Xtories

Orgasmos Turbios [5]

Las llamadas con gemidos a las tres de la mañana no son un error técnico. Son la confirmación de que su mundo se está desmoronando. Con el alcohol como único combustible, Pepe toma el volante para buscar la verdad, pero la carretera nocturna tiene otros planes para los que ya no pueden controlar su destino.

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Capítulo 5

«¿Me has traicionado, Daniel?» me pregunté en silencio, levantándome abruptamente del sofá, agobiado. Mis ojos se encharcaron. Mi boca se amargó. Y mi hijo, que veía el televisor, saltó del susto, y yo sólo intuí que me estaba volviendo loco.

—¡NO! —fue lo único que pude emitir cuando me vencí, dejándome caer otra vez en el sofá grisáceo que estaba delante del televisor donde mi pequeño Marcel miraba las caricaturas—. ¡NO!

—¿No qué, papá? —me preguntó el pequeño Marcel volviéndose hasta mí, con su voz infantil.

Caí en desgracia cuando sus ojos verdes me remitieron a los de su madre. Era tan parecido a ella. Había heredado sus facciones aunque, según ella, tenía mis gestos. Al verlo allí, agarrando su tazón verde con cereal de platanitos, tan inocente y mortificado por mi expresión, me sumí en un sentimiento de aflicción muy fuerte que golpeó mi orgullo y mis ilusiones. Tuve un sentimiento de asco y frustración que me atacó justo en el vientre. Un vacío espeso y álgido me consumía.

—¿Qué te pasa, papi? —su preocupación me conmovió.

Me había acostumbrado a ser el tipo de hombre que se presume fuerte y de sentimientos inquebrantables, el que no precisa de la compasión de su hermano, amigos y ni de su propia esposa. Y el hecho de que fuese mi propio hijo quien percibiera mi asfixiante angustia me dejó en un estado de indefensión crónica, que me impidió responder. Mi papel era el de defenderlo de las perradas que te deja caer la vida, y, sin embargo, en ese instante la vulnerabilidad me estaba matando. Me sentía incapaz.

Por si fuera poco tenía la sensación de que la lengua se me estaba anudada en la garganta, y que el paladar, boca y labios permanecían resecos como un desierto. Di un trago enorme a la lata de cerveza que me estaba bebiendo y suspiré.

¿Cómo se le dice a un hijo que su madre posiblemente está en calidad de puta fornicando con un cabrón al que le vale una mierda su matrimonio? Eso no existe en ningún manual de padres.

No me quedó más remedio que forzar a Marcel la sonrisa más dulce y dolorosa que pude evocar en toda mi vida, y con un ademán tormentoso lo incité a que continuara cenando y mirando la tele.

—Termina de cenar, campeón… llegó la hora de dormir.

—¿Sí, pero dónde está mami? —Hizo la pregunta a la que le estaba rehuyendo porque no me sentía capaz de responderla. Pensar en ello me hacía respirar por la herida—. ¿Por qué no ha vuelto mamá?

Nuevamente tuve la sensación de que mi piel se compactaba como si me hubiesen puesto una plasta de yeso y ahora me obligaran a sonreír. Las mejillas se me partían, los labios se me rasgaban, la mandíbula se me quebraba mientras forzaba las comisuras.

—¿Papi? ¿Qué está haciendo mami? ¿Por qué no llega?

«A tu mami la están ensartando como una perra en celo, hijo.»

—Ella… Marcel, seguramente está terminando esa reunión importante que me comentó que tenía —le respondí a mi pequeño con la excusa oficial que al menos Thelma me había dado esa tarde antes de partir.

Antes de cancelar su supuesto «seminario de los viernes» sin prever que más tarde la obligarían a ir a esa “misteriosa reunión” ineludible.

—¿Papi, entonces a qué hora llegará mami? —insistió el niño.

«Tu madre llegará cuando la terminen de agujerar el culo y se lo hayan rellenado con lefa.»

