Orgasmos Turbios [8]
Despierta sintiendo las manos de una desconocida deslizándose por su cuerpo desnudo. Cree que es su esposa, pero al abrir los ojos, descubre a la joven enfermera arrodillada entre sus piernas. El pánico y la vergüenza la hacen huir, pero él, con la voz ronca y la erección aún presente, le ordena quedarse. No es solo deseo lo que lo ata a ella, sino la certeza de que es la única aliada en una casa想
Capítulo 8
Me despertó la sensación de una mano muy caliente y húmeda acariciándome el pecho. Unas huellas dactilares complaciendo la sensibilidad de mi piel, y los poros de mi carne siendo indemnizados por el calor de sus dedos.
Las brisas ígneas de un sol crepuscular que entraba por la ventana se convirtieron en tiernos vestigios que agolparon mi mente y me hicieron recordar todas esas noches en que Thelma y yo nos amanecimos en la cama haciendo el amor, enredados entre sábanas mojadas que se convertían en un cuerpo más que nos acariciaba: aturdiéndonos con nuestros propios gemidos e intoxicándonos con el aroma procaz que se impregnaba en nuestras pieles. Me recordé desfalleciendo de placer empapado con su sudor y con el mío, siempre tibio: siempre miel.
Ignorando si lo que experimentaba esa mañana era real o producto de mis fantasías, continué sintiendo la sedosidad de unas yemas femeninas que se desplazaban por cada centímetro de mi cuerpo, remitiéndome a la espuma blanca y a la seda.
Aquella entidad misteriosa que le concedía a mi cuerpo una adoración incandescente era una mujer, lo supe por el singular resuello femenino que hizo arder mi piel al percibirlo. Sin verla la advertí. La pude sentir y la pude oler. ¿Se trataba de Thelma? ¿Había vuelto del exilio y ahora me despertaba de mi pesadilla como solía hacerlo en el pasado? La ilusión de que en verdad fuera ella encendió cada partícula de mi anatomía.
Sin abrir los ojos percibí la entrega de sus caricias. Me intoxiqué con su aroma a fresas. A un pelo que olía a champú dulce. A un labial que expedía frutas frescas. A unas manos blandas y suaves que se resbalan por mi cuerpo con una libertad aceitosa.
Entonces tuve miedo de que al abrir los ojos todas estas placenteras sensaciones se acabaran, que al clarificar mi vista y registrar mi entorno descubriera que allí no había nada ni nadie salvo esa horrible necesidad de tenerla a ella conmigo, amándome como siempre.
Por eso me obligué a permanecer como dormido, con mis ojos cerrados y mis sentidos despiertos. Quería seguir sintiendo sus caricias y su aliento. Un poco más… un poco más… Y así pasó.
En medio de mi ensoñación las caricias traviesas fueron descendiendo hasta llegar a mi vientre, donde, con calculada insolencia, las puntas de sus dedos comenzaron a hacerme círculos y a arañarme con suavidad. Luego experimenté una gran impresión al percibir un ligero cosquilleo en mi pubis que me indicó que aquellas manos estaban buscando un objetivo.
«¡Oh, dios… oh, sí!»
La timidez de aquellos dedos aceitados fue perdiendo pudor hasta desvergonzarse y finalmente apretar con sutileza el grosor de mi pene adormecido, que al tacto con su piel lograron encenderse millones de terminaciones nerviosas que me estremecieron.
Mi pollón fue endureciéndose entre sus dedos a medida que la sacudía sobre su propio eje, masajeándola, acariciándola y restregándola contra sí. Ella presionó las venas hinchadas de mi falo cuando empezaron a henchirse de sangre. Entonces con uno de sus dedos acarició la punta de mi glande y esparció en toda la cabeza los goterones que empezaron a brotar desde la uretra.
Di un respingo apenas perceptible y mis manos se aferraron con ansiedad sobre la sábana cuando su saliva mojó buena parte de mis huevos y éstos recibieron la inmoral hazaña como un humedal que se posa en el desierto.
«¡Oh, mierda… oh, sí!»
Todo mi cuerpo comenzó a despertarse y mi agitación descontrolada a resonar en cada recoveco de mi interior.
Mientras percibía esos dedos frotando mi dura verga, me imaginé amasando sus gordas tetas, que se desparramaban entre mis dedos. Me fantasee hundiendo mis ardientes manos en sus pezones enhiestos, que se enterraban como clavos calientes en mis palmas mientras yo me entregaba a ellos.
