Xtories

Sólo un café

Veinte años sin verse no fueron suficientes para apagar la llama, pero sí para complicarla. Ahora, cada café compartido es una excusa para robarse un beso y cada silencio es una promesa de lo que vendrá cuando las puertas se cierren.

AlbertoXL21K vistas8.8· 21 votos

— Está bien, pero sólo un café —esas fueron justamente sus palabras, aunque confieso que desde el mismo instante en que oí a Sara aceptar mi invitación, empecé a pensar en compartir con ella placeres mucho menos mundanos.

Siendo jóvenes, habíamos intentado salir en varias ocasiones, siempre con resultado desastroso. Por aquel entonces, cuando veía a Sara me palpitaba el corazón, me temblaban las piernas, me faltaba el aire y no decía más que tonterías. Era una reacción incontrolable, paralizante y sumamente desagradable, una reacción que ella no experimentaba.

Habíamos sido buenos amigos durante muchos años, pero finalmente nuestras vidas comenzaron a discurrir por caminos separados: un cambio de trabajo, un traslado de domicilio, nuevas parejas. Claro que sí, cuatro o cinco años después de conocerme a mí, Sara encontró al hombre de sus sueños y noches en vela, el padre de sus hijos. Todo ello derivó en un necesario distanciamiento que hizo que no volviéramos a vernos durante años, veinte, nada menos. ¡Qué barvaridad!

Curiosamente, aunque ni Sara ni yo olvidamos mandar una felicitación por nuestro cumpleaños, ni tampoco por Navidad, ya no volvimos a quedar. Ya ni siquiera recordaba la última vez que habíamos hablado por teléfono.

Tantos años sin saber apenas nada el uno del otro, pero siempre presentes en el recuerdo, como más tarde confesaríamos. Tanto tiempo, y de pronto un simple error al enviar una foto nos llevó a retomar el contacto.

“Me he equivocado, disculpa”.

“No pasa nada. ¿Qué tal estás?”

Así de sencillo fue que nuestra vieja amistad volviese a prender y que, un par de semanas más tarde, quedásemos a tomar café. Fui yo quién propuso que nos viésemos en la misma cafetería donde habíamos quedado por última vez. Lo hice simbólicamente, deseando retomar las cosas justo donde se habían quedado, aunque ya nada fuera igual.

Nos pusimos al día demasiado deprisa y pronto comenzamos con los reproches. Comprendí entonces mi error al haber propuesto quedar en aquel lugar, ya que ni ella ni yo éramos los mismos de veinte años atrás. Afortunadamente, al final ambos confesamos el cariño que sentíamos el uno por el otro y las aguas volvieron a su cauce. En vez de hablar de lo que pudo haber sido y no fue, comenzamos a charlar de quienes éramos y quién queríamos ser.

Sin pretenderlo, resurgió una nueva amistad que poco o nada tenía que ver con la que habíamos mantenido años atrás. Ya fuera por teléfono o a través de mensajes de texto en Telegram, mantuvimos un contacto diario que sería muy difícil de explicar, sobre todo a nuestras respectivas parejas.

Ganas de verla y miedo de verla, ambos sentimientos en constante enfrentamiento durante semanas hasta que finalmente llegó aquel otro café, el bueno, el que se toma a escondidas.

La obligatoria discreción para esa segunda cita nos llevó a escoger un local de comida rápida ubicado en un centro comercial de las afueras, un restaurante lo suficientemente sórdido y alejado de nuestro entorno cotidiano como para asegurar el anonimato. La hora, justo a las cinco de la tarde, implicaba que ambos debíamos salir un poco antes de nuestros respectivos trabajos. Una original excusa para salir antes y otra más para llegar un poco más tarde a casa. En mi caso, salir a correr, en el de Sara, sus clases de piano.

Llegué al centro comercial alrededor de las cinco menos cuarto y aparqué el coche en el sótano que, a diferencia del párking superior, estaba prácticamente vacío. Salí del coche y caminé por el solitario párking hasta el ascensor. No había hecho más que pulsar el botón cuando una voz, que podría diferenciar entre un millar, me hizo dar un respingo.

— Veo que sigues sin complicarte la vida para aparcar.

Me giré y allí estaba ella.

— Y yo que tú sigues siendo igual de sigilosa.

Me retiré un poco para contemplarla mejor. Sara estaba realmente imponente enfundada en aquellos vaqueros ajustados, siempre había tenido un culazo fabuloso. Un botón desabrochado de su camisa a rayas dejaba ver el nacimiento de sus senos. La verdad era que se conservaba bien. Mi amiga del alma mantenía el tipo a pesar de las cuatro décadas y los dos embarazos. Sin duda se había convertido en un magnífico y bello ejemplar de hembra, una mujer segura de sí misma, con empaque.

— ¡Qué miras, bobo! —preguntó con una gran sonrisa, sacándome de mi trance.

— A ti, preciosa —contesté, acercándome a ella para darle un fuerte abrazo.

Además de estrujarse contra mí, Sara apoyó la cabeza sobre mi hombro. Lo agradecí enormemente, esa nueva Sara no tenía nada que ver con la huraña adolescente que yo recordaba. El olor de su caro perfume inundó mis fosas nasales como un torrente. Coco Channel, si no me fallaba la memoria. Ese olor me trajo un montón de viejos y ambivalentes recuerdos. Me encantaba sentirla entre mis brazos, pero al mismo tiempo una sensación de peligro se apoderaba de mí, sobre todo cuando percibí el inicio de una erección.

