La vecina del quinto (Cap. 2)
Elena creía conocer los límites de su matrimonio hasta que las palabras sucias de su vecino las borraron. Ahora, cada escalón que baja es una tentación y cada confesión a su marido es un paso más hacia el abismo.
NOTA DEL AUTOR:
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CAPÍTULO 2
ELENA
Me llamo Elena, tengo 34 años y mi vida es una rutina cómoda pero predecible junto mi marido, Pablo, de 36 años.
Nos queremos o al menos eso creo; él trabaja mucho en su oficina de contable, sale a primera hora de la mañana y llega tarde, besándome en la mejilla cariñosamente aunque a veces me gustaría que me besara con la pasión de cuando éramos novios.
El sexo con él es funcional, rápido, en misionero la mayoría de las veces, su polla entrando en mi coño sin mucho preámbulo, sin apenas humedecerme eyaculando pronto dejándome con una desagradable sensación de vacío.
No es que me queje; soy una esposa fiel y amo a mi marido pero, a veces, cuando me masturbo sola en la ducha, imagino unas manos fuertes sujetándome y una polla más gruesa llenándome hasta el límite. Me siento culpable por desear algo más salvaje, pero los orgasmos que consigo son extraordinarios.
Cada día al ir a trabajar noto como me miran los hombres, el brillo en sus ojos observándome con deseo. Además mi cuerpo no me ayuda a pasar desapercibida; mis pechos son grandes y firmes, mi culo redondo se contonea sin que pueda evitarlo y mi coño se moja con facilidad cuando me siento observada.
Después de trabajar y comer algo ligero bajo a la piscina comunitaria para relajarme, me unto crema solar en los muslos hasta rozar el borde de mi bikini, sintiendo un ligero cosquilleo en mi clítoris que me hace cerrar las piernas. Sé que el vecino del segundo, Carlos, el viudo de 55 años me observa; es un hombre solitario, con su barba gris y su mirada intensa que a veces me pone nerviosa, pero nada más.
Hoy es un día como cualquier otro. Pablo se fue a las ocho besándome apresuradamente y yo me preparo para mi rutina diaria. Me levanto con el tiempo justo para despedirme de Pablo, preparo el café y me voy a trabajar. Salgo con tiempo necesario para poder ir andando, sin prisas y atiendo a los clientes con una sonrisa en la cara.
Al regresar a casa, hecho un vistazo por el balcón y compruebo que hace un día espléndido, de modo que me pongo mi bikini favorito; el rojo que marca mis pezones cuando hace fresco y deja ver el contorno de mi coño depilado si me muevo mucho.
Bajo las escaleras para hacer un poco de ejercicio, sintiendo mis tetas rebotar con cada peldaño, un recordatorio de lo sensual que me siento a veces, aunque Pablo no lo note. En el rellano del segundo me encuentro con Carlos. No es la primera vez que coincidimos, pero hoy me bloquea el paso sutilmente. Su cuerpo grande invade mi espacio y percibo su olor a hombre maduro mezclado con colonia cara. Me mira con sus ojos penetrantes y, de repente, me siento nerviosa, mi pulso se acelera y siento mi corazón palpitar. ¿Por qué me siento así? Soy fiel a Pablo, pero mi coño da un leve escalofrío involuntario.
—Buenos días, Elena —dice con su voz grave y ronca, como un ronroneo que me eriza la piel.
Sus ojos bajan a mi escote y juro que veo un bulto en sus pantalones. Pienso en Pablo, en cómo nunca me mira así y me siento culpable por sentir eso.
—Ah, hola, Carlos. ¿Bajando también? —respondo intentando sonar casual, pero mi voz sale un poco entrecortada. Trato de pasar, pero él no se mueve. De repente, con su brazo roza mi cintura accidentalmente y me hace estremecer; sin desearlo, mis pezones se endurecen visiblemente bajo el bikini.
—No exactamente; pero tú... ¡joder!, luces espectacular con ese bikini. — dijo dejándome tiritando.
—Gracias— acerté a responder con un hilo de voz.
