Orgasmos Turbios [7]
Cinco años de oscuridad y drogas. Al abrir los ojos, no encuentra a su esposa, sino a su suegro sonriendo y a una enfermera con miedo en los ojos. La realidad es más cruel que el coma: lo han borrado de su propia vida.
Capítulo 7
Parte de recuperarte de un coma de cinco años y de estar bajo la tutela de una enfermera demoniaca que te seda con frecuencia para mantenerte anulado mentalmente, es que cada vez que despiertas no tienes idea de qué día es. Tu sentido del tiempo se encuentra influenciado por las drogas que te suministran y la frustración de no tener dominio sobre ti mismo te acelera la ansiedad y tus ganas de morirte de una vez.
No puedes hablar, pensar ni oír. Mucho menos reflexionar. Tu cuerpo se siente engarrotado. Tus ojos permanecen velados por un ahumadero renegrido que te impide tener una visión clarificada. Cuando logras oír algo, crees estar en el interior de un pozo de agua muy hondo y oscuro. Y cuando finalmente crees estar recuperando la conciencia, nuevamente eres nulificado.
«¡Maldita perra!» gritaba en mi fuero interno ante mi incapacidad para proferir ninguna palabra, dirigiéndome a la tal Eloína, que con una sonrisa mezquina se acercaba a mi cama con el sedante en mano. A través de mis ojos velados la veía aproximarse fantasmagóricamente, fascinada de seguir las indicaciones de una mente intelectual que pretendía sumergirme en la paranoia.
A veces te haces una idea de si es de día, tarde o noche por el subsidio que te brinda la luz que se filtra desde las ventanas. De ahí en más, no existe nada. Todo es atemporal perpetuamente. Por eso cuando lograba despertar me sentía confuso, mareado y con ascos. Tenía la sensación de encontrarme perdido. Sufría alucinaciones, agitación y hasta delirios de persecución.
Desconozco el tiempo que pasó realmente desde que desperté del coma aquella vez, pero tuvieron que ser algunas semanas, sólo eso explicaría que al despertar otra vez, Esmeralda estuviera a mi lado, tarareando una dulce melodía, con una navaja repleta de espuma de afeitar en la mano y una blusa blanca que apretaba sus generosos pechos, con rastros de mis propios pelillos.
Desde mi posición elevada, logré observar dos trenzas doradas que reposaban por sus delgados costados. La espesura de sus pestañas negras enmarcaba la claridad de ese par de esmeraldas derretidas que adornaban sus ojos, haciendo alarde de su nombre. Ella seguía tarareando, mirando hacia la izquierda, limpiando la navaja, incapaz de advertir que yo había despertado.
Traté de moverme, pero la sensación de que mi cuerpo era ajeno a mí me lo impidió. Al menos sentía mis brazos, mis dedos y mis músculos superiores. Ya era algo, pero no me conformaba.
Vi el perfil ovalado de su rostro angelical, los hoyuelos que se formaban en sus rosadas mejillas al abrir la boca para tararear y la longitud de su precioso cuello que le daba la gracia de un bonito cisne y sentí paz. Mis ojos se trasladaron de su mirífico rostro hasta las cumbres firmes de sus pechos inflamados, escondidos bajo su blusa blanca de botones, los cuales parecían tener vida propia cada vez que ella exhalaba.
Esmeralda secó la navaja con una toalla grisácea manchada de espuma seca, y después volvió sus ojos a mi rostro, llevándose una ligera impresión al verme despierto.
—¡Señor!
No tardé en sujetar con fuerza su muñeca para retenerla, la que sostenía la navaja. Me incorporé ligeramente para quitar distancia a nuestros rostros y ella reaccionó asustada, palideciendo, soltando la navaja en la cama.
—No permitas que me duerman otra vez, pequeña, por favor —le susurré, apretando los dientes.
La poca fuerza de mis extremidades provocó que la soltara y que mi espalda y cabeza regresaran a la cama, que permanecía levemente incorporada.