— ¿Subimos? —preguntó. El ascensor esperaba con la puerta abierta.

— Por supuesto. Adelante… —contesté, invitándola a entrar primero— Estás guapísima.

— Tú, que me miras con buenos ojos.

En el ascensor, Sara apoyó la espalda contra la pared y se me quedó mirando mientras se atusaba un mechón de pelo. Recordé que siempre lo hacía cuando estaba nerviosa. Me contemplaba como quien está valorando comprar unos zapatos nuevos, pensando si le sentarán bien, si estará cómoda con ellos. No me veía a mí, sino sólo a mi cuerpo, el de un hombre bastante bien formado y sólo un poco más alto que ella, delgado pero musculoso. No demasiado guapo, pero sí atractivo.

Paseamos hacia el local de comida rápida entre las típicas preguntas respecto a cómo nos había ido en el trabajo, con los críos, con la nueva partitura que estaba ensayando y, por supuesto, con los piropos que yo le lanzaba con la boca o los ojos. Los dos pedimos el desayuno exprés, que consistía en un café con leche y un producto de bollería a un precio más que competitivo. Tras pagar por los dos, faltaría más, cargué con la bandeja y nos dirigimos hacia la mesa más apartada y tranquila, también la más discreta.

Nos sentamos y comenzamos a tomar nuestro café a pequeños sorbos, mientras conversábamos de forma intrascendente y divertida. Al fin y al cabo, ya estábamos al corriente el uno del otro, pues nos comunicábamos a diario. Aquella cita no tenía como objetivo hablar, sino vernos y estar cerca el uno del otro.

Mientras que yo terminé mi cruasán en apenas tres bocados, Sara comía su dónut con pequeños pellizcos minúsculos. Lo sujetaba con sólo dos dedos, intentando mancharse lo menos posible con el azúcar glaseada que le recubría. Yo siempre había sido impaciente y ella, en cambio, demasiado cautelosa.

Sin darme cuenta, me quedé embobado mirándola masticar. Contemplé absorto aquellos labios llenos de besos, perfectamente delineados y, de pronto, deseé ocupar el lugar de aquel dónut dentro de su boca. Fue entonces cuando comprendí que encontraba sensuales todos y cada uno sus movimientos.

— No me mires así. Si quieres un trozo sólo tienes que pedirlo —me dijo, ofreciéndome el dónut para que le diera un bocado.

No era precisamente aquel dulce lo que me apetecía morder en ese momento. Aún así, me di cuenta de que sus deliciosos labios lo habían rozado sólo un segundo antes, y acepté gustoso.

— ¡Eh! ¡Qué me muerdes! —sonrió.

En efecto, aquel mordisco reveló mi deseo de probar algo más que su dónut. No obstante, yo sabía que habría de conformarme con verla a ella chupar los pringosos restos de azúcar de sus dedos tras tragarse el último bocado.

— ¿Está bueno? —pregunté.

— No tanto como tú.

Apuramos el café hasta dejar sólo los posos. Charlamos con palabras livianas, como viejos cómplices reacios a adentrarse en terrenos conflictivos. No era que temiéramos tratar temas problemáticos, sino que no nos apetecía en ese momento. Así, la conversación fluyó de forma entrañable gracias a aquella mundanidad compartida, con miradas cómplices y risas de sabor dulce. Con todo, al apurar el café terminamos también con la excusa para seguir prolongando nuestra segunda cita clandestina.

De vez en cuando, Sara se quedaba en silencio y me miraba fijamente a los ojos de un modo que yo no comprendía. Sabía que era la hora de salir de allí, pero no quería separarme de ella. Deseaba llevarme a Sara a un lugar no ya discreto, sino íntimo. Por eso, hubo de ser ella quien se levantara en primer lugar de la silla. Fue en esa segunda cita, antes de salir de aquel sucedáneo de cafetería, cuando Sara me tomó de la mano por primera vez.

— Eres un encanto —musitó en mi oído— Me lo he pasado muy bien. Voy un momento al baño y nos vamos, ¿de acuerdo?

— Okey.

Sara regresó en seguida, demasiado pronto para mí. No me resignaba a dejarla marchar.

— ¿Nos vamos?

— ¡Qué remedio! —resoplé.

Emprendimos el camino de regreso al párking en silencio, repentinamente apesadumbrados. Nuestras caras eran mustias y pesarosas debido a la inminente despedida no deseada por ninguno de los dos.

— Quizá podríamos buscar una forma de pasar más tiempo juntos el próximo día —declaró Sara, destrozando el silencio.

Me quedé petrificado al oírla decir aquello y, en un rápido movimiento, Sara se me acercó y me besó en la boca. Fue uno de esos besos que no se olvidan, un beso tranquilo, esperado, y nuestro. La boca de Sara era dulce, su lengua inquieta. ¡Dios! ¡Me dejó si respiración!

Entonces noté como metía la mano en el bolsillo trasero de mis jeans y dejaba algo ahí. Lamenté haberme distraído, tanto como que ella lo aprovechase para separarse de mí. Luego, sin darme tiempo para reclamar ni recuperar el aliento, Sara sujetó su bolso con una mano y echó a andar hacia la puerta.

Cuando abrí la mano para ver lo que me había metido en el bolsillo, contemplé con pasmo que se trataba de una braguita de color blanco. Boquiabierto, apreté el puño y eché a correr. Ella no me esperaba.

Algo imparable y primario emergió dentro de mí al ver que, nada más trasponer la puerta del restaurante, Sara lanzaba un chillido jovial y emprendía una huida a la carrera, más aparatosa que efectiva debido a lo inadecuado de su calzado.

