Orgasmos Turbios [6]
Cinco años de oscuridad y, al abrir los ojos, la pesadilla comienza: estás paralizado, tu familia ha desaparecido y las personas que te cuidan ocultan una verdad aterradora. ¿Quién es realmente quien tiene el control de tu vida ahora?
Abrir los ojos no es liberarte.
Abrir los ojos a la vida es volverte a encerrar en un mundo donde la existencia es dura, repleta de crueldad y gente cabrona; donde siempre sufres. Donde todo el puto mundo es una mierda que lo único que quiere es estar con sus pies sobre tu cabeza.
Abrir los ojos al mundo, de nuevo, es peor que entregarte a la muerte. Peor que enfrentarte al tiempo y a la traición.
Porque vivir es seguir luchando por reencontrarte contigo mismo… y aceptarte o destruirte.
Cuando abrí los ojos me encontré desorientado, y no pude ver nada salvo un rayo de luz muy intenso que me encandiló. La sensibilidad de mis ojos era de cuidado. Apenas era consciente de que esa luz violenta sólo era en realidad un destello del sol. Aun así fui presa de mareos terribles y un punzante dolor en la cabeza que me provocaron ganas de vomitar.
El primer nombre que me vino a la mente cuando cobré el sentido fue el de Marcel, mi hijo, luego el de Thelma y después el de Daniel. En ese orden.
Traté de moverme, pero todo fue en vano. Era como si estuviera metido en una losa de cemento que me oprimía el cuerpo entero. Me costaba respirar. Me costaba incorporarme. Tenía el pecho muy apretado. Me costaba incluso abocanar aire por la boca. Y el brillo de la luz me siguió encandilando por un buen rato, como si un montón de ajugas ardientes estuviesen clavándose en mis globos oculares.
—Mierda… —susurré con una voz que no pude reconocer. Me costaba hablar lo mismo que me costaba abrir los ojos por completo.
Traté de mover los dedos, primero reconociendo el sitio donde se supone que los tenía. Pero no tuve éxito. No podía reconocer mis sentidos, mis propias extremidades. No podía reconocerme a mí mismo.
Y miré al techo y contemplé una lámpara que no recordaba de nada. La bóveda tenía un color entre claro y oscuro, más bien beige. Y luego los aromas, esos putos aromas; alcohol, remedios, medicina…
—Mierda —empujé otro susurro agrio.
—¡Dios santo! —escuché una voz joven y femenina muy pero muy lejos de mí, como si proviniera de un pozo muy hondo con eco—. ¡Enfermera Eloína, enfermera Eloína, el señor Fernández está profiriendo sonidos, y abrió los ojos… como antes, sí, pero ahora hace ruidos, y sus dedos se mueven! ¡Venga pronto, enfermera Eloína!
Ruidos. Pisadas. Cosas que se mueven. Una desesperación terrible al no poder moverme. Una opresión en mi pecho al pretender respirar. Mis ojos sensibles. Mis labios resecos. Mi saliva amarga. Un dolor en mi antebrazo.
—¿Estás segura de que el señor Fernández se movió, Esmeralda, Esmeralda? —dijo una voz mucho más madura que la primera, que entraba a la habitación donde supuse estaba yo—. Notifica pronto al doctor Enríquez, y de paso informa de inmediato a los señores. Avísales que José Luis Fernández recobró el conocimiento.
«¿Avísales a los señores?» «¿A cuáles señores?» «¿Avísales que José Luis Fernández recobró el conocimiento?»
—¿Eso significa… que… el señor ya no está en estado de coma, Eloína? —preguntó la tal Esmeralda.
—¿No lo ves? —respondió la tal Eloína con brusquedad—. No hagas preguntas idiotas y avisa a los señores.
¿Había entendido bien?, ¿la chica joven había empleado la frase «estado de coma»? ¿Otra vez la tal Eloína había hecho mención a los «señores»? ¿Cuáles «señores»?
