Xtories

Orgasmos Turbios [3]

Después de vender su herencia para casarse con la mujer que ama, Pepe creía haber conquistado el mundo. Pero cuando una llamada misteriosa interrumpe su intimidad, la duda se instala: ¿quién está al otro lado de la línea y qué secreto esconde su esposa?

CVelarde18K vistas9.3· 36 votos

Capítulo 3

Thelma y yo tuvimos un arduo camino antes de vivir nuestro amor en plenitud, y es precisamente por ese motivo que me parecía una estúpida ironía; una puta necedad, ¡un jodido despropósito!, que ella estuviera echando todo nuestro matrimonio a la mierda por una puta calentura.

¿Tantos te amos para nada?, ¿tanta lucha para al final tirarlo todo al vacío así como así?

A Thelma y a mí nos asustó comenzar a extrañarnos, sobre todo cuando mi cuadrilla de albañiles y yo concluimos el trabajo en la mansión del magistrado Durán. Sólo entonces ella y yo fuimos conscientes de que ya no nos veríamos de manera tan asidua. Ni siquiera sabíamos lo que éramos, ¿amigos?, ¿novios?, ¿dos pedazos de carne que se disfrutaban sexualmente y ya?

—¿Y ahora qué, hombrezote? —me dijo ella esa tarde-noche mientras sacudía mi brillante polla sobre sus hermosas tetas, que se habían convertido en un receptáculo de mis abundantes espermas durante los últimos días—. Mañana terminan el trabajo en la mansión. ¿Qué haremos después?

—Lo que sea necesario con tal de estar juntos —le dije antes de besarla y que nuestras lenguas se entrelazaran lujuriosamente, mezclándose los fluidos en nuestras bocas.

—Está claro que esto ya no sólo es sexo —me confesó chupándome los labios, limpiándomelos bien. Su aroma femenino a fresa me volvía loco.

—Entonces no quedará de otra que quedarnos juntos, mamacita hermosa —concluí.

—Estoy totalmente de acuerdo —aceptó, sonriendo.

—¿Tons qué?, ¿te casas conmigo o qué pedo? —le pregunté acariciando sus carnosos labios.

Thelma se echó a reír como una loca.

—¿De qué te ríes? —le pregunté, perdiéndome ahora en sus brillantes ojos verdes, como las esmeraldas.

—¿Que de qué me río, estúpido? —continuó carcajeándose—. O sea, no es que esperara que fueses más romántico en tu propuesta de matrimonio, conociéndote como eres, pero no sé, supongo que al menos podrías haberme invitado a cenar a un sitio bonito antes de pedirme matrimonio, ¿no crees?, no sé, algo más íntimo y no así… tan… rústico todo.

—Ah canijo —dije rascándome la cabeza, mientras Thelma se acurrucaba en mi pecho y acariciaba mi glande con los restos de gotas de semen que aún me salían—, creo que hasta ahora no he sabido que haya algo más íntimo entre dos personas que coger duro, como nosotros. Pues ya está, ahora mismo es un momento idóneo, íntimo, y te he pedido que nos casemos, ¿qué más quieres?

—Ya, ya, ya idiota —siguió burlándose de mí—: de ti ahora sé que puedo esperar cualquier cosa. Pero, Pepe, ¿estás seguro de que quieres esto? A ver, hombrezote, que llevas apenas tres meses de conocerme, pero apenas dos meses… de… hablarnos.

—Y coger rico.

—Sí, okey, «y de coger rico» —sonrió—, pero… ni siquiera sabía que tú y yo éramos novios.

—Ah, canijo, ¿cómo chingados que no?, ¿a poco te piensas que yo me ando cogiendo por dos meses seguidos a la misma mujer sin ser mi novia?

Thelma se incorporó con las cejas enarcadas. Me gustaba ver cómo sus pechos se balanceaban sobre su torso cuando se movía.

—Pues tal parece que ese es el modus operandi de todos los hombres, me parece —me dijo—. Se cogen a una mujer más de dos veces y ya creen que son novios o algo así. Mira, Pepe, yo no te conozco mucho fuera de la cama, lo que ya nos dice el tipo de relación que tenemos. A lo mejor se te olvidó, hombrezote, que apenas hace tres meses me iba a casar con Jaime. Y mira, ahora estoy acostándome contigo. Y eso sin pasar por alto el maldito escándalo social que se armó tras el anuncio de mi ruptura con Jaime, (quien por cierto es hora que me sigue persiguiendo). Tú conoces bien los dramas telenoveleros que me hizo papá. Ya sabes que él no acepta que me haya separado de Jaime, y si se entera que cambié a su chico predilecto por ti… no sé… no sé.

Sin pretenderlo, la forma en que ella me dijo el «por ti» como si el tal Jaime fuera superior a mí y yo no valiera nada, me había ofendido.

