Xtories

Sucedió en verano

Pedro fingió una avería mecánica para ocultar su verdadero destino: un encuentro prohibido con la mujer de sus fantasías digitales. En el silencio de un aparcamiento vacío, la timidez se desvanece ante la urgencia del deseo, y lo que comenzó como un encuentro nervioso se convierte en una entrega total y ruidosa.

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Aún no podía creer que estuviese paseando por aquel centro comercial. Pero no porque fuera algo raro estar en un lugar de estos, sino por lo que allí hacía.

A mi mujer le dije el día anterior que el coche con el que habíamos ido hasta la costa levantina hacía un ruido raro en las correas, ya sabéis, un “ñiqui-ñiqui” muy característico de rodamiento cascado. Y que cercano al centro comercial había un taller que me recomendó un amigo que venía también por esta zona, porque para un asunto de estos tienes que buscar lugares que te generen confianza, no ir al primer sitio que pilles.

Pero fuera de las excusas que le di, mientras ella se quedaba con los niños en la piscina del hotel, y yo “sacrificadamente” me disponía a pasar la mañana en el taller, la realidad era bien diferente: en aquel centro comercial me iba a encontrar con una chica que había conocido hacía pocas semanas en un grupo de Facebook. No era que anduviese buscando ningún lio, simplemente empezamos a interactuar en nuestras publicaciones, quizás buscando una complicidad generada al ser ambos españoles en una comunidad virtual dominada por gente de Latinoamérica. De ahí pasamos a hablar por el Messenger, y rápidamente a que esas conversaciones subiesen de tono, masturbándonos al tiempo que charlábamos.

Por los pasillos del local refrigerado por el aire acondicionado, que evitaba que sufriese el calor que traía la primera ola del estío, observaba distraídamente las tiendas, o al menos aparentaba hacerlo. No había casi nadie, a esa hora de la mañana aún llamaba más las ganas de playa o piscina que las de pasar el tiempo en otra insulsa acumulación de tiendas, de las mismas marcas que se pueden encontrar en cualquier gran capital. Pero mientras unas pocas personas daban una vuelta con la tranquilidad vacacional, a mi las piernas me temblaban, e intentaba no mostrar un más que evidente nerviosismo, que me hacía mirar hacia la zona donde habíamos quedado la noche anterior, antes de volver a dar rienda suelta a unos escritos que rivalizarían con los de cualquier novela erótica de las ella a veces me describía, cayendo las más de las veces en un lenguaje pornográfico y caliente, a medida que pasábamos de escribir con dos manos a hacerlo con una sola, por la necesidad de mitigar la cachondez con tocamientos en nuestros cuerpos. Que las vacaciones que yo tenía planeadas meses antes, y bastante antes de conocerla, fueran a escasos 20 kilómetros de su ciudad, de alguna manera lo veíamos como una señal del destino en el que yo al menos no creo, pero que mostraba sus retorcidos caprichos como si de un dios de la antigua Grecia se tratara.

Aún no os dije su nombre. La llamaré Ángela, no es su verdadero nombre, o quizás si; es irrelevante, ella se reconocerá en estas líneas si algún día llega a leerlas, y nadie más lo hará.

Como os decía, yo esperaba a Ángela, no se me hace un nombre especialmente bonito, quizás porque me recordaba a una anciana tía-abuela, de la que guardo gratos recuerdos, pero claro no asociado a lo mismo que me inspiraba mi levantina ciber-amante. Aunque no iba con retraso, y yo había llegado un buen rato antes, mis nervios amenazaban con sacarme el corazón por la boca.

Y entonces apareció girando por un pasillo una chica a la que reconocí de inmediato, y vi que su nombre le hacía justicia. Era tal como la conocía de sus fotos, pero su sola presencia física me abrumó, y fui abordado por todas las inseguridades que tiene una persona extremadamente tímida como yo. Ella caminaba hacia mi, segura de sus pasos, con el mismo vestido marrón veraniego que llevaba en algunas de las fotos que me envió recientemente, que debajo llevara la lencería que tanto nos gustaba a ambos y que en contadas ocasiones también me había mostrado, fue algo que pasó por mi mente como un rayo, fulminando cualquier otra percepción de lo que pudiera estar pasando a mi alrededor.