—Ya no ha de tardar, Marcel —respondí apenas con alientos, esperando que mi propia esperanza de que apareciera pronto se hiciera realidad—. Anda, campeón, cena, porque es hora de ir a la cama.

Thelma era la única persona del mundo capaz de hacerlo dormir: ni siquiera su niñera lo conseguía con la misma facilidad con que lo hacía mi esposa. Yo era torpe, bastante torpe, pero amaba a mi Marcel, y ahora lo amaba más que nunca. Haría cualquier cosa por él.

Mi hijo volvió su vista resignada al televisor y continuó cuchareando en su plato muy quitado de la pena, como si su querida progenitora no estuviera bramando como una vil puta en algún lugar de Guadalajara.

«Thelma» la llamé en mi mente, deletreando cada letra de su nombre con una frustración aparatosa que sacudió mi pecho. «¿Ni siquiera te has contenido por respeto a tu propio hijo?»

Destapé un tequila añejo de don Julio y lo escancié en mi boca directamente desde la botella. Cuando se dieron las once de la noche y el niño ya estaba dormido. Lo venció más el cansancio de esperar a su «mami» que el sueño. Lo cargué en brazos y lo llevé a su cama. Después retorné a la sala de estar y le comuniqué a su niñera que no viniera a cuidarlo. Se disculpó por no haber llegado a tiempo pero de todos modos le dije que su presencia ya no era indispensable. A estas horas ya nada tenía caso.

Y aunque la rabia me estaba matando, también la angustia de no saber de mi esposa me martirizaba. Ya habían pasado bastantes horas desde que Thelma saliera de casa. También podría haberle ocurrido algo malo. No respondía a las llamadas y tampoco se había comunicado conmigo como otras veces en que solía avisarme de su tardanza. Ahora que lo reflexiono, ella nunca se había demorado tanto en una «reunión de trabajo».

Las únicas ocasiones en que volvía en la madrugada era cuando salía con Marissa y sus amigas… pero al menos yo sabía que ella andaba de juerga y que estaba en algún sitio donde yo podía ubicarla si quería; no obstante… esa tarde, mi hermosa tapatía de ojos claros había salido a una reunión importante del que ni siquiera me había dado el domicilio. Y esto, aunado a mis anteriores reflexiones, lo hacía todo mucho más sospechoso.

Mi pregunta ahora recaía en si verdaderamente había ido a esa reunión ficticia con Víctor Lama.

«Víctor» «¡Víctor!» «¿Será que detrás de esa persona “humanista” que dice mi esposa que eres, hay un ser tan despreciable y tan hijo de las mil putas que pretende destruir mi matrimonio?»

—¡Puta madre! —exclamé con la bilis caldeando mis entrañas—. ¡Mierda! ¡Mierda!

De un momento a otro pensé en el karma: yo me había acostado con Thelma cuando ella aún era la novia del trajecitos. En mi defensa puedo decir que ellos no vivían juntos, además de que no estaban casados. Encima, sólo había sido una vez, luego Thelma terminó con él porque, en sus propias palabras, odiaba la deshonestidad.

Por eso entendía que el escenario de esa noche era diferente. Ambos estábamos en un matrimonio (se supone que sólido) desde hacía diez años, y, lo más importante, teníamos un hijo de cuatro con el que habíamos consolidado nuestro amor. ¡Porque se supone que ella y yo nos amábamos! O al menos yo la amaba con un ardor que me resultaba doloroso.

Puesto que ya no podía más con este dolor en el pecho y con esa incertidumbre, en un arranque de rabia, decidí proceder como lo tuve que haber hecho desde el primer momento en que recibí ese mensaje; buscar la ubicación exacta del supuesto motel donde se hallaba Thelma a través de google maps, para ir tras ella, y hacer lo que tuviera que hacer para recuperar mi dignidad, si es que todavía me quedaba algún rastro de ella en alguna parte.

Para darme valor volví a verter la boca de la botella de tequila en mi boca hasta que mi garganta ardió. Es verdad que ya estaba ebrio, encabronado, muy furioso, y que sería una irresponsabilidad de mi parte dejar a mi hijo solito en casa mientras yo iba detrás de su adúltera madre, conduciendo un auto en ese estado. Pero me convencí de que era imperativo.