—Tus tetas son una obra de arte, Elena. Me dan ganas de chuparlas aquí mismo, morder tus pezones hasta que chilles mi nombre.
Me quedo helada con mis mejillas ardiendo. ¿Qué demonios? Nadie me ha hablado así desde hace años. Pablo es dulce, pero nunca tan directo. Mi coño se humedece un poco, traicionándome, pero sacudo la cabeza.
—¡Carlos! ¿Qué dice? Estoy casada, Pablo es mi marido. Eso es... muy inapropiado.
Él se ríe y acercándose un poco más exhala su aliento caliente sobre mi cuello. Puedo oler su excitación y mi clítoris palpita. "No, Elena, ignóralo, tú eres fiel a Pablo", me digo, pero mi cuerpo no escucha.
—Inapropiado? Solo digo la verdad. ¿Tu marido te deja bajar sola a la piscina marcando ese coño bajo el bikini? Apuesto a que no te folla como mereces. Yo te metería la polla hasta el fondo y me follaría ese coño mojado hasta que suplicases piedad.
Mis muslos se aprietan involuntariamente, sintiendo una gota de humedad en mi bikini. Pienso en Pablo, en cómo anoche me folló rápido y eyaculando en pocos minutos sin apenas acariciar mi clítoris.
—¡Basta, Carlos! Pablo me ama, me respeta. ¿Qué te has creído? ¿Qué soy una vulgar fulana del extrarradio? ¡Déjame pasar!
Carlos roza mi brazo con su mano, un toque "accidental" que hace que mis pezones duelan de lo duros que están.
—¿Fulana? ¡No! Tu eres una diosa, Elena. Imagina mi lengua lamiendo tu clítoris, mis dedos en tu ano apretado mientras gritas de placer. No te reprimas más y acepta lo que eres. Una diosa del sexo y tú marido, si no se da cuenta de eso, acabará siendo un buen marido cornudo.
La palabra "cornudo" me golpea con dureza, pero en lugar de enfadarme, mi coño se contrae. ¿Por qué me excita? Soy fiel a mi marido, lo amo. Con un súbito empujón aparto a Carlos de mi camino y paso junto a él.
—¡Váyase al infierno! No vuelva a hablarme así.
Bajo las escaleras temblando, mi coño empapado rozando contra el bikini con cada paso. En la piscina siento mi corazón acelerado, me tumbo boca abajo desatando el top, pero no puedo relajarme. Mi mano se desliza bajo mi cuerpo, rozando mi clítoris hinchado y lo estimulo disimuladamente recordando las soeces palabras de Carlos; me siento culpable y sucia por traicionar a Pablo en mis pensamientos.
Al día siguiente, se produce otro encuentro en el segundo piso. Carlos me espera, de nuevo, interceptando mi camino.
—Elena, ayer no pude dormir pensando en ti. Ese culo tuyo... quiero azotarlo hasta dejar mi mano marcada en él y luego te follaré por detrás.
Mi corazón palpita irregularmente y mi coño se moja al instante.
—¡Pare! Soy fiel a Pablo. Él me folla bien, no necesito escuchar sus guarradas de demente.
Él se ríe y acercándose me dice:
—¿Folla bien? Apuesto a que no dura ni dos minutos y que su minúscula polla no te llena. ¡Mírate!, tus pezones duros me dicen que quieres sentir una polla gruesa dentro de tí.
Lo empujo, pero siento su erección rozarme.
—¡No! Él me ama, me respeta, y yo a él. ¡Váyase! Y déjeme en paz de una vez.
Bajo y, de nuevo, en la piscina me acaricio bajo el agua imaginando su polla en mi coño y odiándome por desearlo.
Los encuentros continúan. Al día siguiente, de nuevo en el segundo piso, Carlos vuelve a bloquearme el paso.
—Quiero chuparte las tetas, Elena. Pablo es un cornudo impotente.
— ¡Cállese! Pablo es bueno y me hace muy feliz —digo, pero mi coño chorreando me traiciona.
Al día siguiente, cuando bajé hasta el segundo y no lo vi, sentí una extraña sensación de vacío y, sorprendentemente, me alivió cuando tropecé con él en el descansillo del principal.