El ángel que caminaba con andar felino por el medio del vestíbulo, tiene una media melena castaña, ligeramente por debajo de los hombros, finos y estrechos, como lo brazos que decididamente acompañaban el paso amplio que marcan unas piernas deliciosas elevadas sobre unos pies pequeñitos que se enfundaban en sandalias de esparto abiertas, adecuadas al clima imperante, unas piernas firmes y fibrosas de ejercicio, como columnas del más grande de los templos egipcios, estilizadas como la mejor de las construcciones romana, admirable como las pretéritas edificaciones babilónicas, e incitadoras al pecado que se avecinaba cual si hubiesen paseado por las míticas Sodoma y Gomorra. Esas piernas monumentales sostenían unas caderas de ensueño, como en el que yo me encontraba viéndola acercarse, mientras me parecía que el tiempo se ralentizaba para permitirme admirarla mejor, o quizás porque aquellos grandes ojos me hipnotizaron nada más clavarse en los míos, haciendo de mi cuerpo solo la presa para una serpiente, su presa. La cadera traía por detrás un precioso culo, redondo y levantado, que pude observar en uno de los espejos que jalonaban la zona y que se atrevían a reflejarlo, aunque no me hacía falta, ya que era mi centro de atención en todas las fotos que ella me mandaba, y la fantasía del montón de pajas que llevaba hechas en su honor.

Culo y caderas se estrechaban al ir subiendo, dejando al vestido entallar una cinturita preciosa, ni marcada por lorzas ni anormalmente estrecha como algunas modelos. Y hacia arriba aquel vestido se abría en un escote atrevido, que enseñaba el nacimiento lateral de los pechos de Ángela, sin dejarme distinguir si llevaba o no sujetador, pero tampoco que me importara, porque los veía moverse al ritmo enérgico de su avance, ya cercano a mi. Y aunque para alguno de los lectores pensarán que “teta que cabe en la mano no es teta sino grano” puedo asegurar que cuando escribo estas líneas aún me parecen la pureza de la proporcionalidad en el cuerpo de una mujer.

Y en ese momento llegó frente a mí, y el tiempo que antes se ralentizaba, ahora se detuvo mientras miraba su rostro y ella el mío, me recreé en sus facciones de treintaañera, y pensaba en como era posible que aquella cara tan bonita se había a decidido a conocerme. Miré los ojos grandes, profundos, y la pestañas que coronaban los párpados, también las cejas, finas y arregladas meticulosamente, constituyendo el mejor de los marcos para rodear esos ojos que cautivaban, y que se alzaban sobre una nariz perfecta, sólo ligeramente ancha, pero con una rectitud digna de un diseño con láser, y por último la boca, grande, aunque sin ser excesiva, con labios pronunciados que temblaban ligeramente, el único de sus rasgos que demostraba nerviosismo, y una dentadura que se asomaba por el interior perfecta, de inmaculado marfil, que protegía uno de los tesoros angélicos que yo ansiaba descubrir, su lengua…

Ese instante el que el tiempo que estaba parado acabó roto de la forma más absurda. Su voz, que hasta ese día yo no había escuchado sonó suavemente para decirme un “hola Pedro” de una manera pícara y melosa, mientras terminaba en una sonrisa que le alumbró el rostro, como si estuviera en mis sueños más húmedos dejándome sin habla y con mi boca a medio abrir, en lo que se antojó una pose ciertamente de tonto. Así que sólo se podía salir de ese momento con un paso hacia delante, y reuniendo todo mi valor, me agaché brevemente hacia esa magnífica criatura, y antes de que pudiera hacer nada, extendí los labios tocando los suyos en un breve beso, lo comúnmente conocido como “un pico”.