Aun con el sopor de mi modorra, entendí que esto que sentía era real. Es verdad que toda mi mente era un licuado de neuronas que no lograban conectarse entre sí, pero las caricias que experimentaba en mi entrepierna en ese momento no podían ser producto de un delirio o de mi imaginación.
Por eso decidí despertar. Mas al abrir mis ojos condensados casi me da un ataque mortal tras el impacto de descubrir quién era la responsable de tenerme cautivado en tremendo éxtasis. Apenas pude exhalar cuando la vi arriba de mi cama, sentada sobre sus propias pantorrillas y flexionada en dirección de mi entrepierna, en medio de mis muslos separados.
Esmeralda estaba vestida con su uniforme blanco de enfermera que hacía juego con su propio color de piel, a diferencia de mí que me hallaba completamente desnudo ante ella. Mi cabeza permanecía elevada por la gracia del mecanismo de la cama eléctrica, y eso me permitía tener unas vistas insuperables respecto a lo que ella me hacía.
Las puntas doradas de su espeso cabello suelto acariciaban mis muslos desnudos. Una de sus manos apretaba con adoración la circunferencia de mi cuerpo fálico, que aun si estaba despertando de su estado de reposo, se hinchaba y se endurecía entre sus dedos, mientras la otra la usaba para rozar la vellosidad de mi pierna derecha.
De pronto vi que bajaba peligrosamente su cabeza en mi entrepierna, y que su lengua anegada de saliva mojaba y lamía exquisitamente mis sensibles bolsas testiculares mientras frotaba sin parar mi tallo repleto de venas y pliegues que se fue hinchando un poco más.
Con su lengua y luego con su boca devorando mis testículos sentí un espasmo que pronto se tradujo en un violento escalofrío, mientras ella se recreaba jugando con los pelos de mis bolas atrapándolos con los labios, tirando lentamente de ellos y luego liberándolos.
Oí el sórdido sonido de su chapoteo sobre su boca. La ansiedad de sus labios rosados que no paraban de besar cada parte de mi sexo. Esmeralda estaba plenamente entregada a su propio éxtasis para haberse dado cuenta de mi conciencia. Y yo sigo pensando que lo que la hizo reaccionar y levantar la mirada hacia mi cara no fueron ni siquiera mis densos jadeos, que sólo respondían a la excitación de sus estímulos, sino a la dureza y grosor de mi miembro que ya había logrado una longitud inimaginable para ella, que siempre lo había visto en estado de reposo.
Cuando mi verga palpitó obscenamente sobre su pequeña carita angelical, con mi glande expulsando un pequeño hilo pre seminal que ensució su cabello dorado, ella posó sus sorprendidos ojos esmeraldas sobre mi erección, para luego elevarlos hacia mi cara.
—¡Ah!
¡Pobre mujer!
La cara de espanto, vergüenza y angustia que puso al verme despierto fue para un retrato de exposición de muertos vivientes. No sé cómo logró saltar de la cama sin caerse, ya que lo hizo con tanta prisa que parecía que quería volar. La palidez de su carita fue oculta por su pelo, y el temblor intenso de sus labios fue lo último que vi antes de que ella me diera la espalda por completo.
En dos segundos resolví cómo hacer para que la chica no se dirigiera a la puerta y se marchara corriendo como alma que lleva el diablo para no volver jamás. Sin que me lo dijera comprendí que aquella experiencia se había convertido en la peor vergüenza que había pasado en su vida, y aunque no entendí en su momento por qué motivo obró de aquella manera conmigo, dándole “amor” a mis genitales, intenté comprenderla.
Es estúpido negar que yo también tenía sentimientos encontrados. Mi polla se había puesto dura gracias a los estímulos que me había hecho una mujer que no era mi esposa. Y aun si por un momento creí que estaba soñando, cuando me di cuenta de que aquellas caricias eran reales, (creyendo que se trataba de Thelma), no deja de ser sofocante que mi propia enfermera me hubiera puesto caliente.
—No te vayas —le supliqué, cuando Esmeralda corrió como una loca hacia la puerta, llorando.
Arrastré la sábana que tenía debajo de mi cuerpo para cubrirme la entrepierna y evitar que la incomodidad siguiera tensando la atmósfera. Por desgracia la tela sólo hizo que pareciera una casa de campaña.
—Hey, Esme, por favor, no te vayas.