Tuve un momento de lucidez y razoné en que no podía dejar solo a Marcel. Cualquier cosa podría pasar. Por eso hablé nuevamente a la niñera y le dije que se viniera a casa para cuidarlo. Teníamos la suerte de que ella vivía a dos cuadras. La esperaría. Ella prometió venirse de inmediato.

Mientras la esperaba me levanté y fui a ver a mi hijo. Al constatar que dormía plácidamente procedí con mi encomienda. De alguna forma fue Marcel quien me suministró un poco de calma y me hizo obrar con espíritu reflexivo. Esa razón me hizo hablarle a mi hermano para que me acompañara a ese motel. Si iba yo solo no sé lo que iba a pasar.

Me dije que en el trayecto indagaría sobre su presunta omisión a la hora de ocultarme el amorío que había entre Thelma y Víctor y decidiría si me estaba traicionando o no. Cogí el celular de la mesita de centro y pulsé al número de Daniel. No sé qué mierdas estaría haciendo que tardó un montón de rato en contestar. Creo que fue al quinto intento cuando atendió el teléfono:

—¿Pepe?

A juzgar por el timbre de su voz, mi llamada lo tenía sorprendido. Quizá era por la hora en que le hablaba, y aunque tampoco es que fuera tan tarde, sí que resultaba inusual. Ya habría tiempo de sobra para disculparme con él en caso de lo que hubiera interrumpido en plena faena. Si bien Daniel no era un chico mujeriego, sino que se enamoraba sin contemplaciones dándolo todo por alguna mujer, podría ser que estuviera en algún idilio con alguna chica aunque no me lo hubiera contado.

—Dani, lánzate en chinga para mi casa, pero ya. Es urgente.

—¿A tu casa?

—¡Sí, Dani, a mi casa, así que si ya llegaste mejor no vengas!

—¿Qué cabrones te pasa, bro? ¿Cómo que en tu casa? ¿Qué no estás con Thelma en la cena de aniversario?

—¡Thelma ahora mismo se está revolcando con su amante en el motel Marbella hermano, a las afueras de Guadalajara!

—¿Que Thelma qué…? —Mi hermano se sobresaltó, como es de suponerse—. ¿Qué me estás diciendo, Pepe?

—¡Que Thelma me ha visto la cara de pendejo todo este tiempo, hermano! Está cogiendo en ese motel ahora mismo. Y yo voy a ir a matar a ese hijo de puta con el que ella me está engañando. ¡Ven, por favor, ven, porque estoy a punto de armar un desmadre! ¡Y va a correr sangre, Daniel, eso te lo puedo jurar!

Daniel se había ido por casi siete años a la Ciudad de México a ejercer su carrera de abogacía, pero había vuelto a Guadalajara hacía un año tras una ruptura amorosa que no pudo superar.

A su llegada, insistí a Thelma a que confiara en el talento de su cuñado e hiciera lo posible para que lo incorporara en las filas de su despacho, cuya sociedad constaba de siete abogados, ahora ocho con Daniel. Ah, no… ahora nueve, contando el imbécil del tal Víctor Lama.

Thelma lo incluyó en la plantilla de abogados, pero Daniel nunca estuvo del todo de acuerdo con el trato. Al final aceptó por mi insistencia aunque no le hacía gracia deberle favores a Thelma. Y a mí me dolía la indiferencia con que trataba a mi esposa, y en diversas yo fui testigo del intento que hacía por tomarle afecto, sin éxito. Aunque debo de admitir que Daniel jamás le faltó al respeto de ninguna manera. De todos modos esta situación nos incomodaba a los tres.

Durante mucho tiempo no supe qué hacer para que mejorara su relación… Organicé reuniones nocturnas. Carnes asadas entre amigos en común. Viajes a la playa. Pero yo no conseguía que Daniel se encariñara con Thelma. Mi esposa, sin embargo, era muy atenta con él. Hacía todo para agradarlo, y aunque Daniel nunca fue grosero ante sus atenciones, uno nota cuando no hay afinidad.