—Déjame tocarte, puta. Tu marido no sabe lo que se pierde trabajando tanto en su oficinita.
— ¡No soy tu puta! Soy fiel a Pablo, lo amo— grité, escapando, escaleras abajo. Pero esa noche, en la cama me follé a Pablo con una intensidad y pasión inusitada porque, en el fondo, me imaginaba la polla de Carlos metiéndose entre mis piernas. Pero antes de poder llegar al orgasmo Pablo, como siempre, eyaculó prematuramente.
Los breves pero intensos momentos en que Carlos me acosa están desestabilizándome, “¿Cómo se atreve? Ese viejo cerdo con su mirada lasciva y su voz ronca, hablando de mis tetas, de mi coño, como si fuera una puta cualquiera. Soy una mujer casada, fiel a Pablo, y él me respeta”. Pero, dios, ¿por qué mi cuerpo reacciona así?
Y cada día, irremediablemente, cuando me tumbo sobre la hamaca trato de relajarme y siento el bikini húmedo entre mis piernas. Mis pezones se endurecen haciéndome sentir cada minúsculo roce con la tela, y un calor traidor se extiende por mi vientre. "No, Elena, eres una mujer respetable", me repito, pero la imagen de su bulto en los pantalones y la promesa de una polla más gruesa que la de Pablo me hace apretar los muslos. Y sin darme cuenta, mi mano se desliza bajo el bikini, rozando mi clítoris hinchado y me corro furtivamente. Es un orgasmo culpable, lleno de vergüenza pero que me deja jadeando sobre la tumbona.
"Pablo, lo siento", pienso mientras derramo lágrimas de culpa.
“No me puedo guardar esto; tengo que contárselo a Pablo hoy mismo. Él me entenderá y lo resolverá”.
Repentinamente el día se estropea y el cielo se cubre con grises nubarrones que amenazan tormenta. Decido no ir al gimnasio para que no me pille la tormenta y, apresuradamente, voy al supermercado a comprar pescado fresco. Empujo el carrito con manos temblorosas con la sensación de que todos me observan como si supieran que estoy engañando, de pensamiento, a Carlos. Mis tetas rebotan con cada paso recordándome lo expuesta que me siento y mi coño palpita húmedo por el recuerdo. Me odio por ello, me odio por sentirme como me siento.
Por fin es la hora, Pablo llega puntualmente a las seis, como siempre, pero hoy le ha pillado por sorpresa la tormenta y está empapado.
Aún mojado me besa en la mejilla y se desprende de las prendas mojadas. Poco después, ya seco se sienta a mi lado en el sofá y me abraza cariñosamente pero sin pasión. Por un momento me lo imagino sujetándome con fuerza, desnudándome violentamente y clavándome su polla en lo más profundo de mi ser.
—Pablo, tenemos que hablar —digo, con voz temblorosa.
—¿Qué pasa, amor? Pareces agitada —responde, agarrándome la mano y acariciándome la palma con su dedo. Su preocupación es genuina, pero no hay fuego en sus ojos, no como en los de Carlos.
Respiro hondo sintiendo el rubor subir por mis mejillas.
—Es el vecino del segundo, Carlos. Lleva días acorralándome en las escaleras cuando bajo a la piscina. Me dice cosas... horribles, explícitas. Me habla de mis tetas, de que querría chuparlas, morder mis pezones hasta que gimiera. Dice que mi coño se marca bajo el bikini y que querría meterme la polla hasta el fondo. Me llamó... diosa y puta, dijo que tú no me follas como merezco, que tu polla es... pequeña, que no me llenas. ¡Me rozó! Pablo, sentí su erección. Estaba excitado, y... ¡me ofendió tanto!.
Pablo palidece, sus ojos se abren de par en par por la sorpresa.
—¿¡Qué!? ¿Ese viejo cerdo te dijo eso? ¿Te tocó? Elena, eso es acoso. ¿Qué le respondiste?
Me siento a su lado derramando lágrimas por mis mejillas.