— ¿Por qué has hecho eso? —inquirí, nada más tomarla del brazo.

— ¡Para que pienses en mí! —respondió ella con la insolencia de una chiquilla.

— ¡Qué piense en ti! ¡Me voy a volver loco si pienso más en ti!

La aludida rio jovialmente al oír mi contestación, apurada todavía a causa de la breve carrera. Entonces Sara me miró con suspicacia, torciendo el gesto.

— ¡Ogh, Alberto! —rezongó— No sé si eres muy listo, o muy estúpido.

— ¿Estúpido?

— Sí, eso es —afirmó para sí.

Abrí la boca para protestar, pero al no dar con ningún argumento con que refutar su insolente acusación, eché a andar hacia los coches.

— ¡Alberto! ¡Ven aquí ahora mismo! —gritó entonces, dejándome desconcertado.

Ceñuda, Sara señalaba el suelo justo delante de ella. Además de reírse de mí, aquella mujer pretendía reprenderme como a un muchacho. ¡Qué demonios se había creído!

— ¿Para qué?

— Para volver a besarte, estúpido.

Caminamos en silencio, de la mano, mucho más rápido de lo que yo creía que una mujer podía hacerlo con unos taconazos como aquellos. En otro momento, aquel elegante y deportivo Mercedes rojo me hubiera impresionado, pero para lo que tenía intención de hacer hubiese preferido un amplio monovolumen.

Ella también había aparcado en un lugar retirado, casi al lado de una de las paredes del recinto y muy lejos de la puerta que llevaba al centro comercial. Estando vacío casi todo el sótano, resultaba incriminatorio que mi amiga hubiese escogido aquel discreto rincón para aparcar.

Por segunda vez, Sara me había besado de un modo inesperadamente tibio, manteniendo el suave ritmo de su respiración. De ese modo, mi amiga del alma hubiera podido utilizar mi boca durante horas. Sin embargo una vez junto a su coche, apoyó el trasero contra la puerta del conductor y se quedó inmóvil, mirándome de forma jactanciosa. Ella sabía que ya me había vuelto adicto a su boquita de caramelo.

Avancé hasta situarme tan cerca de ella que pude cogerla de la cintura. No necesité mirar el reloj para saber que se nos acababa el tiempo, pero el brillo de sus ojos me atraía como un imán. Mi mano derecha fue a su rostro y con el pulgar rocé cariñosamente su mejilla. Luego pasé aquel dedo sobre los encendidos labios de su boca, hasta que se entreabrieron como los pétalos de una flor. Entonces, sin dejar de mirarme a los ojos, Sara chupó lascivamente la punta de mi dedo.

Aquella fue la señal que había estado esperando, la que me concedió permiso para lanzarme a por su boca. Boca que, como diría el poeta, me recibió cual sabrosa granada en la que aplacar mi sed. Mientras nuestras lenguas se saludaban en un beso húmedo y ágil, sus manos y las mías se desvivían por mantener pegados nuestros cuerpos.

Esforzándome para separarme de sus labios, comencé a besar y mordisquear su cuello para hacerla estremecer.

— Nos van a ver —protestó, preocupada.

— Pero, quién…

Recelosa del qué dirán, Sara ya no paraba de mirar a un lado y a otro y, como una pesada broma del destino, el motor de un coche al arrancar refutó de un plumazo mi alegación. Sara se enderezó con un respingo, apartando mis manos de su trasero y poniéndose seria a la velocidad de la luz.

— ¡Estate quieto, por Dios!

Por si el rubor de su rostro no constituyese suficiente prueba de cargo, la agitación con que respiraba se sumaba a las pruebas de la acusación. Elegantemente enmarcados en el escote de su blusa, los pechos de Sara subían y bajaban de manera compulsiva.

Bajo el pantalón, mi miembro se revolvía en busca de una salida. Duro como una piedra, se marcaba hacia el lado izquierdo de manera escandalosa. Apenas unos segundos después un lustroso Opel negro pasaba a pocos metros en su camino hacia la salida del párking. La mirada de una conductora, imprudente y fisgona, se desvió unas décimas de segundo para observar a una pareja en actitud sospechosa en el rincón menos inocente del párking.

— ¡Qué vergüenza, Señor! —rezongó mi atea amiga nombrando al Santísimo por segunda vez, pero sin bragas.

Ni que decir tiene que al volver a hacer ademán de besarla, Sara apartó la cara, negándome sus labios.

— ¿Me vas a dejar así?

— Claro que sí —afirmó— Así tendrás ganas de verme.

— ¡No tienes corazón!

Sara se echó a reír, embriagada de vanidad y concupiscencia.

— ¿Habrías preferido que no te hubiera besado?

— Yo… ¡Claro que no! —no había una respuesta correcta a su astuta pregunta, o tal vez sí.

Esa vez la sujeté del mentón antes de aproximarme y Sara no pudo negarme sus labios, aunque de todos modos me llevé una desagradable sorpresa. Me mordió, y bastante fuerte.

— ¡Joder!

No me quedaron ganas de volver a intentar besarla a la fuerza, y no por el punzante dolor de mi labio inferior, sino porque Sara se quedó mirando enseñándome los dientes como una pantera. No tendría los colmillos de un gran felino, pero no dudé que si me volvía a acercar, aquella salvaje aficionada al piano me arrancaría de cuajo algo más que la dignidad.

