Xtories

Engañada por su marido, cae en brazos de un joven

Cincuenta años y el corazón roto por la mentira de su marido. Eva no buscaba nada más que olvidar, pero el destino la puso frente a un joven de veinticinco años con la promesa de un placer que ella creía perdido. Esta noche, la abogada reservada dejará de ser quien es para convertirse en lo que siempre quiso ser.

Juan40K vistas9.5· 23 votos

Llevaba días discutiendo con Pablo sobre nuestra situación. No soportaba más sus gritos, sus repentinos viajes cada vez más frecuentes y, sobre todo, lo que consideraba imperdonable: Su falta de respeto cada vez que le proponía buscar soluciones. Mi nivel de resistencia emocional estaba tocando fondo, no solo en el ámbito familiar, sino que repercutía en el trabajo, donde esa situación me había llevado a una discusión tan seria en el despacho de abogados donde trabajaba que me mandaron a casa unos días.

Cuando se lo comenté a Pablo, se puso del lado de Luis Pedraz, el socio director del despacho.

—Allí tampoco te aguantan, estás insoportable —me respondió al contárselo.

— ¡Sabes que tengo razón! ¿Qué te ocurre?

—A mí nada. Pero no te das cuenta que los 50 años te han sentado fatal.

—Así no podemos seguir. Tendrás que decidir, si quieres que sigamos siendo una familia o separamos nuestros caminos.

—Cálmate Eva. Sabes que te quiero de veras.

—Me han ofrecido unos días de vacaciones. ¿Por qué no nos vamos solos a alguna playa y analizamos nuestra situación con calma?

—Imposible. Precisamente esta tarde me voy a París dos días.

—¿Cuándo me lo pensabas decir? —exclamó sorprendida. ¡Me voy contigo!

—Esto... no. Voy con Alejandro, no puede ser.

Salió indignada sin atender sus ruegos de hablar. Cogió su bolsa con la ropa del gimnasio y salió de casa dando un portazo. Desde que hacía unos meses le detectaron un pequeño quiste en el pecho, decidió cambiar algunos hábitos de su vida. Redujo la dosis de café tan consustancial en la oficina, puso en marcha una actividad física abandonada desde hacía años, saliendo a caminar, inscribiéndose en el gimnasio y, recientemente, dejándose convencer por dos amigas que jugaban al golf, para salir al campo a aprender a dar golpes. Pero su carácter también se había resentido. Qué lejos quedaba la fiesta hacía solo seis meses, de su 50 cumpleaños, sentía que en esos meses había cumplido 60 años.

Entró en el vestuario, vacío a esa hora. Se enfundó sus mallas que le hacían un culo muy apretado. La cintura había remitido desde que ejercitaba los abdominales. Había conseguido retomar una figura que siempre tuvo, pesaba 62 kgs en un cuerpo de 1,68. Se miró en el espejo del vestuario y le gustó lo que vio. Salió dispuesta a quemar la mala leche que la conversación con Pablo le había producido.

— ¡Hola Eva! Qué raro verte a esta hora —La saludó un monitor.

—Me han dado vacaciones. Necesito machacarme.

Una hora después, más calmada, abandonó el gimnasio en su traje de mallas negro sobre el que llevaba una camiseta ajustada de color fucsia. Las gafas de sol sobre su larga melena rubia, hacían las veces de diadema. Cuando arrancó, observó la luz roja: el indicador de gasolina marcaba la reserva. Su Mini Cooper no tenía un gran depósito, así que paró a repostar. Aparcó junto al surtidor núm. 4, detrás de una moto de gran cilindrada.

Al tratar de auto servirse, comprobó que el surtidor era de prepago. Guardó la cola, tras un chico que por su atuendo debía ser el propietario de la moto. Al girarse, se quedó sorprendida. Era muy joven, alto, debía ser el hombre más guapo que había visto en mucho tiempo. «Esta situación me está transformando, pensó, una reconocida abogada de cincuenta años, se queda mirando a un chico que no llega a los treinta».

