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Amigos, compañeros, amantes (III). Fin de Año

La fiesta era un desastre y el taxi era caro, pero la verdadera celebración estaba esperando en el sofá. Con una botella de cava y el recuerdo de lo que ya habían hecho, los límites de la amistad se desdibujaron hasta desaparecer.

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Después de los dos primeros encuentros, lo cierto es que Celia, Marta y yo fuimos capaces de mantener nuestra amistad tal y como la habíamos construido, sin celos, problemas o malos rollos. Creo que ninguno de los tres disfrutaba con el concepto de “amigos que de vez en cuando se lían”, pero a la vez tampoco nos arrepentíamos de lo ocurrido. El primer jueves que coincidimos para una cerveza al salir del gimnasio, estuvimos bromeando sobre el asunto y aquello fue todo.

Así, diciembre avanzó muy rápido y enseguida hubo que planificar la Navidad. Marta estaba en pleno proceso de reconciliación con sus padres después de todo lo que ocurrió antes de mudarse a Málaga. Así pues, ya nos comentó que tenía intención de marcharse el día antes de Nochebuena y estar en Madrid hasta los primeros días de enero, aprovechando además para ver algunos clientes y actualizando algunos de sus proyectos. Celia, igualmente, pasaría la Nochebuena en el pueblo de sus padres, en el interior de la provincia de Málaga; su madre había evolucionado bastante bien de la operación, aunque quería ayudarla a preparar toda la noche del 24. Por mi parte, lógicamente, iba a pasar la noche en Sevilla con mis padres y mis hermanas, aunque el trabajo no me iba a permitir cogerme apenas vacaciones.

Estaba un poco apenadillo porque sospechaba que iba a tener que pasar el Fin de Año en Málaga, y estaba empezando a darme cuenta que iba a tener poca compañía y pocas expectativas. Fue Celia la que me sacó del error:

No, no, pero yo me vuelvo a Málaga justo el 26 por la mañana. Son días de mucho trabajo en la clínica porque la gente quiere preparar la Nochevieja, así que estaré aquí.

Ay, pues ya me veía yo solo. Aunque no sé si tienes algún plan y me estoy entrometiendo.

Qué va, idiota, ningún plan, y lo cierto es que tampoco había tenido tiempo ni de pensarlo. La verdad es que podríamos buscar algo, ¿no?

Pues sí, totalmente, que si no nos vamos a comer las uvas como dos tristes en casa.

Eh, eh, a ver si me vas a poner pegas tú a mí.

En absoluto, señorita, será un placer empezar el año juntos.

Pero lo cierto es que tampoco teníamos un espléndido plan al que apuntarnos, y casi se acercaba ya el 24. Sin embargo, en la última semana previa a Navidad, en el propio gimnasio encontramos una idea que podía estar bien: un par de monitores habían dado con un hotel en el centro de Málaga que ofrecía la noche completa: cena, uvas a las 00:00 y fiesta posterior. Ellos iban a ir, y alguna gente del mundillo del fitness también, así que dentro de lo que cabía, no era en absoluto un mal proyecto para despedir y comenzar el año.

Nos fuimos a cenar los tres para desearnos feliz Navidad la noche antes de irnos. Fue una velada divertida, agradable, en la que tuvimos tiempo de repasar nuestras “fechorías” sexuales comunes de las últimas fechas. A mí me ruborizaba enormemente dar esos detalles, pero ellas parecían no tener ningún tipo de problema en compartirlo. Me fui a Sevilla al día siguiente con la certeza de que los tres habíamos disfrutado, y de que conformábamos un maravilloso grupo inquebrantable de amigos.

Fue una Nochebuena muy familiar para mí. Prácticamente estuve todo el tiempo con mis padres y mis sobrinos, preparando la comida, engullendo una y otra vez y brindando. Mis padres, afortunadamente, gozan de muy buena salud, así que pudimos disfrutar de esos días con mucha alegría. Incluso mi madre nos propuso no cocinar el 25 e ir a almorzar a algún restaurante bonito, así que fueron unos días de muy buen espíritu. Celia, Marta y yo brindamos por videollamada el 24 exactamente a las 20:00, comentándonos nuestros modelitos y nuestras experiencias. Marta estaba muy contenta porque había hablado largo y tendido, cara a cara, con sus padres, y se había quitado mucha amargura de dentro. Ellos albergaban la idea de que se volviese a Madrid pronto, pero ella sostenía que en Málaga había encontrado su lugar en el mundo, otra familia en cierto modo, y que no tenía intención de mover eso. Celia también estaba más tranquila viendo que su madre evolucionaba bien, aunque cansada porque había tenido ella que darse una paliza para una cena enorme. Y estaba deseando acostarse, decía.

El mismo 26 por la mañana ya tuve que coger el coche temprano para ir a trabajar. Los cierres de año son siempre complicados, y éste no lo iba a ser menos. Sin embargo, por muchos problemas que tuvimos el año anterior, en éste mis compañeros y yo habíamos decidido implementar una serie de medidas para evitarnos infartos, y la verdad es que estaba siendo un éxito. Aun con trabajo, fueron días mucho más llevaderos de lo que podría haber pensado. Así, por las tardes pude retomar mi rutina de gimnasio, donde coincidía con Celia, y allí pudimos prepararnos para la cena del 31.

Oye, estoy un poco preocupada porque en Nochevieja me da mucho miedo coger el coche cuando terminemos la fiesta. Estoy mirando si hay servicio de taxis por adelantado, pero es problemático y muy caro. No sé muy bien cómo resolverlo.

¿Y por qué no haces una cosa? Vienes a mi casa por la tarde, nos arreglamos juntos, nos vamos a la fiesta, y duermes allí para volver a casa por la mañana. Mucho más seguro.

