Xtories

Orgasmos Turbios [2]

Nueve años de pasión compartida y secretos a voces. Pero cuando el teléfono suena en la noche del aniversario y la voz de tu esposa grita el nombre de otro, la confianza se convierte en la mayor de las traiciones.

CVelarde21K vistas9.3· 37 votos

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Capítulo 2

Recuerdo bien que fue un viernes por la tarde cuando ocurrió algo que cambió el rumbo de las cosas. Thelma Durán había llegado a casa más tarde de lo habitual. Apareció en la habitación furiosa, hablando por teléfono con su presunto prometido a quien acusaba de estarla usando… o algo así.

El fulano se defendía y ella reviraba sus argumentos con gritos potentes. A mi culona no le importó que yo estuviera allí; le decía cosas a su prometido sin miedo ni vergüenza: «si sólo me buscas para darte las nalgas, cabrón, entonces búscate a una puta, porque no puedes ser mi novio sólo para las cosas buenas, pero te olvides de mí cuando más te necesito… ¿qué?... ¿eso es lo que piensas? ¡Pues a la mierda, cabrón! ¡A partir de ahora te olvidas de mí y quédate con tus amigos!»

Y dicho esto Thelma cortó la llamada. Bufó, rabiosa, se quitó la ropa hasta quedar en prendas íntimas y se encerró en el baño mientras yo cortaba piso con la máquina.

Me sentía muy incómodo después de todo lo que había oído. Deduje que Thelma estaba emputada porque su novio sólo le hablaba para coger, priorizando a sus amigos y dejándola a ella en segundo plano, sólo cuando necesitaba favores. Si era así, obviamente me dije que la dama tenía razón para estar molesta. Por eso no me esperé que diez minutos después de que ella se metiera a su baño privado, Thelma me hablara con la voz más putona que pudo emplear, diciendo:

—Pepe, ven por favor, entra.

Su pedimento me dejó petrificado. ¿De verdad me estaba hablando a mí? ¿En serio me estaba pidiendo que entrara?

—¿Me estás oyendo, Pepe? Que entres, ahora —insistió.

Aquella fue la confirmación de que me hablaba a mí. Por alguna razón me necesitaba. Miré sobre la cama y me pregunté si había olvidado la toalla. ¿O para qué otra cosa una presumida castrosa calienta huevos como ella podía requerirme en el interior de su baño? ¿A caso osaba burlarse de mí otra vez, haciéndome pagar los platos rotos por culpa de su novio?

No, no, esta vez sí que no se lo iba a permitir.

—Voy, señorita, ahora voy —le respondí casi sin aliento.

Con mi corazón bombeándome desenfrenado, mis rodillas temblorosas y mi garganta reseca, me levanté del suelo: abrí la puerta de la ducha y me encontré con que del otro lado de la mampara transparente estaba el bulto de aquella deliciosa dama que parecía estar metida en el interior de la bañera.

—¿Señorita? —la llamé con los nervios encendiéndome la piel. La sombra del cuerpo de aquella hermosura de mujer detrás de la mampara me estremeció—. Usted dirá, aquí estoy.

—Ven, abre la mampara.

Su voz cachonda. La mampara cubierta de vaho. La sombra de su cuerpo dilatando mis pupilas. Mi corazón latiendo con ahínco.

—Ahora voy… Thelma.

Arrastré mis pies hasta el límite divisorio del váter y la ducha. Palpé la mampara y la recorrí del riel hasta abrirla. Entonces encontré, arrobado por el placer, su cuerpo sumergido en una bañera a medio llenar, con sus preciosos y enormes pechos flotando sobre la espuma, sus pezones inflamados, oscuritos, bordeados por un par de espaciosas areolas que me dieron ganas de chupar.

Mi miembro se hinchó en mi entrepierna, golpeteando el bóxer y mi pantalón. Tragué abundante saliva y vi que Thelma tenía un cigarrillo entre sus dedos tras una larga calada, y unas bragas negras en el borde de sus dedos libres que giraban sobre sus ojos, diciéndome:

—Aquí tienes, guarro pervertido, son para ti… para tu colección —me entregó sus braguitas cuando estiré mi brazo, y lo dijo con tal descaro que mi polla volvió a sacudirse dentro del pantalón. La perversa mujer me había descubierto, si no es que lo había sabido siempre—. Porque eso es lo que haces, ¿no, pedazo de depravado?, robarte mi ropa interior usada.

