Xtories

Y los sueños, sueños son. - Cap. 8

Joan creyó haber cerrado el capítulo de Pilar hace una década. Pero cuando ella aparece en su camino, con el mismo cuerpo devastador y una propuesta imposible de rechazar, la disciplina se desmorona en la oscuridad de un apartamento vacío.

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Joan – febrero 1996 – (Ruptura)

Al darme cuenta de que la fantástica mamada que acababa de recibir había sido obra de Pilar en lugar de mi esposa como yo creí desde el primer momento, cualquier atisbo de ensoñación y relajación desapareció al instante. Pegué un salto hacia atrás pasando de la posición de decúbito supino a sentarme con la espalda pegada a la cabecera de la cama.

- ¡Maldita hija de puta!, ¿qué coño acabas de hacer? – grité con todas mis fuerzas -.

- Pues una mamada como nunca te han hecho – contestó Pilar orgullosa -.

Alargué mi brazo para encender la luz de la mesita y pude ver su cara excitada, sonriendo triunfadora, aun con un pequeño reguero de mi semen descendiendo por la comisura de sus labios. En ese momento entró Marta en la habitación, seguida de Toni con Edgar en brazos.

- Que son esos gritos – dijo Marta, pero callando al instante -.

El cuadro que presenció Marta en la habitación era propio de comedia de enredos, aunque la situación fuese del todo real. Pilar y yo desnudos sobre la cama en actitudes claramente diferentes, por un lado, ella con cara de manifiesta satisfacción y yo por el otro lado cabreado como una mona.

- ¿Qué coño estáis haciendo? – se atrevió a preguntar Marta -.

- Pues que esta loca me acaba de comer la polla mientras dormía, y yo creyendo que eras tú quien me la estaba mamando, me he corrido en su puta boca hasta que me he dado cuenta de su maniobra. Marta, esto se ha acabado, vámonos ahora mismo, no quiero volver a ver a esta zorra en la vida.

Entonces se desató el caos, Marta se abalanzó hacia Pilar y cogiéndola por el pelo, la hizo caer de la cama al suelo y a continuación le soltó una soberbia bofetada. La cara de sorpresa de Pilar ante la reacción de Marta me extrañó, parecía que estuviese pensando que Marta aceptaría esta situación con toda normalidad, y quedó descolocada y totalmente asustada tras la violenta reacción de mi mujer.

- Maldita hija de puta, te advertí que dejases en paz a mi marido… y tú me lo prometiste… te odio…, nunca vuelvas a acertarte a Joan ni a mí.

Intentó volver a agredir a Pilar pero una rápida reacción de Toni que había dejado al niño en el suelo impidió una segunda bofetada. Luego, con cierta rudeza cogió el brazo de su esposa y la levantó del suelo para llevársela de la habitación junto con el pequeño Edgar. Marta se puso a llorar y vino a abrazarme desconsolada en la cama donde aún permanecía sentado.

- Perdóname Joan… me advertiste que esto pasaría y no quise creerte… lo siento mucho…

- No llores amor, ahora ya se ha acabado, alejémonos de ella para siempre.

- Como pude ser tan estúpida de creerla y dejarme influenciar en todo… tenías toda la razón…

- Venga, vámonos de esta casa y sigamos con nuestra vida…

Recogimos todo lo nuestro y de Pol y lo cargamos en nuestro coche. Se oía de fondo como Toni discutía en voz alta con Pilar y no nos molestamos en despedirnos de ellos. Durante todo el viaje estuvimos en silencio, ni nuestro hijo soltaba palabra, como si inconscientemente entendiese lo que estaba ocurriendo.

A partir de ese día dejamos de tener contacto con ellos y poco a poco nos centramos en adaptarnos al cambio de costumbres que para Marta y Pol representaba dejar de ver a Pilar y a Edgar. Pol lo llevó bastante bien, pero a Marta le costó asumir lo dependiente que se había vuelto de su amiga y tuvo que esforzarse para superarlo. La ayuda de Berta fue muy importante y estuvo ahí en todo momento para todo lo que hiciese falta, siempre proactiva con su familia.

Estábamos a finales del 96 y mi trabajo entró en una etapa de crecimiento exponencial, por lo que mis viajes se intensificaron considerablemente. Marta retomó su antiguo trabajo pero, aunque mantuvieron su salario, sus responsabilidad disminuyeron considerablemente al ser asumidas por el sustituto que cubrió su larga excedencia. Aquello la resintió mucho y empezó a sentirse poco valorada y muy descontenta por el trato de la empresa, su autoestima se vio claramente disminuida y se notaba mucho como la estaba afectando en su carácter.