A pesar de todo, aunque ahora Sara se negara a besarme, yo sentía la atracción que había entre nosotros, así como el calor que despedía su cuerpo. Calor que no era sólo de ella, ni mío tampoco, sino de los dos, imposible sin el uno y el otro: la combinación física y química de dos cuerpos, dos deseos intensos, dos existencias entrelazadas, enredadas la una a la otra. Liberando feromonas y libando, juntas, el intenso aroma del deseo sexual.

Unos minutos más tarde, separamos nuestras bocas para tomar aire. Por supuesto, había sido ella la instigadora de esa nueva escaramuza, y yo el culpable de que Sara hubiese parado el combate cuando intenté meterle la mano bajo el talle del pantalón. Nos miramos unos segundos para confirmar sin palabras que, aunque ambos deseábamos lo mismo, ella no quería hacerlo en ese momento, ni contra la puerta del coche, ni en el asiento de atrás, ni en ningún otro sitio.

— ¿Cuándo? —inquirí.

— No lo sé… La semana que viene.

— Eso es mucho tiempo —protesté.

— ¡Alberto, llevábamos casi veinte años sin vernos!

— Precisamente por eso —traté de justificar— Ya hemos esperado demasiado.

Los minutos no pasaban, se hacían largas las horas, los días inmensos. Fue una horrible condena. Jamás se me había hecho tan larga una semana, pero por suerte, uno con otro, los días se fueron sucediendo y al final hasta la hora de la cita terminó por llegar.

“Este jueves a las nueve salí a pasear con Elena”

Según el código que Sara me había indicado, aquel que leyera en una de las novelas de John Le Carré, yo tenía que acudir el martes a las seis al Hotel Santa Elena. Dos días y tres horas antes de lo indicado en su publicación de Facebook. A mí todo aquel misterio me parecía una excentricidad, pero seguí sus instrucciones al pie de la letra, incluso en lo relativo a esperar en el hall a que el recepcionista se ausentara y colarme sin facilitar mi nombre.

No era que estuviese haciendo nada malo, al menos todavía, pero la consciencia de la clandestinidad me hizo entender que si algo terrible me sucediese en ese preciso instante, nadie sabría que demonios estaba haciendo allí. ¿Qué pensaría el forense? Nada bueno, eso seguro: Estaría espiando a alguien…; No, intentaba robar…; No, iba a matar a alguien…

Cuando se abrió la puerta de la escalera, la del tercer piso, me quedé sin palabras. Estaba seguro de que Sara se pondría algo especial, siempre le había gustado ir a la moda y vestir con elegancia, pero aquel vestido era… ¡Era un jodido traje de novia! Convenientemente arreglado para poder usarlo en cualquier evento, pero con todo su glamour, por fuera y por dentro.

— Buenas tardes.

— Hola. ¿Qué tal? —respondí.

— Nerviosa.

— Haces bien —sonreí— ¿Nos quedamos aquí o prefieres que vayamos a otro sitio?

— Ven, sígueme.

Sara estaba realmente preciosa. El ebúrneo vestido abrazaba su silueta como una piel resplandeciente. El corte de la falda, oblicuo, le llegaba hasta medio muslo a un lado y justo por encima de la rodilla en el otro. Carecía de escote, se cerraba en torno al cuello, esbozando su busto con discreción. En cambio, por la parte de atrás, dejaba al descubierto los hombros de Sara y la mayor parte de su espalda.

La tela se adaptaba de manera escrupulosa a cada una de sus curvas y redondeces, haciendo aún más excitante el rotundo contoneo de sus caderas. Los cambiantes reflejos del marfil revelaban la solemnidad del momento. Sara no se había casado conmigo, ni mis hijos eran sus suyos, pero aquel vestido de boda camuflado era la evidencia de que nos disponíamos a formalizar una unión largo tiempo postergada.

En ese momento, no habría habido estrella de cine ni modelo capaz de igualar en belleza a mi altiva amiga del alma. Llevaba el pelo recogido, lo cual acentuaba aún más aquel aire distinguido que la envolvía como un halo divino. Y yo allí con unos jeans, una camisa blanca remangada, y la terrible sensación de estar desentonando espantosamente en aquella fiesta.

Sara caminaba a buen ritmo y yo la seguía dos pasos de distancia. Se detuvo ante una de las puertas, pero antes de abrir, miró por encima de mi hombro para ver si alguien nos observaba. Ella misma abrió la puerta y me invitó a pecar.

— Has tardado en subir —me recriminó.

— El de recepción no se marchaba.

— Podías haberme mandado un mensaje —arguyó.

— No, no podía. Estaba pendiente del recepcionista y, además, pensaba en otras alternativas para lograr escabullirme.

— Me lo podías haber dicho, querido.

Alcé una ceja al oírla llamarme “querido”. Luego, me acerqué, la acaricié en la mejilla y la besé.

— Bueno, ahora ya estoy aquí, ¿no?

— No vuelvas a hacerme esperar —respondió secamente.

— Has sido tú… —protesté señalándola con el dedo índice— Tú me has hecho esperar una semana. Y aquí me tienes, como un perrito.

Ella me miraba ceñuda, y aproveché su resoplido para preguntar:

— ¿Es verdad que me quieres?

— Sí.

— ¿Has dicho que me quieres? —insistí.

— Sí —mintió, pues sólo me había llamado “querido”— Y tú, ¿volverás a verme después de…?

—…follar —traté de acertar.

— No, de hacer el amor, palurdo.

— Oh, sí. Claro que volveré a verte, querida.