Esmeralda, en estado de alerta, miró hacia la puerta, que estaba cerrada, y después retornó hasta mí.
—Hoy no tengo indicaciones de sedarlo, señor.
—¿Por qué?
—No sé —parpadeó mecánicamente, decidiendo entre hablar o callar—. Oí algo —dudó nerviosa, respirando hondo—, sobre alguien… que vendría.
—¿Thelma? —mi corazón se aceleró esperanzado.
—No lo sé —me negó la posibilidad de consolidar mi ilusión—… no sé más, señor, no me pregunte.
—¿Por qué me haces esto? —le reproché, con algunos pelillos de mi barba recortada picándome el cuello.
La respiración de Esmeralda se oía acelerada. Su pecho subía y bajaba. Las manos le temblaban en sintonía de sus bonitos labios.
—No es mi culpa, señor —su color de voz tiritando.
—¿Entonces de quién?
—No puedo hablar, señor.
Esmeralda se aprontó a recoger la navaja, guardándola en su bata, y me dolió que ella pensara que, en mi desesperación, yo podría ser capaz de atentar contra su vida.
—¿No puedes hablar pero sí puedes seguir siendo cómplice de los que me quieren matar?
Mi acusación la afectó demasiado. Esmeralda frunció el rostro con horror y sus ojos se humedecieron, compungidos, como si se avergonzara de su actitud.
—Yo no me prestaría para algo así —le tembló la boca al responder. Su respiración continuaba acelerada.
—Pero estás contribuyendo cada vez que me sedas sin mi autorización —la denuncié—, si me muero tú serás también una asesina, ¿lo sabes?
—¡No! —exclamó.
Esmeralda clavó los ojos en el suelo, evitando mi mirada recriminatoria. Buscó las palabras adecuadas para responderme pero fui testigo de cómo la culpa azotaba su conciencia.
—Señor, en los últimos días le juro que cuando me han ordenado sedarlo, yo sólo usaba la mitad de la fórmula.
—¿Y por qué debería de creerte?
—Porque yo no estoy en contra de usted —respondió sin levantar la vista—. Si pudiera ayudarlo lo haría, pero no sé cómo.
—Es simple, niña. Solo dame información, ¿ha venido mi esposa a verme? ¿Sabes algo de mi hermano Daniel? ¿Ellos saben que ya desperté? ¿Por qué me quieren mantener dormido?
—Yo… señor… —ella ascendió la vista cuando la culpa la dominó por completo y percibí una frustración dolorosa—. Necesito mi trabajo. Mi madre tiene cáncer. Con la paga que recibo aquí es la única forma que tengo para solventarla y además tengo miedo… mucho miedo.
—¿Te están amenazando?
Ella no fue capaz de contestarme, pero en su silencio y en el temor de sus expresiones pude obtener una respuesta afirmativa.
De pronto alguien abrió la puerta, y Esmeralda y yo nos volvimos a ella. Las dos figuras que distinguieron mis pupilas me repugnaron.
—Siga, por favor, magistrado —dijo Eloína con reverencia abriendo paso a mi suegro, que se adentró al cuarto con soberbia, orgulloso y una risita castrosa que martilló mis oídos—. Esmeralda, vente. Afuera.
Esmeralda me confirmó con su espanto que el que estaba detrás de todo este plan maquiavélico era Edmundo Durán, el padre de mi esposa. Por algún motivo esperó a que yo asintiera con la cabeza para dirigirse con la enfermera diabólica y salir de la habitación.
Edmundo, trajeado, zapatos impolutos, porte de ganador, ni siquiera esperó a que las mujeres cerraran la puerta, cuando ya se estaba burlando de mí:
—Así que el perro sarnoso volvió de entre los muertos. Y me resulta novedoso, porque dicen que la mierda no retoña.
Me acomodé en la cama y paladee. Mi boca estaba seca. El corazón me comenzó a percutir.