Esmeralda me dio la espalda. Puso los dedos en la manilla plateada pero no la giró. Sollozó, gimoteando, y con la mirada gacha, a centímetros de la puerta, decidió entre quedarse o no.
Yo, mientras tanto, tuve una sensación de culpa cuando en lugar de sentirme ofendido con ella por su cuestionable acción, posé mis ojos lascivos en su falda blanca y me di cuenta, complacido, de que sus glúteos voluminosos, sin ser obesos, se apretaban delicadamente contra la tela en una curva pronunciada que la hacían ver sensual.
Otra cosa que me enloqueció fue la erótica forma en que sus corpulentas piernas se trasparentaban debajo de las medias diáfanas color carne que la enfundaban. Recordar que vivía obsesionado con la sensual lencería que usaba mi esposa todos los días me envolvió en un torbellino de sentimientos que por un momento me hipnotizó. Lo que hizo preguntarme si de verdad era buena idea confiar en ella, ¿y si Esmeralda era parte de ese plan maquiavélico? ¿Cómo saberlo sin ponerla en sobre aviso? Es muy duro sentirte en la completa indefensión y con esos constantes delirios de persecución en el que crees que todo el mundo está en contra de ti.
Apenas pude reaccionar de mi sugestión, avergonzado, cuando Esmeralda se volvió hasta mí y me dijo, balbuceante:
—¡Yo! ¡Perdón! ¡Po…r fa…! ¡Yo! ¡Perdón!
Tenía todo su cabello dorado cubriéndole la mitad de la cara, por lo que me costaba apreciar si seguía pálida o había recuperado su color sonrosado.
—¿Perdón por qué, pequeña? —le pregunté con voz serena, intentando aligerar esta atmósfera tan bochornosa.
«Pequeña» Vaya si lo era. ¿Pero cuántos años tenía? ¿Veintitrés? ¿Era posible que yo, un hombre casado y con valores, hubiera estado morboseando a una chiquilla casi veinte años menor que yo? La culpa me secó la boca.
—¡Por! ¡Por! —Esme movía las manos de un lado para otro como si intentara atrapar palabras—. ¡Ay, qué vergüenza! —Miró al techo, empapada en lágrimas, y luego se cubrió la cara en una conjura donde parecía querer desaparecer —. ¡Dios mío, qué pena! —Volvió a agachar la mirada y giró sobre su propia suela, dándome la espalda otra vez—. ¡¿Qué estará pensando de mí?!
Trabajé con esmero para saber qué responder:
—Que tu novio debe de ser un tipo muy afortunado si tiene a su lado a una preciosura como tú, así de complaciente.
Esmeralda, descubriéndose el rostro, dio la media vuelta y su carita llorosa e histérica se encontró con la mía de nuevo. Noté, complacido, que sus mejillas se encendían progresivamente.
—¡Yo, no… señor… yo no tengo novio! —Se aclaró la garganta y dejó de lloriquear.
Su expresión comenzó a suavizarse y eso apresuró la serenidad entre los dos.
—¿Me llamaste señor? —sonreí, fingiendo enfado.
Esmeralda encontró en mi sonrisa un corte de tensión que aligeró su pena y horror. De todos modos volvió a sacudir el cuerpo, aturdida, y después de respirar y exhalar en diferentes ocasiones contestó:
—No importa ya cómo te llame, Pepe, esta vergüenza que siento nunca se me va a quitar. —Aunque parecía más tranquila, no dejaba de estar angustiada y de temblarle los labios, como estuviera titiritando de frío.
Mi angelical enfermera no se había dado cuenta de que su botón medio se había desabotonado, y que un encaje beige, como el de sus medias, aparecía con descaro en medio de ese hueco.
—¿Cómo voy a verlo a los ojos de ahora en adelante, señor, sin que la vergüenza me desarme y lleguen a mí estas ganas terribles de salir corriendo a kilómetros de usted?
Cada vez que movía sus manos para expresarse, las preciosas cumbres que se ocultaban en su blusa se balanceaban suavemente.
—Mira, Esme, no queda de otra que apechugar —le dije, viendo disimuladamente el tejido de sus encajes beige que hacían las veces de brasier—. De todos modos no puedes irte —le recordé a posta, y ni siquiera por compasión dejé de atormentarla, cuando añadí—: porque tu madre necesita su tratamiento.
Como respuesta, Esmeralda dejó caer los hombros sobre su propio cuerpo y exhaló casi con resignación. Por gracia divina otro botón se salió del ojal de su blusa y las dos mitades internas de sus robustos pechos se desnudaron ante mis ojos, siempre contrastando con los encajes de su brasier.