Cuando la atraje hacia mí para besarla, vi como cerraba ojos. Se los besé. Aunque pensaba que Sara estaba un poco loca, personalmente no encontraba ningún inconveniente en ello. Me preocupaba más la aventura a la que estaba apunto de lanzarme.

Separamos nuestros labios, pero mantuvimos unidas las miradas, enlazadas la una en la otra.

— Di: “Te quiero” —exigió entonces.

— Te quiero.

— No, así no —repuso— Di: “Te quiero, Sara”.

— Te quiero, Sara.

— Mejor —admitió, aunque no demasiado convencida.

Aquello era un juego, como el póquer, un juego en el cual se decían palabras en vez de tirar los naipes de una baraja. Y como en el póquer, era necesario simular que se jugaba por dinero o por algo. De momento ninguno había dicho la naturaleza de la apuesta, y esto me convenía totalmente.

— Eso que estás pensando es muy feo —dijo entonces.

— ¿Feo? —pregunté, sobresaltado.

— No te hagas el inocente.

— ¡Te aseguro que no lo hago!

— Eres un buen hombre, siempre lo he creído —dijo Sara— Sé que sabes jugar, pero este juego es muy peligroso.

— ¿Sabes siempre lo que piensa la gente? —pregunté con fastidio.

— No siempre. Pero por lo que a ti se refiere, sí. Así que es inútil que digas que me quieres.

— ¡Pero si sí que te quiero!

— Alberto, te lo ruego… Hasta ahora lo estás haciendo bien. ¡Ah!, y no estoy loca. Sólo lo hago ver un poco de vez en cuando.

Le apreté la mano.

— ¡Oh, Sara! ¿Por qué eres así?

— Perdona, no sé qué me pasa… Eres tan amable. Eres bueno de verdad.

— Es lo que decía mi madre —bromeé.

— Naturalmente —rezongó— Todas lo dicen… Bueno, no es necesario que me digas que me quieres, de momento…

A partir de entonces, nuestros actos se fueron sincronizando sin apenas palabras. La tomé quedamente de la cintura y la besé como se besa a una novia, con la dulzura de una promesa que se hace para toda la vida.

Sin embargo, cuando mis manos se deslizaron hasta su trasero, Sara debió sentir una fuerte punzada en las cervicales, pues echó la cabeza hacia atrás con gesto de dolor y se llevó la mano derecha al sacrosanto lugar donde su cuello se unía al hombro izquierdo.

La molestia arrancaba de ahí, pero se extendía por el cuello y la zona dorsal. Fue una verdadera pena que no pudiésemos bailar nuestra primera canción sobre aquella cama de hotel, pero qué se le iba a hacer. Demasiadas horas agachada, corrigiendo a los niños de infantil en el colegio donde trabajaba, demasiada tensión acumulada al frente de la casa.

Con cara de fastidio, Sara se dio la vuelta sin dejar de masajearse la zona dolorida. Siempre había padecido de la espalda, desde muy niña la habían llevado a nadar para fortalecer y corregir un ligero desviamiento de columna. Yo le pregunté qué ocurría y traté de hacerle entender que necesitaba más un buen masaje que hacer el amor.

— Es que no quiero tener que llevarte a urgencias —repuse— Imagínate la vergüenza: “Mire usted, Doctor. Es que la estaba empotrando y se ha quedado así…” “¡Pero hombre!” “¡Más lo siento yo, doctor!”

Sara se echó a reír, lo cual hizo que sufriera otro calambre en el hombro. Era evidente que aquella situación la enojaba tanto como a mí. Al ver la aflicción en sus preciosos ojos azules, me acerqué y situándome detrás de ella, comencé a masajear la zona donde ella se condolía. Empecé a aliviar su contractura por encima del vestido, pero en seguida opté por bajarle la cremallera y ayudarla a sacar las mangas. No fue lo ideal, pero a pesar de las molestias, aquel resultó un momento muy erótico y sensual.

Sara lucía un exquisito conjunto de lencería que merecía cada euro que hubiera pagado por él. Era blanco como la nieve inmaculada, pero a mí me iba a mandar de cabeza al infierno. El bordado del sostén era fino, y más fino aún era el tejido de la braguita brasileña que, más que cubrir, adornaba su bonito trasero.

— ¿Y esto?

— Una marca de nacimiento.

Eso sí que fue un descubrimiento, y no lo de América. Se localizaba allá donde uno no sabe si está en el trasero o en el muslo de una mujer, tierra de nadie que pronto conquistaría. Aquella mancha tenía, más o menos, el tamaño y la forma de un huevo, y era más oscura que la piel de alrededor, como si una de esas niñas a las que ella enseñaba a leer le hubiese pintado justo ahí.

Utilizando los pulgares, verifiqué que los músculos de sus hombros estaban tensos como los cables de un ascensor, de modo que le indiqué que se tumbara boca abajo en la cama. Siempre me había gustado dar masajes. Al principio había hojeado unos cuantos manuales llenos de ilustraciones. De ahí había sacado cuáles eran los fundamentos básicos de todo buen masaje, los movimientos elementales y las diferencias entre un masaje relajante y uno tonificante, así como las precauciones y los límites que era necesario respetar. Sin embargo, pronto me hice autodidacta y de manera práctica fui desarrollando una rutina propia, incorporando unas cosas y descartando otras.

Seguramente, Sara esperaba que le proporcionase un alivio rápido a la molestia que condolía sus hombros. Sin embargo, en lugar de atacar directamente aquel emblemático punto de su soberbia anatomía, rodeé la cama y tomé uno de sus pies. Con tanta delicadeza como determinación, comencé a hacer refluir la sangre y la linfa de sus piernas, movilizando cada una de sus fibras musculares para vaciarlas de la fatiga acumulada.