Tenía que solucionar su vida, si no quería que terminara afectándola psicológicamente. Se dirigió al coche, mientras el chico estaba trasteando en su BMW de gran cilindrada. Sin ser apasionada de las motos, Pablo había tenido moto un tiempo y llegaron a hacer algún viaje.

A la vez que descolgaba la manguera, de reojo miró al chico y creyó ver que este también la miraba. «Si me hubieran dicho que Apolo iba a repostar delante de mí, a lo mejor me habría arreglado. En mallas y sin arreglar, podría parecer la madre de Apolo. Bueno en realidad, por la edad, podría serlo».

Ya no disimulaba, se apoyó en su moto, mirándola directamente, sin disimular. «Que sonrisa tenía el cabrón. Seguro que lo sabía. ¿Habría una cámara oculta? ¿Qué pasaba en estas ocasiones, debería sonreírle ella?» Cuando se disponía a arrancar la moto, al apoyar su pie derecho en tierra, lo hizo sobre una mancha de aceite por la que se deslizó la pierna, cayendo al suelo con la moto encima.

Eva acudió rápida a auxiliarle, conteniendo la risa, elevando apenas la moto, debido a su peso, lo suficiente para que pudiera salir de debajo de ella.

—Gracias, estoy bien. He resbalado al apoyar el pie.

—Había una mancha de aceite —Estaba acostumbrada a examinar de un vistazo las escenas del crimen.

El chico cojeando, retiró la moto del surtidor, dejándola junto a los puntos de aire y agua. Tenía desgarrado el codo de la ligera cazadora que llevaba sobre la camisa.

—Déjame mirarte la pierna.

En el servicio de caballeros, se bajó el pantalón, mostrando un pequeño rasguño en la tibia y un moratón producido por el peso de la moto. Del botiquín que le prestaron en la estación, extrajo algodón, betadine y alcohol. Le limpió la herida, colocándole una tirita tipo grapa para el cierre de heridas.

— ¿Eres médico?

—Soy madre y eso te enseña primeros auxilios.

—Gracias, no es nada. Lo hice para llamar tu atención. ¿Cómo puedo agradecértelo?

Eva sonrió. No se atrevió a decirle que se había lesionado en vano, porque ya había llamado su atención.

—No tiene importancia. Te dejo, aún no he comido.

— ¡Te invito! Hay un sitio estupendo aquí al lado. Tengo un segundo casco.

En realidad, no tenía ganas de ponerse a cocinar al llegar a casa. Quizás fuera una forma de desconectar de Pablo y del despacho.

—De acuerdo, pero vista tu habilidad con la moto, vamos en mi coche.

Le indicó un pequeño restaurante cercano, al que no ella había ido nunca. Le saludaron al entrar a la vez que el camarero les pasó a una mesita en la terraza.

—No venía preparada para salir, vengo del gimnasio —se excusó de ir vestida de esa manera.

—Es un sitio de confianza. Esta noche podrás arreglarte de verdad.

—Lo veo difícil. ¿A qué te dedicas? —Era evidente que ella no estaba habituada a ese tipo de situaciones. Esta no era una entrevista de trabajo.

—Programo software. Trabajo desde mi casa. Por cierto, me llamo Julio.

—Yo soy Eva. ¿Teletrabajas?

—Parece que eso se ha inventado el año pasado. Lo hago desde hace cuatro años. ¿Y tú?

—Soy abogado. Ayer me mandaron a casa unos días, a tele relajarme —Al menos eso es lo que desearían los jefes del despacho.

Julio consiguió que Eva se relajara, participando activamente en ese juego de halagarla que desplegó sin pasarse. Cuando decidió que debía marcharse, lo acercó a su moto.

—Elige donde te invito a cenar esta noche —Insistió Julio.

Por unos instantes, Eva, atraída por el dulce galanteo, dudó en aceptar la invitación. Inmediatamente reaccionó, rechazándolo con tacto, alegando un compromiso. Necesitaba hablar con Pablo serenamente. Ya había cubierto su dosis de vanidad.

—Me alegro de haberte conocido, aunque haya sido a costa de tu caída. ¡Ah! La cura que te he hecho en la herida es provisional. Si mañana no ha cerrado bien, ve a que te den unos puntos.