Mucho más seguro pero más invasivo para ti. No quiero meterme en tu casa en Fin de Año y colarme en tu intimidad, ¿y si te apetece llevarte algún rollete?

Anda ya, cariño. Al contrario, lo que es un rollete es estar solo en esos días, o acompañado por una desconocida. Prometo portarme bien además. -le dije con las manos abiertas en son de paz.

¡Si te portas bien es un fastidio, jajajaja! Además, ya te he visto toda la intimidad que podría. Pues estoy pensando en recogerte el guante, oye…

Sabes que es una buena idea. Lo único que te pido es que no me pidas que te ayude a peinarte…

Jajaja, no, idiota, me bastaré solita. ¡Acepto!

Sin duda era una buena idea, para ambos, porque no tenía muchas ganas de estar solo esos días. Sin embargo, sería falso decir que la situación no me provocó un pequeño brote de morbo en mi interior. La reciente experiencia tan sexual entre ambos había derribado ciertos tabúes entre nosotros, y aunque seguía viéndola como uno de mis mejores amigos, también me estaba acostumbrando a verla como mujer. No obstante, no me permití alojar más ese sentimiento, tóxico de alguna manera, y solo pretendí disfrutar de la despedida de año.

Y así llegamos al 31. Despedí el año con una tirada larguísima por la mañana. Una media maratón por el paseo marítimo, casi desierto a esas horas, disfrutando del llevadero invierno de la Costa del Sol. Llegué a casa empapado en sudor, y tras una ducha pasé la mañana recogiendo un poco la casa, acumulando tareas del hogar tras los días raros de Navidad, escuchando podcasts y sin mucha otra ocupación. Cerca ya de mediodía, sonó una notificación en WhatsApp. Era Celia:

Guapo, que voy a comer en el curro porque aquí está la gente que quiere acabar el año en condiciones. Pero en cuanto cierre, cojo las cosas y voy para tu casa.

Ooook, aquí te espero.

La velada, para la que habíamos pagado un precio indecente, todo hay que decirlo, daba inicio con una copa de bienvenida a las 20:30. Teníamos tiempo de sobra, además, no tenía más cosas que hacer que arreglarme, y ya lo tenía todo preparado. Celia no apareció hasta bien entradas las 18:00. Agobiada, cargada de cosas sobre las que yo desconocía su utilidad, y pegando voces.

Llego tarde, llego tardísimo. No me va a dar tiempo a nada, joder, qué mierda de día me han dado, de verdad.

Pero chiquilla, qué traes ahí, ¿no te pensarás mudar y se te ha olvidado decírmelo?

Qué dices, si no traigo nada. El modelito de esta noche en este portatrajes, todo lo necesario para maquillarme, peinarme, etc. en esta bolsa, y esta otra mochila ropa para mañana y resto de cosas.

Vale, vale, lo que tú digas. Tú mandas, déjame que te ayude.

Voy directa a la ducha, ¿vale? Que no me va a dar tiempo.

Y allí estaba, consiguiendo contagiarme sus prisas y sus nervios, yo que llevaba todo el día super tranquilo.

Aunque había hecho el firme propósito de no meter la pata aquella noche, cuando empecé a escuchar el agua de la ducha caer, no pude sino acordarme que pocos días atrás, esa misma ducha había sido ocupada por Marta y yo con muy diferentes fines. Como si me hubiera leído la mente, Celia asomó la cabeza por la puerta, antes de meterse, para provocarme.

Tss, tss, oye, tenía razón Marta, la ducha es espectacular para montárselo dentro, eh.- me dijo guiñándome un ojo muerta de risa.

¡Eres una gilipollas!- Le dije tirándole un calcetín que hizo que escondiera otra vez su cabeza.- La escuchaba reírse mientras pensaba en la increíble conexión que teníamos, que hacía que pensáramos casi siempre lo mismo.

Guapos

Comenzamos a vestirnos cada uno en una habitación. La dejé que ocupara la mía, porque tenía el baño más próximo y un espejo más grande, podría estar más tranquila, con más espacio y con más intimidad. O eso debería haber sido, porque hasta dos veces salió disparada por la casa, buscando algo que había dejado en otro punto de su equipaje, envuelta solo en una de mis toallas y con el pelo húmedo, despotricando contra el tiempo y las prisas.

¿Qué miras, qué miras?, no me mires, que estoy agobiada.

Nada, nada, no digo nada.

Pero lo decíamos, porque me guiñó un ojo y sonrió antes de encerrarse otra vez, disfrutando un poco de ponerme nervioso. Yo no utilizo demasiado el color rojo, así que el día anterior había comprado dos pulseritas de hilo de ese color en un puesto ambulante, una para cada uno. En una de sus carreras la intercepté para darle la suya.

Oh, por favor si eres para comerte, ahora mismo me la pongo, guapo, eres el mejor. De todas maneras, que sepas que no es lo único rojo que me voy a poner esta noche, je.- Y me dio un abrazo y un beso envuelta solo en una toalla. No era la primera vez que nos abrazábamos, pero la ausencia casi total de ropa y el peligro de una toalla consiguieron de nuevo ponerme nervioso.

Por mi parte, para ese día había elegido tonos oscuros al completo. Un traje gris oscuro, casi negro, una camisa negra debajo, que solo me ponía para esos días, y mocasines, negros también. Decidí no llevar corbata previa solicitud de información a Celia, que no dudó en recomendarme que no.

Cuando por fin salió arreglada, no pude sino reconocer que mi amiga era una auténtico bellezón: ella también iba de negro, con un mono ajustado sin resultar excesivo, que dejaba solo uno de sus hombros al aire. El otro estaba cubierto por una manga muy ancha, con una abertura lateral hasta la muñeca. En la cintura, un lazo negro fino con nudo lateral del mismo tejido a modo de cinturón, y piernas un poco acampanadas. Estaba literalmente guapísima. Normalmente Celia llevaba siempre el pelo rubio recogido en una coleta; y para esta ocasión lo llevaba también, muy tirante, aunque se había dejado un mechón del flequillo suelto. Maquillaje suave, zapatos negros con una pequeña plataforma. Literalmente, una mujer a la que te volverías a mirar por la calle.