Quiero pensar que el rechazo que sentía Dani hacia Thelma se debía a que ella se había acostado conmigo aun siendo la prometida de Jaime Quintana. De hecho, previo a casarnos, Daniel no dejaba de insistir:

«¿A ti quién te asegura que así como le puso los cuernos a su novio Jaime contigo, en algún momento ella no te los pondrá a ti con otro?»

Yo me ofendía. Lo increpaba y cerrábamos el tema de golpe. Y ahora, años después, me di cuenta de lo imbécil que había sido al nunca considerar semejante aseveración. Qué ingenuo había sido.

En alguna ocasión, incluso Daniel fue más lejos y me dijo: «La cabra siempre tira al monte, Pepe, tarde o temprano Thelma te la va aplicar.»

Recuerdo haberle dado una bofetada a mi hermano de la que me arrepentí toda mi vida. No obstante, ahora mismo esas palabras parecían cobrar sentido.

¿Y si Daniel tenía razón y Thelma había «tirado al monte» ¿Y si mi hermano sabía quién era su amante?, ¿y si esa era la razón por la que Daniel la seguía detestando después de tanto tiempo como desde el primer día? ¿Pero entonces cómo podía explicar que un par de meses después de que entrara al despacho Daniel (para mi sorpresa y mi alegría) hubiera logrado aceptar a Thelma?

Incluso hubo días en que salieron a tomar entre colegas a un barecito cercano al despacho. Fueron meses de sana convivencia, reuniones en casa donde conversaban largo y tendido. Y de pronto nada.

¿Daniel había descubierto el idilio que había entre Thelma y Víctor y por eso la naciente amistad no había llegado a flote?

—¿Dónde cabrones estás, Daniel?, ¿oíste lo que te dije?

—¡Es que no me lo creo! —su voz fue tan aparatosa que me aturdió. Pude comprender que estuviera tan sorprendido con mi revelación. Y me extrañó, dado que según mis intuiciones, él ya lo sabía—. ¿Pero tú estás operado del cerebro, Pepe? ¿Dónde estás, bro?, necesito verte antes de que vayas a cometer algún disparate.

—¡De momento en casa, pero estoy a punto de ir a ese puto motel, a la habitación señalada, y descubrir a Thelma con ese hijo de puta que se la está…

—Estás mal, Pepe, totalmente desequilibrado —me regañó—, aguánteme un rato, en diez minutos llego, ando cerca. Por cierto, ¿ya le marcaste a Thelma?, esto debe de ser una broma, cabrón.

—¡Ella misma me ha marcado desde su teléfono, Daniel, sin darse cuenta, y la escuché bramando como puta! ¡Se la están cogiendo! ¿No me estás poniendo atención?

—¡Figuraciones tuyas, Pepe! Márcale otra vez.

—¡Lo hice mil veces y no contesta!

—Lo tendrá en vibrador.

—¡O se lo estarán metiendo por el culo, Daniel!

—Ya voy para allá, no te vayas a salir.

—¡Voy a ir al motel, y no me importa que esté ebrio, iré a ese puto motel!

—¿Que estás qué, cabrón?—se horrorizó—. ¡Quédate quieto, Pepe, y no hagas mamadas, que borracho a lo mucho te estrellas contra un poste de luz!

—¡Te dije que me dijeras si veías algo raro, Daniel, y callaste! —Lo acusé, con mi cabeza cada vez más enrollada—. ¡Estoy seguro de que su amante no es Jaime Quintana, como yo creía, sino el veinteañero ese, el tal Víctor Lama! ¡He oído cosas que me hacen suponer que lo te que digo es cierto! ¿Qué te digo de Jaime que no sepas ya?, ese hijo de perra es su ex prometido, y lleva años intentando llevársela a la cama, para vengarse, pero ahora que lo pienso… él no es, sino el otro.

—¡Estás alucinando completamente, Pepe!