Me agité y sentí una punzada en el pecho. Luché por incorporarme pero no sentía la mitad de mi cuerpo, aunque progresivamente iba reconociendo cada músculo. Por lo menos pude mover la cabeza hacia la izquierda, donde me encontré con un gran ventanal que tenía las cortinas corridas. Por allí se filtraba una lluvia de luces externas que penetraron en mis pupilas con tormento.
«¡Mierda!» parpadee.
Quise abrir la boca para decir algo, pero todo me seguía dando vueltas y vueltas. Puse atención cuando escuché que la chica salía y… no sé cuánto tiempo después, regresó, diciendo:
—Eloína; el doctor Enríquez vendrá pronto, y a los señores no los he podido localizar.
—¿Ni a la señora? —preguntó la mujer madura.
—A ninguno —aseveró la chica.
¿A quiénes se referían cuando decían «los señores»? ¿Con lo de «señora» se refería a mi mujer? Porque sí… lo recordaba. Yo tenía una esposa. Yo tenía un hijo. Yo tenía un hermano. Esposa. Hijo. Hermano. Hijo. Esposa. Hermano. Hermano. Hijo. Esposa.
La languidez del cuerpo se apoderó de mí, una horrible punzada en la cabeza me petrificó y de nuevo perdí la noción del tiempo.
Podía percibir que alguien movía mi cuerpo. Sentí algunos pinchazos en partes que no reconocía. Luego esa boca seca. Esa garganta agria. Esos ojos pesados. Ese cuerpo convertido en plomo.
«¿Dónde estoy?» pregunté, sin darme cuenta que esa voz sólo se oía en mi cabeza. Me sentía incapaz de reproducirla en alto, aun si antes lo había podido hacer.
«¡Alguien me oye! ¿Dónde mierdas estoy?» Deduje que aquél no era un hospital, porque recordé que cuando abrí los ojos había visto un color gris en las paredes que no concordaban con esos lugares. Había visto un gran ventanal. Un sofá delante de él, con ropa doblada por montones. Vi un mueble con libros. Vi cuadros abstractos y toda clase de artilugios impropios de los hospitales.
Pero de todos modos no logré entender mi situación.
No sé si pasaron horas o sólo minutos, lo cierto es que cuando pude abrir los ojos nuevamente me encontré con esa misma habitación. Mi cabeza sí que podía moverla, aunque seguía lo bastante recostado como para percibir mi entorno un poco más. Lo poco que podía mirar me trajo vestigios de mi antiguo cuarto. La recámara matrimonial. Sólo que ahora algunos muebles estaban cambiados de lugar, como los burós y el tocador de Thelma, pero sin duda era mi cuarto, aunque le habían hecho algunas reformas. ¿Quién mierdas había puesto ese color oscuro en el muro frontal? ¿Por qué el techo y los muros laterales eran grises?
—Puto mal gusto —dije al tratar de incorporarme.
La saliva al tragarla era muy amarga y seca. Los ojos me ardían. Seguía mareado.
—¿Cómo se siente, señor Fernández? —preguntó una voz madura que identifiqué como la de la tal Eloína.
Esa voz era muy grave, como la de un hombre que trata de hablar como mujer, y me parecía demasiado cancina. Prefería la otra voz, la más dulce y cantarina, la de Esmeralda.
Hice acopio de voluntad para pasar esa saliva seca y amarga. Necesitaba aclarar mi voz. Entonces, cuando lo creí conveniente levanté un poco la cabeza y pregunté:
—¿Cómo es eso de que estuve en coma y estoy en mi cuarto? —La resequedad de mi voz produjo que el color se asemejara al de la tal Eloína—. Vaya putas bromitas se gastan.
La mujer estaba haciendo unas anotaciones en un papel mientras intercalaba la mirada en una bolsa de plástico que colgaba de la cama, y cuya manguerita se conectaba a mi brazo.