Me retiré hacia atrás, con aún más nervios que cuando la vi aparecer. La tenebrosa sensación de haberla cagado sin remedio me abrazó, envolviéndome. Fueron unos instantes, quizá una fracción de segundo en la que vi la cara de Ángela transformarse, perder la sonrisa para mutar hacia el asombro, y sin que mediara más tiempo cambiar hacia una misteriosa expresión en la que se mordió brevemente el labio inferior, para a continuación elevarse como si hubiese abierto unas alas hasta entonces escondidas y abrazarme el cuello, sin darme ninguna posibilidad de huida (ni que yo la hubiese querido). Pegó la boca a la mía, y a diferencia de cuando yo lo hice, ella no manifestó duda alguna, el beso fue largo y profundo, la lengua que yo aspiraba a descubrir entró en mi cavidad espléndida y avariciosa, recorriendo y saqueando el interior de mi boca, reclamando como suyo todos los rincones, incluso alguno que yo desconocía tener hasta ese día. Se apoderó de mi apéndice bucal, la sometió a su voluntad, se enroscó en ella como una pitón en la presa. Y así duramos varios minutos, que se nos pasaron como un flash, como si de repente el tiempo se hubiese acelerado de manera infinita.

Recuperamos brevemente la consciencia, y aunque a cualquier ojo lo que acabábamos de hacer no tenía que ser sino otro beso de unos enamorados, si era verdad que la intensidad y el lugar donde estaba pasando, hacía que ya atrajésemos alguna mirada de desconocidos, algo que a ninguno de los dos nos convenía.

Nos separamos, ligeramente sofocados, mirándonos a los ojos. Yo veía los suyos, hermosos, mientras que aún desconozco que veía ella en lo míos, quizás desconcierto, o miedo, ya que todos esos sentimientos me atravesaban el cuerpo al tiempo. O lo intentaban, ya que todo mi yo pedía una sola cosa: estar con ese ángel.

Pero el ángel sólo era de cara, un precioso ángel al que la timidez parecía que sólo le duraba los primeros instantes. La diablesa que lleva dentro reclamó pronto el mando, y con una sonrisa amplia y cristalina de novia recién casada, me agarró de la mano y me arrastró con fuerza sobrehumana, o bien lo hizo a base de haber robado toda la voluntad que me quedaba para que no me hiciera suyo. El caso es que me llevó hasta una de las escaleras que llevaban al parking; podíamos haber cogido el ascensor, pero ella eligió las escaleras, unas de estas estrechas y que bajan entre paredes de hormigón. Yo hubiese preferido el ascensor para que, donde quisiera llevarme, poder aprovechar para volver a besarla, con toda el ansia que le tenía. Pero ella tenía otros planes.

Me empujó levemente con un -“Ve delante, yo te aviso”-, y así procedí, un poco escamado, mientras me aseguraba de que sus pasos seguían sonando tras los míos. No entendía nada. ¿Por qué iba tras de mí si ella era la que sabía a dónde ir? ¿Por qué por una escalera solitaria, pero no lo suficiente, en vez de en el ascensor?

Y en eso estaba, cuando la voz de Ángela volvió a sonar para decirme que me diera la vuelta. Y las dudas que me revoloteaban se disiparon. Estaba cinco escalones sobre mí, con la parte delantera del vestido levantada, y enseñándome la unión de sus piernas, únicamente tapada con un tanga de encaje con transparencias. Pero si con un de sus manos levantaba el vestido, con la otra abría una raja que separaba da ya de por si escasa tela de la prenda en dos, dejando una abertura en medio para las más que evidentes diabluras a las que sus ojos me invitaban, y a las que ella empujó con una -“Anda, ven tontito, un aperitivo”-

No creo que haya devotos en la iglesia que se arrodillen con más fe de la que yo apliqué en aquella oración uniendo mis labios a los suyos, estando arrodillado en el escalón inmediatamente inferior al suyo. La boca, mi boca, encontró un chochito limpio de bello, ligeramente abierto, con el clítoris asomando hinchado por entre los pliegues y del que ya salían los jugos en abundancia, incluso antes de tocarlo. Cuando lo llegué a tocar ella se estremeció, y cuando mi mano sustituyó a la suya abriendo la tela, ésta se fue a mi pelo para agarrar mi cabeza con fuerza.