—¡Tú trabajas con ellos, Daniel, te juro por mi madre que tú sabes que ella se está metiendo con uno de los dos, o con los dos!

—Sigo pensando que tú insististe ante Thelma para que me hiciera un espacio en el despacho de abogados para que me tuvieras de su niñera —me acusó—. ¿Para eso querías que trabajara con ella, Pepe?, ¿para tenerme de su puto cuidador?

—¡Responde a lo que te pregunto, Daniel! ¿Sabías tú que me está poniendo los cuernos con uno de esos dos pendejos?, ¿quién es?, ¿Víctor o Jaime?

—¡Entiende que no, bro! ¡Thelma no te engaña, yo lo sabría!

—¡O me lo estás ocultado!

—¿Por qué te lo ocultaría, Pepe?, ¿qué me gano yo con eso? ¡Eres mi hermano, cabrón!

—¡Por eso mismo sería terrible tu deslealtad! Hasta hace poco tú seguías con la idea de que Thelma no era una buena persona, y que si ya había engañado al trajecitos conmigo mientras estaba comprometi…

—Ya, ya. Sé lo que opinaba de Thelma antes de conocerla mejor. Pero ya he visto que no es tan… mala persona como pensaba. Sino todo lo contrario, Pepe.

—No me estás ayudando en nada, Daniel. Si me estás ocultando información de Thelma, Víctor y Jaime para evitar que se me rompa el corazón, te exijo que me lo digas, que me hace más daño sentirme así…

—¡Basta ya de tonterías, Pepe, me estoy acercando a tu casa, en poco tiempo llegaré!

—Me largo, ahora mismo me largo.

—¡Aunque seas mi hermano mayor, Pepe, te juro que si te sales de casa así de borracho, iré por ti y te daré una paliza! ¿Te escuchas el estado en el que te encuentras? ¡Razona, por favor! ¿Dónde dejaste a Marcel?

—¡Siento que la cabeza me revienta, Daniel, Thelma no me puede estar haciendo esto!

—¡¿Neta estás llorando?! ¡No mames, Pepe, déjate de mariconadas y ponte a pensar que te están jugando una mala jugada!

—¡¿Tú como lo sabes?!

—¡Un hombre coherente no se puede dejar llevar por un puto mensaje sin remitente que le llega a su teléfono!

—¡Es real! ¡Te digo que el mensaje me lo mandaron desde un número desconocido, pero la llamada provino desde su teléfono! ¡Yo lo sospechaba! ¡Te lo había advertido! ¡Me está poniendo los cuernos, y tú sabes con quién! ¡Dime ahora mismo!

—A ver, Pepe, espérame en tu casa y no hagas nada estúpido. Falta poco, falta poco…

—Es el Trajecitos, ¿verdad?, ¡es el hijo de puta de Jaime Quintana!

—¡Qué no, carajo, que Thelma no te engaña con Jaime!

—¡Y tú haces de celestina! —lo acusé dolido—, ¿te están dando dinero para que les cubras las espaldas? ¡Los he descubierto varias veces susurrándose cosas, nerviosos! ¡Él mismo hizo ese puto comentario por el que se armó el escándalo la noche de la convención, ¿te acuerdas?!

—¿Qué comentario?, ¿de qué hablas?

—¡Lo que dijo, en esa charla que tenían tú, Víctor y Jaime! Jaime, con su chulería de siempre dijo; «lo más gracioso de todo es que el cornudo es el último que se entera del nacimiento de sus cuernos», ¡y se echaron a reír! Se rieron Jaime, Víctor… y lo que más me dolió es que tú también te reíste. ¡Se han estado burlando de mí!

Mi estado de embriaguez me había soltado la boca.

—¡Deja de ver moros con tranchetes, Pepe! ¡Ni siquiera estábamos hablando de ti! ¡Estábamos hablando de Agustín y….!

—¡Se la está cogiendo Jaime, y tú les has servido de tapadera! ¿O es el veinteañero, el tal Víctor? ¡Somos hermanos, cabrón! ¿Cómo me haces esto?