—¿Por qué no me puedo mover? —quise saber—. ¿Hay alguna forma de que esta cama me levante un poco? Me estoy ahogando.
A la primera pregunta la tal Eloína no me respondió. A la segunda tampoco pero al menos activó un mecanismo para que la parte superior de la cama se elevara y así pudiera mirar mejor todo mi entorno.
Mi vista se había vuelto más nítida. Vi a una mujer sesentona a mi lado, manipulando la bolsa de suero que se adhería a mi brazo derecho. Eloína era una mujer choncha, morena, y con una expresión en la cara de que no la habían cogido en años.
Por lo menos pude constatar que sí tenía mis piernas y mis pies en su lugar, aunque todavía no me podía explicar el motivo por el que no podía moverlos.
—¿Qué me ha pasado? —pregunté con la misma resequedad en mi voz—, ¿y dónde está mi mujer?
Eso. ¿Dónde estaba Thelma?
—Ha pasado tiempo desde que usted ha estado en cama, señor Fernández, muy enfermito, pero ya se está recuperando —respondió Eloína tomándome el pulso.
Su intento de sonar bondadosa tuvo el efecto contrario. Parecía la enfermera diabólica de una película de terror. Sus cejas enarcadas le ofrecían a su mirada una sensación de frivolidad.
Además yo siempre tuve el don de percibir las energías de las personas, y esa mujer desbordaba todo, menos algo positivo. Ella era toda negatividad. La tal Eloína no era sincera. ¿A dónde se había ido la chica de la voz dulce, la tal Esmeralda?
—Eso no responde lo que le pregunté —inquirí.
Apenas si pude sentir su tacto mientras manipulaba mi brazo. Todo el cuerpo me hormigueaba. Me sentía entumido por completo.
—Deje de moverse, señor Fernández, o se le saldrá la sonda otra vez —me reprendió elevándome la voz.
—¿Sonda? ¿Yo tengo puesta una sonda? ¿Estoy cagando y meando por una sonda?
El horror surgió en mi pecho y me llenó de vergüenza. Tuve esa clase de adrenalina y ansiedad que hace que el corazón lata más fuerte.
—Muy bien, señor Fernández, quédese quietecito —me pidió con un todo de voz que más bien pareció una amenaza.
—En primera; deje de llamarme «señor Fernández» como si estuviéramos en una puta telenovela —me quejé—, mejor dígame Pepe, a secas. Y en segundo, ¿por qué hace rato dijo que yo estuve en coma? ¿Qué hago en mi cuarto y dónde pitos está Thelma?
La mujer suspiró, frunció los labios como si se los hubiesen cogido con una pinza para la ropa y respondió:
—Respecto a sus preguntas médicas, señor Fernández, mucho me temo que será el médico quien lo ponga en antecedentes. Yo no estoy autorizada para ello. Y con respecto a sus preguntas personales… me temo que tampoco estoy autorizada para responderle nada.
¿A qué mierdas se debía todo ese puto hermetismo? ¿Es que de verdad estaba en una película de terror?
—¿Y dónde está el médico? —le pregunté.
—No tarda en llegar.
—Entonces, si de todos modos él me dará un diagnóstico, ¿qué le cuesta adelantarme los datos? Deje de jugar con mi paciencia y dígamelo usted, ¿por qué mierdas estoy aquí? ¿Dónde está mi esposa?
La mujer resopló. Desechó una aguja en un contenedor de RPBI y, haciendo alarde a su desdén, puso su pesado dorso de tamalera sobre mi frente y me contestó:
—Yo solo soy la enfermera, y no estoy facultada para decirle nada.
A buena hora se hacía la indócil.
—¿Tuve un accidente? —quise saber lo que me resultaba obvio—, ¿cómo es eso de que estuve en coma? ¿Cuántos días estuve sin conocimiento?