Contemplé la erótica forma en que sus abundantes pechos flotaban en el agua, con sus pezones duros y sus areolas resplandecientes, y decidí quitarme la careta, respondiendo sin miramientos.

—Ropa interior que usted deja en su cama apropósito para que yo la vea, para que yo la agarre y para que yo la huela.

—¿Eso es lo que piensas? —me preguntó con sus labios pintados de color carmesí; hinchados, mullidos, y luego el cigarrillo entre ellos. Thelma dio una calada y el humo lo lanzó hacia los aires, elevando su perfecto cuello hacia el techo—. ¿Qué yo he dejado mi ropa interior para tu usufructo? Pobre diablo —se echó a reír—. Nunca pensé que te gustara oler las tangas usadas de… ¿cómo es que me llamas?, ah, sí, «la presumida castrosa.»

¡Mierda! ¿Cómo lo sab..? Ufff. Temblé, pero fue más un terremoto de calentura que de vergüenza.

No supe qué responder, ni cómo actuar ni cómo comportarme ante esta paradoja. Lo único que atiné fue a recibir las bragas en mi mano y llevármelas por instinto a mi nariz, para intoxicarme con su aroma a hembra. Si ella era descarada, ¿por qué privarme yo de ello? Thelma tenía que saber cómo me ponía; tenía que saber lo mucho me gustaba extasiarme con el aroma de sus flujos vaginales impregnados en sus braguitas, y que mi mejor pasatiempo era embriagarme con ellas.

Luego, descarado como ella, bajé sus bragas de mi nariz a mi bragueta, donde las sobé en un acto de irreverencia y obscenidad.

—Sí, abogada, para mí usted es una niñita fresa hija de papi «presumida y castrosa...» y… además calentona —me sinceré, mientras ella daba otra calada a su cigarrillo y me echaba el humo directo a mi cara, excitándome sobre manera.

Imaginé mi falo reemplazando su cigarrillo, apretándose entre sus carnosos labios carmesí mientras la punta de su lengua lamía mi glande.

—A mí lo calentona se me quita comiéndome una buena polla, Pepe; pero a ti lo depravado y cachondo no se te quita ni volviendo a nacer —me desafió con una siniestra sonrisa.

—A lo mejor lo depravado no se me quite con nada, abogada, pero… lo cachondo a lo mejor sí se me quita metiéndole mi «buena polla» a una golfa calentona como usted.

La vida consiste en arriesgarte o arrepentirte por no haberte jugado el todo por el todo cuando pudiste hacerlo. Y esa tarde yo me arriesgué. Las señales de cachondeo que me había dado Thelma durante las últimas semanas eran claras e ineludibles; la hembra quería guerra, y sólo faltaba que uno de los dos tomara la iniciativa para concluir aquello que ya se había iniciado.

Ambos éramos adultos, dueños de nuestras decisiones y nuestras pasiones. Por eso no debe de tomarse por extraño que esa tarde nos hubiéramos descarado, dando rienda suelta a nuestros deseos más primitivos. De hecho, tengo que constatar lo complacido que me quedé cuando ella dio su brazo a torcer.

Primero me pidió que me quitara la camisa y luego que me bajara el pantalón y los bóxer, de donde salió mi grueso falo disparado como un resorte automático que pronto ella engulló con su boquita mamadora, arrodillándose entre las aguas, dejando al descubierto la totalidad de sus inmensos pechos, cuyos compactos pezones se hundieron en mis muslos cuando la humedad de su esponjosa lengua impregnó mi glande y me puso a full, haciéndome jadear.

—¡Oh, mierda! —farfullé, colocando ambas manos sobre su cabeza, para empujar mi falo más dentro de ella.

Y resultó que lo que pensaba de Thelma era cierto: ella era una maestra para los orales, claro que sí. Una mamadora innata.

Sus ojos verdes de viciosa puestos en mi cara mientras se tragaba toda mi verga de un solo bocado por poco hace que me corra. La abogada Thelma Durán perdió toda la elegancia con la que solía pavonearse y, con el cigarrillo encendido en una de sus manos, se convirtió en una perra en brama. Acomodó sus rodillas sobre el filo de la bañera y se echó el cabello negrísimo hacia atrás para que su mamada fuese cómoda y magistral.