—Llegó el corruptazo con patas —carraspee, escupiendo en el suelo—. Perdone mi falta de educación, magistrado, pero no puedo decirle buenos días o buenas tardes, ya que no tengo sentido del tiempo. La bruja esa de Eloína, a la cuál usted contrató para joderme, no me permite ser consiente de los días que vivo. A todas horas me mantiene drogado, ¿por qué será? ¿Qué interés existe en mantenerme sedado? ¿Será que le doy miedo, suegrito?
El magistrado caminó despacio. Inspeccionó asqueado los rincones del habitáculo, arrugó la nariz y extrajo una cajetilla de cigarros que traía guardada en su saco gris.
—Han cambiado muchas cosas desde el día de tu accidente, mi buen amigo.
Volví acomodarme en la cama, para no darle la impresión de ser un vegetal, pero me sentí abrumadoramente anquilosado para actuar con normalidad.
—No me extrañaría que ese accidente lo provocaras tú, Edmundo —lo acusé.
—¿Me tuteas? —enarcó sus espesas cejas.
El viejo se puso un cigarrillo entre los labios. Lo lamio con su asquerosa lengua y luego guardó la cajetilla, sacando ahora un encendedor.
—Yo no le tengo respeto a mierdas como tú, Edmundo. Gente sin escrúpulos y cobardes que cuando se sienten inferiores a sus adversarios no se les ocurre otra cosa que mandarlos matar no sirven para nada. No merecen nada.
La flama anaranjada del encendedor quemó la punta del cigarrillo y Edmundo lo sopló.
—¿Es lo que piensas, Pepito?, ¿crees que un hombre con mi honorabilidad iba a gastar su tiempo en provocarte un accidente?
Empujé una sonrisa que rasgó mis comisuras.
—¿Por qué debería de dudar que no estuviste involucrado en mi accidente? Por mi condición social nunca te gusté para yerno, Edmundo. A pesar de demostrarte que era un hombre trabajador, responsable y con valores, tú siempre me despreciaste. No creas que no sabía que eras un gran aliado de Jaime, ese puto trajecitos de mierda igual de corrupto que tú. Podría apostar que entre los dos planearon esto.
El magistrado sacudió el cigarrillo entre los dedos y luego dio una calada. El ahumadero cubrió ligeramente su rostro al exhalar.
—¿Tienes pruebas de lo que dices, Pepito? Tu acusación es muy seria, y yo la podría tomar como una terrible difamación. Si yo quisiera te mandaría a la cárcel, ¿entiendes?, pero aunque no lo creas, yo no soy tan malo. Nunca me gustó condenar a lisiados como tú.
El cinismo del hijo de puta empezó a hincharme las pelotas. Él siguió fumando y yo resollando con indignación, ansioso por reventarle la geta a puñetazos.
—Vas de digno por el mundo cuando eres un puto corrupto de mierda que no se resigna a que su hija amara a un “donnadie” como yo, antes que a un trajecitos como tu ahijado, ¿verdad suegrito?
—Habría qué definir qué es «amor» para ti, José Luis Fernández, porque si de verdad piensas que Thelma se casó enamorada de ti, mucho me temo que te estás equivocando.
—¿Ahora dudas que tu hija me amara? —solté una risotada cargada de amargura.
—Digamos que le gustaba la forma en que la cogías —respondió explícito—. Pero amor y sexo no es lo mismo. Vergas hay donde sea. Hombres que valgan la pena muy pocos. Y tú no eres esa clase de hombre que ella necesitaba. Seamos francos, Pepe, porque en el fondo sé que eres inteligente, tú sabes bien que mi hija nunca fue feliz a tu lado. Quiso adaptarse, pero fracasó en el intento. Tú no formabas parte de su mundo. En ese matrimonio sólo eras un pequeño satélite artificial que se empeñaba en girar a su alrededor, sin pena ni gloria.
La garganta se me estaba hinchando. Sentía que la bilis me recorría el cuerpo como si fuese ácido.