Esmeralda percibió mi mirada febril y la forma tan pesada en que sus pechos se extendieron con el segundo botón deshecho y, horrorizada, se giró un momento para abotonárselos de nuevo.
Y mientras tanto, poniendo mis manos en mi pollón, que no dejaba de estar erecto, yo volví a atacar:
—Vamos, chica, que habría sido más vergonzoso que hubieras continuado siendo partícipe del plan perverso de mi suegro. En lo de matarme, pues.
—Lo sé —murmuró casi sin aliento, arreglándose la blusa.
Sus ojos brillantes viajaron con morbo hasta mi tienda de campaña, que continuaba levantada, y con un atragantamiento silencioso luchó para que el calor que la mantenía colorada de las mejillas le diera tregua.
—Bueno —quise quitar hierro al asunto, diciendo—: por lo menos descubrimos que no soy impotente.
La infantil sonrisa de la chiquilla me conmovió mientras sus hoyuelos adornaban su cara.
—Qué cosas dices —susurró, alargando sus manos nerviosas para empezar a trenzarse su cabello, como siempre la había visto.
—¿Ves que no estoy enojado? —le pregunté, cuando extrañamente pude sentir al fin mis dedos de los pies.
—Lo veo, no está enojado.
Sus dedos se movían con torpeza sobre sus trenzas.
—¿Entonces por qué haces tanto drama por el hecho de que me hayas masturbado mientras me hacías una mamada en los huev…? —Mi defecto para decir las cosas sin filtro era algo inherente a mi personalidad que no podía evitar. Esmeralda se sobresaltó por mis palabras. Sus ojos asomaron casi fuera de sus órbitas y yo hice todo lo posible por enmendar mi comentario—. Si te hace sentir mejor, Esme, quiero que sepas que yo también estoy sacado de onda con esto, y tengo un poco de pena, pero, ¿qué le vamos hacer?
Mi pequeña enfermera abrió la boca como si fuera a decir algo, pero luego la cerró de golpe. Y continuó trenzándose el pelo en una sola trenza, como si la estuviera tejiendo.
—Esme… ¿habías hecho esto antes? —le pregunté sin anestesia, y sin ser específico los dos entendimos a lo que me refería.
Ella, volviéndose a poner rojísima de la cara, asintió con la cabeza con timidez.
—¿Puedo preguntar por qué lo hacías? —la cuestioné con curiosidad, recuperándome de la impresión de que la chica me estuviera confesando algo tan íntimo y tan morboso—, ¿o prefieres que cambiemos de tema? —Tampoco era mi intención incomodarla ni humillarla.
La rubita tardó casi dos minutos en responder, en los cuales se dedicó a anudar y desanudar sus huesudos dedos una y otra vez. Entonces, al agarrar valor, dijo:
—No sé… en dónde lo escuché… creo que fue en el hospital de residencias, o tal vez entre los pasillos de la facultad. No sé bien dónde. Una locura. Pero oí mitos de medicina.
—¿Ajá? —enarqué con el corazón acelerado, mientras sentía mi glande palpitando bajo la sábana, la cual, dicho sea de paso, empezaba a notarse húmeda en esa misma dirección.
Esmeralda suspiró hondamente antes de responder:
—Escuché que los estímulos en los genitales… ayudaban a que los enfermos de coma recobraran… la consciencia, además… usted… pues eso… que una vez que Eloína me pidió que lo cambiara de ropa… pues vi su miembro en reposo, como lo ha estado desde siempre, y me sorprendió que aún en ese estado de reposo… estuviera… pues… ¿cómo decirlo?
—¿Grande?
Mi pequeña enfermerita abocanó aire, como si mi comentario fuese más obsceno que el hecho de haberme estimulado mis genitales con la boca.
—¿Por qué te noto asustada, Esme? Sólo dilo, ¿te pareció grande?
—No me haga decirlo, por favor.
—Por supuesto que no —suspiré.
Era una niña traviesa y morbosa, lo entendí, pero también era inexperta e ingenua. Y eso me conmovió. No tenía por qué atormentarla con preguntas fuera de lugar.
—Su miembro es de carne —quiso explicarse—, y no de sangre, entonces… ¡Por favor, Pepe… no quiero hablar de esto!
—Estoy de acuerdo —asentí con la cabeza, suspirando—… y antes de que pase otra cosa, gracias.