Esta comida duró poco tiempo. El sonido de una puerta al cerrarse en algún punto no muy lejano nos sobresaltó, y nos puso cara de susto por un momento, el cual aprovechó ella para bajarse el vestido, adelantarme en la escalera, y volver a arrastrarme de la mano hasta el último piso del aparcamiento. Yo ya había salido de mi estado de sorpresa y acojone, y la sonrisa fluía por mi cara. No tenía dudas, ni miedo, ni tensiones. Sabía que iba de la mano de una mujer de bandera, a la que llevaba meses deseando conocer, y que ella era tal como me la imaginaba: espontanea, alegre, y caliente, y además de eso, físicamente un bombón. En ese momento ya sólo esperaba disfrutar del momento y no defraudarla.

Continuamos nuestro paso rápido entre las columnas del piso inferior del parking, en donde apenas si se veía algún coche. Varios de los que se veían tenían pinta de abandonados. Otros se agrupaban muy cerca del ascensor, que serían de empleados, y en muchos lugares se veían viejas decoraciones y cacharros polvorientos de usos insospechados, que seguramente eran de antiguas actividades del centro comercial, y que ahora denotaban el escaso uso que se le daba a esa planta.

Y al fondo, hacia una esquina, donde confluían varias columnas, y la densidad de cachivaches era más alta, e incluso había varios fluorescentes fundidos, hacia allí me dirigió mi ángel de culete de ensueño. No pude observar si había alguna cámara, aunque empezaba a sospechar que la chica que me llevaba hacia allí lo tenía todo previsto. Quizás ya lo hubiese hecho antes con alguien, cosa que me provocó una punzada de celos y morbo en la zona del pecho por donde se encuentra el corazón. O quizás desde que hablamos de quedar había ido preparándolo todo meticulosamente. No importaba. Ella me llevaba hacia allí, y eso me bastaba. Aún me temblaba algo la respiración, lo que delataba mi nerviosismo, pero intentaba demostrar tanta decisión al menos como la que ella me transmitía.

Un WV Golf ojo pasión estaba estacionado allí mismo, me recordó a una antigua compañera de trabajo, que tenía el mismo vehículo, aunque más antiguo (éste era bastante nuevo) y en blanco, Lucía se llamaba, una macarrilla de cuidado, aunque buena persona para con los suyos. Ella le añadió una A metalizada al coche, obteniendo un WV GOLFA, que era toda una declaración de intenciones.

Absorto en este recuerdo de mi pasado, Ángela volvió a tomarme de sorpresa echándoseme de nuevo al cuello. Comprendí que allí nadie nos vería ya, y que era nuestro momento, y por supuesto correspondí a su morreo intentando igualar su fogosidad. Los labios estaban pegado unos a otros, y nuestras lenguas luchaban entre sí. Ella metía las manos por debajo de mi camiseta, llevándolas hasta mi espalda, me agarraba y m atraía hacia ella, aunque la diferencia de altura, hacía que la posición fuese incómoda para los dos. Pero en ese momento eso no nos importaba.

Yo ya estaba con la polla dura, ni los nervios de esa nueva experiencia consiguieron bajármela después de haber catado el suculento coñito de mi compañera de infidelidades. Y ella no estaba menos encendida que yo. Me soltó los labios sólo para que el beso y la guerra de lenguas se trasladaran del interior de nuestras bocas al exterior. Allí las lenguas siguieron buscándose para luchar entre ellas, pero cedieron espacios para que los labios besaran, o succionaran el cuello, a los dientes para que atraparan los labios ajenos o bien que mordisquearan las orejas. Nada no importaba n ese momento, teníamos perdida la noción del tiempo, y sólo sabíamos dónde estábamos por las limitaciones que este lugar nos ponía.

