Orgasmos Turbios [4]
La llamada llegó a las tres de la madrugada y destrozó la certeza de su matrimonio. Mientras su mente reconstruía la escena del motel, Pepe recordaba cómo Thelma, la abogada de hielo, se derretía entre sus piernas. Pero esta vez, el placer había sido compartido con otro, y la duda lo consumía: ¿era el exnovio vengativo o el joven colega ambicioso?
Capítulo 4
Tenía la certeza de que había sido ella; mi esposa, mi Thelma, porque era su timbre de voz, porque la llamada procedía de su número celular; porque aquellas eran las mismas palabras que solía decirme a mí cuando, cachonda, quería que le rompiera el culo. Porque mi corazón se hinchó dentro de mi pecho y me produjo un dolor inmisericorde.
A Thelma le gustaba el sexo anal por el morbo que le producía la intransigencia sexual en sí, pues quedaba fuera de la educación conservadora con la que había sido criada. Las variantes durante el acto de fornicio lo disfrutaba como una posesa. Ser una abogada de prestigio y en la cama transformarse en una loba en celo constituía una morbosidad inenarrable.
Los primeros años el sexo fue el pan de cada día y cada noche de nuestras vidas. Se convirtió en la expresión más cercana para declararnos nuestro amor. Teníamos esa conexión virtuosa que experimentan los enamorados.
Lejos de lo que se pudiera esperar, cuanto más estresada volvía Thelma del despacho, más caliente se ponía. En aquél momento yo todavía tenía el vigor de un perfecto semental, y aunque llegaba molido de la constructora, nunca estaba cansado cuando se trataba de poseer a mi hembra. A una mujer nunca hay que decirle que no. Si ella quiere guerra, que se armen los putazos.
Añoro esas noches de desvelo en que nos ahogábamos en nuestros propios deseos, bebiendo nuestros propios gemidos, convirtiendo nuestra cama en una guarida de placeres: su carnosa caverna engullendo de forma insaciable mi erección. Sus mastodónticas nalgas rebotando una y otra vez sobre mis muslos que ya estaban salpicados por sus propios flujos vaginales, mientras ella cabalgaba sobre mí. El peculiar “plaz” “plaz” aturdiendo mis sentidos. Sus astronómicos pechos, rellenos y sudados, aplastándose en mi cara. Mis labios absorbiendo sus pezones, mi lengua contorneando sus areolas con la punta.
El estremecimiento que me producían sus caricias. La devoción con que me chupaba… Mis testículos chocando contra sus muslos cuando la tenía a cuatro patas. Sus pechos rellenos, sudados,
Podíamos pasar horas enteras besándonos y acariciándonos sin decirnos una sola palabra, salvo el evocar de nuestros calurosos gemidos y esos lúbricos chapoteos que reverberaban en la habitación. Reconociéndonos con nuestras lenguas cada parte de nuestra desnudez: compartiendo secreciones corporales. Impregnándonos de placer.
De hecho, nuestra luna de miel duró aproximadamente seis años, hasta que nació Marcel.
Ni siquiera durante su estado de gestación paramos de coger. A Thelma el embarazo la tuvo muy caliente, y todo el tiempo quería tener mi falo batiendo sus deliciosos caldos.
En lo que a mí concierne, sodomizarla era una sensación delirante. Desde el sentir las fibras de mi glande inflamándose, siendo aplastado por el pequeño orificio que lo iba engullendo lentamente, sin pasar por alto los lascivos gritos que ella evocaba tras las grandes embestidas. Y aunque hacía casi seis meses que no lo hacíamos por allí, tenía referencias de nuestros grandes momentos.
Todavía podía ver sus carnosas nalgas abriéndose para mí, ayudada de sus manos. Las uñas nacaradas de sus delgados dedos enterrándose en los glúteos, enrojeciendo su piel. El preludio de su ensombrecido ano contrayéndose, dilatando su orificio (como si respirara) a medida que mis dedos, mi lengua y luego mi erección lo estimulaban.
Ella jadeando eróticos «“¡Ahg!”» «“¡Ohg!”» y sus piernas temblando a razón de mis enardecidas caricias. Los chorros de mi babaza escurriendo por sus gajos vaginales, hinchados, entreabiertos, impregnados de sus mismos flujos. Sus turgentes pechos desparramados contra las sábanas mojadas, restregando sus pezones en la sedosidad de la tela.