Primero fueron los pies, luego los tobillos, las pantorrillas, los muslos… Presionaba donde era preciso hacerlo y hundía mis dedos con la fuerza precisa para dejar sitio al bienestar y la relajación. Un placer sanador acudía allí por donde habían pasado mis dedos y, de vez en cuando, oía a Sara emitir un reconfortante gemido. Sus músculos empezaron a doblegarse ante la calculada presión que ejercían mis manos.

No quise omitir sus nalgas, pero si ella esperó en algún momento que le acariciara el culo, pronto se vio desengañada. Sin necesidad de retirar su braguita, y ayudándome de todo el peso de mi cuerpo, estrujé los grandes y firmes músculos de su trasero. Costó un poco, pero al final aquel soberbio culazo se dejó amasar, y un rato después ya era como tierna miga de pan entre mis dedos.

Mis manos, dominantes y autoritarias, recorrieron a continuación cada vértebra de su espalda. Sabía muy bien lo que hacía. Primero calentar con movimientos circulares la zona lumbar, transformando el enérgico frotamiento en calor. Luego ir ascendiendo por su espalda, haciendo que de la boca de Sara surgieran inequívocos gemidos de gozo. Así, de manera sistemática, descargué de tensión toda su columna vertebral, ascendiendo a ritmo lento y seguro hasta su dolorida zona cervical.

Hube de emplearme a fondo, sobre todo en el lado izquierdo, donde ella más se resentía. Allí, sus fibras musculares estaban tensas como cuerdas de guitarra. Masajeé a conciencia sus hombros, apretando cada vez más, primero con los pulgares y luego con toda la mano hasta que los hombros y las cervicales de Sara se fueron paulatinamente relajando.

Mi amiga del alma yacía postrada boca abajo como muerta. De gusto, sí, pero muerta. El dolor y las molestias se habían alejado paulatinamente, si no se había dormido, no le habría faltado mucho. En ese momento mi amante se hallaba feliz y satisfecha, de modo que se me planteaban dos alternativas: incordiarla o dejarla tranquila, follar o no follar. He ahí el dilema.

De nuevo fue Sara la que se anticipó y tomó la iniciativa por los dos. No dormía, desde luego, cuando retorció el brazo para posar su mano sobre la abultada entrepierna de mi pantalón. Mi erección reclamaba ocupar el espacio que por derecho le pertenecía, no el interior de mis jeans, sino en la cálida madurez de su sexo. A diferencia de Sara, quien tan sólo lucía una exigua braguita, yo aún estaba completamente vestido. Lo único que me había quitado eran los zapatos.

Sara serpenteó sobre la cama y vino a por mí sin rodeos ni ambages. Ambos estábamos en ese momento de rodillas sobre la cama, de forma que Sara podía mirarme fijamente a los ojos mientras quitaba, uno a uno, los botones de mi camisa. Al principio nos besamos con mucha delicadeza, juntando y separando nuestros labios una y otra vez. Aquella mujer besaba formidablemente bien, mucho mejor de lo que yo hubiera pensado. Sara atrapaba mis labios entre los suyos, primero el superior y luego el inferior, alternativamente.

Frente a mí, sus turgentes pezones se erguían tan arrogantes como toda ella. Habían perdido, evidentemente, gran parte de su impúber voluptuosidad, pero Sara seguía ostentando un buen par de tetas que las palmas de mis manos no tardaron en apreciar. También sus manos recorrieron mi cuerpo. Después de quitarme la camisa, Sara comenzó a besar mi torso y de pronto noté sus dedos pasear por mi cintura.

Ocurrió entonces algo gracioso, ya que cuando Sara pasó descuidadamente una de sus manos sobre el abultamiento de mi pantalón, se llevó un susto al darse cuenta de qué era ese objeto tan duro que sus dedos estaban tocando. Mi amiga se retiró de manera abrupta, apartando sus manos y sus labios de mí, y se me quedó mirando con cara de boba.

— ¡No te rías! —me increpó.

— Perdona —me disculpé, sin poder quitar esa mueca divertida de mi rostro.

Por suerte, Sara no se encrespó y volvió inmediatamente a besarme apasionadamente en el cuello y el torso.

De repente percibí una corriente eléctrica que, inesperada, recorrió todo mi ser. Ocurrió cuando los pechos desnudos de Sara rozaron suavemente mi piel. Eran unos pechos de más de cuarenta años, que habían alimentado a dos bebés y que, por tanto, habían comenzado a deteriorarse. No, ya no se erguían con la arrogancia juvenil, pero aún así a mis ojos eran los pechos más bonitos del mundo, y no entendía por qué. Acaricié dulcemente su espalda, estrechando su cuerpo entre mis brazos mientras las manos de Sara, ahora más atrevidas, se internaban bajo mi calzoncillo y asían con seguridad mi rígido miembro viril.

Decidida a liberar mi verga, sus dedos se pusieron a pelear con mi ropa sin tapujos. Quería apoderarse de él, y así lo hizo, agarrándolo entre sus dedos nada más salió de mi pantalón.

La vi morderse el labio inferior de pura lujuria mientras su mano recorría arriba y abajo mi miembro viril. Estaba fuera de sí de pasión y eso la hizo olvidarse de mi boca para acomodarse y dar comienzo a una maravillosa felación. Sara tomó mis testículos entre sus dedos y, con mi glande ya dentro de su boca, comenzó a cabecear de forma enérgica. Mamaba con auténtico fervor, casi adorando la dureza y el tamaño de mi verga, alabando con gemidos su firmeza.