Se la metía ella solita hasta la garganta, entre chapoteos, provocándose arcadas, y la saliva y babaza que escapa por sus comisuras derramándose sobre sus redondos pechos, se restregaban reiteradamente en mis muslos.

—Ufff, ohhh… mierda… qué bien… me la come, abogada —susurré con los ojos torcidos—, ¿así que la fina licenciada ahora le ha dado por mamar pollas de albañiles «nacos, corrientes y depravados»?

—Que te valga, idiota —se sacó mi polla de su boquita solo para responderme, luego dio una calada más al cigarrillo y exhaló el ahumadero sobre mi cabezón.

Finalmente, la muy cabrona se la volvió a tragar mientras yo le arrebataba su cigarrillo para darle unas caladas al tiempo que con mi mano libre empujaba su cabeza contra mi rabo.

—¡Qué grande y dura la tienes, cabrón albañil! —me decía con rabia, empleando una mano para apretarme los huevos.

—Ahora es tuya… atragántate, abogadilla.

Aquella hembra era toda una experta en las artes amatorias; lo supe por el cómo sostenía mi verga con su mano, cuando la sujetaba; por el cómo la chupaba con la lengua de fuera, escupiéndola, saboreándola, gimiendo; por el cómo restregaba sus labios por el tronco de mi falo hasta llegar a mis consistentes huevos, los cuales metía a su boca y se los comía alternativamente, primero uno y luego el otro, sin dejar de mirarme.

—Ufff, abogada… qué bien me la está chupando.

—¿Te gusta, guarrote?

—Me encanta, mamacita.

Yo no pude aguantar la tentación de estrujarle sus enormes tetas… y sí, ¡claro que eran naturales! Grandes, redondas, hinchadas, esponjosas y gloriosas. Apenas si cabían en mis largas manos cuando las aplastaba una con la otra de manera que ella sólo atinaba a jadear con sutiles «Ahhh», «Huuumm», «qué rico…»

Como era de esperarse, a los pocos minutos cerramos la mampara de la bañera. Thelma misma me puso un condón que cogió de la esquina de la bañera, por lo que di por enterado de su deseo porque la penetrara. Después la levanté, la puse contra el cristal de la mampara, y, con su culo en pompa y yo completamente erecto, producto de tantas semanas contenidas y provocación, comencé azotarle sus enormes nalgas con mi trozo.

Thelma tenía las palmas extendidas en el cristal. Sus pechos aplastados contra él. Su espalda enarcada hacia adentro y sus deliciosos glúteos echados hacia mí.

—Anda, cabrón, sé hombre y métemela de una vez —me gritó empinando su culito hacia mi verga, restregándomela, hambrienta, meneando las caderas.

—Suplícame, presumida castrosa —le dije, acariciando su cabello mojado, su cuello, su espalda. —Anda… suplícamelo—. Metí mi miembro entre la raya de sus dos carnosas nalgas, que ya babeaba de placer, y luego me incliné un poco más hasta ella para decirle en su oreja izquierda—; suplica a este empolvado albañil «naco y corriente» al que humillaste tantas veces, que meta su polla en la majestuosa y refinada vagina de una deliciosa y suculenta abogada, fina, decente y elegante… como tú.

—¡Que me la metas, guarro, ahora, o lo haces o te largas de aquí!

Si no insistí en devolverle las humilladas (obligándola a que me suplicara cogérmela) fue porque mi polla me urgía recatársela hasta el útero. Y así lo hice, cuando mi glande envuelto en látex se encontró con sus encharcados pliegues que se abrieron golosos y ávidos hasta succionarme.

—¡Aaaahhh! —gimió al sentirme dentro, con sus nalgas pegadas a mis piernas.

—¡Uffff, Thelma…!

¡Carajo! Su caverna era calientísima, esponjosa, carnuda, y apretaba tan delicioso en cada embestida que me pregunté si acaso era virgen (aunque visto lo visto, su coño era más experto que un político en gestiones). Parecía que quería arrancarme la polla a folladas, por la forma en que meneaba el culo y efectuaba sus movimientos adelante y hacia atrás, intentando calmar esa fogosidad que le ardía por dentro.

Pude imaginarme sus tetas aplastadas contra la mampara, expandidas, con los pezones doblados por la fuerza empleada en cada perforada.