Wow, chica, estás espectacular, no se me ocurre mejor plan para pasar esta noche que presumiendo de ti.

Gracias, caballero, aunque le reconozco que está usted para perder la cabeza también. Raro será que no se te tiren encima todas esas “mosconas” del gimnasio.

Pues a mí me encanta la pareja que hago contigo, así que no te separes mucho de mí.

Así, fuimos al garaje y nos montamos en mi coche. El trayecto era corto, de parking a parking, así que aunque salimos justos de tiempo, llegamos perfectos a la hora.

Desubicados en la fiesta

Aunque al principio estuvimos cómodos, con una copa de cava que nos habían dado al entrar y charlando con dos chicas del grupo de monitores que se habían unido al plan, demasiado pronto nos empezamos a dar cuenta que el ambiente, la gente y la situación no eran la más indicada para nosotros.

Todo estaba pensado para hacerse de pie. Copa de bienvenida, canapés a modo de cena, etc. Eso hizo que nos moviéramos por toda la zona, saludando por separado a caras conocidas. No llevábamos ni media hora en la fiesta y nos encontramos en un rincón los dos.

Tío, acabamos de llegar y ya he tenido que separarme de dos tiparracos inflados de esteroides y con las manos demasiado largas. Si ése es el plan, vaya coñazo.

Ya me he dado cuenta. Bueno, nos pegamos el uno al otro y punto y nos protegemos.

Sí, ya me he dado cuenta que dos señoras te han tirado un poquito los trastos a ti también… y a la vez.

Sí, y son las 21:00 todavía… Madre mía.

Aunque el sitio estaba muy bien montado, la comida estaba riquísima y había muchos camareros sirviendo constantemente bebida y canapés, lo cierto es que había un perfil de público extraño. Vestidos excesivamente descubiertos, camisas a punto de estallar sus botones, maquillajes explosivos… toda una fauna de gimnasio con ropa de gala. Aun así, nos reímos muchísimo criticando en voz baja, paseando entre los invitados y brindando con cava.

Cuando aún faltaba una hora para las uvas, Marta nos escribió por si queríamos videollamarnos y desearnos un buen año. Así, nos fuimos a una zona más tranquila del hotel y, sentado yo con Celia en mis rodillas, nos llamamos y nos reímos contándonos las batallas de aquella noche tanto en su fiesta como en la nuestra.

Bueno, olvidaos de todo y bebed, reíd, bailad. Y follad, por Dios, que la vida es eso. Con quien queráis, o entre vosotros, pero empezad el año como se merece.

Jajajajaja, anda ya, loca, anda, disfruta de las uvas.

Tan irreverente como siempre, pero lo cierto es que tenía razón. La última hora del año fue divertidísima para nosotros: bailamos un montón, nos reimos a carcajadas y estoy seguro que la gente que nos miraba estaba convencida que éramos pareja. Fue una manera maravillosa de acabar el año; y así fue, por que nos tomamos las uvas hombro con hombro, y nos dimos un abrazo gigante y no menos de cincuenta besos con todo el mundo gritando “Feliz Año Nuevo”.

Todo lo divertida que había sido la última hora del año, la primera del nuevo no lo fue tanto. La organización permitía sacar entrada del plan completo, o solo el cotillón después de las campanadas. Así, una media hora después de las 00:00 empezó a entrar más gente, potenciando un poco más todo lo que no nos gustaba de la fiesta.

Por mi parte, las dos chicas que Celia había mencionado habían dejado el cava y sustituido por trago largo, y me vi envuelto en una especie de competición de miradas, susurros y manos largas. Una de ellas aprovechó un despiste de la otra para decirme como quien no quiere la cosa que tenía la tradición de follar con el Año Nuevo, y que aún no tenía pareja. La otra hizo lo mismo, comentándome que hacía 3 meses que tenía “sus tetas nuevas” y que aún no había podido estrenarlas como se merecían. Yo me reía entre halagado, claro que sí, pero también abochornado. Su maquillaje cargadísimo, el arrastre de sus lenguas debido al alcohol, su postura intentando que sus atributos sobresalieran… nada había ahí que me sedujera. Y educadamente cambiaba de tema, de posición, de compañía.

Pero Celia no estaba tan cómoda esquivando insinuaciones. Un par de tipos con malos modos se habían enganchado, agarrándola por la cintura, pegando mucho su cara e incluso algún otro sobeteando sin pudor su culo aprovechando que cada vez había más gente allí. Todo se estaba estropeando por momentos.

Álvaro, cielo, yo creo que me voy a pedir un taxi y me voy a ir. No me lo estoy pasando bien y al final me voy a buscar un problema. Pero me cojo un taxi si me dejas las llaves y tú te quedas, que no te quiero amargar la noche y apenas son las 2.

Qué dices, me voy contigo, faltaría más, no me apetece quedarme en absoluto.

¿Pero por qué? Si me faltan dedos de las manos para contar las tías que quieren acostarse contigo. De hecho una me ha preguntado en el baño si éramos pareja y si me importaba hablarte de ella.

Celia, hemos venido juntos y nos vamos a ir juntos. Yo tampoco me siento cómodo y no te vas a ir en un taxi sola para yo echar un polvo con alguien que además ni me va ni me viene. Eso no va a pasar. Así que no lo demoremos más, vamos al guardarropa y nos vamos.

En el trayecto de vuelta a casa, Celia estaba disgustada. Le sabía mal haberme pedido que nos fuéramos, por el dinero que nos había costado, por la fiesta en sí, por lo violenta que había sido la situación para ella. Por mucho que le repetí que olvidásemos el tema y traté de sacarle alguna sonrisa, lo cierto es que no conseguí que cambiara el rictus en todo el camino.