Antes de que arrancara su Mini, se le acercó y le pasó un papel con su número de móvil. Mantuvo su mano junto a la de ella mientras le hablaba.

—Si te falla ese compromiso, o si en algún momento te apetece hablar de los cabrones del despacho…

—Gracias, eres encantador. Pero supongo que tienes chicas más jóvenes y atractivas para invitar a cenar.

—Yo decido a quien me apetece invitar ¿no crees? Y tú decide que invitación te apetece aceptar.

Su comportamiento reflejaba una madurez que no correspondía con la edad que reflejaba su cara.

—No me has dicho tu edad.

—Veinticinco. ¿La tuya?

—Si alguna vez volvemos a vernos, te la diré —Respondió con una sonrisa nerviosa, sorprendida de haber tonteado con un chico al que doblaba la edad.

Tardó treinta minutos en llegar al pareado donde vivía en Monte Príncipe, una urbanización de alto nivel a las afueras de Madrid. Dejó su Mini Cooper aparcado en el garaje doble situado en la planta semisótano del chalet de tres plantas.

La comida con Julio había bajado la presión de su enfado. Su reacción de esta mañana no era usual en ella. Llevaba demasiada bilis dentro y debía luchar por recuperar la paz familiar.

Al entrar en casa, sintió la ausencia de Pablo. Le habría gustado que la recibiera con un «¿Cómo estás cariño?, ¿Qué tal en el despacho?» y porque no, que le echara un polvo que se merecía después de dos semanas sin sexo y que un pibón de veinticinco años, aunque no lo insinuó, seguro se lo habría echado.

Julio se mostró encantador, estaba desacostumbrada a que quisieran ligarla de la forma tradicional. Aunque no tenía intención de llamarlo, decidió agregar su número al whatsap. Iba a llamarlo Julio Guapo pero se arrepintió. Si lo viera Pablo le preguntaría por él. Lo dejó en «Julio Golpe Moto» para justificarlo con que había tenido un accidente.

Sin ánimo de salir con amigas, pensó dedicar la tarde a poner en orden sus casos. Mientras revisaba papeles observó que Pablo se había dejado el portátil. Sin él se sentía desnudo, llevaba todo su trabajo, no podría mantener sus reuniones en París. Podría acercárselo al aeropuerto. Al llamarlo, salía su número apagado o fuera de cobertura.

Llamó a Alejandro, su compañero con el que viajaba.

—Hola Eva. ¿Qué tal?

—Bien. Pablo se ha olvidado el portátil y tiene el teléfono fuera de cobertura. ¿A qué hora sale vuestro vuelo?

— ¿Vuelo? Yo estoy en la oficina. Y Pablo tenía reunión en Sevilla. Se ha ido en AVE.

— ¡Ah! Lo entendí mal. Da recuerdos a Marta.

—De tu parte. Un beso.

¡El hijo de puta me había engañado! Nunca había imaginado que hubiera una tercera persona pero tanto viaje repentino, tanta reunión de trabajo a horas intempestivas solo podían responder a una situación. Tenía una amiga. O varias. Esto suponía un cambio de estrategia. A su vuelta hablarían, pero no para solucionar su matrimonio sino para acordar como deshacerlo.

No se veía capaz de aguantar hasta su regreso. Estaba jodida de verdad. ¿A qué amiga llamaba? No quería montar un número ante ellas, pero se veía incapaz de seguir en casa. ¡Julio! El chico había demostrado ser educado y se había ofrecido a conversar sobre el trabajo. Igual podría hacerlo sobre el matrimonio.

Le puso un mensaje preguntando por su pierna para no mostrar interés en quedar. Estuvieron intercambiando whatasaps hasta que Julio, cansado de escribir, la llamó.

— ¿A qué hora te recojo? —le dijo nada más descolgar.

Se hizo un silencio. La cabeza de Eva funcionaba sin acabar de decidirse. Aún estaban las cosas de Pablo en casa. Julio tenía 25 años. Pero no podía quedarse en casa.

