imponente. Yo tampoco lo tenía, así que me dejé llevar. Quise disfrutar de nuevas experiencias y, al final, todos los domingos tenía planes. Él y sus amigos eran de discotecas, bebiendo como esponjas y consumiendo cocaína siempre que salían. A mí no me importaba, no era mi problema, aunque sus conversaciones monotemáticas sobre discotecas y música house me aburrían soberanamente. Pero las capeaba como podía.
Este chico me aportaba cosas… ¿buenas? Era inteligente, aunque solo usaba esa inteligencia para recordar partidos de fútbol y goles absurdos. En cuanto al sexo… bueno, era ansioso con todo. Comía rápido, hacía mucho ruido al comer (algo que odio, culpa de mi madre), y en la cama... Imaginad. Me daba dos besos mal dados y ya quería meterla. Yo ni siquiera estaba medio caliente. Tocaba mi cuerpo como si lijara una pared. Por más que intenté enseñarle cómo me gustaba que me tocaran, cómo me gustaba que me besara, lento, profundo, sin prisa... no cambió nada. Opté por el método “Juan Palomo”: "yo me lo guiso, yo me lo como". Frenaba suavemente sus manos, las guiaba hacia mis pechos, le decía cómo tocarlos, cuándo, con qué presión. Lo mismo cuando tocaba mi sexo, parecía que quería encender fuego con el refrote. Y cuando llegaba el momento de la penetración… lo mejor era que duraba apenas tres o cuatro empujones. Él terminaba y, con toda su cara, me preguntaba si todo iba bien. Al principio, ingenua de mí, llegué a enamorarme un poco. Cuidaba de mí, se interesaba por mí, algo que nunca había tenido antes. Vivía solo, así que podía acudir a su casa en cualquier momento, quedarme a dormir, pasar unos días… hasta que un día mi cabeza hizo "click" y no hubo marcha atrás.
Recuerdo ese "click" perfectamente. Era Nochevieja, habíamos salido con mis amigos. Él iba puesto hasta arriba, cuando el “pafeto” donde estábamos cerró quería que lo llevara a donde estaban sus amigos, a 45 minutos en coche. Me negué. Insistió, me cameló, y yo, cariñosa, con mi cuerpo pidiendo marcha... accedí. Imaginad el polvo de mierda que tuvimos: él colocado, yo ardiendo. Todo fue como siempre: sin sabor, sin ardor, sin sexualidad. Sus besos insípidos, su tacto de lija. Cuando me penetró, me gustó, pero solo porque ya había aprendido a calentarme yo sola. Sabía que con cuatro empujones se correría, así que me provocaba al máximo para llegar justo al orgasmo y terminar. Esa noche no fue diferente. Lo dejé cerca de un chalet donde estaban de fiesta sus amigos, y al día siguiente, cuando se le había pasado el colocón, me llamó arrepentido, pidiendo disculpas. No dije nada. Dos meses más tarde recogí mis pocas pertenencias de su casa, y ese fue el fin.
Se supone que de las experiencias vividas se aprende, que uno crece y evoluciona… pero a mí me costó un poco, quizás porque no vi venir a mi querido compañero desgarbado. Después de invitarme a una bebida, Julián me llevó a un lugar más íntimo. Me sentía cómoda, me divertía su palabrerío, aunque era de manual. Y yo, ingenua, no notaba todavía cuáles eran sus verdaderas intenciones. Estaba contenta, tonteando con un chico que me atraía, y por eso no pensé mucho más.
De repente, se acercó lentamente, y aunque me pilló por sorpresa, ¿cómo no iba a desearlo? Dejé que me besara, cerré los ojos y traté de disfrutar, pero enseguida noté algo que me incomodaba. En algunos momentos, su beso me recordó al de mi ex, pero intenté no pensar en eso. Quería concentrarme en el presente, en lo que estaba pasando. Sin embargo, cuando me di cuenta, Julián ya tenía la mano por dentro de mi camiseta, tocando mis pechos con una mezcla de ansiedad y falta de control, mientras su lengua vagaba por mi boca sin rumbo fijo, como si me estuviera probando de manera torpe.El problema era que no sentía nada. Ni emoción, ni deseo. Nada.