Subimos a casa y no eran ni las 3:00. No estaba dispuesto a que se acostara con ese mal rollo, y la verdad es que yo tampoco quería. En ese momento, recordé que en la cesta de Navidad que en el trabajo nos daban, había una botella de cava que yo había olvidado en la nevera y no me había llevado a Sevilla.

Señorita, que sepa que usted y yo nos vamos a beber esta botella a medias y vamos a olvidarnos de tantos gilipollas.

Me parece un planazo. Pero eso sí, me vas a dejar que me baje de estos tacones que me están matando, que me ponga cómoda y soy toda tuya.

Uhm, pues no creas que no me fastidia, ese mono te queda espectacular.

No te preocupes, algún apaño haremos con el cambio, jajaja.

Mientras yo metía la botella en una cubitera con hielo, ella entró en la habitación a cambiarse. Yo simplemente me quité la americana y subí las mangas de la camisa, no tenía ganas de cambiarme. El “apaño” al que se refería era que para dormir se había traído una camiseta negra, muy amplia aunque cortita, y de un algodón tan fino que casi podía notar el color de su piel a través del tejido. Para continuar, el amplio escote dejaba de nuevo un hombro al aire. Y por supuesto, sus larguísimas y permanentemente bronceadas piernas desnudas.

De verdad, ¿era necesario ponerme así de nervioso?

Totalmente necesario. Pensaba que cuando llegáramos nos iríamos directos a dormir y ni me ibas a mirar. Pero… botella de cava en camiseta no suena mal.

Nada mal, desde luego. Lo reconozco.

En el sofá, tras la primera copa, Celia empezó a relajarse de nuevo y pronto estábamos otra vez soltando carcajadas. Nos reíamos de mis “conquistas”, hasta nos reímos de las suyas aunque desagradables, y de alguno de los modelitos que habíamos visto. Incluso tuvo que secarse las lágrimas de risa un par de veces. Ni ella ni yo somos bebedores habituales, aunque yo lo tolero un poco mejor que ella. Enseguida le noté un poco el alcohol, pero la botella no daba para mucho más, estábamos en casa y en realidad le ayudaba a olvidar el mal trago de hacía un rato. En ese momento me dijo que iba un momento al baño, apoyándose con una mano en mi pierna para ponerse de pie. Ahí me di cuenta que le faltaba algo.

Ostras, me parece feísimo que te haya regalado una pulsera roja y no te haya durado ni media noche.

Ups, acabo de darme cuenta. Debí perderla en medio del acoso. Ay, lo siento mucho, aunque ya te advertí que no era lo único rojo que llevaba. ¿Compenso mi falta aunque sea un poquito si te lo enseño?

A ver, prueba.

En realidad, le respondí así porque no me estaba tomando muy en serio su pregunta y lo hice sin pensar. Pero, para dejarme boquiabierto, Celia se levantó su camiseta, recogiéndola en el ombligo, y dando un giro de 360º terriblemente despacio, me dejó contemplar un tanga rojo, minúsculo, con apenas una fina tira de tejido por detrás y apenas unos centímetros por delante. Creo que debí abrir los ojos como nunca antes.

Veo por tu cara que queda compensado el asunto, jajaja.

¿Pero a ti te parece normal enseñarme el tanga así, sin anestesia?

Déjate de tonterías que no es la primera vez que me ves en tanga. Anda, ¡relléname la copa mientras voy al baño!

La verdad es que en eso tenía razón, en la playa más de una vez en la que estábamos solos Marta, ella y yo se había puesto algún bikini igualmente mínimo. Pero estaba claro que no era la misma situación, y a partir de ese momento mi cabeza ya no dejó de pensar en ello.

Nuestra verdadera fiesta de Fin de Año

¿Qué, aún no te has repuesto del susto o qué? Que tampoco es para tanto, hombre.

Hombre, yo creo que sí es para tanto. Debo confesar que tienes el mejor culo de la Costa del Sol.

Mira, en eso no te voy a discutir. No tengo quejas de él, aunque mi trabajo me cuesta.

Estábamos en ese momento en el que el alcohol nos permitía desinhibirnos un poco, sin que nos hiciera perder el control ni la consciencia. Seguimos charlando de otros temas y nos permitió bajarnos un poco los humos. Sin embargo, enseguida volvimos a temas complicados, en este caso, nuestro reciente affaire con la depilación en su clínica (puedes leer al respecto en el primer relato de esta saga).

Dime la verdad, ¿qué te pareció aquello? ¿Fui demasiado impulsiva?

La verdad es que ha sido una de las situaciones más morbosas y deliciosas de mi vida. Me flipó y aún me sigue flipando. ¿Y a ti? ¿Qué te pareció?

Uff, la verdad es que lo disfruté muchísimo. Te confieso que me costó una barbaridad dejarlo en eso, en solo una masturbación, pero me alegro que así fuera, estuvo muy guay solo así. Me encantó.

¿Fue improvisado? ¿De verdad un impulso?

La verdad es que no, te confieso que desde la primera sesión me empezó a rondar la idea de que necesitaba tener eso que tienes ahí para mí. Pero no me atrevía a pensar, tampoco quería malos rollos entre nosotros… y se pasó el momento. Cuando te dije lo de una última sesión de hidratación, ahí sí que lo planifiqué a conciencia.

Por Dios, es que lo recuerdo y me pongo nerviosísimo, fue perfecto.

Lo fue, sí señor…

Ahí nos quedamos como veinte segundos callados, en nuestros recuerdos ambos. Cuando nos dimos cuenta que nos habíamos quedado mudos con una sonrisa bobalicona, estallamos a carcajadas.