—De acuerdo. A las 9. Mándame ubicación, tú no puedes conducir.

Cuando colgó, Eva, la segura Eva, la mujer que se enfrentaba al jefe en el despacho se puso nerviosa como una colegiala. Frente al vestidor no sabía que prenda elegir. No quería parecer una señora de su edad, pero tampoco quería que la viera como una madura fuera de su sitio. Finalmente se decidió por un pantalón vaquero que se amoldaba perfectamente a su cuerpo haciéndole un culito muy alto. Se puso una camiseta ceñida de CH que realzaba su pecho, que aparentaba una firmeza que había empezado a perder. Unos zapatos de tacón de aguja, los de tacón más alto que tenía, dado que Julio le sacaba veinte centímetros.

Eva tuvo que ocultar su sorpresa al verlo aparecer con unos pantalones chinos crema y una camisa blanca de botones en el cuello, su pelo largo mucho más liso y oliendo a una colonia que le encantó. Y seguía con su mismo galanteo.

—En mallas estabas preciosa, pero así… me des mallas.

—Eres un payaso —sonrió.

Reservó en un sitio alejado de casa, donde solo iba alguna vez con amigas. Algunos camareros la conocían. Se sintió tentada a buscar otro lugar pero finalmente asumió el riesgo. «Que cada una pensara lo que quisiera, solo era un amigo»

Pidió unas croquetas de boletus, unos corazones de alcachofa y dos vinitos. Él la corrigió pidiendo la botella.

—Me alegro de que hayas cancelado tu otra cita —le dijo Julio sonriendo.

—No tenía cita pero no me pareció correcto quedar.

—Supongo que eres separada. Yo tuve una novia hasta el confinamiento. Ahora tengo amigas y calabazas, por igual, vivo al día.

—Estoy casada. Pero creo que por poco tiempo. Se ha ido a Sevilla con una amiga —y como diciendo algo que acababa de pensar, continuó—. Aún no he agregado ni amigos ni calabazas a mi nueva vida.

—No tengo experiencia en esas situaciones pero seguro que cualquier decisión mejor tomarla sin presión.

Se sintió cómoda con su conversación, que no pretendió sacar partido de su estado de rabia, lo que la sorprendió.

—Me agrada hablar contigo, pareces sincero, aunque no sé qué te ha llevado a invitarme a salir.

—Me pareció una situación divertida la forma de conocernos. Y te aseguro que no podía imaginar que te vería aparecer tan atractiva esta noche.

Los camareros la saludaban con naturalidad. Debería evitar cualquier gesto de familiaridad personal.

— ¿Te preocupa el sitio? —preguntó Julio al notar su nerviosismo.

—Que le digan que me han visto con un chico guapísimo —se rió de forma natural ya bajo el efecto del segundo vino de la botella.

—Supongo que cenar con un amigo no debería ser un problema.

El trato que recibía de Julio y el vino, le estaban ayudando a rebajar el dolor que le había producido descubrir la mentira de Pablo.

—Quién sabe... —Sonreía ya muy desinhibida—. Con el poco tiempo que te conozco, me pareces mucho más interesante que la mayoría de los tíos de mi entorno.

—Y tú también me pareces la mujer más interesante que he conocido en mucho tiempo —dijo él manteniendo fija la mirada.

—Querrás decir la madurita más interesante. Gracias.

—Dije la mujer, no diferencio por edades —respondió sonriendo.

—Estás loco —se sonrojó ella.

Pidieron la cuenta enseguida, dado que se habían convertido en centro de las miradas de las mesas de alrededor.

— ¿Donde seguimos? —preguntó Julio.

Eva se quedó mirándolo. Durante la cena, había madurado ante sus ojos. Debía ser una señal del cielo. ¿Por qué perderse una ocasión así?

— ¿Te atreves a llevarme a bailar? —provocó a Julio.

— ¡Me parece genial! Eso quiere decir que ya has vencido tus prejuicios de edad.

—Tanto como vencidos... Dejémoslo en dominados. Pero debemos ir a algún sitio de los tuyos, no quiero encontrarme con nadie. Tú conduces —No le dejó opción y le entregó las llaves del Mini.