Y yo perdido en la negrura de su espeso cabello, desperdigado entre la espalda y su cara, al tiempo que mi tiesura ardiente indagaba en su estrecha caverna: poco a poco conquistándola y saciando su apetito. Gimiendo continuamente «“¡Ahghhhh!”», gritando mi nombre una y otra vez «¡Oh, sí, Pepe, así!» empujando sus caderas hacia mi pelvis, a fin de que mi mástil la rellene.
Para un hombre siempre resulta fascinante la transformación que una dama adopta durante el sexo. Parecería que uno tiene el dominio de la situación, pero en el fondo sabemos que son ellas quienes llevan el control de todo. Sus eróticos gemidos, sus exquisitos movimientos. Sus deliciosas caricias. La forma en que nos besan o engullen nuestro falo en un oral. Cómo no amarlas… Y, sobre todo, cómo no celarlas.
Aunque por aquellos días a Thelma le castraban mis celos desmedidos, al principio de nuestro matrimonio le divertían, sobre todo cuando nuestras discusiones terminaban en sexo.
En alguna ocasión fuimos a uno de esos restaurantes que a ella tanto le gustaban. Por “x” o por “y”, en la mesa de enfrente un mesero le tiró accidentalmente la copa de vino a un fulano, el cual se tuvo que quitar el saco y la camisa, hasta quedar con el torso desnudo.
Dio la casualidad de que el cabrón estaba musculoso, y Thelma no dudó en evaluarlo de forma lasciva indiscretamente. Cuando me sorprendió mirándola con desdén, se echó a reír avergonzada y luego se excusó para ir al tocador.
Con el riesgo que implicaba me levanté de la silla y me fui detrás de ella. En efecto, se estaba retocando el labial color vino que barnizaba el mullido de sus labios. Cuando Thelma me vio abrió los ojos sorprendida. Yo no le di tiempo de nada y, cogiéndola del brazo, la arrastré hasta uno de los cubículos del baño y nos encerramos.
—¿Qué haces, Pepe? ¡No puedes estar aquí! —me dije entre nerviosismo y excitación, pues en ese momento tenía metida mi mano debajo de su vestido negro y le estaba hurgando su acuosa cavidad por debajo de la tanga.
La obligué a poner uno de sus tacones sobre el inodoro a fin de que mi inspección vaginal resultara más satisfactoria para ambos.
—¿A usted le hace falta verga en su casa, abogada? —le dije lamiendo su delicioso cuellito. Dos dedos ya estaban caldeando entre sus gajos hinchados, y un tercero se estaba desplazando en su interior mientras ella gemía de placer.
«Ah, ¡uf! ¡Ah!»
Después cerró los ojos, mostrándose cachonda, echó la cabeza hacia atrás, dejando expuesta su perfecta clavícula ante mí, y puso una de sus manos en mi entrepierna, justo en mi virilidad, la cual comenzó a masajear de manera obscena. Con la otra se sacó una de sus tetas enormes del escote, y cuando estuvo toda de fuera, expandida y desbordada, mi lengua no tardó en darle unas lamidas a su erecto pezón de color canela.
—Claro que no, mi tigre… —jadeó chupándose su labio inferior—. ¡Uffff, Pepe! A mí no me falta verga en casa…
Amé con el alma cuando mi nalgona separó un poco más sus muslos, siendo ésta una clara invitación para que yo pudiera masturbarla sin contemplaciones. Mordí con más fuerza su pezón enhiesto, y mientras ella apretaba mis ásperos dedos con sus paredes vaginales, le dije:
—¿Entonces qué mierdas le andaba viendo a ese perro exhibicionista, señora abogada?
—¡Ufff! Es que… tenía buenos pectorales! ¡Oh, Pepe…! —se remolinaba de placer, meneando sus caderas al ritmo de mis dedos.
De su boca soltaba hilos muy finos de saliva que corrían por sus comisuras y su caverna no dejaba de morderme mis falanges.
—¿Entonces esos pectorales son mejores que los míos, cabrona?
En determinado momento extraje mis dedos empapados de su apretado coñito y aproveché para quitarme el saco y la camisa de raso que me había visto obligado a usar para la ocasión, mientras emulaba los ridículos movimientos de los strippers. Entonces Thelma se incorporó, mirándome, y por poco se muere de la risa al atestiguar mis payasadas.
—No, señor Fernández, nadie supera los suyos.