Vaya dos gilipollas, Álvaro. Oye, yo creo que ya deberíamos dormir, es muy tarde.

Sí, quizás sí. Anda, métete en la cama que yo duermo en el sofá.

¿Pero qué dices, idiota? Vamos, yo creo que tenemos la suficiente confianza y experiencia como para poder dormir en la cama sin parecer adolescentes, ¿No? Además, la cuota de acoso sexual ya la he cubierto esta noche, contigo me siento bastante más tranquila.

Por supuesto. Ok, venga, voy recogiendo y nos vamos a la cama.

Cada uno por su lado, recogiendo la cocina, desmaquillándose ella, aseo, etc. nos preparamos para dormir. Cuando salió del baño para la cama, me pilló sin camiseta, en calzoncillos, a punto de ponérmela.

Qué cuerpazo tienes, madre del amor hermoso. No me extraña que todas esas tipejas estuvieran locas por follarte. Por mí no te pongas la camiseta, duerme como lo hagas siempre.

No, no te preocupes, no quiero provocarte más de la cuenta.

Cachis… tenía que intentarlo, jajaja.

Bromeábamos pero en realidad creo que tanteábamos el terreno ambos. La conversación, el alcohol, la admiración mutua por el físico del otro, el recuerdo de nuestro encuentro… estábamos bordeando una línea que sabíamos dónde conducía pero que ninguno se atrevía a traspasar. Yo, desde luego, no quería ser quien diera el primer paso, aunque me moría de ganas de que pasara.

Tú sin embargo no pienses ni en quitarte la camiseta, que vaya tela.

Ah no, vaya, yo que quería volver a enseñarte el tanga… estoy tan arrepentida de haber perdido tu pulsera…

Mientras decía eso, Celia se tumbó boca abajo en la cama, con los codos y las rodillas apoyados y su espalda y caderas hacia arriba, mostrándome una visión privilegiada de su cuerpo a través de la camiseta. No podía decir otra cosa que:

Por favor, hazlo.

Celia sonrió al escucharlo, y muy despacio volvió a subir su camiseta, moviendo muy lentamente su cuerpo hacia mí que, sentado en el borde opuesto de la cama, estaba inmovilizado. La vista era indescriptible, horas y horas de entrenamiento para un culo sencillamente perfecto, con unas piernas tonificadas, unos glúteos firmes y la espalda recta mientras con su cabeza girada me sonreía a través de su flequillo.

Fueron unos segundos eternos, en los que yo simplemente me deleitaba con la vista. Ella me sostenía la mirada, sin cubrirse, y con un movimiento a modo de lentísima danza que me estaba volviendo loco. La finísima tira de su tanga rojo se escondía donde terminaban sus nalgas, dejándome intuir apenas la forma de su sexo a través del tejido.

Era demasiado hasta para mí, que me mantenía firme en evitar esas tentaciones. Y literalmente me fue imposible resistir; y mi mano derecha se movió lentamente hasta posarse en su nalga. No fue agresivo, ni marcado, apenas mi mano apoyada ahí, sintiendo su piel y su forma.

Dios mío, Celia. No me hagas esto. Bastante me costó quedarme quieto en la clínica mientras me acariciabas tú. Dos veces, me va a ser imposible contenerme…

¿Y quién te está pidiendo que te contengas?

Fue la frase que desterró cualquier freno a ambos. Su tranquilidad y convencimiento me contagiaron, y no deseé más otra cosa que acercarme más. Me moría de ganas de acariciar ese cuerpo, esas piernas, ese culo que ella me ofrecía apoyada en sus rodillas y con los codos en la cama. Ella sonreía mirándome mientras yo acariciaba su piel, memorizando sus curvas y sus pliegues, acariciando con mis pulgares el tejido de su ropa interior, perdiéndose hacia el paraíso.

¿Sabes qué? Creo que no quiero quitarte este tanga en toda la noche.

Me parece perfecto. Eso sí, la camiseta estoy deseando quitármela.

Dicho esto, se incorporó, quedándose de rodillas en la cama de espaldas a mí, sacando su camiseta por encima de la cabeza y pegando su espalda a mi pecho, acariciando mi nuca con ambas manos. Qué sensación tan increíble abrazarla desde atrás, pudiendo recrearme con mis manos en su vientre, en sus pechos, muy dulcemente y muy despacio. Yo ya había comprobado que Celia y Marta eran distintas; todo lo impulsiva y activa que es Marta, Celia lo convierte en movimientos lentos, suaves. Como suaves eran los besos que nos dábamos, con su cabeza girada hacia mí. Nuestras lenguas jugueteaban, mientras una de mis manos envolvía uno de sus pechos, que tantas veces había visto y admirado en la playa y que nunca había alcanzado hasta ahora.

Su respiración se agitaba de manera constante, y una de sus manos envolvía la mía apretándola contra su pecho. A la vez, sus caderas se movían, pegándose más a las mías, siendo inevitable que notara una tremenda erección bajo mi ropa interior, que se pegaba así a su culo; notaba que era lo que ella buscaba. A los pocos segundos, su mano se colaba entre nosotros para acariciarme por encima del algodón. Tan despacio pero tan firme que me volvía loco.

Dios, Álvaro, cómo me gusta.

Bésame más, no dejes de hacerlo. No dejes tampoco de tocarme.

Quería que ella marcase el ritmo de lo que hacíamos, y estuvimos besándonos un rato largo así, ella moviendo su mano sobre mi sexo cada vez más duro, yo empeñado en memorizar la forma de sus pechos, pero sin descender más allá de su ombligo. Era curioso que todo esto lo hacíamos con su espalda en mi pecho y su cabeza girada, pero era una posición tan bonita que ninguno quería moverse. Por fin, como yo deseaba, ella cogió una de mis manos y despacio fue acariciando con ella su propio cuerpo, hasta que sin detenerse llegó hasta la fina tela de su ropa interior, apoyando mi mano directamente en su sexo y presionando levemente.