Ver su descontento día a día pese su visible esfuerzo para que no repercutiera a la familia me dolía, y sufría por lo que estaba pasando. Para intentar ayudarla en lo laboral le ofrecí un puesto de trabajo en el área contable de mi empresa o facilitarle contactos con mis clientes para que consiguiese empleo en una de esas empresas con mi aval. Eso fue del todo contraproducente ya que se lo tomó muy mal, diciendo que no necesitaba de mi ayuda ni de mis “enchufes” para conseguir un mejor trabajo, que eso la hacía sentirse peor al dar por sentado su incapacidad de solucionarlo por ella misma, además de reducir su autoestima.

Al final, y tras una acalorada discusión acordamos dejarlo todo como estaba e intentar acomodarnos a nuestras respectivas situaciones laborales. El hecho de que afrontásemos esas discrepancias desde diferentes puntos de vista con total confianza, sirvió para afianzarnos como pareja a pesar de la disparidad de nuestros criterios.

El tiempo transcurría inexorablemente y ya estábamos en el 98, como resumen podría decir que el sexo con Marta se mantenía en excelente nivel en cuanto a cantidad y calidad, nuestro hijo Pol ya tenía 4 añitos y se sentía feliz sabiéndose amado por sus progenitores y por su abuela, la empresa seguía creciendo y mi relación con mis socios y amigos funcionaba a la perfección.

Tras superar el episodio de Pilar del 96, retomé una cierta relación con Toni, básicamente profesional, aunque quedábamos para jugar al golf cada cuatro o cinco meses, Marta había olvidado sin demasiados traumas el tema de su amiga pija, pero seguía llevando bastante mal su frustración en el trabajo. Toni me comunicó que varios meses después de que terminásemos nuestra amistad con Pilar, se había divorciado de ella, y que su ex estaba a punto de casarse con un tipo que conoció en una pasarela de moda. Unos meses más tarde recibimos una invitación para asistir a su boda, que Marta, nada más leerla, rompió en pedazos y tiró a la papelera mientras me miraba con una sonrisa cómplice.

La comunicación con mi tío Felipe se mantenía bastante fluida, incluso nos visitaba alguna vez acompañado de Michael, básicamente para ver a nuestro hijo Pol y a Berta, con la que seguían manteniendo una especial amistad desde que se conocieron el día de mi boda. Tanto era así, que a principios de ese mismo año la habían invitado a California a pasar tres semanas en su casa de Santa Mónica. Berta regresó exultante y encantade de sus vacaciones en los EEUU, alucinada por la experiencia de conocer ese país, por lo bien que la cuidaron esos dos y por, que conste que esto solo me lo confesó a mí y siempre será un secreto entre los dos, por el increíble sexo que tuvo con un maduro actor, rutilante estrella de Hollywood que le fue presentada por mi tío Felipe y que quedó prendado al instante de mi querida suegra. Debo recordar que a sus 57 años, Berta continuaba siendo una mujer espléndida que podría hacer sombra a muchas de 37. En confidencia me contó lo bien que lo pasó con ese galán de Hollywood que se mostró como un semental inagotable que le hizo ver las estrellas de tanto sexo, aunque también tuvieron muy buenos momentos románticos lejos de la esfera pública y mediática que acompañaba habitualmente al actor cuyo nombre no voy a desvelar.

Se dio el caso que en su última visita a Barcelona, Michael aprovechó para proponerme a mí y a mis socios de Afo & Ofa la posibilidad de convertirnos en colaboradores preferentes de Apple® en Europa, en lo concerniente a la creación de aplicaciones informáticas para su S.O. Mac OS 8®. Aunque Michael había finalizado su relación contractual con Steve Jobs cuando este regresó a Apple® en el 97, varios de los responsables ejecutivos de la firma norteamericana le consultaron si conocía alguna empresa europea que pudiese asumir esos desarrollos de software, y sin dudarlo, Michael les habló de nosotros.

Todo esto supondría muchos viajes a Cupertino (California) para demostrar técnicamente nuestras capacidades y para negociar el posible contrato de colaboración. Hablé con Marta para explicarle la situación y saber si tenía algún inconveniente con las ausencias prolongadas que con seguridad estaría obligado a hacer. Ella fue muy comprensiva y se comprometió en ocuparse de todo en Barcelona mientras yo no estuviese. Solo mostró su preocupación cuando le dije que en todos los viajes y estancias en los EEUU estaría acompañado por Katy en lugar de Frank. Otra vez aparecían los celos subyacentes en Marta hacia mi amiga, y me vi obligado nuevamente a reiterarle mi compromiso absoluto con nuestro amor y que no debía de preocuparse por Katy.

