Una decisión dolorosa 1
«Me gustaría acostarme con otros hombres». Tres frases que bastaron para destruir la seguridad de un matrimonio perfecto. Ahora, Luis debe decidir si perdona o si la venganza es el único camino que le queda.
Luis e Isabel son una pareja de muy buena posición social y dos hijos. Se casaron jóvenes, recién terminada la universidad, trabajaron y poco a poco fueron cayendo en la rutina y la monotonía. Una noche, Isabel en un arranque de sinceridad, le confiesa a su marido que quiere tener sexo con otros hombres. Y que, además, es una decisión que, a pesar de ser dolorosa, va a llevarla a cabo...
Esa dolorosa decisión abrirá una tormenta de celos, rabia, lágrimas y venganza, muy complicada de asumir y superar.
Pero un desagradable hecho, trastocará todo...
Absolutamente todo.
Mamen, la protagonista de "Nuevas Experiencias", "Nuevas sensaciones" y "Nuevas reglas", (Serie Juegos arriesgados), aparecerá... ¿Sabremos algo más de lo que pasó entre ella y Nico?
Prólogo
—Me gustaría acostarme con otros hombres… Necesito sexo con alguien distinto a ti.
Yo escuché incrédulo, como creo que no puede ser de otra forma. Pensé que era una especie de broma macabra, y sin sentido de mi mujer. Aún hoy siguen martilleándome en el cerebro. Continúan sonando demasiado duras, impersonales y letales en mis recuerdos.
Por más que lo intento, son palabras que jamás se me olvidarán. Hay veces que cuando me concentro, todavía resuenan exactamente igual a como las dijo Isabel. Fue una de esas puñaladas que se clavan por sorpresa, sin que uno tenga siquiera la sospecha de que algo puede suceder. Cuando revivo ese momento, aún siento una oleada fría que me asciende y me mata un poco.
Porque en cierta forma, aquella frase me dejó muerto de pie. Sí, respiraba, veía, escuchaba sentía y olía. Pero también estoy convencido de que mi corazón dejó de latir por unos momentos.
Sinceramente no sé cómo llegamos a eso. Ella dice que ha sido el aburrimiento, la necesidad de probar cosas nuevas, la rutina de un matrimonio que empezó cuando éramos demasiado jóvenes, y que perdió la fogosidad y la picardía cuando apenas pasábamos de los treinta años. La falta de sexo, lo mecánico y tedioso que se volvió todo…
Yo, pues no sé qué pensar. Nunca me lo había planteado, y para mí, estábamos bien. Yo, posiblemente no necesitaba más. Ella, al parecer, sí. No me percaté. O Isabel tampoco me dio señales, porque nunca hablamos de ello. Fue como pasar de cero a cien en uno de esos bólidos prototipos. No hubo paso intermedio…
Pero ¿eso es suficiente para pensar en querer tener sexo con alguien más que con tu marido? ¿Un matrimonio es solo el sexo? O, mejor dicho, ¿el sexo es una parte tan fundamental del matrimonio? ¿Dónde quedan los hijos, el cariño y el respeto? ¿Están a otro nivel, o el sexo puede ser algo tan mayúsculo como para desbalancear al resto de cuestiones importantes de un matrimonio?
Puede ser… No lo sé. No tengo respuestas. O las que tengo son tan particulares que no me atrevo a ponerlas en común.
Nadie es igual a su semejante. Y pretender que las reacciones sean asimismo similares, es no entender cómo se comporta el ser humano ante situaciones límite.
Y posiblemente, nadie es igual a sí mismo cuando pasan los años o las experiencias van cincelando tu carácter. Yo, desde luego, soy una buena prueba de ello. Y no me estoy refiriendo a hacer o no una determinada cosa. Quiero creer que los cambios vienen provocados por la mente que va determinando nuestros actos, no al revés. No estoy seguro de esto, o de casi nada, la verdad. Pero no puedo negar que las cosas suceden por algo.
Yo, en esos días aprendí a ser diferente a como había sido. No sé si mejor o peor. Ni siquiera sé de verdad si el cambio experimentado puede llamarse tal. ¿Es posible que ante aquella frase de mi mujer yo solo sacara un yo desconocido pero escondido y latente? ¿O mi reacción es fruto de una racionalidad que tampoco se puede desgajar de una relación entre personas como es el matrimonio?
Solo sé que nadie puede decir de antemano cómo actuará. Es, imposible. Y sorprende ver cómo los humanos vamos asumiendo o racionalizando o empujando o variando afinidades, gustos y pareceres al compás del avance de las situaciones.
Hay un dicho en la Biblia que dice: «No juzguéis y no seréis juzgados». Es del Evangelio de San Lucas. Capítulo 6, versículos 36 y 37, si no recuerdo mal.
Nunca había pensado en esa frase. Y nunca sospeché la gran verdad que encierra.
Tampoco pensé que nos sucedería nada que no fuera una vida normal, cotidiana, con sus idas y venidas, con su tranquila seguridad. Nada que sobrepasara los límites normales, clásicos y entendidos como tal de un matrimonio, de una pareja sin ningún problema económico, sicológico o de cualquier otra naturaleza. Nada me hacía sospechar que esa frase desencadenaría una tormenta que nos ha llevado a vivir cosas que no sospechábamos nos podían suceder.
Y también me di cuenta de que lo malo y lo bueno es relativo; lo que durante un tiempo se ve de color negro y sin salido o solución, puede convertirse en algo diferente con el paso de los días o la sucesión de otros hechos colaterales.
En fin, esta es nuestra historia…
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