—Mira, Pepe, no nos hagamos pendejos, porque los dos sabemos que Thelma se casó contigo sólo para desafiarme. Para joderme. Ella siempre fue una mujer caprichosa que jamás se contentó al sentirse gobernada. Creo que lo sabes. Quiso darme una lección pero le salió caro. Le dije que tú eras un error y ella, mi preciosa muchacha tan rebelde como su padre, quiso llevarme la contraria. Y le salió mal.
—¡Lo que le salió del vientre fue un hijo producto de nuestra relación!
—Entre tanta mierda siempre hay fascinantes satisfacciones. Mi querido nieto es esa satisfacción de la que yo no puedo renegar. Afortunadamente tiene más genes nuestros que tuyos, Pepe. Marcelo crecerá fuerte. Yo me encargaré de que no madure siendo un pusilánime como tú.
—¡A mi hijo no vas a llenarle el cerebro de tu mierda, perro! —exclamé, sintiendo la sobreacumulación de sangre en las venas de mis sienes.
Mi suegro dio una nueva calada al cigarrillo, inalterable, y al exhalar empujó el humo hacia el techo con un soplido.
—No veo como pretendas impedirlo, Pepito, allí postrado como vegetal.
—¡No voy a quedarme así para siempre! —lo amenacé empuñando mis manos en las sábanas de mi cama—. Cuando menos acuerdes vas a estar en el suelo con mi rodilla en tu garganta.
—¿Ves? —se carcajeó—. Ya salió a relucir la paria que eres en realidad, Pepe. Un hombre violento, abyecto, inmaduro y… ahora hasta con problemas neuronales. ¿Crees que alguno de mis amigos jueces podría consentir que mi nieto esté bajo la tutela de un hombre como tú que ahora padece de sus facultades mentales?
—Ni aunque me amenaces con quitarme a mi hijo, si eso es lo que estás considerando, yo no me voy a rendir, Edmundo. Tú podrás tener poder, pero yo tengo maña, y con maña han caído imperios enteros. Además Thelma no lo permitiría.
—Ese es un buen tema de conversación, mi querido yerno —se empezó a reír, y solo oírlo me produjo retorcijones en la panza—, ¿te has preguntado dónde está tu mujer ahora? No, no, no: la verdadera pregunta es, ¿todavía piensas que Thelma sigue siendo tu mujer? Porque supongo que ya te dijeron que desde que despertaste, mi dulce hija no ha sentido el menor interés para venir a verte. Ella ahora es una mujer muy ocupada, ¿entiendes, Pepe?, sus prioridades, desde tu accidente, cambiaron para bien.
Tuve que poner a prueba mi temperamento y mi capacidad cognitiva para no desarmarme ante mi suegro. Me exigí permanecer entero, sereno y vigoroso mentalmente. Edmundo, al saber que su plan de matarme no le había resultado, se estaba viendo amenazado por mí, (y no entendía por qué), así que ahora su objetivo era hacerme pasar por loco ante un juez y así quitarme la patria potestad de mi hijo, cosa que desde luego no sabía si era legal o no. Lo que sí sabía era que mi esposa no se prestaría a estos planes maquiavélicos de su padre. Yo no podía dejarme enredar en los juegos de Edmundo.
—Entiendo que creyeras que tu hija iba a quedar viuda a raíz de mi accidente —forcé una sonrisa desquebrajada—, pero el diablo no siempre le cumple caprichos a los mamones. Estoy vivo, señor magistrado, y por mucho que te pique el culo, tendrás que seguir soportando la pena de tenerme como yerno.
Mi suegro sonrió sin emitir sonido, echó una nueva calada al aire y con ínfulas de leguleyo me externó:
—En el artículo 267 del Código Civil Federal de los Estados Unidos Mexicanos, establece textualmente en sus fracciones VI y VII, que una de las causales para el divorcio de facto es padecer sífilis, tuberculosis, o cualquiera otra enfermedad crónica o incurable que sea, además, contagiosa o hereditaria, así como la impotencia incurable que sobrevenga después de celebrado el matrimonio; también dice que es causal de divorcio padecer enajenación mental incurable, previa declaración de interdicción que se haga respecto del cónyuge demente.