Pero como todas las mujeres, la enfermera Eloína se mostró intransigente y cumplió su amenaza de mantener el pico cerrado hasta que un doctor blanquísimo de apariencia vampírica apareció en mi cuarto y comenzó a realizarme unos estudios físicos.
—Bien, bien. ¿Cómo se siente, señor José Luis Fernández? —me preguntó el tipo que, a diferencia de la gorda, mantenía una sonrisa castrosa, como si fuese un maniquí que estaba destinado a mostrarse feliz.
—Como alguien que estuvo en coma no sé cuánto tiempo, y al que no le quieren revelar la razón de tal estado. Y por favor, doctor, sólo dígame Pepe.
¿Qué manía era esa de llamarme «señor Fernández» como si fuésemos parte de un protocolo de estado? Yo era un constructor, un albañil, no un político o un cabrón burgués.
Y así estuvimos un buen rato con esa clase de preguntas y respuestas de médico-paciente que me pusieron de malas.
—¿Me dirá ya qué mierdas me pasó, o también se va hacer pendejo como la tal Eloína?
—¡Por Dios, señor Fernández! —se escandalizó Eloína, que estaba al lado del médico, haciendo las anotaciones que éste le indicaba—, ¿qué es esa falta de respeto hacia el doctor y hacia mí?
El doctor vampiro me observó con cuidado, con sus dientes blancos resplandecientes. Echó una risita siniestra y le hizo saber a Eloína que no pasaba nada, por el contrario, se compadeció de mí y me respondió:
—Tuviste un accidente muy fuerte, Pepe. Automovilístico, ¿lo recuerdas? Es una suerte que te tengamos entre nosotros.
¿Un accidente automovilístico yo? Bah.
—Si me acordara no se lo estuviera preguntando —contesté perdiendo la paciencia.
El doctor vampiro supervisó el aparato que había sobre mi cama y respondió:
—Pues lo tuviste, Pepe, y fue muy aparatoso. Es un milagro que ahora estemos conversando.
Un médico hablando de milagros. Lo que me faltaba.
Traté de hacer exprimir mis sesos intentando recordar ese accidente del que el médico hablaba. Pero todo era oscuridad. Tenía esa extraña sensación de cuando sientes que te falta un pedazo de tu vida. De cuando tienes un déficit de recuerdos.
«¿Un accidente? ¿Yo había tenido un accidente automovilístico?» mierda. Mi coche, ¿pérdida total? ¡Doble mierda! Moví mi cuello de un lado a otro con el propósito de desentumirme, pero sólo escuché el suave crujir de mis ligamentos.
—¿Estoy parapléjico, doctor? —le pregunté un poco nervioso. Externar esas palabras me resultó más doloroso de lo que había pensado—. Hábleme al chile, por favor, doctor, ¿estoy parapléjico?, ¿o por qué todo mi cuerpo está frío y no puedo moverlo?
El doctor le pidió a Eloína que escribiera ciertas anotaciones en su libreta; luego, volviéndose hasta mí me comentó, esforzándose por ser optimista:
—Por fortuna las secuelas de tu accidente han ido mejorando con el tiempo. Podrás caminar, Pepe, sólo hay que tener paciencia. Ahora te sientes así porque estás atrofiado.
No puedo negar que la posibilidad de que hubiera quedado parapléjico había rondado en mi cabeza, horrorizándome. Por lo menos tuve una buena noticia. Imaginarme una vida sin movimiento era tanto como estar muerto en vida, tal y como había permanecido durante los últimos días desde el puto accidente. ¿O cuánto tiempo había pasado?
—Me deja más tranquilo, aunque sigo confundido. Me llama la atención que no me puedo mover. Me causa ansiedad sentirme inmóvil —le externé mi preocupación cuando quise maniobrar mis pies, sin éxito. Apenas si podía incorporar mi cabeza—. Es más, no siento mis piernas.
