Fantasías sexuales de españolas 2 (Alessandra 6) V
Las cartas en el trastero no solo revelaban un secreto, sino que abrieron una herida que ella creía cerrada. Ahora, frente a la confesión de su madre, la joven debe decidir si seguir luchando por una familia que ya no existe o aprender a nadar sola en las aguas turbias de la verdad.
He terminado de leer toda la correspondencia. Lo he tenido que hacer en varios días, no he querido subirla a casa no vaya a ser que a mi madre le diera por limpiar mi cuarto y pudiera encontrarla, así que me bajaba al trastero, me sentaba sobre una caja y leía.
¿Quién era esta mujer que le sacaba tanta edad a mi padre? ¿Tuvo algo que ver con la ruptura de su matrimonio? ¿Se siguen viendo hoy día? ¿Estará con ella ahora? Las preguntas revolotean en mi cabeza como las polillas alrededor de una bombilla. Mi madre jamás me ha hablado de una posible amante ni de que ella fuera la causa de su separación ¿Lo sabe? ¿Por qué dejó mi padre aquí a esas cartas en vez de llevárselas? ¿Se había olvidado de ellas? ¿Deseaba acaso que las descubriéramos?
De momento preguntas que no tienen respuesta. Hasta donde yo sé mi padre vive solo desde que se divorció. Ha sido hermético incluso para su propio matrimonio, casi siempre que le pregunto por su relación con mamá, sus desavenencias o las causas últimas de su separación me responde con evasivas o con generalidades. Es un cuarto donde ha echado la llave y se resiste a dejarme pasar. Por eso me parece todavía más incongruente que haya dejado aquí estas cartas aparentemente olvidadas. Pero ¿cómo se puede olvidar a una mujer que te escribe de esta forma? me hubiera gustado leer su correspondencia las cartas que él enviaba y a las que hace referencia. Todo esto me resulta incomprensible y la única persona que me lo puede aclarar seguramente no querrá hablar conmigo.
¿La única persona? ¿Sabrá mi madre algo de todo esto?
Bien, solo hay una forma de averiguarlo: hablar con la única persona que no puede huir de mí ni encerrarse en su silencio.
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Ahí están: un puñado de folios tirados sobre la mesa. Mi madre siempre en la cocina, es su refugio, su fortaleza, el sitio donde se retira para estar tranquila, para no tener que ver a mi padre cuando estaban enfadados, para meditar, para ver la tele sin que la molestásemos intentando cambiar de canal para poner el fútbol o las series de Netflix que tanto me gustaban. Esa mesa en la que ella ha pasado tantas horas sentada viendo la tele pequeña, escuchando la radio, viendo vídeos en YouTube, leyendo o simplemente con la mirada perdida en el vapor de los azulejos, bajo los que en una olla hervía pasta o sopa, según tocara, como quien observa un cielo lejano.
Ella mira los folios y luego a mí, con la misma mirada, como si yo les resultara tan extraña como esos papeles.
- Mamá ¿tú sabías esto?
Toma un folio y comienza a leerlo, apenas una línea, luego lo suelta como si quemara. Tarda un rato en mirarme y en comprobar que tengo la vista puesta en sus ojos. No pienso dejarla escapar, si sabe algo quiero que me lo cuente, creo que tengo derecho y voy a hacerlo valer.
- Claro que lo sabía: fui yo misma la que guardé estas cartas abajo en el trastero. La verdad, ya no me acordaba - lo dice con un deje como de quitarle importancia, como si hubiéramos estado hablando de que se le hubieran pegado las lentejas por olvidar que las tenía puestas al fuego. “Si me hubiera acordado las hubiera quitado de en medio” es lo que parece querer decirme, que esas cartas no estaban destinadas a que yo las encontrara.
- ¿Por eso os separasteis? ¿Porque papá tenía una amante?
- No, no fue por eso. Para entonces ya no nos entendíamos.