Julio conocía sitios de moda en Madrid. Eligió uno donde sabía que la edad no era excesivamente joven, aunque claro, comparado con la suya. Aún así Eva no se sintió incómoda al entrar. La gente que iba a esa discoteca tenía entre veintitantos y cuarenta y tantos, la mayoría iban a ligar, a tener un escarceo de una noche, a follar si podían y nada más, pero iban bien vestidos. No soportaba la ordinariez.

Se sentía halagada de que un chico como Julio estuviera con ella esa noche seguramente pensando lo mismo que el resto, que podía ser un polvo fácil. Al menos no había ido a saco. Antes nunca había sido de ese tipo de mujer, pero si se separaba, tendría que cambiar algunas cosas.

Como si el DJ le adivinara el pensamiento empezó a sonar una de sus canciones favoritas. Eva estaba eufórica, hacía dos horas estaba hundida y ahora estaba de fiesta con un pibón joven. Julio le pidió que esperara un poco para salir a bailar y ella decidió que debía empezar a funcionar sola. Se dirigió a la pista, cerró los ojos, se entregó a la música y se abandonó al baile, disfrutando libremente con cada movimiento de su cuerpo, tarareando las letras de las canciones que iban sonando, dueña de una zona de la pista y olvidándose completamente del trabajo y de Pablo.

Satisfecha de su primer impulso, volvió a la barra donde la esperaba Julio con su gin tonic. Le gustaba ese ambiente, estaba contenta.

—Te mueves bien en la pista —le soltó Julio, que a la luz tenue de esa zona, se veía muy atractivo.

—Esa música me gustaba.

—Ya me he animado.

Volvieron a la pista, Eva seguía en una nube dando muestras de que le gustaba lo que estaba ocurriendo. Siempre pensó que un tío de menos de cuarenta años era un yogurín. Y Julio no llegaba a yogurín, era yogur líquido, se lo podía beber sin masticar. Era divertido ver que otras chicas la miraban, murmurando de una madurita con un chico joven.

En una canción más lenta, acercaron los cuerpos, percibiendo la suave brisa de su respiración en su cuello. Seguían moviéndose al mismo ritmo, suave y sensual hasta que sintió el miembro de él endurecido tratando de abrir paso entre sus piernas. Miró a su alrededor en un acto reflejo de pudor. No sabía si era el baile o era él. Eva sentía como sus pezones se endurecían y la respiración se le cortaba.

—Se te ve tensa. ¿Desde cuándo no follas?—dijo al oído.

La boca de Julio besándola por el cuello, intercalando pequeños mordiscos impidió que pudiera replicarle. Había pasado una mano delante, empujando sobre la zona de su coño, humedeciéndole las bragas. Estaba haciendo algo prohibido, sexual, con un joven al que apenas conocía de unas horas.

—No seas maleducado. No te imaginaba así —Su cuerpo no expresaba el mismo lenguaje que sus palabras. Las caricias de Julio la estaban matando de placer.

—Los jóvenes somos más naturales, decimos lo que sentimos. Tú cuerpo habla por ti. Te encantaría que te follara y tratas de disimularlo.

—A alguno se os va la fuerza por la boca —respondió haciéndose la difícil, sin obviar que ella había elegido salir con un chico de su edad y no podía cambiar su naturaleza.

—Seguro que no has probado una polla como la mía…

Por muy excitada que se sintiera, nunca había soportado ese lenguaje. Su mente no podía aceptarlo. Se deshizo de su abrazo, de un empujón.

—No soporto ese estilo Julio —le gritó alejándose.

—Lo siento Eva —respondió él siguiéndola, aparentemente sincero—. Me gustas mucho pero no estoy acostumbrado a salir con una señora como tú. Prometo no repetirlo —suplicó, poniendo una carita para comérselo allí mismo.

—Acepto tus disculpas —le perdonó, consciente de que no podía impedir que él tuviera veinticinco años menos.

Sus halagos educados, volvieron a relajarla. En unos minutos reían los dos en ese estado previo al desenlace. La declaración de él, aunque falta de estilo, había puesto sobre la mesa sus intenciones. ¿De verdad ese pibón quería follar con ella?