—¡No te voy a tomar en cuenta las cosas horribles que me estás diciendo, Pepe, porque estás borracho y encima en ese estado psicológico de shock no te das cuenta lo que me hicieres y me ofendes. Así que, para evitar más conflictos, hablaremos cuando llegue a tu casa.

Y cortó la llamada.

Y, por supuesto, en el estado en el que me encontraba, yo no lo iba a esperar. Fui, tambaleando, a verificar que mi hijo estuviese durmiendo, y pronto me dirigí por las llaves del vehículo. La niñera de mi hijo tenía una copia de las llaves. Estaba seguro de que no tardaría en llegar a casa.

Cuando salí de casa y me dirigí a la cochera me di cuenta que estaba más ebrio de lo que pensaba. La cabeza comenzó a darme mil vueltas y me costó algo de tiempo pulsar al cancel electrónico del aparcadero.

Mi querida Thelma, ¿qué te hizo falta?, ¿en qué fallé?, ¿qué hice mal?, ¿por qué me pagas así? Lo peor de todo esto era pensar que Daniel había tenido razón todo este tiempo sobre desconfiar en ella (y ya no me importaba sobre su cambio de retórica donde ahora la defendía a ella, a Víctor y a Jaime). Ya no importaba nada. Sólo quería la verdad. No me tomaría la molestia de ir a su despacho, ella estaba en ese motel, en ese maldito motel. Y es que claro, ¿cómo se me pudo ocurrir que una mujer tan caliente como ella se fuese a conformar solo conmigo?

No. No se lo iba a tolerar. Iba a ir tras ellos, y si tenía que correr sangre que corriera. ¡A un Fernández jamás le verán la cara de pendejo, ni siquiera Thelma y mucho menos su amante!

«Jaime… pobre de ti, inmundo trajecitos, si te has atrevido a ponerle una mano encima a mi esposa… pobre de ti…» «¿Y si eres tú, Víctor? ¿En serio crees que un estúpido veinteañero es capaz de suplantar a un hombre como yo y satisfacer sexualmente a una hembra como Thelma?»

—¡Los va a cargar la verga, hijos de la chingada! —exclamé.

Una vez que encendí el vehículo, mi USB se sincronizó automáticamente al estéreo del auto. Luis Miguel (para morir más lento con sus putas canciones de dolidos) surgió en las bocinas mientras salía de reversa del estacionamiento. Con un sonido chirriante reincorporé el coche por la avenida y hundí todo el peso de mi pie en el acelerador como si pretendiera matarme.

«Precisamente ahora que tú ya te has ido… me han dicho que has estado engañándome…»

En esencia el hombre es intrínsecamente culpable de sus desgracias. Sobre todo cuando el talante del desequilibrio mental es el amor. Un amor mal habido. Un amor mutilado. El mundo comenzó a pasar por mis costados con particular ambigüedad. Eran imágenes difusas donde aparecíamos Thelma y yo. Nuestros momentos más representativos. Nuestro compromiso. La boda. El nacimiento de mi hijo. Y quise vomitar.

Atravesé calles sin prestar atención a los semáforos. La cantidad de foto infracciones que distinguía en el flash de las avenidas me recordaba que estaba transgrediendo todo mi civismo vial. Un calor intenso me recorría el cuerpo. Y de pronto oí una patrulla de tránsito siguiéndome.

Aceleré más la marcha y empecé a sentir que coche hacía hondas en el trayecto. Como si un ventarrón lo estuviera envolviendo y lo arrastrara por el asfalto.

Y entonces ocurrió lo inesperado. Nuevamente Thelma me estaba llamando, ¡mi querida Thelma me estaba llamando! De reojo miré la pantalla de mi celular mientras conducía a toda velocidad y vi su nombre en la pantalla. Estaba borracho, sí, pero no pendejo: aún podía distinguir su foto en el teléfono.