—Es normal —respondió el pálido médico—. Pese a las fisioterapias, es natural que tengas algunas contracturas por tanto tiempo sin moverte. Las articulaciones y los músculos se recuperarán de forma gradual. Afortunadamente la señorita Esmeralda y la señorita Eloína te cuidaron durante todo este tiempo para evitar que tu cuerpo se ulcerara.
—¿A qué se refiere con «tanto tiempo, doctor»? Lo ha dicho varias veces.
—Un tiempo más o menos prolongado, Pepe.
Todo el reconocimiento físico que me hacía con sus extraños aparatos apenas los notaba. En efecto, sentía ausencia del tacto en mi piel. Me paniquié.
—¿Muchos días, doctor?
—Cinco años, señor Fernández —respondió el cabrón con la tranquilidad de quien habla del estado del tiempo—, has estado en coma cinco años.
Sentí que los huevos se me salían por el culo de la impresión. Jadeé e intenté recuperar el aire que se me había ido. Si mi cuerpo hubiese estado sensible, seguramente se había estremecido de arriba abajo.
—¡No mame…! —Se me fue el aire.
—Cinco años, Pepe —repitió con seguridad, con un placer enorme en su gesto de informármelo que me aterrorizó. Y entonces le pidió nuevamente a Eloína que apuntara algo en la libreta.
Nadie puede imaginar lo que es despertar de repente de un profundo sueño, pensando que es un nuevo día rutinario, listo para ir a trabajar, esperando ver a tu familia, y que de pronto te des cuenta que has tenido un grave accidente y que no recuerdas los últimos acontecimientos que te han propiciado un coma por cinco años.
Nadie sabe lo difícil que es asumir tales noticias y, para colmo, no saber dónde está tu esposa, tu hijo, tu hermano, teniendo que lidiar con aquella fatídica noticia solo, una terrible noticia de que has vivido tanto tiempo ausente del mundo, aislado, muerto en vida. Sin saber nada. Sin saber, incluso, quién eres ahora.
De pronto tuve ganas de llorar. Tuve ganas de abrir la boca y gritar infinidad de obscenidades. ¡Necesitaba a mi hijo…! ¡Necesitaba a mi esposa! Necesitaba a mi hermano. Tenía una necesidad terrible de abrazarlos, de sentirlos, de sentir su calor.
En ese instante me sentía como ahogado. Como si estuviera abandonado en una isla desierta donde no había nada. Ni agua, ni palmeras ni esperanza. Sólo yo y un montón de bestias. Sólo yo y mi soledad.
—Esto… no puede ser —dije con apenas un grave susurro—. Quiero saber qué es exactamente qué me ha ocurrido, doctor.
Y él me explicó durante más de media hora todo sobre mi estado de salud, de las fracturas que tuve en mis huesos el día del accidente y sus consecuencias; de cómo un traumatismo craneoencefálico nulificó mi conciencia y me mantuvo en estado vegetativo por poco más de cinco años y los muchos esfuerzos que habían tenido que realizar para que, durante ese tiempo, me alimentaran de forma intravenosa, dándome fisioterapias y masajes para evitarme secuelas motoras y laceraciones que, en lo sucesivo, se convirtieran en gangrenas.
Y yo estaba horrorizado, en completo shock.
Me sentía dentro de una pesadilla. ¡NO ERA POSIBLE!
—Esto… es muy fuerte… doctor…
También me explicó sobre las terapias que tenía que llevar a cabo a partir de ya para lograr recuperarme de forma progresiva, aunque solía enfatizar reiteradamente frases como «ya no serás el mismo de antes», «será duro, pero lo conseguiremos», «podrían pasar meses o años para que estés totalmente recuperado y se restablezcan tus movimientos motores», «al principio tendrás problemas con tu memoria visual, auditiva o de lectura, pero todo irá mejorando con paciencia», «te sentirás desorientado y con gran fatiga, eso es normal», «tendrás que echarle ganas para que recuperes tu vida de antes.»