—Le dije que parara, que soy una mujer casada, que me amas y me respetas. Que no soy una puta. Lo empujé y bajé corriendo. Me asustó mucho, cada día me acosa, pero... mi cuerpo reacciona y hace que me excite sin desearlo. Perdóname Pablo, me siento tan culpable... eres mi marido, te amo, pero ese hombre tiene algo que me excita. No sé si es su seguridad, su presencia o la vulgaridad con la que me habla. Tu nunca me hablas así, eres dulce, pero... ¿por qué me excitó tanto? ¿Estoy mal?
Pablo me abraza acaricia mi espalda con su mano, pero noto que su respiración se acelera.
—Elena, no estás mal. Ese tipo es un pervertido. Pero... ¡joder!, imaginarlo diciendo todo eso... sabes, me pone un poco... no sé. ¿Te excitó de verdad? Cuéntame más, amor. ¿Qué más dijo?
Lo miro, confundida.
—Dijo que quería lamerme el clítoris y meterme sus dedos en el culo hasta que gritase de placer. Que tú eres un cornudo y, si no me das lo que merezco, él me follará por todos los agujeros. Mi brazo rozó sin querer su polla y la sentí larga y dura. Pablo, ¿Quieres que vayamos a la policía?
Él traga saliva mientras que, con su mano, empieza a acariciarme el muslo.
—No, no creo que sea necesario. La situación me preocupa un poco, sí, pero... mierda, Elena, oírtelo contar me pone cachondo. Imaginarte allí, con él excitado por ti... pero eres mía. No hagas nada, ignóralo. Pero... ¿te mojaste de verdad? ¿Pensaste en su polla? ¿Se la tocaste?
Me sonrojo, sintiendo mi coño humedecerse otra vez.
—Sí... un poco, pero sólo te amo a tí, Pablo. Lo toqué sin querer, yo no lo haría nunca con él. Tú eres mi marido, me follas bien, aunque... a veces desearía que pusieras un poco más de pasión, que fueras más rudo y que en lugar de hacerme el amor, me follaras como a una fulana.
Pablo me besa en los labios, pero es torpe, no como la promesa cruda de Carlos.
—Yo también te amo. Hagamos el amor ahora, para que olvides eso — dijo excitado.
—¿El amor?
—No. Vayamos a follar desenfrenadamente como dos desconocidos.
Me lleva a la cama y, quitándome la ropa con manos temblorosas, sitúa su pequeña polla en la entrada de mi coño. Estoy mojada y a pesar de que me penetra y me folla con todas sus fuerzas no consigue hacerme sentir guarra.
—¡Ummmm! — gimo, pero finjo más placer del que siento.
Como siempre, Pablo eyacula rápido, dejándome insatisfecha, dejándome vacía y tengo que masturbarme en el baño, imaginando a Carlos follándome el culo contra la pared y haciéndome gritar de placer. "Pablo, lo siento", pienso, corriéndome desesperadamente.
Al día siguiente, en las escaleras, Carlos vuelve a bloquearme el paso. Mi corazón salta.
—Elena, otra noche sin dormir pensando en ti. Ese culo... quiero azotarlo y follarte por detrás.
Me ofendo, pero mi coño se moja.
—¡Pare! Se lo conté todo a Pablo y se enfadó mucho. Tuve que contenerle para que no fuera a tu casa y molerte a palos.
Carlos ríe.
—¡Ja, ja, ja!, tu cornudo no puede hacer nada contra mí. Tendrá veinte años menos que yo pero de una torta lo dejo knock out, además, mírate como vienes, toda mojada pensando en mí. Seguro que me estabas buscando porque, si realmente quisieras deshacerte de mí, habrías bajado en ascensor.
Lo empujo.
—¡No! Soy fiel. Váyase. — Aunque sé que tiene razón. Se que bajo andando y mi corazón se acelera cuando me acerco al segundo y estoy impaciente pare encontrármelo.
* * * * *
Esta noche, al acostarnos, Pablo, me preguntó:
—¿Volvió a acosarte?
Sí. Se lo cuento todo, palabra por palabra, y le confieso que a pesar de que sé que, me estará esperando en el rellano del primero, continuó bajando por las escaleras en lugar de usar el ascensor.
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