Estando desnudo del torso, Thelma se relamió los labios. Después empleó sus largas uñas para trazar cada línea de mis pectorales y mis abdominales, y me provocó un espasmo en la zona de la ingle y un poderoso hormigueo en el pene, que terminó con un escalofrío en el cuerpo que me estremeció de arriba abajo.
—¿Está usted segura de que la excito yo más que el otro, señora abogada?
Con mis ojos busqué el seno enorme que caía pesado en su pecho, mientras el otro permanecía dentro de su escote. Y esas vistas la hacían lucir elegante y vulgar a la vez. Y a mí me encantaba. Me ponía como una moto.
—¡Usted me calienta como nadie, señor Fernández! —admitió mi nalgona, siguiéndome el juego.
—Entonces voltéese y ábrase de nalgas para mí, abogada, porque la voy a castigar.
Ella bajó el tacón del inodoro, mirando, seductora, el gran bulto que mi bragueta ocultaba. Y como no acataba la orden que le di, no me quedó más remedio que agarrarla del brazo, moverla de lugar, girarla y estamparla contra la puerta del cubículo del baño, aplastando la imponencia de sus deliciosas tetas contra el aluminio.
—¿Sabe que el sexo no consentido está penado por la ley, señor Fernández? —me dijo con simulada indignación.
—¿En serio no lo consentirá?
—Si no me gusta, no.
Thelma pegó su mejilla izquierda en la puerta y con sus manos libres comenzó a levantarse el vestido negro que llevaba, hasta enroscarlo por completo en sus caderas. Sus enormes nalgas carnosas aparecieron abarcando toda mi mirada.
—Hagamos una cosa, abogada; yo me la cojo duro, y si no le gusta repetimos hasta que quede conforme.
—Tengo que pensarlo… —jadeó, elevando las nalgas y moviéndolas seductoramente, dándomelas a desear.
—Pues piense rápido, que también tengo pensado romperle el culo.
Fue implacable el violento palpitar de mi miembro cuando me perdí en el hilo de su pequeña tanguita negra que se clavaba en medio de sus tremendas nalgas.
—Ahora está ejerciendo hostigamiento contra mí, señor Fernández, ¿sabe que esto un juez de distrito lo podría tomar como un agravante más?
—Pues yo le voy a «agravantar» el culo a pollazos, licenciada Thelma Durán —le respondí, propinándole un sonoro cachetazo en el culo que agitó sus dos inmensas carnosidades por breves segundos.
—¿Me vas a qué? —se burló ella, echando el culo hacia atrás, meneándolo a propósito, para incitarme, para volverme loco.
—«Agravantar» —repetí, sonándole otra nalgada.
—¡Pero eso no significa nada!
—Sí en mi mundo, abogada.
Metí el índice y el dedo medio en el núcleo de sus glúteos y me apoderé del hilo de su tanga, el cual fui sacando lentamente hasta que la tira se tensó por completo.
—¿Y qué carajos significa «agravantar» en su mundo, señor Fernández?
—No sé, pero suena bien, ¿no? —Al soltar el hilo, éste regresó como látigo hasta su centro, chocando en parte contra su ano. Thelma jadeó de gusto, sacudiendo las nalgas, y yo volví a repetir mi hazaña—. Lo mismo puede darle muchos significados.
—¿P…or eje…mplo?
Su teta desnuda sobresalía por el lateral de su cuerpo, abombado como una pelota de carne. Desabroché mi pantalón y busqué mi erección con sumo cuidado.
—Ahora mismo, señora abogada, «agravantar» significa que le voy a dejar el ano como boquete de túnel de tren.
Thelma rompía a carcajadas ante cada una de mis ocurrencias. Pero también jadeaba, sobre todo cuando mis yemas la empezaron a dedear, primero por fuera, en toda su panochita, y después en su interior, mientras mi mano libre liberaba en su totalidad mi longitud.
—¿Y después….? —quiso saber, cada vez más ansiosa de mi pene—… ¿y después que sigue… mi machote?
—Y después quiero preñarla, abogada.
—¿Ahora? —se asustó, pues nunca habíamos hablado de tener hijos aun si ya habían pasado años de matrimonio.
—Ahora… —confirmé—, porque quiero un Pepito o una Thelmita que ande corriendo por ahí, haciendo desmadre y medio. Destruyendo todas nuestras cosas…
Afilé mi espada con mis dedos libres y Thelma jadeó:
—No sería propio engendrar nuestros hijos en el baño de un restaurante… señor Fernández.