Le entendí poco o nada (con el tiempo fui comprendiendo mejor la situación de lo que me había dicho) así que me quedé callado y me pregunté, por enésima vez, cuándo, cómo y por qué me había accidentado para llegar a semejante estado.
—Cinco años, carajo. Esto está muy cabrón —dije a nadie en especial, cuando el médico, tras despedirse de mí, dejó indicaciones a la antipática enfermera Eloína y una chica rubia muy joven, debía de ser (Esmeralda) que, muy guapa y encantadora, ingresó a la habitación con una gran sonrisa.
—¿Dónde está Thelma? —volví a preguntar a las dos mujeres que quedaron conmigo cuando el doctor se marchó.
Eloína se acercó a mi cama con las cejas alzadas, en tanto la joven rubia de ojos claros me miraba con una encantadora sonrisa, expectante, fascinada de escucharme hablar por primera vez desde que me conociera.
—Ya oyó, señor Fernández —dijo Eloína—, vamos a programar sus rehabilitaciones para que consiga restablecerse del todo. Mañana le quitaré la sonda y luego le realizarán unos estudios en el hospital…
—¿Dónde están mi mujer y mi hijo Marcel? —volví a insistir mientras la enfermera Eloína seguía parloteando.
De pronto Esmeralda dejó de sonreír y me miró como si me compadeciera. Se acercó a mis pies y colocó sus blancas manos sobre ellos. No las sentí, y me habría encantado haberlas percibido. Sus manos parecían demasiado tersas como para masajear unos pies como los míos.
—Además —dijo Eloína ignorando mis preguntas—, es imperativo que no intente moverse, señor Fernández. No haga ningún esfuerzo, hasta que mañana los paramédicos le…
—¡CON UNA PUTA MIERDA, ENFERMERA HIJA DE LA CHINGADA! ¿DÓNDE CABRONES ESTÁN MI ESPOSA Y MI HIJO?
La enfermera peló los ojos y me miró disgustada. Esmeralda se asustó ante mi grito y retrocedió, soltando mis pies. Sentí lástima por ella, pero tenía que ser así. No podía permanecer más tiempo con esta angustia de no saber dónde estaba mi familia.
—Mire, señor Fernández —Eloína se puso las manos en lo que alguna vez había sido su cintura—, yo estoy bajo sus cuidados, pero ni por un momento piense que voy a consentir que me falte al respeto o me trate como un trapo, ¿entendió?
—¡Sólo quiero saber dónde están mi esposa y mi hijo! ¿Es tan complicado responderlo?
Pero Eloína decidió ignorarme, en su lugar, me dijo:
—Por cierto, señor Fernández, ella es la señorita Esmeralda Azuza, tiene 23 años y está recién titulada como enfermera. Ella presta sus servicios a usted desde hace tres años, cuando aún estudiaba la facultad.
Esmeralda, que se llamaba así como el color de sus ojos, forzó una tímida sonrisa, todavía asustada por mi grito. Se acercó nuevamente a mis pies y me dijo con su dulce voz:
—Un placer saludarle, señor Fernández, y un gusto enorme saber que ha despertado.
Mi forma de corresponder a su saludo no fue exactamente como se esperaría:
—¿Dónde está Marcel, Esmeralda? —le pregunté directamente a la rubita, que me pareció más amable y receptiva que la otra, de manera que ignoré por completo a Eloína—. Y usted, enfermera Eloína, no la interrumpa. Es más, salga de mi cuarto.
—Mire, señor Fernández —refutó la enfermera Eloína—, ni la señorita Esmeralda ni yo estamos facultadas para darle información de la familia. La señora Thelma Durán…
—¡Resulta, vieja cabrona —le gritoneé nuevamente, prendido en cólera—, que yo soy el señor de esta casa, y ésta es mi familia; así que ignoro si no se ha enterado, pero Thelma Durán es mi esposa y Marcelo Fernández es mi hijo, por lo que esas «no facultades» que dice tener respecto a dar información de la familia, no me incluyen a mí, ¿entendió’?, ¿o se lo explico con pitos?