Sara estuvo amorrada a mi polla tanto como quiso, chupando con ganas, lamiendo con lascivia, y besándola de forma cariñosa. Yo no me arredré ante su deseo, y aproveché las ganas que Sara tenía de mamar mi miembro para llevar una mano a su entrepierna y hundir un par de dedos en su sexo pringoso.

Respiré profundamente y, sin ser consciente de lo que hacía, comencé a mover mis caderas al compás de mis dedos. Al mismo tiempo que me introducía en su boca, comencé a complacer también su vagina. Sara detuvo momentáneamente los movimientos de su cabeza y se dejó hacer. Así permanecimos unos enternecedores segundos, durante los cuales yo le ofrecí todo lo que ella deseaba.

Finalmente, Sara colocó la palma de su mano sobre mi vientre a fin de detener mi ir y venir. No se lo pensó, nada más sacar mi polla de su boca Sara se echó en mis brazos y me metió alegremente la lengua hasta la campanilla. Al tiempo que me besaba, unos dedos delicados envolvieron la base de mi miembro y la menearon arriba y abajo con primorosa pericia.

Era mi turno de sorprender a Sara, de modo que la empujé y la hice caer hacia atrás. Me senté sobre su abdomen sin darle tiempo a reaccionar. Tenía la cabeza sobre la almohada y me miraba con desconcierto. Tomándola de los antebrazos, entrelacé sus muñecas para luego amarrarlas con mi cinturón al cabecero de forja. Ni yo apreté el nudo, ni ella trató de resistirse.

Me sentí como un niño pequeño frente al escaparate de una pastelería. Tenía por fin ante mí el voluptuoso cuerpo de la mujer que tantas noches había deseado veinte años atrás. Mis besos iniciaron pues uno de los paseos más emocionantes y placenteros de mi vida. El primer paso lo di en su cuello, provocando el gemido de Sara. Después cuesta abajo hacia su pecho derecho. Luego a la izquierda a visitar también el otro. Entonces di un pequeño rodeo por su costado antes de dirigirme al ombligo de mi amiga, el ombligo, aquel pequeño y confortable lugar donde me hubiera gustado acurrucarme. Pero no, hice solamente una breve parada para tomar la goma de sus bragas y, con una mirada, pedirle que irguiera un poco el trasero a fin de podérselas quitar. Al retirar la fina prenda descubrí el delicado y húmedo jardín tropical que se escondía entre sus piernas. En el preciso corte de aquella espesura se notaba la mano de una hábil jardinera.

Nada más sacar la prenda íntima, retomé mi paseo en el cartografiado empeine de sus pies. En vez de bajar, ahora debía subir. Ascender por el tobillo, por la espinilla, la rodilla y el muslo por un camino que recorría por primera vez en mi vida pero que sabía me iba a llevar a las puertas del paraíso. Vi la aldaba y llamé a lengüetazos sobre aquel exultante clítoris.

Sara comenzó a retorcerse de placer, emitiendo unos jadeos que me infundían valor para perder mi lengua en las angostas profundidades de su sexo. Luego chupé con denuedo su clítoris y mordí sus labios mayores, saciando mi sed en su manantial y complaciendo a su apéndice como ningún artilugio a pilas podría hacerlo.

La torturé, lo confieso, pero fue por su bien. La verdad es que mi amiga del alma se volvió loca tras el segundo orgasmo. No sirvió que la dejase sola en la cama después de que se corriera por primera vez. Luego de regresar del baño la obligué a contar los besos que debía recibir antes de que volviese a lamer su sexo, pero eso tampoco sirvió de nada. Tras derramar aquel segundo orgasmo, Sara comenzó a patalear para sacarme de entre sus muslos. Había una bestia en aquella cama, pero su identidad todavía estaba por determinar.

Le di la vuelta sin ninguna cortesía. Si ella se comportaba como una salvaje, tendría que follarla como tal, a cuatro patas. Había prodigado todas mis atenciones a su sexo y para entonces su clítoris ya palpitaba de excitación. Quizá por eso todo su cuerpo se estremeció cuando le escupí en el culo y le introduje un dedo sin contemplaciones. Sara no protestó, a no ser que aquel espontáneo jadeo constituyera una queja.

Con todo, no fue dócil en ningún momento. Sacaba el trasero con insolencia, lo respingaba y removía con lujuria mientras gozaba de mis dedos. Comencé por uno solo, pero no llevó mucho tiempo que Sara gozara de dos bien dentro de su culazo. La tomé entonces de la barbilla y la obligué a mirarme mientras insinuaba un tercer dedo en su ano. Sus azules ojos ardían cual estanques hirvientes en los que yo me iba a escaldar. Ella me desafió con la mirada, y yo recogí el guante.

Sara gritó, por supuesto, pero no por la brutalidad con la que forcé su esfínter, sino por el dolor que mis dientes causaron en aquel hombro que unos minutos antes había masajeado. Después retornaron los gemidos y lo hicieron siguiendo la cadencia que mi miembro marcaba en su soberbio trasero.

Al principio Sara jadeaba de forma pausada y entrecortada, pero no tardó en hacerlo como una joven potra lanzada al galope. Así era, no en vano, como la estaba sodomizando en ese preciso instante. Mi cuerpo, sobre el suyo, marcaba un ritmo pertinaz y efectivo, enérgico y demoledor.