- No lo concibo ¿me quieres decir que tú sabías que tenía una amante y hacías como si nada?
Mi madre se dirige hacia el cajón de la cocina. Es donde tiene guardados los trapos. Mete la mano por debajo y saca un paquete de tabaco y un encendedor. Abre la ventana y se enciende un cigarrillo mientras mira hacia el techo, observando como las volutas de humo de su primera calada son dirigidas por la corriente hacia afuera. Hace mucho que no la veo fumar, pensé que lo había dejado. Parece conformarse, encoge los hongos y decide hablarme. Por un momento pensé que se refugiaría en un obstinado mutismo, como suele hacer cuando se enoja.
- En esas fechas tu padre y yo ya estábamos mal - insiste.
Me da la impresión de que no quiere concederle a esa mujer ningún mérito, ni siquiera el de haberle quitado el marido, ni siquiera el de haber tenido una mínima responsabilidad en la caída de su matrimonio. Se niega a aceptar que la pudo haber dejado por otra o simplemente porque no encontraba en ella lo que otras le daban. Me pregunto si habrá leído las cartas. Esta vez no estoy dispuesta a dejar escapar a mi madre sin confesarse, sin que me cuente todo lo que necesito saber. Pero me doy cuenta de que ella solo está dispuesta a contarme su verdad, su forma de ver las cosas, a describirme el mundo que se ha creado para no aceptar la realidad, igual que se mete en su cocina, igual que tiene su rincón de fumar, su tele y sus comidas con las que se aísla de lo que no le gusta o de lo que no puede manejar.
Le formulo la cuestión de nuevo, intentando acorralarla para que me diga algo, lo que sea, cualquier cosa menos la huida hacia el silencio.
- ¿Las has leído?
- No necesito leerlas. Bueno, solo leí un par de ellas – concede, de nuevo quitándole importancia.
- Es una zorra, se veía con él solo porque estaba caliente… los dos lo estaban. Que no te engañe su bonita palabrería, esa nunca ha querido a tu padre - sentencia mientras exhala una bocanada de humo y mira hacia la esquina, al parecer muy interesada por saber si ha vuelto a crecer la telaraña que quitó esta mañana.
Me doy cuenta que eso es lo único que obtendré de ella, ese relato construido desde un solo ángulo, ese relato monocromo, sin matices, sin variantes, sin colores… “estaba con ella por vicio pero me quería a mí”, parece ser el patético resumen que intenta trasladarme.
Me revuelve su actitud, exactamente igual para cualquier tema importante desde que mi padre se fue de casa. Ninguna explicación, ningún error admitido, a estas alturas seguro que aún piensa que puede volver, que tarde o temprano aparecerá de nuevo cruzando esa puerta soltando la misma maleta que se llevó, disculpándose y pidiendo ser readmitido en nuestras vidas. Entonces ella lo mirará con suficiencia, se sentirá orgullosa e irá a prepararle la cena a la cocina. Estará contenta mientras trajina entre cacharros, preparando su plato favorito, el que sin embargo le deslizará por la mesa con cara de enfadada, como pensándose sí está dispuesta a perdonarlo o no, jugando a ese juego absurdo porque todos sabemos que no anhela otra cosa que el regreso de su marido con el que tan mal se llevaba a veces, según ella misma, pero que forma parte de su mundo igual que la tele de la cocina o las cortinas del salón que lava metódicamente cada quince días porque dice que atrapan mucho polvo. Es la pieza que falta en su bien engrasado mecanismo, en su parcelada vida. La que hace que todo vaya mal, que el engranaje se obstruya, la que la mantiene atascada a ella misma desde hace más de dos años.
- ¿Está con ella ahora?
- Hasta donde yo sé vive solo. Tú misma has pasado muchos fines de semana con él…
- Pero ¿se ven?
- ¿Cómo coño quieres que yo sepa eso?
Su tono se vuelve brusco, enfadado, desairado. Yo misma estoy también cabreada y enfadada, no acabo de entender su actitud, nunca la he entendido.