—No te lo pienses tanto, Thelma, que ahora te casarás conmigo y ya está, ¿cuál es el puto problema?

—Que fuera del sexo no nos conocemos, ni tú a mí ni yo a ti. No sabemos nuestras manías, nuestros trastornos. Por ejemplo, yo tengo la impresión de que tú eres un hombre con pinta de ser un mujeriego empedernido.

—¿Es neta, culona mía?

—No te hagas el que la virgen te habla, José Luis Fernández —me pidió ella—, que un hombre tan varonil y tan bueno… en la cama como tú, nunca será exclusivo de una sola mujer.

La ofensa anterior se había disminuido ahora que, de alguna manera, pensé que ella estaba mostrando sus primeros celos.

—Ah, canijo, ¿cómo chingados no? Ponme aprueba, yo cuando tengo un compromiso soy fiel como un perro. A las pruebas me remito, abogada. Cuando tengo una mujer, yo no miro a ninguna otra. Te recuerdo que me gusta la fidelidad.

Thelma me observó con escepticismo.

—Pues tendría que gestionar un peritaje para que resuelva mis dudas respecto a tu fidelidad, que no te creo nada. A ver, Pepe, que se nota que eres un tipo con labia y con bastante experiencia para enrollarte con mujeres, y ten la seguridad de que yo no tengo vocación de alfombra para que ningún hijo de puta me pisotee.

—No seas castrosa, Thelma —le dije sin pelos en la lengua—, que ahora mismo te quiero a ti, y te repito que cuando tengo un compromiso me gusta la lealtad. Soy enemigo de las mentiras y las traiciones. Te juro que soy un hombre honesto, hecho y derecho. Y muy trabajador, ya has visto. Por eso te vuelvo a preguntar, ¿cuál es tu problema con mi propuesta de casamiento?

—Que con Jaime estuve de novia durante tres años antes de una propuesta de matrimonio —me respondió determinante.

—No mames, Thelma, no estarás esperando que nos hagamos pendejos tres años antes de casarnos, ¿verdad?

—Bueno, no, ya sé que no, pero… el matrimonio es un contrato legal que implica garantías, compromisos, responsabilidades y…

—Ya estamos mayores para saber lo que hacemos y de lo que se trata el matrimonio. Mira, Thelma, yo quiero sentar cabeza. Ya tengo una edad para hacerlo, formar una familia, tener una mujer a mi lado, hijos… y bueno, tú también ocupas a un hombre en tu vida que te proteja.

—A ver, machito con patas —se incorporó por completo, frunciendo el rostro—, detente en la acera más próxima que encuentres y escúchame: que de proteger nada. Yo no he llegado a donde estoy gracias a los huevos de ningún hombre, ni me he tenido que coger ni darle el culo a nadie para obtener las calificaciones más altas de la facultad y montar mi propio despacho en sociedad con otros abogados, sino por méritos propios, lo he hecho sola aun si soy la hija de un magistrado. En mi vida jamás he precisado de un hombre para madurar, profesionalizarme y tener éxitos. Yo soy una mujer que ha estado pugnando por hacerse valer y respetar ante una sociedad patriarcal que nos ha menoscabado por creernos el sexo débil, y, por ende, soy una mujer que se sabe defender sola. Yo tengo el poder en mi vida y soy dueña de mis decisiones. No necesito un hombre para darle sentido a mi vida.

—¿Y por eso no quieres casarte conmigo? —le pregunté ante su defensa.

—No hagas despliegue de tu ordinarez, Pepe, ni me hagas pensar que no has entendido nada.

—De entender, sí, entendí —contesté—; lo que quiero saber es por qué no quieres casarte conmigo.

Thelma se sentó a mi lado, mientras yo apoyaba mi cabeza arriba de mis brazos, que había cruzado detrás de mí, y la escuché:

—¿Quién te ha dicho que no quiero estar casarme, tontonazo? Eso es lo que más deseo: tú me haces sentir mujer, contigo siento que saco chispas. Nunca antes estuve con un tipo… tan irreverente y con tan poca vergüenza como tú, y me tienes loquita. Me gusta que no tienes filtros. Amo tu autenticidad y que seas un tipo sin poses. Pero, entiende lo que te digo, prefiero que por ahora seamos novios primero. Que veamos si funcionamos juntos y así.

—¿Nos pondremos un plazo? —le pregunté con impaciencia.

—Querría que todo fluyera normal, Pepe, y que no me presiones.

—Seis meses, Thelma —determiné—: seis meses seamos novios. Será suficiente para conocer nuestras manías y nuestras perversiones.