¿Has visto cómo me tienes, cariño?

Era verdad, Celia estaba literalmente empapada, y podía notarlo incluso sobre el tejido. Pero no quería detenerme ahí, y en seguida sumergí mis dedos dentro de las braguitas para masturbarla muy despacio, acariciando sus labios cálidos y húmedos, provocando suspiros cada vez más intensos en ella, que apretada con sus dedos ya directamente mi sexo también. Los movimientos circulares sobre su clítoris nos estaban volviendo locos a los dos.

Dios, necesito comerte, Celia.

Hazlo, mi amor. No sabes cómo deseo sentir tu boca.

Por la posición en la que estábamos, ella misma se volvió a dejar caer sobre la cama. La sujeté con algo más de firmeza por las caderas para que no se diera la vuelta, como era su movimiento inicial; deseaba como loco poder besar y lamer su cuerpo desde atrás. Ella entendió rápido mi intención y se mantuvo así. No estaba completamente a cuatro, porque su cabeza estaba sobre la almohada y su cuerpo descansaba sobre sus rodillas y antebrazos. Así, admirando lo bonita que estaba con el pelo sobre la cara, pude sumergir mi boca entre sus piernas, deleitándome ya con su sabor y su calor.

Por favor, Álvaro, qué placer, no pares, por favor.

Ambos necesitábamos que mi lengua la recorriese mejor, por eso cuando aparté el tejido del tanga para poder lamer suave sus labios, un gemido profundo de ambos hizo que ahora sí ella se diera la vuelta, y apoyara una de sus piernas en mi hombro, acercando mi cara a su cuerpo.

Celia era melosa, tranquila, con movimientos suaves y calmados. No tenía ninguna prisa y me contagiaba su parsimonia, y no sabría decir cuánto tiempo pude estar deleitándome con su sexo, entre sus gemidos y movimientos, sus ojos cerrados por momentos, otros mirándome fijamente, sus manos apartando el tanga para facilitarme la tarea.

Disfrutar de su orgasmo fue tan placentero para ella como para mí. Contuvo la respiración unos segundos hasta que dejó escapar un largo suspiro, apenas audible mientras miraba cómo se contraía su vientre en pequeños espasmos. Me acariciaba el pelo con una mano, mientras la otra se agarraba a la almohada y contraía sus párpados con fuerza. Fue una explosión larga, en la que yo no dejaba de acariciar con la punta de mi lengua sus labios y su clítoris, y no dejé de hacerlo hasta que recuperó un poco la consciencia.

Dios mío, qué maravilla, por Dios. Cuánto necesitaba esto, qué rico.

Eres deliciosa. Podría llevarme horas aquí.

De eso nada, que te crees tú que yo no tengo ganitas de más…

Se incorporó sobre sus codos, haciendo girar nuestros cuerpos sobre el colchón, hasta quedarse a horcajadas sobre mí. Durante unos segundos nos quedamos muy pegados, ella echada sobre mí, mientras nos besábamos, compartiendo su sabor, acariciando yo su espalda, que desprendía el calor del orgasmo, sus caderas y su culo.

Qué bien besas, por favor, Celia. No me canso.

Eso es porque tú me incitas a besarte, ¿sabes que estás guapísimo después de haberme comido así de bien? Jajaja

De nuevo arrodillada, Celia se movió hasta acoplarse a mí, dejándome que la mirase completamente mientras se movía sobre mí, muy despacio. Había descubierto un lado exhibicionista en ella y me encantaba, mirándola como se sujetaba el pelo, se acariciaba sus pechos mirándome o tiraba de su tanguita por un lateral hacia abajo.

¿De verdad no me vas a dejar que me lo quite?

Así estás maravillosa, quiero que te lo dejes puesto.

Yo, sin embargo, no pienso lo mismo de esto…

Diciéndolo, miraba y acariciaba mi sexo, enorme ya, por encima de mis calzoncillos. Literalmente me estaba masturbando despacio pero presionando con pasión, mientras lo miraba y se mordía el labio inferior. De repente, me miró muy seria y muy fija mientras, a una velocidad increíblemente lenta, fue bajándolo lentamente hasta descubrir ya mi miembro, húmedo en el prepucio, tan deseoso como yo.

Sabes, no he dejado de pensar en ella desde el primer día que la vi así. -Me decía mientras con su dedo índice recorría mi glande para extender mi humedad, bajando con él por todo el tronco hasta la base.

Te prometo que nadie, en mi vida, la ha tocado como tú. No dejo de recordar cómo la acariciaste, cómo me estremecía entre tus dedos.

Pues creo que va siendo hora de que rememoremos esos recuerdos.

¿Hoy también lo vas a dejar como aquel día, en masturbación?

Jaja, no, hoy no, hoy lo quiero todo de ti. Y ahora cállate y déjame hacer.

Celia no era tanto de hablar como Marta, ella disfrutaba más con miradas, gestos, movimientos de su cuerpo. Mientras terminaba la frase me sacó completamente la ropa interior, dejándome ya completamente desnudo y sentándose ahora sobre mis muslos, para tener una mejor posición sobre mi sexo.

La primera vez que lo hizo, y así os lo contaba, mantuvo todo el tiempo unos gestos que dudaba si iba a compartirme de sus manos a su boca. Así empezó de nuevo, me masturbaba increíblemente despacio, mirándome y sonriendo, descubriendo cómo me desesperaba cada vez más, acercando su boca como si fuera a besarla pero sin llegar a hacerlo. Insoportable.

Por Dios, cariño, no me hagas que te suplique…

¿Sí? ¿Me suplicarías?

Da por hecho que sí, porque no puedo soportar más la idea de estar tan cerca de tu boca y no disfrutar de ella.