—¿Gracias de qué? —se sorprendió, abriendo mucho los ojos.
Yo solo sonreí. Y confié en que me entendiera.
Durante los siguientes días no volvimos a comentar nada de lo que había ocurrido. Así como pude mover mis dedos, también mejoró mi movimiento motriz en general. El plan que concebí con Esmeralda funcionaba. En ausencia de la puta vieja psicópata de Eloína, la rubita me suministraba medicamentos que contribuían a mi rehabilitación, y cuando la bruja entraba al cuarto, yo fingía estar durmiendo.
Con los días comencé a enderezarme. Esme me ayudaba a mover mis piernas, mis brazos, y me untaba ungüentos que me despertaban los músculos atrofiados. Como la bata que traía puesta era casi como de hospital, de vez en cuando sorprendí a mi morbosa enfermerita mirándome la verga y los huevos. Fuera de eso, todo parecía normal.
O casi todo, porque la ausencia de Thelma seguía siendo un misterio. Esme no había logrado contactarla ni a ella ni a mi hermano Daniel, pues en esa casa todo era muy restringido, y yo me pregunté desde hacía cuanto tiempo ellos me habían abandonado.
De sus redes sociales ni hablar. Todo era complicado.
A pesar de mis progresos visibles, todavía me sentía lo suficientemente aturdido como para pensar con elocuencia alguna otra alternativa que no pusiera en riesgo a mi nueva amiga. Esme seguía teniendo miedo de llamar a la policía, y yo no me sentía con el derecho de exigirle riesgos. Además, ni siquiera me acordaba del domicilio de alguno de mis amigos para que ella me hiciera el favor de ponerlos al corriente de lo que me pasaba.
—Te estás poniendo cada día más guapo —me halagó un día mi angelical enfermera—. Tus músculos se están fortaleciendo y el color moreno de tu piel está quitándote la palidez.
—Gracias, mija —le agradecía con especial cariño—, ¿crees que la mal cogida de Eloína se esté dando cuenta?
—Ella nunca dice nada —aseveró un tanto extrañada—. Se la pasa todo el día en el cuarto de arriba, viendo la televisión.
—Oye, Esme, ¿y si compramos una bomba de aire, de esas que se usan para las ruedas de bicicleta, e inflamos a esa gorda hasta que explote?
—¿Qué? —mi chica abrió los ojos horrorizada, mientras terminaba de afeitarme.
—¡Es broma, mija, es broma! —nos reímos los dos.
Los días que Esmeralda por alguna razón no venía a casa, o llegaba más tarde de lo habitual, me sentía asfixiado, casi claustrofóbico. Ya no me valía ponerme al tú por tú con Eloína, porque cada vez que lo hacía ella me sedaba con más dosis de la señalada, arriesgando que un buen día se le pasara la mano y me matara de vedad. Por eso dejé de andar de pendejo y decidí cambiar de táctica y ser más condescendiente con ella, porque si permanecía más dormido que despierto, jamás podría recuperar del todo mis sentidos.
Era imperativo situarme en el tiempo real. Recordar el pasado, sin olvidar el presente. Entender lo que estaba ocurriendo justo en ese momento. El paradero de mi esposa, ¿dónde estaba? ¿Por qué no iba a verme?
Cada día que pasaba sin saber de ella, me convencía más de que Edmundo podría tener razón y mi mujer me había abandonado, llevándose a mi hijo consigo. De ser cierto sería una crueldad. ¿Cómo saberlo? Las señales estaban allí. Su ausencia total. ¿Pero eso en qué afectaba a mi hermano Daniel? Al menos por preocupación debería de venir a verme, ¿o es que también para él yo estaba muerto? Deducirlo me dolía.
Todo era tan confuso y tan extraño que cuando pensaba en eso me dolía la cabeza.
Pero ese jueves en particular se destacó de otros días por ser, en muchos aspectos, bastante trascendental, tanto para bien como para mal. Me explicaré mejor.
Esmeralda no había llegado aun cuando la vieja gorda me suministró el sedante del día, como a eso de las ocho treinta de la mañana. Maldije por lo bajo cuando el fármaco comenzó a hacerme efecto, paralizándome, y la lengua se me entumeció y mis ojos comenzaron a perderse en el abismo.