—Pues a ver si se va resignando, abogada, porque estamos en el mes en que me toca a mí usar protección… ¿pero adivine qué?, con su beneplácito, no usaré condón esta vez. Voy a cogerla aquí en este baño, abogada, y luego lo haré en el coche, abriéndola de piernas sobre el cofre, hasta empacharla con mi leche. Y cuando lleguemos a casa la seguiré cogiendo en el recibidor, en la cocina, en la alfombra. Y al último… sólo al último… en la cama, cuando la haya dejado afónica de tanto gritar.
—¡Eres un vulgar, Pepe!
—Y tú una diosa, Thelma, y por eso te amo, porque no me juzgas, sino que ambos nos compenetramos en nuestras locuras.
—¿Compenetramos? —se burló—. Vaya, mi cielo, por lo visto te estás tomando muy en serio eso de estudiar el diccionario.
—Es que no quiero dejarte en vergüenza cuando me lleves a una de es cenas de gente trajeada.
—¿Dejarme en vergüenza a mí, en una cena? No, Pepito. Preocúpate por no dejarme nunca en vergüenza siendo incapaz de sacarme un orgasmo.
—¿Es un reto?
—Es una orden, ¡mátame a orgasmos, cabrón! ¡Aquí… en este baño!
Y entonces enterré mi verga hasta lo más hondo de su útero. Y fornicamos como perros en brama ante la adrenalina de poder ser descubiertos por algún comensal. Cumplí mi amenaza y posteriormente lo hicimos en todos lados, hasta que casi desfallecimos.
Y como cosa del destino, tengo la ligera impresión de que fue ese día cuando concebimos a nuestro hijo. Mi Marcel querido. La razón de mi vida. El mejor regalo que me hizo Thelma en esta, mi breve existencia.
Por eso me consideraba afortunado de tenerla a ella como esposa, amiga y amante. Y también por eso me costaba creer que se la estuvieran cogiendo en ese preciso momento, con el agravante (un término nunca mejor empleado) de que ella misma pedía, suplicaba, rogaba con todas sus fuerzas que ese cabrón se la metiera por el ano.
¿Cómo podría creer que de verdad me estuviera engañando con otro?, ¿cómo podría siquiera pensar que ese otro fuera el hijo de puta de Jaime Quintana, su frustrado ex novio trajecitos que todavía no se resignaba a haberla perdido después de tantos años?
Es que pensar que ese perro de verdad la estuviera montando ahora mismo en el motel «Marbella de Oriente», en la habitación 69 me tenía agobiado y con una ansiedad peligrosa.
No admitía que Thelma hubiera podido decidir cambiar el todo por el nada… así de simple… ¡El día de nuestro aniversario de bodas! ¡Y encima en la habitación 69! Si hasta el número de la habitación era una puta ironía.
¡Mierda!
Me parecía inaudito. Me parecía una rotunda estupidez.
Y de nuevo hicieron eco en mi cabeza, taladrándome las neuronas, esas palabras que Thelma había dicho a su amante antes de que la llamada se cortara (por más que intenté volverme a contactar con ella fue imposible) mismas que me habían mutilado mi orgullo, lastimado mi honor… y despedazado mi hombría.
Visualizar de nuevo a Thelma en ese motel, siendo horadada por un rabo que no era el mío… me nulificó como hombre y como marido.
¿Por qué habría de suplantarme con otro? Si yo seguía siendo el mismo, incluso más decente y educado que antes, si cabe decirlo. Aunque ahora ya tenía una panza chelera producto de mis tardes de cerveza, un poco de entradas en el pelo y probablemente tenía menos energía que antes. Sin embargo, a mis treinta y ocho años de edad seguía atendiendo a mi esposa tanto en lo sexual como en lo romántico igual que antes. Era un buen amante. Ella nunca se había quejado de mí. ¿En qué había fallado, entonces?
¿Jaime era el causante de mis cuernos? ¡Pero si el pendejo ya tenía esposa… (que no le hacía sombra a mi Thelma de ninguna manera) pero al fin y al cabo esposa.
«¡Te voy a matar, cabrón, si tú eres el causante de esto de esto, te juro que te voy a arrancar los huevos y te voy a matar! ¡Si la última vez no lo conseguí, ahora sí!»
Pero… ¿y si no era Jaime…?