Por mi parte me cansé de aquella postura que me obligaba a torce el cuello hacia abajo, por muchos tacones que llevara Ángela, o por mucho que intentáramos movernos para buscar una mejor manera de disfrutarnos. Sin decirle nada, la cogí del culo y la levanté. Apenas pesaba, quizás 50kg, pero la agarré fuertemente y la llevé contra la columna que teníamos al lado. Ella gruñó, quizás por la sorpresa, o quizás de satisfacción al verse elevada e indefensa. El caso es que usó sus piernas desnudas para unirlas alrededor de mi cintura, y facilitarme el mantenerla el aire, mientras que sus manos en la espalda se hicieron más agresivas, arañándome levemente con las uñas, devolviéndome el estremecimiento que ella acababa de experimentar.

Ahora notaba su pecho contra el mío, y aquellas peritas que tiene por tetas bajo la tela, dejándome nítido que su única ropa interior se reducía al tanga de fantasía que ya había pasado por mi boca. Los pezones se clavaban en mí, dándome una pizca más de morbosidad, si es que aquello era posible, y eso hacía que arreciara en los embates de mi boca contra la suya. Yo por mi parta intentaba tensar de vez en cuando los músculos de los pectorales, para que ella los sintiera aplastarse las pequeñas avellanas que coronan sus tetas.

Jadeábamos quedamente. No queríamos ser más ruidosos de lo que la prudencia marcaba, aunque creo que eso hacía que nuestras ganas no salieses más rápido, no lo sé. Si recuerdo como gemíamos a la oreja del otro, para que supiera que el placer que experimentábamos era real, y que la contención que nos intentábamos marcar podía romperse en cualquier momento. Variaban mucho, algunos era gemidos cortos y agudos, otros más largos e intensos, a mi angelita le salían también roncos, como si en vez de producirse en sus cuerdas vocales le salieran de algún punto insondable de su interior donde sólo llegaban los más perversos sentimientos de vicio y placer. A mi aquellos sonidos me calentaban hasta más allá del extremo, y empujaban a las manos que la sostenían a ir apartando pliegue a pliegue al vestido escueto que se atrevía a tapar sus formas y la redondez de su culo, explorando la curvatura de los muslos de mi hembra hacia donde convergían en la concavidad con la que me atormentaban mis sueños.

Seguía rozando el interior de los glúteos de la amazona que me montaba, pasaba las punta de los dedos por la zona vaginal, lo que la hacía encenderse más aún. Pero para mí no era suficiente y, dueño de la situación en eso momento, la levanté otros veinte centímetros, lo que necesitaba para que mi cintura quedara contra el coño y sus pechos a la altura de mi cara. Ella entendió rápido la nueva situación, y soltando mi cabeza, dejó que los tirantes del vestido se deslizaran por los hombros hacia abajo, dejando al descubierto dos masas de carne firme, del mismo bronceado que el resto de su piel, y suave como el más caro de los terciopelos laborados por mano humana, estaban coronadas por dos bombones excelentes con una aureola mediana, y un botón del pezón igualmente de tamaño mediano, fruto sin duda de sus dos niñas a las que había criado con pecho, según me contó ella misma en una de nuestras noches de vigilia. Y yo tomé entre mis labios lo que hasta no hace tanto había sido la fuente de lactancia de las pequeñas, pero a diferencia del chupeteo infantil, dulce y tranquilo, el mío fue duro, y vicioso, a lo que ella respondió mordiéndose en los labios para no gritar, única manera que supe que le estaba gustando, ya que la dureza de sus tetas era tal antes ya, que no dieron lugar a ninguna pista, y tampoco su piel, erizada como la de un ave.