—Seis meses no es suficiente, Pepe. Decía mi mamá que uno nunca llega a conocer del todo a su pareja por más tiempo que hayan estado juntos. Llevo conociendo a Jaime muchos años, y tres más de novios, y ese tiempo no me fue suficiente para conocerle de verdad. Nunca pensé que fuese tan tóxico y tan… acosador.

—Para eso nos casaremos, Thelma; tendremos una vida entera para conocernos o mandarnos a la mierda.

—¿Y es necesario casarnos para «conocernos o mandarnos a la mierda»? —dudó—. Creo que eso podríamos hacerlo perfectamente sin firmar ningún papel. Soy abogada y sé lo que implica el contrato matrimonial.

—Yo fui criado a la vieja usanza, Thelma; quiero casarme, tener una esposa e hijos. ¿Tú no?

—Sí, también… pero….

—Seis meses entonces —le insistí—, probemos seis meses, y si funcionamos, prometo pedirte en matrimonio de forma más «íntima», y sin sexo de por medio. Estoy seguro que después de ese tiempo, chula, ambos confirmaremos que cagamos por donde mismo, que tenemos la sangre del mismo color, y que todas las putadas que dicta la sociedad no son más que pretextos para tenernos a todos dominados como borregos.

—¡Eres tan irreverente y tan básico que por eso te amo! —dijo ella, rompiendo a carcajadas.

—Thelma, sabes que yo no soy mucho de expresar mis sentimientos. Primero porque me da vergüenza, y segundo porque al no estar acostumbrado a ello, pues no sé cómo hacerlo. Pero si de algo te sirve saberlo, cada vez que te veo mi corazón late muy fuerte.

—Uy, pues menos puntos a tu favor, Pepe —bromeó la muy cabrona—, porque yo no me veo casada con un hombre que padece de hipertensión.

Me eché sobre ella fingiendo disgusto, y al final terminamos nuevamente haciendo el amor.

Como era de esperarse, mi nalgona se dio por vencida ante mi perseverancia y dio su brazo a torcer.

Al final no fueron seis meses los que me vi obligado a esperar antes de pedirle matrimonio de nuevo, sino diez; y es que no quise presionarla hasta que la sintiera segura de mí. Eso sí, durante esos meses tuvimos una relación clandestina cual si fuésemos amantes. Salíamos discretamente a lugares íntimos, e íbamos a follar a moteles de paso. Ella temía por mí, por lo que pudiera hacer el tal Jaime y su padre, el magistrado Durán, si se llegaban a enterar de que ambos estábamos de novios. A decir verdad, a mi valía un kilómetro de verga prieta lo que hicieran esos dos. Yo no le tenía miedo ni al diablo. Ahora mismo mi prioridad era Thelma y decreté que iba a luchar por ella así tuvieran que llover vergazos entre quienes se interpusieran.

En esa época trabajé duro (doblando incluso turnos o buscándome trabajitos extras) para poder costear el título y la graduación de mi bro, el buen Dani, que estaba por recibirse como abogado, así como un anillo de compromiso que fuera digno de una niña rica como Thelma. A mí nunca se me dio eso del romanticismo, pero ella merecía que lo fuera por una vez en mi vida, aun si tampoco era de las que les gustaba mostrar del todo sus sentimientos.

Aquella tapatía era una mujer reacia, rebelde, imperturbable y con los sentimientos aislados, pues temía que al mostrarlos la gente la descubriera vulnerable. Mas yo siempre supe que en el fondo ella no era la mujer de hierro que ansiaba exteriorizar ante el mundo, sino todo lo contrario; ella era dulce, amable y sentimental.

Para poder comprar el anillo de compromiso de Thelma (una pieza de oro de 12 quilates, que era para lo único que me alcanzaba) tuve que desprenderme con todo el dolor de mi corazón de la posesión más preciada que tenía: mi poderosísima y amada motocicleta negra, que es lo que más de valor tenía para mí, y no sólo por el costo monetario, sino porque me la había regalado mi padre antes de morir. Mi moto era mi medio de transporte y una atracción gloriosa para Thelma pues le gustaba la sensación de tener por novio a un chico malo como yo, y amaba la adrenalina que le suponía que la llevara a todos los sitios en ella por encima de su auto de lujo.

Aunque Dani nunca estuvo del todo convencido de que Thelma fuera la mujer ideal para mí, él fue solidario conmigo y me ayudó a elegir un restaurante estilo francés llamado Palestre, que fue el ideal para proponerle matrimonio.

—Ojalá nunca te arrepientas de haber vendido la moto que te regaló papá… por comprar ese anillo, Pepe —me dijo Dani con un tono que jamás sonó como reproche, pero que sí llevaba un sentido reflexivo.

—Ojalá que no, hermano —me encogí de hombros.

Para pagar esa cena vendí un reloj de oro que me había enviado mi difunto tío Juan desde Estados Unidos. Y apenas me alcanzó.