—¡Duro, cabrón, métemela toda, hasta el tope! —me sorprendió que aquella elegante y fina dama me gritara cosas tan obscenas como esas, entre jadeos, calentándome más. Y yo aceleré las embestidas, como un buen esclavo de su voluntad—. ¿Es todo lo que tienes para mí, sucio albañil? ¿Es todo lo que puedes hacerme? ¡Anda, guarro… dame más duro! ¡Hazme correr…!

Ella meneaba la cola de un lado a otro, como toda una experta. Yo me agarraba de sus nalgas, para estrujarlas y de vez en cuando azotarlas con violencia.

—¡Cómo quiera la reina! —la complací, justo al tiempo que le di la cogida de su vida, de tal forma que sus piernas se estremecían de placer, casi desfalleciendo dentro de la bañera.

—¡Aagghh! ¡Sí! ¡Sí! ¡Ah! ¡Ah! ¡Así, papi, así…!

La infernal orquesta de gemidos, chapoteos, nalgadas y penetraciones nos llevaron a corrernos casi al mismo tiempo. El cigarrillo terminó ahogado entre la espuma blanca. El sudor de mi cuerpo se compenetró con el suyo. Ambos jadeando, chocando nuestras pieles entre sí.

—¡Mierda! ¡Mierda! —grité, girándola, haciendo que se pusiera de rodillas para salpicarle las tetas de leche justo al tiempo que me quitaba el condón.

—¡Échame toda, hombrezote —me dijo entre gruñidos aquella bomba sexual—: salpícame, échamela en mis pechos, anda, toda, quiero toda tu lechita caliente en mis tetas!

Y la serví como ella quiso.

Thelma lo había propiciado todo. En la bañera tenía incluso los condones que usé para reventarle el coño a pollazos, y cuando terminamos de follar me lo dejó claro:

—Pues bien, Pepe. Hemos cogido porque yo he querido, porque me gustaste desde que te vi, porque eres muy varonil, porque te me antojaste y no quise quedarme con las ganas. Así que pobre de ti si vas por ahí con ínfulas de macho empotrador. Ya deberías de saber que el que come callado come varias veces.

Aunque su comentario fue muy chulesco y con una advertencia implícita, a su vez lo tomé como un mensaje esperanzador. Una promesa tácita de que si me quedaba callado, podríamos seguir follando cuantas veces le dieran la gana. ¿Y quién era yo para negarme a tan lasciva proposición?

—Será como usted quiera, abogada.

—Muy bien, guarro, ahora dúchate y lárgate de aquí, que tienes mucho trabajo allá afuera.

Me eché a reír mientras me lo decía. Me daba gracia que volviera a ser la misma engreída de antes mientras continuaba de rodillas ante mí, sobre el agua de la bañera, con las tetas embadurnadas de lefa y con mi verga semierecta muy cerca de su cara.

—Como usted mande, señorita Thelma.

El lunes por la tarde ya estábamos de nuevo cogiendo como un par de perros en celo, esta vez sobre su cama. En esta ocasión comenzamos con una comida de coño que rasgó su garganta con semejantes gritos que pegaba, hasta que hice que se chorreara en mi cara. No nos importaba que la escucharan mis compañeros (afortunadamente su padre nunca estaba en casa) No nos importaba nada. Luego la puse a cuatro patas, recreándome en semejante culotote, de cuyo centro ya chorreaba la muy guarra; y en esa posición le di hasta para llevar, con mis bolas chocando sobre sus muslos en medio de reiterados «plash… plash… plash…»

Finalmente terminamos con sus piernas sobre mis hombros, y yo perforándola con la ferocidad de un hombre que la deseaba en exceso y que no se cansaba de saborearla completamente.

—¡Qué bien me coges, papi, así, así! —gritaba ella—. ¡Ahhh, por Dios… Ahhh!

El aroma a nicotina y a menta que exudaba por su boca me excitaba sobre manera. Solía fumarse un cigarrillo cada vez que terminábamos de tener sexo. Me parecía bastante cachondo mirarla fumar después de cada cogida, con aquella sensualidad de diva de los años treintas.

—¿Y tu novio… o tu prometido? —le pregunté mientras Thelma se comía los mecos que le había echado en la cara la última vez.

—¿Ahora te preocupas por él? —me preguntó con una sonrisa cínica.