El mordisco en el hombro le había dejado una marca visible, lo que no ocurriría entre sus nalgas a pesar de toda la fuerza y rudeza con que la estaba follando. Con el paso de los minutos, sus gemidos se fueron haciendo más agudos. Mi querida amiga fue perdiendo el control a medida que se fue formando en ella algo maravilloso. Sujetándose con fuerza a los barrotes de la cama comenzó a agitarse con torpeza adelante y atrás.

De alguna forma supe que debía cambiar de tercio. La tomé pues de los hombros y arremetí con todas mis fuerzas, haciendo cada vez una mínima pausa para que Sara gozase de todo mi miembro entre sus nalgas. No aguantó mucho, tras unas cuantas embestidas, empujé con rabia y todo su cuerpo comenzó a convulsionar y temblar con los espasmos del orgasmo. Entre crisis y crisis, Sara continuaba balanceándose adelante y atrás de un modo torpe e involuntario.

Cuando su gozo lo abarcó todo, dejando su cuerpo inerte y lleno de placer, procedí a liberar sus manos. Tuve que ayudarla a tenderse, a estirar las piernas y apoyar el vientre sobre el duro colchón. De esa forma, Sara estaría más cómoda mientras la continuaba sodomizando.

No tardó ni tres minutos en volver a temblar. El pelo se le había enmarañado y comenzaba a tener cara de cansancio, pero como no se quejaba ni me pedía que parara, yo seguí follándola. Ahora tenía los ojos abiertos, pero su mirada se perdía en el infinito, ofuscada como estaba por el duro miembro viril que entraba y salía de su ano. Apoyada sobre los codos, mi amiga del alma se dejaba hacer, sabía que frente a ella sólo había un océano de placer, unas aguas en las que todavía habría de pescar tres veces más antes de desfallecer.

Fue un debut perfecto, 10/10, excelente. Con un roncó bramido anuncié la inminente explosión y, de inmediato, mi verga comenzó a derramar ardientes chorros de semen en lo más hondo de su ser. Fue un orgasmo singular, prodigioso, de los que se recuerdan toda la vida, como creo que a ella también le sucedería.

Y es que las cosas buenas de verdad, las que importan, no se obtienen rápidamente. Se consiguen con paciencia, con el esfuerzo diario y constante a lo largo de los meses o los años. Ya decía mi abuelo: “el primer regalo de un árbol no es su fruto, sino la paciencia para cuidarlo y verlo crecer”.

Sin embargo, súbitamente, el penoso estado de Sara se materializó en mi cabeza con toda su crudeza. Esto me hizo sentir mal, culpable aunque nada malo hubiera ocurrido. Había sodomizado a Sara en nuestro primer encuentro sexual, y eso ya no se podía cambiar. Habíamos ardido igual que un viejo bosque, devorado por la maleza acumulada durante años, devorado por el fuego que nosotros mismos habíamos iniciado.

— Lo siento —dije, sinceramente avergonzado— No sé que me ha pasado.

— Ummm —rezongó ella, extasiada.

Sentí separarme de Sara, pero, por el gemido que dio, ella lo sintió aún más que yo. Permanecí unos instantes más en el paraíso, mirando el contorno de su espalda, sus caderas anchas y sólidas, el torneado de sus piernas. Con cuidado de no despertarla, me levanté, recogí mis cosas y fui al baño a tratar de quitarme el bochornoso olor que me inculpaba. Antes de cerrar la puerta, contemplé aquel rostro arrebolado y aquel culito que tanto bien me había proporcionado. En su madurez, Sara era tan hermosa que me habría quedado allí mirándola el resto de mi vida. “Estás preciosa cuando duermes”, confesaría un rato después.

A mi regreso del cuarto de baño, la besé en la frente, en la nariz y en la boca. Sara siguió sin moverse. El placer la tenía inmovilizada en la cama, estaba colmada del amor que acabábamos de hacer.

Volvimos a citarnos una infinidad de veces. Cada vez Sara me conducía a la habitación como uno conduce a un caballo que tiene sujeto por las riendas. Mi cuerpo tras el de ella, tras su boca y sus nuevas curvas y gestos, tras sus besos, profundos y a veces violentos, tras su coño hambriento. Ella jugaba con mi boca, con mi miembro, con todo mi ser, de los pies a la cabeza. Todo le gustaba, todo era objeto de juego para sus labios. Me devoraba como un animal a quien nadie ha alimentado. El deseo la privaba de la fatiga y la ansiedad y, con los años, recuperamos todas las tardes que habíamos permanecido separados.

A menudo un hombre casado tiene necesidad de estar solo, y una mujer también tiene esta necesidad; y, si se quieren, se muestran recelosos al constatar este sentimiento mutuo. Sin embargo, puedo afirmar con sinceridad que a nosotros esto no nos pasó nunca. Evidentemente, Sara y yo éramos amantes y no un matrimonio, pero lo cierto era que cuando estábamos juntos nos sentíamos solos, pero solos en relación a los demás y al mundo. Con otras mujeres, en cambio, sí me había sentido solo... Solo, anulado y mortalmente aburrido; pero, con Sara eso era imposible. Éramos mejores amigos, amigos absolutos, y nunca teníamos miedo de nada estando juntos.

REFERENCIAS:

“Sólo un café, con leche”, de xavi mysk.

“Adiós a las armas”, de Ernest Hemingway.

“El italiano”, de Arturo Pérez Reverte.

“Una bestia en el paraíso”, de Cécile Coulon.