La enfermera Eloína hizo un enorme esfuerzo por contener la rabia de la grita que le acababa de poner. Esmeralda suspiró hondo y me escondió su encantadora mirada.
—Pues mire, señor Fernández —dijo Eloína acercándose a mi cama—, conténtese con saber que ni la señora Thelma ni el pequeño Marcel están aquí.
—¿En serio? —ironicé, echándole un gesto de odio—. ¡Gracias por su suspicacia, enfermera! Pero ya lo había notado, que ninguno de los dos están aquí, ¿tiene usted alguna otra utilidad además de estarme hinchando las pelotas?
Eloína hizo acopio de paciencia y respondió:
—Es una pena que no pueda darle ninguna otra información.
Su actitud me terminó por cansar:
—¡Es una pena, que ahora mismo usted quede despedida! —le dije.
La rubita abrió los ojos como plato. Eloína, sin embargo, hizo un ademán de burlarse de mí.
—¿Me está usted corriendo, señor Fernández?
—Y se está tardando en largarse de mi casa —intenté tronarle los dedos, sin éxito.
—¿Su casa? —De nuevo esa risita castrosa que por poco me hizo explotar por dentro—. Es una pena, señor Fernández, que no sea usted quien paga mis honorarios.
Mis gestos y berrinches me hicieron pensar que la tal Eloína preferiría tenerme en coma antes que restablecido. Seguro durante el tiempo que estuve inconsciente le parecí menos fastidioso y más amable que ahora.
Sería inútil correr a la tal Eloína si no tenía a mi esposa validando mi autoridad. Después de todo era un pedazo de mierda vegetal que acababa de despertar de un largo coma, lo que me llevó a preguntarme la razón por la que estaba en mi cuarto y no en un hospital: al menos en las películas era diferente.
Encima, Thelma no estaba… Pobrecita. De imaginar el sufrimiento que habría tenido que padecer por mi causa me descomponía. Por mi culpa habría modificado su vida. ¿Cuánto tiempo le habría llevado superar el duelo de saber que probablemente yo nunca iba a despertar?
«Ay, mi Thelma, yo y mis pendejadas. Perdóname.»
Pero… ¿y Marcel?
Se los pregunté a Eloína y a Esmeralda por enésima vez, y estoy seguro que la chica rubia me habría respondido a mi cuestionamiento de no ser porque la rechoncha enfermera entrometida le lanzó una mirada de advertencia.
—No sabríamos decirle dónde está el niño, señor Fernández —respondió la enfermera Eloína con acritud.
—¿Cómo…? —No le creí—. ¿Trabajan para mi esposa y no sabe dónde putas dejó a mi hijo?
Eloína se acercó al buró donde comenzó a preparar una extraña fórmula en una ampolla de vidrio.
—Trabajar para la señora Thelma no implica que ella deba de ponerme al corriente de la forma en que cría al niño Marcelo ni en dónde lo deja —respondió la enfermera con agresividad.
Pero Esmeralda no se pudo contener, y me dijo:
—Yo he sabido que en algunas ocasiones lo deja bajo el cuidado del señor Daniel Fernández.
—¿Mi hermano? —me sorprendí, sintiéndome un poco aliviado. Eloína lanzó una mirada envenenada a la muchacha y ésta se encogió—. Claro, claro, Daniel… mi hermano Daniel.
Eso sólo podía significar que mi accidente al menos había servido para que las personas más importantes de mi vida se reconciliaran.
—¿Estás segura, muchacha? —le pregunté con insistencia a la preciosa chiquilla, moderando el color de mi voz. Quise ser amable con ella. Me gustaba tener al menos a alguien en esa habitación que fuera mucho más empática y se compadeciera de mí—. ¿Marcel está… bien?