—¡Bla! ¡Bla! ¡Bla! —rabié, temblándome el cuerpo entero—. ¡Deja de decir mamadas, Edmundo! ¿Ahora resulta que Thelma se divorció de mí mientras estaba en coma?
Mi suegro rompió en carcajadas. Se paseó por la habitación meneando la cabeza y aplastó el cigarrillo sobre el piso con la misma gracia con que lo habría hecho si en lugar del cigarrillo fuese yo.
—¿No lo encuentras descabellado, Pepe? Tú despertando después de años oscuros, y llevarte la sorpresa de que ¡plin!, ya no tienes esposa como por arte de magia.
El hijo de puta estaba jugando con mi mente. Me negué a creer que Thelma hubiera podido hacerme una perrada como esta. Yo, desde luego, nunca me consideré un conocedor de las leyes a pesar de haberme casado con una abogada, pero por sentido común me parecía ilógico que alguien pudiera divorciarse de otro cuando uno de los dos se encontraba inconsciente. ¿O sí era posible? Con eso de que en la corte inventan cada pendejada, ya no se sabe.
Sin parecer estúpido procuré desacreditar su argumentación, diciéndole:
—Por lo poco que entendí, suegrito, en mi caso no existe ninguna causal para que se hubiera podido proceder como tú sugieres. Yo no estoy loco, y tampoco padezco ninguna enfermedad incurable. Ningún juez se prestaría a una bajeza como esta.
—La casuística de los jueces no puede ser juzgada, mi buen amigo, y mucho menos criticada. Las leyes son interpretables, desde luego, y las decisiones de los jueces no siempre son infalibles. ¿Pero qué te puedo decir? La vida es un juego, y hay que saber ganar o, como tú, hay que saber perder.
La corrupción de este puto país es tan arraigada, que durante un segundo consideré la posibilidad de que Thelma me hubiera podido abandonar en esa casa, llevándose a Marcel consigo, con ayuda de las influencias de su padre.
No encontraba otra respuesta lógica que justificara el hecho de que en todas las veces que logré despertar de los sedantes que me suministraban, ella nunca estuviera allí, a mi lado. Y tampoco mi hijo.
Casi me sentí frío cuando volví mi rostro hasta el de Edmundo y volví a increparlo:
—No vas a conseguir amedrentarme, Edmundo Durán. ¡Estás hasta la chingada si piensas que vas a confundirme! Quieres desquiciarme de verdad y no vas a descansar hasta lograrlo. Pero ya te digo yo, que hasta que no hable con Thelma frente a frente, no voy a creer nada de lo que me vengas a vomitar.
—¿Pero es que mi hija ha venido a verte durante estas dos semanas que llevas despierto?
—¿Dos… semanas? —se me inflamó el pecho.
Él me respondió con una sonrisa sardónica.
—Cualquiera con dos dedos de frente se convencería de lo que te estoy diciendo, Pepe. Thelma ya no forma más parte de tu vida.
Mi espalda tronó cuando pretendí incorporarme.
—Si de verdad tu hija me hubiera abandonado, ¿cuál sería tu interés, entonces, de venir hasta aquí para decirme todas estas mierdas?
—Solo por el placer de burlarme de ti, recordándote que yo siempre gano.
—¿Ah, sí? ¿Y qué has ganado, viejo de mierda?, porque hasta donde entiendo, todavía sigo vivo, y aun si me mantienen sedado todo el tiempo, sé que voy a recuperarme más tarde que temprano.
—Si eso dices tú…
El viejo de mierda abrió la puerta y mandó llamar a Eloína y Esmeralda.