Yo le seguía comiendo los pechos, mientras que mis dedos se estiraban para alcanzar alguna zona más erógena de su coñito, cuando estremeciéndose fuertemente mi angelical amiga me apretó aún más con las piernas como si de una boa se tratase, intentando partirme los huesos para después tragarme de una pieza. Bajó de nuevo su boca hasta mi hombro, donde sólo la camiseta que llevaba evitó que sus dientes me dejaran una marca delatora, mientras ella trataba de controlar sus sonidos. Porque el orgasmo que acababa de disfrutar fue grande e intenso, como si de un terremoto de 8 en la escala Richter acabara de sacudirla completamente. Sus espasmos se prolongaron varios segundos, aunque yo no estaba en condiciones de cronometrarlo, y por mis manos se derramó una intensa corrida proveniente de su interior. Pero Ángela es una mujer caliente, y ardiente. Fue un gran orgasmo, pero ella necesitaba más. Y yo también. Desde hacía demasiados minutos, mis gayumbos soportaban una tremenda erección, que en un principio estuve frotando contra sus muslos, pero que al alzarla, se quedó en el aire, sin sitio donde buscar consuelo la sangre que le bombeaba el corazón.

Si dios existe, sabrá que uno de los momentos más felices de mi anodina existencia fue cuando Ángela levantó la cabeza de mi hombro, y tras pasar toda la lengua apreciando el sabor de mi oreja izquierda tan sólo me dijo “Fóllame. Ahora.” Y se dejó resbalar hasta el suelo, para llevarme contra el lateral del coche que yo imaginaba de su propiedad y dejar mi pene al aire, para acuclillarse después y comenzar la más soberbia mamada que jamás hubiese soñado. En un momento en el que ya ella estaba más cerca de ser un ángel caído, que uno celestial, por el pecado que destilaban todas nuestras acciones, no dudó en mirarme a los ojos con cara de deseo, y sacando la lengua pasarlo por mi rabo desde la base a la punta, para luego jugar un poco con el glande, y volver a repetir la operación. En cada lamida se volvía más atrevida, y lo mismo me comía un poco lo huevos, que me pasaba los dientes por el glande de mi masculinidad. Y finalmente se la fue metiendo en la boca, mientras iba jugando con la lengua, y a la vez engullía centímetro a centímetro la dimensión completa. Y digo completa porque si nariz llegó a mi pubis, y aún se clavó en el, demostrando que mis 17cm no eran rival para el tamaño de la boquita que yo había tenido la suerte de tener a mi disposición. Pensé en agarrarla por el pelo, para apretarla aún más, para demostrar mi dominación, pero la dejé hacer ¿a qué demonios la iba a forzar si ella me estaba demostrando que me iba a hacer de todo sin falta de exigírselo? Y mientras estos pensamientos se desarrollaban en lo profundo de mí ser, el resto de mi cuerpo disfrutaba de su boca, y de las caricias que me proporcionaba en mis pelotas, en el culo, y en toda zona musculada que ella era capaz de alcanzar con los brazos. En su boca, toda mi polla sentía una calor que la hacía sudar y depositar poco a poco líquido preseminal directamente a las papilas gustativas. Nunca había notado un calor así. Ni siquiera en una vacaciones de agosto que tuve la fatídica idea de alquilar una casa en Sevilla durante una semana, sin aire acondicionado. Ni ahí tuve la sensación de calor que en esos momentos experimentaba el badajo de entre mis piernas en la boca de esa diosa de la lujuria.

Ella debió notar que mi corazón se aceleraba, y que si seguía así podría correrme sin haber llevado a cabo nuestro principal deseo, así que se levantó de nuevo, dejándome verla por un momento casi completamente desnuda, sólo con su vestido arrugado enroscado en la cintura, y sólo con aquel escueto tanga que yo ya conocía abierto por la mitad, pero que igualmente mostraba un monte de Venus pelado completamente, y que exhibió ante mí con la falta de pudor que el momento que estábamos viviendo aconsejaba. Y me besó de nuevo. Un beso diferente, aunque lejos de la intensidad y el arrebato de los primeros que nos dimos con su cuerpecito empotrado contra la columna, este beso, largo, muy duradero, fue más denso, como si todos los besos de una vida pudieran concentrarse en aquel, pero a la vez con la sensualidad y el vicio de las larguísimas horas que llevábamos acumuladas de cibersexo, y de ciberamistad también, horas en las que nos confesamos nuestros más íntimos deseos y la lista de nuestras infidelidades y amores prohibidos, anhelos y pecados. Juntos, mezclados, para convertirse en un beso con sabor a mi. Y después de ese eterno contacto de las bocas, la suya se apartó, para dejarme ver lentamente sus preciosos ojazos, y después su cara, y caminando con un andar felino, como el del jaguar del elegante tatuaje que adorna su espalda, y que a mi es el que más me gusta de todos los que tiene, se alejó unos pocos pasos.