A partir de ese momento empezó una época de trabajo inhumano, con viajes continuados a EEUU y también a otros lugares de Europa, ya que tampoco podíamos dejar desatendidos a nuestros clientes habituales. Aquella época fue una de las peores de mi vida y todo ese esfuerzo enfocado al trabajo pasó factura a mi familia. No sé cuándo empezó exactamente, pero si puedo delimitar un periodo que duró unos 8 o 9 meses, entre el 98 y 99. Algo cambió en Marta y se inició un alejamiento evidente entre nosotros, en gran parte por mis continuas ausencias, pero también por su actitud que se volvió distante, apática e irascible, no solo conmigo sino también con nuestro pequeño Pol.

De la noche a la mañana dejamos de tener sexo hasta reducirlo a cero, algo que jamás había ocurrido entre nosotros, y todos mis acercamientos para iniciarlo con ella fueron cercenados con un amplio catálogo de excusas. Intenté en múltiples ocasiones saber que le estaba ocurriendo, si podía ayudarla en algo, pero ella mostraba síntomas de depresión y tristeza, lloraba frecuentemente y en su trabajo estaba en un punto insostenible, se sentía presionada por sus jefes y era consciente de que la iban a despedir. Eso no tardó en ocurrir y la despidieron prácticamente sin indemnización, lo cual empeoró su estado que no tardó en repercutirnos a todos. Empezó a dirigir su frustración hacia mí y hacia Pol, su comportamiento se volvió desagradable y despótico, al tiempo que se aislaba en sí misma y se alejaba de nosotros. Aunque estaba muy ocupado con mis viajes, el poco tiempo que pasaba en Barcelona lo dedicaba a la familia, pero Marta rehuía todo contacto conmigo y solo podía relacionarme con mi hijo y con Berta, que también estaba preocupada por la actitud de su hija.

Al quedarse sin trabajo Marta empezó a arrastrarse por la casa, apenas hacía nada y se limitaba a encerrarse en su habitación o pasando horas metida en la bañera relajándose. Luego, presionada por Berta, empezó a salir para buscar trabajo, entrevistas que ocupaban todo su tiempo y que obligaban a su madre a ocuparse de nuestro hijo todos los días. También tuvo muchas jornadas y viajes de capacitación para posibles trabajos que no fructificaron. Yo me enteraba de todo eso por Berta ya que prácticamente la comunicación con Marta apenas existía. Tampoco podía evitar tener un sentimiento de culpabilidad por mis prolongadas ausencias, que con seguridad habían influido en este distanciamiento por parte de mi esposa.

Pese a la confianza que le tenía a mi esposa empecé a pensar si tenía un amante, ya que marcaba casi todas las casillas de un test de infidelidad, intimidad inexistente en casi nueve meses a excepción de un mal polvo y un par de mamadas, actitud irascible, desprecios continuos, negar cualquier tipo de aproximación o de ayuda, descuidar completamente sus deberes como madre, salidas continuas ya sea para encontrar trabajo o con amigas para satisfacer su necesidad de encontrar su espacio personal, de tiempo para sí misma, incumplimientos reiterados de compromisos que afectaban a la familia, etc.

Por otro lado, nunca mensajeaba en exceso con nadie y cuando lo hacía, no ocultaba sus conversaciones a mi vista, tampoco tenía especial cuidado con su móvil, al cual hubiese podido acceder sin ninguna dificultad si hubiese querido, incluso en ocasiones dejaba abiertas sus cuentas de correo sin darse cuenta.

En marzo del 99 ocurrieron dos incidentes que colmaron el vaso de mi paciencia y desencadenaron una discusión que estuvo a punto de romper nuestro matrimonio. El primero fue el día del cumpleaños de Pol, yo volé desde la otra punta del mundo, dejando a medias una reunión de trabajo muy importante para llegar muy cansado, pero contento de poder asistir a la fiesta de cumpleaños de mi hijo. Pero Marta no apareció hasta que los niños invitados se marchaban y Pol, con manifiesta tristeza, ignoró por completo el regalo que su madre le traía. Yo estaba muy cabreado y la increpé por no llegar a tiempo, y ella contestó malhumorada que había tenido cuatro entrevistas consecutivas y no pudo salir hasta que la descartaron en la última.