Y es que también estaba Víctor, el nuevito del despacho jurídico: un el cabrón guapito veinteañero del que Thelma no dejaba de hablar últimamente.
—Creo que has quedado entusiasmada con tu nuevo compañerito, ¿eh, Thelma?—le decía yo.
Mi abogada predilecta reía, tildándome de “tonto” y me respondía con seguridad, diciéndome:
—Víctor tiene apenas 24 años, mi tigre. Yo le llevo más de diez, ¿cómo crees que podría fijarme en un chiquillo de su edad? Yo no tengo vocación de niñera.
Y yo me habría quedado muy tranquilo con su respuesta (que había sonado bastante convincente) de no ser porque días después, al llegar a la casa después de haber ido a colar una losa para soporte de tinaco en un jale, oí que Thelma hablaba por teléfono con su amiga y colega Marissa, allí echada en el sofá de nuestra sala de estar, y le decía:
—Si vieras lo lindo y atento que se portó ayer Víctor Lema conmigo después de la audiencia, Mariss… Sí, sí, el nuevo, me acompañó en todo momento y actuó como un experto aun si apenas va comenzando en el ambiente… ¿qué?, no, no, Marris, te prometo que tiene madera, pero el pobrecillo quedó muy afectado con la declaración de la niña. Tú me entiendes, Mariss… cuando Vic oyó el testimonio de abuso de voz de la pequeña, y después el de la madre, que vilmente defendía a su pareja en lugar de a su propia hija… Pfff… quedó muy impresionado. Igual le falta foguearse y tomar todo esto con frialdad…
Me detuve en el pasillo que separaba la sala de estar del recibidor, y allí me quedé en silencio, escuchándola con atención. Ni siquiera me asomé a la estancia. No quería ser descubierto. Ella continuó:
—Vic es muy inteligente y muy humano, Mariss, merece toda mi consideración y mi apoyo. Pero no a todos les parece mi predilección por él. Creen que soy demasiado condescendiente. Antier, por ejemplo, tuve un conflicto con Jaime Quintana……sí, «el buenorro de mi ex» como tú lo identificas, porque el cabrón considera que le estoy dando demasiadas atribuciones a Vic……¿Eh? Claro, que no, Mariss, el muchacho solito se está granjeando mi admiración. Claro que le falta confianza en sí mismo, pero eso se gana con el tiempo. Es muy listo y le gusta aprender. El hecho de que Vic sea un recién titulado no debe de suponerle una desventaja, sino todo lo contrario, es una oportunidad para explotar todas sus capacidades… Todos iniciamos así.
Escuchar hablar a mi esposa de esa manera tan entrañable hacia un muchacho que apenas conocía provocó que el estómago se me revolviera, que la boca se me secara y que mi corazón palpitara como si tuviese taquicardia.
—Exacto, Mariss. Deberías de haberlo visto esta mañana. Todo un caballerito (y decirle caballerito es sólo una forma de referirme a su edad, porque el cabrón es un mastodonte de casi dos metros).
Los dedos me temblaron. Mis resuellos se fortalecieron. La garganta me quemaba muy feo.
—Nada que ver, Mariss. Vic es un chico muy atento y educado. Con decirte que esta mañana me ha sacado un rubor que hace mucho nadie me provocaba. Me agradeció que lo hubiera llevado conmigo a la audiencia aun si sólo fue un apoyo moral. Me felicitó por mi querella y ¡no me lo vas a creer!, me regaló una caja de chocolates y un tequila reposado que ahora mismo estoy disfrutando…
Sin mirarla la imaginé echada en el sofá, sonriente, descalza, con una copa de tequila en una mano y el teléfono en otro.
—Sí, sí, Marissa, ojalá regreses pronto de vacaciones y lo conozcas... claro, tiene unos ojos negros que te mueres… no, no, si le vieras las pestañas, Marissa, las pestañas…
Para un hombre jamás será agradable que su esposa se exprese de esta forma tan afectuosa de otro. No puedo negar que me sentí muy ofendido y hasta despreciado. Los fantasmas de los celos y el menosprecio aparecieron de nuevo y me poseyeron. Sin embargo, la sensación de fragilidad que tuve por primera vez en mi vida fue distinta. Mis celos solían fundarse en algo o alguien que tuviera la posibilidad de arrebatarme el amor de mi mujer.