- Pero ¿por qué consentiste que te hiciera eso? ¿es que nunca lo hablaste con él? ¿Nunca le pediste explicaciones? - vuelvo a insistir enfadada y fuera de mí, aunque sé por qué lo hizo: porque lo quería y porque no era capaz de enfrentarlo sabiendo que eso podía acabar en ruptura.
Ella simplemente no estaba preparada, no era capaz de vivir sin él. Su mundo tambaleándose por la pieza que faltaba. Sabía que no era capaz de asumirlo, sabía lo que vendría: los silencios, el refugio en la cocina, el enriscamiento en sí misma, la pérdida de aquella apariencia de vida normal que por lo menos se mantenía en los detalles, en las salidas, en las reuniones con los amigos, en las vacaciones…
- ¡Tú qué sabes lo que yo he consentido y lo que no! - me rechaza brusca. Soy su hija y no me permite entrar en su cabeza ni en su corazón.
“No entiendes lo difícil que es aceptar que tu mundo se desmorona, que pierdes los asideros donde siempre te has agarrado, que no eres capaz de salir adelante por ti sola porque esto no va solo de amor o de enamoramiento, va de que has encontrado el equilibrio, un lugar en la vida y de repente todo eso se va al carajo y tú no sabes qué hacer, estás perdida”. Esos son los miedos que yo puedo leer en su cara, son los miedos que no me cuenta y que pretende ocultar con eufemismos y con palabras duras.
- Mamá, yo también formo parte de esta familia ¿sabes? y todo esto me afecta. No soy una vecina que se asoma a la terraza a cotillear, sois mis padres, no puedo ver este partido de tenis desde la barrera, como si no fuera conmigo, todo esto me perturba ¿no lo entiendes? No veo a mi padre, tú y yo vivimos solas, ya no somos una familia…
Ahora soy yo la que tiene un nudo en la garganta y me cuesta continuar. Mi madre parece pensárselo, se da cuenta de que estas cosas me trastornan, de que también debo conjurar mis fantasmas. Le cuesta, las palabras no le salen, hasta que alza la cabeza y me mira, yo diría que casi con un punto de orgullo antes de decir:
- Yo también tuve un amante.
- ¿Qué?
Me quedo de piedra. Después me da la risa. No me imagino a mi madre con un amante. No puede ser. Pero luego veo su cara seria, con un punto irónico en la expresión. Parece saborear el haberme dejado pasmada, como si me dijera: “¿qué te creías? ¿Que no me iba a atrever?”
- Pero como...
Las palabras se me vuelven a atascar. Las preguntas se agolpan obstaculizándose unas a otras en la salida, formando una melé que aturulla mi cerebro, bloqueándolo. Otra calada ¿pero ¿cuánto dura ese maldito cigarro? una nueva voluta de humo que se flota despacio hacia la ventana. Me da la impresión de que lo está saboreando, de que el humo la calma y la relaja. A la vez que esa confesión, le proporciona un pequeño placer. O quizás grande, no lo sé ya, no sé qué pensar. Ella es consciente de mi desorientación y no espera a que encuentre las preguntas para empezar a responderlas.
- Tu padre lo hizo primero, yo nunca le hubiera puesto los cuernos si él no hubiera dado el paso antes.
- Pero ¿lo tuyo fue algo serio?
- Yo no estaba enamorada, pero una también tiene sus necesidades.