Alquilé un traje negro, de esos que usa la gente fifí cuando quieren mostrar ante la sociedad que son más importantes de lo que en realidad valen, y cité a Thelma a las nueve de la noche en ese lugar «Ponte guapa esta noche, mi vida, así toda chula como me gusta. Te tengo una sorpresa.»

Ella, sorprendida, se apareció con un vestido negro escotado, con los senos pronunciados, que me dejó perplejo. Esa mujer era una diosa andante. No era para menos que la polla se me hubiera puesto dura nomás de verla. Mientras mi novia abría la boca y los ojos, emocionada, al verme vestido como pingüino y con el pelo engomado (gracias a que Daniel me había hecho el favor de peinarme como él), yo no pude evitar empalmarme.

—¿Quién eres tú y dónde dejaste a Pepe? —me dijo saltando sobre mis brazos—. ¡Estás… hermoso, cielo!

—Mejor dime que me veo guapo, que lo de hermoso se lo dejamos a los gatos —rompí la burbuja del momento, pero a ella no le importó.

—¿Qué es todo esto? —dijo al sentarnos en una pequeña mesa redonda al fondo del local—. ¿En serio me citaste en Palestre? ¡Por Dios, hombrezote! Estoy… asombradísima. ¿Qué banco asaltaste?

—El de tu papá.

Ella se echó a reír.

Y yo estaba nervioso, como si fuera posible a esas alturas. Nervioso porque pedirle matrimonio fuera de la cama era más difícil que intentar estornudar con los ojos abiertos o chuparte los codos. Además, no tenía ni puta idea de cómo se usaban todas esas cucharas, cuchillas y tenedores que habían puesto sobre la mesa «mamadas de los putos ricos que no son capaces de comer como la puta gente normal.»

Apenas pude hablar cuando ella comenzó a decirme por primera vez todo lo que sentía por mí. El amor que me profesaba, su admiración por mi trabajo, por mi personalidad y mi responsabilidad como hermano mayor. Sus palabras fueron elocuentes, sinceras. Sus hermosos ojos verdes brillaban en las penumbras de una noche cálida y un espacio sólo iluminado por un abanico de velas rojas que exudaban aromas deliciosos.

Y ahí fue cuando juzgué propicio hacerle esa proposición. Pensé en mil formas de hacerlo, pero al final elegí la peor: ponerme de rodillas frente a ella, y colocar en mi mano derecha una cajita de terciopelo en cuyo interior yacía el anillo.

No es que no se lo esperara, después de toda la puesta en escena que había armado para ella, pero de todos modos se sorprendió:

—Pepe… ¿qué putas es eso? —me dijo horrorizada cuando miró el interior de la cajita de terciopelo.

Tuve un ataque de pánico por su reacción. Entendí que el anillo que le había regalado el trajecitos ese de Jaime Quintana habría costado cien veces más de lo que me costó el mío, así que confié en que Thelma pudiera darle un valor al saber que prácticamente me había deshecho de la herencia de mi padre por ella, para hacerla feliz.

—¿Qué es eso, Pepe? —me preguntó de nuevo con la misma expresión de asombro, esta vez sacando el anillo y mirándolo de cerca.

—Creo que es una rata embarazada y la cajita es un pedazo de pan ahumado —contesté con desdén, levantándome y volviendo a mi silla.

—¡Pepe, no jodas!

—¿Pues qué va ser, mujer? Un anillo.

No sabía qué pensar de su reacción. Estaba comenzando a sentirme mal. ¿Y si Thelma, con su posición social, ahora mismo se estaba dando cuenta de que jamás podría vivir con un hombre pobretón como yo?

—¡Ya sé que es un anillo!

—Menos mal; ya ves que luego dicen que las presumidas castrosas como tú tienden a volverse locas con el tiempo, y no valorar lo que uno les regala con tanto sacrificio.

Thelma me observó de nuevo, esta vez seria, con la respiración acelerada. ¿Qué le estaría cruzando por la cabeza en ese momento? ¿En verdad se estaba arrepintiendo de todo?

—Pepe… —me susurró casi sin voz—, lo que quiero decirte es que… por Dios, cielo; te pedí una cena, no un anillo.

—¿No te gustó? —me entristecí—, te juro que si me hubiera alcanzado, te habría comprado uno que fuera más digno de ti.

—¡Claro que me gusta, tonto! ¡Es… es…! ¡Es hermoso, demasiado hermoso! ¡Pero…! ¡Pero es que…!

—¿Entonces? —sentía mi corazón casi roto.

—¡A ver… José Luis… yo sé… Yo sé que tú vives al día… y que no puedes darte el lujo de…! Ay, Pepe, yo no me siento cómoda sabiendo que te has endeudado sólo para cumplir protocolos anticuados que a mí ya no me importan.