Me colocó la mano encima de su entrepierna, gemía, quería más. Yo no sabía ni lo que quería… Esperé un poco más, pensando que debía haber algo bueno. Cuando su mano se deslizó por debajo de mis vaqueros, pensé que quizás este chico sí sabría cómo hacerme llegar al orgasmo con solo una mano, así que lo dejé hacer. Cerré los ojos e intenté disfrutar. Que ingenua fui otra vez… Estábamos medio escondidos, si no te acercabas mucho no podías ver la escena. Parecíamos dos adolescentes enrollándose, poco más. En cuanto desabrochó sus pantalones y metió mi mano por debajo de su ropa interior, toda actividad se detuvo. Empezó a mover mi mano sobre su miembro, como si lo estuviera masturbando por voluntad propia, pero él guiaba cada uno de mis movimientos. Ya no me tocaba, ya no me besaba, solo estaba centrado en su propio placer.
Así pasaron varios minutos, su excitación aumentaba por segundos. Sabía cuál sería el final, pero esta vez fui más lista.
Me detuve, sí, así, de repente. No puedo describir su cara, creo que pensó que me iba a sentar encima y lo iba a cabalgar como una amazona profesional, pero no, se equivocó. Vacíe la bebida que él había pagado en mis manos, me sequé en su camiseta, lo miré a los ojos y le dije:
—No, guapo, así no. Así no se hacen las cosas. Creo que no eres lo que esperaba, lo que tu decías ser. Este no es el momento ni el lugar, y eres tan egoísta que puedo ver que solo buscas tu placer, lo mismo que has buscado siempre —reí de una forma un tanto amarga, pero continué—. No voy a obtener placer alguno, no vas a poner nada de tu parte, así que prefiero darme yo mi propio placer y no sentirme luego utilizada. Si quieres jugar a ese juego, me parece perfecto, búscate a otra. Y me fui.
Esa misma noche me enteré de que el simpático de Julián tenía novia, que llevaba un año y medio saliendo con una chica que era amiga de una muy amiga mía. Lo que sucedió esa noche fue un punto de inflexión, una lección que, aunque dolorosa en su momento, me enseñó mucho sobre el deseo, las relaciones y la inevitable transición de la inocencia a la experiencia. Pero esa... es otra historia.
Todo esto es una especie de introducción para que podáis entender en qué punto me encontraba. Estaba en una fase de total desaprovechamiento, preguntándome dónde había ido a parar mi libido. Pasé un tiempo casi inerte, sobreviviendo sin sentimiento ni deseo alguno, ni por el sexo ni por conocer a alguien “interesante”. Llegué a pensar que tanto mi curiosidad como mi deseo se habían esfumado juntos, probablemente disfrutando de una gran fiesta u orgía en algún lugar, mientras yo no tenía ni una pizca de pasión.
Y entonces apareció él. No recuerdo exactamente qué día fue, supongo que uno de esos en los que el aburrimiento y la desgana te invaden por completo. Seguramente sería un domingo, uno de esos solitarios en los que ya había aprendido la lección de “mejor sola que mal acompañada”. Ese día me dió el “flus” (como yo suelo llamarlo) y, con algo de curiosidad resurgida, decidí darme una “putivuelta” por los chats gratuitos a ver qué se cocía. Comencé por los de “amistad”, pero en diez minutos ya estaba harta; las conversaciones eran soporíferas. Así que decidí aventurarme por los “infiernos” del chat de sexo, sólo por probar suerte.
Y vaya si la tuve. Interactué con un par de chicos que, al principio, parecían interesados en “hacerme pasar un buen rato”, pero, conforme la charla avanzaba, todos terminaban centrados en sí mismos, olvidando que había alguien del otro lado. La frustración me invadió rápidamente, así que decidí abandonar el barco. Seguramente en la tele habría alguna “mierda de la buena” que sería más entretenida de lo que había encontrado allí.