—No, la verdad es que con novio o sin él, te quiero seguir follando… sólo preguntaba —me sinceré, viendo cómo se levantaba de la cama para irse a la ducha, con aquella espléndida desnudez que me arrobaba—, aunque si te soy honesto… no me gustan las infidelidades.

—Pues no te preocupes por él —me dijo, mientras se limpiaba los pezones que también habían acabado embarrados de mi semen—, que al día siguiente de que cogimos por primera vez tú y yo lo terminé. A mí tampoco me va eso de las deslealtades ni de las traiciones. De hecho le dije la verdad, que me había acostado con otro y que por tal motivo teníamos que dejar las cosas por la paz, cada quién por su lado. Jaime es un buen tipo, y no iba a ser yo quien lo hiciera pasar mal.

Vaya cuán directa era esta mujer. Y por supuesto que me agradó su proceder. Si no quieres a alguien, no lo engañas, vas y lo dejas por el bien de la integridad moral de ambos.

—Pues me alegra, Thelma, porque a mí tampoco me gustan las deslealtades —enfaticé, limpiándome los restos de su corrida en mis muslos y testículos con una toalla blanca que encontré por allí—. Pero más me alegra saber que ahora ya no habrá otro hombre que use ese agujerito, porque te advierto que soy muy posesivo y me gusta que cuando tengo una mujer en activo, toda ella, mi mujer, sea exclusiva para mí. En todos los sentidos.

—Me encanta cómo sonó eso de «mi mujer.»

—¿Te gustan los hombres posesivos?

—Solo en el ámbito sexual —me dijo. Luego se echó en la cama y se abrió de piernas otra vez. Vi su hendidura hambrienta, sus gajos hinchados, ansiosos, y me dijo—: quiero sentirte de nuevo. Anda… guarro, métemela.

Y así continuamos cogiendo durante las siguientes semanas por todos los rincones de su casa, en todas las posturas y lugares que alguien se puede imaginar; pero esta vez fuimos precavidos y esperábamos a que se llegara la hora de salida del personal de servicio y mis compañeros de cuadrilla para dar rienda suelta a nuestra pasión. No queríamos riesgos, (el único que sabía de mis andadas era Chava, quien tuvo que pagarme un seis de cervezas corona ante mi promesa cumplida) sobre todo porque aquella hembra es de las que hace un escándalo tremendo al follar, gritando, gimiendo y diciendo a cual más guarrada durante el sexo, y era obvio que más de alguno la había logrado escuchar en su momento.

Thelma desactivaba las cámaras de seguridad y nos dejábamos llevar por nuestras perversidades. Lo último que queríamos era que su padre, el magistrado Durán, se encontrara con que su decente hija y el guarro albañil fornicaban durante su ausencia por la mansión.

Ella era una mujer muy cachonda, caliente y sexosa. Una dama en la calle, y una puta en la cama. Le gustaba innovar en el sexo, y eso se lo agradecí. Yo también era un hombre muy sexual y cachondo.

Pero las cosas se nos salieron de las manos cuando comenzamos a emplear caricias y besos en la boca durante nuestras sesiones; cuando ella comenzó a quedarse dormida sobre mi pecho acariciándome las mejillas; cuando ella decidió mandarme hacer unos análisis de enfermedades de trasmisión sexual y, al corroborar que estaba sano, decidir que comenzaría a tomarse la píldora para que me la pudiera follar a pelo. Las cosas se nos salieron de control cuando comenzamos necesitarnos el uno al otro y no solamente para coger.

Las cosas se nos salieron de control cuando comenzamos a decirnos «te amo.»

Lo que al principio pensamos que era un simple encoñamiento, al final se tradujo en amor. Y es que a veces el ser humano es tan susceptible a la vulnerabilidad que nos provocan los sentimientos, que cuando menos acuerdas… esa relación sexual, libre, sin ataduras, se convierte en algo más que una pasión enardecida.

Librar una batalla tan grande como la de enfrentarnos a su padre, a Jaime, su ex prometido, y a una sociedad clasista y racista que nunca ve con buenos ojos que dos personas que vienen de diferentes mundos se casen (más adelante contaré tales sucesos)… fue lo que esa noche me hizo dudar de forma horrífica la eventualidad de que Thelma me estuviera poniendo los cuernos con quién sabe quién.

—Es imposible —insistí volviendo al presente, sacudiendo la cabeza, dando un trago a una cerveza corona de lata—. ¡Thelma no!

Claro que no.