Al día siguiente regresé a California para seguir con las negociaciones que estaban a punto de finalizar y tenía previsto volver en unas semanas previo paso por Bruselas. Fue un viernes sobre las 18h cuando recibí una llamada de la directora de la escuela de Pol, diciendo que nadie había ido a recoger al niño y que no podía contactar con Marta. Yo me encontraba en medio de una reunión con unos clientes de la capital belga y la noticia me obligó lógicamente a finalizar dicha reunión. Empecé a llamar a Marta que no contestaba, a dejarle mensajes en su buzón de voz y nada de nada. Sabía que Berta estaba fuera de la ciudad por lo que estaba muy preocupado por lo que le hubiese ocurrido a Marta para no pasar a recoger a nuestro hijo. Las horas transcurrían sin poder contactar con mi esposa, y sobre las 22h de la noche empecé a buscar vuelos para regresar a Barcelona, aunque por desgracia no había ninguno hasta el día siguiente.

Por fin, sobre la una de la madrugada del sábado recibí una llamada desde el teléfono móvil de mi mujer, aunque la voz femenina que me habló no era la de Marta. Se presentó como Silvia, una nueva amiga desconocida para mí con la que Marta salía últimamente. Ante todo me pidió que me calmase, ya que mi tono era comprensiblemente histérico, y luego prosiguió con una serena explicación de la situación. Me dijo que Marta estaba bien, descansando en nuestra casa bajo los efectos de unos sedantes que le había prescrito la doctora, y que nuestro hijo estaba durmiendo tranquilamente en casa de la directora de la escuela. Silvia me explicó que Marta había tenido un desvanecimiento tras un ataque de ansiedad provocado por el estrés acumulado durante los últimos meses, y había sufrido algunas contusiones de poca importancia en la caída. Por suerte ella estaba en casa con Marta en ese momento y pudo reaccionar rápidamente con las asistencias que la llevaron al hospital para una completa revisión, y tras comprobar que los daños físicos eran leves, la enviaron de vuelta a casa. La doctora diagnosticó un episodio de estrés y recetó antiinflamatorios y tranquilizantes, pero que lo importante era que se pusiese en manos de un profesional para determinar los motivos de la crisis, posiblemente por depresión, y realizar la terapia y tratamiento adecuados.

Quise hablar con mi esposa, pero Silvia me indicó que estaba dormida en nuestra habitación debido a los sedantes, pero que me quedara tranquilo que ella no se movería de su lado en toda la noche. Aun así le dije que por la mañana cogería un avión para volver a Barcelona, pero Silvia insistió que no era necesario, que acabase con mi viaje programado hasta el martes, que ella había cambiado los turnos de su trabajo para acompañar a Marta todo el tiempo necesario. Se comprometió en que tan pronto despertase me llamaría, así como todos los días hasta mi regreso. Con reticencias acepté su propuesta, pero mi paciencia había llegado al límite.

Por la mañana recibí la llamada de Marta que en ese momento no pude atender, pero tan pronto pude la llamé a casa. Estaba muy alterada y no paraba de disculparse, que no sabía lo que le estaba pasando, pero se daba cuenta de lo que estaba afectando a la familia, habló de lo inútil que se sentía, de que se consideraba una mala madre y esposa, de no ser merecedora de nosotros, de su ansiedad, del estrés, de su depresión, de sus celos, y no paró de llorar y de disculparse. Intenté tranquilizarla con palabras cariñosas, que estaría a su lado para ayudarla a superar lo que fuese que le estaba pasando, pero también le señalé que dependía de un cambio en su actitud para seguir con lo nuestro. Me di cuenta que mis palabras la alteraron en gran medida, ya que incrementó el tono de sus disculpas y de sus llantos. Nos despedimos con palabras de amor y todos los días siguientes estuvimos hablando un buen rato, comentando la evolución de sus magulladuras, pero aparcando el tema de nuestra relación hasta poder hacerlo cara a cara.

Cuando llegué a casa fui recibido por Silvia, una hermosa mujer de aspecto atlético que transmitía una gran seguridad en sí misma y que se identificó como agente de policía del cuerpo de los Mossos d’Escuadra. Marta estaba en la ducha en ese momento y Silvia aprovechó para explicarme con detalle lo ocurrido. Debido a un episodio de ansiedad, Marta se desplomó sobre la mesita del salón haciéndola añicos y sufriendo algunas contusiones. Silvia llamó a la ambulancia y la llevaron al hospital siendo atendida en urgencias. Me entregó los partes de la asistencia, los informes de la doctora, la medicación y las recomendaciones de terapia psicológica urgente.

Cuando apareció Marta se echó a mis brazos y costó mucho que me soltara. Llevaba un collarín en el cuello y varios vendajes compresivos en los brazos, y su cara de dolor era evidente. Nos despedimos de Silvia agradeciéndole toda su ayuda y esta partió prometiendo que seguiría viniendo cuando su trabajo lo permitiese para ver la evolución de Marta y hacerle compañía.