Justo cuando estaba cerrando todo, vi una conversación abierta que había pasado por alto. Eran solo un par de líneas, pero lograron arrancarme una sonrisa, así que decidí contestar. No recuerdo exactamente qué decía, pero esas palabras hicieron desaparecer mi enfado de inmediato y despertaron mi curiosidad. Al otro lado, un chico un par de años menor que yo comenzó a hablarme de cosas banales, pero sorprendentemente interesantes. Lo curioso es que en ningún momento se mencionó el sexo. Cuando llegó la hora de que él se marchara, me dijo que era una pena, que no quería perder el contacto, pero, claro, ya me las conocía todas... no iba a caer otra vez en lo mismo. Aun así, acordamos vernos un par de días después en el mismo chat, con el mismo nick.
Ese par de días después, y a la hora acordada, me dispuse a buscar a ese "Hnan" que apenas conocía. Aunque, para mi sorpresa, no hizo falta que yo lo buscara. Estaba ahí, esperando, con la misma curiosidad que yo tenía. En su mensaje me dijo que había estado deseando ese momento, deseando que llegara la hora para seguir conociéndome, para seguir charlando. Eso ya me hizo sonreír.
La conversación fluyó naturalmente. Esta vez, no fueron las típicas preguntas superficiales que suelen rellenar los primeros encuentros. Supongo que ambos teníamos la necesidad de saber más el uno del otro y empezamos a compartir detalles más personales: nuestros nombres reales, las edades, lo que hacíamos en la vida, nuestra situación sentimental.
El chico en cuestión se llamaba Hernán, era un par de años más joven que yo, de origen argentino, aunque residía en Luján, cerca de Buenos Aires. Estudiaba programación, pero su trabajo principal era en un centro de salud, donde hacía de todo, aunque su especialidad era la informática. Junto con su jefe y otro compañero, mantenían todo lo relacionado con las computadoras del lugar. Me contaba que había días en los que no paraban de apagar fuegos, y otros en los que, simplemente, no había nada que hacer, lo que le permitía quedarse conectado y hablar conmigo hasta que algún fuego surgía.
Un dato que me sorprendió fue que, en su poco tiempo libre, practicaba jiu-jitsu. Admito que me intrigó. Yo desconocía completamente ese deporte, pero cuando me explicó que era una especie de arte marcial basado en controlar a un oponente hasta someterlo, dejando al contrincante inofensivo... no pude evitar que mi imaginación volara. Mmm... la idea de tener a alguien dominándome de esa forma me resultaba interesante, quizás demasiado.
Hernán también era un “manitas”, arreglaba su casa, una propiedad que les habían cedido bajo la condición de que él se encargara de los desperfectos y de mantenerla en buenas condiciones. Vivía con su esposa. Sí, lo sé, podría ser juzgada por esto, pero la verdad es que no me importaba mucho que estuviera casado. Cada uno vive su vida a su manera, con sus propios límites y yo siempre he tenido claros los míos.
En ese momento, me permití filosofar un poco. ¿Qué tanto nos importa lo que haga otra persona si no estamos involucrados directamente? La verdad es que nos acabábamos de conocer. No había lazos profundos entre nosotros, solo unas cuantas insinuaciones juguetonas que no pretendían ir más allá de una conversación excitante. No había nada que me atara, yo estaba soltera, sin compromisos, y hacía lo que quería. Hernán, por su parte, parecía tener una vida bastante estable con su mujer. Me explicó que llevaban juntos desde muy jóvenes, y ella era una buena chica, impartía clases de religión en su tiempo libre. El único "pero" era el sexo: flojo, aburrido, casi inexistente. Sonaba a la típica excusa de hombre casado, lo admito, pero no me afectaba. No buscaba nada más allá que un poco de diversión, un poco de morbo, y eso lo estábamos logrando.
Poco a poco, nos fuimos facilitando maneras más cercanas de contacto. Claro, el teléfono no era opción, no había aplicaciones de mensajería instantánea en esos tiempos, así que hablábamos por Skype. Nuestras charlas se volvían cada vez más largas, más profundas. No solo hablábamos de lo cotidiano. Empezamos a compartir más detalles personales: cómo pensábamos, cómo vivíamos, nuestras costumbres, los platos típicos de nuestros países, los lugares que nos gustaría visitar. En medio de todo eso, había un tonteo sutil que flotaba en el aire, aunque todavía no sabía bien cómo definirlo.