Julio era mucho más joven pero mucho más experto en este tipo de situaciones. Notó sus dudas y supo que solo necesitaba un empujón. Sin que ella lo esperara, la llevó tras una columna próxima a ellos. Sujetó sus manos contra la misma columna que los protegía de miradas ajenas. Le avisó con la mirada, de sus intenciones. Ella inició un flojo forcejeo de manos al que se consideraba obligada y cambiando su gesto a una sonrisa, le indicó su rendición.

Julio entendió su gesto y le metió su lengua hasta la campanilla, soltando sus manos y bajando con las suyas a sobarle las tetas, firmes y menudas. Había traspasado la primera línea de defensa. Ella lo rodeó con sus brazos y él, sin dejar de besarla, metió dos dedos por dentro de su braguita. Mariposeó un poco alrededor del clítoris, y le arrancó un gemido de placer.

—Me vuelves loco Eva.

Por primera vez en su vida deseaba que se la follara un tío, el primer día de conocerlo. Le molestó su vocabulario, no la falta de deseo. Ya habían desparecido las dudas respecto de Pablo.

—Vamos a tu casa antes de que me arrepienta…

Durante el trayecto al coche que había dejado en el parking, fueron jugando como niños, comiéndose la boca como si fuera su primera vez. Él no dejó de meterle mano en todo el trayecto, temeroso de que se enfriara el horno. Al entrar en el coche, metió su mano entre las piernas de ella que gemía de placer sin dejar de besarlo.

— Me tienes a mil Eva.

Ella decidió que ya había dado el paso. Tenía que demostrarle que no era ninguna niña.

—A ver si es cierto lo que presumes de polla.

Sentados en el coche, le bajó sus pantalones, se la sacó del boxer y dejó al descubierto su miembro firme, altivo, emergente. De rodillas sobre el asiento del copiloto, de cara a él, rodeó esa polla joven con sus manos, contemplándola durante unos segundos. ¡Era puro vicio!

Sin prisa ninguna, la introdujo en su boca, abrazando su glande con los labios. Julio no se lo creía. Una mujer como Eva comiéndole la polla en la primera cita, cuando creía que necesitaría al menos tres citas para follársela. Él le acariciaba su cara, marcándole el ritmo a Eva que ni en sus mejores años de juventud se había comido una polla como esa. Ella seguía el ritmo que él le marcaba como si el maestro de la orquesta dirigiera con su batuta. Sin tener contrastado si su nivel de comedora de polla era bueno, puso lo mejor de ella, descubriendo el placer del tamaño. Sus ojos brillaban de fuego, su sonrisa morbosa, peligrosa, sus jadeos llegaban nítidos. No fingía, estaba disfrutando la mamada.

—No pares cabrona.

¿Parar? Eva estaba con un pico de polla y se estaba dando un buen chute. Ver la excitación de la cara de Julio, la hizo agarrar sus hinchados huevos y continuar chupando y chupando. En el punto álgido de la mamada, la polla de Julio estalló en su boca, obsequiándola con una delicatesen de yogurín, que como no podía ser de otra manera, le dejó la boca chorreando de yogur blanco. Tras limpiar hasta la última gota de su néctar, comprobó que no le desagradaba el sabor.

Ya habían desaparecido las dudas no solo respecto de Pablo, sino de la edad. Ella pensaba, inexperta en ese tipo de pareja, si necesitaría mucho tiempo para cargar el arma.

No pudo evitar al entrar, echar una mirada por el piso, donde se notaba el desorden propio de un chico joven, pero ella no venía con la idea de limpiar. Si acaso de que Julio le limpiara a ella el fondo de su vagina que llevaba unos meses sin apenas uso.

Comenzó a desnudarse en el mismo salón, dejando tirada la ropa por los muebles, sin esperar a llegar al dormitorio. Le había entrado urgencia por dejarse follar, estaba en celo y antes de que él se acabara de quitar los pantalones, empezó a pasarle las tetas por su boca, hasta que sus firmes manos ya liberadas, le sujetaron los brazos, la tendió en el sofá, acercándole su pelvis a la boca.