Tuve que exhalar todo el aire que contenía en los pulmones cuando entendí cuál era su verdadera preocupación.

—Ah, es eso —sonreí por fin—. Te juro que no me endeudé, mi amor. Sólo vendí algunas cositas de valor que ya en algún momento recuperaré.

Ante mi respuesta, Thelma volvió a abrir los ojos con sorpresa.

—¡Un momento! —reflexionó—. ¿A qué te refieres con que tuviste que vender algunas «cositas de valor»? ¡Ay, por Dios, Pepe! ¿Dónde está tu moto? ¡No me digas que…!

Mi respuesta fue acercarme de nuevo a ella, hacer los protocolos impuestos en México y ponerme de rodillas de nuevo frente así y preguntarle: «¿Te quieres casar conmigo, Thelma Durán?» justo al tiempo en que ella se echaba a llorar por primera vez desde que la conociera. Pero no lloraba por la propuesta de matrimonio, sino… por mi moto, porque ella sabía el significado que tenía para mí.

—¡Eres un tonto, Pepe, un tonto! ¿Cómo has podido vender esa moto… que era… de tu papá? ¡No! ¡NO! Ahora mismo vas por tu puta moto y devuelves el anillo.

—No rompas este momento, Thelma, sólo contéstame a lo que te he preguntado y no hagas dramas.

—¡Tú mismo me contaste que nunca te ibas a deshacer de ella a no ser que fuera por una emergencia o algo importante!

—Esto es importante para mí, Thelma, hacerte feliz.

—¡Me haces feliz tú, mi hombrezote, tu compañía, tu presencia, no el anillo! ¡No el dinero, no las comodidades! ¡Si así fuera… ahora mismo estaría casada con Jaime! ¡Tu moto es tu moto, una herencia de tu padre, y esas cosas nunca se venden, mucho menos para complacer a una ridícula niñita caprichosa «presumida castrosa» como yo!

—Mi papá estaría muy orgulloso de mí sabiendo que su primogénito está por casarse con una preciosidad de mujer que le dará muchos Fernández.

Y se volvió a echar a llorar. Y allí la amé más: no hay nada más grandioso que entrar en el alma del amor de tu vida.

—¡Te amo, mi Pepe hermoso, te amo!

—Yo te amo más, mi presumida hermosa.

—¡Eres un completo tonto!

—¿Y entonces qué pedo?, ¿nos casamos o no?

—¡Obvio sí, pedazo de idiota, obvio sí! —me respondió antes de ponerle el anillo.

Apenas nos dimos cuenta de que mientras nos besábamos todos en Palestre aplaudían por nuestro compromiso. Y, pese a nuestras diferencias sociales, nos comprometimos.

En sus propias palabras, ella se enamoró de mí porque consideraba que yo era un tipo trabajador, hogareño (nunca conoció un hombre que cocinara tan rico como yo), protector, cariñoso, intuitivo, varonil, risueño, divertido y con metas claras en la vida. (Además de que, en su opinión, yo follaba como lo haría un tigre). Ah, sí, y le gustaban mis ojos «color chícharo.»

A mi vez, yo me enamoré de Thelma por su inteligencia, altivez, dulzura, carisma, sonrisa, feminidad, por incentivarme a ser mejor persona cada día, a superarme, por su paciencia, y claro…. por su tremenda belleza y el cuerpazo que se cargaba.

No obstante, mi hermano Daniel nunca la vio con buenos ojos; de hecho le sentía cierto recelo (además de pensar que una mujer que se acostaba con un hombre estando comprometida con otro no era una buena persona). Obviamente sus celos de hermano y el hecho de que ya no le ponía la misma atención que antes no le sentó bien; sin embargo, siempre la trató con respeto, aunque solía marcar su distancia cuando ella estaba en nuestro apartamento.

Lo que más me gustó fue que Thelma no se avergonzaba de mí cuando me presentaba ante sus amigos y conocidos: después de todo ella acababa de conocer cómo era mi vida, mi rutina, mi apartamento de alquiler, las pocas cosas que podía ofrecerle… y nada de eso le importó. Ella sabía que yo era un hombre trabajador.

Había ahorrado dinero durante los últimos meses para mudarnos a un sitio mejor que ese: además, ahora que Dani se recibiera como abogado, él ya no dependería económicamente de mí, por lo que mis ingresos serían total y exclusivamente para mi mujer.

Sin embargo, todo se convirtió en una mierda cuando hicimos público que estábamos en pareja. Jaime, su ex prometido, ese inmundo «trajecitos», como yo lo apodaba, me mandó dar una paliza que, de no ser porque yo era un tipo de barrio y sabía defenderme, me habrían dejado peor que Santo Cristo. El muy cabrón no se resignaba a perder a Thelma y a recordarle lo poca cosa que yo era a diferencia suya. Le inventaba intrigas, le sembraba dudas… y toda esa clase de pendejadas que los malos perdedores suelen hacer cuando no tienen buenos argumentos para desprestigiarte.