La verdad es que no confiaba del todo en él. Su palabrería, aunque efectiva, me recordaba mucho a la de los italianos: encantadores, sí, pero nunca del todo sinceros. Sin embargo, había algo en Hernán que me mantenía ahí. Quizás porque, a pesar de mis reservas, me hacía sentir cómoda, me hacía reír, y en el fondo, sabía que lo que decía era cierto. Pero, por precaución, tardé un poco en dejarme llevar.
Hernán__________________________________________________________
Nunca tuve grandes expectativas cuando entraba a esos chats. Era más bien una especie de escapatoria, un lugar donde desconectar un rato, compartir alguna idea trivial, o simplemente pasar el tiempo sin ninguna presión. En el mejor de los casos, podía encontrar a alguien con quien intercambiar gustos o risas momentáneas, pero la realidad era que la mayoría de las conversaciones se desvanecían tan rápido como empezaban. Duraban un par de días, si acaso, y luego se extinguían, dejando solo la sensación de que todo había sido una pérdida de tiempo.
Pero ella fue distinta. Desde el primer mensaje, algo me llamó la atención, algo que no sabía identificar de inmediato pero que me mantenía enganchado. Era como si en medio de todas esas conversaciones pasajeras, su presencia destacara de manera sutil, pero firme. A medida que nuestras charlas avanzaban, me di cuenta de que había mucho más en ella que lo que inicialmente buscaba. Y creo que a ella te pasó lo mismo, porque nunca se apagó tu interés por seguir en contacto. Era como si, con cada mensaje, fuéramos alimentando una conexión que crecía en lugar de apagarse, contrariamente a lo que solía suceder con los demás.
Cada conversación con Cloeh tenía ese toque especial, algo que iba más allá de las palabras. No era solo lo que decía, sino cómo lo decía. Podíamos pasar de hablar de banalidades a tocar temas más profundos, pero siempre con ese hilo de complicidad que me hacía querer volver por más. Había algo en ella que despertaba mi curiosidad y, al mismo tiempo, me hacía sentir cómodo, algo que pocas personas lograban.
Siempre fui una persona solitaria, de esas que prefieren mantenerse al margen, observando más que participando. Mis amistades, contadas literalmente con los dedos de una mano, se diluyeron con el tiempo, sin dramas ni rupturas, solo el curso natural de la vida. Desde los 15 hasta los 19 años, tuve ese círculo pequeño que consideré inquebrantable, pero con la adultez llegó la distancia, y descubrí que no necesitaba a nadie. Al final, me convencí de que solo estaba mejor, sin expectativas de mantener vínculos profundos con nuevas personas. Esa era mi realidad, hasta que conocí a Cloeh.
En verdad, no buscaba amigos ni complicidades cuando me conectaba. Simplemente entraba, decía lo que sentía en ese momento, y luego salía sin esperar nada. Pero ella... No pude evitarlo. Hubo algo diferente, como si, por primera vez en mucho tiempo, sintiera la necesidad de que alguien se quedara en mi vida. No era una conexión efímera o superficial; había algo más profundo, algo que no estaba acostumbrado a sentir. Sentí, sin siquiera conocer su rostro ni su voz, que había algo en ella que no podía dejar pasar.
Algunas personas dicen que todo el mundo tiene una esencia interior, algo que va más allá de las máscaras que mostramos al mundo. Yo siempre lo he creído. Esa esencia es única, inmutable, y define quiénes somos en lo más profundo, más allá de las decisiones que tomamos o los errores que cometemos. Hay quienes pueden aparentar ser algo que no son, pero con el tiempo, su verdadera esencia sale a la luz. Y hay quienes, desde el primer momento, muestran exactamente quiénes son, sin necesidad de artificios.