Como si todo se desarrollara de nuevo a cámara súper lenta, vi como se inclinaba para apoyar el busto en el capó delanteri, mientras llevaba su mano derecha a las tetas que ahora le colgaban libres, al albedrío de la gravedad, lo cual daba una sensación de mayor volumen de las mismas, y retomar las caricias que antes le había dado mi boca. Entre tanto, su mano derecha fue acariciando el vientre, desplazándose en horizontal, cubriendo el precioso ombligo que es el centro geográfico de su anatomía, para llegar, pasando por encima de la tela de su prenda íntima hasta su entrepierna. Allí, esa mano derecha, a la vez que se iba tocando en los labios vaginales y el botón central del placer, comenzó a abrir de nuevo la raja en medio de la tela, como si su intención real no fuera la de dar placer a su dueña, sino incitarme enseñando lo más profundo de la cavidad que yo ansiaba ocupar.

Ante ese panorama no tuve más remedio que arrodillarme tras de su esculpido trasero, hacerle levantar la pierna derecha para que la apoyara en la defensa del coche, y contemplar el soberbio espectáculo de sus dos agujeros ofrecidos ante mí, sin un solo pelo que los rodease. Anunciando mis intenciones por adelantado, le solmené una sonora palmada en las nalgas que retumbó por todo el parking, por suerte sin que hubiese nadie para escucharla, y mientras con mi mano izquierda me fui a su culo, la derecha pasó por debajo de su vientre para acceder de nuevo al clítoris, aunque esta vez, completamente apoyado en él. Cuando tuve todo en su sitio avancé con mi cabeza, hacia los labios vaginales que me comí con ansia. El coño aún rezumaba fluidos de la anterior corrida, inundando mi nariz del dulzón efluvio. Le di un primer lametón que le recorrió toda el coño, para después continuar con lamidas y chupetones en todas las zonas que lo rodeaban. Se lo chupaba, succionaba todas sus partes, mientras no dejaba de menear el dedo gordo en el botoncito del placer. Ángela se retorcía y volvía a gemir, aunque cada vez más fuerte, como si poco a poco su autocontrol se estuviera desmoronando, a momentos parecía que las piernas no la iban a seguir sosteniendo. Su coño palpitaba caliente, y lo sentía vibrar y tensarse todas las veces que le arrimaba la boca para comérmelo. Mi mano izquierda abandonó las nalgas, dejando apartado el hilo del tanga, para llegar a la teta más cercana, que colgaba libre, apretándola a la vez que con los dedos le cogía el pezón y se lo presionaba en un pellizco que sólo buscaba el placer de ella.

Así seguí un buen rato, hasta que subí un poco la apuesta, y en siguiente recorrido con la lengua, tras llegar al límite de la vagina seguí subiendo hasta llegar al agujero del culo, probando a forzarlo con la puntita, y provocando una tremenda reacción en el cuerpo de mi amante que se tensó, empujando el culo más atrás, buscando un mayor contacto. A partir de ahí la comida de coño derivó a una en la que mis incursiones en su ano se hicieron regulares, no sólo jugaba en él con la lengua, sino con toda la boca, recreándome en el placer que ella estaba sintiendo y que me demostraba con varias oleadas de placer que hacían que sus jugos ya bajaran por las rodillas. Mi ángel de lujuria, ya no gemía, lo que salía de su garganta eran una especie de gruñidos con los que trataba de aplacar su necesidad de gritar. Incluso se mordía la muñeca para intentar mitigar el sonido, aunque a esas alturas, yo creo que si alguien estaba en aquella planta nos estaría escuchando claramente, pr muchos esfuerzos que hiciésemos para acallar nuestra fogosidad.