Pobrecito, qué mal lo está pasando…

Estuvo así como medio minuto más, pero acercándose mucho, mirándome a los ojos mientras me masturbaba de abajo a arriba, haciendo mucha presión con sus dedos pero muy despacio. Por fin, mientras nos mirábamos a los ojos, besó mi glande con dulzura, casi con cariño. A ese beso lo siguió otro, y otro más, hasta que sacó su lengua y rodeó todo el glande con ella, consiguiendo que nos uniera un fino hilo de su saliva durante un segundo.

Fue incrementando la intensidad de su felación, recorriendo con su lengua ya toda mi longitud, apretando con sus labios todo el glande mientras me envolvía con su mano. Ya no me miraba a mí, sino que con expresión concentrada, solo tenía sentidos para mi sexo.

Es increíble, de verdad. Es enorme, jamás pensé que pudiera obsesionarme tanto por algo así, pero estaba deseando hacerte esto…

Aunque no podía estar por completo en su boca, sentía que nadie me lo había hecho nunca así. Su habilidad con la lengua y los labios, su movimiento con las manos, la humedad de su saliva que se derramaba cada vez más… realmente era increíble. Yo no me movía, ni hablaba, solo suspiraba. Ella de vez en cuando levantaba la vista para comprobar el efecto de su trabajo. Desde que había empezado a acariciarme de rodillas hasta ahora, con tanta habilidad, me sentía ya peligrosamente cerca de explotar.

Dios mío, Celia, me estás matando, no puedo más.

¿No puedes más? ¿De verdad? ¿Ni un poquito más?

Yo le había advertido y ella me había mirado sonriendo, volviendo a lamer e introducir en su boca mi glande y masturbando con su mano el resto ahora con algo más de energía. Estaba muy claro cómo quería terminar, y obviamente no iba a ser yo quien detuviera su impulso. No tuve que advertir nuevamente, todo mi cuerpo se tensó, mi respiración se contuvo y eso fue todo. Ella estuvo moviendo su mano y su lengua todo el tiempo, hasta que ya fue inevitable, hasta que se quedó muy quieta, aferrada a mi sexo, con la boca ocupada por él en su inicio. Desconozco la intensidad y cantidad que pude expulsar, pero ella se mantuvo inmóvil, recibiéndolo en su boca mientras yo sentía cuatro, cinco espasmos increíbles. Cuando paré, ella reanudó el movimiento de sus labios, abriéndolos un poco para que se derramara todo mi semen a lo largo del tronco. Era increíble la visión y el placer que sentía por todo mi cuerpo.

Uhm, ahora sí que me he desquitado de las ganas. Qué maravilla. ¿Te ha gustado, verdad, chavalito?

Por el amor de Dios, increíble.

Jajajaja.

Celia se levantó y se fue al baño para asearse en el lavabo. En esos momentos no me moví, esperando que ella volviese con papel para que me limpiara yo. Durante un par de minutos ni nos hablamos, solo nos mirábamos y sonreíamos, hasta que al terminar nos fundimos en un abrazo y nos besamos de nuevo largo y tendido.

Eres increíble, Celia, increíble.

Lo sé, me apetecía mucho esto, te lo reconozco, lo he disfrutado mucho, tanto correrme en tu boca como que tú lo hagas en la mía.

No sabría con qué decidirme yo tampoco.

En aquellos momentos no sabíamos muy bien cómo continuar, se sucedieron unos segundos violentos de alguna manera. En realidad el impulso animal de devorarnos el uno al otro ya había pasado; éramos amigos y no habíamos quedado para eso. ¿Deberíamos dormirnos quizás? Probablemente sí, pero lo cierto es que ninguno de los dos hacía el amago de despedir, ninguno se había vuelto a vestir, y charlábamos mientras nos dábamos algún pico suave o nos acariciábamos el pecho o los muslos. La intensidad del orgasmo mutuo de antes nos había calmado en cierta manera, pero creo que ninguno de los dos quería acabar ahí.

Igual que al principio yo no quería tomar la iniciativa, los hechos me habían quitado algunos prejuicios, y la verdad es que me moría de ganas. Ella estaba en ese momento tumbada boca arriba, con las manos por encima de su cabeza, cómoda desnuda para mí, que sentado a su lado y girado hacia ella tenía quieta mi mano en su ombligo. Estaba guapísima, sexy, sin tabúes y con una expresión de placer en el rostro que me encantaba. Así, levanté un poco la mano para que solo fueran mis dedos los que la tocasen. Así, comencé a acariciar despacio todo su torso, rodeando sus pezones muy despacio, llegando hasta sus clavículas y bajando de nuevo hasta la misma tela de su tanga que no le había quitado. Ella me miraba en silencio, sonriente, dejándome hacer menteniéndose inmóvil.

Me encanta cómo me acaricias. Me encanta la expresión de tu rostro, cómo transmite que te gusta lo que tus dedos recorren.

Cómo no gustarme. Sabes que te quiero mucho y eres una de mis personas favoritas, pero no está reñido con que tu cuerpo me provoque escalofríos.

Pues no dejes de tocarme así, que estoy en la Gloria.

¿Puedo decirte una cosa?

Dímela

Quiero hacerte el amor.

¿Puedo decirte yo otra?

Adelante

Quiero que me hagas el amor.

Y así, de manera tan natural y calmada, sin que pudiéramos achacar nuestras ganas a nada más que a nosotros mismos, nos enlazamos de nuevo en un beso largo, húmedo, con mi mano en su cintura y la suya en mi nuca. El esfuerzo anterior limitaban las reacciones de mi cuerpo, así que su mano acarició con infinita paciencia mi sexo, despacio, hasta que volvió a estar duro y preparado para ella, que me miró con expresión triunfante y sonriente. Fue Celia la que decidió cómo quería hacerlo, girándose hasta ponerse de lado dándome la espalda, mientras cogía mi mano y me pegaba a ella. Lo quería así, conmigo a su espalda, tumbados los dos de lado. Y a mí me parecía una opción maravillosa.