Por ejemplo, lo que me producía el trajecitos de su ex novio, (el tal Jaime Quintana), era sólo resentimiento e impotencia:
Resentimiento porque no lograba perdonarle las bofetadas que el perro le había propinado a mi entonces prometida aquél día que le romí los dientes, por el hecho de que no se resignaba a que su ex novia se hubiese comprometido conmigo. Impotencia porque a pesar de aborrecerlo tenía que lidiar con la idea de que él trabajara con ella todos los días en el mismo despacho.
Thelma se había visto obligada a hacer las paces con él para tener una convivencia laboral sana, y aunque el trajecitos “aparentemente” hubiera madurado, por mi hermano Daniel sabía que el cabrón no dejaba de ser el hijo de puta de siempre. Marissa, por ejemplo, estaba muy ilusionada con él sin importarle que estuviera casado.
De todos modos con Jaime nunca tuve la clase de celos por las que te sientes vulnerable. Thelma fijó su postura con él desde el principio. Fue clara y rompió su compromiso por mí, y durante mucho tiempo le recordó día y noche que entre ellos no podría haber nada porque nunca lo había amado en realidad, aunque sí había sentido ese cariño que se le tiene a alguien con quien creciste desde niña y al que tus padres han elegido para tu esposo como en la época medieval.
No obstante, con Víctor Lema (al que mi esposa confianzudamente llamaba Vic) todo era diferente, porque a diferencia de Jaime, el trajecitos, al nuevito lo halaga. Mi esposa creía en su inteligencia y en sus aptitudes como profesionista. Ella opinaba que él era muy humano y, para empeorarlo todo, consideraba que tenía unos ojos bonitos y unas pestañas admirables.
Como no fue la primera vez que de alguna u otra manera oí a Thelma expresarse de esta forma tan aduladora del tal “Vic”, me asusté como un niño al que abandonan en el bosque y poco a poco la angustia me sumió en un agujero muy denso y oscuro que la gente suele llamar «complejo de inferioridad». Fue una sensación sin precedentes que ensombreció mi personalidad para con ella y para con el mundo.
Físicamente me sentía en desventaja ante el nuevo amiguito de mi esposa, pero lo que más me dolía era que mi ella alguna vez le hubiera dicho a Marissa que Víctor era un «chico con finos modales y una inteligencia superior a la de cualquier otro chico que conociera», y eso sí que me destrozó, al darme por aludido, aun si ella nunca especificó si en sus parámetros de “inteligencia” estaban incluidos sólo los varones de su trabajo, o también el resto de los mortales, como yo.
Es que si ya era difícil competir contra la frescura y vitalidad de un joven, mucho más lo era luchar contra su intelecto. Aunque yo era más culto que antes, todavía me seguía considerando analfabeta: no importan la cantidad de libros que hubiese leído durante los últimos años, yo seguía siendo el mismo hombre que no había logrado una formación educativa como la de cualquier otra persona, incluido mi hermano Daniel.
Además la edad del chico, 24 años, contra mis 38 también era jugada que estaba ganada a su favor. Esa jovialidad le daba más puntos al tal “Vic”, y concluir en ello deterioró aún más mi seguridad.
Si yo hubiese sido el mismo hombre bruto, vulgar, machista y salvaje de cuando conocí a mi esposa, antes de que ella me puliera, seguramente le habría armado un escándalo que me habría consolidado como un neandertal de manual. Estoy seguro que hasta le habría prohibido que hablara con él nunca más, sin comprender que al ser Víctor Lama su compañero de trabajo, forzosamente debían de interactuar.
Aunque luché para actuar con normalidad con ella, fue muy evidente mi enojo y mi indiferencia. Y ella no pudo pasarlo por alto. Por eso, después de dormir al niño, Thelma una noche me enfrentó:
—¿Qué está pasando contigo, Pepe?
Como sabía que de alguna manera este momento iba a llegar, no me quedó más remedio que responderle con brusquedad:
—¿De veras no lo sabes?
—No, no lo sé, así que sé claro y dímelo ya, porque yo no estoy para adivinanzas —me exigió.
A veces se me olvidaba que mi esposa era de armas tomar. Una mujer de carácter fuerte. Una abogada que, como tal, cuando se enfadaba relucía en ella la seriedad, la firmeza y su impetuosidad para las querellas.
—Pues pasa que me encantan las personas transparentes, Thelma, y tú últimamente no lo eres.
Sentí rabia por no haberle hablado con franqueza respecto a mis sentimientos y los celos que me generaban las relaciones que tenía con Víctor Lama.