Ella ya conocía su polla, ahora la quería dentro. La excitación de la situación lubricó su vagina a ritmo supersónico y los veinticinco años recuperaron la erección de su polla en cero coma.

Después de una noche jugando, no necesitaba más preliminares ni quería darle la ocasión de que se corriera otra vez sin metérsela. Con la confianza que le daba haber sido presentada antes a su polla, la tomó con sus manos, la situó en la entrada de su vagina y le invitó a que él rematara la faena.

—Desde que vi tu culito en mallas, solo pensaba en follarte.

—Pues ya me tienes cabrón. Cumple tu palabra y demuéstrame que no me ha follado nunca una polla como la tuya.

—Joder que cachonda eres Eva.

—Calla y fóllame.

Poseída por Apolo, aunque algo también poseída por algún espíritu demoníaco Eva creía que a su cuerpo le salían escamas en la piel, en un caso mitológico de mutación al ser poseída. Se alegraba de habérsela mamado hasta que se corrió, ahora alargaba el polvo, sin dejar de bombear, subiéndola a donde no había llegado jamás. Era la primera vez que disfrutaba de una polla joven a las que recurriría si Pablo se marchaba definitivamente.

El recuerdo de su marido, al que cada vez le costaba más empalmarse, le hizo actuar de la misma manera. Se montó sobre él sin dejarle tomar aire, le acarició sus genitales, como hacía con Pablo para activarlo, pero Julio no necesitaba ayuda y sin desearlo, tanto manoseo, acabó por exprimir su zumo.

Estaba excitada, llevaba dos orgasmos y le parecía poco. Sin darse cuenta, estaba reteniendo a Julio que ya se había corrido, esperando que siguiera.

—Joder tía, que manera de follar.

— ¿No presumías de polla?

—Me queda munición para otro disparo.

La cogió en brazos, desnudos la llevó al dormitorio, donde la dejó caer sobre una de esas enormes camas de Ikea. Cuando Pablo llegaba un poco bebido tenía que comerle la polla para activarlo. Imaginó que el mecanismo de activación sería el mismo para un chico de su edad. Quería sentirla dentro de nuevo, no le bastaba un polvo y adiós. Como si su boca fuera una varita mágica, la polla se vino arriba. La pistola volvió a armarse, dispuesta para otro duelo.

—Por fin me vas a follar en una cama como Dios manda.

—Te voy a follar como te mereces, lo anterior ha sido dejarme llevar por tus impulsos.

Esas palabras le sonaron a música celestial. No la habían follado mejor en su vida y ¡aún podía mejorar! Quería ser follada de nuevo. A un movimiento de él Eva se irguió de rodillas, le ofreció la espalda, apoyando las manos en el cabecero. Fueron despacio acoplándose. La vagina se había dilatado. Julio sin prisa por acelerar consciente de que necesitaría un tiempo para cargar, y a la vez sabiendo lo hambrienta que estaba Eva, desde su posición no dejaba de apretarle las tetas ni de restregarle el clítoris con el roce de su pollón.

—Esta postura me encanta —gimió ella.

—Vas a probar muchas. —susurraba sin dejar de acariciarle su clítoris a la vez que la restregaba.

Cuando se sintió preparado embistió y metió su polla entera. Esa postura le encantaba, pero si, además, le añadías, cuatro o cinco centímetros de polla adicionales y seguramente uno de grosor y un pacto químico con el reloj para que no avance, era como sentir que había subido al cielo y que luego habían tirado la llave del ascensor al vacío.

Movía su culo en todas direcciones. Estaba arriba y no bajaba, no bajaba… Era la primera noche que follaba de verdad, todo lo anterior fue aprendizaje para llegar aquí. Se retorcía de placer, tenía que aprovechar ese robot sexual puesto por el destino a su servicio.

Sus fuerzas se desvanecían y ese ariete no paraba, no paraba. Cuando se corrió de nuevo, creyó que debía corresponderle. Se giró, la sacó de su coño y se la comió con avaricia, succionando sin cesar hasta conseguir que nevara.