—Eso digo yo porque es así —mascullé—. Te advierto que no te creo nada de lo que me dices, porque aunque no lo creas, a pesar de todo, la lógica nunca falla. Dices que Thelma se ha divorciado de mí, sin embargo hay ciertos detallitos que no has tomado en cuenta y que desarman tus mentiras.
—¿Cómo cuales, querido amigo? A ver, dime.
—Alguien sigue pagando mis medicamentos, los honorarios de estas enfermeras, mi estancia aquí, todos mis servicios: y eso sin pasar por algo el hecho de que sigo viviendo en la que ha sido mi casa desde que me casé con tu hija.
—Es evidente que no tienes idea sobre lo que son las indemnizaciones, ¿verdad José Luis? —se rio.
—¡Puto mentiroso de mierda! —fui perdiendo poco a poco la paciencia.
—Insúltame todo lo que quieras, José Luis, pero la realidad de las cosas es que Thelma no está aquí, a tu lado. No ha estado nunca, no está ahora y, que te quede claro, nunca lo estará.
—¡Vete a la verga, pinche magistrado corrupto de mierda! ¡Fuera de mi casa, cabrón!
Las carcajadas de Edmundo se oyeron hasta el pasillo de mi habitación. Lo que más me aterrorizó no fue lo que me dijo respecto a mi presunto matrimonio destruido, sino a que oí con claridad que le ordenaba a Eloína que me sedara otra vez.
Miré a mi alrededor y busqué algo para golpearla en la cabeza si pretendía inyectarme esas drogas de siempre. No me importaba que me acusaran de violencia de género ni mucho menos ser cancelado por sus mamadas. No se trataba de que la gorda inmunda fuera mujer, sino que ella era una persona desquiciada que me estaba matando lentamente.
Si yo no conseguía permanecer en mis cuatro sentidos, jamás me iba a recuperar. Mis fuerzas físicas seguirían menguando y llegaría el momento en que todas mis neuronas me dejarían de responder. De una u otra manera me exigí luchar para evitar ser sedado una vez más.
Entonces, algunos diez minutos más tarde, vi a Esmeralda entrar al cuarto con un kit de sedantes y jeringas. Con un pie cerró la puerta y luego me observó, angustiada.
—No puedes sedarme, muchacha, por favor —le supliqué con verdadera mortificación, esperando que mi tono exiguo de voz y mi rostro desesperanzado la conmovieran y tuviera compasión de mí.
—No pensaba hacerlo —me respondió para mi sorpresa, y sentí que el corazón se hinchaba de gozo—, pero tiene que prometerme que cuando entre la enfermera Eloína fingirá estar dormido.
—Ni qué lo digas, Esmeralda... te lo prometo.
La jovencita de trenzas rubias, mejillas rosadas y pechos contundentes, se acercó a la mesita de noche que tenía a mi lado. Con el pulgar rompió la superficie del vial. Destapó la jeringa, metió la aguja en el vial y tiró del embolo de manera que la sustancia fluyó hacia el interior de la jeringa. Finalmente se dirigió al baño anexo al cuarto y vertió el contenido en el inodoro.
Cuando volvió me enseñó la jeringa vacía y yo asentí con la cabeza, agradecido. Me ofreció un poco de agua aunque yo no tenía sed. Me advirtió sobre la importancia de empezar a beber líquidos. Vi la sonda que tenía adherida a mi cuerpo y luego estacioné mis ojos en su mirada.
—No tengas miedo, Esmeralda.
—Dígame Esme, si gusta —me dedicó una sonrisa.
—Esme —suspiré.
La chica se dirigió a la puerta para verificar que no había moros en la costa y luego volvió.
—¿Qué sabes tú de que mi esposa se divorció de mí? —le pregunté sin anestesia.
La chica volvió adoptar la misma postura intransigente y temerosa de antes y me respondió:
—Señor, yo no sé nada… le juro que no sé nada.
—¡Claro que lo sabes, Esme, sólo respóndeme con la verdad!
—¡Yo… señor, por favor, no me haga preguntas que no le puedo responder!
