Xtories

El principio del fin II

A las nueve de la mañana, con los hijos en el colegio y el divorcio en marcha, Marian llama a Mauro. No es una llamada de despedida, sino una invitación al caos. En una cafetería pública, bajo la mirada indiferente de los demás, la tensión se vuelve insoportable y la línea entre el deseo y la destrucción se difumina.

Gargola11K vistas9.5· 28 votos

Es lunes por la mañana. Los niños ya están en el colegio. Hoy se quedan a comer allí porque necesito estar sola, valorar la situación, tomar decisiones y aplicar algunas de ellas, aunque no quiero que sea a la ligera. Quiero hacerlo bien. Tengo la prueba del delito y cuento con esa baza. Existen mil motivos más, pero, al fin y al cabo, este ha sido el detonante, o la gota que ha colmado el vaso. Estoy demasiado resentida para trabajar en favor de una relación que ya no tiene ningún futuro, y por tanto, no me apetece seguir siendo su sirvienta, ni tampoco su muñeca de consuelo.

Busco en internet un abogado especializado en divorcios en mi ciudad. Había pensado ir hoy aprovechando que estoy todo el día sola, pero me da cita para dentro de dos días, por lo que mis planes se tuercen, y por tanto, vuelvo a pensar en Mauro. Miento. No es que vuelva a pensar en él, es que no he dejado de hacerlo en todo el fin de semana. Con el fin de semana de por medio no me había planteado hacerle la llamada perdida que le prometí, y considerando mis planes fallidos de hoy, opto por ello. Me apetece volver a ver el azul intenso de sus ojos. Notar esa mirada que me hizo sentir tan deseada. Y no solamente eso, sino que mis pensamientos se adentran en terreno resbaladizo.

Cojo el papelito, marco el número y oigo el tono de llamada. Tengo los nervios a flor de piel y los pezones erectos. Escucho un “hola” con acento. Es él. Respondo con otro “hola”.

—Soy Marian, —añado.

—¡Marian! Qué grata sorpresa. Pensaba que no me llamarías.

—No he podido hacerlo antes.

—Más vale tarde que nunca, —agrega.

—Claro. Me preguntaba si te apetecería tomar un café.

—Por supuesto, —responde.

Quedamos en vernos en una hora en una cafetería que ambos conocemos. Me doy una ducha rápida, a continuación añado unos retoques de chapa y pintura, después me visto. Elijo para la ocasión un vestido que oculta lo que no me gusta y ensalza lo que sí. Me calzo unos zapatos que elevan mi horizonte diez centímetros a fin de que estilice mi figura. Me cubro los brazos con una chaqueta y abro un poco el escote del vestido para generar expectación. Finalmente enfilo en dirección a la cafetería.

Su atuendo es el mismo que el del otro día a excepción de que ha cambiado el blanco de su camiseta por el negro. Nos saludamos con un beso amistoso y me dice que estoy muy guapa. Se lo agradezco y accedemos al interior del local. Yo pido un café con leche y él un café solo.

—¿Puedo preguntarte algo? —me dice.

—Por supuesto, —respondo complaciente.

—¿Estás casada?

La pregunta me pilla por sorpresa, sin embargo, no quiero mentirle.

—Sí, lo estoy, pero voy a separarme.

—¡Vaya! —exclama. —Sospecho que cuando has tomado esa decisión es porque las cosas ya no tienen solución.

—Tú lo has dicho, —asiento mientras el camarero nos trae los cafés.

—¿Cuántos años lleváis?

—Quince.

—Son muchos.

—Son demasiados, —subrayo.

—¿Hay hijos de por medio?

—Sí. Uno de doce y otro de diez.

—Imagino que eso es un problema.

—Lo es, pero no quiero estar toda mi vida arrepintiéndome de algo que pude haber hecho y no hice. Me he dado cuenta de que es mejor cruzar la línea y sufrir las consecuencias, que mirar fijamente la línea durante el resto de mi vida. Espero encauzar mi vida y ser feliz, no sé cómo ni con quién. También quiero que lo sean mis hijos y no lo serán ante un panorama que va a peor.

—Eres valiente. No me cabe duda.

—No, no lo soy. Lo que he sido es demasiado conformista.

—Dar un paso así requiere valor.

—Lo contrario de la valentía no es la cobardía, sino la conformidad, por eso he necesitado de un empujón para tomar la decisión.

—Lo importante es que has dado el paso.