—Pues entonces debiste de haberte casado con un cristal, José Luis, si tan empañada te parezco.
—¡Esta mamada se trata de ti y de mí, Thelma! A últimas fechas estás priorizando tu trabajo y a mí y a tu hijo nos dejas en segundo lugar.
—¿Pero qué carajos estás diciéndome, José Luis? ¡Si es precisamente por ustedes dos por quien me esfuerzo tanto en el despacho! Te atiendo, te consiento, incluso a veces te hago la comida. ¡He cumplido mi promesa desde que nos casamos y desde entonces los fines de semana son nuestros! ¿Por qué mejor no eres más concreto con tus reclamos y me dices qué es lo que te pasa?
—¡Pasa que… a veces me ofenden tus actitudes y, como te repito, tu prioridad por tu trabajo!
Thelma arrugó la frente y niega con su cabeza:
—¿Yo te ofendido? —exclamó extrañada—. ¡Jamás lo he hecho, y si en algún momento lo hice sin darme cuenta, entonces perdóname!
Ella se puso de pie y caminó de allá para acá, con las manos en la cabeza, renegando y murmurando para sí, algo exhausta e irritada, hasta que continuó:
—Date cuenta, Pepe, que yo soy una mujer de carne y hueso, como todas, que a veces falla y comete errores involuntariamente.
A ella le costaba expresar sus sentimientos tanto como a mí. Por eso valoré la forma en que luchó para hacerse entender, con la intensión de complacerme:
—Pero también tienes que entender que yo no nací para vivir a expensas de un hombre, ¡yo quiero sobresalir por lo que soy y por lo que valgo! He querido abrirme camino como todas las personas, picando piedra, por mis propios medios, montando un bufete de abogados con mis ingresos, producto de mi trabajo, en sociedad con otros colegas. Nunca quise sobresalir por ser hija de un magistrado de renombre; y todavía es hora que no quiero ser reconocida por haber obtenido mis logros bajo la sombra de mi padre, sino por mis propios méritos. Yo soy una mujer que lucha día a día para ser autosuficiente y con hambre de triunfo. Amo mi carrera y la ejerzo en consecuencia.
—A lo mejor me expresé mal, Thelma, porque en ningún momento he pretendido juzgarte como profesionista —me sentí terrible cuando deduje que mis palabras habían golpeado lo que más amaba, que era su trabajo—. Todo lo contrario, mi amor, te admiro porque todo lo has hecho sola, con méritos propios y mucho trabajo.
Thelma tenía la cabeza gacha, temblando.
—¡Entiendo tu hambre de triunfo, Thelma, pero también quiero que entiendas que tampoco puedes gastar tu vida entera queriendo abarcar el mundo con tus propias manos! Yo he cambiado para no avergonzarte en tus reuniones de trabajo. ¡Me he adaptado a ti y a tu mundo de millonetas para que un día no me reclames que no lo intenté! He dado mucho para contigo, pero a veces siento que lo que recibo no es equivalente. Creo que merezco un poco de lo mismo. Y sin ánimos de ofenderte, me siento con el derecho de decirte que trabajas sin cansancio para tener los lujos que yo no puedo darte, pero… por favor, mujer, no me dejes detrás de ti.
Recuerdo que el gesto que Thelma me ofreció fue de indignación pura. Sus ojos verdes resplandecieron aguados. Sus labios se fruncieron y las aletas de su nariz se hincharon a modo de reproche:
—¿Cómo te atreves a faltarte y a faltarme al respeto de esta manera? —exclamó furiosa, conteniendo las lágrimas—. ¡Si quisiera vivir con ostentaciones y excesos nunca me habría casado contigo! Esa es una muestra más de que te elegí porque te amo. Nunca te he pedido más de lo que puedes darme, y me duele en el alma que pienses que me avergüenzas y que yo sería capaz de sentirme superior a ti para humillarte. Odiaría sobre manera saber que tienes celos profesionales, Pepe, cuando siempre supiste cuál era mi carrera y cuáles eran mis aspiraciones desde antes de que nos casáramos. Nunca te engañé, no te oculté nada. Siempre fui honesta contigo. Así que no me trates como si yo quisiera cambiarte. Tú eres como eres y por eso me enamoré de ti.
—¡Yo lo sé, Thelma, pero…!