—Está en perfectas condiciones, señor Ferná… Pepe —se corrigió Esmeralda con una encantadora sonrisa cuando recordó mi negativa para que fuera llamado como si fuera un trajecitos—. Le aseguro que el niño ha crecido grande y fuerte.
—¿Grande… y fuerte…? —se me quebró la voz.
Tuve ganas de llorar. ¿Cinco años perdidos de mi vida? ¿Cinco años sin estar con mi hijo, en su crianza… sin verlo crecer? Eso era lo que más me podía. Mi ausencia como padre y las experiencias no vividas con él. ¿Cuántos años tenía ya? ¿Nueve?
Vi que la enfermera Eloína se acercaba de nuevo hacia mí, suministrando algo en el suero, cuya manguera se adhería a una bolsa desde mis venas.
—¿Qué hace? —le pregunté alarmado.
Esa mujer no me gustaba nada. En cambio, Esmeralda me proveía paz y tranquilidad. Aparte tenía una mirada muy dulce y era bastante bonita.
—El doctor dejó indicaciones para suministrarle un tranquilizante, señor Fernández —contestó Eloína.
—¡Estoy tranquilo!
—Tiene que dormir.
—¡En Cinco años he dormido lo que debía de dormir en toda mi puta vida! —me quejé.
—Lo siento, señor, pero tengo que sedarlo —insistió la hija de puta.
—¡Le ordeno que no me sede nunca más, ¿entendió bruja asquerosa?!
Pero la hija de la chingada no me hizo caso. Se regodeó de mi angustia y se aprovechó de su posición dominante para suministrar el medicamento a mi suero, pese a mi negativa, el cual comenzó hacerme efecto en ipso facto.
Mi conciencia, entonces, comenzó a debilitarse. Mis ojos se fueron cerrando. Pero cuando todo se puso negro en mi entendimiento, todavía fui capaz de escuchar algo que me dejó verdaderamente horrorizado:
—Esmeralda, rápido, avísale a don Edmundo Durán que ya lo he sedado, que puede venir.
¿Don Edmundo? ¿El magistrado? ¿Mi suegro? ¿Qué mierdas tenía que ver el padre de Thelma en todo esto?
Lo último que vi antes de quedarme dormido otra vez fue el color esmeralda de los ojos de la encantadora rubita.
CONTINÚA
Llegamos a la mitad del libro 1 de Orgasmos Turbios
DISPONIBLE NOVELA COMPLETA
Continúa en
- Relato #204413— title-regex: contiguous parts (5 -> 6)
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Isidora y el alquiler
El alquiler vence y la policía está a un mes de distancia. El casero no quiere dinero, quiere a ella.
Comparte:Infidelidad consentidaChantajePoder y control
- Hetero: Infidelidad
Seducida por los primos de mi novio 2
El CD llegó sin mensaje, pero el contenido hablaba por sí solo. Ahora, con la boda a la vuelta de la esquina, Tom ha vuelto a su puerta.
Comparte:Infidelidad consentidaChantajeDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
Infiel a mi marido y lo gocé
Jorge duerme ebrio en el sillón, sin saber que la puerta de su dormitorio se está abriendo. Jhon no pide permiso, ofrece dinero y exige placer.
Comparte:Infidelidad consentidaChantajeDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
Convirtiéndome en una zorra a espaldas de mi novio
El audio llegó a las dos de la madrugada, rompiendo la calma de su cama compartida. Lo que empezó como una broma de amigos se transformó en una…
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaChantaje
- Hetero: Infidelidad
El jefe de su marido ( quinta parte)
Silvia sabe que está traicionando a su marido, pero la mano del jefe de su esposo es más fuerte que su conciencia.
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaChantaje
- Hetero: Infidelidad
El viudo III: Imponiendo un nuevo orden
Gregorio creía que la camioneta era su trono, pero Juan Alberto ya había preparado el golpe de estado.
Comparte:Infidelidad consentidaChantajeDominacion masculina