—Sí. De un modo u otro, es así.

—Has hecho bien. Por cierto, ¿a qué te dedicas?

—A la logística.

—¿Trabajas para una empresa de transporte?

—No exactamente. Soy ama de casa.

Nos reímos.

—¿Qué me dices de ti? —le pregunto.

—¿Qué quieres saber?

—No sé. Háblame de ti.

—Doy clases de conversación de inglés en un instituto.

—Pero no eres inglés, —señalo.

—No. Mi padre es sueco y mi madre danesa.

—Interesante mezcla. Por eso tienes esos ojos tan bonitos.

—A mí me parecen deslumbrantes los tuyos.

—Gracias. Mientes muy bien. Los míos son comunes.

— No miento. Simplemente discrepo.

—Gracias de todos modos. Eres muy atento.

—Y tú un sol.

Sonreímos.

—¿Tienes pareja? —le pregunto.

—Nada serio.

—¿Eso es un sí?

—Salgo con alguien. Bueno, compartimos piso, aunque también es cuestión de tiempo que rompamos.

—¿Y eso por qué?

—Tenemos diferentes enfoques sobre múltiples cuestiones y demasiadas discrepancias para afrontarlas. Ella insiste en hacer planes de futuro y eso no entra en mis esquemas. Como ves, unas desean separarse mientras que otras hacen todo lo posible por amarrarse a la relación con el matrimonio. Por cierto, ¿qué opina tu marido?

—Todavía no se lo he dicho.

—¿Cuándo piensas hacerlo?

—Quiero esperar a atar algunos cabos, pero no lo sé.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto cubriré mínimos.

—No me importa que estés casada.

—Ambos tenemos una relación, aunque, como dices, es cuestión de tiempo.

—¿Te cuento un secreto?

—Mis labios están sellados, —le digo.

—Me gustas, —afirma posando un dedo en mi labio inferior.

—Tú también me gustas a mí, pero yo soy mucho mayor que tú, —le informo, como si no se hubiese percatado de ese pequeño detalle.

—No me importa. No vamos a casarnos.

—Qué decepción, —le digo bromeando.

—El lado positivo es que me pones, —manifiesta posando la mano en mi rodilla por encima del vestido, y ante esa iniciativa un cosquilleo recorre mi pierna, mas, al comprobar que no hay resistencia por mi parte, su mano asciende hasta la mitad del muslo.

—Tú lo que quieres es echar un polvo, —le digo.

—¿Y tú qué quieres? —me pregunta, pero no contesto. Su mano avanza ahora por dentro del vestido y se detiene en mis ingles. Estoy tan excitada que no me importa que estemos en un lugar público. No nos ve nadie, pero es porque nadie repara en nosotros.

—¡Dime! ¿Qué quieres? —me repite.

—Que sigas, —le exhorto.

Su mano se posa en mi sexo y me aplica una ligera presión que provoca que mi respiración se agite. Con dos dedos desplaza la braguita para que uno de ellos surfee por mi raja, por lo que cierro los ojos y muerdo mi labio inferior esforzándome al máximo para no gemir. El dedo descapucha la pepita y empieza a friccionarla con movimientos circulares. Ahora muerdo mi mano para contener el impulso de gemir. Abro los ojos, abro la boca y aumento la presión de mis dientes ante la inminencia del orgasmo. Seguidamente empiezo a convulsionar. Sujeto su mano y la aprieto con fuerza ante los espasmos del clímax. Gradualmente la sensación disminuye, el estremecimiento remite y mi respiración se estabiliza.

Nos miramos a los ojos. No sé si agradecerle lo que acaba de hacer o reprocharle que me haya llevado tan rápido al orgasmo. Me siento tan viva… Me enseña su mano empapada de mis flujos y nos reímos los dos como si fuésemos dos adolescentes haciendo travesuras. Acto seguido coge mi mano y la lleva a su entrepierna. Está tan hinchada que parece que vaya a explotar. La sobo por encima del pantalón evaluando su magnitud y aprieto la joroba con firmeza. No tengo que desabrocharle el pantalón. Lo hace él por mí. Yo aferro el miembro con la mano. Lo muevo despacio calibrando su tamaño. Paseo mis dedos por el glande mojado y empiezo a acelerar el ritmo de mi mano, atenta a nuestro alrededor para que nadie repare en nosotros. Dos mesas más allá dos clientes desayunan ajenos a lo que ocurre debajo de la nuestra. Un camarero transita por la sala indiferente, mientras yo sigo entregada a la paja.