Cuando nos quedamos solos llegó el momento de afrontar la situación de una vez por todas. Después de varios besos cariñosos y abrazos, unidos a la reiteración de disculpas que ya me había dado anteriormente en nuestras comunicaciones telefónicas, empecé a exponerle mis sentimientos. Le dije que quería entender que era lo que le estaba pasando, pero que no era capaz de hacerlo pese a todos mis intentos en esos meses, que estaba dispuesto a encontrar el camino para solucionarlo siempre y cuando ella estuviese dispuesta a acompañarme. Seguí hablando sobre que entendía que su trabajo la estresara y el hecho de que lo perdiese, empeoró la situación, pero que eso no justificaba el abandono que nos había mostrado tanto a mí como a nuestro hijo, ni el maltrato ni el desprecio que había sentido en mis carnes con su actitud. Luego le expuse mi malestar con sus salidas frecuentes sin contar conmigo, la desaparición de afecto hacia mí y la ausencia total de sexo entre nosotros, que todo eso junto eran banderas rojas que indicaban una posible infidelidad.

Al oír esas palabras una expresión de horror apareció en su rostro y al instante empezó a negar, a decir que como podía pensar eso de ella, que jamás sería capaz. Entonces le pregunté que si la situación fuese a la inversa, que pensaría de mí. Marta se detuvo a pensar un buen rato y acabó reconociendo que también pensaría en una infidelidad de estar en mi lugar. A partir de ese momento, entre lloros empezó a jurar que no me era infiel, que pondría a mi disposición todos sus registros de telefonía móvil, acceso a su email personal, al antiguo de su empresa, que buscaría todos los justificantes de entrevistas, capacitaciones, que me pondría en contacto con todas sus amigas para que me explicasen todas sus salidas y cualquier cosa que necesitase para quedarme tranquilo en ese aspecto.

Ante su reacción le dije que no quería perder tiempo en eso, que siempre había confiado en ella y que lo haría una vez más, pero le dejé bien claro que si quería seguir con lo nuestro debería mostrar un cambio radical en su actitud, que si no estaba dispuesta a ello lo mejor era que lo dejásemos. Expuse claramente lo que esperaba de ella, y se comprometió en todo y a cualquier cosa que le pidiese para salvar lo nuestro y demostrarme su lealtad y amor hacia mí.

Acordamos que cambiaría su actitud para con nosotros, que desde mañana mismo se pondría en manos de un terapeuta para empezar a tratarse y descubrir que le estaba pasando, que buscaría y encontraría un trabajo adecuado a su preparación, que tan pronto se sintiese preparada retomaríamos la intimidad, que dejaría sus salidas sin tenerme en cuenta en primer lugar, que no buscaría su espacio personal fuera de la familia, etc. Firmamos el compromiso con un fuerte abrazo en el que sentí como si la mujer a la que tanto amaba y que se había alejado de mí, estuviese de regreso.

Lo cierto es que desde ese momento las promesas de Marta empezaron a cumplirse en su totalidad, se puso en manos de un psicólogo con el que se sentía cómoda, se esforzó en recuperar el cariño perdido de su hijo, encontró un empleo en el que inicialmente no le pagaban demasiado, pero en el que sentía que valoraban su preparación y conocimientos. Dejó las noches de chicas, aunque intensificó su relación con Silvia, pero siendo transparente y comunicativa conmigo sobre todo lo que hacían, incluso invitándome a acompañarlas, cosa que hice en algunas ocasiones. La verdad es que me tranquilizaba el hecho que saliese con ella, ya que desde el primer momento me pareció una chica con la cabeza muy bien amueblada, sincera y honesta, y estaba convencido que era una buena influencia para Marta.

Tres meses después del ultimátum a Marta tuvimos sexo por primera vez en mucho tiempo. Fue ella la que tomó la iniciativa y una noche que regresaba de un corto viaje, me esperaba con una suculenta cena y con el mejor de los postres que podía desear. Fue fantástico volver a sentirme dentro de ella, entregada a mí como en los mejores tiempos, llorando de felicidad por empezar a recuperar aquello que siempre nos había unido. A partir de ese día nuestra actividad sexual fue incrementándose hasta llegar a los niveles anteriores a su depresión.