Desde nuestros primeros intercambios, pude percibir que su esencia era distinta. Era cálida, auténtica, transparente. Tenía esa energía que rara vez encontraba en otros. Era como si, aunque sólo nos comunicáramos a través de una pantalla, donde había unas pocas óletras, pudiera sentir su sinceridad, su bondad, como si tuviera una luz propia que iluminaba cada conversación. Y eso me hizo querer seguir descubriéndola.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí la necesidad de dejar entrar a alguien en mi vida, no como una distracción pasajera, sino como alguien que, de alguna manera, empezaba a ser importante para mí. No sé si era consciente de eso, pero desde aquellos primeros días, sentí que había encontrado en ella algo que llevaba mucho tiempo buscando sin saberlo.
Cloeh ________________________________________________________
Mientras nos íbamos conociendo, cada vez descubríamos más detalles del otro, y con ellos, la curiosidad no hacía más que crecer. Supongo que es lo que suele pasar cuando la química está presente. Una tarde cualquiera, después de una conversación ligera sobre algo trivial, sentí cómo las palabras parecieron detenerse por unos segundos más de lo habitual. La tensión flotaba en el aire. No era solo curiosidad; había algo más, algo que nos empujaba a explorar ese terreno que hasta entonces solo habíamos bordeado con insinuaciones. Fue ahí cuando nuestra relación empezó a tocar temas más íntimos. Lo desconocido se volvía fascinante, y las preguntas dejaban de ser inocentes.
No tardamos en compartir detalles más atrevidos. Dejamos de hablar solo de nuestras comidas favoritas o los lugares turísticos para visitar, y comenzamos a adentrarnos en nuestras fantasías, en lo que nos atraía realmente, en ese territorio donde la intimidad no es solo física, sino también mental. Era como si estuviéramos descubriendo otra faceta del otro, más vulnerable, pero al mismo tiempo, más emocionante.
No mentiré, me intrigaba hasta dónde llegaría esta conexión. Sabía que nunca sería algo "real", pero eso no quitaba la emoción del momento. El coqueteo, el morbo, la picardía... todo estaba ahí, y yo me dejaba llevar por ello, sin pensar demasiado en las consecuencias. Así, poco a poco, Hernán y yo nos fuimos construyendo un pequeño mundo compartido. Un espacio en el que, a pesar de la distancia y las circunstancias, éramos libres de ser quienes realmente queríamos ser, sin las ataduras que nos imponían nuestras vidas reales. Y en ese espacio, nos conocimos más íntimamente de lo que jamás hubiera imaginado.
"Estamos entrando en terrenos pantanosos", escribí, insinuando que la conversación estaba subiendo de nivel, de tono. Podía sentir cómo, sin esfuerzo, este "chico malo" (como solía llamarlo en broma) me conducía, de forma lenta y sutil, por terrenos peligrosos. Sabía demasiado bien que no sería capaz de resistir su tentación.
"Me gustaría que describieras exactamente lo que haces y la ropa que llevas, ¿podría ser?", escribió, casi como si pidiera permiso, siempre con esa mezcla de sutileza y picardía.
"Pues…, estoy sentada en el sofá, con las piernas cruzadas. Y lo del vestuario... no sé si mentirte, porque no llevo nada sexy ni atrevido", respondí siendo sincera.
"Jajajaja, solo quiero imaginarte tal como estás. No importa si no te parece sexy, quizá para mí lo sea. Inténtalo, a ver qué pasa, así podré opinar", replicó él, siempre buscando ir un paso más allá.
"Llevo un jersey de lana blanco, viejo y grande. Está tan gastado que el cuello me cae por debajo del hombro. Y abajo... unos pantalones anchos que uso como pijama, negros."
"¿Solo llevas eso?", contestó con picardía.
"Sí, cuando llego a casa me gusta ponerme cómoda. Así que, sí, sólo eso. La ropa interior me resulta incómoda, no la necesito. Molesta más que otra cosa."
"Entonces... si me sentara a tu lado, ¿ese hombro estaría desnudo, sin nada que lo cubriera?"
"Así es..."
"Y si metiera mi mano por debajo de tu jersey (campera, como yo él lo llamaba), ¿encontraría tu piel desnuda?"
"Exacto."
"Qué interesante, ¿no?"
"¿Tú crees?"