Ella había cambiado por mí y yo por ella. Thelma ya no era la misma chiquilla caprichosa, altanera, presumida «castrosa» y fría de cuando la conocía; Thelma ahora era una gran mujer, mi mujer, exitosa en su profesión, una madre ejemplar y devota a nuestro amor.

¡Por Dios! Llevábamos nueve años de un espléndido matrimonio, con sus aciertos y dificultades, claro, pero con un creciente matrimonio al fin y al cabo. Cómplices en locuras sexuales, en equivocaciones y en decisiones.

La prueba de nuestro amor la tenía delante de mí, ¡mi Marcelo! ¡Nuestro pequeño hijo! ¿Cómo era posible, entonces, que… alguien de tan mala entraña pudiera haber sido capaz de sembrarme esa duda justo esa noche en que celebraríamos nuestro aniversario?

—Si no fuera sumamente importante, mi cielo, te juro que mandaría esta reunión a la mierda —me había dicho Thelma con los ojos llorosos y llenos de rabia esa mañana—. ¡Sabes que incluso cancelé mi ida a mi seminario de los viernes, sin saber que de todos modos mi mala suerte me haría tener esta maldita reunión! ¡A veces pienso que lo hacen para fastidiarme! Pero mira, Pepe… sacaré este pendiente pronto, ¡les demostraré la clase de mujer que soy! Y antes de las nueve de la noche estaré en casa, te lo prometo. Vendrá la niñera de Marcelo a cuidarlo, y nosotros celebraremos nuestro noveno aniversario como quedamos, allá en Palestre, nuestro restaurante favorito. Así que quita esa cara, mi hombrezote. Ponte guapo porque a las diez tenemos la reservación.

Y vaya contrariedad, que ya eran las diez de la noche… y Thelma tenía el teléfono apagado, sin la posibilidad de que yo pudiera localizarla en ningún lado para preguntarle cómo iba todo.

Aunque claro; ir al bufete de abogados, donde se supone que estaba ella, posiblemente aclarara todas mis dudas. Y estaba seguro de que ella se enfadaría, por volver a desconfiar de ella. Y sus estúpidos compañeros de trabajo se burlarían de ella y de mí… por mis inseguridades.

«¿Por qué tienes apagado el puto teléfono, Thelma?» grité en mi fuero interno, para evitar alarmar a mi pequeño Marcelo que estaba mirando las caricaturas en la televisión.

¿Y si todo era una broma planeada por ella como parte de la innovación en la celebración de nuestro nuevo aniversario? Una puta broma de mal gusto, por cierto, ¡pero broma! A ella le gustaba ser extravagante con sus sorpresas. Cuando me enteré que Thelma estaba embarazada, ella urdió un plan siniestro para hacerme creer que los papeles que llegaron una mañana a mi casa era una solicitud de divorcio. Las putas manos me temblaron con horror mientras abría ese folder, hasta que al leer atentamente el documento me di cuenta de que era el positivo de una prueba de embarazo.

¿Entonces? Entonces esto… es cosa suya…

—Sí, es una puta broma.

¡Claro que sí! Una inocentada de Thelma para amenizar la noche, de esas inocentadas que tanto le gustaban fraguar (aunque nunca se había atrevido a tanto). A lo mejor me estaba preparando una gran sorpresa con la complicidad de alguna de sus amigas, ¿Marissa y Elena estaban detrás de esto? Sí, por eso había inventado lo de la repentina reunión vespertina, donde se suponía tenía que reunirse con los colegas que estaban llevando el caso penal de una red de trata de blancas en el interior de un colegio de monjas, y cuyo fallo aparentemente habría de salir más pronto de lo previsto.

«Es una broma, Thelma… claro que sí, pero mira qué lejos has ido, mujer, por poco me da un infarto.»

Era más fácil pensar que era uno de sus ridículos jueguitos antes que plantearme la posibilidad de creer que Thelma podía ser tan perversa, innoble, diabólica y ruin para largarse a follar a un motel de paso con un hijo de puta precisamente el día de nuestro aniversario.

«Claro, claro… tus putas bromas, Thelma, a tu edad y jugándome tus putas perras bromas.»

Pero entonces algo nuevo me hizo dudar de mi teoría, y eso fue cuando recibí la llamada de la administración del restaurante Palestre para preguntarme si cancelaría la reservación de la noche, pues ya era la hora pautada y no había señales ni de mí ni de mi esposa.