¿A qué necesidades se refiere? mi padre no era los de los que no cumplían en la cama, eso me consta. Supongo que se refiere a otras necesidades como por ejemplo sentirse deseada, ver que otro hombre pone los ojos en ti, que te mira cómo solo te pueden mirar cuando te miran por primera vez, cuando todo es deseo, cuando no hay costumbres, lejos de las leyes de los hombres como decía el Último de la Fila: te quiero como se quiere por primera vez… pues lo mismo pero referido al sexo, supongo que a eso se refiere mi madre, a esa necesidad. O quizás se refiere a la necesidad de venganza, de autoafirmarse, de decir “si tú lo haces yo también puedo”. Incluso puede ser que fuera un recurso enojado, intentando provocar en él una reacción, una inquietud, una llamada de atención desesperada. Lo he visto en otras mujeres incluso mucho más jóvenes, amigas mías. El conato de inducir una reacción, como aplicar un desfibrilador y dar una descarga a ver si el corazón todavía es capaz de latir, a ver si es capaz de provocar algún sentimiento en su pareja, aunque sea el de los celos. Cualquiera de esos escenarios le pegaría a mi madre, quizás incluso todos a la vez. Me gustaría que se desahogara, que se confesara, que me lo dijera abiertamente, pero la conozco bien y sé que detrás de este intento de sonrisa se esconde una barrera que es difícil franquear. Dudo mucho que mi madre sea más explícita. La roca (como yo la llamo) poniendo el cuerpo para que todo se estrelle contra ella, pero sin mostrar su interior, sin exponer las grietas internas que cada golpe provoca. Hasta que un buen día la piedra sólida y aparentemente inmutable se resquebraja y cae hecha añicos, igual que cayó su matrimonio.
- ¿También vosotros os escribíais correos?
- No seas ridícula.
Ahora es a ella a la que le da la risa y hace un gesto como queriendo indicar que aquello es absurdo y que no haría jamás una cosa así, que es una chiquillada. Parece ser que echarse un querido es algo normal pero no tanto el enviarse correos de amor. Eso es una prueba de inmadurez para ella. No necesita escribir ningún diario de sus pecados, esos los lleva escritos en cada arruga de su piel.
- ¿Con quién te acostabas?
- Tú no lo conoces, es alguien que conocí en el centro cívico donde iba a dar los cursos.
- ¿Los cursos de cocina?
- Si.
Decido tirar del hilo. Puesto que tenía claro que ella no me iba a contar nada de sus motivaciones y no me iba a aclarar mucho más, intenté por lo menos conocer quién era el tipo.
- Pero ¿qué te atrajo de él?
- Era discreto y prudente.
- ¿Y ya está? ¿Solo por eso te lo follaste?
- No hace falta ser malhablada.
- Mamá ¿qué me estás contando? ¡Que tenías un amante! ¿Que se supone que ibas a hacer con él?
- Ya te he dicho que yo tenía también mis necesidades. También tenía derecho a jugar ¿no te parece?
Nos callamos un momento. Permanecemos en silencio, cruzando miradas, decidiendo si allí se acaba la conversación o si hacemos a las paces. Mi madre se aventura a una tibia explicación que es a la vez una advertencia: “por ahí no vayas, no me presiones más de la cuenta que he dicho en unos minutos más que en los dos años últimos. Que igual me da por cerrar el pico y se acabó la conversación”, parece decir.
- Era educado, amable y yo le gustaba. No era el típico descarado impertinente que luego va contando las aventuras a sus amigos. Me pareció un buen hombre.
Habla de él en pasado, entiendo que han dejado de verse, pero por si acaso pregunto.
- ¿Os seguís viendo?
- No, ya no.
- ¿Él sabía que tú…?
- Sí, se lo dije - afirma mientras apaga la colilla en un plato pequeño de café y yo la creo -Estaba cabreada con tu padre, pero también asustada porque pensaba que él podría dejarme. La única forma que encontré de mantener nuestra relación fue hacer la vista gorda, esperando que él se aburriera de ella y volviera conmigo. Como eso no pasaba, trate de hacerlo razonar, de darle celos echándome también un amante por el cual no sentía absolutamente nada. Lo elegí solo porque era un tipo discreto que no llamaba la atención y lo suficientemente educado como para poder manejarlo. Nada de esto sirvió. Su padre acabó dejándome porque seguramente el puñetero problema no estaba en su amante, ni en lo que él sintiera por ella, sino en lo que ya no sentía por mí. Cuando nos separamos yo dejé a mi amante también. Esta es la historia.