Las cosas se desmadraron aún más cuando uno de los viernes en que esperaba a Thelma afuera del edificio donde había montado el bufete, advertí que el tal Jaime la estaba siguiendo, agobiándola y denigrándola.

—¡Después de todo lo que hice por ti, zorra malagradecida, ahora prefieres a ese perro sarnoso pobretón que no vale ni un quinto de mierda!

El hijo de puta le propinó dos bofetadas, y antes de que el cabrón le quisiera dar una cuarta, yo ya lo tenía estampado de espaldas contra el cemento de las escaleras de la torre, con mi rodilla encima de su bragueta, y con mis puños hundiéndose en su puta cara de niñito rico. Ni los gritos de horror de Thelma y ni los cuatro guardias de seguridad que no tardaron en quitarme de encima de ese baboso evitaron que lo dejara desfigurado de la cara por semanas: le rompí el tabique, varios dientes y de haber seguido le habría roto también las costillas.

Eso sí, ahora el muy hijo de puta luce una dentadura reluciente tan natural que parecería que nunca se los hubiese reventado.

—¡¿Te vas a casar con esa mierda de persona, Thelma?! —gritaba él mientras se lo llevaba la ambulancia—. ¡Míralo, mi amor, es una bestia! ¡Un maltratador!

Y yo me fui detrás de él, gritándole:

—¡Tú vuelves a faltarle al respeto a mi mujer, perro hijo de la chingada, y te juro que no habrá pozo donde te escondas antes de haberte matado a putazos, cabrón! ¡Y la próxima vez que me mandes golpear, procura contratar mejores gorilas, que esos que me enviaste me los pasé por los huevos, hijo de puta!

Thelma, aun si su especialidad era lo familiar, fungió de mi abogada y luchó como toda una leona cuando, un día después de que dejara al trajecitos hecho una mierda, me metieran preso por una denuncia penal por «tentativa de homicidio».

Aunque pronto me dejaron en libertad, estuve varios meses con medidas cautelares y con órdenes de restricción hacia Jaime Quintana hasta que Thelma consiguió que en un juicio oral desestimaran mis cargos al presentarse pruebas en los videos de circuito cerrado del edificio en que el juez juzgó que yo había actuado en legítima defensa en terceros, al darse a conocer que días previos el trajecitos ya había acosado verbal y físicamente a mi prometida, además de que me había mandado dar una paliza.

—Esa es mi mujer —la elogié mientras la perforaba esa noche sobre el cofre de su auto, en un mirador de Guadalajara, con vistas de la ciudad espectaculares: ella, con sus piernas en mis hombros mientras yo la invadía con mi verga en el fondo de su panochita caliente, me observaba gloriosa—, ¡me has defendido como una leona, mi amor!

—¡Tú también me defendiste como un semental a su hembra, Pepe, y eso nunca lo voy a olvidaaaar! ¡Ahhh, por Dioooos! ¡Qué rico me la metes, amorcito…! ¡Estrújame los pechos, cielo, por favooor!

Aunque ya me había librado de la justicia, las cosas no mejoraron cuando Thelma me presentó oficialmente ante su padre, el magistrado Edmundo Durán, el día de su cumpleaños, en la mansión en la que tiempo atrás yo había trabajado y donde me la había cogido hasta saciarme.

No me valió comprarme un traje (aunque de segunda mano) para ir decente a su fiesta y darle al viejo cara de rana inflada una buena impresión. No me valió portarme lo más refinado que pude para, al menos, ganarme su consideración. Su déspota actitud no se hizo esperar. Me humilló de todas las formas posibles que un tipo clasista y racista como él lo podría haber hecho, cosa que la verdad no me afectó, porque mi entonces novia siempre me dio mi lugar ante él.

—¡Tu prometido es y será Jaime Quintana, Thelma, y no reconoceré a otro como tal! ¡Me parece un absurdo que estés intentando reemplazarlo a él, que es un abogado como tú, decente, de clase y de buenos modales, por un mugroso albañil de mierda como este bastardo que has tenido el desatino de ponerme en frente! ¡Míralo, hija, este estúpido es un pobre pendejo que piensa que por ponerse un traje remendado ya se convierte en automático en un caballero! ¡La clase ni la elegancia se compran, y aunque el mono se vista de seda, mono se queda!

—¡No te permito que lo insultes así! —me defendió Thelma sumamente ofendida—. Hace mucho que terminé con Jaime, y ahora mismo mi prometido es Pepe.