-“Que me folles, YA” – me exigió –“Te necesito dentro, ahora.”

Eso lo dijo retorciendo la cabeza hacia atrás, y pude ver su rostro, desencajado y sudoroso. El gesto era de esfuerzo de contenerse, y se padecer la sucesión de placer que hasta entonces había disfrutado. Y como su deseo estaba bien claro, yo me despedí de su sabrosísimo coño y del néctar que me llevaba regalado, con una última lamida, mientras me levantaba y llevaba las manos desde su coño y su teta, a agarrarla por las caderas para facilitar su penetración, así como estaba, apoyada sobre el capó rojo de su coche, con el vestido hecho poco más que un cinturón retorcido alrededor de la cintura, el cuerpo sudado, el pelo revuelto, y el agujero del culo palpitando. Y sin más la penetré… y si su boca me pareció ardiente, su coño me dio la sensación de ser un volcán. Con mi lengua había notado ya el calor que desprendía, pero al meterle toda la polla hasta el fondo, noté el verdadero ardor que contenía. Por supuesto entró fácil, estaba inundada de jugos, perfectamente lubricada, y no la desaproveché, se la metí sin pausa hasta que mi cadera chocó con sus glúteos, y la punta de mi badajo sintió una presión de bienvenida que me daba la anatomía femenina.

Aquello no fue dulce ni tranquilo, ambos estábamos muy entregados y necesitábamos dar rienda suelta a lo que sentíamos, le di fuerte, la sacaba hasta la mitad y se la volvía a meter con fuertes golpes de cadera que acompasaban el ritmo. Ángela por su parte contraía el coño para buscar darme más placer y elevaba sus gritos, sin importarle nada, más que el trozo de carne que le daba placer. Tras unos minutos así yo ya no sabía en qué pensar para retrasar mi orgasmo, así que la cogí por el cabello y forcé su cabeza hacia atrás rudamente, pero evitando hacerle daño. Pero eso para ella fue el detonante que necesitaba,, su cuerpo se arqueó aún más de lo que yo esperaba, y comenzó a mover su cadera endiabladamente, dándome un placer que jamás yo había sentido anteriormente, lo que hizo que me corriera sin remisión, a la vez que ella, llenándola de semen caliente, mientras Ángela lanzaba un último grito que resonó por las paredes del solitario aparcamiento. Para a continuación desplomarse sobre el capó.

Yo también me tuve que apoyar en el coche, con una mano a cada lado del cuerpo que acababa de llevarme al cielo del placer. No sabía cuánto había pasado desde que nos encontramos, pero antes de mirar el reloj, agaché la cabeza para plantarle un beso húmedo en la nuca. Aún tenía tiempo, aunque recomponer a este ángel amoroso nos iba a llevar más tiempo. Mi corrida bajaba por las piernas hasta los tobillos ayudada por la humedad que ella misma antes había rezumado, en una cantidad que a mí mismo me sorprendió. La ayudé a ponerse en pie, ya que su postura durante la follada la había dejado muy cansada. Nos besamos en la boca un ratito, intermediando los besos con limpiarla ayudados por unas toallitas higiénicas que ella tenía en el coche, y colocándole el vestido lo mejor posible, mientras que aproveché para rozarle el conejito y esos pechos que me tenían aún caliente como si mis hormonas volvieran a niveles de la adolescencia.

A los pocos minutos salimos en su coche de aquel aparcamiento, siendo golpeados por un día radiante y caluroso en el exterior. Aunque el sol ardiente que se alzaba pleno en el cielo, resultaba frio en comparación a los tórridos instantes que acabábamos de vivir en un subterráneo.

Nos dirigimos hacia una cafetería algo apartada donde nadie la conocía, y delante de unos cafés con hielo charlamos como si de viejos amigos reencontrados se tratase, aunque nuestras piernas se tocaban ocasionalmente bajo la mesa, y los dos pares de ojos brillasen de una manera que sólo nosotros podíamos comprender.

Y aún me quedaba medio mes de vacaciones.