Pero entonces, mientras eso sucedía, logré escuchar que un teléfono sonaba cerca de mí. Era el celular de Eloína que, confiando en mi eventual pérdida de consciencia, respondió en mi delante, diciendo:
—Un placer saludarla, señora Durán —Por poco me da un paro cardiaco al advertir que la vieja estaba hablando con Thelma, ¡con mi Thelma! ¡Con mi esposa!—. Todo igual, señora, no se preocupe…
Las arterias de mi cuerpo se hincharon y la respiración condensada me faltó.
—…Sí, señora, no se mortifique, en el estado del señor Fernández es normal que todo sea cotidiano… siempre, sí… sí… No; por favor, señora Durán, no tenga pendiente… No tiene que venir hasta acá. Como le digo, todo está igual que siempre.
¿Qué carajos estaba diciendo esta vieja hija de puta?
La negrura que cubría todos los sentidos de mi cuerpo era muy espesa y voraz, y me inmovilizaba. Me ocluía la respiración. Aun así, todavía estaba consciente, aun si no podía proferir ni siquiera una palabra, salvo leves gemidos.
—Desde luego, señora… sí… descuide… vaya a su viaje tranquilamente… ¿sale esta noche a Los Ángeles?, sí, sí… por supuesto… El señor Fernández estará en buenas manos como siempre…
«¡Thelma!» grité desesperado en mi fuero interno, batallando contra mi propia parálisis y ansiedad «¡mi amor, estoy aquí!» «¡Ven!» «¡AYÚDAME!» «¡Me están matando…!»
Mi cuerpo reaccionaba a la adrenalina y la impotencia de saber que mi esposa estaba en el teléfono, a pocos pasos de mí, al tiempo que el letargo de la droga me estaba adormeciendo.
—No se preocupe… señora Thelma —continuó la gorda hija de puta—, usted sabe que si hubiera alguna novedad yo se lo haría saber de inmediato… claro que sí, señora… claro que sí… Que disfruten su viaje, lo merecen… buenas noches…
«¿Disfruten su viaje, en plural?» «¿Se lo merecen?» «¿Ella y quién?»«¿Se refería a ella y a Marcel?» «¿Quién mierdas era el otro acompañante?» «¿A dónde se iba Thelma y Marcel?» «¿Por qué no venía?» «¡Me queda claro que si yo no le importara, Thelma no estaría preguntando por mí!» «¡¿Entonces a dónde y por qué se va?!» «¿Por qué Eloína le oculta a mi mujer que yo ya he despertado?» «¡Mi puto suegro de mierda!»
Mi pérdida de consciencia se aceleró a pasos agigantados, y mis sentidos auditivos y sensitivos se fueron extinguiendo a medida que la anestesia me neutralizó. Entre la negrura y la desesperación logré escuchar una nueva conversación que ya no tenía nada que ver con Thelma, sino con alguien más.
—¿Señor? —dijo Eloína—, Sí, sí… ya hice lo que me ordenó. Claro, su hija me dijo que esta noche regresan a Los Ángeles. No tenga pendiente, ella no vendrá. Y sí, sí, confíe en mí, que del señor Fernández me encargo yo… claro, le aseguro que la nueva medicación que me traerá el doctor esta misma noche tiene una potencia mucho mayor…
«¿Qué medicación?» «¿Cuál potencia mayor?»
—Parecerá un paro natural, no se preocupe por lo demás. Aquí lo espero como a las diez.
¡Me iban a matar! ¡Mi esposa se estaba yendo del país y la bruja y mi suegro aprovecharían para matarme! ¡Mierda! ¡Mierda!
Y aunque quise luchar por mi propia vida, más pronto de lo que creí perdí la consciencia por completo.
Sería mi lucha interna por sobrevivir lo que me hizo despertar muchas horas después. Como siempre que despertaba de una anestesia total, me sentía aturdido, desesperado, con mareos fuertes y muchas ganas de vomitar.
Mi estado de alerta y de supervivencia me dejó tener presente la conversación que había escuchado esa mañana. Por eso me alegré muchísimo cuando vi al ángel de la guarda que siempre que la necesitaba estaba aquí, conmigo.
—¡Pepe! —me dijo, poniéndome agua fría en la frente.
—¡Esme! ¡Esme! —empecé a balbucear, intentando incorporarme—. ¡Me quieren matar… Eloína y Edmundo me van a matar!
—¿Qué estás diciendo? —me preguntó sorprendida.
Y le conté todo lo que oí: desde la conversación que la bruja tuvo con Thelma hasta la que tuvo después con mi suegro.