—Y sólo para concluir esta discusión estúpida de una vez por todas, quiero que sepas que si yo quisiera una vida de lujos o un entorno “de millonetas” como tú dices, hace mucho que te habría pedido que nos mudáramos a una residencia de las Lomas: mejor dicho, hace mucho que te habría mandado a la mierda. ¡Pero no, no lo he hecho porque yo estoy enamorada de ti. ¡Yo pertenezco a tu entorno y tú al mismo! Si hubiera querido otra vida, ahora no estaría contigo. ¿O acaso crees que soy de las que se sacrifica sin amor?
Y aunque me siento culpable del rumbo que tomó esa desafortunada conversación, por el simple hecho de no haber tenido las agallas de decirle lo que pensaba respecto a “Vic”, no puedo dejar de pensar que haber callado cada uno de mis miedos y frustraciones fue lo que propiciaron todas las discusiones que sufrimos en nuestro matrimonio después de esa noche. Y todo por creer en esa estúpida idea de que expresarle mis sentimientos a una mujer me haría ver débil ante ella, pues todavía hay en este país quienes creen que la vulnerabilidad de un hombre es producto de la cobardía.
Por aquellos días me sentía peor porque teóricamente no tenía ninguna razón para tener celos ni reclamarle a mi esposa nada por su repentina «admiración» por ese chico. Víctor era parte de su entorno laboral, y hasta donde sabía, no había ninguna dinámica rara u horarios establecidos que se hubiesen alterado fuera de lo normal como para suponer que Thelma podría tener… algún idilio con él durante ese intervalo de tiempo.
Ella salía de casa todas las mañanas a la misma hora, después de que la niñera de Marcel llegara a casa para cuidarlo, y todas las tardes volvía sin dilación, incluso antes que yo.
Así que en la práctica no tenía de qué preocuparme. Y de hecho, cuando me fui convenciendo de que todo estaba bien, un buen día, dos meses previos a la noche de nuestro aniversario, Thelma me informó de buenas a primeras que la siguiente semana iniciaría un seminario de “Nuevos desarrollos sobre Derecho y Familia” que se llevaría a cabo todos los días viernes durante la siguiente temporada.
Su advertencia no sólo me dejó en shock por lo repentino de su decisión, sino porque justa y convenientemente iba a cursar ese taller junto a su amiga Marissa y el tal Víctor Lema… el presunto amante.
Desgraciadamente estos detalles coincidían plenamente con la información dada en ese mensaje de texto sin remitente que acababa de recibir, donde se me sugería que mi esposa me estaba siendo infiel en ese preciso momento, con una dinámica rutinaria que se había extendido durante «todos los viernes» desde no sé cuándo.
Lo que me calaba un poco era el silencio de Daniel, mi propio hermano, que a pesar trabajar en el mismo despacho que ellos, jamás me había externado alguna preocupación que tuviera respecto a ciertos comportamientos o actividades ilícitas que pudiera haber visto entre su cuñada y el nuevito.
Me rehusaba a creer que con lo inteligente y perspicaz que era Daniel no se hubiera percatado de alguna mirada indiscreta entre los dos cabrones, o que no hubiera escuchado algún chisme de pasillo que los pusiera en evidencia.
Después de todo, la mayoría de los amantes, por más discretos que sean, siempre tienen fisuras en sus relaciones clandestinas por donde se pueden descubrir ciertos detalles. ¿Era por eso que la relación entre Thelma y Daniel, a pesar de que hubo una temporada en la que su relación parecía ir mejorando, de buenas a primeras se había vuelto a fracturar sin explicación aparente?
«¡Claro! Es eso, ¿cómo no me di cuenta?» pensé hiperventilando. «Él sabe que Thelma me pone los cuernos con él…»
Lo creí lógico porque (se hablaran o no) Daniel convivía con mi esposa más tiempo del que yo mismo compartía con ella durante el día. De alguna manera él pasaba toda la jornada laboral en el mismo edificio.
¿Por qué no me había dicho nada, entonces, si es que en verdad lo sabía?
Si Jaime Quintana no era el amante de mi esposa, entonces significaba que la segunda opción que tenía en mente era casi un secreto a voces: Víctor Lama.
Y Daniel lo sabía.
Y Daniel callaba.
Y no podía entender que hubiera una justificación lógica ante su silencio, pues era mi hermano amado, por quien había sacrificado parte de mi vida.
Era momento de actuar. Ir a ese puto motel y describrir toda la verdad.
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