—¿Es posible que este gusano rastrero sea el mismo que por poco mata a Jaime meses atrás, Thelma? ¿A caso te has vuelto loca? ¡Este tipo es un criminal, un maltratador, un salvaje de mierda que a la menor oportunidad te golpeará a ti también!

—¡Pepe no hizo nada fuera de la ley! ¡Fue tu querido ahijado el que estuvo a punto de hacerme rodar por las escaleras! ¡Me acosaba, me agredía! ¿Eso no te importa? ¿Qué Jaime haya ofendido a tu hija no te dice nada? ¡Las gracias deberías de dar a mi prometido de que me defendió de ese imbécil!

—¡¿Y tienes la desfachatez de traerme a la casa al motivo de semejante ruptura?! ¡¿Cambias a un talentoso abogado por un vil pendejo muerto de hambre como este?!¡Lo que has hecho esta noche es un despropósito y no tiene nombre, Thelma; mira que avergonzarme delante de mis amistades con este barbaján mierdero…! ¿Qué no ves que este oportunista sólo está detrás de tu dinero?, ¡no te ama a ti, hija, sino lo que representas para él! ¡Sácalo inmediatamente de mi casa, sino quieres que lo mande sacar como el perro sarnoso que es!

—No me falte al respeto de esa forma, magistrado —me indigné cuando sugirió que yo estaba con Thelma por su posición social—. Yo amo a su hija con dinero o sin dinero; y, para sus pulgas, su hija me ama a mí con la misma intensidad. Así que ni usted ni el baboso del trajecitos ese hará que esto cambie nada entre nosotros.

El bofetón que me propinó el magistrado me tomó desprevenido, y en lugar de inflamarse mi mejilla se me hincharon las pelotas del coraje; pero, esta vez, tuve que contenerme, yo no podía arruinarlo todo devolviéndole un puñetazo a mi suegro, pues a pesar de lo mierda que el viejo se estaba portando conmigo, Thelma no me lo perdonaría. Así que me amarré los huevos y suspiré.

—¡Basta papá, amo a Pepe y no consentiré que ni tú ni nadie le falte al respeto por su condición social, mucho menos que lo agredas físicamente!

—¡Te desheredaré, Thelma Durán, si te largas con este hijo de puta te juro que te desheredaré!

Thelma, mi querida Thelma, no cedió ante los chantajes moralistas y financieros de su padre, y se lo hizo saber.

—Aquí solo hay de dos sopas, papá —le advirtió mi entonces preciosa novia, ciñéndose aún más a mí, orgullosa de que yo la llevara de mi brazo—. O aceptas a Pepe y lo admites en la familia, o lo rechazas y también me pierdes a mí.

Y claro, el magistrado muy dignamente nos corrió a los dos a la jodida.

Esa noche mi Thelma empacó en una maleta lo indispensable y se fue a vivir con mi hermano menor y conmigo, en nuestro pequeño y menesteroso apartamento. Fue muy fuerte para mí haberla hecho abandonar las comodidades que tenía en su mansión para traerla a dormir a mi pequeño cuartito que, si bien era limpio, cálido y agradable, no dejaba de ser un cuchitril.

Tuve vergüenza, me sentí culpable y hasta me arrepentí de haber accedido a que se viniera a vivir conmigo; sobre todo cuando noté el enorme esfuerzo que Thelma hacía para adaptarse a su nueva vida a mi lado.

Pero, pese a todo, ella nunca se quejó…

… y precisamente por ese motivo yo la amé más.

—No sabes lo pinches mucho que te amo, mamacita hermosa. Valoro todo lo que haces por mí, tu sacrificio de cambiar lo que tenías por nuestro amor; y es por eso que te juro que trabajaré un chingo para que, al menos un poco, no resientas tanto las comodidades que tenías en tu casa. Te daré todo cuanto pueda, te lo juro, preciosa.

—Yo no necesito más que estar contigo, Pepe. Además… recuerda que yo ya soy una profesionista, y que gano bien. Mi meta es poder ahorrar para vivir mejor. Ah, y también ser lo más afable posible para ganarme al menos un poquito el cariño de tu hermano… que aunque es muy respetuoso conmigo… siento su rechazo de forma… tajante.

Y así fue como Thelma apostó por mí. Se la jugó conmigo, sin importarle que viniéramos de mundos diferentes. Comenzamos juntos, desde abajo. Y no nos costó mucho progresar; sobre todo porque ella era una gran profesionista y yo nunca le había tenido miedo al trabajo. Después de todo, con el tiempo mi suegro la perdonó (aunque a mí nunca me aceptó abiertamente), y ocurrió años después de habernos casado por lo civil. La perdonó finalmente hace cuatro años, cuando Thelma dio a luz a nuestro unigénito, a quien llamamos Marcelo como homenaje a mi difundo progenitor.