Miro a Mauro a los ojos y me muerdo el labio inferior con lascivia como evidencia del deleite que supone también para mí masturbarle. Incremento la cadencia y el rostro de Mauro se desencaja. Su expresión es un fiel reflejo del placer que mi mano le transmite. Los ojos se le cierran y abre la boca como si pretendiera atrapar más aire. Inmediatamente noto los espasmos de la verga y el semen se estampa debajo de la mesa repetidas veces, pero no me detengo hasta que mi mano se llena de la viscosa sustancia al mismo tiempo que él inclina la cabeza hacia atrás como muestra del goce. Por último, aprieto el tronco y lo exprimo hasta que sale la última gota. A continuación abre la boca embelesado, me mira y me sonríe. Después coge mi mano y la conduce a mi boca para que lama su esencia. Cada cosa que hacemos y cada paso que damos nos lleva a un nivel más elevado de erotismo, y aunque pueda parecer inverosímil, estoy excitada de nuevo.

Nos vamos a mi casa en vista de que él comparte piso con su pareja. La verdad es que no me agrada llevarlo allí, pero no quiero posponerlo hasta encontrar un lugar mejor. Deseo que me haga el amor y que colme mi sed de él.

El ascensor es un preludio de lo que va a acontecer. Mi cuerpo es objeto de su deseo, el suyo del mío. Sus manos exploran y recorren con codicia cada rincón de mi cuerpo. Estamos soldados en un abrazo, en tanto, nuestras lenguas se enroscan con pasión manifiesta. Me sube el vestido y aprieta mis nalgas por encima de las bragas. Noto su dureza presionando en mi sexo como si quisiera poseerme allí mismo. Los nueve pisos se hacen cortos y al llegar nos detenemos ipso facto por si hubiese algún vecino. No hay nadie.

Intento abrir la puerta mientras sus besos recorren mi cuello por detrás y su entrepierna no deja de puntearme las nalgas. Cierro la puerta y continuamos el desenfreno en el recibidor. Me quita el vestido y ahora siento un poco de vergüenza por el hecho de que me vea desnuda, sin embargo, no parecen importarle mis complejos. Aterrizamos en el salón y allí se deshace de mi ropa interior y yo me dejo hacer por sus expertas manos y su experimentada lengua explorando mis pechos para ir centrándose en cada una de las aureolas. Me duelen los pezones del placer. Su lengua me quema allá por donde deja su impronta. Es como una brasa candente que baja por mi cuerpo hasta que llega a mi sexo. Lo mira y lo huele para después patinar el dedo por la raja, a continuación lo hunde dentro de mí y yo quiero morirme del placer. Al mismo tiempo que me folla con la pequeña extremidad, su lengua repiquetea en mi clítoris. Creo que me estoy deshaciendo en sentido literal, pues mis caldos se derraman sin contención en su boca. Gimo, grito y me retuerzo como una culebra deseando que me penetre. Tras salir del orificio busca de inmediato el de mi ano que lo recibe con sorpresa, pero también con notable placer.

Es una sensación nueva para mí. La lengua sigue trabajándome la raja al tiempo que la extremidad incursiona e investiga mis esfínteres. Su lengua es insuperable y el placer sublime. Levanto la pelvis y retuerzo mis caderas ante el orgasmo que me atrapa y me zarandea entre temblores.

Me mira sabedor del placer que acaba de proporcionarme. Yo le sonrío satisfecha. Ahora se incorpora y se desnuda mientras contemplo su cuerpo adornado con una amenazante verga que me apunta como una saeta. Me da la vuelta en el sofá y me apoyo en el respaldo ofreciéndole mis encantos. Volteo mi cabeza para ver como se escupe en la verga y se da unos meneos previos. Seguidamente me atiza dos nalgadas, posa el glande a la entrada y con un golpe certero mi coño absorbe el miembro como si nada. Exhalo un gemido al sentirlo en mi interior, después empieza a empujar con lentos, pero contundentes embates que propician que mis gemidos suban de nivel exhortándole a que lo haga con más intensidad.

No me reconozco cuando empiezo a culear exigiéndole que me lo de todo y no se hace de rogar. Mi cabeza se agita en todas las direcciones y por un momento poso la vista en una foto en la que estoy con mi marido. La imagen me alienta a culear con más brío movida por el desquite, al tiempo que la polla de Mauro actúa como un martillo neumático uniéndose a mi vendetta. Mis gritos son una mezcla de rabia y de placer. Puede que me esté volviendo loca.