En el trabajo llegamos al punto en que el acuerdo de colaboración con la multinacional americana de la “manzana” estaba a punto de fructificar, y solo quedaba la reunión final con los responsables ejecutivos y con el ínclito Steve, para obtener su aprobación definitiva. Nuestra empresa, pese a ser pequeña, ya se encontraba en una muy buena posición en el mercado europeo, pero el espaldarazo que supondría ese contrato llenaría nuestros bolsillos con muchos millones de dólares.

La sala donde nos reunimos en la sede de Apple® en Cupertino estaba repleta de ejecutivos, repartidos en una alargada mesa de madera noble donde aparentemente, intentaban que Katy y yo nos sintiésemos cohibidos. A nuestro lado estaba Michael, que nos acompañaba en calidad de asesor, y juntos estuvimos repasando la documentación del contrato que a todos nos pareció fiel reflejo de lo acordado en esas maratonianas jornadas de negociación. A pocos minutos del inicio de la reunión apareció Steve, que se acercó para saludar a Michael y a nosotros de forma un tanto condescendiente. Me sorprendió que a diferencia de sus ejecutivos vestía de forma informal y caminaba descalzo sobre la impoluta moqueta de la sala. Katy y yo nos miramos y arrugamos la nariz, ya que el olor que desprendía ese hombre tan brillante, inspirador y visionario, era del todo desagradable.

Se sentó en la cabecera de la mesa y le acercaron los documentos del contrato, que empezó a leer en diagonal. En apenas dos minutos dejó de leer e hizo algo que dejó perplejos a todos los presentes… rompió los papeles y los arrojó al suelo con un gesto despectivo.

- Esto es una mierda – dijo con tono malhumorado – no voy a confiar a unos mindundis el prestigio de nuestra marca.

- ¿Qué coño estás haciendo Steve? – dijo Michael levantándose exaltado de su silla -.

- Vamos Michael… no creerás que dejaré en manos de unos principiantes el pastel de los desarrollos para el mercado europeo… Veréis… mi propuesta va a ser mucho más beneficiosa para vosotros, la debéis aceptar con los ojos cerrados.

- ¿Y cuál es tú maravillosa propuesta? – dije con tono firme -.

- Pues que os compro la totalidad de la empresa que pasará a ser parte de la nuestra y de la marca, vosotros cogéis la pasta y desaparecéis, yo me quedo con los trabajadores y con el control absoluto para crear el software que considere oportuno para nuestros equipos. Simple y llano – sonreía con arrogancia -.

Katy y yo nos miramos durante un instante sin intercambiar palabra y supimos de inmediato lo que íbamos a hacer. Y lo hicimos, simultáneamente nos levantamos de nuestras sillas, recogimos nuestros portafolios y nos encaminamos a la salida.

- Gracias a todos por el interés mostrado – dijo Katy con una sonrisa seductora –, que tengan un buen día.

Salimos de la sala mientras se oía gritar a Steve

- ¿Dónde coño creéis que vais?, ¡A mí nadie me deja con la palabra en la boca!... ¡Malditos desgraciados!, voy a hundiros…

- Joder Steve, todo lo que tienes de genio lo tienes de gilipollas…

Oímos que le soltaba Michael que no tardó en reunirse con nosotros en el ascensor con cara de contrariedad.

- Lo siento chicos, lamento haberos metido en esto y haceros perder vuestro tiempo, no esperaba que las cosas terminasen así… menudo imbécil…

- No te preocupes Michael, creo que tenemos que celebrar el haber esquivado esa bala, el dinero no lo es todo y nuestro proyecto va más allá de eso.

- Claro que sí – se añadió Katy a mis comentarios – ahí fuera hay un montón de oportunidades que nos esperan, esto solo ha sido una piedra en el camino, muy grande, pero una piedra más en definitiva.

- Esa es la actitud chicos – sonreía Michael – vamos a celebrarlo por todo lo alto…

Antes de subir al avión de regreso a Barcelona, llamé a Marta para explicarle lo mal que había salido todo, no puedo decir que estuviese contento por el resultado, pero las cosas fueron así y había que aceptarlas. Marta me animó para que no estuviese triste y me dijo que cuando llegase a casa se encargaría de hacerme olvidar de todas las preocupaciones. Pude dormir durante casi todo el trayecto por lo que al llegar a casa estaba bastante descansado. Me recibieron con besos y abrazos tanto Marta y Pol como mi querida suegra. Tras pasar un buen rato jugando con mi hijo, su abuela se lo llevó a su casa para dejarme a solas con mi esposa. Berta había preparado la cena con mi plato favorito, cocinado con su maestría habitual. El vino también fue excelente y todo ello sirvió para que todas mis frustraciones se evaporasen. Esa noche comí de la mejor de las comidas, bebí del mejor de los caldos, y comí y bebí hasta la saciedad de la mejor de las mujeres.