—Mi nieto no tiene la culpa de tus estupideces y de tener por padre a un pusilánime como tu marido —le dijo ese día, orgulloso que tener un nieto varón.

No obstante, con los años aprendí a ser más educado y culto (en lo que cabe) para no avergonzar a Thelma en las reuniones que tenía con sus amigos o en las celebraciones de su despacho jurídico. De todos modos, al principio todo fue muy complicado.

Eso de que los ricos y los pobres se pueden casar entre sí y vivir felices para siempre como pasa en las novelas latinoamericanas son creencias de gente pendeja. La realidad es que siempre se está presente una clase y otra, y las diferencias, se quiera o no, suelen ser abismales.

Nos costó bastante, lo reconozco, pero salimos a flote, porque ambos pusimos de nuestra parte. Ella se adaptó más a mí de lo que yo me adapté a ella. Muy pronto compramos una casa entre los dos que yo fui reformando con el tiempo, pero ella fue la que aportó casi el 70% de la misma, y eso me frustró.

A pesar de que prolongaba mi tiempo de trabajo, haciendo horas extras, laborando los domingos y hasta haciendo servicios especiales, jamás conseguí llegar a ganar ni siquiera la mitad de lo que ella percibía al mes.

Daniel, al rehusarse a vivir con nosotros en nuestra nueva casa, se independizó en un apartamento mejor del que teníamos, siempre agradeciendo el apoyo que le brindé.

El día de su graduación me hizo llorar a madres cuando dedicó su tesis y cuadro honorífico a mí. Delante del micrófono dijo en voz alta a todo el auditorio: «Sin ti nunca habría podido con esto, Pepe. Gracias por todo, hermano, por cuidar de mí, y por hacer mi sueño realidad. Además de ser mi hermano y mi mejor amigo, también has hecho las veces de padre, y esto nunca lo voy a olvidar.»

El único capricho de mi Dani ese día fue el de invitarme a su fiesta únicamente a mí, y eso me dolió, porque para mí todo era una felicidad a medias. No podía soportar que mi hermano rechazara de esta forma a mi mujer. De todos modos, Thelma le envió conmigo algunos regalos que obligué a Daniel a no rechazar, por respeto a ella: un finísimo portafolio de piel (el primero en la vida de Dani); un ejemplar de colección de la Constitución Política de Los Estados Unidos Mexicanos promulgada en 1917, una corbata azul marino, una cafetera, un bolígrafo, un libro de derecho y una nota en cursiva que rezaba:

«Las herramientas que todo abogado tiene que tener a su alcance. Éxitos, tuya; Thelma.»

Pero la vida siguió. Con los años reformé nuestra casa asesorado por arquitectos que conocía, añadí un piso más a la finca e hice todo lo posible porque fuera lo más elegante posible, para que mi mujer nunca tuviera razones para avergonzarse.

Nuestros problemas de matrimonio, además de mis celos e inseguridades, siempre fueron por el dinero, y no porque nos faltara, sino porque ella aportaba más que yo. No es fácil para ningún hombre saber que su mujer gana más que él. Será la cultura de machismo con la que uno fue criado o cuestión de orgullo y dignidad. El caso es que muchas veces yo me sentía inferior a ella por tal razón; sentía que no tenía el control de todo y eso me anulaba como hombre. Y de nuevo volvía la frustración.

Todas esas discusiones fueron propiciadas por mi culpa, lo acepto, donde ella me acusaba de «machista», de reprimirla, y de no dejarla disfrutar sus éxitos como una mujer empoderada.

Sin embargo, cuando el enojo se nos pasaba, Thelma siempre estuvo allí para sacarme a flote, a través de noches donde nos amanecíamos haciendo el amor, diciéndome:

—No importa quién gana más o quién gana menos, Pepe, tú eres el hombre de esta casa, y nunca debes de sentirte inferior a mí, porque somos iguales. En eso consiste la paridad de género. Te amo.

Sí, sí, Thelma siempre me dio mi lugar. Me defendió ante lo más sagrado que uno tiene que es su padre, me prefirió a mí antes que a su ex novio presumido (que, para mis pulgas, trabajaba todavía con ella en el mismo despacho ya que era uno de los socios mayoritarios, razón por la que nunca logré anular mis inseguridades del todo), y siempre procuró hacerme sentir lo menos mal posible por estas diferencias de remuneración.

¿Entonces?, ¿qué putas había pasado?, ¿qué jodidos era esa llamada que me había entrado a mi celular y se había cortado después de su último gemido?, después de esa horripilante frase de «¡Métemela por el culo… papi… por favor! ¡Métemela ya, por favor…. Ya, yaaa… que no aguanto…!»

Por supuesto. Algo no cuadraba.

Pero yo lo iba a averiguar.

CONTINÚA

Continúa en