— ¡Joder Eva, que divina eres follando!

—Y tú, ¡qué potencia!

La acarició con suavidad, no imaginaba que le exigiría tanto.

—Quédate a dormir y mañana te prometo sesión doble.

No había pensado pasar la noche pero nadie la esperaba. Se sentía cansada. Si le dejaba recuperarse, mañana le obligaría a cumplir su promesa y marcharse saciada del hambre de polla joven que se le había despertado.

Se quedó dormida enseguida. Estaba agotada después de tanta tensión y del triple polvo que le había regalado Julio. No supo cuanto durmió hasta que se despertó con un goteo de agua sobre su cara. Abrió los ojos y se encontró el rostro de Adonis sonriente, recién salido de la ducha y una bandeja con café, leche y zumo.

— ¿Cómo te encuentras? — le preguntó, su cintura enrollada en una toalla, exhibiendo un torso musculoso y depilado.

—Divinamente —Respondió recordando por momentos pasajes de la noche anterior.

—Espero que hayas olvidado el trabajo.

— ¡Y hasta a mi marido! Estoy como si me hubieras anestesiado. Pero necesitaré una dosis de recuerdo —le recordó su promesa—. Dosis doble a ser posible.

No sabía que mecanismo se había activado dentro de ella, pero sabía que tenía que recuperar la paupérrima vida sexual que llevaba. Y ese chico no era para mostrarse retraída ni perezosa. Ella deslizó a un lado la sábana que cubría su cuerpo, se deshizo de la bandeja, abrió sus piernas y le ofreció su copa.

Julio entendió el mensaje. Derramó el culito del vaso del zumo sobre su coño, y con su lengua, a tragos cortos, dejó su coñito, limpio y fresco.

— ¡Uff! aun no nos hemos levantado y ya me he corrido. A este ritmo voy a tener más orgasmos en un día contigo que en todo el año con mi marido.

—Solo pretendo tratarte como te mereces.

—Si ese va a ser el trato, puedo quedarme todo el día. Cocino bien —no podía olvidar en un día su papel en el matrimonio, de ser la que además de trabajar fuera de casa, hace la comida y encima pone el coño.

—Eres mi invitada. Si decides quedarte, pediremos comida fuera. Así tendremos más tiempo para follar.

Por un momento Eva dudó. ¿No sería Julio un elemento contratado por Luis, el director del despacho, para que se relajara y dejara de incordiar en el bufete? Si fuera así, debía de reconocer que había acertado. Después de haber disfrutado de un carrusel de orgasmos desde que llegaron anoche, se sintió en la obligación de justificarse.

—No sé qué me ha pasado. Me pareciste atractivo al principio, pero poco a poco me ha ido dominando tu magnetismo.

—Nos hemos conocido en un momento crítico para ti. Necesitabas descargar la tensión y tuve la suerte de pasar por allí.

—Te lo agradezco. Me marcharé después de ducharme —Eva entendió que él consideraba lo ocurrido como un favor. Era lógico. No podía esperar que ese pibón deseara algo más que un polvo.

—Como quieras. Pero… me gustaría que te quedaras —confesó suplicante—. Por cierto, me prometiste decirme tu edad.

—Cincuenta —No tenía sentido ya tratar de quitarse alguno. — ¿Te sigo interesando?

—No me importa tu edad, me importas tú. Has estado sublime.

—Tendrás chicas....

—Estoy cansado de follar con niñas. Me siento muy bien contigo. Creo que nos quedan muchos días antes de hartarnos.

—Por mí, perfecto. Ahora, ven a la cama conmigo. Quiero agradecerte tanta atención.

Sacó todas las caricias que guardaba en el almacén de las caricias olvidadas. Se abrazaron, se besaron sin intención de volver a follar, solo deseaban firmar el acuerdo de una relación tan extraña. Julio dejó brotar el río de cariño contenido que llevaba reprimiendo después de tantos polvos de una noche. Tanto cariño se ofrecieron mutuamente que, inevitablemente el arma se volvió a cargar.