—¿La señora… Thelma Durán de Fernández… no ha ido para allá… en el transcurso del día? —le pregunté atragantado a la señorita que me llamaba—. Quiero decir que si la señora Thelma no ha ido por la tarde para organizar… algo… no sé… una sorpresa o algo así.

—Nadie se ha presentado en Palestre para ordenar u organizar nada adicional de lo que se tenía planteado en la reservación, señor Fernández. Mi llamada es porque la cena del matrimonio Fernández Durán, consta de cuatro tiempos, y es imperativo que la comida esté en el punto exacto, por ello querría saber su hora de arribo, a fin de…

—Espere un poco más… espere un poco más, yo la llamaré en caso de cancelar la reservación —le dije con un hilo en la voz, todavía esperanzado.

—Le recuerdo que la cancelación de la reservación le generará un recargo a su cuenta.

—Sí, carajo, sí, está bien.

Y corté la llamada. Me sentí frustrado, porque Thelma no estaba preparando ninguna sorpresa adicional. Pero entonces… ¿dónde canijos estaba? ¿Seguía en su reunión? Alguna justificación debía de haber.

«Si a las once de la noche no has llegado, mi amor… iré a buscarte… no importa si te enfadas conmigo por lo que dices es “invadir tu espacio de trabajo”, pero es que estas no son horas. Y no contestas las llamadas. Me tienes preocupado. No quiero pensar mal, Thelma… pero es que no me das señales de vida. ¿Y si te pasó algo? Trato de respetar nuestro acuerdo de “no invadir tu espacio de trabajo” como lo hice alguna vez… pero nunca pasó esto, Thelma. Nunca te desapareciste tantas horas sin ponerte en contacto conmigo, mucho menos en un día tan importante como hoy. ¡Ni siquiera ha llegado la niñera de Marcel, ¿será que por tus ocupaciones se te olvidó avisarle?! Ay, mujer, mujer. ¿Dónde estás Thelma?, ¿te ocurrió algo malo? Estoy nervioso, mortificado, y te juro que si no llegas a las once, iré a buscarte al bufete… y me vale una mierda si nos convertimos en el hazmerreír de tus compañeros y tú te enojas por incumplir nuestro acuerdo.»

Y me pasé otros diez minutos intentando encontrar respuestas a la situación que se estaba presentando esa noche. Abrí otra lata de cerveza y me quité la corbata (Thelma me obligaba a usar traje cuando salíamos a cenar a lugares elegantes como Palestre), que ya me estaba asfixiando.

Y habría continuado defendiendo la fidelidad de mi amada esposa, incluso planteándome la posibilidad de creerle cualquier excusa que me diera cuando llegara a casa y me confirmara que ella no había estado en ese motel sino en la reunión de trabajo donde me había dicho que estaría, de no ser porque, mientras me confirmaba a mí mismo que aquél puto mensaje de whatsapp había sido un maldito invento ideado por alguien verdaderamente perverso, apareció en mi teléfono su nombre «Thelma amor», ¡me estaba llamando! ¡Por fin me estaba llamando! Aliviado, y a la vez preso de la angustia y desesperación, atendí la llamada, diciéndole:

—¡Pero tú me quieres matar de los nervios ciel…!

Mi interrupción no se debió a que Thelma me mandara callar o se hubiese cortado la llamada. No, mi verdadera interrupción ocurrió por los gemidos, grititos y jadeos que escuché del otro lado del teléfono. Era como si Thelma no se hubiera dado cuenta de que me había llamado, a juzgar por lo que oía. Era como si su teléfono, como por arte de magia, se hubiese encendido en automático en ese preciso instante para, traicionando a su dueña, revelarme una dolorosa verdad: Thelma estaba follando con otro.

Y tal realidad sólo pude confirmarla cuando la escuché gritar entre bramidos lúbricos y procaces:

—¡Métemelo por el culo… papi… por favor! ¡Métemelo ya, por favor…. Ya, yaaa… que no aguanto…!

Era su número telefónico…

Era ella.

Y aunque, por la impresión y los nervios, no sabía a ciencia cierta si era su voz, sí que era su celular…

Y, por supuesto, aquellas sórdidas y obscenas palabras… no me las decía a mí.

CONTINÚA

DISPONIBLE NOVELA COMPLETA

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