"Sí, yo lo encuentro muy interesante..."
A partir de ahí, como si juntos tejiéramos una historia que se movía entre la realidad y la fantasía, empezó a relatar lo que serían sus próximos movimientos. Me pidió, con esa audacia suave y dulce que había aprendido a reconocer tan bien, que mis manos siguieran el recorrido que las suyas tomarían. "Tócate", escribió con delicadeza, "como si fuera yo quien lo estuviera haciendo".
Por un segundo, titubeé, pero la curiosidad, y ese deseo que habíamos cultivado poco a poco, rompieron cualquier barrera. Su "voz" escrita tenía ese poder sobre mí, una especie de control sutil que me hacía sentir como si ya estuviera a mi lado, como si cada palabra suya fuera una caricia que, de alguna manera, podía sentir.
"Lentamente", escribió, "pasa tus manos por debajo del jersey, siente tu piel, como si fuera yo el que lo hiciera. Quiero que imagines mis dedos explorando cada centímetro de ti, buscando tus puntos más sensibles, aquellos que te hacen suspirar."
Mis dedos obedecieron, como si no tuviera voluntad propia, recorriendo mi abdomen con suavidad, sintiendo el calor de mi piel desnuda. Seguí cada una de sus instrucciones, mientras la mezcla de nervios y excitación que se acumulaba en mí iba tomando control. Sentía cómo su influencia traspasaba la pantalla, provocando un calor que se extendía más allá del simple juego.
"¿Sabes?", continuó, "me encantaría besarte. Los besos pueden ser increíblemente intensos... Y por lo que intuyo, los tuyos deben ser muy, muy provocadores. Aunque creo que solo con tenerte cerca ya estaría ardiendo."
Notaba cómo mi respiración cambiaba, volviéndose más profunda, más controlada, mientras sus palabras me envolvían. "Sigue recorriendo tus pechos", añadió, "imagina que mis manos los palpan, explorando su suavidad, jugando con tus pezones, endureciéndolos poco a poco... Ufff, no tienes idea de cuánto deseo hacer eso". Sus palabras me envolvían de tal manera que, por un momento, casi podía sentir su presencia física, cada letra transformada en un leve roce que encendía mi piel.
"Y mientras tanto", escribió con una picardía que me hizo sonreír, "mi otra mano (o mejor dicho, tu otra mano) bajaría desde tu ombligo, deslizándose por debajo de esos pantalones que llevas puestos, rozando tu monte de Venus, suave, depilado, justo como me lo imagino. Uno de mis dedos se adentraría un poco más, buscando descubrir cómo va tu humedad. Dime, ¿estás húmeda?".
“Sí, lo estoy... más de lo que esperaba. Sigue…”, pedí en un susurro casi suplicante, deseando que continuara.
Hernán comenzó a relatar de una manera suave y sutil cómo sus manos recorrerían cada rincón de mi cuerpo, y aunque solo eran palabras en la pantalla, podía sentir la suavidad de sus caricias. Su deseo de prolongar ese primer encuentro, como si hubiese sido real, se sentía palpable. Describió cómo, con delicadeza, sus dedos se adentrarían entre mis piernas, ansioso por sentir esa humedad que tanto anhelaba. "Me llevaría los dedos a la boca", escribió, "saborearía tu esencia antes de bajar con mi lengua para devorarte por completo". La manera en que relataba cómo su lengua jugaría con mi ya inflamado y caliente clítoris, rogando por más, me hacía sentir como si estuviera a punto de perder el control. Yo lo quería todo, y él estaba dispuesto a darme más de lo que había imaginado.
Con una delicadeza increíble, continuó describiendo cómo introduciría lentamente un dedo dentro de mí, casi como si midiera cada movimiento. Sentía cómo eso lo excitaba aún más, mientras yo le contaba lo obediente que estaba siendo, que mis manos seguían sus indicaciones, que estaba sintiendo un placer inmenso. Le narraba cómo mi cuerpo respondía a cada estímulo, cómo mi espalda se arqueaba involuntariamente, cómo mis gemidos se volvían más frecuentes, cómo mi respiración se volvía entrecortada.