Su dedo vuelve a incursionar en mi ano moviéndolo al compás de sus embates. Otro dedo se une a la contienda ensanchándome el canal y esta vez me da la impresión de que me están haciendo un emparedado entre dos tíos. El morbo me atrapa y en el fragor de la follada, Mauro agarra mi cabello mientras sigue atizándome pollazos como si le fuese la vida en ello. Estoy a punto de correrme de nuevo. Él lo percibe y acelera más el ritmo. Gimo, grito y me explayo con todo lo que tengo hasta que el orgasmo llega a su fin. A continuación me la saca, me atiza unos pollazos en las nalgas, me escupe en el ano, cojo aire y me agarro al respaldo del sofá, después posiciona la cabeza morada en la entrada y empiezo a notar la presión del obús adentrándose en mis esfínteres, mientras dos lágrimas resbalan por mis mejillas a la vez que muerdo el respaldo con saña. La presión aumenta y con ella un dolor agudo aderezado con una pizca de placer. Me estoy conteniendo hasta que un golpe seco de caderas me hace gritar cuando termina de hundírmela por completo. Inicia el ritmo pausado, entre tanto, sus jadeos se incorporan a los míos, siendo así que me doy cuenta de que estoy culeando de nuevo intentando acoplarme a su cadencia. Noto que se encorva sobre mí buscando mi clítoris y cuando lo encuentra el placer regresa con renovadas fuerzas para multiplicarse en cada embestida

Me es difícil describir con palabras las sensaciones. Jamás había experimentado algo ni remotamente parecido. Parece que me este removiendo por dentro, rebuscando entre mis entrañas un clímax que me parece atisbar en lo más profundo de mi ser.

—Quiero correrme así, —le grito.

—¡Córrete, Marian! ¡Dámelo todo, —me ordena.

Hemos pasado de la seducción, el erotismo y el deseo, a la lujuria en una pasión desenfrenada. Nadie nunca me ha hecho sentir tan mujer y tan puta al mismo tiempo. Nadie me ha dado tanto placer, ni me ha hecho lo que Mauro me hace. Estoy gimiendo de gusto y llorando de gozo al tiempo que me sodomiza llevándome al cuarto orgasmo en lo que va de mañana. Los gemidos de Mauro se hacen más enérgicos y la fiereza de los embates se incrementa conforme se aproxima su orgasmo.

Lo noto. Ya está ahí. Su semen caliente inunda mi canal, incluso percibo las palpitaciones de su miembro en las paredes del esfínter. Ambos jadeamos durante diez largos segundos y a partir de ahí, el ritmo decrece gradualmente. Después retira el generador de placer de mi ano y ambos nos dejamos caer extenuados en el sofá, mientras el esperma trata de escapar de mi orificio dilatado.

—¡Qué salvaje! —exclamo con la respiración entrecortada.

—Sí, —afirma sonriente y jadeante.

Si no es porque sé que no es así (valga la redundancia), diría que es el hombre de mi vida. No lo es. Solamente estoy dejándome llevar por el sentir y la emoción que me embarga. Pese a ello, le indico que se marche, presa de una encrucijada emocional.

—¿Volveremos a vernos? —me pregunta.

—Claro, —le aseguro con una fingida sonrisa.

¿Realmente es lo que quiero? Empiezo a cuestionármelo.

Cuando se marcha Mauro vuelvo a sentarme en el sofá donde acaba de darme la follada de mi vida. Pero ahora me encuentro de nuevo ante la disyuntiva de qué hacer con mi vida, incluso más confundida que antes. No quiero engancharme a Mauro porque mis sentimientos están a flor de piel y para él yo sólo soy el estandarte del morbo que encarna una madura casada e insatisfecha.

Tengo claro que no quiero continuar con mi marido en una relación que ya no me aporta nada. Mi pretensión tampoco es la de hacer un drama, puesto que, del mismo modo que él actuó como lo hizo, lo que he hecho hoy no obedece sólo al resentimiento, sino a diversas carencias. De un modo u otro, soy igual de culpable. Lo fácil habría sido enfadarse, gritar y arrojar mis emociones y mi ira sobre él, lo complicado dialogar y reflexionar sobre nuestros errores o evaluar en qué hemos fallado.

Sea como fuere, ya es tarde para eso. Las cartas están echadas.