Y punto: no cuenta más. Da por cerrada esa breve e inusual visita a su intimidad, a la que no deja asomarse a nadie. En cierto modo me siento una privilegiada, a su manera de ver las cosas, me ha permitido entrar en la cámara donde oculta sus sentimientos. Demasiado para ella y demasiado para un solo día. Emprende la retirada a lamerse la herida, la exposición le duele, no sabe manejarla aunque yo sea su hija y debiéramos tener confianza para hablar de temas íntimos.
- Voy a darme una ducha - dice mientras esquiva mi mirada. Es su forma de dar por concluida la hora de las confesiones.
Ahora soy yo la que le roba un cigarrillo de la cajetilla y lo enciendo. Casi nunca fumo pero necesito hacer algo. Me estremezco cuando soy consciente que he adoptado su misma pose, en el mismo sitio junto a la ventana y que probablemente tenga hasta su misma mirada extraviada, buscando dentro de mí sin saber muy bien qué y no logrando encontrar no se sabe qué. Lo apago a las dos caladas ¿Qué coño pasa con mi familia? me pregunto. Antes eran infelices juntos, pero al menos yo tenía una familia que me permitía seguir con la ficción de que mi hogar era estable. Ahora son infelices por separado. A mi padre se le nota en la mirada ¿También para él fue un accidente esa amante? Está claro que para esa mujer él no lo era, sino algo mucho más profundo. Sea lo que fuere no pudo contentarlo, no lo hizo feliz más allá de esos momentos en los que estaban juntos ¿Será feliz algún día? Me cuesta verlo rehaciendo su vida.
A mi madre no tengo que imaginármela, convivo con ella ¿cuánto tiempo pasará antes que ese desequilibrio interno, ese malestar, ese permanente enfado con mi padre, con el mundo, con ella misma, la vuelva definitivamente una mujer agria y desolada? Me pregunto también cómo afectará esto a mi vida, como lo está haciendo ya, cómo es una mochila con la que cargo aunque haga mi propio camino. Y sobre todo la pregunta del millón, la única que ahora importa: ¿Qué puedo hacer yo para ayudarlos y también para ayudarme a mí?
La discusión con mi madre me agota. Decido hacer las paces y los días siguientes me muestro conciliadora, evitando los puntos de fricción donde siempre acabamos chocando y haciendo hincapié en lo poco que nos une, en aquellas cosas donde coincidimos o al menos no acabamos discutiendo. Estoy cansada y he decidido no intentar arreglar lo que ya no se puede arreglar. Mi padre no está y tampoco volverá: punto. Mi madre se ha quedado anclada en el pasado, incapaz de construirse una nueva vida: es lo que hay. Enfadarme con ella, presionarla y tratar de que haga algo con su existencia es algo que no he conseguido y que ya me he cansado de intentar. El mundo es como es y no como a mí me gustaría que fuera. Ninguna de las respuestas que aún me quedan por saber va a cambiar eso así que quizás sea mejor renunciar a hacer las preguntas. Veré a mi padre en Navidad, algunos días en verano y vendrá a algunos de los acontecimientos de mi vida, a mi boda si algún día llego a casarme. No sé si vendrá solo o acompañado, no me importa. Él es como es un superviviente, a pesar de todo consigue mantener el equilibrio, no hundirse, aunque para ello tenga que soltar lastre, aunque ese lastre sean las personas que lo quieren. A mi manera, seguiré batallando con mi madre hasta que me independice, aceptándola tal y como es y trataré de ayudarla. Le mantendré la cabeza a flote y fuera del agua siempre que pueda, con la esperanza de que algún día se anime a nadar, a patalear, a mover los pies para mantenerse flotando al menos. Estoy segura que ella sí vendrá a mi boda pase lo que pase si algún día me caso y espero que sea acompañada.
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