En un momento de curiosidad, quise saber cómo se sentía él, qué hacía con sus manos. Sin vacilar, me respondió que podía imaginar mi sabor en su boca, que su pene, ya demasiado erecto, estaba expuesto al aire, y que lo acariciaba con suavidad, intentando alargar el placer tanto como fuera posible. "Es algo que he deseado durante mucho tiempo", escribió, "y no quiero apresurarlo... tal vez por miedo a que esta situación no se repita, quiero disfrutarla al máximo".
Ese fue el punto de inflexión. No pude contenerme más y le pedí, sin rodeos: “Fóllame”. No fue solo un deseo, sino una orden. Lo necesitaba desesperadamente, aunque todo fuera producto de mi imaginación, quería saber que él lo deseaba tanto como yo. Y, por supuesto, no dudó en seguirme. Supongo que estaba igual de encendido, igual de deseoso, y comenzó a narrar cómo me besaría para compartir mi propio sabor conmigo, ese sabor que tanto le había gustado y que describió como una droga divina.
Pidió que le rodeara con mis piernas mientras, yo seguía sentada en el sofá, y con lentitud, empezó a entrar en mí, asegurándome que no había nada de qué preocuparse, porque lo hacía despacio, para que toda mi humedad se esparciera por su miembro. Una vez que todo estuviera perfectamente resbaladizo, comenzó a moverse dentro de mí, entrando y saliendo de una forma que me volvía loca. ¡Joder! Cada detalle que describía, cada sensación que transmitía me excitaba aún más, y sentía que no tardaría mucho en llegar. Se lo hice saber. Pude visualizar su rostro, sus ojos ardientes a través de sus palabras escritas. Como respuesta, incrementó el ritmo, sus embestidas cada vez más profundas, más intensas.
Todo se sentía tan increíblemente real que apenas podía creerlo. ¿Cómo podía sentirme tan llena y abrumada solo con palabras? Hernán, siempre atento, me hizo saber que su orgasmo también estaba cerca, que sus acometidas se volvían más rudas y apasionadas, pero que deseaba que yo llegara primero. Entonces, tres simples palabras escritas, que imaginé susurradas al oído con esa voz cargada de deseo, lo lograron: “Córrete para mí”. Ufff... esas palabras fueron mi detonante, y me corrí al instante, haciéndole saber que sus deseos se habían cumplido, pidiéndole que continuara, que solo necesitaba un poco más de él.
Y ese “poco más” se convirtió en varias embestidas intensas, profundas, que prolongaron mi orgasmo y finalmente provocaron el suyo. Mmm… fue una experiencia deliciosa, una que nunca habría imaginado que podría alcanzar solo con mi mente. Pero él, mi “chico malo argentino”, lo había logrado con creces.
Hernán__________________________________________________________
Joder, esta chica me encantaba. Desde que la conocí, me había quedado completamente prendado de su forma de escribir, de ese español tan pulido y distinto al mío, de su delicadeza, ese morbo sutil que, de alguna manera, me atrapaba. La verdad es que no me la había podido sacar de la cabeza en todos estos días. Esperaba con ansias encontrarme con ella de nuevo, no quería perderla.
Cuando se conectó al chat, mi corazón dio un vuelco. Ahí estaba, justo como había prometido. En ese instante, todas mis dudas se desvanecieron, dejando paso a una charla ligera y divertida. Cuanto más hablábamos, más me encandilaba; cada palabra me hacía querer más, no podía pensar en otra cosa que en conseguir su contacto. No paré hasta que, finalmente, me dio su Skype. Estaba encantado, esperanzado. No tenía planes de ir más allá, después de todo, la distancia hacía que todo fuera prácticamente imposible. Pero la deseaba, en todas las formas posibles.
Un día, cuando la conversación empezó a volverse un poco tonta, no me pude contener. Empecé a hacerle preguntas más picantes, quería conocerla mejor, saber cómo concebía el sexo, cómo lo disfrutaba, cuáles eran sus gustos... Mientras le preguntaba, una sensación de celos se apoderó de mí. Aún sin haberla visto ni escuchado su voz, ya deseaba ser el único que le proporcionara placer. Y entonces, seguí el impulso de mi cuerpo, quería saber más sobre ella. No recuerdo el momento exacto, pero de repente estaba pidiéndole detalles: qué ropa llevaba, cómo estaba sentada, qué posición... Necesitaba imaginarla.