Fue en el 2001 cuando un nuevo acontecimiento llenó de felicidad nuestras vidas con la llegada de una preciosa niña. Ya habían pasado dos años desde aquel episodio que hizo zozobrar nuestro matrimonio y durante esos largos años, Marta había trabajado incansablemente con su terapeuta para sanar de su depresión, y ahora, con la llegada de nuestra hija Paula, mi esposa estaba convencida de que su recuperación había llegado a su fin. Por su parte nuestro hijo Pol, con sus 7 años estaba muy ilusionado por el nacimiento de su hermanita y pronto asumió el rol de “protector oficial” de la niña, y lo ejercía ante cualquier peligro que la rondara, real o imaginario.

Por fin Marta estaba a gusto en su trabajo, nuestra vida sexual era inmejorable, los momentos románticos también eran habituales y los niños subían sanos y felices. Mi empresa creció mucho en ese tiempo y nos vimos obligados a comprar un edificio de tamaño medio en la zona emergente de negocios del “Poble Nou” de Barcelona, y trasladar allí nuestra actividad ya que el viejo local se nos había quedado pequeño. También tuvimos que contratar a más personal porque no dábamos abasto con los contratos que no paraban de entrar.

En 2004 decidimos comprar una casa más grande que nuestro piso del “eixample”, con el dinero que ganaba me lo podía permitir sin problema y escogimos una bonita casa sin excesivas pretensiones en una zona residencial en el parque de Collserola, donde podíamos disfrutar de la dualidad de la naturaleza y la urbanidad de la ciudad al mismo tiempo. Cuando quise escriturar la propiedad a nombre de los dos, Marta se negó rotundamente ya que era yo quien aportaba todo el dinero de la compra. Tras mucho discutir con ella acabé aceptando su voluntad pese a que no me sentía nada cómodo con su decisión.

Los años transcurrían y podía afirmar que la mayoría de mis sueños de futuro se estaba cumpliendo según mis deseos. Pero a veces, las decisiones que tomamos en la vida pueden alterar de manera absoluta todo aquello en lo que creemos.

Joan – abril de 2006

Esa tarde pasé por casa para cambiarme y explicarle a Marta lo bien que habían salido las negociaciones con los empresarios alemanes, culminando con la firma de un contrato que nos llevaría a un nivel de negocio que hasta la fecha nos parecía inalcanzable tras el fiasco del 99 con los de la “manzana”. Después de una buena ducha y vestido con un estilo más casual, me despedí de Marta para asistir a la cena con los clientes y luego a seguir celebrando con ellos tomando alguna copa. Mi esposa me besó contenta por el contrato obtenido y me dijo que me lo pasase bien esa noche, que no me preocupara por ella que estaba muy cansada y se dormiría temprano a la misma hora que los niños.

La cena fue muy bien y luego fuimos a tomar unas copas a un nuevo local que conocía Frank, aunque Katy se disculpó con nosotros para irse a dormir, pues mañana sábado pensaba ir a la oficina a trabajar. Los alemanes estaban eufóricos por la comida y por las copas, contentos de poder descubrir la noche barcelonesa. Frank no tardó en tontear con una de las ejecutivas alemanas que no le había quitado el ojo durante toda la negociación, acabando por desaparecer discretamente con ella. Yo me quedé hablando distendidamente con los clientes al tiempo que me fijaba en unas chicas que reían en una mesa cercana a la barra. Y allí estaba Pilar, vestida para la ocasión, más hermosa que nunca, con ese cuerpo privilegiado de modelo que la naturaleza había decidido concederle. Los 10 años transcurridos desde la última vez que nos vimos tras la ruptura de nuestra amistad no habían hecho mella para nada en esa mujer, estaba impresionante. Ella me vio hablando en la barra con mis clientes y no tardó en despedirse de las otras mujeres acercándose hasta nuestra posición. Maldije interiormente, ya que su presencia delante de los alemanes era lo que menos me apetecía en ese momento. Al llegar me dio dos besos y yo la presenté a mis acompañantes, que al ver semejante belleza se quedaron con la boca abierta, sintiendo como la sangre se agolpaba en sus penes.

Ella empezó a hablar exclusivamente conmigo ignorando con descaro al resto de personas que formábamos el corrillo. La situación se volvió incomoda durante un buen rato en el que Pilar trataba a los alemanes como si no existiesen, por lo que estos decidieron largarse de allí con la excusa de que querían seguir la juerga por varios locales y discotecas. Intenté convencerlos de que se quedasen, con la esperanza de que Pilar me soltase de una vez y se largara por donde había venido, pero ellos se despidieron algo molestos y salieron del local.