No seas malo y desnúdame ya de una vez, que te quiero así.

Cómo contradecirla, así que deslicé su tanguita por sus piernas, acariciando con mis manos su piel, encendido de nuevo, hasta volver a ocupar la posición.

Ella me facilitó la tarea, flexionando la pierna superior y agarrada a mi nuca. Yo estuve acariciando su clítoris despacio, que volvía a estar hinchado y su sexo húmedo. De nuevo gemía con mis caricias y movía hacia atrás su cadera.

Dios, Álvaro, hazlo ya que te necesito dentro de mí.

Quería hacerlo con mucho cuidado. No quería hacerle daño, como tantas veces me había pasado, y sentía que nada de ella quería hacerlo rápido. Así que fui muy despacio, intentando que cada milímetro consiguiera que su cuerpo se adaptase a mis dimensiones.

Así, así muy bien, cariño, lo haces muy bien, no dejes de entrar en mí.

Y así lo hacía. Notaba que mantenía la tensión de no estar del todo segura de soportar dolor, y yo tampoco tenía ninguna prisa. Aproveché para volver a masturbarla despacio, hasta que gemía mordiendo la almohada, debatiéndose entre sus sensaciones.

Sigue, sigue por favor, no pares ahora.

Y yo seguía, cada vez más adentro mientras ella contenía la respiración. Ya no hizo falta que habláramos más, habíamos conseguido acoplar nuestros cuerpos y acompasar nuestros movimientos y anatomía. Tras unos minutos así, pude comenzar a incrementar poco a poco el ritmo de mis movimientos, provocando en ella unos gemidos cada vez más intensos. Hundía la cara en la almohada y movía su mano entre su pecho, pellizcándolo y mi brazo. Incluso en unos momentos fue ella misma la que se masturbó incrementando aún más el placer. Así fue como, increíblemente, sentí como un gemido y la detención de su respiración, anunciaba de nuevo un orgasmo que casi pude sentir palpitando en mi sexo.

Fue aún más largo que el primero, Celia conseguía alargar sus orgasmos muchísimo más de lo que yo había visto. Se quedó un rato inmóvil, mientras yo le besaba en el hombro sobre el que tenía mi cabeza, mientras ella solo acertaba a, con su mano, indicarme que me esperase un momento. Todo eso lo hacía con mi sexo muy quieto dentro de ella, no me atrevía a moverme.

Dios mío, esto es de otra galaxia. Jamás me había sentido tan llena.

Se giró un poco más hacia mí, mordiéndome el labio inferior casi y presionando mi pecho contra el colchón. Pensaba que iba a sentarse a horcajadas sobre mí, besándonos, pero lo hizo de otra manera; serpenteando sobre mi cuerpo se sentó sobre mí, sí, pero dándome su espalda. No detuvo su movimiento, no necesitaba descanso, y apoyando el peso de su cuerpo sobre sus manos, que estaban entre mis rodillas, comenzó a cabalgarme despacio, sintiendo de nuevo todo mi sexo dentro de ella.

La visión de su espalda tonificada y erguida, sus brazos apoyados, sin girarse a mirarme, me ofrecían una visión de su cuerpo increíble. Y su culo, Dios, verlo moverse para mí, arriba y abajo, trazando unos suaves círculos entre gemidos mutuos, era alucinante. Me agarré a sus nalgas, pero no quería marcar yo el ritmo, quería que lo hiciera ella y solo deleitarme con su forma, con su textura.

El tiempo que llevábamos en la penetración habían conseguido que se dilatara mucho más; además, Celia generaba muchísimo flujo, así que enseguida estaba consiguiendo moverse en un rango mucho más amplio, penetrándose con mi sexo completamente. Despacio e intensamente, como a ella le gustaba, pero muy al fondo. Ella gemía sin pudor, sin mirarme, me sentía simplemente espectador de su propio placer, si no fuera porque sentía que yo no podría soportar sus movimientos mucho más. Y mucho menos cuando de nuevo sentí otro orgasmo, casi encadenado con el anterior, que hizo que Celia literalmente me hundiese hasta el fondo. Era demasiado para mí, y en el inicio de nuevo de sus movimientos tras recuperarse, yo no pude más.

Celia, no puedo más, voy a correrme.

En ese momento sí me miró, y se le pasó por la cabeza algo que me encantó. Llevábamos desde el principio de la sesión de sexo con mis manos en sus nalgas, había alabado su culo, y ella quería que terminase sobre ese fragmento de piel. Así, me sacó de ella, me ofreció de nuevo sus glúteos y me susurró

Hazlo así.

Y se mantuvo quieta, mirándome con su cuello girado. Yo no necesité más que sostener mi sexo, acariciarme un par de veces, para que un sorprendentemente grande primera ráfaga de semen manchase la piel de su nalga derecha. A esa primera siguió solo una segunda (demasiada noche) y yo extendí la cantidad entre sus nalgas, rozando con mi sexo aún duro su piel, dejándola brillante y llena de mí.

Fueron unos segundos maravillosos, recuperando la respiración ambos. Esta vez fui yo el que fue al baño a asearse y traerle papel a ella, que no se había atrevido a moverse. Me deleité limpiándole yo mismo, acariciando por última vez sus nalgas, mientras ella me miraba con expresión divertida.

Dios, me has dejado agotada.

Uff, dímelo a mí. Pero qué maravilla, por favor, qué maravilla.

Espero haber contribuido a que empieces bien al año, jaja.

No lo dudes, la mejor fiesta de Fin de Año de mi vida.

Buenas noches, cariño. Feliz Año Nuevo.

Así, el año empezó como acabó el anterior, en una relación de amistad con unos momentos increíbl