Cuando ella entró en el juego, supe que me deseaba también, quizás no tanto como yo a ella, pero era suficiente. Le pedí que usara sus manos, que las moviera por su cuerpo siguiendo mis instrucciones, como si mis manos fueran las que la estaban tocando. Le detallé cada movimiento, cómo serían mis besos, cómo mis dedos recorrerían su piel, cómo rozarían sus pezones, cómo la tentaría... Quería que ella ansiara más, tanto como yo lo hacía.
Lo que empezó como un juego se fue calentando rápidamente. Estaba en el trabajo, en el único lugar donde tenía algo de privacidad, y ya estaba completamente empalmado, deseando más. Sus escasas palabras me confirmaban que estaba siguiéndome al pie de la letra, y cada detalle que compartía aumentaba mis ganas. ¡Joder! Casi me corro en los pantalones como un adolescente. Por suerte el día estaba tranquilo y no había nadie en el despacho, así que me permití sacar mi polla y disfrutar del momento.
Mientras me acariciaba, seguía dándole instrucciones, describiéndole cada uno de mis movimientos imaginarios, cómo la exploraría, cómo la saborearía... Cuando llegué a la parte en la que describía cómo era su coño, depilado como a mí me gustaba, casi me corro al instante. Y cuando me dijo que estaba muy húmeda, supe que no podría aguantar mucho más. Mientras ella seguía mis órdenes, metiendo sus dedos dentro de sí, yo solo pensaba en que quería probarlos, saborear ese líquido que describía tan eróticamente. Todo era demasiado intenso, demasiado erótico, y nunca había experimentado algo así.
Entonces llegó la palabra que lo cambió todo: "fóllame". Ya no había marcha atrás. Mi mente se volvió primaria, solo podía pensar en estar dentro de ella, en hacerla correrse con mi polla. Comencé a tocarme con más fuerza, mis movimientos eran más rápidos, más profundos. Le describí cómo me sentía, lo que imaginaba, lo apretada que estaba, lo suave y caliente que se sentía aquel lugar celestial que nunca había tocado antes.
Estaba al borde, no podía aguantar mucho más. Le pedí —no, le ordené— que se corriera para mí. Nunca se lo había pedido a nadie antes, pero en ese momento necesitaba asegurarme de que ella disfrutaba tanto como yo. Mientras ella llegaba me dijo que siguiera, que no parara, parece absurdo, pero supe que lo había logrado. Estábamos en la “cresta de la ola” juntos. Fue entonces cuando me dejé ir por completo, ambos habíamos saciado nuestras ganas, y fue un momento memorable.
Limpie mi miembro rápidamente y lo guardé antes de que alguien entrara en el despacho. Nos quedamos un rato relajados, conversando sobre lo bien que se había dado la situación, lo satisfechos que nos sentíamos ambos. Me alegró saber que había disfrutado tanto como yo. Que inesperada coincidencia en un chat y que bonito regalo el de ese día; estaba pletórico. Justo en el momento que menos lo deseaba, aunque podía haber sido mucho peor y tuve que dar gracias, una llamada interrumpió mi pequeño paraíso, había un fuego que apagar apagar me devolvió a la realidad. Mientras volvía a la rutina, no podía evitar soñar con lo que vendría después. Esto había sido solo el inicio. La chispa que había encendido nuestras fantasías (al menos en mi caso), apenas estaba comenzando a arder. ¿Qué nuevas sorpresas nos depararía esta conexión ardiente y provocadora? Lo único seguro es que no habría vuelta atrás. ¡Yo quería más, mucho más!
Esto ha sido solo el principio de una traviesa aventura. Cloeh y Hernán están a punto de dar un paso más allá en su sensual y audaz curiosidad. ¿Te atreves a descubrir hasta dónde los llevará su conexión ardiente y provocadora? ¿Habrá más?
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