—¡¿Por qué no puedes?! Si actuamos con cautela, Edmundo no se tiene por qué enterar.
—¡Mi madre está en un tratamiento de quimioterapias, señor, y gracias a que estoy asegurada en el Seguro Social es que ella puede continuar con ellas!
—¡Esme…!
—¡Si me corren de este trabajo, señor… mi madre se morirá! ¡Ella solo me tiene a mí! Yo no podría pagarle el tratamiento en un hospital particular. ¡Por favor, señor, por favor, tenga compasión de mí!
—¿Y de mí quién tiene compasión, Esmeralda? ¿Tú?
Y ella empezó a llorar:
—¡Sé que estoy siendo egoísta, señor, pero le juro que si mi madre se me muere… yo moriré de la pena al saber que fue mi culpa! Además… tengo mucho miedo, porque también pondría en riesgo mi propia vida.
La desesperación me estaba consumiendo, igual que a ella. No tenía derecho de exigirle nada, es verdad, pero yo no podía con las dudas. Las sospechas. La necesidad de ver a Thelma y a mi hijo.
—Entiendo tus mortificaciones, Esmeralda, pero quiero que también comprendas las mías. Ese hombre que vino es mi suegro, siempre me ha aborrecido, y tengo la sospecha de que sólo ha venido a perturbarme. Ya no sé en qué creer y en qué no. Ya no sé si estoy vivo o estoy muerto. Ya no sé si estoy casado o divorciado. ¡Ya no sé si en realidad existo!
—¡Por favor, señor… si tiene un poco de paciencia, yo lo puedo ayudar, pero tengo que hacerlo sin que Eloína sospeche… de verdad tengo terror de que me corran!
—Independientemente de lo que pase quiero que confíes a mí, muchacha. Yo voy a protegerte. Entiendo si ahora no quieres hablar de más para no comprometerte, pero por lo menos necesito que me hagas un favor.
—¡Dígame usted cual!
—Primero, no me hables de usted.
—No puedo.
—¿Por qué no? Si algo tan sencillo no puedes hacer, ¿cómo quieres que confíe en ti?
—No es porque no quiera tutearlo, señor, sino porque si lo hago Eloína podría sospechar de que yo lo estoy… ayudando.
—No te preocupes por eso, por favor, pequeña.
Vi que Esmeralda se ruborizaba cada vez que le decía pequeña, y su rubor me hizo sentir un poco incómodo a mí también. Permanecimos en silencio un momento y me dijo:
—Quiero ayudarlo, pero… el miedo me domina.
—Creí que podía confiar en ti —me lamenté, mirándola con decepción—. Veo que me equivoqué.
—¡No me diga eso, por favor…! Yo le tengo aprecio.
—¿Y por eso me ocultas cosas?
—Ya le he dado mis razones.
—No te creo, Esmeralda.
—¡Le juro por mi vida que mi madre tiene cáncer y que el tratamiento…!
—Digo que no te creo el hecho de que digas que me tienes aprecio y a su vez no me quieras responder a ninguna de mis preguntas.
La chica dejó de llorar. Se limpió la humedad de sus mejillas y se sentó sobre la cama. Su cercanía me escalofrió. Recibí su aliento fresco y mi corazón latió desbocado. La joven rubia parecía verdaderamente interesada en que yo creyera en su lealtad.
—Desde la primera vez que lo vi aquí postrado, señor Fernández, sabiendo que estaba en coma, con toda una vida por delante, vida que probablemente ya no podría disfrutar, le juro que tuve mucha compasión por usted. Y esta compasión se intensificó cuando me enteré que tenía un hijo al cual no vería crecer.
Asentí, con un nudo en la garganta, y le dije:
—De todos modos, Esme, lástima no es lo mismo que el aprecio. Tú no me tienes aprecio.
—Señor… es cierto que al principio sentí… compasión, no lástima, pero aunque le suene extraño, usted comenzó hacer parte de mi vida.