«Miénteme, como siempre… por favor, miénteme…»

En los tres segundos previos a contestar la llamada intenté elegir las palabras adecuadas que debía decirle, ¿gritarle?, ¿reclamarle?, ¿pedirle explicaciones?, ¿o mejor hacer como que no pasaba nada y seguirle la corriente, hasta saber a dónde llegaría con su mentira?

«Necesito creerte… Convénceme…» continuaba Luis Miguel recordándome en lo mierda que se estaba convirtiendo mi vida.

Sin saber todavía qué es lo que iba a decirle, pulsé el botón verde del teléfono para responder a la llamada; ni siquiera tenía a la vista las manos libres, así que no me quedó más remedio que manipular el volante con una sola mano y usar la que tenía libre para ponerme el teléfono en mi oreja. Estaba tan mal que no se me ocurrió activar el altavoz, de lo alterado y dolido que me encontraba.

—¡Thelma! —dije de forma inmediata.

Y volvió a ocurrir. Del otro lado surgieron chasquidos y ruiditos raros. Ecos lejanos. Jadeos intermitentes. Sonidos con interferencia.

Aunque no eran sonidos claros, se podían distinguir los gemidos lascivos. Distantes. Con eco.

La sangre me hirvió, claro que me hirvió. Los ojos se me crisparon y en el vientre sentí un montón de calambres que me hicieron tener arcadas.

—¡Thelma… ¿qué… qué estás….?!

Sí, sí, gemidos femeninos. Recurrentes. Aparatosos. Obscenos. Muy bajos, pero audibles, se oyeron también gruñidos masculinos. Daba la impresión de estar escuchando una película porno.

—¡Thelma, con una chingada, respóndeme! —exclamé horrorizado, furioso, desconcertado.

El teléfono parecía estar lejos de los protagonistas de aquella orquesta de gemidos. Lo imaginé posicionado en el buró del motel mientras ellos cogían duro en una de las esquinas de la cama.

—¡Ah, ah, aahhh! —bramaba ella.

No era posible. ¿Seguían follando desde la última llamada? ¡Mi cabeza quería reventar!

—¡Así… así…! —oí su voz femenina, exhausta… guarra… cachonda, excitada.

—¿Te gusta cómo te cojo, putita, te gusta cómo te cojo?

Su voz… esa voz masculina, ¡su voz! ¡Santa Mierda! ¡Era él… era su voz... la de ese grandísimo hijo de la gran puta!

—¡LOS VOY HACER MIERDA! —grité llorando de rabia e impotencia, sintiendo que todo el cuerpo me temblaba.

Me vi cercenando el cuello del hijo de puta y esparciendo su sangrerío por todo el hotel, incluso sobre el cuerpo desnudo de mi esposa. Y entre mis alaridos apareció en mis ojos la imagen de mi hijo, que me pedía ayuda. Y entonces me pregunté si de verdad valía la pena arruinar mi vida por un par de hijos de puta que no merecían mi sufrimiento.

¿Iba a ir contra mis valores más sólidos y dejar en el abandono por culpa de estos dos perros?

—¡NOOOOO!

Apenas entendí que había perdido el control del auto hasta que tuve la horrífica impresión de estar flotando. Sentí como si algo parecido a un tornado se tragara el coche y lo empezara arrastrar entre su núcleo huracanado.

De pronto la carretera nocturna desapareció de mi delante y todo lo demás ocurrió demasiado rápido como para poder describirlo. No tengo idea de si la sensación de que mi cabeza explotaba en mil pedazos se debió a mi frustración, a un ataque nervioso, o al impacto de caer a un profundo barranco donde no encontré nada más que oscuridad. Me ensordeció el sonido de metales chocando entre sí. Algo muy pesado aplastando mi cuerpo. Un aroma a gasolina y aceite que se hundía en mi nariz. Y toda una vorágine de eventos propios de una pesadilla.

Lo que sí entendí justo antes de que todo se volviera negro es que me iba a morir.

Lo peor no era morirme sabiéndome cornudo, sino que, si el diablo así lo disponía, no tendría la ocasión de vengarme de ese par de hijos de puta.

¿O sí?

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