—¡Con razón lo está esperando! —estalló mi chica impacientada—. ¡Me ha dicho Eloína que el magistrado iba a venir! Hace rato, incluso, vino el doctor y le entregó unas nuevas ampolletas. Le pregunté lo que eran pero ella, como siempre, me amenazó para que no hiciera preguntas.
—¿Dónde está esa mujer ahora, Esme?
—Por ahí anda… —contestó nerviosa—, hace apenas un rato estaba aquí, fue por la medicación…
—¿La medicación con la que pretenden matarme?
Esmeralda, horrorizada, con su gesto lo intuyó:
—¿Sabes a qué hora vendrá mi suegro? —me incorporé un poco más, encendiendo el mecanismo de la cama que hacía que me levantara.
—Creo que ya debería de estar por llegar.
—¡Se supone que ya debería de estar aquí!
—¡Mierda!¿Y ahora qué? —dije con el corazón desbocado.
Cuál fue nuestra sorpresa cuando la gorda inmunda abrió la puerta de golpe y me encontró con mis manos sujetando los de Esmeralda. Eloína abrió los ojos como plato, intercalando encendidas miradas entre Esme y yo.
—¿Qué significa esto, Esmeralda?
—¡Estás bien pendeja si crees que dejaré que lo maten! —rugió Esme, apartándose de mí, con un repentino acopio de valor.
Eloína intuyó todo en apenas cuatro segundos. La mujer entró, riéndose como estúpida, sacó el teléfono para marcarle a alguien mientras decías:
—Te creí más inteligente, muchachita idiota… Se te advirtió que no hicieras perradas si no querías sufrir las consecuencias… ¿y con qué me encuentro ahora, babosa? ¡Con que estás fraternizada con el lisiado este!
La astucia de Esmeralda me impresionó, porque mientras Eloína buscaba el contacto de mi suegro para advertirlo de lo que ocurría allí dentro y urgir su llegada, ella aguardó el momento preciso para, aprovechando que el teléfono estaba desbloqueado por su dueña, arrebatárselo de las manos con el propósito de llamar a Thelma.
—¡¿Pero qué crees que haces, diablo de muchacha?!
Esmeralda retrocedió, con el celular en sus manos, y Eloína cerró la puerta para evitar que ésta escapara.
—¡Ni se te ocurra tocarla, pinche gorda de mierda! —amenacé a Eloína cuando ésta se lanzó furiosa contra mi rubita.
Esmeralda gritó al sentir las manos de su jefa atenazando sus doradas trenzas, las que jaló con violencia hasta tirarla en el suelo.
—¡Déjala! —le advertí a Eloína, mientras Esmeralda gateaba en sentido opuesto y se levantaba.
Yo emplee todas mis fuerzas para enderezarme por completo y arrastré mis débiles piernas hacia los bordes de la cama a fin de levantarme, aunque no estaba muy seguro de si éstas me podrían sostener.
Cuando levanté la vista vi que ambas enfermeras se manoteaban. Esmeralda, que no soltaba el teléfono para nada, tenía la ventaja de ser más alta, joven y esbelta que la otra, sin embargo no podía subestimar a Eloína, pues la vieja era mucho más perversa y mañosa.
—¡Atrás! —le gritó Esmeralda cuando empujó a Eloína hacia atrás—. ¡No me toques!
—¡Entrégame mi celular, pinche mocosa atrevida!
Eloína cogió el jarró de agua que tenía en mi buró y lo tiró en dirección de Esmeralda, quien consiguió librar el golpe girando hacia la derecha. El problema fue que los cristales se esparcieron en el suelo entre un charco de agua y me pareció peligroso que esos trozos tan filosos pudieran estar al alcance de Eloína, quien podría agredir a Esmeralda si se lo proponía.
Para cuando la enfermera maldita reaccionó, Esmeralda ya estaba marcando al número de mi esposa. Activó el altavoz y todos escuchamos el sonido.
—¡Contesta! ¡Contesta! —lloriqueó la rubita, justo cuando la gorda fue hasta ella y logró agarrarla nuevamente de los pelos—. ¡Suéltameee!
—¡Te voy a matar, perra traidora!
El teléfono salió volando hacia mi dirección, cayendo cerca de mi cama, afortunadamente lejos de los cristales y el agua. Y mientras las mujeres se desgreñaban, pues Esmeralda se puso brava y también la cogió de los pelos, empleando las rodillas para golpearle la panza, yo me eché hacia delante y caí al suelo con un fuerte golpazo.