A ella se la veía encantada con la marcha de mis clientes y se sentía ganadora de poder quedarse conmigo a solas. Estuve a punto de mandarla a la mierda, enfadado por su manera de proceder y la falta de educación, pero me contuve manteniendo una actitud cordial para no armar ningún escándalo. Aguanté un rato más hasta decidir que ya había llegado el momento de despedirnos

- Bueno Pilar, estoy muy cansado, es hora de volver a casa.

- Yo también estoy cansada, pero he bebido demasiado con mis amigas y no me encuentro en condiciones de conducir hasta mi casa en Sitges. Pensaba quedarme en el apartamento de mi ex, a Toni no le importa que lo use cuando vengo a Barcelona, como sabes él ahora vive en una casa preciosa, también en el barrio de Pedralbes. ¿Te importaría llevarme al apartamento en tu coche?

- Verás Pilar, estoy muy cansado, es mejor que cojas un taxi.

- Por favor Joan, a estas horas es muy difícil encontrar un taxi libre, tampoco estamos lejos, será solo un momento y además, me gustaría devolverle un libro sobre lactancia materna que me prestó Marta hace años. Desde que nos… bueno, ya sabes…, desde que nos peleamos todos no he tenido la oportunidad de devolvérselo, ni de disculparme. Por favor Joan…

Durante unos instantes estuve dudando que hacer, pero acabé aceptando acompañarla para quitármela de encima lo antes posible. Conocía a Pilar y sabía lo pesada que se ponía cuando quería una cosa de los demás y no me sentía con las fuerzas suficientes para entablar una discusión con ella. Pensé en darle algo de crédito después de 10 años, con la esperanza de que las personas aprenden con el tiempo. Fuimos hasta mi coche y nos dirigimos hacia el apartamento de Toni. Mientras conducía ella estuvo hablando sin parar.

- Joan, siento mucho lo que sucedió entre nosotros, jamás debí forzar aquello contigo.

- Bueno ya pasó y es mejor dejar las cosas como están.

- Ya, pero no me porté bien ni contigo ni con Marta, habíamos conseguido una buena conexión.

- Ahora cada uno tiene su vida – intentaba que abandonase el tema –. ¿Y qué tal con tu nuevo marido?, sé por Toni que os iba bastante bien.

- Pues la verdad es que no, estamos negociando el divorcio.

- Cuanto lo siento – mentí -.

- Pues yo no, es un soso aburrido y en la cama no le llega a Toni ni a la suela de los zapatos. En cualquier caso, me supo muy mal que no aceptaseis venir a la boda, aunque comprendo que a Marta no le hacía ninguna gracia asistir a la boba de la zorra que quiso follarse a su marido, jajaja.

Esa hija de puta aún se burlaba de lo cabrona que fue conmigo, pero sobre todo con Marta. Por suerte llegamos al parking del apartamento de Toni y bajamos del coche. Mientras subíamos en el ascensor para recoger el dichoso libro, cambié de tema para hablar de mis hijos y de Edgar, el suyo con Toni. Entramos en el piso que ya conocía de años atrás y ella me dijo:

- Tómate una copa mientras busco el libro – señaló el mueble bar del salón.

- No gracias, ya he bebido bastante y tengo que conducir de regreso a casa.

- Pues coge lo que quieras de la cocina, hay refrescos y zumos de frutas en la nevera, tú mismo – decía mientras se perdía por el pasillo distribuidor del apartamento.

Fui hasta la cocina que estaba equipada a la última, pensé que innecesariamente ya que nadie vivía en ese piso. Abrí el frigorífico y eché un vistazo a su contenido decantándome por un refresco de cola. Al cerrar la puerta de la nevera y darme la vuelta me quedé totalmente sorprendido de lo que vi.

Frente a mí, a menos de dos metros estaba Pilar vestida únicamente por un seductor liguero y sus zapatos de tacón. El cuerpo desnudo expuesto delante de mí era impresionante y me quedé con la boca abierta sin poder reaccionar ante tal visión. Su sexo depilado completamente y sus senos de pezones erectos me parecieron preciosos. Sin esperar a ningún movimiento de mi parte se acercó hasta mí colgando sus brazos de mi cuello y se apoderó de mi boca con la suya, introduciendo su cálida lengua en busca de la mía. Noté como mi polla despertaba iniciando una erección en ese mismo instante, y dejando caer la lata de refresco al suelo, mis manos se posaron sobre sus fantásticos pechos, sintiendo la perfección de su firmeza.

Continúa en