Sus ojos verdes brillaban cuando me lo decía.
—¿Cómo puede ser parte de tu vida un pedazo de carne en estado vegetativo, como yo? —volví a dudar.
—Desde que me mudé con mi madre a Guadalajara para seguir estudiando, y luego con el tema de su cáncer, yo prácticamente perdí toda mi vida social. Me quedé sin familia y sin amigos porque dediqué todo mi tiempo a estudiar y luego a trabajar. Después de mi madre no me quedaba nada, salvo los pedazos que me restaron después de una relación que me partió en mil fragmentos.
Su voz me recordó a mi propio sufrimiento.
Dejé que continuara:
—Mi rutina entonces se redujo a atender a mi madre y a atenderlo a usted, señor Fernández.
—Pepe —le recordé—, sólo dime Pepe, por favor, y tutéame.
—Bien, Pepe… está bien, te tutearé —me volvió a sonreír—. Y para continuar con mi relato, tienes que saber que es justo aquí, cuando tú y yo nos quedábamos a solas, donde yo me pude desahogar contigo.
Fruncí el ceño, con extrañamiento, y le pregunté:
—¿Y cómo podías tú desahogarte aquí…, conmigo? Si no había nadie que te oyera o que te acompañara en tus sufrimientos, salvo yo, que estaba como muerto.
—Claro que estaba alguien aquí. Siempre estuvo alguien aquí, y esa persona eres tú, Pepe.
—¿Yo? Pero…
—Durante los últimos tres años todas las mañanas te platiqué de mis problemas. Mis amores, mis frustraciones, mis alegrías y mis tristezas. Todo es muy loco porque yo te contaba todas mis penas y me gustaba creer que me escuchabas —de pronto se ruborizó—. A veces, hasta tenía la impresión de que tú te reías de mis tonterías.
No sé cómo ni porqué, pero me salió una sonrisa sincera.
—Justo como la que tienes ahora —apuntó, y ahora fui yo el que sintió las mejillas calientes—. Lo que quiero decirte, Pepe, es que confíes en mí. Soy una miedosa sin remedio, pero en el fondo creo en el sentido de justicia. Lo que te están haciendo no tiene perdón de Dios y…
—¿Lo que me están haciendo? —repetí sus mismas palabras—. ¿Thelma es parte de este perverso plan?
—Le juro que eso sí que yo no lo sé…
—Esmeralda, ahora mismo estoy sintiendo que la ansiedad oprime mi pecho, hasta dolerme, por todo lo que me está pasando. Necesito respuestas y no las tengo. Es una sensación de hastío y de claustrofobia que me comprime todos los músculos.
—¿Confía en mí, señor? —me preguntó una vez más.
—¿Debería de confiar?
—Sí, eso no lo dude nunca.
—Entonces préstame tu celular.
—Eloína me lo requisa cada vez que entro a la casa —me reveló apenada.
—¿Tanto así te controla? —sacudí la cabeza.
—Sí, tanto así.
—Entonces comunícate con Thelma, por favor, o con mi hermano Daniel, desde tu casa. Algo muy dentro de mí me dice que ellos no saben que yo he despertado.
—Será cuestión de conseguir sus números de teléfono, ya que todo me lo tienen restringido.
—¿Lo harás?
—Me las arreglaré para que así sea, Pepe —me prometió—. Ahora tengo que irme, así que finge que estás dormido, por favor.
—Sí, sí —le digo—, pero antes de que te vayas dime una última.
—Por supuesto —me respondió nerviosa.
—Si tienes miedo de hablar de más, sólo respóndeme con un «sí» o con un «no».
—De acuerdo.
—¿Thelma vive en esta casa?
Esmeralda tragó saliva. Vaciló por varios segundos. Finalmente me dedicó una mirada abatida y me respondió con firmeza:
—No.
Exhalé, agobiado.
—Gracias —respondí sintiendo que mi pecho explotaba en mil pedazos.
Y luego ella se marchó.
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