Me arrastré como pude hasta el teléfono, pero éste dejó de llamar, sin que mi mujer respondiera la llamada. Cuando esto ocurrió sentí que todo el mundo se me vendría encima. ¡Acababa de poner en riesgo la integridad física de Esmeralda, que sin importar la paliza que le estaba dando a la vieja, de todos modos no saldría bien librada de la riña cuando mi suegro llegara y descubriera la traición!
Era cuestión de tiempo para que apareciera Edmundo y todo se fuera a la mierda. Era cuestión de tiempo para que todo nuestro plan fracasara y Esmeralda quedara sola, sin mi protección (que tampoco es como si en ese estado pudiera serle de mucha utilidad) quedando vulnerable ante la venganza siniestra de esos malditos hijos de puta.
Pero entonces, cuando cogí el teléfono y con desconsuelo descubrí que se había bloqueado otra vez, perdiendo la oportunidad de mi vida, la pantalla se encendió y todos los órganos de mi cuerpo estallaron, cuando leí:
«Thelma Durán llamando…»
Pulsé el botón verde y oí una voz que habría podido reconocer incluso en el inframundo.
—¿Diga, Eloína? ¿Qué necesita? Antes no alcancé a contestar la llamada porque estaba haciendo el Check-in en el aeropuerto y….
—¡Thelma… mi amor! ¡Thelma! —grité con toda la energía que fui capaz de expulsar.
Todo el mundo quedó en silencio en la habitación y también del otro lado del auricular.
Eloína, con el pelo enmarañado y rasguños sangrantes en la cara, quedó petrificada, mirándome en el suelo con su celular, y Esmeralda, muy agitada y con las mejillas enrojecidas, lanzó un jadeo de victoria. En la puerta apareció mi suegro mirando la escena, estupefacto, y yo postrado en el suelo, con el teléfono temblando entre mis débiles dedos, esperé una reacción que no se daba de parte de mi mujer.
—¡Thelma, mi amor, tienes que ayudarme!
En la bocina por fin se oyó un poderoso sollozo, y una voz temblando que sólo atinó a gritar:
—¡Pepe…! ¡Por Dios! ¡Pepe! ¿Eres tú?
Edmundo se abalanzó sobre mí, no sin antes tener el tiempo de responderle a mi esposa:
—¡Sí, Thelma…!
—¡Cállate! —me gritaba el viejo, cogiéndome del cuello.
—¡He despertado… mi amor… pero tu padre me quiere matar! ¡Edmundo me quiere mataaaaar!
Oí un grito de horror del otro lado de la bocina, al tiempo que recibía una lluvia de patadas.
—¡Corre, Esmeralda, corre!
Pero ella, ignorando mi orden, agarró la figura de un cisne de porcelana que estaba junto a la cómoda de la ventana, y se abalanzó contra la cabeza de mi suegro, y yo sólo supe entender que si Thelma no llegaba tiempo a nuestra casa, era probable que ahora sí quedara viuda de verdad.
CONTINÚA
DISPONIBLE NOVELA COMPLETA
Continúa en
- Relato #204485— title-regex: contiguous parts (7 -> 8)
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Compromiso, obligación y deber (ilusión)
Sonia sabía que el peligro la acechaba, pero nunca imaginó que el precio de proteger a esa niña sería su propia vida.
Comparte:Infidelidad consentidaPresion emocionalTraicion y culpa
- Hetero: Infidelidad
Mil de Cal, Una de Oro
Él era el experto en salvar matrimonios, pero su verdadera misión era destruir uno para construir el suyo propio.
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion profesor alumnaPresion emocional
- Hetero: Infidelidad
La Favorita
Emilio le prometió que ella era su favorita, pero la portada de una revista reveló que solo era su secreto sucio.
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion profesor alumnaPresion emocional
- Hetero: Infidelidad
El círculo. Cap.14 El día de la elección
Mireya sabe que no tiene futuro con él, pero necesita sentirse viva en un cuarto sin testigos.
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion profesor alumnaPresion emocional
- Hetero: Infidelidad
Manual práctico para olvidar a tu ex
Dani creía que su vida amorosa había terminado cuando su ex lo humilló ante el mundo entero.
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion profesor alumnaSoledad y deseo
- Hetero: Infidelidad
El círculo. Cap.27. El debate, la guerra
El debate fue solo el comienzo. Ahora que ha derrotado a sus rivales en público, Abril debe enfrentar la verdadera batalla: mantener su independencia…
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion profesor alumnaPresion emocional